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[T5, Autonarrada] Panacea - Stroud Nanashi - 14-04-2026 Auto-T5: Panacea [P.A.]
Esta aventura es una secuela directa de Sangre y nieve.
[28 de otoño,
año 17,
Isla de Drum]
A la luz de un par de gastadas velas, y con una constante nube de vaho saliendo de su nariz, Stroud examinaba viejos periódicos en la escarchada bodega del Royal Quiver. Dos docenas de ejemplares que había conservado se amontonaban sobre la mesa que solía emplear para sus cuestiones de navegación, desplegada y colgada de un par de cadenas, fija a la pared de la bodega por un par de maltrechas bisagras. No era mucho, pero llevaba suficiente tiempo trabajando allí como para que aquella se hubiese convertido en su oficina habitual; allí era donde investigaba nuevas rutas, donde calculaba posiciones y donde, en general, barajaba nuevas posibilidades, cartografiando (como buenamente podía, puesto que lo artístico nunca había sido lo suyo) las tierras que iban atravesando y especulando con futuros lugares que visitar. También se había convertido en su lugar de lectura, de reflexión y de solaz, allí, entre los toneles, los sacos, las barricas, las herramientas y las diversas provisiones que los acompañaban en cada viaje. Sobre el castigado tablón reposaban todos los últimos ejemplares, que Stroud repasaba en perfecto silencio. Seguir las noticias más recientes era fundamental, pero últimamente se había interesado por ir más allá, por seguir trayectorias. Cuando se trataba de contemplar el estado del mundo, de comprender las raíces de los males que atormentaban a la gente del hoy, era imprescindible conocer también el ayer. Fue pasando páginas, hojeando un ejemplar detrás de otro, mientras sus ojos grises iban escaneando todo tan rápido como podían. "Yugu Dimípalo, Almirante en el año 11...," anotó mentalmente, impresionado por lo de aquel chico. Era incluso más joven que él. O, bueno, lo había sido cuando había llegado al Almirantazgo. "Alianza de Alice Stroheim y Maddohatta... Alice Stroheim toma el lugar de Josh Dush... Fuga de Finn Slingerland...," sus ojos corrían por la tinta impresa, en gran parte ya desgastada y grisácea por el paso del tiempo. "El gremio Magna, Shogun Gari, la muerte de Akatora, el programa Patriota, la Reverie, la lucha por Factorium, el asalto de Gol D. Ick sobre Water Seven, los Zoodiacool en Momoiro, Apolo Bahía, Fuguwu y James Brando tutelados por Joe Joestar, los Mushoku en la G-65, el conflicto en Sabaody y la destrucción de 79 manglares, Kovashi Shimatsu en Sabaody, la fundación del Goldreich, el asesinato de Ren Wanshot...," fue mascullando para sí en la soledad de la bodega, ordenando todos los acontecimientos en su cabeza. "Sigurd Haakon en Whisky Peak, Ashura como Shichibukai, la fundación de los piratas de la Sepultura...". Le resultó curioso ver mencionado a Rackham Uker como subordinado de otro pirata. "Piratas Smokey, Hanu... ¿Mahana...?," no dejaban de aparecer nuevas tripulaciones, a cual con un nombre más estúpido. Sin embargo, la realidad que se ocultaba tras aquellas noticias no se le escapaba: los últimos años habían sido verdaderamente caóticos, un sinvivir para el Gobierno Mundial, pero también para los enemigos del orden y la Justicia, qué duda cabía. El mar, o, mejor dicho, el mundo se convertía a pasos agigantados en un enorme campo de batalla, y todos debían disponerse a estar dispuestos a seguir moviendo sus fichas o quedarse atrás y sucumbir a los tiempos cambiantes. Por suerte, parecía que la Marina estaba en unos índices de reclutamiento pocas veces visto antes; con un poco de paciencia, las nuevas generaciones continuarían creciendo y rejuvenecerían la savia de aquel gran árbol de la Justicia que era la sacrosanta institución que representaba. Desde su estancia en Little Garden, su desprecio por la piratería, la revolución y, por encima de todo, la corrupción de la Marina no había hecho sino crecer hasta cotas impensables en cualquier otro escenario. Resultaba agónico ver cómo el cáncer del crimen y la corrupción continuaban creciendo, expandiéndose a placer, sin que nada ni nadie los pusiese debidamente en jaque. La Marina, tal vez superada en cuestión de efectivos y debiendo repartir sus esfuerzos entre las diez mil cabezas de aquella odiosa hidra, era devorada desde dentro por la corrupción y la erosión moral que causaban en ella las visiones más blandas, el pacifismo estúpido y derivado del contagioso idealismo insípido y pedestre que se había hecho con el mundo a raíz de la Era de la Piratería. De la misma forma que aquellos viejos periódicos se amontonaban sobre su mesa, ideas y furia se agolpaban silenciosa y crecientemente en su cabeza. Ideas de orden, de decisión, de Justicia. Exhalando un vaho que bien podría haber sido humo, el serio Marine caminó por las sosegadas calles de Bighorn, brazos cruzados, mientras observaba su alrededor con interés. La población del lugar, si bien probablemente no estuviese demasiado acostumbrada a ver Marines por la isla, sí que parecía haberse habituado ya a sus idas y venidas por las calles, en patrullas que efectuaba de forma regular, en su afán por mantener un cierto control cívico sobre el lugar. Al fin y al cabo, por mucho que careciese de un cuartel propiamente dicho, Drum era un reino afiliado al Gobierno Mundial, y una mano de la Marina jamás les iría mal a la hora de mantener el orden, dado lo escaso del personal del que parecía disponer el gobierno local para asegurar la paz. No parecía, sin embargo, que Drum estuviese en demasiados problemas; con sus inconvenientes, la isla desarrollaba sus actividades con normalidad, aun en aquellas condiciones invernales permanentes, y la criminalidad no era una cuestión que preocupase en demasía a nadie. Y, justo en aquel momento, zumbó su Den Den Mushi. "Berep berep berep berep." "Comandante, un posible homicidio," dijo la voz del otro lado. Un correveidile del ejército de Drum, probablemente. Stroud vaciló un instante antes de responder, pensándose qué decir. Pero no hubo dudas en su cabeza, claro. Rara vez las había. "¿Dónde?," inquirió, asintiendo con la cabeza con naturalidad, como si su interlocutor pudiese verlo. Al cabo de apenas unos minutos, la puerta de una de las curiosas casas cónicas y redondeadas del pueblo se abría con calma, y, de la nieve, entraba Stroud, vestido en su uniforme blanco. Un par de curiosos se habían acercado a husmear, pero habían salido despavoridos en el instante en que el uniformado se había presentado en el lugar. Reconoció aquel olor en el mismo instante en que entró en el lugar. Cerró la puerta detrás de sí, y quedó casi a oscuras, sirviéndose únicamente de la escasa luz que entraba a través de las ventanas, filtrándose por el polvo que flotaba en el ambiente. El lugar apestaba a muerte. Al fondo de aquella casa, de planta casi perfectamente circular, el cadáver yacía tal y como lo habían encontrado, cubierto por una sábana. Stroud se acercó, retirando la tela. Nada de particular. Un disparo a bocajarro, según parecía. Pero, ¿por qué? Observó el resto del cuerpo, y se percató de que, bajo la pesada y gruesa ropa de abrigo del sujeto, también había sangre, ya seca y marrón. ¿Habían herido a alguien después de haberlo asesinado? Por cómo chorreaba la sangre, la herida se había producido estando el cuerpo ya en horizontal, es decir, después de muerto. Ciñéndose los guantes, retiró con cuidado el abrigo, buscando la fuente, y no tardó en encontrarla: un considerable tajo en la zona abdominal, aparentemente bastante profundo. Sus conocimientos médicos, nada especial, eran suficientes para determinar que aquella era exactamente la zona del hígado. Stroud entrecerró los ojos, intentando olvidarse del apestoso hedor que salía del cuerpo. Miró a su alrededor. La casa estaba polvorienta, y algo desordenada, pero no había señales de lucha. La puerta no había sido forzada. Por lo que podía intuir y reconstruir a partir de lo que se podía observar, la víctima había abierto la puerta voluntariamente, por lo que seguramente no esperase lo que acabó por ocurrir. Un disparo rápido, y... ¿Todo había sido por quitarle aquel órgano? ¿Era ese el problema que se iba a encontrar en Drum, de todas las posibilidades que uno podía considerar? Aquel no parecía el tipo de isla en que uno debiese preocuparse por algo así, pero, si algo hubiese aprendido a lo largo de su breve carrera y las islas que había visitado, era a no confiarse. Incluso en Little Garden, aquel peñasco cubierto de selva y alejado de todo, había encontrado un buen surtido de criminalidad con el que lidiar. A veces, la injusticia nacía de los lugares más insospechados. Se incoporó, volvió a cubrir el cuerpo y descolgó el Den Den Mushi una vez más, llamando de vuelta para informar de la situación mientras se pasaba una mano por el cabello distraídamente. "Al menos el hígado ha sido extirpado, a falta de un análisis en condiciones," informó, girando sobre sí mismo y contemplando cuando lo rodeaba. La madera pulida rechinó bajo sus botas. "No pareció haber pelea ninguna," dijo, pasando un dedo sobre la repisa de la chimenea, "no hay señales de violencia... más allá de las evidentes," añadió, estúpidamente. Un pensamiento cruzó su mente, y permaneció un segundo en silencio. "Continuaré investigando, puede que tenga algo." Al cabo de unos minutos, Stroud se alejaba, una vez más, de Bighorn. No era sencillo situarse en mitad de la nieve, pero, por suerte, aquel día el tiempo parecía sonreírle. No había ventisca, sino un sol resplandeciente que contribuía a ver algunos de los principales puntos de referencia de los que uno podía servirse en aquel lugar, como las Drum Rockies, el castillo, o el propio pueblo de Bighorn. Si no se equivocaba... Hacía días había tenido un extraño encuentro en la nieve, o, mejor dicho, un encontronazo, de lo más sospechoso. Aquella mujer había estado intentando desplazar un cuerpo, al que, por sus propias palabras, no conocía realmente, en mitad de la nada helada. ¿Y si...? Sus ojos grises escaneaban su alrededor meticulosa, metódicamente, cada árbol y cada roca, buscando la zona. Estaba seguro de que aún sería capaz de encontrar alguna clase de rastro. La mujer que se había encontrado en la nieve no conocía a la víctima, que podría haber muerto allí de cualquier causa, tal vez por simple hipotermia, pero había vigilado el cuerpo con la suficiente agudeza como para saber cuánto había estado allí. Eso implicaba cierto control del terreno. También había hablado de aquella como la única manera de sobrevivir en aquel lugar. ¿Realmente había esperado que se tragase algo así? Finalmente, algo hizo clic en su cerebro; logró orientarse con la suficiente precisión como para saber a dónde ir. Se situaba. Estaba a no mucha distancia del preciso lugar en que se había encontrado a aquella mujer que apestaba a alcohol. Si no se equivocaba, justo a su derecha... Contempló el suelo nevado, en busca de algún rastro. Fue en vano. Aquellos días había nevado con copiosa pesadez, y cualquier rastro que algo hubiese dejado en la nieve no habría durado más que apenas unas horas. Sin embargo, poco a poco todo empezaba a resultar familiar: las rocas, los árboles, la posición de las montañas. Todo era muy distinto a como había sido unos días atrás, en plena tormenta, pero cobraba sentido. Recordando la ruta que había seguido entonces, puso rumbo hacia el lugar en que calculó que había dejado ir a aquella extraña mujer antes de que saliese corriendo, para entonces seguir el mismo trayecto que había realizado ella. Tras un considerable rato caminando por la nieve, alejado ya de cualquier resto de civilización, el recorrido lo llevó, para su sorpresa, a sumergirse en las profundidades de un bosque de abetos y pinos. Allí, al silencio acolchado de la nieve se sumaba el de los árboles, completamente inmóviles ante la ausencia de viento, que terminaban de ahogar por completo cualquier augurio de eco. Stroud se detuvo, respirando en ¿silencio? Precisamente por la quietud del lugar, todo minúsculo sonido era mucho más perceptible de lo que lo hubiera sido en cualquier otro lugar. Incluso su propia respiración, de normal casi inaudible, resonaba estentórea en su pecho en contrastre con el absoluto silencio que lo rodeaba. Repentinamente, oyó el crujido de una rama a sus ocho. Lo había imaginado. Su reacción fue rápida, casi automática; se giró, listo para encarar la amenaza... pero no había nada. Sus ojos grises fueron de un lado a otro, en busca de la fuente de aquel ruido. Un cuervo se posó sobre una rama en uno de los abetos. Lo observó por un instante. No, no había sido el cuervo. Permaneció inmóvil. Y, de pronto, el ruido que había estado esperando, esta vez a sus tres. Reaccionó tan rápido como la primera vez, lanzándose directamente hacia el origen, aun sin haber vislumbrado aún aquello que lo había causado. Repentinamente, se encontró a sí mismo sobre la figura sobre la que había hecho un placaje. Reconoció al instante la forma de vestir, enormemente similar a la mujer del otro día, cubierta de pieles toscamente cosidas entre sí, en algo que a duras penas podía considerarse ropa. Bingo. Fuera quien fuera, su rival de aquella ocasión no parecía capaz de presentar tanta resistencia como la mujer del otro día. Mientras lo intentaba inmovilizar, su rival comenzó a lanzar golpes, algo más descoordinados, pero con una potencia significativa. El rifirrafe no duró mucho en esta ocasión. Ambos rodaron por la nieve en un par de ocasiones, hasta que Stroud acabó por someterlo del todo. Le retiró la capucha, descubriendo un hombre joven; tras lo descuidado de su pelo y lo denso de su barba, Stroud pudo calcular que debía de ser apenas unos años mayor que él mismo. "Tú eres el perro del otro dí-," fue a decir, sus palabras quedando cortadas por un contundente puñetazo en la sien que pareció descoyuntarle algo. "El hombre asesinado en Bighorn. ¿Habéis sido vosotros?," inquirió el Marine, asegurándose de emplear la segunda persona del plural. Era fundamental, por un lado, dejar claro que sabía que trataba de alguna clase de grupo, y, por otro, que su rival se dejase a sí mismo en evidencia. "N-no hemos tenido nada que ver," respondió el tipo, tomándose unos instantes para recuperarse del golpe. Una vez más, bingo. "¿Qué hacéis con los cuerpos?," continuó el Marine. El hombre vaciló. "¿Qué cuerpos?," preguntó, antes de recibir otro golpe en su sien. Stroud esperó que el mensaje fuese lo suficientemente contundente como para no tener que repetirse. Cuando dejó de escupir sangre sobre la nieve, el hombre lo miró por unos segundos, como decidiendo qué hacer. "Medicina," se limitó a decir, esperando por un instante antes de continuar. "Los jefes están desarrollando la Gran Panacea." Al cabo de un par de horas, habiendo marchado a través de toda clase de terreno nevado y escarpado, Stroud llegó al lugar, o eso le pareció. Un valle glaciar rodeado de abedules por los cuatro costados, un par de horas al oeste de Bighorn. No tenía pérdida. Si el hombre de las pieles le había mentido, ahora sabría dónde encontrarlo. Si, como esperaba, había dicho la verdad, tenía que encontrar los tres picos cerca de un vado sobre el río helado, y allí estaría... En efecto, Stroud escaló a través de las rocas con dificultad, sintiendo que se le congelaban las manos, incluso bajo los guantes, hasta que encontró lo que buscaba. Entre las rocas, bien disimulada bajo unas ramas de arbusto espinoso, había una puerta, una placa de metal oxidada, pero bien fijada a la roca. Se planteó cómo abordar aquello. Si los jefes, implicase lo que implicase aquello, estaban dentro, se tendría que enfrentar a una emboscada, a menos que lograse pillarlos por sorpresa. Meticulosamente, examinó la puerta, apenas más grande que una especie de tapa de alcantarilla, pero efectivamente incrustada en la roca. No parecía haber ninguna otra entrada, ni Stroud esperaba encontrarla. Apartó los matorrales con cuidado, y agarró el borde de la puerta que quedaba expuesto debido a las irregularidades del entorno. Comenzó a tirar hacia sí, y, poco a poco, el metal comenzó a ceder. Cuando percibió que estaba a punto de sucumbir, relajó su agarre, justo a tiempo para que la puerta se abriese con delicadeza, en lugar de quedar arrancada de su quicio. La apartó con cuidado, la apoyó sobre la roca nevada, y se adentró en la oquedad. Dentro no había nadie esperándole, como había esperado. Se trataba de una pequeña cueva en la que alguien había improvisado alguna clase de planta experimental clandestina, maloliente y en un estado mejorable, pero bien equipada. Stroud avanzó por el lugar, examinándolo e intentando esclarecer qué tramaban allí exactamente. Había papeles, notas y páginas arrancadas, subrayadas y anotadas por todas partes. Sobre una vieja cajonera de madera, encontró una hoja de papel apartada del resto. "Panacea-006," rezaba su encabezado, seguido por una lista de ingredientes. Entre ellos, Stroud encontró los nombres de varios órganos. Había destapado algo. Buscó apresuradamente a su alrededor y tomó un papel que, dedujo, nadie echaría en falta, y copió los contenidos de la receta de la Panacea-006, volviendo a dejar el original tal y como lo había encontrado. Quedaba trabajo por hacer. RE: [T5, Autonarrada] Panacea - PX-6 - 17-04-2026 ✓ Aventura T5 Autonarrada: Completada RECOMPENSAS: — Puntos Mugiwara: 10 — Reputación:25 — Berries: 20k |