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Bajo el mar, bajo el mar... nadie nos fríe ni nos cocina en un sartén :: Pasado/Priv - Maria Merlot - 19-04-2026 Narrador / María Merlot
MUSIQUITA
Primavera (87).
Año 16. 06:47 a.m. En las profundidades del mar alrededor de Isla Karate, South Blue. María Merlot tenía un habito muy marcado: Despertar Temprano. Le gustaba disfrutar de los amaneceres, le fascinaba aprovechar la mayor cantidad de horas al día en estar activa, o como decían sus nakamas, ser hiperactiva. Esa mañana no sería la excepción, disfrutaría de su libertad explorando y absorbiendo toda la información que pudiese del lugar. Desde que Fantasma la rescato de la pecera, le había dado la llave de su destino: Si quería comer: comía. Si quería nadar: nadaba. Si no quería hacer nada: no hacía nada. ¿Lo mejor de todo? Nadie la había tocado indecentemente desde que él la dejo en los brazos del rosado doctor. Ella ya no era un objeto a merced del mas fuerte, sino una persona que descubría con cada nueva alborada el néctar de la liberación.
Había decidido que iría a nadar, si… estaría todo el tiempo que pudiese en el mar. La dualidad de su sangre la llamaba a hundirse de cuando en cuando y olvidarse de la superficie y sus problemas. Si los Piratas del Abismos no fueran en su mayoría gyojines y tritones, ella podría estar perfectamente en las profundidades de por vida, lejos de sus tentáculos. Saliendo de su celda, y perdiéndose en los pasillos, termino llegando a la cubierta del barco. El sol cálido de la mañana la recibió con un abrazo silencioso mientras ella caminaba hasta babor… o era ¿estribor? Daba igual, ella camino a la baranda más cercana y ahí se sentó unos minutos, viendo el agua moverse en suaves ondas que acunaban al navío de los Piratas Manos Muertas. El traje de baño de María, consistía en uno de dos piezas en tonos verdes, con un sobretodo playero que recorría su cuerpo de perfectas proporciones. En su cintura una cadena de plata a juego con la tobillera de su pie derecho. Su largo cabello celeste suelto y ondulado actuaba como el marco idóneo para las divinas facciones de su etéreo rostro, herencia de su lado sirena. Parándose en la baranda, camino como si se tratara de la cuerda floja. La cabellera danzo por la brisa matutina, y sin dudar un minuto mas se tiro al mar. El agua la rodeo, despertando cada centímetro de su cuerpo. Estaba fría, aunque podría estar tibia y aun así amaría nadar. La mestiza nado, y nado en las claras aguas que rodeaban Isla del Karate. ¿Cuánto se alejo de la costa? No lo sabía pero descubrió en aquel mar en calma un oasis de coloridos y preciosos arrecifes, que la hicieron sonreír con alegría dejándose caer, o más descender con gracia hasta la blanca arena.
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RE: Bajo el mar, bajo el mar... nadie nos fríe ni nos cocina en un sartén :: Pasado/Priv - Tsunamaro - 19-04-2026 —¡¿SE PUEDE SABER QUÉ MIRAS CON TANTO INTERÉS, PEZ PAYASO?! —me gritó. No, no... ¡rugió! Cabreada, descerrajándome los tímpanos, la sirena que hasta hacía media milésima de segundo roncaba a mi lado como un becerrillo, sonriendo bendita en brazos de Morfeo.
—...Glup. Era muy temprano por la mañana, así que fingí que lo que me había despertado había sido su berrido, aunque lo cierto es que llevaba un rato mirándola a ella, a la muchacha que acababa de llegar nadando a mi arrecife —mío relativo, claro está—. Lo consideraba mío porque, temporalmente, lo habitaba. Cada anochecer de aquella primavera del año dieciséis, tras pasarme unas horillas doblando el lomo en los arrozales, oficio a media jornada que había conseguido para ir pagando poco a poco mis deudas, volvía religiosamente allí, a aquel rincón del arrecife cercano al puerto donde había atado una tela entre dos ramas de coral, a guisa de hamaca, y donde guardaba el menguado inventario de mi fortuna; a saber: unos guantes de metal para los nudillos que había tomado prestados por tiempo indefinido del almacén de uno de los dojos de la Isla del Karate, tres saquitos impermeables de arroz y un par de mudas limpias. —Lenguadito de mi ceviche... —le susurré. Rosardina, ¿o se llamaba Patrucha?, era muy celosa. Ya me lo había advertido el bueno de Kentaro cuando me la presentó la noche anterior. Pero era, también, de familia pudiente y corazón enamoradizo, y me había prometido llevarme aquel día, mi día libre, a comer a un restaurante de los buenos, así que me convenía que nuestro amor durase, por lo menos, doce horas más. —Baja el diapasón, mujer, que aún no ha salido el sol del todo y me vas a dejar sordo de un oído. ¿A quién voy a mirar sino a lo más bonito que hay sumergido en el mundo? —Lenguadito, lenguadito... ¡No me vengas con lenguadito que te he visto mirándole el culo a esa! —¡Qué va, tiburoncito de mis mareas! —exclamé, llevándome la mano al pecho—. Lo que un servidor contemplaba era un cardumen de boquerones que pasaba justo por debajo de la susodicha, a la cual, dicho sea entre tú y yo, y perdóname el inciso, perlita mía, nada tienes que envidiarle. Nada. Procuré mantener un tono afable en todo momento y, cuando noté que relajaba las facciones, le aparté con mucho tiento un mechón de la frente, no fuera a ser que se me desfogase antes de tiempo y adiós restaurante. —¿B-boquerones? —Ajá, engraulis encrasicolus, vida mía. Decenas de ellos. —No la mirabas a ella, ¿entonces? —¿Contigo a mi lado, percebito mío? Por quién me tomas. —¿De verdad? —Por éstas —me besé los pulgares en cruz—, vida mía. Por éstas, Rosardina. —...¿Rosardina? ![]() Eeeeeee...
—¿Patrucha? —aventuré, ya con la voz temblorosa.
—... —¿Atunción? Esto... ¿Calamaría? ¡¿Boquerónica?! ¿Gambárbara? ¿Lenguadalupe? ¡Ay, mi vida, baja la mano, por favor! ¡Quítate al menos los anillos! ¡NO! EN LA CARA NO, QUE SOY HERMOSO. Por elemental decoro, y por piedad hacia el lector de estómago sensible, omitiré el relato pormenorizado de la bofetada que a renglón seguido vino, así como las no menos pormenorizadas consecuencias que tuvo sobre mi apolíneo rostro. De todas formas, lo que más me dolió en aquel momento, mientras volvían a crecerme los dientes que mi cita de una noche había catapultado hasta Skypiea, fue haberme quedado sin almuerzo. Mi vil agresora se había ido nada más arrearme aquel soplamocos olímpico. Ni que decir tiene que intenté pedirle una segunda oportunidad, pero sin dentadura y con la mandíbula desplazada hasta el cogote, mi oratoria pierde un poco. Por su parte, ella volvió a gritarme —hay que ver lo que les place el grito a las sirenas, bendito sean los Dioses—, para revelarme, ya de paso, que se llamaba Sakura, que todos los hombres éramos iguales, que iba de cabeza a contárselo a su hermano, karateka de renombre en el dojo nosequé, y remató la faena recitándome, sin tomar aliento, el diccionario entero de improperios de la lengua común. Conclusión, en fin, ya dicha: que me había quedado sin mi ansiado almuerzo. Así las cosas, y viéndome en tan extrema tesitura, hube de replantearme la jornada entera desde sus cimientos. Oteé el paisaje circundante en busca de pistas que me ayudaran a tramar la manera de llevarme algo al estómago aquel día. Estaba en el fondo, muy profundo, aún estaba oscuro, rodeado de pedruscos, corales y mis cosas. Arriba, en cambio, el agua era cristalina, flotaban algunas algas y... ¡claro! ¡La causante de mi desgracia! ¡Eso es! ¡La culpable todavía estaba chapoteando por allí arriba! La única responsable de mi situación podría ser también mi salvación. Solo debía hacerme su besto friendo durante una tarde. Parecía amable, ahora que la miraba por segunda vez. Evidentemente, era guapa; mucho más que mi sirena. Y parecía maja. Estaba seguro de que podría convencerla para que me invitara a algo. Unas papitas, aunque fuera. «Bien», pensé. «Allá vamos.» Me sacudí la arena de la melena y me impulsé hacia la superficie; dos aletazos bastaron para dejarme a merced del empuje del agua; la corriente me subió en volandas. Me elevé despacio, dándole margen a que me viera venir y a que se apartara, si le apetecía hacerlo. Eso sí, mantuve mi sonrisa florentina de comerciante durante todo el trayecto. Conforme subía, caí en la cuenta de que desde donde ella estaba, quizá no hubiera visto la escenita del fondo. Abajo, entre los corales, todo está más oscuro. En última instancia, imaginé, dependerá de ella y de dónde haya querido mirar. En cualquier caso, debía tener preparada alguna excusa por si me preguntaba acerca de aquello. —Buenos días tenga usted, señorita —saludé—. Perdone el abordaje, pero no es habitual encontrarse por estos arrecifes a alguien que no sea un pez, y uno, que es un alma curiosa, ha creído oportuno subir a presentarse como los dioses mandan. Tsunamaro, para servirla ¿Y usted, si no es indiscreción? ¿Y, ya puestos, cuál es su motivo, si fuera confesable, para andar chapoteando sola por estos arrecifes a horas tan tempranas?
Karmas
Resumen
Atuendo
RE: Bajo el mar, bajo el mar... nadie nos fríe ni nos cocina en un sartén :: Pasado/Priv - Maria Merlot - 25-04-2026 Narrador / María Merlot
¿Qué esperaba de esa salida?
Nada, realmente. Solo dejarse abrazar por el mar. Empezar a sentirse viva. El largo y ondulado cabello celeste bailaba alrededor de la mestiza sin la gravedad de la superficie. El agua la envolvía y su sonrisa no podía ser mas maravillosa. ¡Le encantaba estar en el agua! ¡Podría vivir eternamente en el agua! Sería un refugio natural si “ELLOS” no fueran gyojines, entonces siempre el mundo terrestre sería un poco mas seguro, claro, no había lugar dónde esconderse, siempre la encontraban. Esta vez, si Fantasma tenia razón, pensarían que había muerto y la dejarían al fin descansar de sus tentáculos. ¿Cómo habrá reaccionando Pedro Francesco Ruíz De León Madrigal al conocer la noticia de su muerte? ¡María hubiese pagado por verlo! Esperaba que sufriera tanto como ella bajo su yugo, en el fondo, la obsesión del tritón… debía pasarle una factura dolorosa al perder a su juguete favorito.
Negando con la cabeza y con una sonrisa traviesa en sus labios dejo ir la idea, no quería pensar en él ni en nadie más, solo quería disfrutar del momento. Descendió hasta la arena blanco, tomo un puñado entre sus manos mientras las pasaba de una palma a otra. Su mirada atenta a un coral donde se resguardaba un pulpo acechando a un pequeño pez. La escena la mantuvo entretenida, quería salvar al pez pero el pulpo debía comer, no podía meterse en la cadena natural del frágil ecosistema marino. De pronto un cambio en la corriente la hizo desviar su atención, a lo lejos, más allá, hacia las laderas submarinas una situación se desarrollaba. ¡Habían dos más como ella! Iba a acercarse pero se contuvo cuando el teatro la hizo sentir en una de esas novelas que leía, unos libros random que encontró por casualidad un día. ¡Amantes, traiciones, golpes, corazones rotos! La vena cotilla la hizo querer nadar más cerca pero paso tan rápido que cuando la gyojina se largó, ella solo volteo su cabeza hacia el coral para fingir demencia sobre lo visto. ¡El pez ya no estaba!
El pulpo estaba panzón. ¡Se perdió la cacería! La joven se golpeo la cabeza, aunque después recapacito... mejor no ver ese asesinato pulponezco, después de todo ella era vegana. Dejando eso de lado, intento disimular y actuar como no si no hubiera visto nada. ¿Se habrían ido ambos? ¿Y si volteaba a seguir viendo? Si, debía girarse, nadar hasta el lugar de los hechos y buscar la información de primera mano, todo sea por la ciencia comunicacional.
Buenos días tenga usted, señorita.
La voz masculina la hizo sonreír ¡Se acercaron a ella! luego volteo dedicándole su más encantadora sonrisa, tan brillante y deslumbrante como solo ella podía hacerlo ¡Solo vino él! Mantuvo su posición sentada sobre la arena blanca, detallando al primo gyojin: marrón, o era anaranjado, con una cabellera muy estrambótica que parecía tener vida propia, como si fuera octocorales. En su cara resaltaba una especie de… tatuaje o solo era un rasgo mas de su genética. En general, y sin dudarlo, era todo un buen espécimen puro muy diferente de ella... que solo tenía la mitad de su lado pez.
Tsunamaro, para servirla.
Se presento a lo que María asintió, no sabia que significado tenia su nombre pero a ella le recordaba una piña. ¡Si una piña por su cabello! — Oh… ¿te ha dolido? — pregunto olvidando por completo que iba a ignorar la escena que vio y actuar con naturalidad, pero su vena cotilla era más fuerte. Se levanto e impulso con sus pies para flotar a su lado mientras el largo cabello celeste bailaba a su alrededor con gracia y majestuosidad —… lo he visto todo desde aquí, tengo buena vista Piñamaro y una inútil habilidad de leer los labios “Atunción, Calamaría, Boquerónica, Gambárbara, Lenguadalupe” — recito los nombres femeninos sin poder contener la risa, aquello había sido muy divertido. Se limpio una lagrima imaginaria — … a mí me parecía más una Vallentina — se sumo al juego de palabras mientras daba una voltereta hacia atrás sujetándose el estómago al tiempo que de sus finos labios seguían exteriorizándose las delicadas y etéreas risas muy acorde a su apariencia divina — … Soy María Merlot — se presentó rodeándolo para detallar aun más su particular fisonomía — … no tengo ningún motivo solo quería pasear un rato… ¿conoces algún buen lugar dónde chapotear y divertirse? ¿Comer algunas algas y beber algún néctar? ¿O tal vez deberíamos seguir a Rayangelica y hacer que te perdone el desliz? — volvió a bromear llevando las manos a su boca para evitar seguir riendo, mientras hablaba nada en el lugar de un lado a otro con gracia y sin prisas, disfrutando del momento. Pocas veces se encontraba con un primo lejano y una oportunidad de socializar en las profundidades.
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RE: Bajo el mar, bajo el mar... nadie nos fríe ni nos cocina en un sartén :: Pasado/Priv - Tsunamaro - 01-05-2026 ![]() ![]() «Servidor, retratado.
Qué oprobio, por las barbas de Neptuno.»
Lo había visto todo.
Y, para colmo, leía los labios. No había nada que pudiera hacer salvo, quizá, y solo tal vez, disimular. «¿Pero cómo?»
¿Con una risa?
![]() —Je,je.
«No es suficiente.»
![]() —¡Ja, ja, ja, ja!
«Con más aplomo, Tsunamaro, déjate los higadillos.»
![]() ¡BUAJAJAJAJA!
¡SÍ, TODO ESO PASÓ!
¿VALLENTINA? ¿TE IMAGINAS? PIÑAMARO PORQUE PAREZCO UNA PIÑA, ¡KuazAJAJA, QUÉ DIVERTIDO, peromejorolvidemoselpasado! Ojalá hubiera pasado por allí un leviatán y me hubiera engullido. Habría preferido morir hecho suquet entre las fauces de, yo qué sé, un rey marino, por poner de ejemplo a un ilustre bicharraco, que, como era el caso, de vergüenza. Qué mal se me daba, pero qué mal, fingir delante de una chica guapa.
Porque ahora que la tenía cerca, orbitándome como la luna a la tierra, y podía verla desde todos los ángulos, me di cuenta de que, efectivamente, guapa —oh, sí, mamita— era un rato. De las que producen vahídos. ¡De las que detienen el tráfico! Y, encima, en vez de juzgarme mal por lo que vio, se reía conmigo y me seguía la corriente. Un alma generosa, vaya. Sí, un alma generosa...
de más...
generosa dotación ~ Ejé...
![]() ¡Por las branquias de mis ancestros! Si lo que predican algunos credos era verdad, y se podía pecar de pensamiento, me esperaba sin remedio el fuego eterno.
Y en esas estaba, en mis pesquisas mentales de cariz indecoroso, cuando una mantarraya nos pasó por encima, lenta como un funeral, y nos dejó un instante a oscuras. La sombra me cubrió la cara y apagó por un segundo la imagen de aquella mujer. Me sentó bien, la verdad. Pude recuperar el tino lo suficiente como para darme cuenta de que llevaba un buen rato mirándola con la mandíbula descolgada hasta las aletas de los pies. «¡Tsunamaro, recomponte, hostias! ¿Qué crees que estás haciendo?» ¡Babear como para engrosar en varias brazas las estadísticas hidrográficas de este nuestro proceloso South Blue! Había olvidado mi plan original —embaucarla para que me invitase a comer, ya que mi almuerzo con... ay, mierda, ¿cómo se llamaba? Vallentina. Se había ido al garete— y había entregado toda mi corporeidad pisciforme a la contemplación de aquel fenómeno submarino. Tenía que centrarme. Eso era. Centrarme. Tenía un plan. María acababa de proponerme hacer algo juntos, así que lo tenía a huevo. Solo debía de mantener la cabeza fría, actuar con normalidad y el resto vendría rodado. «Eso es.» Cabeza fría y actuar con normalidad. «Tú puedes.» Cabeza fría y actuar con normalidad. «Toda tuya, campeón.» Cabeza fría y actuar con normalidad. «Respira.» —Hhhhhh. «Muy bien. Y ahora, expira...» —Pffffff. «Otra vez: inspira.» Cabeza fría y actuar con normalidad. —Hhhhhh. Cabeza fría y actuar con normalidad. Cabeza fría y actuar con normalidad. Cabeza fría y actuar con normalidad. Cabeza fría y actuar con normalidad. Cabeza fría y actuar con normalidad. Cabeza fría y actuar con normalidad... ![]() —¡Honorabilísima señorita Merlot!...
No me lo creía. ¿Desde cuándo era mi voz tan grave? Yo quería llamarla por su nombre. María. Pero, maldita sea, era incapaz de razonar a tiempo; mi cuerpo serrano actuaba antes de darle la orden. Estaba pensando, malhaya la mar y todos sus afluentes, con el órgano que, por su tamaño, me acerca más a la condición de cetáceo.
Y es que la belleza cancerbera —me cago en los siete mares— de aquellos cabellos azules, ondulados, tan azules, como digo, que un servidor se encontró preguntándose si no serían esos tirabuzones a los que debían su apellido los Blues de los cuatro puntos cardinales, le había hendido los colmillos a mi músculo palpitante. El corazón, quiero decir. Que me hacía boom, boom, como si quisiera salírseme del pecho.
—...¿Me parece haber escuchado que tiene ganas de unas sabrosas algas y algún néctar? —ronroneé, con cierto deje canallesco en el tono.
Quizá no estaba todo perdido. Estaba a tiempo de reconducir la situación. Tenía que decirle que fuéramos al Le Postín, el de la costa. Allí es adonde iba a ir con... por los barbos de Nereo, ¿cómo se llamaba? Da igual. De Aquella. —Pues se da la circunstancia de que, apenas tres arrecifes al norte, en una bolsa de aire al fondo de una cueva, hay una tasca con unos primos lejanos míos al frente. Podemos ir nadando. Es discretísima y muy hospitalaria. Si en cinco minutos lo que ve no le compensa el desplazamiento, yo mismo la traigo a cuestas de vuelta a este arrecife. ¡NO! ¡A ESE SITIO NO! ¿Pero qué me estaba pasando? ¿Hasta cuándo iba a durar el embrujo de aquellos dos ojos dorados? Daba igual.
No pasaba nada. Todavía estábamos a tiempo de enmendarlo. Iríamos a... ese sitio. De acuerdo. Pero allí también dispensan buen yantar. Comería hasta reventar y, cuando tocase pagar la cuenta, diría que me había dejado la cartera. Sí, eso pensaba hacer.
—Y, ni que decirlo tiene.. ¡Un momento! —...por supuestísimo, ¿Iba a hacer...? No. No sería capaz de repetir esas dos palabras. —Yo invito. ¡AAAAAH! ¡¿Dónde hay una cisterna de bromuro cuando un pez pedestre lo necesita?!
Resumen y Karmas
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