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El legado de La Mano Vacía [Pasado||Tripulación] - Bai Mudan - 22-04-2026 ![]() 33 Otoño, Año 17
Puerto de Drum - Wu Wei.
Momento del día: Mañana/Medio día
El sol, bajo y deslucido, brillaba con frialdad y distancia, incapaz de ofrecer verdadero calor sobre la isla en la que acababan de atracar. En lo alto, una extensión pálida de azules desvaídos y grises ligeros se extendía sin interrupciones, tiñendo la bóveda celeste la estéril claridad que precede a una tempestad nevada. Ni una sola nube parecía detenerse demasiado tiempo. Era como si ni siquiera ellas quisieran quedarse demasiado tiempo ahí. Y, sin embargo, de tanto en cuando, el viento del norte barría el puerto con ráfagas secas y cortantes, bufidos de aire cargados de sal y frío, que se colaban entre los mástiles y las cuerdas del navío como una amenaza áspera. No había nada calmo. Rígido, quizás. Bai emergió entonces de entre los camarotes. Al cruzar el umbral, la destellante claridad pálida del cielo de Drum se volcó sobre su piel marmórea, extendiéndose en ella con una incómoda e invasiva frialdad. Se detuvo un instante. El contraste había sido demasiado abrupto: del interior resguardado al aire seco y gélido del exterior. —Demasiado frío… —murmuró sintiendo como el vello de su cuerpo, escondido tras capas de piel, se erizaba. Sin embargo, y frente a lo intuitivo, alzó la diestra y la dispuso sobre sus ojos a modo de visera debido al brillo cegador que surgía de las nubes que actuaban como espejos y, también, por la incomodidad del viento que azotaba sin tregua. Para aquella ocasión, la birkiniana había recogido su cabello en una coleta baja. No obstante, la pulcritud del gesto no lograba someter del todo su naturaleza indómita ya que, varios mechones, escapaban con rebeldía, agitándose con cada ráfaga, rozando su rostro y, por encima de todo, acentuando su afilado perfil. De repente, en forma de abrupta sinfonía, una amalgama de voces masculinas —alzadas en gritos, órdenes y ásperas risas— inundó sus oídos. El golpe seco de la mercancía siendo arrastrada y dejada caer sobre la madera endurecida por la quemazón del hiel marcaba un compás irregular, mientras el crujir de las tablas tensas por el frío y el roce de las cuerdas rígidas añadían un contrapunto áspero pero constante. Era el rugido del puerto. Una suerte de melodía desafinada, únicamente interrumpida por el graznar insistente de las aves que sobrevolaban aquellas aguas en busca de restos de los que alimentarse. Con la mano aún protegiéndose la vista, Bai avanzó por la cubierta. Sus zancadas, amplias y decididas, resonaron con un eco más seco de lo habitual bajo sus pies. Entonces llegó el verdadero olor. El aire, más limpio pero y severo que en Little Garden, penetró en sus fosas nasales llevando consigo la fragancia salina del mar, mezclada con el olor del pescado y una humedad constante típica de la costa… junto al sudor frío de los trabajadores. —Hmmm —su inspiración se asemejó a un murmullo. Y, a continuación, su pecho se expandió al recibirlo, llenándose de aquel aroma que no era agradable en sentido estricto, pero sí profundamente reconocible. Después, retuvo el aire unos segundos, lo paladeó y pronto lo dejó escapar en forma de otro largo suspiro, tenue pero notorio. —Ah… El mismo olor que en otras islas. El mismo olor que en el puerto de su hogar. Bai sonrió para sí misma. Aquel pensamiento —tan sencillo en apariencia— había despertado en ella una sensación extraña y difícil de expresar. No era exactamente nostalgia. Era... ¿Continuidad, quizá? La certeza de que, a pesar de las distancias, de los cambios y de las fracturas, el mundo aún conservase ciertos puntos fijos; pequeños anclajes invisibles, persistentes e inalterables, sosteniendo la ilusión de que no todo se desmoronaba al mismo tiempo. Así pues, complacida por aquella conclusión, Bai recorrió el muelle con la mirada, buscando a sus compañeros entre el ir y venir de figuras abrigadas con cientos de capas y telas gruesas. Pero no los vio. De nuevo Bai caminó por la cubierta, se acercó al puente y se decidió a bajar del navío. La joven birkiniana tenía hambre y, aunque era una excusa válida para alejarse de su lugar seguro, no era lo único que la movía; durante la travesía había tenido tiempo de pensar. Demasiado, quizá. Y a la idea a la que había llegado no le resultaba especialmente reconfortante. ¿Prejuicios, probablemente? Muy posiblemente a decir verdad. Pues se sentía como el lobo adulto de una manada fragmentada. No el más fuerte —como el adolescente en su punto más álgido—, ni el más sabio —como el anciano que ha sobrevivido a incontables inviernos—, sino como el que avanza primero por pura inercia protectora. El que expone el cuerpo consciente de que alguien tiene que hacerlo. Sacudió la cabeza con cierta brusquedad. ¿Por qué pensaba así? Zhang y Mahou no eran débiles. Lo habían demostrado con creces e, incluso, en muchos aspectos los consideraba superiores a ella. Y aun así… Aun así no podía evitar sentir aquel impulso de protegerlos. Bai frunció el ceño mientras paseaba por las transitadas calles del puerto, donde el suelo duro y reseco contrastaba con el aire helado, y se preguntó, por un breve instante, si aquello era genuino o estaba tratando de llenar un vacío. —¡Cuidado por donde andas! —la voz la arrancó de golpe de sus pensamientos. Un hombre cargado con dos enormes cajas pasaba peligrosamente cerca de ella. Bai reaccionó tarde e inútilmente pero, aún así, de un salto lateral se apartó del camino. Parpadeó. ¿Dónde estaba? ¿Hasta dónde le habían llevado sus pies? Echó un vistazo rápido a su alrededor. Frente a ella, una pequeña edificación abierta al puerto dejaba escapar un hilo de aire cálido y el olor inequívoco de comida caliente. Allí, varios barriles hacían de mesas improvisadas, rodeados de gente que comía de pie o conversaba a gritos, frotándose las manos de vez en cuando o soltando hálitos que vaporizaban en contacto con el aire. Sin pensarlo demasiado, entró. Su presencia, como siempre, llamó cierta atención, pero no se detuvo en ello. Ya estaba acostumbrada. Y una vez dentro, mediante gestos —ese lenguaje improvisado que había aprendido a dominar a lo largo de su travesía— consiguió pedir lo que consideró un desayuno adecuado para tres. Después, pagó y salió. Ahora el puerto se le antojaba distinto. Ya no era solo ruido, desorden y caos pues, bajo aquella aparente confusión, se respiraba un ritmo, un único pulso donde hombres y mujeres —estibadores en su mayoría— se coordinaban con orgánica naturalidad, ayudándose los unos a los otros. Y es que, desde las más grandes hasta las más pequeñas embarcaciones, cargadas hasta los bordes de pescado, descargaban su mercancía con rapidez gracias a la ayuda de esas otras manos —más pequeñas y ágiles— que, al tocar el muelle, tomaban el relevo. Bai los siguió con la mirada mientras sostenía la comida entre las manos, notando el leve calor filtrarse a través de ella. Más allá, mujeres y niños recogían los cargamentos, los distribuían en barriles y se desvanecían entre las callejuelas del puerto. ¿Irían al mercado? La pregunta surgió con ociosa curiosidad mientras emprendía el camino de regreso hacia el barco. Y, una vez allí, de nuevo en la cubierta, alzó la voz buscando llamar la atención de los compañeros. —¡Zhang, Mahou! No añadió nada más ya que suponía que andarían por ahí siendo que era la hora de comer y aún no se habían hecho con la isla. Después, se giró hacia donde estaba el pasillo hacia la cocina y se adentró en él. Dejó la comida en el centro y, en lo que hacía tiempo, se dispuso a servirse algo para beber. RE: El legado de La Mano Vacía [Pasado||Tripulación] - Zhang Guolao - 24-04-2026 Había sido una de esas noches en las que, sintiéndose en un lugar desconocido, no había logrado conciliar el sueño... Se despertó de golpe, perdido entre las tinieblas de su camarote. El viejo burro se quedó unos minutos, inmerso en sus pensamientos, mientras sus orejas se movían de lado a lado en busca de la mínima señal. Se levantó de su cama y, alzando los brazos al aire, estiró su viejo cuerpo hasta que crujió con naturalidad... El burro se había despertado antes que el sol, y aquella sería una mañana movida. Voló hasta la cocina, donde, con una velocidad rara en él, preparó un poco de té. Mientras bebía, se dispuso a recorrer la embarcación para intentar encontrar daños en la estructura. El Wu Wei permanecía imponente ante la fuerza de la Gran Ruta. Zhang sintió alivio en su ser. Pasó al invernadero y, junto a su taza de té, molió una de las hierbas de Lan y fumó un poco de su pipa... La calma se hizo una en su cuerpo al instante. Y así, permaneció en silencio por varios minutos... Aprender y desaprender... La vida, a pesar de sus años, siempre le recordaba que tenía mucho por hacer. Y por eso, estando allí en la isla de Drum, Zhang se encontraba ansioso de conocimiento, de secretos y saberes. No por nada ese lugar era conocido como una potencia en medicina, y si quería proteger a sus nakamas, necesitaba ser aún más fuerte. Luego de meditar por unos minutos, Zhang volvió a cubierta, donde, acompañado de los primeros rayos del sol y de los sonidos matutinos del puerto, comenzó a recorrer las calles. Para su sorpresa, aquella isla era mucho más salvaje de lo esperado: montañas, animales y un entorno salvaje le recordaron de inmediato su estadía en Little Garden. Recorrió algunas montañas y, en lo alto de una de ellas, observó un gran castillo custodiado... Algunos marinos... La herida de su pecho le recordó aquella noche en la que fueron lanzados al matadero. Y así, continuó por varias horas recorriendo aquella isla, escondido entre el viento helado y el blanco de la nieve. Zhang escuchó cada rincón. Hasta que, agotado pero mucho más tranquilo, llegó hasta el Wu Wei, donde, subiéndose al mástil, se sentó para observar el horizonte. El sol se encontraba sobre él. Ya habían pasado un par de horas, y Zhang... cerró su ojo y se durmió. Una voz dulce y familiar le despertó. Se sentía descansado y hambriento. El sol le decía que ya era hora de alimentarse. Zhang bajó con cuidado, alzando una de sus manos para saludar a Bai, quien, al igual que él, parecía haber dado un pequeño recorrido. —¡Buenos días, Bai! ¡Qué huele tan delicioso!— Los sentidos del burro se alborotaron y su estómago crujió con fuerza. —Tengo mucho que contarles— le dijo Zhang en su idioma, que, luego de tantos viajes, comenzaba a dominar con la práctica. De hecho, Bai también comenzaba a avanzar en nuestro idioma, y eso le alegraba. Zhang se sentó sobre uno de los bancos y esperó a que su compañera se sirviera algo... Fue una larga espera, pues su espíritu curioso casi le obligaba a hablar. —Fui a conocer la isla, hay lugares hermosos, animales salvajes...— Zhang tomó una pequeña pausa y continuó: —Vi un castillo, tropas y uno que otro marino.— No era necesario decirlo, pero todo indicaba que aquella isla hacía parte del Gobierno Mundial, como casi todas, como casi todos... Su rostro se frunció y de inmediato sintió asco genuino. —Parece ser otra isla doblegada por el poder corrupto.— Zhang, quien siempre había intentado ser imparcial, no podía evitar repudiar aquellas instituciones. Se levantó algo alterado y decidió servirse un poco de té; ya estaba helado... Le dio entonces un par de sorbos. —Estar tanto tiempo aislados del mundo me había hecho olvidar la crueldad del mismo.— Zhang miró a los ojos a Bai. El burro aún le hablaba en su idioma. —¿Qué hacemos?— Era una duda que llevaba en su cabeza tanto... tanto tiempo. Aquel viaje de libertad había transmutado, y ahora parecían viajar sin rumbo... Zhang no tenía respuestas. RE: El legado de La Mano Vacía [Pasado||Tripulación] - Bai Mudan - 26-04-2026 —Buenos días, Zhang. Bai saludó al mink mientras terminaba de organizar los platos con calma y abría los recipientes que acababa de traer. —¿Cómo has dormido? —preguntó abriendo las tapas y observando como el vapor del desayuno ascendía entre ambos como una tenue frontera. Pero, al escucharlo hablar, supo de inmediato que no debía interrumpirle. Solo el sonido de la porcelana contra la madera invadía el flujo de la conversación. —Supongo que Littel Garden casi nos engulle a nosotros también —murmuró sirviéndose un poco de té y sentándose en la mesa. Después de eso, sorprendida, guardó silencio ante la pregunta del burro. En sus manos, la taza de té —que hasta hacía poco aún humeaba— comenzaba a helarse. En consecuencia, la alzó ligeramente y la llevó a los labios, buscando sentir el resquicio de calor que quedaba antes de darle un trago. A continuación, la sostuvo cerca del pecho, mientras su mirada se deslizaba hacia la ventana de la cocina, opaca por la escarcha. A través del vidrio apenas se distinguía el horizonte, deformado y difuso, como si el mundo exterior se hubiese transformado. Y, así, permaneció unos segundos, evitando responder de inmediato a la pregunta y demorando una contestación que no estaba segura de poseer. —Hay algo que nunca os he preguntado, Zhang —dijo con una voz aterciopelada—. Lamentablemente, a muchos de nuestros compañeros ya no podré hacerlo… Pero a ti sí: ¿por qué te uniste a la tripulación? Tras formular la pregunta, Bai giró el rostro hacia el burro. En sus ojos azules se observaba una frialdad profunda y abismal únicamente. Levantó la taza de nuevo, bebió lo que quedaba del té de un solo trago y dejó la taza vacía sobre la mesa. —Pareces un hombre —añadió, tras una breve pausa, corrigiéndose apenas rápidamente—, y disculpa que utilice esa palabra, bastante sabio como para saber que la vida en alta mar puede ser extremadamente cruel para nuestros mayores… —continuó mientras apartaba la taza hacia un lado de la mesa, dejando espacio libre—. Así que simplemente asumí que hay algún deseo en ti, algo que anhelas con suficiente fuerza como para arriesgar tu vida. ¿Me equivoco? Con calma, Bai atrajo hacia sí el plato con embutidos y queso. Tomó un panecillo y comenzó a preparar un sándwich sencillo. —Mi verdadera pregunta es: ¿sigue siendo ese deseo lo bastante fuerte como para continuar a nuestro lado? Al ver el sandwich montado, antes de dar el primer bocado, suspiró con resignación; en un lugar como Drum, era evidente que no habría aceitunas ni higos, ni tampoco aquellas frutas a las que estaba acostumbrada... Y eso, pan frío con carnes frías, no era desayunar. —Durante estos días me he estado preguntando qué es lo que podía unir a una gente tan variopinta como nosotros. Cao, Dong, Han, Lan… todos ellos eran buenas personas que querían vivir en libertad; personas que hicieron de esa idea una ley que sostenía nuestra bandera. Y supongo que ese mismo deseo fue lo que llevó a Alana y a Kay a unirse también. Pero ahora, con la partida de los que ya no están, me pregunto si los sueños que teníamos siguen siendo un lazo… o si, en realidad, estamos viviendo el deseo de alguien que ya no está. El silencio cayó de golpe sobre la mesa. Bai dio un bocado al sándwich y, tras masticar unos segundos, asintió levemente, como si aceptara el veredicto de que no estaba tan mal. —Todavía no lo tengo claro —continuó después de tragar—. En realidad, me duele la cabeza de tanto pensarlo. Lo único que sé es que deberíamos bajar la bandera a media asta por ellos… y mantenerla así hasta que decidamos qué hacer de verdad. De nuevo, el silencio se instaló entre ambos. El aroma de la comida llenaba el espacio con una calidez engañosa. Por un instante, la imagen del cocinero cruzó su mente: su risa, sus exclamaciones, aquella vez en que había muerto frente a ella… y, aun así, había seguido revivido como si nada pudiera detenerlo. Parecía invencible. Bai buscó entonces la mirada de Zhang. Tres... Ya no eran tantos, de hecho, no eran prácticamente nada. Con razón el barco se había vuelto tan silencioso. Demasiado grande para los que quedaban. Y, sin embargo, aún resistían. —Zhang, yo… —frunció el ceño, sintiendo el peso de los recuerdos sobre los hombros. Por un instante, creyó oír la risa estridente de Kay colándose entre sus pensamientos, burlándose de su vacilación y empujándola a hablar. Sonrió apenas, con una mezcla extraña de cansancio y alivio. —No sé qué será de nosotros mañana —admitió—. Pero hay algo que tengo claro. Durante un segundo, sintió cómo la memoria de cada uno de ellos se asentaba en su pecho: la paz de Cao inundarlo, templando el temblor de sus dudas; el orgullo de Dong afirmando su espalda; la determinación de Han aferrándose a sus palabras… y la vigorosidad de Lan empujándola hacia adelante, como una fuerza indómita cuándo se niega a ceder ante la posible derrota. —Pero sí sé lo que no va a suceder —añadió sintiéndo la energía de Alana flotando en sus palabras, haciéndole a usar un tono que pocas veces había utilizado antes—. No mientras siga en pie... No permitiré que os pase nada —prometió. RE: El legado de La Mano Vacía [Pasado||Tripulación] - Zhang Guolao - 13-05-2026 Zhang era incapaz de sentir frío o calor, pero su cuerpo seguía siendo víctima de la naturaleza de las cosas, y por ello, una vez estuvo en medio de aquella habitación, su pelaje se erizó, como si de un felino se tratase. Zhang golpeó el suelo con su pezuña una vez estuvo junto a Bai, y sin poder dejar de mirar las bolsas que traía, saludaba a la joven alada. El calor de la comida que Bai había traído era un faro acogedor en el ambiente helado de la isla. —Buenos días, Bai, no he logrado dormir mucho… es extraño estar en un lugar con tantas personas. —El viejo Mink se había acostumbrado a la compañía de la selva, y a la soledad misma. Pero el camino debía continuar. El burro observó cómo Bai se servía el té, cómo el calor se escapaba de la taza. El sonido de su voz resonaba en el pequeño espacio. —Hmmmm, supongo que sí… —Las palabras de Bai golpeaban aún más su cuerpo viejo, recordando la estadía en el jardín pequeño. —A veces el camino más difícil es seguir viviendo. Las personas que habían quedado atrás no eran ahora más que un recuerdo en su corazón, pero a pesar de ello, aún había algo que le molestaba… Apretó sus dientes con fuerza, mientras recordaba el paseo que acababa de dar. El ojo de Zhang se posó en Bai, un brillo de compasión en su mirada. —Salí de Zou... porque buscaba entender, aprender... El mundo es un libro inmenso, lleno de historias y saberes, y yo, un simple burro, anhelaba leer cada página. Quería ver las montañas que tocan el cielo, escuchar los mares lejanos. Un pequeño soplido de aire frío escapó de Zhang. —Y esta tripulación… almas libres, ofrecía ese camino. La promesa de la libertad era como el agua fresca para un sediento. Quería aprender de todos, de sus sueños, de sus fuerzas. Quería ser parte de algo. —Era algo simple, pero Zhang llevaba solo media vida. El viejo burro tomó un sorbo de su té, que ya estaba frío, casi helado. Sintió el frío líquido deslizarse por su garganta. —Y sí, Bai. —continuó, su voz suave, —Ese deseo sigue siendo tan fuerte como el Wu Wei. La vida en el mar puede ser cruel, sí, pero también es una gran maestra. Y mi deseo de proteger lo que es bueno, de buscar la paz, mi paz, de aprender y crecer junto a ustedes... ese deseo no ha disminuido, es el fuego que calienta mi frío corazón. Zhang escuchó las palabras de Bai sobre los sueños y el legado. El silencio fue pesado por unos minutos, y el silencio sonaba con fuerza en aquel lugar. —Hmmm... Es natural preguntarse si estamos viviendo el deseo de otros. —El burro asintió de nuevo. —Cao, Dong, Han, Lan, Alana, Kay... todos ellos sembraron semillas de libertad y sueños. Sus espíritus, sus risas, sus ideales. Son parte de lo que somos. Zhang suspiró, y aquella rabia con la que había empezado la conversación empezó a mermar un poco. —Pero la bandera, Bai, no es solo el recuerdo. Los sueños de los que se fueron nos dieron un motivo, un camino. Pero ahora somos nosotros quienes debemos decidir hacia dónde avanzar. —Zhang no quería alejarse de sus compañeras, pero no podía atarlas a seguir por ese camino. —Tu corazón es grande, Bai. Y no te equivocas, no somos débiles ninguno de nosotros. Pero la verdadera fuerza radica en nuestra unión. Zhang permaneció unos segundos en silencio, y observando a la joven alada, le respondió: —El dolor es un gran maestro, eso es parte de crecer. No podemos bajar la bandera para siempre. La vida sigue su curso. Debemos levantar nuestra propia bandera con orgullo. —Nuestras metas, nuestros sueños... por separado son grandes, pero juntos... Debemos buscar esa guía, esa dirección. ¿Qué dices, Bai? ¿Nos sentamos y hablamos, como viejos amigos, y decidimos el rumbo de nuestro viaje? El viejo burro esperó, dejando que sus palabras flotaran en el aire frío, esperando la respuesta de su compañera. Zhang observó a todos los lados, en busca de Mahou, esta conversación era necesaria, y debían tomar la decisión todos juntos. RE: El legado de La Mano Vacía [Pasado||Tripulación] - Bai Mudan - 09-06-2026 Las palabras de Zhang revolvieron sus entrañas. No de la forma cálida o agradable en que lo hace el amor ante la presencia de un amante, ni tampoco como ocurre con una enfermedad del estómago. Esta vez era distinto. Muy distinto, tanto que cualquiera que estuviera acostumbrado a negar sus sentimientos —como solía hacer Bai cada vez que se refugiaba en el exceso de pensamiento— habría podido confundir aquella punzada incómoda con hambre, cuando en realidad no era otra cosa que una verdad encontrando el modo de hacerse escuchar en un oído sordo. —Yo... —empezó a decir, aun cuando en el fondo sabía que no tenía cómo responder. Pero algo debía salir. No importaba demasiado el qué, solo que lo hiciera, pues, a medida que aquella incómoda punzada crecía en su interior, más expuesta se sentía Bai. —Creo que tienes razón... —respondió al fin. Y, tras aquellas palabras, la birkiniana se cruzó de brazos casi por reflejo al tiempo que sus alas la abrazaban. —La pregunta es cómo. ¿Cómo volvemos a levantarnos? Incómoda, se removió en su sitio y terminó por alejarse, empezando a caminar por la habitación mientras escuchaba a su compañero. —Claro, pero... —Sus dedos rozaron y acariciaron la mesa en cuanto pasó por el lado de esta en su extraño paseo —. Quizás deberíamos ir primero a por Mahou. Y, dicho eso, paró en seco y miró al anciano mink que tenía delante; por un momento, aunque muy efímero, le pareció tan cansado como lo estaba ella. —¿Crees que puedas ir tú? —preguntó retirando la mano de la mesa –. Soy consciente de que en algún momento tendré que aprender vuestro idioma, pero... —se acaricio el brazo, mostrando su verdadera reticencia a ello —. No sé si me entendería si le digo que me siga o venga hasta aquí. RE: El legado de La Mano Vacía [Pasado||Tripulación] - Zhang Guolao - 11-08-2026 Zhang esperó unos instantes observando a su compañera. El viaje les había deparado un destino áspero, marcado por situaciones amargas que aún pesaban sobre la cubierta. El mink tragó un poco de saliva mientras apuraba el último sorbo de su taza de té helado; las palabras de Bai, tan frías como sinceras, hicieron que por un segundo el tiempo mismo pareciera congelarse a su alrededor. —Hmmm... —resopló como de costumbre, llevando una de sus manos a la cabeza mientras buscaba la respuesta adecuada. Al verla moverse inquieta por la cocina, Zhang decidió acompañarla en silencio. Desprendiendo un sutil rastro gélido, el viejo mink comenzó a flotar suavemente hasta quedar a la altura de su rostro, fijando en ella su único ojo visible. La entendía profundamente: a veces resulta abrumador avanzar cuando el pasado nos ancla a tiempos que ya no existen. —Creo que no hay prisa por levantarnos —murmuró con su habitual voz pausada, dejando escapar un leve soplido mientras cerraba el ojo por un segundo, como si le costara digerir sus propias palabras—. Lo importante es que sigamos viviendo. ¡Sigamos navegando, Bai! De algún modo sobreviviremos a este mundo. Un nudo extraño se le formó en el estómago. Él también sentía miedo e incertidumbre ante el mañana, pero comprendía que acurrucarse en esos sentimientos no los llevaría a ningún puerto. —Iré a buscar a Mahou; debe de estar en su habitación o recorriendo el barco —dijo Zhang, soltando un silbido corto. De inmediato, el pequeño mono Silencio hizo su aparición. Tras saltar ágilmente cerca de Bai, se impulsó hacia los hombros de Zhang en el aire. El burro le dio una suave palmadita al simio. —Ve por Mahou, pequeño —le pidió con dulzura. Silencio partió en busca de la joven exploradora. Era momento de reunir a los tres supervivientes de la tripulación para decidir, juntos, hacia dónde soplaría la brisa de su verdadero viaje. Antes de alejarse, Zhang volvió a mirar a la birkiniana. —¿Te gustaría ir a algún lugar en particular del mundo, Bai? —preguntó, buscando encender una chispa de propósito para continuar—. En el próxima isla podremos buscar a algún experto que nos ayude con tu idioma. - Esperaba no fuese alguna promesa vacía, pero de algún modo podrían romper aquella barrera del idioma. |