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[FIC] La herida de la vida - Yojimbo - 04-05-2026 No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado, ¿llevaba mucho o el tiempo pasaba muy despacio aquí dentro? No, seguramente llevaba más tiempo del que imaginaba, ni siquiera me acordaba de oler. Oler, el olor a algo. Había olvidado cómo hacerlo, pero recordaba haberlo hecho. El olfato, la vista, el tacto, el gusto y el oído. Este sitio era realmente infernal, el que lo diseñó era un auténtico enfermo. Estaba recibiendo un castigo a todos mis sentidos. El calor tan grande que se generaba en este lugar hacía que abrir los ojos doliera como si te clavaran metales ardiendo dentro de los párpados. Todo lo que había tocado en este tiempo encerrado estaba tan caliente que mis manos estaban completamente encallecidas; mis oídos se habían adaptado al gorgoteo incesante del caldero y a los gritos de desesperación y ya ni siquiera recordaba lo que era comer sólido. Pero el olor, lo peor de todo era el olor... Podía acostumbrarme a todo lo demás, pero jamás pensé que lo que más me iba a molestar de todo era el olor, ni me imaginaba que el olor podía doler. Todo este sitio apestaba a hierro caliente con un extraño toque dulzón al final y a carne quemada. El olor en general era seco, polvoriento, químico e irritante. El olor pesaba, se pegaba en la garganta como ceniza caliente y al final era como tragar óxido ardiendo. Si tan solo oliera a fuego ardiente, no había problema, había nacido con una llama detrás de la cabeza y para mí era tremendamente familiar. Pero no, ya no recordaba cómo oler. ¿Se me quedaría esta sensación dentro de mi nariz para siempre? ¿A qué olían las nubes? Si tuviera que contestar, diría algo como "fresco", "libre". Je... libre. ¿Volveré a ser libre otra vez?
Solté con fuerza todo el aire que mis pulmones habían almacenado y, con la calma de un anciano al que no le quedaba nada más que hacer en la vida, reflexioné. ¿Y qué si no?
Y qué más da lo que piense, soy prisionero. Hace tiempo que nadie me trata como una persona, hace mucho que nadie me dirige la palabra siquiera. Yo ya no era hijo, no era pirata, no era capitán, no era el familiar de nadie, no era soñador, no era persona. Era prisionero.
Encarcelado por creer en mí mismo y castigado hasta que la última chispa de vida que alberga mi marchito corazón se apague. Una vez mi padre me dijo que todos llegamos con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida. Pues lo siento, papá, ya sólo queda la de la muerte.
¿Sabría mi padre que yo estaba en Impel Down? Seguramente sí, y una pena tremenda hinundaba mi corazón ajado. Le había fallado a todos, hasta a mi padre. Con los ojos cerrados y caminando sobre un lago de tinieblas que mi mente cansada y enferma había dibujado dentro de mi cabeza, apareció la figura de mi padre. Una silueta tan borrosa y lejana que me hizo temblar de terror. Corrí hacia él hasta alcanzarlo y lo tomé en mis brazos. Era una sombra sin rostro, una figura tenebrosa y oscura pintada sin ganas, como si un niño hubiera dibujado una silueta genérica. Aquella figura no tenía cara, pero sabía que era mi padre... ¿Cómo era mi padre? Mi sangre se heló y apareció dentro de mi pecho un dolor tan punzante como real. No recordaba el rostro de mi propio padre, ni su voz. Caí de rodillas derrotado, aún con su cuerpo entre mis brazos, y comencé a llorar. Lo siento.
Era todo lo que podía decir, una y otra vez. Había entrado en un bucle del que no sólo no podía salir, tampoco quería. La figura de mi padre comenzó a desvanecerse sin consuelo entre mis dedos y sólo podía repetir aquellas dos palabras al mismo tiempo que me hundía en aquel lago de miseria. Pero entonces un pequeño destello brilló debajo del agua y una voz inundó mi mente. ¿Capitán?
No era una voz real, era como un eco que venía del fondo de aquel lago. Enmudecí inmediatamente y decidí escuchar. "En algún lugar, muy lejos de estas paredes de piedra y sangre hervida, algo está a punto de cambiar. Levántate, no eres ceniza todavía". "[...] no eres ceniza todavía." Esa frase la grité hace no mucho, intentando salvar a los desgraciados que compartían este castigo conmigo. Ya lo había olvidado, estaban consiguiendo lo que se proponían. Quitarme lo único que seguía haciéndome libre, la voluntad. Me obligué a erguir la espalda, aunque las cadenas protestaran con un chirrido metálico que recorrió toda la galería. Los guardias pensarían que eran espasmos de la agonía. Que piensen lo que quieran. Abrí un poco la boca, dejando que el aire abrasador y metálico entrara hasta mis pulmones. Ya no quería pedir perdón. No tenía por qué hacerlo. Mi padre, estuviera donde estuviera, me entendería. En la absoluta oscuridad de mi mente, la incombustible llama de mi espalda, mi verdadera herencia, dio un latido que no era mío. A miles de leguas de este pozo de azufre, el mundo estaba a punto de cambiar. Por primera vez en mucho tiempo podía volver a sentirlo. Era mi alma explotando como un volcán, eran los Alas Negras rompiendo las normas. Sentí a Triana, sosteniendo en sus manos una tormenta de piedras, rayos y espadas estridentes, sedienta de catástrofe y hambrienta, y eso hizo que mis puños se alzaran y volviera a notar el tacto de la libertad. Pude percibir cómo Garnet levantaba la misma muerte en vuelo con sus melodías y mis oídos se llenaban de una dulce y suave balada. Experimenté cómo el joven Kenzo quería escavar la misma tierra con sus dientes para encontrarme, y yo deseaba volver a vernos, y entonces mis ojos sanaron. Aprecié cómo Tobías caminaba junto a mí en aquel bosque y entonces por primera vez en mucho tiempo pude oler el sol, el polvo y la luna. Y después de todo noté a Jolyne siendo la hortelana que alimentaba lluvias, caracoles y mi alma de esperanza y decisión, y volví a saborear, por primera vez en años, la libertad. Una pequeña sonrisa, la primera en una eternidad, agrietó mis labios resecos por el calor. Los guardias pensarían que me estoy volviendo loco, que esta cárcel finalmente me ha roto el juicio. Que sigan pensándolo. Que sigan creyendo que solo tienen aquí un cuerpo encadenado y una ficha de registro. No saben que, mientras ellos vigilan mis cadenas, mi voluntad está navegando en algún lugar del Grand Line. No saben que un capitán nunca está solo mientras su tripulación siga respirando. Que hagan ruido. Que quemen el mundo si hace falta. Yo esperaré aquí, en mi trono de ceniza y hierro, porque ahora lo sé: La herida de la muerte tendrá que esperar. Mis amigos acaban de encender la de la vida una vez más.
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