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Invitación | Pasado - Enji - 05-05-2026

Día 3 de Otoño, año 17.

El contraste que existía entre Sabakun, la desértica primera isla de la Corriente Akai, y Mitsuri, la segunda, era extremo. Como el día y la noche, dos caras opuestas de la misma moneda. Sabakun era un solo páramo árido repleto de dunas de arena que se extendían hasta donde alcanzaba la mirada; escasa de agua y ciudades propiamente dichas, los poquísimos lugares poblados, pueblitos independientes unos de otros, se concentraban alrededor de las contadas y fundamentales napas. Una tierra hostil plagada de decadencia, donde nada sobraba y todo tenía un precio. Soportar los varios días que estuvieron vagando por el desierto fue, sin lugar a dudas, de las peores y más duras experiencias que debió afrontar en la vida. Por eso, tras ser abordados por un contingente del G-39 y escoltados a Matsuri, no pudo dejar de notar el contraste tan marcado entre las dos islas.

Había flores.

Montones de ellas. Flores de todos los tipos y colores crecían en cada rincón, en cada rendija donde pudiera colarse una diminuta semilla. Al costado de los caminos, en el campo o en la ciudad, las flores eran un denominador común presente en toda la isla. Las veía decorando ventanas, puertas, farolas, bancos; trepando muros y rejas. Una vibrante sinfonía de colores y aromas de primavera, impropios del otoño que corría.

—Uh, ¿por qué me hacen levantar tan temprano?

Una semana pasó desde el arribo de las divisiones 75 y 80 a la isla de Matsuri, en la Grand Line, y muchas cosas cambiaron en ese tiempo. Muchas cosas cambiaron para él, y lo peor todavía estaba por venir. Ahora era capitán, el chaleco sin mangas reemplazado por una chaqueta con charreteras doradas y una medalla colgada al frente. Rango, dinero… y responsabilidades nuevas.

Con un cigarrillo encendido en la boca y las manos en los bolsillos del pantalón, cerró los ojos, suspiró y se alejó caminando de la base del G-39. Como parte de su acondicionamiento y capacitación para el nuevo rango, Enji tenía que estar allí todos los días por la madrugada, monitorear procesos, firmar papeles y hacer preguntas, sacarse dudas, sobre cualquier proceso que ocurriera en el turno. Muchas reglas, mucho papeleo y, definitivamente, mucho aburrimiento. Contaba los segundos para poder salir desde el mismo momento en que pisaba la entrada cada día.

—Al menos, hoy encontré algo interesante. —Exhaló humo y sacó del interior de su chaqueta un papel, un cartel de “Se busca” cuidadosamente enrollado y atado con una cinta blanca—. Shihaha, quien te viera y quien te ve, ¿eh? Toda una superestrella.

Sonrió, el cartel girando entre sus dedos como una hélice. Inspeccionando un poco el tablón dio con esa imagen particular, esa recompensa por un pirata emergente. Preguntando descubrió que llevaba un tiempo pegada allí. ¿Cómo no lo había visto en Baterilla? Al final, tendría que darles la derecha a sus compañeros cuando decían que era un despistado.

Pasaba el mediodía y llegaba la tarde, junto al hambre y el aroma de la comida inundando las calles. El nuevo sueldo de capitán le había permitido permitirse pagar comida ocasionalmente. No porque despreciara los guisados de Juan, pero lo perturbaba un poco el sabor a mariscos que sentía ocasionalmente en sus salsas y no sabía cómo mencionarlo sin sentir que estaba cometiendo algún tipo de crimen de odio.

—No se puede fumar aquí… señor.

El dulce sonido de una voz femenina lo devolvió a la realidad. Estaba parado en la entrada de una pintoresca cantina y el cigarrillo en su boca seguía despidiendo humo. Lo apagó tocando la brasa con la punta de su dedo recubierto de veneno.

—¿Qué tienen para comer hoy? Porque me mueeeero de hambre, linda —dijo, tras guardarse el cigarro apagado en la cajetilla y acercarse a una mesa vacía. Como siempre, elegía una que estuviera un poco apartada, con buena visión del salón y fácil acceso a una ventana. La mesa de la punta noreste fue la elegida—. Me comería un caballo.


RE: Invitación | Pasado - Miyori Hoshino - 05-05-2026

Recuerdo la primera noche que pasé en Matsuri, sentí que había caído en el edén después de atravesar tormentas, desiertos, desplantes, y un adiós que mutiló mi corazón. Mis primeros pasos me guiaron por un sendero de rosas, claveles y tulipanes, un sinfín de flores decoraban cada rincón de aquella isla, recuerdo que fue una noche de verano que pronto, y lentamente, iba cediendo a una nueva estación, y fue entonces cuando me hallé completamente sola, en medio de la plaza, frente a una torre con un enorme reloj que anunciaba las horas de la madrugada, ahí estaba yo, afrontando un comienzo distinto al que había imaginado.

Con el paso de los días fui conociendo más de la isla, de sus habitantes, de los tesoros que se escondían en aquel reino floral, nada se comparaba con los páramos desérticos de aquellas dunas de arena olvidadas en la primera isla al cuál muchos encallaron. Sabakun fue el lugar donde muchos se vieron forzados a tomar decisiones con objetivos nuevos. Mi sueño de descubrir nuevos estilos de música e instrumentos jamás murió, Matsuri se convirtió en el lugar donde mis pesadillas, miedos, preocupaciones y culpas quedaron atrás. Fue ahí donde levanté la cabeza, donde decidí poner en marcha lo que realmente anhelo… vivir sin arrepentimientos, y convertirme en una gran artista en el proceso.

¿Imposibilidades?, quizás seguir recorriendo el camino que me enfrenta a la ley me traiga algunas consecuencias no deseadas, y aun así, sigo sin comprender cómo fue que mi búsqueda aumentó de valor… y para ser sincera, tampoco entiendo por qué tengo una. Claro, nadie se traga el cuento de que existen piratas “buenos”, y sin embargo, lo soy. ¿Debería hacer algo para limpiar mi nombre? No, para mí eso no es importante, mientras no me quiten mi música cualquier otra cosa deja de importarme. Los avisos del periodico así como tan pronto los leo al segundo después olvidé todo su contenido.

La tarde pronto moriría con el suave adiós de las brisas frías del otoño, y aunque comenzaba la estación en la que las flores y las hojas cambian de color al marchitarse, Matsuri parecía decidida a mantenerse gloriosa, envuelta en una primavera infinita. Con los días encontré un alojamiento cerca de la plaza, rodeado de pequeños campos florales que más bien parecían parques de una tranquila vecindad, el alojamiento era un hostal humilde de ladrillos rojizos con verjas negras decorando sus ventanas, y como una enredadera de hojas verdes, florecen flores blancas trepando por la fachada, como si abrazaran las paredes del edificio. Me considero afortunada de haber encontrado un lugar donde afrontar las noches.

Mis pasos me guiaron por las calles serenas del Reino de Ran, su ciudad, el día de hoy vestía de la misma manera de siempre, vestido blanco sin blanca, holgado y fresco, y un sombrero de estilo playero sobre mi cabeza, y claro, traía conmigo mi amado violín azul, era y siempre sera mi llave a ese mundo donde no existe nada más que melodías hermosas interpretadas por mis manos. Estaba cansada después de un día de trabajos a medio tiempo donde hacer música era remunerado de manera grata, era trabajo honesto, aunque con eso de mi wanted ha sido difícil pasar por un perfil bajo.

Sentí hambre al percibir el aroma delicioso que desprendían los locales del área de bares y restaurantes, pero, había uno en específico que por alguna razón me abrió el apetito de inmediato. Entonces recordé que me había saltado la hora del almuerzo, así que supuse que podía adelantar la cena, aunque pronto sería el horario habitual para los demás. Decidí finalmente ingresar a aquel establecimiento pintoresco, y como en cualquier otro lugar donde el alcohol estaba de por medio… el desorden social era un caso aparte.

La música era sumamente alegre, y eso me gustaba mucho, pude notar a las camareras que iban y venían con las comandas y jarras de cerveza, atendiendo a los clientes que llegaban a disfrutar después de un largo día de trabajo.

Me desplacé con cuidado en busca de una mesa disponible, procurando no molestar ni estorbar a nadie, el lugar estaba más lleno de lo que parece a primera vista frente a la fachada, y avanzar entre la gente tomó más tiempo del esperado, más que todo porque tenía cuidado de no tropezar o chocar con alguien. Justo cuando pensé que el camino estaba libre, al pasar junto a una mesa de hombres claramente ebrios, sentí una incomodidad inmediata impactar contra mi cuerpo, precisamente en mi parte baja de mis posaderas, un golpeteo totalmente irrespetuoso. Me detuve al instante y giré mi cuerpo en la dirección contraria de donde vino aquella nalgada, y fue entonces que me encontré con la mirada burlona de un hombre completamente sumido en el alcohol, su expresión y el fuerte olor que lo rodeaba lo delataba por completo, ebrio hasta la nuca.

 —- ¿Qué tal preciosa?, ¿Quieres sentarte con nosotros?  —- escupió tal invitación incómoda mientras sus compañeros, que eran otros tres,  aplaudían su gran hazaña.

— No, gracias. —- Fue mi respuesta, acompañada de una sonrisa falsa de cortesía, intentando evitar cualquier contacto y cortar la situación de raíz, sin embargo, mi rechazo no fue bien recibido. El hombre tomó mi muñeca con fuerza, intentando atraerme hacía su espacio personal, y sus acompañantes, todos, comenzaron a reírse por tal situación. Intenté zafarme con insistencia, inclusive llegando a colocar mi mano libre sobre la mesa para empujar hacia atrás, y mi estuche de violín se deslizó de mis brazos hasta tocar el suelo.

¿Ahora que hago?


RE: Invitación | Pasado - Enji - 07-05-2026

Una de las camareras le trajo la carta y, tras pedir un vaso de agua, se puso a ojear las opciones de almuerzo. La primera página era de pastas, simples y rellenas, acompañadas de distintos tipos de salsas. Inspeccionó los ingredientes y acabó arrugando la nariz. Nada de carne. Siguiente página. Esta vez, ensaladas. Peor. Siguiente página.

—Ahora estamos hablando, shihaha… —murmuró y se relamió, sonriente; la mirada prendida de una tentadora postal. Decoraba la sección de carnes el dibujo, increíblemente realista, de un corte de carne grillada, grueso y jugoso, acompañado de una ensalada de papa y arveja—. ¡Señorita! Quiero uno de estos. Con doble ración de ensalada y mucha sal en la carne.

La mesera se acercó con la bandeja abrazada al pecho y Enji le señaló la ilustración de la carne.

—¡Perfecto! ¿Algo más? ¿Otra cosa para beber además de agua? Tenemos cerveza, vino y jugos frutales frescos.

—Huh, no, no. —Se rascó el cuello, cerró la carta y la devolvió, despachando a la mesera con un gesto de barrido de la mano—. Lo único… —Agarró el vaso de agua, servido hasta el borde, y se lo volcó contra los labios. Lo vació en cinco tragos y volvió a dejarlo en la mesa—. Relléname eso, linda. Que esté fría.

Subió las piernas a la mesa, se reclinó hacia atrás en la silla y sacó el cartel escondido en el bolsillo interno de su chaqueta. Chaqueta que, como un símbolo de su rango y autoridad, lo volvía parcialmente inmune a los reclamos que insinuaban las numerosas miradas dirigidas hacia su persona. Desplegó el pedido de captura sobre su regazo y volvió a sonreír, como un gesto que anunciaba la llegada de una risa que se forzaba por contener. Diez millones de berries, rezaba el volante. Diez millones de berries marcados bajo el nombre de una amiga, y su rostro, tan amigable como siempre, plasmado un poco más arriba.

«Ya veo que no estabas jugando —meditó—. Pero esto es muy poco para lo alto que apuntas»

Chasqueó la lengua y volvió a guardar el cartel en su chaqueta. Las patas delanteras golpearon el suelo cuando se incorporó hacia adelante, puso los codos sobre la mesa y bebió de su vaso de agua fresca, recién servida, descansando la mirada en el ventanal que daba a la calle. Demasiada gente, demasiados colores, demasiado barullo. Tanta conversación era molesta cuando no formabas parte de ninguna de ellas.

¿En qué momento se había llenado el local?

El espacio entre mesas se volvía cada vez más ajustado, el ambiente más saturado de presencias. El aroma de varios perfumes florales se mezclaba con el olor de la comida, y no era para nada agradable. Enji empezó a sentir calor. La chaqueta dejó de descansar en sus hombros para doblarse sobre el respaldo de la silla; la camisa, abierta hasta el pecho y arremangada, permanecía. En cuanto llegó la comida, el marinese encerró en su plato, apurando las papas y arvejas con grandes mordiscos de carne. Ya quería irse. Bebía sorbos de agua ocasionales para que el mazacote alimenticio bajara por su garganta. ¿Estaba bueno? Relativamente. Sentía un poco de su sabor, pero no todo. Era como comer con una funda de papel en la lengua. Por eso pidió el doble de sal en la carne.

—Uh, que molestos… —masculló, con la boca llena. La bulla del local estaba en alza tras el ingreso de un vestido blanco, cosa de lo que no se percató hasta que, de pronto, esa misma bulla se apagó tras el tronido de unas carcajadas.

Las muchas voces se callaron al unísono cuando las miradas indiscretas, las risas cómplices y los chistes inapropiados, en un movimiento rápido, se convirtieron en acoso. La incómoda y fingida ignorancia del resto de clientes dejó de ser una opción. Todos se callaron, pero ninguno hizo nada. Dejando en claro que eran conscientes de lo que pasaba, que no lo aprobaban, pero tampoco se atrevían a intervenir, temerosos de una represalia. El único sonido que perduró, junto a las carcajadas del grupo, fue el de su mandíbula triturando la carne.

—Oi, cierren la boca un poco. ¿Qué pasó? ¿A quién mataron que todo el mundo se calló? —Levantó su voz por encima del incómodo silencio. Se levantó, su plato ya vacío, limpiándose la boca con una servilleta, y levantó la mirada por primera vez. Y allí la encontró. Un vestido blanco y cabellos naranjas, que maldita casualidad.

Enji se relamió los dientes delanteros.

—Mierda, creo que tengo un trozo de carne atorado… —dijo para sí mismo—. ¿Quién tiene palillos? —Fijó la mirada en el grupo problemático—. ¿Ustedes?


RE: Invitación | Pasado - Miyori Hoshino - 07-05-2026

Aquel señor no dejaba de apretar con fuerza mi muñeca mientras yo intentaba zafarme como podía, buscando la manera de liberarme de su agarre, poco a poco, me di cuenta de que el murmullo a mi alrededor había cesado como si todo se hubiera apagado de golpe, y solo quedará la música de fondo junto a las risas de quienes ocupaban la mesa. ¿Que podía hacer en este momento?, nunca he sido de responder con golpes ni de dañar a alguien, pero aquello iba más allá de los límites permitidos, no había respeto. Era como estar acorralada y sin salida. 

Fue entonces cuando una voz se alzó con firmeza cortando el ambiente sin esfuerzo, esa voz, la reconocí de inmediato, está tan marcada en mi memoria que no necesitaba pensar para saber de quién se trataba. Todos parecen estar atentos a la presencia del sujeto que le hablaba al grupo de ebrios acosadores, incluso aquel agarre a mi muñeca dejó de sentirse igual. Mi cuerpo dejó de sentirse tenso como si hubiera pasado de la alerta a la sorpresa en un solo segundo. 

No me giré en su dirección, no aún, me quedé mirando la mesa frente a mí, intentando mantenerme quieta mientras pensaba en la razón de este inesperado encuentro, era consciente de su presencia detrás de mí, cercana, real, cambiando por completo el peso de la situación sin necesidad de moverse de su lugar.

Aunque el agarre de aquel señor había perdido su fuerza no era suficiente como para alejarme de un tirón, así que enderecé el cuerpo lentamente, recobrando mi postura, y en ese momento fue que decidí finalmente dirigir mi atención completa al soldado de la Marina, era él, el hombre que conocí en Baquella en medio de un incendio, cuando todo alrededor se volvió ceniza y en un abrazo logré calmar su alma en agonía, ese mismo hombre que años después, en la misma isla, conocí su nueva versión más fuerte, mejor, lleno de metas y propósitos, con un porte inquebrantable, y ahora… estaba nuevamente frente a mí.

Mis ojos volvieron a encontrar el carmesí de su mirada y, por un instante, me quedé detallando su imagen en mi memoria, no era la misma imagen de antes. Se veía más firme, más consciente de sí mismo, con una presencia que imponía sin necesidad de levantar mucho la voz ahora. Llevaba el uniforme de Marine, y sobre la mesa distinguí una chaqueta que representaba ahora el alto mando que ahora tenía, ya no había desorden ni rastros de aquella versión más inestable que recordaba de nuestros últimos encuentros.

Abrí los labios para decir su nombre pero me detuve antes de hacerlo, recordé las palabras que alguna vez me dijo en el pasado, volvieron a mi mente con claridad como si aún dolieran, la noche donde quedó claro que éramos, Marine y Pirata. No dije nada, me limité a sostener su mirada, tranquila por fuera aunque por dentro quería simplemente poder llegar a abrazarlo y saludarlo correctamente.

—- Buhjajaja, ¿Y tu qué?, busca tus palillos con las camareras, no nos interesa. —- Dijo el señor que nuevamente volvió a tirar de mi brazo a lo que yo volví a resistirme en la dirección contraria para evitar caerle encima.

—- ¡Le suplico que me suelte! —- expresé angustiada y harta totalmente, incómoda por la persistencia del borracho.

—-- Señor, debería soltarla…. —- Uno de ellos habló, en un tono que rozaba la cobardía como si la propia voz le pesara al salir. Los tres hombres que complementaban el grupo permanecían tensos, claramente condicionados por la presencia del militar frente a ellos, como si la figura que tenían delante bastará para mantenerlos a raya y contener cualquier impulso de continuar con ese nefasto comportamiento.

—-- ¿Por qué?, A ella parece que le gusta, ¿No, preciosa?

—-- Él es un Marine, señor…

—-- ¿y qué con eso?, más de algunos de ellos hacen lo mismo que nosotros cada día…. —- Y se volvió a reír a gran escala para finalmente subir su mano hasta mi antebrazo y tener mayor ventaja al tirar de mí. —- Ey granuja, ¿La quieres compartir?

Y en cuanto perdí la estabilidad y la ventaja de la situación al verme prácticamente arrastrada hacia él, reaccioné por puro instinto, tomé la jarra de cerveza que estaba frente a mí y la volqué sobre su rostro de un solo movimiento. El líquido ámbar lo alcanzó por completo, obligándolo a retroceder entre sorpresa y desconcierto. En ese mismo instante aproveché para liberarme y acomodar la correa de mi violín en mi hombro. Sin darme el tiempo de mirar atrás, siendo escurridiza en escena, salí de ahí a toda prisa, alejándome del lugar mientras la situación empezaba a desbordarse.

—- ¡AHHHGH, MALDITA PERRA! ¡VAYAN TRAS ELLA!

Bueno, ahora puedo decir que he hecho la cosa más pirata de mi vida… conseguir una pelea en una cantina, tachado de mi lista de cosas piratas por hacer, pero… ¿Por qué tenía que estar Enji ahí?


RE: Invitación | Pasado - Enji - 08-05-2026

La vida y el destino podían ser muy caprichosos. Unían y separaban caminos sin razón ni criterio, sin aviso, y sin piedad. Las peores circunstancias cosecharon esa amistad; una conexión particular, distinta, nacida en lo más profundo del pozo y rodeados de llamas y desesperación. Un puntapié inicial ocurrió ese día, como la caída de la primera pieza del dominó. Desde entonces, las cosas cambiaron para mejor. Y ahora, cuando todo mejoraba, cuando el universo empezaba a mostrar una mejor cara y el camino parecía claro por primera vez, aparecían pegas, diferencias insalvables que lo cambiaban todo, antagonizando sus papeles en el mundo. Marines y piratas, como perros y gatos, eran enemigos.

Y ahí estaba, no obstante, sonriente ante la fortuna de volver a topar caminos en ese caótico mundo aparte que era la Grand Line.

Dejó de prestar atención a los borrachos cuando logró encontrarse con su mirada. Con esos ojos azules. Estaba distinta. Un poco más… curtida, quizá. No sabría describirlo. Muchas cosas debían haber pasado en los últimos tiempos. La vida misma, claro. Cada experiencia los esculpía. Las buenas eran suaves y pulían asperezas. ¿Las malas? Mucho más drásticas, llegaban a arrancarte pedazos enteros.

¿Hacia qué lado se habría equilibrado su vida en los últimos meses? Tenían mucho de qué hablar.

—Ey granuja, ¿La quieres compartir?

Pero para eso tendrían que esperar un poco.

El momento de ensoñación se acabó de forma abrupta con el sacrificio de una cerveza. Se tapó la boca para no reír antes de tiempo mientras el aparente líder del grupo sufría un baño de cebada y lúpulo, impregnando todavía más su ropa y piel con el aroma de la malta. Que buena jugada, pensó. Miyori había aprovechado el shock del líquido frío corriendo por el cuerpo de su captor para zafarse del agarre, asegurar sus cosas y salir corriendo antes de que nadie pudiera reaccionar. Se dio a la fuga y dejó al bastardo allí parado, totalmente humillado, secándose la cara de la espuma de cerveza mientras chillaba que la fueran a buscar.

Hasta ahí llegó su paciencia.

—¡Shihahahahaha! ¡Déjala ir, grandulón! Te ganó la partida, y con un check mate —dijo, y levantó su mano derecha, la palma abierta apuntando al frente, antes de que nadie pudiera salir del bar—. Ahora tendré que perseguirla, así que no sólo te comes el delito de perturbar la paz y ser un acosador de mierda, sino que también te voy a cascar sentencia por truncar la captura de una reconocida criminal.

De los poros de su piel empezó a brotar un líquido morado, translúcido y viscoso, que desprendía un ligero vapor ácido al contacto con el aire. Los murmullos se dispararon en el salón, murmullos sobre su poder, sobre las akuma no mi, y las peligrosas habilidades que conferían. Incluso borracho, pocos serían tan idiotas como para enfrentar a un usuario que además ostentaba un rango en la marina. Era como poner la mano en las fauces de un lobo hambriento.

Los compañeros del idiota principal dudaron, dieron un paso atrás y se miraron entre ellos. Cuán rápido podía desaparecer el efecto del alcohol.

Después de unos segundos tensos, Enji chasqueó la lengua.

—Huh, se tardan demasiado.

Desde fuera del local se vio como el cristal de las ventanas se teñía súbitamente de morado. Unos pocos gritos resonaron y, apenas segundos más tarde, Enji salió por la puerta principal limpiándose las manos con una servilleta de papel. La chaqueta marine volvía a descansar sobre sus hombros.

—Voy a mandar a alguien que los busque. Lamento lo de la ventana, son gajes del oficio. ¡Le dejé la paga en la mesa! —dijo a la encargada del local, que caminaba detrás suyo, mientras salían a la calle—. Ahora, si me disculpa, tengo una criminal que atrapar. —Se despidió con un ademán y empezó a correr calle abajo. A los pocos metros se detuvo, sin embargo, y encaró a un viejo que estaba barriendo la vereda—. ¡Eh, tú! Cara de nabo —Se acercó a él—. ¿Por dónde se fue la chica de pelo naranja?


RE: Invitación | Pasado - Miyori Hoshino - 08-05-2026

El joven anciano barría la vereda frente a su hogar con un ritmo pausado y tranquilo, su cabello emblanquecido por los años contrataba con los finos lentes de aros dorados que descansaban sobre su nariz, vestía a la antigua, pantalones de tela marrón, una correa negra y una camisa blanca de botones cuidadosamente acomodada. Su postura era encorvada a consecuencia de su edad pero aún así era un hombre diligente en sus tareas domésticas hasta que el joven capitán de la Marine, perteneciente a la tripulación 80, se acercó a él siguiendo para consultarle por cierta pirata desapercibida. 

—- ¡¿Qué dices muchacho?!, ¿Que si quiero rábano? — respondió el anciano mientras llevaba una mano detrás de su oído izquierdo, dejando en claro que no escuchaba demasiado bien. Luego retomó su labor con absoluta calma — No, no quiero comer rábanos, me caen mal al estómago. —- El sonido de la escoba arrastrándose sobre la acera continuó unos segundos más.

— ¡¿Qué dices, muchacho?!, ¿Que se te perdió qué?, ¿Una naranja…? —- negó con la cabeza mientras seguía barriendo, como si el marinero no estuviera hablando con suficiente claridad. — Estos jóvenes de hoy, siempre con sus locuras… ¡Compra otra!

Finalmente se quitó los lentes y comenzó a limpiarlos con un pequeño pañuelo que llevaba guardado en el bolsillo del pecho, sosteniendo el palo de la escoba bajo la axila para evitar que cayera al suelo. Solo entonces dirigió la mirada hacia el hombre que parecía no tener tiempo para esto, pero a continuación le daría la información que necesitaba saber. —- Hace poco pasó una mujer a toda prisa como tú, iba vestida de novia y llevaba una maleta, pobrecita, se nota que se fue en fuga de su boda…

Tras volver a colocarse los lentes señaló con la escoba un callejón ubicado justo en la esquina donde conversaban, este conectaba con otra calle detrás de aquella vereda donde estaban parados —- Se fue por ahí, quizá terminó en el parque, qué sé yo.

El anciano volvió a barrer con la misma paciencia de antes, aunque siguió murmurando entre dientes como todo un viejo cascarrabias. — En mis tiempos bastaba con cambiar una vaca por una mujer y asunto arreglado, todos casados y felices… Malditos tiempos modernos, la revolución y ese calentamiento global.



Había salido de aquella cantina con tanta prisa como me lo permitían las piernas, enfrentarme a cuatro hombres no era una pelea de la que pudiera salir ilesa, mucho menos siendo alguien que jamás había servido para los conflictos. La vergüenza todavía me quemaba el rostro. Sentía pena por mis acciones, por la escena que había provocado, por haber terminado convertida en el centro de semejante desastre, ¿Por qué tenía que pasar esto justamente ahora?

Corrí calle abajo buscando cualquier lugar donde pudiera esconderme, a pocos metros del establecimiento giré hacia un estrecho callejón oscuro y húmedo, el vapor escapaba por las ventanas superiores de los edificios, algo normal considerando que aquella zona estaba repleta de restaurantes, bares y alojamientos.

Atravesé el angosto pasillo mientras algunas ratos y gatos husmeaban entre los basureros, al salir por el otro extremo me encontré con una zona completamente distinta de la calle principal de la ciudad, era un amplio espacio abierto cubierto de flores, jardines y estructuras de piedra decorando el césped. Me detuve a penas unos segundos, girando la cabeza de un lado a otro mientras intentaba decidir qué hacer. ¿Esconderme detrás de un árbol?, ¿Subirme a uno?, ¿Seguir corriendo hasta perderlos?, ¿Qué hago…? ¿Por dónde se supone debo ir?. 

El pánico comenzó a apoderarse de mí cuando escuché varios gritos provenientes de la dirección por la que había venido. Miré de inmediato hacia atrás, hacia la entrada del callejón, esperando ver a alguien asomarse, por suerte todavía no aparecía nadie pero tampoco iba a quedarme esperando a que lo hicieran.

Volví a correr y mis pasos me guiaron hasta una especie de entrada floral formada por arcos cubiertos de plantas que conducían hacia enormes muros de arbustos, de al menos cinco metros de altura, pero, en ese momento poco me importó los detalles, solo necesitaba encontrar un lugar donde esconderme. Seguí avanzando por el sendero frente a mí hasta toparme con una ruta sin salida. Fruncí el ceño y tomé otra ruta, y luego otra, y otra más, cada vez que encontraba un muro interponiéndose en mi camino continuaba por otra senda, corriendo entre los muros, y en cada uno, terminé girando repetidamente, fue entonces que finalmente me dí cuenta de mi situación. Me había metido en un laberinto de jardín.

—- No puede ser.


RE: Invitación | Pasado - Enji - 10-05-2026

Parado frente al anciano, el cuello de Enji empezó a picar. Su mirada perdió ese halo de indiferencia natural, ese desenfado característico, mientras se le erizaban los vellos de la nuca. Estaba ansioso; la punta del pie tamborileando en el suelo y los ojos bien abiertos clavados en el anciano, frustrado por la parsimoniosa lentitud que manejaba. La paciencia nunca fue santo de su devoción. Quieras que no, los últimos meses… no; los últimos años, se había acostumbrado a tratar principalmente con marines. La doctrina militar que compartían los hacía más eficientes a la hora de cumplir órdenes, dar informes, o simplemente responder preguntas. El abuelo, claro, estaba incluso más alejado de ese estándar, inhibido del oído a causa de los años. Respondía, sí, pero sólo lo que escuchaba. Y escuchaba muy, pero que muy mal.

La cara del marine debió ser todo un poema. El entrecejo tenso, la ceja levantada, los labios torcidos en una mueca desencajada. Estaba dos o tres revoluciones por delante del anciano y, a la vez, anclado a su marcha, como un caballo atado a una tortuga. El colmo llegó cuando se dispuso a limpiar sus lentes delante suyo.

—Huh, no tengo tiempo para..

— Hace poco pasó una mujer a toda prisa como tú…

«¡Al fin! Estaba a punto de jubilarme»


Asintió repetidas veces, atesorando cada gota de información útil que el anciano lograba exprimir de su mente senil. Tradujo sus extrañas cavilaciones, transformando el “vestido de novia” en un vestido blanco y la “maleta” en el pequeño maletín donde sabía, Miyori transportaba su violín. Buscándole el ángulo, todo terminaba encajando en algún lugar y la imagen se completaba.

—¡Gracias, noble anciano! Después le traeré una vaca y me llevaré a su hija.

Se despidió con una seña de índice y corazón contra la frente y saltó, elevándose diez metros en el aire. Se desplazó en un arco, un largo arco que lo depositó en el tejado de un pequeño edificio de dos plantas. Rodó por el techo de tejas, se incorporó y aprovechó la inercia para volver a saltar hacia adelante, surcando los tejados del pueblo bajo el flamear de su chaquetón blanco, que colocado sobre sus hombros hacía las veces de capa.

Un tercer salto lo colocó en el tejado de la última casa antes de llegar al parque.

—Mierda… —De cuclillas en el filo de la teja, se hizo sombra a los ojos con una mano y agudizó la mirada para admirar el grandioso espectáculo de colores que tenía al frente.

Flores de todos los tipos crecían en el parque, ordenadas en canteros de piedra pulida y tierra negra. Preciosos robles adultos de hojas anaranjadas salpicando sombra; caminos de tierra que recorrían, más no cortaban, las sinuosas irregularidades del terreno, dibujando paseos que priorizaban el confort antes que la eficiencia; mesitas de campo por aquí y por allá, labradas en piedra, y bancos de madera dónde sentarse a pasar la tarde o disfrutar una merienda. Con todo, lo que más llamaba la atención del parque eran los arcos floreados que coronaban la colina. Brillantes, majestuosos, se llevaban el foco.

Y, frente ellos, no fue difícil distinguir una cabellera naranja que se aventuraba a sus puertas.

—¡Oi! —llamó—. ¡No te escaparás tan fácilmente!

Saltó y voló cuánto pudo, pero ya no había tejados de los que aprovecharse. Cayó en la tierra y siguió su camino a pie, sorteando los canteros, árboles y bancos de madera como una flecha que rompía la paz de un cuadro otoñal. Una flecha blanca.

Atravesó el portal de flores y se topó de frente con una pared de hojas. Un libustro, alto y frondoso, detenía su carrera. Echó un vistazo arriba, después otro a la izquierda y a la derecha. Dos caminos. Eligió correr hacia la derecha.

—¿Estás por aquí? —Corrió hasta topar en otra pared, dónde dobló está vez a la izquierda y siguió adelante por un largo pasillo. Pasó por alto dos pasillos conectados para volver a llegar al extremo y seguir a la derecha.

Pared.

—¿Eh?

Un pasillo sin salida.

—La mierda… ¡Miyori! ¿Me escuchas? —Dedujo rápido que se encontraban en un laberinto. También que las paredes de hojas no aislaban muy bien del sonido, un grito los suficientemente alto debía poder escucharse en buena parte del terreno—. Sí nunca logro salir de aquí, dile a mis compañeros que morí en una competencia de comer mariscos. ¡Y mira bien qué cara pone Juan!

Contuvo la risa, flexionó las rodillas y dió otro gran salto. Veinte metros se elevó. Por encima de las paredes de hoja, por encima de las expectativas del inventor del juego, por encima de sus reglas. Un vistazo es todo lo que necesitaba.

¿Dónde estaba?


RE: Invitación | Pasado - Miyori Hoshino - 10-05-2026

El aire comenzaba a faltarme, cada respiración escapaba de mis labios de forma irregular, tibia, quebrándose contra el silencio sofocante del laberinto mientras mi corazón golpeaba con fuerza dentro de mi pecho, tan insistente que casi parecía marcar el ritmo de mis pasos. Había dejado de contar cuántas veces terminé frente a un muro sin salida desde que entré ahí. Derecha, izquierda, regresar, volver a intentar… todo empezaba a sentirse como un juego en círculo, y eso era lo peor. Los senderos parecían ser repetitivos como si el laberinto jugara conmigo

Lo intente muchas veces, incluso dejó de importarme las personas que me seguían, estaba segura que ya no iban detrás de mí, o terminaron tan perdidas como yo.

Corrí durante mucho tiempo, o al menos eso sentía, mis piernas comenzaban a resentir el cansancio y el estuche del violín descansando sobre mi espalda se había vuelto más pesado con cada minuto transcurrido. Incluso el ala de mi sombrero me resultaba incómoda ahora, atrapando el calor sobre mi cabeza mientras el aire húmedo se pegaba lentamente a mi piel. Cuando encontré otro muro de arbustos frente a mí me detuve por completo, el verde denso de las hojas ocupó toda mi visión.

Mis hombros subieron y bajaron lentamente mientras intentaba recuperar el aliento, y por primera vez desde que entré ahí, me permití relajarme, no había peligro pisando mi cruzada. Alcé la vista hacia el cielo abierto sobre el laberinto, pude notar el azul claro que comenzaba a teñirse con tonos cálidos y melancólicos, el atardecer se acercaba, y la idea de permanecer ahí durante la noche me hizo sentir pequeña.

Mis dedos se aferraron con suavidad a las ramas del muro que estaba a mi costado derecho, al hacerlo percibí la textura fresca de las hojas contra mi piel, cerré los ojos un instante y respiré más despacio. Entonces lo entendí, no iba a salir de ahí corriendo, ni dejándome comer por la ansiedad. Respiré profundo, conté hasta diez, y al sentirme más tranquila, comencé a caminar de nuevo sin prisa, dejando que mis pasos se suavizaran sobre el sendero de tierra mientras mi mano rozaba distraídamente los arbustos a mi lado. El contacto de las hojas húmedas era extrañamente relajante, frío, delicado y poco a poco el laberinto dejó de sentirse hostil.

Empecé incluso a notar cosas que antes ignoraba como las pequeñas flores escondidas entre los muros, algunas en tonos terracota, otras tan vivas que parecían pequeñas llamas entre el verde profundo de los muros. El aroma fresco de la madera húmeda y las hojas mojadas llenando el ambiente de una temperatura fresca, tan parecido al bosque después de la lluvia, incluso la brisa se sentía más limpia ahí dentro. Era extraño, seguía perdida pero ya nada me parecía asfixiante.

Mis pasos continuaron avanzando sin dirección concreta hasta que, de pronto, algo rompió el silencio. Un llamado que llevaba mi nombre y eso hizo que detuviera mi andar. Sentí un pequeño sobresalto recorrer mi cuerpo mientras mis ojos se abrían con sorpresa y mi mano se aferraba involuntariamente a las hojas que mi palma antes acariciaba.

—-- ¿Enji?. —-- musité apenas, incrédula de que en verdad se tratase de él, ¿había venido trás de mí para ayudarme?, guardé silencio enseguida, intentando escuchar otra vez, y entonces lo hizo, solo que lo siguiente que dijo me tomó tan desprevenida que una risa pequeña escapó de mis labios sin permiso. Incluso mencionó a Juan, y de inmediato el recuerdo de aquella tortuga parlante apareció en mi mente, arrancándome una sonrisa dulce tras el recuerdo de esa tarde. Claro, tiene sentido que se conozcan, ambos son Marine.

—--- ¡Yo también estoy atrapada aquí! ¡No podría hacerlo!—-No parecía estar demasiado lejos, aunque tampoco lo suficientemente cerca, así que no sabía si debía quedarme aquí o intentar encontrarlo. Tras aquella conversación tan inusual, lo vi elevarse por encima de los muros y, tal como imaginaba, estaba en un punto intermedio. Había saltado lo bastante alto como para que pudiera distinguirlo a unos diez metros de distancia, de no ser por los espesos arbustos cuál murallas interponiéndose entre los dos, algunos ochos muros separándonos. Mi ubicación era central dentro de ese laberinto de jardín.

El viento movió ligeramente mi cabello naranja como una bandera ondeando mientras lo observaba desde abajo, y tan pronto como lo divisé en lo alto, sonreí con una mano alzada en un gesto sencillo de saludo, justo antes de que volviera a desaparecer entre los muros por el descenso de la gravedad.

Y cuando volvió el silencio, ya no se sintió vacío, sentí felicidad. Mis labios comenzaron a tararear en voz alta y de forma suave una melodía dulce y tranquila, era mi manera de ayudarle para que me encontrase aún más rápido.


RE: Invitación | Pasado - Enji - 12-05-2026

Con la mirada puesta en el cielo, se elevó. Cinco, díez, quince, veinte metros. El aire bullía en sus oídos, tapados súbitamente por el cambio de presión. Su cabello ondeaba y su sonrisa crecía, sintiendo la adrenalina correr por su cuerpo junto a la caricia fría y reconfortante del otoño. Ascendió a toda velocidad, con los ojos entornados y la mandíbula apretada, hasta que la fuerza del salto se rindió al tirón de la tierra. Allí, por un segundo, se quedó quieto, suspendido en el punto más alto de la parábola, ingrávido y libre como pocas personas en el mundo podrían experimentar más de una vez en la vida.

—¡Carajo! Este lugar es enorme. ¿A quién mierda se le ocurre? —Sentado en la nada, con una pierna cruzada sobre la otra y sujetándose el mentón con la mano, suspiró, indignado por el tamaño del laberinto—. ¿Oh? —Y algo llamó su atención. Entre tanto verde, un punto naranja—. ¡Eh! ¡Ya te vi, naranjita!

Era Miyori. Tenía que ser ella.
O, quizá, uno de los arbustos era en realidad un naranjo y lo que estaba viendo era su fruto.
¡Pero las naranjas crecían en los árboles!

Aprovechó ese instante de pausa en el cielo para girar el cuerpo y acomodarlo, colocándose recto, brazos pegados al torso y piernas extendidas, apuntando con la cabeza en la dirección en la que deseaba desplazarse. Confiaría en el impacto del viento, la aerodinámica de su cuerpo y el roce con el aire para redirigir su caída, siguiendo a ciegas reglas que desconocía y probablemente requerían un cuerpo más ligero y proporcionado, como el de un verdadero proyectil, para generar un cambio sustancial en su trayectoria de cara al suelo. Confió en su instinto, ese que tantas veces lo sacó del apuro, y así… terminó aterrizando en el mismo lugar desde donde había saltado. El mismo lugar exacto.

Enji se estrelló contra el suelo sobre la huella de sus propias botas, levantando una nube de tierra y polvo que abarcó varios metros alrededor. En el centro, a los pocos segundos, el pequeño cráter de tierra removida empezó a temblar y su mano brotó desde las profundidades. Asió la superficie sujetándose de las ramas del arbusto más cercano y emergió de debajo de la tierra, renacido y sucio. El pulcro uniforme convertido en una sombra de lo que era.

—Carajo… mierda, Sigrid me va a matar —masculló, sacándose de encima la chaqueta, la camisa, y luego los pantalones—. No hay caso, se perdió para siempre… hm, ¿cuántos de estos tendrán de repuesto en el cuartel? —La imagen del contraalmirante apareció en su cabeza—. Eh, mejor esto me lo llevo…

Se cargó en un hombro el chaquetón de capitán, una prenda de la cual no podía desprenderse tan fácilmente a riesgo de que lo acogotaran nada más regresar al cuartel.

—Muy bien, naranjita. Sigue tarareando esa canción y te encontraré —dijo, dándose dos golpes en el pecho en señal de confianza antes de volver a enfrentar el laberinto.

Los eternos pasillos volvieron a rodearlo e inundar su horizonte. Hojas, ramas y simetría perfecta en enormes muros de vegetación. Corrió a la derecha, luego dobló a la izquierda en el primer cruce y volvió a acelerar. Daba zancadas largas, cubriendo la mayor cantidad de terreno posible con cada paso, y se guiaba de la voz de Miyori para elegir caminos.

—Fuck!
—Ugh, otra vez.
—¡Mierda!

Una y otra vez se topó con senderos bloqueados, pasillos sin salida, muros infranqueables. Sentía que estaban cerca, podía escucharla prácticamente al otro lado de un último muro, pero para llegar a ese otro lado, ¿quién sabe cuántas vueltas debía darle a todo el laberinto? Tan cerca, pero tan lejos a la vez. Empezaba a anochecer y todavía quedaba un último muro entre los dos. Enji se apoyó contra el arbusto y suspiró. El último muro…

De hojas.

—Oye, Miyo, tengo una sospecha. Así, pequeña, pequeñísima, pero es una sospecha real… —suspiró y apoyó ambas manos en el arbusto, sujetando las ramas que se ocultaban bajo el capote de hojas verdes—. Me parece que soy imbécil. Un poquito nomás, eh. Tampoco es que “Wow, qué imbécil”, pero sí algo tarado. —Empezó a producir veneno desde la palma de sus manos, veneno corrosivo de alta concentración—. Aléjate de la pared que tengas más cerca de mi voz —avisó mientras avanzaba a través del muro de hojas, derritiendo el libustro con el poder de su akuma no mi. Después de sólo unos segundos, salió del otro lado, dejando a su espalda un hueco con la forma de su cuerpo—. ¡TA-DA! En efecto, soy imbécil.



RE: Invitación | Pasado - Miyori Hoshino - 13-05-2026

La melodía seguía escapando de mis labios en una tonalidad suave y tranquila, intentando ser una guía improvisada, cuando de pronto, a la distancia, un estruendo se hizo presente y la tranquilidad del jardín se vió afectada. El sonido fue seco, pesado, acompañado por una nube de tierra que se alzó por encima de los setos, como si algo, o alguien, hubiese caído de golpe contra el suelo, ese era Enji.

Mi voz titubeó apenas un segundo, ¿Se habría lastimado?, la preocupación fue inevitable floreciendo en mi pecho, aunque continué cantando, aferrándome a la idea de que aquella melodía pudiera seguir guiándolo hasta mí, y sin embargo, ahora cada nota salía teñida de duda, debatiéndome entre quedarme quieta esperándolo… o ir en su búsqueda.

No pasó demasiado antes de escuchar señales de movimiento otra vez, el sonido de ramas agitándose, pasos torpes, murmullos cargados de frustración, y entonces sus quejidos comenzaron a escucharse con mayor claridad que antes, sonreí apenas, incapaz de evitarlo, había algo extrañamente gracioso en imaginarlo chocando una y otra vez con las paredes mientras intentaba encontrarme, aunque siendo justa, lo entendía perfectamente. Yo misma había sentido esa misma frustración desde que entré aquí, avanzar convencida de haber encontrado el camino correcto sólo para descubrir otro muro cerrando el paso. ¿Quién había decidido que perderse en un laberinto era divertido?

Mi canto terminó apagándose cuando escuché mi nombre justo detrás del muro frente a mí, tan cerca, una sonrisa pequeña apareció en mis labios de manera automática, después de tanto dar vueltas finalmente estábamos a sólo unos pasos de distancia. Lo siguiente que dijo fue de tener cierta sospecha sobre algo, me acerqué despacio al muro, levantando la mano hasta apoyarla contra la superficie fría de las hojas, justo donde creía que él estaba del otro lado  —- ¿Qué cosa…?

“Me parece que soy imbécil” —- Parpadeé —- ¿Eh?.

La respuesta me tomó tan desprevenida que incluso una de mis cejas se alzó por puro reflejo, abrí la boca con intención de preguntarle a qué se refería exactamente pero él se apresuró a pedirme que me apartara de la pared por lo que retrocedí confundida, hasta que mi espalda terminó chocando con el muro detrás de mí. Entonces ocurrió, primero escuché pequeños crujidos, suaves, como ramas secas quebrándose lentamente, después vino una ligera capa de vapor no densa, y frente a mis ojos, el muro comenzó a deshacerse desde el centro, derritiéndose poco a poco como si estuviera consumiéndose ante un calor invisible. Pedazos de hojas y ramas cayeron al suelo mientras la abertura se hacía cada vez más grande, y finalmente… apareció él.

“¡TA-DA! En efecto, soy imbécil”

Se encontraba parado frente a mí con una expresión absurdamente orgullosa de sí mismo, como si acabar de atravesar un muro entero fuese una idea brillante y no completamente irracional. Por un instante me quedé inmóvil, sólo mirándolo, había tierra en su piel, pequeñas hojas atrapadas en su cabello y ese aire despreocupado tan suyo que de alguna manera hacía parecer normal incluso algo así. Mientras lo observaba, demasiados pensamientos comenzaron a crearse en mi cabeza al mismo tiempo, había demasiadas preguntas, ideas que intentaba hacer click, cosas que intentaban encajar lentamente unas con otras.

Maldita curiosidad, pero hay cosas más importantes.

Al final ninguna de ellas fue más fuerte que la necesidad de poder saludarle correctamente, así que me acerqué con paso tranquilo y calmado, y apenas estuve lo suficientemente cerca para levantar los brazos y finalmente poder abrazarlo de manera cálida, un abrazo breve pero sincero y sentido. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que nuestros caminos se encontraron, y por eso estaba feliz de verle bien. —- No sabía… sí estaba bien saludarte frente a los demás.—- Me separé apenas unos centímetros después, obligándome a levantar la cabeza para encontrarme con sus ojos carmesí debido a la diferencia de altura.

—- Me alegra verte de nuevo.—- Y fue precisamente esa cercanía la que terminó relajándome, sin embargo, dió entrada a que recordara nuestro último encuentro en Baquella y de sus palabras de las que no estuve contenta. Un pequeño resentimiento, casi infantil, se asomó en reproche reflejándose en un leve puchero. — Aunque me dijeras que debía alejarme.

Pero entonces mis ojos comenzaron a recorrerlo con más atención, tenía tierra cubriendo parte de su piel y de su uniforme, había hojas por todas partes, indicios de que haber atravesado el laberinto fue una tarea difícil para él, sin embargo, mientras lo miraba a detalle algo empezó a parecerme extraño, muy extraño.
Parpadeé una vez, dos veces, tres veces… hasta que me dí cuenta que no alucinaba.

Lo noté, o más bien… comprendí qué era lo que faltaba. No llevaba ropa encima, nada, solamente su ropa interior. Mis ojos volvieron rápidamente hacia los suyos, encontrándome otra vez con aquel rojo intenso mientras él probablemente podía notar el desconcierto e incredulidad dibujada en mi expresión. —- ¿P-p-por qué estás desnudo?...

La pregunta salió antes siquiera de poder razonar en ellos, y mientras existia una respuesta, finalmente, algo hizo click dentro de mi cabeza. No fueron las dudas acumuladas de antes, ni las preguntas que habian estado molestando mi curiosidad desde hacía rato, fueron los recuerdos en Baquella apareciendo de golpe en mi mente.

Cada encuentro, cada momento compartido, cada imagen que podía recordar de él, una sola cosa en común… llegó a mí de una manera tan absurda y evidente que incluso me dejó inmóvil por minutos.

Es verdad…

Siempre estuvo desnudo.