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[Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación) - Stroud Nanashi - 09-05-2026 [personajeinvalido=3577] Continuación de este tema. Stroud suspiró con alivio, viendo cómo los insectos de Kibai, finalmente, se desvanecían. Aún serio, y sin perder de vista a la muchedumbre, asintió ante las palabras del Mink, quitándole importancia al asunto con un ademán, y asintió con la cabeza con un gesto de aprobación. "No te preocupes," le tranquilizó, viendo cómo la multitud enfurecida comenzaba, lentamente, a tranquilizarse ante el intento de apaciguamiento de los Marines. "Creo que Little Garden nos ha asalvajado un poco a todos," admitió, arqueando una ceja y echándoles un vistazo tanto a Bertram como a él, si bien sin excluirse a sí mismo de su afirmación. Y así era: tanto tiempo en aquel páramo tropical los había hecho acostumbrarse más a la presencia de reptiles de gran tamaño y plantas venenosas que a la compañía humana. "No es una costumbre que debas perder, es bueno que tengamos todos los ángulos vigilados." De alguna forma, sí que resultaba raro adaptarse. Suspiró, aliviado, aunque no esperaba que la marea de gente se tornase, en cambio, en una multitud curiosa. Amigable, por suerte, pero curiosa. Tan curiosa que... "Bien, cuéntenos exactamente cuál es el problema. Tengo algunas preguntas para usted antes de que podamos acep...-" Con el peso de la muchedumbre furiosa en ciernes fuera de sus hombros, y (in)visiblemente menos tenso, se giró para hablar con el tipo con el que había llegado para hablar en primer lugar, solo para descubrir que, de alguna manera, se había escabullido entre el bullicio con asombrosa facilidad, no sin antes dejarles oír una críptica frase acerca de reyes y castillos. Stroud entornó los ojos. De alguna manera, oír aquella voz cargada por el viento lo enervó mucho más de lo que cualquier multitud con antorchas podría haberlo hecho. Era una amenaza velada. Había hecho bien en desconfiar; sus instintos no se habían equivocado al querer interrogarle en profundidad antes de aceptar cualquier encargo que tuviese para ellos. Sin embargo, su mente no se centraba ahora en aquello, sino en qué hacer. Debía decidir rápido: salir corriendo detrás del misterioso hombre, o quedarse allí y mantener el control de la situación. La multitud había empezado a dispersarse ya con calma, lo cual era algo indudablemente positivo, pero aquella niña, que al principio había ignorado, seguía allí, encaramada a Bertram, aparentemente aún necesitada de auxilio. Stroud suspiró, soltando toda su tensión de golpe. Algo en su interior le pedía con todas sus fuerzas echar a correr detrás del tal Betrug, abalanzarse tras él como un perro de caza y destrozarle, sacarle toda la verdad y un poco más a golpes, aunque no opusiese resistencia. Hacerle pagar con creces, y con sangre, aquel intento de tomar a la Justicia por estúpidos, y lo que fuera que hubiese sido aquella suerte de alegato de conspiración que había decidido dejar antes de desaparecer como una rata. Nadie lo diría viendo su rostro, frío e imperturbable como de costumbre, a excepción de su mandíbula, que se había apretado con fuerza y desprecio a partes iguales. Sin embargo, reprimió el instinto. Sabía que no era lo prioritario en aquel instante. Recordaría su cara, y lo buscaría. No sería la última vez que se cruzasen, si la Justicia así lo quería. Frunciendo el ceño y relajando su gesto, se giró hacia la niña, que continuaba hablando con Bertram, ahora en un tono, si no alegre, visiblemente más embravecido que antes, aparentemente tras ver la forma en que habían lidiado con la situación, y encantada de que el cazador hubiese ayudado al que decía que era su abuelo. Afirmó cuando Bertram habló de que era médico, aunque lo previno: "Esperemos que no sobreestimes mis capacidades, Bert," murmuró, esbozando una sonrisa, consciente de sus limitaciones en cuestiones médicas. "Veramos qué podemos hacer." Se puso de cuclillas junto a la niña, colocándose a su misma altura en la medida de lo posible, y escuchó cuanto tenía que contarles con atención, olvidándose de Betrug por el momento. Cuando la niña finalmente les preguntó si podían ir con ella, Stroud echó un vistazo a sus compañeros y asintió con la cabeza con determinación. En el camino, bajo los abetos nevados, y asegurándose de que la niña no los oyese, se dirigió a Kibai y a Bertram. "Nada de volver a separaros de esa manera," afirmó impertérrito, negando ligeramente con la cabeza, haciendo alusión a lo sucedido minutos atrás, cuando todos se habían separado en plena calle, antes de volver a coincidir ante la muchedumbre. "En general, nada de disperarnos sin motivo, sobre todo si uno pretende ponerse en una situación que pueda requerir apoyo, ¿entendido? Por mucho que haya un tipo con un trineo, o alguien tañendo una... campana, o lo que fuera el cacharro ese," dijo, haciendo un ademán con la cabeza a uno y a otro. Stroud sabía que no era necesario echarles bronca alguna. Su semblante era serio, como de costumbre, pero ellos, que lo conocían ya, serían capaces de entender que no había reproche ninguno en su voz, sino una orden directa y algo que deberían tener en cuenta en adelante. El tipo de cosas que decía por el buen funcionamiento de la División, habitualmente coordinada con precisión relojera. Al cabo de un rato, llegaban al nevadísimo pueblo de Gyasta, no demasiado lejos de Sakura. Era un lugar humilde, de pocas casas y menos calles, cuyos pocos habitantes parecían más ocupados quedándose en casa, al calor de la lumbre, o yendo y viniendo con grandes haces de leña recién cortada, que en pasear alegremente, como habían visto en el Reino de Sakura. Gyasta, sobra decir, no era tan rico y próspero como otras zonas de Drum, ni parecía pretender serlo. Era un lugar humilde, tranquilo, amable y seco. Allí el estilo arquitectónico mismo parecía distinto, de mayor sobriedad, mucho más centrado en la supervivencia durante el largo invierno que en la apariencia, y más parecido a un puñado de casas entre bosques que a un pueblo. La nieve se acumulaba en montones aquí y allá, a los lados de las casas frente a las que pasaban los Marines. Finalmente, la niña pareció guiarles hasta una más de las humildes, de cuya chimenea emergía una delgada columna de humo que se alzaba hasta dispersarse en las alturas. "¿Es solo tu madre la que está en casa?," preguntó Stroud con prudencia a medida que se aproximaban, entornando los ojos y examinando la casa desde el exterior de un vistazo. No parecía nada fuera de lo habitual. Solo un desalmado hubiera desconfiado de Hoffen, pero nunca se sabía hasta dónde podía caer la buena intención. Hizo un gesto a Kibai y a Bertram, disimuladamente, haciéndoles entender que igual ahora sí era buen momento para contar con algo más de vigilancia alrededor, y que mantuviesen los ojos abiertos. Era evidente que había algo allí que le olía a chamusquina.
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RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación) - Bertram Gaufrid - 09-05-2026 Bertram se mantiene arrodillado junto a la niña, su mano aún firmemente agarrada de su manga mientras el joven marine habla con ella con total calma y tranquilidad, su lado más natural saliendo a la luz, siendo una persona cuyo objetivo es proteger y ayudar a quien lo necesite, sobre todo a aquellos que no tienen forma de enfrentar sus problemas por su cuenta por cualquier motivo, bien sea por falta de conocimiento, estar enfermo o, como es el caso, ser una niña pequeña que solo desea que ayuden a su madre enferma. En ese momento, el joven marine se lamenta de no tener conocimientos médicos por su propia cuenta, de esa manera podría tener al menos una posibilidad de ayudarla, pues a pesar de que uno sea médico hay cosas que necesitan un conocimiento más elevado de lo que uno posee
El joven arquero mantiene una expresión calidad y amable en todo momento, pero cuando la pequeña alza finalmente la vista, y con ello su rostro muestra una nueva expresión. Sus ojos, aún húmedos, ya no muestran duda o titubeo, sino que fija su mirada con determinación y confianza en los rojizos ojos del marine que ayudó al anciano antes de responder a las palabras de Bertram, sacando una sonrisa cargada de orgullo y alegría genuina del contramaestre. La joven se presenta como Hoffen, y dijo que ofreció pagar porque no creía que nadie la ayudaría gratis, y por desgracia en el mundo es lo más habitual, pero en el caso de Bertram no piensa cobrar a la niña por diversos motivos; primero, como marine no ve adecuado cobrar a una niña aunque sea en caramelos por hacer parte de su trabajo; segundo, personalmente es incapaz de cobrar a una niña que se nota está desesperada por ayudar a su madre y que está lidiando con algo de lo que no debería preocuparse a su edad, sino que debería estar jugando con sus amigos y disfrutar de su infancia. El joven pelirrojo se alegra que el simple gesto de ayudar a un pobre hombre a cargar con un trineo desvelara alguien que necesitara un empujón de valor para dar un paso arriesgado. Conforme la niña termina de explicarlo todo sonríe al marine de tal manera que despeja muchas nubes negras que rondaban su mente por recuerdos lejanos, haciendo que el marine acaricie con suavidad el pelo de la pequeña valiente que lucha sola por su madre. El joven arquero se acerca con la niña a sus compañeros, donde ella explica que su padre era médico en Gyasta en un pueblo junto a un lago, pero que desapareció hace unos días sin dejar rastro, y que su madre se puso enferma casi al mismo tiempo. Lo que más le llama la atención es lo que dice de que desde entonces no se ha encontrado un solo médico en la isla, algo que junto a la frase del anciano hacen que las sospechas del marine se eleven, no hacia la joven, sino hacia los que supuestamente deben mirar por el bien de los ciudadanos, pues si los médicos desaparecen los soldados deberían empezar a moverse, salvo que estén involucrados en las desapariciones. Cuando Stroud menciona que espera no esté sobreestimando sus capacidades el joven pelirrojo sonríe y dice -Eso es absolutamente inverosímil, por eso mismo dije de consultar a un médico temas de enfermedades, tendrás más posibilidades de averiguar lo que le pasa y una posible cura que cualquiera que no tenga nada de conocimientos al respecto, sir.- Finalmente la división se encamina hacia Gyasta, rumbo a la casa de la niña para ver qué pueden hacer por ella y su madre, aunque por el momento no saben si realmente podrán hacer algo para ayudar o solo sabrán qué le pasa y tendrán que buscar ayuda más especializada. Mientras caminan por los caminos nevados que unen ambas ciudades, bajo abetos nevados y todo el entorno natural Bertram mantiene sus ojos atentos al entorno, siempre atento a cualquier detalle o movimiento por precaución escucha las palabras de Stroud sobre separarse. El arquero se rasca con calma tras la cabeza mientras camina en silencio por un tiempo, ponderando palabras y ordenando ideas antes de responder en el mismo tono, evitando que la niña los escuche -Entiendo lo que dices, sir, y ciertamente es arriesgado separarse sin conocer el entorno. Sin embargo, en esa situación coincidieron el hecho de que por experiencia e intuición sabía que era poco probable que un grupo de hombres ebrios fueran una fuente fiel de información con el hecho de que me hice marine con el fin de ayudar y proteger, por lo que decidí ayudar a un anciano con una carga pesada. Hablando del anciano, antes de regresar y encontrarme con la niña pregunté por la situación en la isla y respondió con una frase algo críptica, dijo que lo raro no se ve, se escucha.- Bertram toma un poco de aire y sigue -A futuro tendré eso en cuenta, pero personalmente evito la gente en ese estado al buscar información, no porque no tengan información válida, sino porque mayormente su comportamiento no suele ser colaborativo. Y en el pasado más de una vez obtuve información valiosa simplemente ayudando a la gente con labores cotidianas, un gesto simple y que no parece tener mucho impacto, pero que, algunas veces, provoca que la gente se abra más a nosotros, sir.- Los rojizos ojos del arquero recorren cada rincón del camino, y tras aclarar el tema con Stroud se acerca un poco más a la niña, manteniéndose cerca de ella en todo momento a modo de precaución, si como la niña dice todos los médicos han desaparecido, no sería raro que fuese obra de alguien y de ser así, podrían intentar ir a por ella para poder controlar al médico. Con eso en mente el arquero está determinado a al menos protegerla si es necesario. Finalmente llegan al pueblo, un pueblo más humilde y sencillo que el Reino de Sakura aunque no muy alejado, teniendo un estilo más sobrio y sencillo, reforzando la idea de una isla nevada, casas construidas para aguantar el frío más que para destacar estéticamente. Nieve apilada alrededor de las casas y los caminos por donde pasan los marines y casi nadie en la calle, y los que se encuentran en la misma parecen más bien estar regresando tras reabastecerse de leña para las chimeneas. Cuando se acercan a la casa de la pequeña Hoffen, momento en el que Stroud pregunta si hay alguien más que la madre de la niña en casa mientras hace un pequeño gesto disimulado a sus compañeros para que se mantengan atentos al entorno. Bertram no ha dejado de prestar atención al entorno, y tiene por costumbre siempre mirar lo que le rodea cada vez que llega a un lugar nuevo. La niña es simplemente una niña, o por lo menos eso es lo que percibe el arquero que se mantiene a una distancia desde la que puede ayudar la niña en caso de que alguien haga algo, pero al mismo tiempo toma un puesto donde puede tener una visión más clara de lo que rodea la casa, fijándose en zonas donde típicamente puede esconderse alguien para una emboscada, como ramas frondosas, callejuelas oscuras, esquinas con poca luz. Hubiera preferido tener alguna forma de saber desde ese lugar lo que les espera dentro, pero de momento solo puede acercarse con precaución, aunque manteniendo siempre una actitud calmada, alegre y cercana, pues a pesar de la situación su mente está enfocada en ayudar a la niña. Algo le dice al joven pelirrojo que el hombre de la campana que fue sin más y la desaparición de los médicos no son dos temas ajenos entre sí. El arquero no es quien debe ir el primero, su especialidad es la cobertura y el ataque a distancia, pero igualmente se acerca con calma a la casa, teniendo una baza guardada en caso de un ataque repentino poder defenderse.
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RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación) - Kibai - 10-05-2026 [personajeinvalido=3577] Sorprendido, Kibai dejó morir las palabras en su boca la ver como Bertrug se esfumaba a toda velocidad. ¿Qué demonios había pretendido aquel tipo? No solamente no había movido ni un músuclo con las mismas avispas que habían espantado al resto, sino que ahora se escapaba a todo correr en cuanto habían hecho unas cuantas preguntas...
Mirando de reojo hacia Stroud, el mink sonrió para sí. Aunque era una máscara pétrea para casi todo el mundo, tras tantos meses embarcados juntos, Kibai comenzaba a ser capaz de entender los leves gestos que equivaldrían a gritos a pleno pulmón en otras personas. Acercándose a él, le puso una mano en el hombro mientras el comandante seguía mirando en la misma dirección en la que aquel individuo había huido.
— No se preocupe, señor, creo que he estado lo suficientemente cerca de él como para captar su aroma. No es que el tipo destaque especialmente por su higiene. Creo que podría seguir su rastro dado el caso, pero creo que ahora tenemos cosas más apremiantes de las que ocuparnos, si usted me entiende. — dijo mirando hacia la niña que se encontraba junto a Bertram.
La pequeña les pidió ayuda para si madre, la cual al parecer estaba enferma, así que, tras intercambair un par de mirdas entre sus compañeros, todos parecieron estar de acuerdo en prestarle ayuda en la medida que les fuese posible. Siguiendo a la niña, Kibai, Stroud y Bertram salieron de la ciudad hacia el páramo helado de Drum.
Tras un buen rato de caminata, Kibai alcanzó a ver por fin las reveladoras estelas de humo gris que indicaban la presencia de un asentamiento. De acuerdo con las palabras de su joven guía, aquel se trataba del pueblo de Gyasta. Como confirmación de aquello, tras un par de cientos de metros encontraron un cartel de madera clara, cubierto de nieve en toda la parte superior, con el nombre de GYASTA escrito en grandes caracteres negros, justo encima de una flecha que indicaba la dirección a seguir.
Gyasta resultó ser un lugar hermoso, a su manera. El pueblo no era demasiado grande, apenas un puñado de casas humildes, pero bien construidas, sin duda diseñadas para aguantar las copiosas tormentas de nieve que azotaban constantemente la región. Junto a las últimas casas del pueblo, una gran extensión de agua helada ayudaba a completar el paisaje. El lago tenía una forma ovalada, casi perfectamente regular, y a aquellas horas de la mañana, con el sol aún brillando en el cielo despejado entre nevada y nevada, podían adivinarse las figuras de varios lugareños deslizándose sobre el hielo del lago.
Sin embargo, lo que más sorprendió a Kibai fue el enorme árbol que se encontraba en la cima de una de las lomas cercanas al pueblo. Habiendo salido de Little Garden, dónde todo tenía un tamaño exageradamente grande, casi lo hubiese pasado por alto, de no ser porque en aquella ocasión, aquel árbol era por lo menos tres o cuatro veces más alto que el resto, y como mínimo diez veces más grueso, de tal forma que empequeñecía a todo lo que tenía a su alrededor. De inmediato, el instinto de Kibai le pidió a gritos escalar hasta su cima para estudiar como se veía el paisaje desde su copa, pero tenían un deber que cumplir, al fin y al cabo.
Mientras se internaban en el pueblo y saludaban discretamente a los habitantes, Kibai iba tomando mentalmente nota de la distribución de la ciudad, fijandose en los callejones entre las casas para tratar de dirimir las mejores rutas de interceptación en caso de emboscadas o persecuciones. No era algo que de verdad el molestase, ya que las casas, contruidas de una sola planta para conservar mejor el calor, apenas llegaban como mucho a los cinco metros en el punto más alto de los empinados tejados diseñados para evitar la acumulación de nieve, una altura que el mink podía alcanzar sin demasiados problemas de un solo salto. No obstante, aquella actividad le gustaba, afilaba su percecpción y a fuerza de repetición lo había convertido en una rutina que procuraba seguir a rajatabla.
Cuando Stroud les hizo un gesto a Bertram y a él, el mink asintió levemente, y con la discreción que había aprendido a tener, fue liberando las diez avispas que había alojado en el forro de pelo de su capa, una cada dos pasos que daba. Los insectos volaron rapidamente hacia los tejados de las casas, cinco a cada lado, moviendose por encima de la vista de los aldeanos. Al desplegarse de esta manera, Kibai esperaba que los insectos pasases mucho más desapercibidos que en la desafortunada situación de Sakura.
Procurando seguir caminando como si nada, Kibai observaba de reojo a izquierda y derecha, viendo como la decena de avispas iba pasando de una en una por los tejados circundantes, manteniendose fuera de la vista en la medida de lo posible. Cuando finalmente la pequeña les indicó la casa dónde vivían, Kibai con un gesto de sus cejas distribuyó a las avispas por todo el tejado, vigilando los cuatro costados de la casa, con cuatro de ellas preparadas para acceder al interior, ya fuese a traves de la chimenea o de las ventanas en caso de que algún tipo de suceso extraño ocurriese en el exterior mientras accedían a la casa.
La Caja de Pandora
RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación) - Fuguwu - 11-05-2026 El camino entre el Reino Sakura y Gyasta no es largo pero tampoco es cómodo, con la nieve acumulada hasta los tobillos y el viento siempre invernal golpeando de frente durante buena parte del trayecto se pueden volver un fastidio. Sin embargo, es un camino seguro que todo el mundo conoce en Drum por el cual los abetos que le flanquean camino son más altos y están más juntos que los pinos de la calle principal de Sakura. Hoffen camina delante marcando el paso con la alegría que otorga la inocencia de su juventud ante un problema que ella cree prácticamente finiquitado cuando, a lo lejos, Gyasta aparece. Primero se observa un cartel de madera clara cubierto de nieve en la parte superior con el nombre del pueblo escrito en grandes caracteres negros sobre una flecha, para luego llegar a donde se encuentra el humilde pueblo formado por un puñado de casas de una sola planta con tejados empinados pensados así para que la nieve no se acumule y derrumbe las estructuras. No hay vendedores gritando en las calles ni niños corriendo entre los pinos y las pocas personas que se ven fuera caminan rápido con haces de leña a la espalda y la cabeza gacha sin prestar atención a los recién llegados. Gyasta es un pueblo que respira hacia dentro, con las chimeneas humeando, ventanas cerradas y calles vacías. Junto a las últimas casas del pueblo, hacia el este, el lago se extiende en una forma ovalada de unos doscientos metros de largo por ciento veinte de ancho, completamente helado y con una superficie que a la luz de la mañana brilla con intensidad. No obstante, donde normalmente habría cuatro o cinco lugareños patinando ahora no hay ni un alma. En la loma que bordea el pueblo por el norte se alza un árbol cuatro veces más alto que cualquier abeto cercano y con un tronco tan grueso que tres hombres con los brazos extendidos no llegarían a rodearlo, sus ramas más bajas a unos ocho metros del suelo cubiertas de una nieve que el viento no ha logrado arrancarles. Hoffen se detiene frente a una de las casas, indistinguible de las demás salvo por una delgada columna de humo que sale de la chimenea. Stroud se planta a dos metros de la puerta, de frente a la entrada. Bertram se retira cinco metros a la derecha buscando un ángulo con visión tanto de la puerta como del perímetro. Kibai ocupa una posición a tres metros a la izquierda con las diez avispas ya repartidas en silencio por el tejado y los cuatro costados de la casa. Hoffen asiente ante la pregunta de Stroud y empuja la puerta entrando sin llamar, dejando en claro que esta es su casa o que tiene pésimos modales, los marines lo averiguarían pronto. Desde fuera se escucha la voz de una mujer, ronca y con el temblor de quien lleva días con fiebre, preguntándole dónde había estado. La respuesta de Hoffen llega en voz baja pero audible desde la puerta – “Mamá, todo va a estar bien, traje ayuda.”
Detalles Importantes
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RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación) - Stroud Nanashi - 12-05-2026 La pequeña simplemente asintió ante la pregunta del Marine. Tal vez fuese timidez, o tal vez fuese la impaciencia por entrar en casa, o tal vez fuese algo más. Stroud se negaba a sacar conclusiones precipitadas, pero no le terminaba de gustar cómo se estaba terciando el asunto. Sin embargo, prefirió dejar que los acontecimientos siguiesen su curso natural, y ver a dónde llevaba todo aquello. Con un poco de suerte, al final de aquel día, habrían ayudado a que la señora en cuestión se curase, y, en el proceso, habrían restaurado la fe en la Justicia de Hoffen. Stroud exhaló con fuerza, una voluta de vaho saliendo de sus fosas nasales, a medida que observaba los alrededores del pueblo mientras la improvisada escolta Marine llegaba a la casa de Hoffen y él se situaba frente a la puerta, entrecerrando los ojos ante la claridad abrumadora de la nieve. Brazos en jarra, Stroud se imaginó cómo debía de ser aquel lugar cuando hubiese algo más de vida, si es que la había en primer lugar. Imaginó a los cazadores volviendo a casa tras una larga jornada, seguidos por sus sabuesos, cargando con las presas más frescas, y a la gente reuniéndose junto a una de las casas, tal vez ahumando algo de carne para su conservación. A la gente seguramente le gustase patinar sobre la pulida superficie del lago en sus días de asueto, yendo de acá para allá despreocupadamente. Sus ojos grises fueron a parar inevitablemente también al enorme árbol que reposaba a un lado del pueblo, apartado, vigilando sobre sus lugareños como un colosal centinela, preguntándose de dónde habría salido semejante armatoste.
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Cómo visualiza Stroud que debe de ser un lugar como aquel en tiempos de bullicio.
Pero Stroud era consciente de aquello tal vez fuese, y probablemente fuese, su imaginación y nada más que su imaginación. Tal vez el pobre pueblo de Gyasta no fuese simplemente más que lo que veía: un puñado de casas repartidas en la nieve, refugios en los que solo había dos cosas que hacer: sobrevivir al invierno y prepararse para sobrevivir al siguiente. Un lugar en el que la vida se medía en el tiempo entre estación y estación, y no mucho más, en el que tal vez no hubiese momentos como aquellos que imaginaba. Los Marines no parecían haber llamado la atención de ninguno de los lugareños, o, al menos, estos habían parecido optar por no mostrarlo, ciñéndose a sus propios asuntos. Stroud lo prefería así. Cuando se trataba de situaciones delicadas, cuanta menos intromisión, mejor: directo y al grano, como le gustaba a él. Kibai y Bertram habían empezado a actuar como la maquinaria bien engrasada de la que le enorgullecía formar parte, proporcionando un perímetro de seguridad a su alrededor y formando un triángulo de visión del que pocas cosas podrían escaparse. Pasase lo que pasase, todos los ángulos estaban cubiertos, el terreno estaba bajo control. "Kibai, que no entren en casa," murmuró al Mink con sutileza, haciendo referencia a las avispas, haciendo un ademán hacia la puerta que Hoffen había dejado entreabierta. Antes de entrar, echó un vistazo a su alrededor e, identificándolas, arrancó de cuajo algunas de las hierbas que crecían alrededor de la casa, intuyendo que podrían serle útiles. Stroud terminó de abrir la puerta, dejando que la cegadora luz blanquecina de la nieve inundase la casa y adentrándose en el lugar. "Con permiso," dijo, limpiándose concienzudamente las botas de nieve en la entrada y procediendo a aproximarse a la mujer, sin esperar a que nadie le indicase explícitamente que podía entrar. "No se preocupe, no hace falta que hable aún," afirmó en su monótona voz, mientras se agachaba junto a su lecho y comprobaba su aspecto. Tomó nota de cuánto sudaba, de su tembleque y de la frecuencia de su respiración, haciendo memoria y recordando sus propios manuales de medicina. "Stroud Redgrave, comandante de la Marina," se presentó discretamente mientras la examinaba, sin esperar respuesta, "y médico," añadió, como si se le hubiera olvidado. "Hoffen, trae agua limpia, unos cuantos paños y las medicinas que tengáis por aquí," ordenó a la niña sin mirarla. "Respire hondo, señora," indicó. Escuchó su respiración, intentando percibir cualquier silbido fuera de lugar. Colocó su mano en la frente de la mujer, comprobando el calor de la piel, y le tomó el pulso, en busca de cualquier irregularidad. "¿Cuánto lleva así?," preguntó a Hoffen. La revisión era básica, pero más que suficiente si no se trataba de un cuadro clínico excesivamente complejo. Con un poco de suerte, sería una gripe que se había ido de madre. En el peor de los casos, estarían ante algo bastante peor. Observó sus ojos superficialmente, tratando de ver si se presentaban vidriosos o amarillentos. Tocó el cuello bajo la mandíbula, buscando cualquier señal de que los ganglios se le hubiesen inflamado, mientras valoraba cuál podía ser el origen de aquello. No parecía haber señales de infección, ni manchas visibles sobre la piel, pero resultaba difícil de decir con seguridad. Sin embargo, sabía que era fundamental no forzar la situación. Stroud tomó un paño humedecido y lo colocó en su frente. "Que alguien abra esa ventana, pero solo un poco, sin crear corriente," ordenó, haciendo un ademán hacia una de las ventanas de la casa. Era importante aligerar el aire de aquel lugar. Aquello debería contribuir a mantener la temperatura corporal bajo control. "Hoffen, mezcla agua y un poco de sal y azúcar," indicó, "lávate las manos antes". Una mezcla como aquella era simple, pero muy efectiva a la hora de rehidratar, y cualquiera tendría acceso a aquellos elementos. Dobló las almohadas de la mujer, ayudándola a que se incorporase y a que pudiese respirar un poco mejor. "No se levante, ni hable demasiado," ordenó a la mujer. Se aproximó a la cocina nuevamente y sacó del bolsillo de su abrigo las hierbas que había encontrado antes de entrar, plantas de conocido valor medicinal que también parecían tener sus variantes en Drum: menta, tomillo de invierno y un pedazo de corteza de sauce blanco. No era nada especial, pero, en el mejor de los casos, ayudaría a la hora de aliviar la respiración y la congestión. Se tomó un par de minutos en improvisar una pequeña infusión, de olor mentolado y fuerte y aspecto más espeso de lo que le hubiera gustado. Con la mujer ya ligeramente incorporada, y presumiblemente con una temperatura corporal que habría empezado a estabilizarse, Stroud le ofreció la infusión para que la bebiese lentamente. "Poco a poco, calma," indicó. Lo monótono, serio y frío de su voz contrastaba con el esmero que ponía en su labor médica. Era importante que no bebiese todo de golpe, por deshidratada que se pudiese encontrar. Naturalmente, no tenía ninguna esperanza de curarla al instante, y mucho menos con los escasos recursos de que disponía en aquel lugar, pero, como mínimo, podría estabilizarla y darle un asidero para que comenzase su recuperación. Se sentó en un taburete junto a la cama, continuando su análisis y haciendo lo posible por identificar la dolencia de la señora antes de continuar el tratamiento o determinar exactamente el rumbo a tomar.
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RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación) - Bertram Gaufrid - 12-05-2026 [personajeinvalido=3577] El joven arquero siente cierta responsabilidad hacia los más indefensos, siendo algo que arrastra desde el pasado, concretamente la culpa de no haber podido proteger a sus abuelos y a Titta cuando los piratas atacaron su casa. Ese hecho impulsó al cazador a dejar su vida de cazador y lanzarse al mar, uniéndose a la marina con un único objetivo, proteger a los indefensos e inocentes de vivir lo mismo que él a medida de lo posible. Parte de eso lo impulsa a ayudar a todos los que pueda, evidentemente dentro de sus capacidades y sin poner en riesgo a sus compañeros ni a otras personas en el proceso, siendo por ejemplo el caso del anciano y la muchacha, siendo que además los actos del arquero, totalmente altruistas y desinteresados al no esperar nada en cambio, hicieron que la joven tuviera más fe en la justicia y al mismo tiempo hizo que el joven arquero no sintiera la misma culpa que cuando perdió a toda su familia. El camino seguido hacia Gyasta es corto y seguro, pero de la misma manera está lejos de ser cómodo, pues entre la enorme cantidad de nieve acumulada y el viento soplando con fuerza hace avanzar se vuelva algo pesado.
Bertram es del tipo de personas que no deja que el clima o el ambiente lo amedrenten, si el lugar pone obstáculos, él se esfuerza en superarlos, y concretamente lidiar con terreno complicado es algo a lo que está totalmente acostumbrado como cazador. Los pasos del arquero se mantienen calmados y consistentes, casi como si el entorno no le complicara y al llegar, no puede evitar pensar en cómo sería el lugar antes de empezar la desaparición de los médicos, tal vez fuese un lugar más animado, con leñadores reabasteciendo al pueblo entero de leña para las chimeneas y hornos de los vecinos, cazadores trayendo presas junto a sus sabuesos que cargan con algunas presas y mayormente niños disfrutando del lago congelado para divertirse patinando sin muchas preocupaciones, lo que vendría a ser un pueblo normalmente. Los marines siguen a la joven Hoffen hasta su casa, observando todo el entorno y sobre todo Bertram se fija en los árboles, costumbre de cazador al ser el lugar dónde es más fácil esconderse para vigilar o acechar en lo que se preparar el ataque. Los ojos del arquero se mueven de un lado a otro, registrando cada detalle mientras se acercan a la casa, y una vez allí se separa unos pocos metros, aproximadamente unos cinco, para tener mejor visión del entorno en lo que la joven se acerca a la puerta de su casa y entra tranquilamente pidiendo permiso, mientras el arquero se mantiene fuera de la casa durante un tiempo prudente, observando la nieve alrededor de la caza en busca de pisadas recientes así como el tejado y las ramas cercanas, todos los lugares donde un criminal pueda esconderse para atacar en el momento oportuno. El joven arquero tiene la mirada entrenada para buscar movimiento y figuras que desentonen en ese tipo de entornos, además de una asombrosa capacidad de percibir cosas fuera de lugar o intenciones ocultas. Una vez el joven se asegura que no hay nada en el entorno se dirige a la puerta y se queda en la misma, a modo de guardia para que no puedan entrar sin más y tomar por sorpresa a su compañero mientras revisa a la mujer con la ayuda de Hoffen. Desde allí escucha claramente como va pidiendo lo necesario a la joven que les pidió ayuda superando todos sus temores y viajando sola hacia el Reino Sakura mientras pregunta por el tiempo que lleva así. En el momento que Stroud pide que alguien abra ligeramente la ventana, el propio contramaestre se acerca a la misma y deja la ventana abierta lo justo para poder ir renovando el aire de la habitación, pero no lo suficiente como para que la temperatura bajase demasiado. Una vez hecho eso el joven se coloca junto a Hoffen, manteniendo siempre la puerta vigilada y sus ojos y oídos atentos a cualquier ruido raro, confiando plenamente en que Kibai también estará atento a lo que ocurre en la zona para actuar en caso de ser necesario mientras piensa -¿Quién será que está provocando la falta de médicos? No creo que todos hayan decidido irse sin más.- En cuanto la madre de Hoffen mejore un poco quizás descubran la causa detrás de todo esto, pero de momento lo importante es que al menos recupere fuerzas, luego ya según lo que descubra Stroud se le podrá dar un tratamiento más efectivo y preguntarle por lo que sucede con los médicos de la isla si ella no lo cuenta antes.
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RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación) - Kibai - 13-05-2026 La cabaña a la que la niña, que se había presentado como Hoffen, condujo a Stroud,Bertram y Kibai no era demasiado diferente, al menos en el exterior a las del resto del pequeño pueblo de Gyasta. Estaba situada en el extremo de una pequeña plaza en la que acaba la calle que cruzaba todo el asentamiento, lo cual le proporcionaba desde su puerta una buena vista del resto de edificios, así como de una part del lago helado al este de su posición.
Kibai asintió silenciosamente al ver las hierbas que Stroud iba recolectando. Aunque no era un experto en enfermedades ni mucho menos en medicinas, sus múltiples expediciones le habían hecho aprender a base de experiencia las plantas más útiles que debia conocer de cada isla, así como nociones básicas de remedios herbales. Sin embargo, los que dominaban de verdad su aplicación eran tanto Moja como Stroud. Aún así, el mink aprovechó para hacer su propia recolecta de caléndula e hipérico, así como una bola de resina de buen tamaño, rememorando su encuentro contra el Dragón Rojo y la aparente preferencia de las gentes de aquella zona por las municiones incendiarias.
Cuando Hoffen les invitó a acceder a su casa, Kibai echó un discreto vistazo hacia el tejado, detectacto a varios de los diez puntos amarillos y negros distribuidos por las vigas y tejas, casi indistinguibles en la nieve salvo que alguien que supiese lo que estaba buscando mirase directamente. Con un discreto chasquido de dedos, las avispas que habían estado camufladas en el Kanji de Justicia de su capa ascendieron, refugiandose entre los pleigues de su camisa confundiendose a la perfección con su propio pelaje moteado. El mink se alegró una vez más de ser un leopardo, ya que aquello les proporcionaba a sus aliadas una fortaleza invisible de manera natural.
Dando una pequeña palmada en el hombro de Bertram, que había optado por vigilar fuera unos momentos, Kibai alzó levemente la cabeza un segundo hacia el tejado.
— Sé que eres animal de viejas costumbres, pero cuando entres, estate tranquilo, he dejado una veintena de ojos fuera, si algo malo ocurre, nos avisarán.
El interior de la casa era humilde, pero no parecía mal cuidado. Kibai se sacó los restos de nieve de los hombros en el felpudo de la entrada y repitió el saludo de Stroud antes de acceder al interior. Al momento, una bocanada de un olor muy particular lo envolvió: era curioso como la enfermedad, sea cual fuere, tenía ese olor particular, unamezclad e sudor febril, aire viciado y algo más, una miasma que identificaba al punto que efectivamente, la amdre de Hoffen no se encontraba bien.
Casi por costumbre (y puede que por su mala experiencia en Little Garden), Kibai recorrió con su mirada la estancia, una sencilla cocina-salón, con dos puertas que conducían a lo que parecía ser un aseo y un pasillo que albergaría con seguridad los cuartos. Mientras Stroud y Hoffen se afanaban en ayudar a su madre, el mink decidió al menos descartar una posible razón para su fiebre: un componente externo. Poniendo una mano sobre el hombro de Hoffen, le sonrió tratando de infundirle confianza en la labor que estaban llevando a cabo los marines.
— No te preocupes, pequeña, Stroud sabe lo que hace. Te importa que eche un vistazo por el salón? Después, si tu madre reacciona bien a la medicina, llevo algunas cosas conmigo, así que podré preparar algo caliente y muy rico para todos. Estoy seguro que entre los cuidados del comandante y mi comida, tu madre estará recuperada antes de que te des cuenta.
Dandole un último apretón cariñoso a la niña, el mink se dispuso a cumplir con su tarea. Empleando su agudo olfato, Kibai recorrió todo el salón, examinando los rincones en busca de de algún rastro de animales, insectos, o el olor a medias dulzón y a medias terroso que provocaría un hongo en alguna madera mal tratada. Asimismo, se acercó a la cocina, estudaindo con ojo clínico los alimentos que estaban almacenados, así como haciendo cálculos de lo que necesitaría para transformar una de las raciones que llevaba consigo en un plato conjunto.
Por último, y tratando de guardar el mayor respeto a la intimidad de sus anfitriones como fuese posible, el mink examinó tanto el pasillo como los dos cuartos adyacentes al mismo, buscando las mismas señales que en el salón, antes de regresar de vuelta al salón con el resto y escuchar las palabras de su compañero.
— Más que la falta de médicos, me extraña el hecho de que la familia real no haya hecho nada al respecto. En la ciudad hablaban de que basicamente estaban aislados y sin suministros. No es muy normal que el ejército real no sea capaz de mantener a raya la fauna local.
El mink tomó asinto en uno de los tallos de madera, observando como la mujer bebía la infusión de Stroud.
— Si su estómago lo tolera bien, tengo las suficientes cosas encima como para hacer una buena sopa caliente para todos. No será la cosa más refinada del mundo en cuanto a sabor, pero le devolverá las fuerzas, eso se lo aseguro.
La Caja de Pandora
RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación) - Fuguwu - 14-05-2026 Cuando Gnade termina la infusión y Hoffen le acerca el primer cuenco de sopa, la mujer mira a los tres marines por primera vez con un poco de lucidez. Tiene unos cuarenta años, el cabello oscuro pegado a las sienes por la fiebre y unos ojos del mismo color que Hoffen. Mira a su hija un instante, luego a Stroud, y cuando habla lo hace con la voz todavía ronca, pero con una firmeza – “¿Son de la marina?” – pregunta, y antes de que alguno responda añade – “Mi marido también creía en la justicia.” – sin un dejo de reproche en su voz. El fuego chisporrotea en la chimenea y hace crujir las maderas de vez en cuando mientras Gnade termina la sopa. La casa es pequeña y se puede llegar a sentir apretada con más de 5 personas dentro. La cocina y el salón comparten el mismo espacio con una mesa de madera oscura en el centro rodeada de cuatro sillas y una estantería contra la pared oeste cargada de frascos de conservas. La chimenea ocupa buena parte de la pared norte y es la que mantiene la casa caliente, además de la leña que la alimenta tiene encima una olla de hierro colgada sobre las brasas que Kibai ha aprovechado para la sopa. Desde el salón parten dos puertas, una al baño y otra a un pasillo estrecho de metro y medio de ancho que lleva a los dos cuartos, el de Hoffen y el de sus padres. Cuenta que su marido, Heiler, médico de Gyasta como su padre antes que él, fue convocado hace algo más de dos semanas junto al resto de médicos del reino bajo el pretexto de una reunión urgente en el Reino Sakura. Lamentablemente para él, como parar el resto de convocados, nunca llegó a esa reunión porque nunca hubo tal reunión, pues lo que hubo en su lugar fue un grupo de hombres que los interceptaron en el camino y se los llevaron sin dar explicaciones, salvo una, que Heiler alcanzó a gritar antes de que se lo llevaran y que Gnade repite ahora en voz baja con el dolor del recuerdo aun en carne viva – "dijeron que lo hacían para liberar al reino del yugo opresor." – para para toser y Hoffen le acerca el cuenco de sopa de nuevo – “No sé quiénes son. Pero sé que tienen a todos los médicos del reino. El hospital lleva cerrado desde entonces. No hay un solo médico disponible en todo Drum, y nadie del ejército real ha movido un dedo porque no saben cómo reaccionar.” – Sus ojos van de Stroud a Kibai a Bertram, uno por uno – “¿Pueden encontrar a mi marido?” – pero tras expresar su más grande deseo en su corazón, se detiene para explicar la dura realidad a la que tendrán que enfrentarse los marines en caso de querer ayudar a la gente de Drum – “Se dice que los tienen en el Castillo de Drum. Pero el camino que sube por Drum Rockies lleva semanas bloqueado por manadas de animales salvajes que han bajado de las cumbres. Nadie se ha atrevido a intentarlo pues saben que es una sentencia de muerte.”
Detalles Importantes
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RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación) - PX-6 - 16-06-2026 ✘ TEMA: CERRADO |