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[Fic] Escenita previa de costumbrismo baquellano - Tsunamaro - 19-05-2026 Otoño (61) del año 17
Aquella mañana me había levantado temprano y, mientras nadaba hacia la costa, me decía que solo había sido una pesadilla.
Había soñado que aún vagaba por los barrios bajos del Distrito Gyojin, entre calles mal iluminadas, siniestros pasadizos inundados de sombras y casas de aspecto inquietante. Sirenas de voz aguardentosa y risa burda me llamaban; algunas por mi nombre, otras preferían aquello de "¡Yujuu, Hipotecaaado!". En mi huida, fingí no escucharlas. Me crucé también con borrachos tambaleantes, que maldecían y parloteaban consigo mismos. Vi niños, pezqueñines, durmiendo hechos un ovillo en los portales, y oí chillidos y maldiciones procedentes de patios lóbregos que aún recuerdo nítidos.
Me sacó de aquel tormento el primer pellizco, impúdico, del invierno, que ya advenía sobre el otoño moribundo del diecisiete; una corriente de agua fría, traicionera, se me había colado por la pernera de las bermudas.
![]() —Brrrr.
Me detuve a frotarme los brazos. La calidez de la fricción me espoleó hacia Baquella. Mi querida y blanquianaranjada Baquella. Eso era. Allí transcurría mi vida ahora, en Baquella y no en el Distrito. «El Distrito es agua pasada», me dije. Y seguí repitiéndomelo, machacón, una y otra y otra vez, hasta que asomaron las primeras quillas de los botes amarrados al embarcadero.
Nada más tuve a mano los pilotes, astillados y cubiertos de deliciosos percebes, me aupé al muelle. A mi cuerpo serrano lo recibió un cielo que empezaba a clarear y, ruborizado de tenues fuegos, se ahuecaba hasta formar una perla perfecta. En carros gigantescos, que atronaban a su lento paso por el pueblo, cabeceaban manojos de hierbas, jaulas de pollos, sacos de harina y... hermosos ramos de camelias. El aire estaba cargado del perfume de aquellas flores, recién cortadas de las faldas del volcán y ascendidas a la respetable categoría de artículo comercial en el mercado del pueblo. Ese olor fue para mí como un bálsamo contra el regusto de la pesadilla.
Así, más animado ya, seguí los carros hasta la zona del mercado y, como tantos otros que aguardaban la apertura, me quedé observando cómo los mozos descargaban sus fardos. Entretanto, un carretero de bata blanca me ofreció un racimo de uvas. Le di las gracias, preguntándome por qué se negaba a aceptar dinero a cambio, y las degusté sentado en uno de los poyetes de las fachadas encaladas que daban a la plaza.
A todo esto, mi compinche me había empeñado palabra y prenda en que estaría allí antes de las siete. Y debían de ser ya casi las ocho. Conociéndolo, no me sorprendió no encontrarlo entre el desfile de caras conocidas. «Valiente mamonazo perdulario». A buen seguro que a aquellas horas andaría de resaca regurgitando hasta los higadillos entre las grietas de la escollera.
Mientras escupía las pipas al empedrado, los tenderos comenzaron a abrir los primeros puestos, hacer las primeras ventas y, cómo no, trabar los primeros regateos de la jornada.
Fue así como no pude evitar prestar atención a una acaloradísima discusión que mantenía la pescadera de un puesto vecino con una clienta que se había encaprichado de un mero. Decía la primera que se lo dejaba en diez mil ochocientos berries por ser ella; respondía la otra, alzando la voz para regocijo de los baquellanos más chismosos, que ese precio era una desfachatez. Que si todo aquel dineral era para que su marido siguiera puliéndoselo en el burdelillo del puerto, dejándola a ella más seca que una mojama mientras él se desfogaba a gusto.
—Madre mía, la que se va a liar —vaticinó, a mi vera, uno de tantos huelebroncas que abandonaban sus faenas pueblerinas para arremolinarse alrededor de las protagonistas del zafarrancho—. La que se va a liar… menuda es la Meroko.
No bien lo hubo profetizado, la pescadera se abalanzó sobre el mostrador, enarboló un atún por la cola y le hostió con él en los morros a la compradora —¡ZAS!—. Salieron sus gafas volando y cayó de culo, despatarrada. El vestido de tubo en el que iba embutida se le arremangó hasta medio muslo y dejó a la vista una bragafaja beige ante la que los espectadores, guasones, prorrumpimos en un sonoro aplauso.
![]() —¡Mira, papá, la señora lleva pañales! —clamó un mocoso, un mink coala. Al fulano sobre cuyos hombros iba encaramado se le encendió la cara y, sintiendo que una risa pilla le pugnaba entre los dientes, quiso disimularla volviéndose hacia el puesto de las acelgas y llevándose el puño a la boca. Por entre los nudillos se le escapó un «ku-ju-ju».
—¡Madre del amor hermoso, qué muslamen! —celebró el viejo Platypus.
—Esto, esto es pernil baquellano, coño. Del bueno, joooder. Y lo demás son tonterías.
—¡Que se le saaale, que se le saaale, que se le saaale! —corearon, dándose codazos, tres mocetes.
Mucho ji, ji, mucho ja, ja, pero a ese muérgano del bigotillo bisoño y la gorra puesta del revés lo conocía yo, y no me cabía duda de que habría sido capaz de ofrecer en sacrificio a su santa abuelita a la primera deidad que le prometiera hacer realidad las inmoralidades que graznaba su voz de hombre recién estrenada.
—Eeeesas bragas, esas bragas, eh, ¡EH!… —comenzó a entonar uno. Al poco, le siguieron otros y, qué cojones, yo también me sumé.
Y así fue como la plaza entera acabó rindiendo homenaje a las vergüenzas de aquella infeliz, a quien sus propias prendas le complicaban la tarea de recobrar el bipedismo. Manoteaba la doña, se izaba a medias y, ya fuera por el vestido ceñidísimo, por la prietura de sus enaguas o por aquel tacón que se le había roto, volvía a venirse abajo. Y lo único que conseguía, pobrecita mía, con cada nueva caída, era prolongar los cánticos.
En esas, me pareció distinguir una voz áspera y familiar entre la algarabía de la baquellanada. Seguí su rastro y giré la cabeza justo a tiempo de ver al Rubio erguirse sobre el apéndice anguiliforme que tenía por mitad inferior, asomando con su rostro grotesco por encima del gentío. El muy zoquete se encontraba con las manos ahuecadas alrededor de la boca, sumando fervoroso al coro sus tonalidades cavernosas.
«Bonito ejercicio de tapadillo. Menos mal que habíamos convenido pasar inadvertidos.»
Subrepticiamente, me acerqué a mi socio.
—¡Culebrilla de mis entrepiedras! Pero vamos a ver... que me entere yo... ¿tenía o no tenía usted concertada comparecencia hace ya cosa de una hora con cierto gyojin de apuestísima presencia?
—Tsunamaro...
—¡Don! Jose Marina...
—¿Qué te iba yo a decir, Tsuna? ¿Sabes cómo me gustan a mí las mujeres, eh? ¿Lo sabes?
—Indudablemente...
Se había serigrafiado el punchline en la camiseta básica sin mangas que llevaba como única prenda. Estiró la tela para asegurarse de que me estaba percatando y pudiéramos rematar el chiste a la vez.
—A mí me gustan...
—A ti te gustan...
—¡MORENAS! —gritamos al unísono.
—Morerererey —rió él.
Jose Marina Donálvarez (imagen), señoras y señores, lleva por nombre la criatura más fea del South Blue. Condecorado entre mis amistades por su inquebrantable lealtad, por lo conveniente que es su oficio de ferretero para nuestras... tropelillas cotidianas de poco vuelo y, qué coño, por ser más bueno que el pan. Quienes le profesamos afecto lo llamamos Chemar, aunque en Baquella se le conoce también como El Rubio, mote que alguien debió considerar gracioso alguna vez por contraste con el cuerpo pardo y negro del tritón morena, y que desde entonces ha ido contagiándose de boca en boca por todo el pueblo.
—¡Qué careto me traes, macho! ¿Una mala noche?
—En razón de su santa madre, mi elongado, que no me ha dejado pegar ojo. Esa criatura concupiscente y de bríos tropicales me estuvo exigiendo lances hasta el canto del gallo.
—Morerererey. Oye, ¿en qué acabó al final el follón con el Bruno?—Terminó arreándole al nieto de La Marrajo. Bien que hizo, ¿eh? Y mucho que aguantó. Para cuando un servidor abandonó la singladura, serían las doce, ponle la una. El barbudo ese y el Richi ya se habían llevado al crío al hospital. Y el Bruno, tan tranquilo. Me fui y él se quedó. Apenas quedaban cuatro ínclitos pellejos baresinos y por lo menos tres debían ser extranjeros, porque sus caras no me sonaban; también te digo que la pelea espantó a medio bar. Cuando ya me iba, el calvo de la camisa de flores se estaba aliviando la vejiga en el barril de cerveza.
—¿Y quién terminó pagando los tragos?—Por una nueva clemencia del tabernero, Chemar, que volvió a aplazarnos el saldo. —A mí iba a invitarme el Richi. —No alcanzo a imaginar con qué. —Coño, el Richi maneja pasta. —Serán macarrones. El Richi, el Bruno, tú y quien humildemente suscribe, estamos todos pelados. Supe entonces que había tocado alguna tecla sensible en El Rubio porque su expresión se volvió torva de pronto. Miró a ambos lados para asegurarse de que nadie nos prestara atención y se me acercó al oído.
—Mira tú por dónde, bribón, que desde hoy eso ya no va a ser problema, ¿o no? —me susurró entre dientes. Su aliento me recordó que mi mejor amigo era, en toda la amplitud del término, un depredador...
CONTINUARÁ...
Resumen
Karmas
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