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[EVENTO FACCIÓN - REV.] La llama de la Revolución [Llegada desde Nuevo Mundo] - Versión para impresión

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[EVENTO FACCIÓN - REV.] La llama de la Revolución [Llegada desde Nuevo Mundo] - Voz Seductora - 28-05-2026

Venimos de este tema.

Un sinnúmero de barcos se acercaban discretamente, en la penumbra, a Baltigo, la isla blanca que refulgía en mitad de la noche. Su inconspicua superficie, cubierta de polvo blanquecino, arena y rocas, se encontraba aún a cierta distancia, protegida por los escarpados acantilados que bordeaban la totalidad de la isla. Para aquellos expuestos al viento marino, hacía un frío desgarrador, similar al que uno encontraría en las noches más gélidas del desierto más árido, que solo parecía intensificarse a medida que uno se acercaba a la isla. Sin embargo, la mayoría de nuestros protagonistas no habrían tenido ocasión de percibir la brisa aún, puesto que seguirían instrucciones estrictas de permanecer ocultos en las bodegas y los cargos de sus respectivos navíos hasta que llegase el momento de desembarcar, algo que, si bien dejaba escaso lugar a la épica, proporcionaba confidencialidad y discreción. Esto también indujo en ellos un fuerte sentido de desorientación, la mayoría de ellos siendo incapaces de saber cuánto tiempo llevaban exactamente de viaje, sin ser capaces de ver siquiera la luz del sol. La regla había sido estrictia, y ni siquiera habían podido salir a echar un vistazo al abrigo de la noche, cada una de las bodegas cerrada siempre a cal y canto.

El trayecto continuaba como lo había hecho, en líneas generales, desde que cada una de las embarcaciones saliese del puerto de recogida: en un silencio que únicamente rompían los gritos y las órdenes entre los marineros y los operarios de cada barco, propias de cualquier navío que se preciase. Por el bien de la operación, todos los revolucionarios presentes en ellos habían recibido órdenes estrictas de, además de permanecer ocultos de la vista y no moverse de la bodega de cada navío, procurar mantener silencio, o, al menos, no armar más jaleo del estrictamente necesario. El Ejército Revolucionario había sabido escoger bien los métodos de transporte para cada cual: habían elegido barcos que no levantasen sospechas de nadie en condiciones normales, habilitados para circular con normalidad a través de aquellos mares, y regidos por patrones o capitanes que supiesen bien lo que se hacían, minimizando el riesgo de que alguno de ellos se fuese a pique. Y, claro, que fuesen gente de confianza. Por una vía o por otra, se habían asegurado de que no quedase ningún cabo suelto. Los barcos, si bien independientes entre sí, llegaban en tres grupos que parecían bastante diferenciados, alcanzando Baltigo desde distintas corrientes y direcciones.
  • Por un lado, los Revolucionarios provenientes del South Blue habían sido aglomerados en la bodega de un barco pesquero de gran envergadura, el tipo de barco que uno podía ver con frecuencia pescando entre los más traicioneros oleajes del Grand Line. Su casco estaba hecho de gruesa madera reforzada con vigas por doquier, e incluso en el interior de la misma era posible ver percebes y moluscos de toda índola creciendo en la superficie de sus paredes, al calor de la humedad y la temperatura del lugar. Este barco había partido del Reino de Briss, donde había descargado su último cargamento, y había iniciado una estratégica ruta que seguía, con tal de no levantar sospechas, sus patrones habituales, deteniéndose en varias islas más del South Blue, como Isla Kárate, Baterilla o Samba. En todas ellas había hecho las paradas que hubiese cabido esperar de una embarcación como aquella, deteniéndose a efectuar reparaciones, vender parte de su cargamento y recoger a nuevos pescadores para su flota. Nada sospechoso, de no ser porque en su bodega, confinados entre enormes toneles llenos de pescado de todo tipo en diferentes grados de conservación y del hedor que los acompañaba, se encontraban varios reclutas del Ejército Revolucionario, que habían soportado estoicamente el trayecto. Junto al barco pesquero naveban otros tantos barcos, provenientes de los demás Blues. Desde el North Blue acudía lo que habitualmente se conocía como un collier brig, un colosal armatoste destinado al transporte de carbón. Era habitual ver navíos como aquel entre islas, sobre todo entre las más frías. En su bodega, entre los sacos de carbón, viajaban como polizones otros tantos reclutas norteños del Ejército Revolucionario. Venido desde el East Blue, en su travesía también los acompañaba un barco mercante de sake barato, destinado a aprovisionar decenas de tabernas porturarias y locales de dudosa reputación por todo el ancho mar, y en cuyos barriles viajaban, como pepinillos en salmuera, otro puñado de Revolucionarios con destino a Baltigo. Desde el West Blue llegaba uno de los navíos más distinguidos, destinado al restauración y coleccionismo de arte —legal y de otras clases—, cuya bodega, además de varios camaradas Revolucionarios, se encontraba repleta de cajas y estatuas de toda índole, acolchadas y sujetas con cuerdas.
  • Por otro lado, aquellos Revolucionarios que venían desde otras islas del Grand Line lo hacían subidos en lo que se presentaba como transporte especializado en movilidad y logística bovinas y traslado pecuario no procesado, pero que en realidad resultaba mucho más simple: un carguero de ganado, originario de Matsuri. Era un barco grande, de casco ancho y pesado, de escasa elegancia, cuya madera oscura e hinchada por el salitre se dejaba ver entre los restos de varias capas de pintura desconchada. En su enorme bodega, centenares de vacas viajaban apretadas en compartimentos estrechos, nerviosas o somnolientas según el día, en un suelo casi íntegramente cubierto de paja, y bajo el cual se ocultaban algunas pequeñas trampillas que venían a ser de gran utilidad en situaciones como aquella. Allí, en lo que había acabado siendo un minúsculo compartimento bajo una portezuela oculta por la paja, impregnado del constante hedor impregnado por el cargamento, con líquidos que se filtraban a través de los tablones de madera, viajaban en secreto algunos miembros de la Revolución procedentes de diversas corrientes del Grand Line, sorteando las olas de tan particular manera, enmascarados bajo aquel olor que hubiera hecho alejarse a cualquier fisgón que pretendiese meter las narices donde no le correspondiese. Junto con este navío llegaban otros dos: uno era un barco de transporte de residuos, cuyo hedor podía olerse a millas de distancia, y del cual sus pobres pasajeros, procedentes de varias islas, no podrían deshacerse en un tiempo. Otro era, simplemente, un pequeño crucero de turistas excéntricos, con controles escasos y vigilancia inexistente, y cuyos polizones habían podido sustentarse con las sobras del excelso buffet que se preparaba cada noche en la travesía. Todo ello, claro, a costa del Ejército Revolucionario, que se había asegurado de que nadie se fuese de la lengua.
  • Por último, aquellos Revolucionarios que venían desde más allá del otro lado de la Red Line, los que venían del llamado Nuevo Mundo, gozaban del medio de transporte más privilegiado de todos (sobre todo, con comparación con sus colegas del Paraíso): en solitario llegaba el mismísimo Yoru's Paradox, comandado por nada más y nada menos que Alhen Geouis, quien naturalmente también ponía rumbo a la Asamblea. El enorme y felino galeón, de presencia orgullosa, había navegado sin temor alguno a través de los mares con su llamativo casco rojo brillante, sus velas blancas y sus ornamentos dorados; poco importaba que destacase, Alhen, un maestro de la navegación, estaba acostumbrado a moverse con discreción y a evitar los lugares más peliagudos. A bordo del mismo, los Revolucionarios procedentes del Nuevo Mundo habían llevado a cabo una travesía que había transcurrido casi entre algodones, y habían disfrutado de la compañía de decenas de camaradas, compañeros del Ejército, además de todos los lujos que semejante barco pudiese ofrecer a sus cargos más importantes. A Alhen no le disgustaba la opulencia, eso estaba claro, pero sabía sostenerla con una navegación firme y segura. El Yoru's Paradox era una auténtica torre entre la discreción de los demás barcos que se acercaban a Baltigo, más bien insignificantes en comparación, tanto por su tamaño como su aspecto.

Estos no eran los únicos: a medida que se aproximaban a Baltigo, más y más barcos se volvían visibles. Había una enorme y polvorienta gabarra dedicada al transporte de ladrillos y tejas, y, no muy lejos de ella, un pequeño barco mercante cargado de grano. Hacía aparición también un barco de reparto de pescado salado, cargado, además de con quienes ya podéis imaginar, con barriles de salazón, así como un par de mercantes de verduras y frutas de todo tipo. Uno de los más curiosos era un enorme mercante de patatas y tubérculos, de una pesadez y una elegancia que haría palidecer a muchos de los buques insignia del mismísimo Gobierno Mundial, que parecía navegar junto a un barco que transportaba brea y alquitrán por varios astilleros. Y todos, con un silencio comprado u obtenido mediante la coacción, iban cargados también de quienes se disponían a prenderle fuego al mundo. En algunos casos, el viaje no había tomado más que un par de días, pero en otros uno podría haber jurado que llevaban semanas. Y esto no era únicamente debido a las enormes distancias a recorrer, sino a elementos variables y mucho más impredecibles como las inclemencias del tiempo, los caprichos de las corrientes, o algún inesperado amago de inspección que habría puesto bastante nervioso al más pintado. Sin embargo, tras tan tortuosos trayectos, aquellos navíos se acercaban finalmente a su destino, Baltigo, donde los esperaba un suceso sin precedentes en la historia del mundo.



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RE: [EVENTO FACCIÓN - REV.] La llama de la Revolución [Llegada desde Nuevo Mundo] - Max D. Bambú - 28-05-2026

El viaje comenzó con una cierta tristeza cuando el panda se enteró de que debían dejar atrás el Grand Prix. Acostumbrado a viajar en el taurino navío, Don Bambú se sintió incómodo las primeras noches en el opulento galeón de Alhen Geouis. Y no es que el mariscal no gozase de todas las comodidades, sino que gozaba de demasiadas. Desayunaba exóticas frutas y cenaba deliciosos estofados. Dormía en una cama con un colchón tal que casi le parecía, cuando cerraba los ojos, que se encontraba entre algodones perfumados con jazmín y lavanda, ya que le cambiaban las sábanas todos los días. Incluso tenía a su disposición una serie de libros raros e interesantes para cuando quisiera invertir en ocio todo el tiempo libre del que disponía. Después de una tarde entera devorando un tratado relativamente preciso acerca de las fuerzas espirituales que uno podría asociar con los hakis armadura y observación en su estado más débil, tuvo que dejar el libro para salir a cubierta a dar una vuelta y que le diera el aire. No es que le agobiase su camarote, sino que le angustiaba no tener nada que hacer. No tener que formar todas las mañanas con el resto de reclutas. A pesar de todo se dejó llevar, porque ¿qué otra cosa iba a hacer? Estaba viajando en el barco de uno de los cargos más importantes de la Revolución hacia una isla ya conocida para reunirse en absoluto secreto que la flor y nata del Ejército.

Una noche del 25 de invierno, muy cerca ya de las próxima luna llena, el Yoru's Paradox avistó en la distancia el terruño rocoso y polvoriento que era Báltigo. Nunca fue la isla más bonita, pero el hecho de que estuviera controlada por el Ejército Revolucionario le otorgaba un atractivo que nunca tendrían las islas más bonitas del mundo. Ni siquiera Skypiea. Aquella noche, como la discreción corría enteramente a cargo de la excelente navegación de la Mano del Ejército, Don Bambú se encontraba en la cubierta. Llevaba un grueso abrigo que contrarrestaba en la medida de lo posible el frío de Báltigo en esta época del año. Su aliento se convertía en vaho tan pronto como salía de la boca. El olor a salitre inundaba sus fosas nasales y el sonido de las olas rompiendo contra las todavía lejanas rocas de Báltigo le llegaba como un estruendo. Pero había otro sonido en el ambiente, uno que le resultaba extraño. De su bolsillo derecho empezó a emanar una suerte de ruido blanco constante. Sacó los dos den den mushis que llevaba guardados, el blanco y el normal, y ambos tenían los ojos en blanco y la boca abierta. Algo en la isla parecía estar perturbando la señal con la que se comunicaban aquellos extraños caracoles. Con su dedo pulgar hizo que los caracoles cerrasen la boca, lo cual provocó que cerrasen también los ojos, ahogando el ruido que producían. Si por algún motivo aparecía el enemigo, por lo menos no tendrían forma de coordinarse con los caracoles.

Mientras el galeón se abría paso hasta Báltigo, Don Bambú se quedó mirando la luna en casi todo su esplendor. Hacía tanto tiempo que no se transformaba para luchar que casi había olvidado cómo era. La última vez, hacía ya unos cuantos años y no demasiado lejos de Báltigo, les dieron una terrorífica paliza a Kisuke, Zorak y él. La fría luz lunar le permitía ver incluso en la distancia cómo a la isla se acercaban cada vez más y más barcos. La tónica general del transporte era la de la mercancía de distinta clase, pero el panda no se aventuró a adivinar a qué se dedicaba cada navío desde la distancia porque poco importaban las tapaderas que empleasen sus camaradas. Allí dentro, escondidos en sus bodegas, camarotes y almacenes, viajaban sus aliados.

Resumen



RE: [EVENTO FACCIÓN - REV.] La llama de la Revolución [Llegada desde Nuevo Mundo] - Kisuke Kageyama - 29-05-2026



El día había llegado. Tras una larga travesía de regreso, estaban aproximándose a Báltigo. Durante el viaje, que había transcurrido sin incidentes gracias a las habilidades de Alhen, había charlado con los revolucionarios que iban con ellos y Kisuke no había podido evitar recordar lo novato que era la última vez que había visto aquellas costas y aquellas tierras.

"Realmente no pensé que volvería a este lugar..."

Hacía años que había estado allí. Parecía otra vida, otros tiempos, otros acompañantes. Suspiró largamente desde el carajo del mástil mayor del Yoru´s Paradox en el que se había quedado oteando el horizonte reflexionando, sentado con la espalda apoyada en el mástil. La otra vez que arribó a aquel pedazo de tierra conocido como Báltigo, llegaban sólos él y Zorak, en lo que había sido una nada desdeñable hazaña recorrer el Grand Line desde la Reverse Mountain hasta aquel punto ellos dos solos. Sonrió al recordar aquellos tiempos, mientras sacaba un cigarrillo de su cajetilla, que llevaba en el bolsillo de su pantalón, y lo encendía con una larga calada, dejando salir unos segundos después, el humo con su acre aroma a través de sus fosas nasales.

"¿Cuánto tiempo ha pasado desde aquello?... Ni siquiera era usuario por aquel entonces... Ni tenía idea de los hakis..."

En aquella blanquecina isla, fue donde conocieron a Panda, un veterano ya por entonces de la Armada Revolucionaria que se había visto envuelto en extrañas historias, contadas en aquellos largos días que permanecieron allí. También fue ahí cuando descubrieron la existencia del haki, de boca del propio mink, y trataron, sin éxito, todo sea dicho, de aprender al menos uno de ellos en aquella estancia. Por no recordar, no recordaba ni que rango tenía por entonces, sólo que Zorak le llevaba ventaja en eso debido a que había tenido más actos de rebelión en su tierra natal antes de salir del West tras aniquilar a un escuadrón del Cypher Pol, aunque en aquellos tiempos, ni siquiera sabían que pertenecían al mismísimo Gobierno Mundial aquellos tipos que trataron de aniquilarlos cuando iban a dar muerte a uno de los mayores traficantes de todo el West. Eso si podía recordarlo con claridad. Recordaba como con lo poco que había aprendido de su padre, y unos cuantos libros sobre navegación que pudo escudriñar en su breve estancia en Ohara, asumió el rol de navegante y se hizo cargo desde entonces en cada uno de sus viajes de llevarles a él y a sus compañeros hasta el siguiente destino.

"Al menos en este viaje no he tenido que hacer de navegante... Alhen se ha hecho cargo de todo... Para ser sincero, yo ni hubiera sabido como retroceder en el puto Grand Line..."

Por eso mismo, dado que Alhen estaba a cargo de la navegación, Kisuke había tenido más tiempo que de costumbre en aquella travesía, por lo que pudo hacer muchas cosas como ampliar sus conocimientos en cartografía, volver a conectar del todo con su espada Yamigiri, diseñar una nueva idea para utilizar su akuma no mi o, simplemente, y realmente lo había echado muchísimo de menos, pasar horas y horas pescando en alta mar. De nuevo una media sonrisa se dibujó en su rostro al recordar que seguía teniendo habilidades para pescar, a pesar de llevar bastantes años sin agarrar una caña, puesto que, la mayor parte del tiempo, sus manos eran ocupadas por sus espadas.

"Volver a los orígenes al final siempre está bien..."

Kisuke era plenamente consciente de quien era, donde había llegado, los hitos en los que se había visto envueltos y como había entrado a formar parte de una manera más o menos notoria en los engranajes que movían al mundo. Era Comandante del Oeste de la Armada Revolucionaria, había peleado, aunque no solo, contra un Almirante de la Marina, había desafiado al sistema una y otra vez junto a sus compañeros, y finalmente, habían conseguido liberar una isla entera de una monarquía tiránica y dictatorial para establecer un gobierno democrático. Y a pesar de todo lo que había logrado con el pasar del tiempo, sabía muy bien que no debía caer en el orgullo o la indolencia, puesto que el trabajo no estaba hecho, el Gobierno Mundial aún seguía oprimiendo y maltratando a la gente común, por lo que no debía olvidar, nunca, nunca jamás, de donde venía... sus raíces.

"Supongo que por eso mismo Ashura me detesta... kuhahahaha."

Se rio mentalmente al acordarse de sus rivales, Ashura, el demente pirata, ahora convertido en Shichibukai, y Viktor, el espadachín albino que, por lo que había visto, también había entrado a formar parte de aquellos piratas "legales". Sinceramente, en aquel momento preciso no se encontraba con ánimos de ver a ninguno, porque sabía que durante su estancia en Mogaro se había estancado, pero era consciente que si se encontraba con alguno de ellos lucharía, a pesar de que, seguramente, ellos habían mejorado y pulido aún más sus habilidades, mientras él hacía de gestor de obra.

"Bueno, empecé de pescador, pasé a ser soldado, capitán y comandante, y ahora soy Concejal de Urbanismo... kuhahahaha..."

Tenía que aumentar su poder, ganar control sobre su fruta, mejorar sus hakis lo máximo posible y seguir incrementando su habilidad como espadachín, pero el tiempo es el que es y muchas veces no nos deja hacer lo que queremos; tenemos que buscarnos las vueltas para hacer lo máximo en el menor tiempo posible. Optimizar. Esa era la clave. Quizá le pidiese consejo a alguno de los otros Comandantes o al propio Alhen, a ver como podía hacer para llegar a mejorar como guerrero, que, al fin y al cabo, es lo que el era y lo que quería ser, seguir el camino de la espada.

"Bueno lo primero es lo primero... Llegar a Báltigo y ver que tiene preparado nuestra Comandante Suprema... Tengo ganas de esta reunión, siempre es bueno estar bien informado y lo más unidos posible."

Tranquilamente, mientras se aproximaban a la isla, se levantó y descendió del carajo con el viento soplando desde la popa del barco y, para evitar sustos, transformó sus piernas en hollín un segundo antes del impacto, volviendo a formarlas de nuevo al llegar a la cubierta. Como siempre prendidas del cinto, llevaba a Yamigiri, Sode no shirayuki y a Onikiba, por lo que al aterrizar ajustó las tres katanas que siempre lo acompañaban. Vio a Panda contemplando la luna y se acercó a él tocándole el hombro tras alzar la mano al máximo y le dijo:

-Aqui estamos de vuelta, mi hermano... Ha pasado mucho tiempo...

Dio una calada más al cigarro mientras se acodaba en la baranda y observaba la luna, próxima al plenilunio brillando con esplendor e iluminando las oscuras aguas de las costas de Báltigo. La blanquecina isla bañada con la plateada luz de la luna, tenía un cierto aire siniestro y misterioso, pero, a la vez, actractivo.

-Se acerca la hora... Cambiemos el mundo....

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RE: [EVENTO FACCIÓN - REV.] La llama de la Revolución [Llegada desde Nuevo Mundo] - Voz Seductora - 31-05-2026

El oleaje pareció intensificarse bajo el casco de cada uno de los navíos en que los diversos grupos habían estado viajando, volviéndose más agitado y violento a medida que se aproximaban a la costa. Desde lo alto de la cubierta del Yoru's Paradox, sus tripulantes pudieron observar el resto de barcos que parecían convergir con el suyo en aquella isla en particular, todos atraídos, como si de una fuerza magnética de tratase, hacia Baltigo. Poco a poco, los barcos comenzaban a detenerse, pero sin fondear del todo. Gritos desde cubierta, procedentes de los trabajadores de cada barco, comenzaron a indicar a los tripulantes ocultos en sus bodegas, entre su cargo, que podían empezar a salir ordenadamente. Lo hacían todo con una prisa y una eficiencia admirables, conscientes de la profunda ilegalidad en que estaban incurriendo al hacer aquello, y queriendo quitarse de enmedio lo antes posible, sin disimularlo ni un poco, pero cumpliendo profesionalmente con su compromiso, monetario o de otro tipo, con el Ejército Revolucionario.

De cada barco y barcaza se extendieron improvisadas pasarelas hechas de tablones que a duras penas parecían soportar el peso de los Revolucionarios. Sin embargo, aguantaron. A medida que los Revolucionarios bajaron de sus barcos finalmente, el aire fresco pareció una bendición, por frío que fuese, para sus castigadas fosas nasales, que durante días habían aguantado el hedor de vivir en la bodega de un barco, si no algo peor para alguno de ellos. La vista era espectacular: decenas y decenas de individuos bajaban de los barcos, agrupándose por centenares en la costa de la isla. Desde el interior de la misma, con parsimonia pero con firmeza militar, como si aquello se tratase de un desfile del mismo Gobierno Mundial —ironías aparte—, comenzaron a llegar figuras portando antorchas, de las escasas fuentes de luz que podían verse en la superficie de aquella isla. Lo que allí se estaba formando pasaba poco a poco de parecer una enorme muchedumbre y empezaba a asemejarse a un ejército. Un ejército en mitad de la nada, en lo alto de aquel pedrusco blanquecino en mitad del mar, pero un ejército al fin y al cabo.

Las figuras que habían llegado con las antorchas se cuadraron ante los recién llegados, que continuaban creciendo en número a medida que las bodegas de aquel sinfín de barcos continuaban vaciándose. Una vez todos hubieron desembarcado, los navíos que los llevaron hasta allí no tardaron en comenzar a desmontar a toda prisa las pasarelas y a soltar amarras, no sin que sus capitanes recibiesen bolsitas de (no tan) misteriosos contenidos, presumiblemente el finiquito de los generosos pagos por haber llevado a cabo aquella arriesgada labor. Los de las antorchas no parecieron reconocer a nadie, salvo, por supuesto, a quienes habían llegado en el Yoru's Paradox, frente a los que se cuadraron con especial firmeza, especialmente en el caso de Alhen Geouis, conscientes de la importancia de sus rangos.

Una pregunta recorrió las cabezas de los presentes: ¿qué estaban haciendo allí? Lo cierto era que, por muy multitudinaria que resultase aquella congregación, no había mucho más en Baltigo, que más bien parecía un peñasco salino en mitad del mar que una isla civilizada que pudiese albergar una Asamblea de aquellas magnitudes. No había infraestructura, ni... casi gente, realmente, más allá de aquellos encapuchados con antorchas, que exigieron silencio de los recién llegados. Lentamente, como si no fuera con ellos la cosa, comenzaron a caminar, guiando al grupo en una silenciosa procesión, caminando hacia el interior de la isla. Era cierto que en su mismo centro, entre las rocas, existía una fortaleza pétrea, blanca como el resto de la isla, pero no había señales de vida en la misma, ni luces, ni humo, ni ruido, ni nada.

Bajo las frías estrellas del Grand Line, entre puntuales rachas de viento que levantaban enormes oleadas de arena blanca y polvo que se deslizaba entre las rocas, todos los Revolucionarios convocados caminaron en silencio, a la expectativa de ver de qué iba todo aquello. Todos menos, claro, Alhen, que fumaba despreocupadamente a medida que caminaba, e incluso en aquellas condiciones parecía encantado de abanicarse con vanidad, como si no fuera con él la cosa. Lo cierto era que él sabía bien qué los esperaba, aunque no pronunció palabra al respecto.

Lentamente, toda la muchedumbre allí acumulada comenzó a aproximarse a aquella gran fortaleza que regía sobre la isla, construida quién sabe cuánto tiempo atrás y con qué propósito, guiada por aquellas mismas antorchas que encabezaban la procesión nocturna. La edificación era de piedra, aparentemente la misma piedra blancuzca que predominaba en el resto de la isla, pero mucho más desgastada por su exposición a los elementos, de aspecto prácticamente abandonado, erosionada por los fuertes vientos que asolaban Baltigo en sus días de tormenta. Tan erosionada estaba, que en muchos puntos parecía fundirse con la propia roca en torno a la cual había sido edificada, produciendo una construcción que, a ojos vista, daba la impresión de fundirse con su propio entorno de una forma inquietantemente orgánica.

La puerta principal estaba abierta de par en par, sus destartaladas puertas de madera inmóviles y polvorientas, como si nadie las hubiera tocado en mucho tiempo. Al otro lado, lo que el grupo encontró fueron, además de varias pequeñas subidas de acceso a las zonas superiores de la misma, una enorme escalera que parecía descender hacia la penumbra. Sin embargo, abajo, al fondo de aquellos peldaños excavados en la roca y desgastados por las pisadas y los años, parecían esperar luces oscilantes, como de fuego, acompañadas de un ruido. Un ruido que, de hecho, no hizo sino intensificarse a medida que todo el grupo bajaba por aquel lugar.

A medida que terminaban de bajar aquellas escaleras, todos quedaron deslumbrados por cuanto esperaba abajo. Tras un pórtico también excavado en piedra, se extendía un enorme patio de armas, iluminado por centenares de antorchas y braseros, donde esperaban otros tantos cientos de personas que charlaban alegremente, y que parecían haber estado esperándolos. A un lado y otro de la colosal estancia, entre sus columnas excavadas en la aquella misma roca blanca de forma tosca pero experta, colgaban enormes estandartes, bordados a mano, con el emblema del Ejército Revolucionario, y sus siglas: "R. A.". Resultaba impresionante para cualquiera ver aquello, puesto que aquel emblema rara vez se veía, y mucho menos exhibido de forma tan orgullosa y evidente. Estaban en casa. Poco a poco, una serie de figuras que parecían destacar entre la muchedumbre comenzaron a organizarla en varios grupos.

[Imagen: ltXq672.jpeg]



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