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Paso de montaña [Recolección || P.Abs] - Bai Mudan - 14-06-2026 Drum Rockies, Isla de Drum.
Día 59 de invierno del año 17.
Hora del día: Media mañana.
El viento helado, cargado del polvo impalpable de la nieve, llevaba horas mordiendo sus mejillas. Sin embargo, no fue hasta que empezó a ascender por el flanco derecho de la montaña cuando el sibilante viento de los ventisqueros la abofeteó con tal fuerza que pronto revivió en ella la conciencia del paraje en el que se encontraba. En días calmos, la perspectiva desde donde se encontraba le habría permitido descubrir gran parte de la isla. En cambio, bajo aquellas circunstancias climáticas, con el antebrazo por delante a modo de visera, ni la profundidad del valle ni los precipicios costeros o las calles del reino —cuya forma de zigzagueante río se había transformado en riachuelo por la lejanía— podían verse. Tan solo el blanco de la espumosa nieve, a veces manchado de barro, otras de hojas procedentes de la cercana y extensa arboleda nacida en la falda de la montaña, se dejaba entrever en medio de la huracanada ventisca. «Solo es un tramo», se repitió una vez más mientras se agarraba el cuello de la chaqueta para minimizar la entrada de aire frío. Lo que ella no sabía era que realmente no había nada que pudiera hacer para salvaguardar el calor. Pues, como mortecinos dedos de escarpia, el aire obstinado levantaba continuamente su parka para filtrarse hacia el interior. Además, tras las rodillas se había ido formando poco a poco una cristalina escarcha, fruto de su propia temperatura, y los pantalones, de tela gruesa, empezaban a humedecerse debido a las motas de nieve suspendidas que circulaban en medio del vendaval. Así, en medio de aquella sofocante atmósfera, Bai subió sin descanso a través de la sinuosidad de la montaña durante media hora, sin titubear. Después, cuando, en medio de su angustiosa lucha por avanzar, sus músculos, ahora entumecidos por el cansancio y el frío, empezaron a gimotear, no dudó en desenvainar la espada en busca de algún tipo de anclaje. ¿Y qué mejor que el acero de una hoja hundiéndose en la nieve para convertirse en un bastón de apoyo? Nada; no había nada mejor que eso. Pues, de todas las cosas en las que había aprendido a confiar durante su viaje, pocas ocupaban un lugar tan alto como aquella vieja y gastada espada, cuya respuesta seguía siendo siempre igual de fiel. «Swish». La punta descendió perforando la blanca masa de la montaña hasta clavarse en la tierra. Bai afianzó el eje y, tras asegurarse de que su espada no se movería, dio un paso, provocando que la nieve se abriera como una flor en primavera. Después levantó el arma, volvió a clavarla y… el viento volvió a arreciar con fuerza. Por un momento, cuando el aire gélido mordió su rostro y revolvió sus cabellos, Bai se desestabilizó, provocando que la espada se estremeciera entre sus manos. Entonces, rechazada por la naturaleza, dio involuntariamente un paso hacia atrás. Pero sus alas, tan tercas como la propia birkiniana, desesperadas por el espanto que le había provocado el ventisquero, empezaron a batirse. Y es que, descendiendo desde alguna invisible parte de la ladera, el aire golpeaba como un lobo hambriento, aullando y estrellándose contra las rocas, provocando que el rugido se multiplicara al resonar entre los salientes. Pero Bai no iba a darse por vencida. Así que, aun sintiendo cómo la vibración hacía temblar hasta el suelo y recorría el acero hasta el pomo para pasar después a sus adormecidos dedos, soltó el cuello de la parka que aún tenía enganchado y cerró la otra mano con fuerza alrededor de la empuñadura. Después se inmovilizó, encogiéndose de hombros en un intento de hacer frente al golpe. Mientras tanto, la nieve danzaba frente a ella en remolinos erráticos. Sabiendo que solo podía hacer una cosa más, esperó. Esperó y esperó un poco más. Entonces, desde algún saliente oculto por la ventisca, una lengua de nieve se desprendió hasta deshacerse a sus pies en una nube de polvo helado. Se acababa de librar por los pelos. Pero ahora, sabiendo que desde cualquier rincón podía caerle un pequeño alud, Bai aprovechó que el viento dejó de zozobrar para levantar la espada y continuar avanzando durante un par de horas más. Así, a medida que iba ganando altura, la furia del ventisquero fue quedando atrás, transmutando los feroces aullidos en ráfagas aisladas que descendían como el gruñido de cansadas bestias. Y, pese a que la nieve todavía danzaba frente a ella, al menos ya no lo hacía con aquella violencia que había sido capaz de arrancarle hasta el equilibrio. Sonrió, pues por fin iba a salir de aquella zona. No necesitaba mirar atrás para saberlo, ni descifrar el lejano murmullo ahogado entre las crestas o la suave pendiente que había frente a ella; simplemente su propio cuerpo lo percibía, anunciándole el cambio mucho antes de que sus ojos hubieran sido capaces de percibirlo. Entonces, observando con asombro cuanto la rodeaba, contempló el penacho de humo que coronaba la cima, descendiendo como una brumosa marea blanca hacia donde parecía comenzar el espinoso sendero de rocas con extrañas formas sobresalientes. Y es que, a sus ojos, los sombríos colores de la montaña le recordaban a cabezas asomando, tratando de observar las naturales depresiones del suelo que, bajo tantas capas de nieve y hielo, habían quedado niveladas. «¿Dónde estoy?», se preguntó al ver los grisáceos vestigios naturales imponerse a la salvaje fuerza del viento. «Cerca del altiplano», respondió la montaña, mostrándole la imagen cercana de una vasta llanura en la que, igual que las setas de un sotobosque, asomaba un manto verde. En ese momento, habiendo ya salido del alcance del ventisquero y sintiendo que podía descansar, Bai se percató de algo más: el movimiento de su pecho era frenético. Y es que, en aquel punto de la escarpada subida, a muchos pies de altura, el aire era tan enrarecido, tan ralo, que ni pesaba en los pulmones ni los saciaba. Bai buscó entonces un segundo aliento en el fondo del pecho, obligando a su corazón a trabajar con fuerza mientras las sienes comenzaban a latir con un ritmo sordo y apresurado. Y entre tanto, ligeramente cegada por el sol que apuntalaba las grisáceas nubes de la bóveda celeste, Bai observó cómo el altiplano se prolongaba más allá del horizonte. Sin embargo, aquella perspectiva no era más que un juego de apariencias provocado por el uniforme color que dominaba aquel lugar. Algo fascinante y, hasta cierto punto, engañosamente escabroso por la facilidad con la que uno podía llegar a confundir las agudas aristas de la planicie con algún sendero descendente. En ese momento, queriendo sacudir aquel último pensamiento de su cabeza, bajó la vista y volvió a centrarse en los abigarrados helechos; la planta parecía elevarse con dificultad, pues sus delgados tallos se doblaban ante el peso del polvo blanco que la cubría. «Mala hierba», pensó al principio, tras contemplar cómo sus ramificados dedos se dividían en un sinfín de direcciones en busca de algún rayo de sol. Pero nada estaba más lejos de la realidad, pues, aunque su estructura le confería un aspecto desordenado y salvaje, y sus recortadas hojas pudieran recordar en cierta medida a las frondas de los helechos grisáceos y polvorientos, la planta enraizada en los asperones del irregular suelo no era otra que una variante glacial del ajenjo. Bai no las tenía todas consigo. No podía estar segura de que algo nacido en medio de aquel clima fuera beneficioso. Así que su primer instinto, como el de cualquier viajero en condiciones adversas, fue recelar de la planta y buscar algún otro camino. Bai envainó la espada, ahora inútil gracias a la ausencia de viento que reinaba en aquella zona de la montaña y, olvidando la fatiga y las necesidades que comenzaban a crecer en su interior, rodeó el cinturón de ajenjos. Pero tan pronto como se acercó, el olor dulce y fresco de la planta, junto con el hambre y la sed que la inundaban, le recordó que llevaba horas caminando. Y todavía quedaba la mitad del camino por recorrer. Por un instante, la magnánima birkiniana estuvo a punto de dejarse caer sobre un pedrusco que asomaba como si de un trapo se tratara. Mas no lo hizo. Y es que, sobresaliendo de forma extrañamente retorcida, una pequeña flor se doblaba en dirección al sol. «Es hermosa», pensó, para luego, con gran cuidado, quitarle la nieve de encima y observar el brote con detenimiento. Pero, al acercársela, Bai descubrió que aquella apariencia esponjosa era engañosa. Y es que, allí donde había creído ver pétalos, en realidad se encontraba un racimo de delicadas formas tubulares, pálidas y amarillentas, agrupadas en una densa corona de cuya base colgaban pequeños aquenios cilíndricos como gotas suspendidas en el aire. Bai trató entonces de olfatearla. Sin embargo, su nariz congelada apenas podía percibir las notas amargas que desprendía. Aun así, aquello no cambió su juicio. Seguía habiendo algo admirable en aquella pequeña vida aferrada a la montaña. «Es todo un prodigio esta planta», pensó. «Tal vez merezca un lugar entre las especies del jardín», añadió. Acto seguido, con cuidado, para no dañar el cinturón vegetal que cubría la ladera ni desequilibrar el paisaje, buscó varios ejemplares separados entre sí que parecieran vigorosos y capaces de volver a crecer con abundancia entre los demás. Arrancó algunas flores maduras, recogió un puñado de hojas y, tras dudarlo un instante, extrajo también una pequeña raíz de uno de los brotes más jóvenes, que se llevaría para intentar plantarla en el invernadero del barco. Después envolvió las muestras en un trozo de tela seca que actuaba como pañuelo y las guardó entre sus pertenencias. Quizá no fueran más que malas hierbas de montaña. O quizá, en un futuro cercano, le sirvieran; pero, fuera lo que fuese, le habían caído en gracia. Hecho esto, y sintiéndose ya exhausta, Bai decidió sentarse sobre la misma piedra donde había encontrado el primer ajenjo. Respiró hondo. Entonces, la mochila cayó junto a sus botas con un golpe seco y apagado. Después, por un instante, todo su cuerpo pareció vencerse hacia adelante. Estaba realmente cansada. Los hombros cedieron, la espalda se arqueó y la cabeza quedó suspendida mientras un dolor agudo le mordía las sienes y un sordo zumbido tapaba sus oídos. Era el aire. Ese maldito aire traicionero que no bastaba con ser respirado. Cerró los ojos y trató de acompasar su pecho con el martilleante ritmo del corazón. Uno, dos, tres… El corazón seguía golpeando con violencia bajo las costillas por mucho que lo intentara. Cuatro, cinco, seis… Por momentos, la montaña parecía latir como si el propio suelo respirara bajo ella. «Maldita altura», maldijo mientras se llevaba una mano a la frente y el sol empezaba a acariciar su nuca. Por encima de su cabeza, una bóveda inmensa de vapores densos, cargada con nubes coloreadas con el monótono y sombrío gris de la tempestad, se abría un pequeño claro en medio aquella inmensidad por el que se filtraba el deslumbrante resplandor del astro rey. Dicha circunstancia, combinada de forma matemática con la singular postura que su cuerpo había adoptado, produjo un fenómeno óptico inmediato en el que, su propia silueta, comenzó a proyectarse sobre la superficie del suelo, extendiéndose de manera paulatina en un ángulo marcadamente diagonal. Pero, siendo que ella se encontraba con la cabeza gacha, cuando abrió los ojos, al no recordar claro alguno se hubiera abierto en el cielo, sus ojos pronto se sintieron inevitablemente atraidos por el progreso de aquella sombra alargada. Ahí fue cuando lo recordó. En un compartimento secreto de su morral de viaje, resguardado del extremo clima exterior por una vieja tela y un estuche de madera de sándalo herméticamente cerrado, se conservaban varias hojas desecadas de una planta de matices sombríos, cuyas propiedades gozaban de justa celebridad entre los oficiales de la salud por sus efectos combativos contra los estragos del soroche o, también llamado, mal de montaña. Y, aunque Bai no ostentaba, desde luego, pomposos títulos, si hubiera poseído la ambición necesaria, o si hubiese creído que la ciencia de Hipócrates bastaba para colmar las aspiraciones de su indómito espíritu, sus conocimientos habrían sido más que suficientes para ejercer la medicina práctica, diagnosticar afecciones, prescribir mixturas y auscultar el pulso de cualesquiera en cualquier latitud del globo donde decidiera fijar su residencia. Así que, conociendo, pues, los efectos de la rarefacción del aire a una altitud tan considerable sobre el nivel del mar, había provisto su equipaje de aquel remedio, anticipándose a los caprichos de la atmósfera. El problema, como siempre, había sido olvidarse de ello hasta que su cuerpo no había podido más. Y, aunque sabía que no debía llevarlo al límite constantemente, durante este viaje, pareciera que esa había sido su única forma de entrenar capacidades que, de otra forma, habían quedado olvidadas. —Dónde estás... — articuló por fin, rompiendo el obstinado mutismo que le habian impuesto desde prácticamente el amanecer. Mas al hacerlo, al abrir las fauces, endurecidas por una prolongada inactividad, exhaló una ráfaga de aire viciado producto de tantas horas de silencio. Y el hálito, denso como las nubes, rompiendo las leyes de la pureza atmosférica, turbó por un instante el ambiente puro del altiplano. —¡Ajá! —se dijo al extraer el cofrecillo. Después, con gran neticulosidad, accionó el resorte y desenvolvió el lienzo para poder seleccionar las hojas más fibrosas e introducirselas en su boca. De inmediato, un sabor intensamente amargo y alcalino impregnó sus papilas gustativas. Los efectos fisiológicos no se hicieron esperar y, aunque el agotamiento muscular persistía, denso y opresivo como las capas de nieve que coronaban las cimas circundantes, al menos, la crisis en sus sienes había sido dominada, y la muerte por asfixia ya no amenazaba con detener su marcha en aquel inhóspito paraje. Una vez superada aquella crisis, Bai resguardó lo que sobraba de su provisión medicinal para después poner la caja a buen recaudo; confiaba en que el simple acto de la masticación indujera a su organismo a una temporal ilusión de saciedad. Argucia que le resultaba vital en caso de pérdida o desorientación en aquella marea monocolor. Además, no necesitaba de un efecto prolongado; le bastaba con sostener sus fuerzas hasta que lograra vislumbrar algún rastro de aquella población remota que constituía el objeto principal de su búsqueda. Una vez ajustadas las correas de su morral a los hombros, apoyándose en sus propios múslos, se puso en pie con cautela, atenta a la cualquier clase de reacción adversa que las hojas pudieran provocar en su organismo. Pero no había nada que esperar. Satisfecha, sonrió para sí misma y, después, comprobó con una mirada meticulosa que nada de su equipo se hubiera quedado en el suelo. «Perfecto», dijo para sí misma al tiempo que palpaba los bolsillos por fuera para cerciorarse de que estuviera todo también ahí. «No me dejo nada», añadió mentalmente. Y, sin perder un instante, se lanzó de nuevo al camino con la intención de encontrar el puente que le habían dicho que encontraría de forma inconfundible en medio de aquel aborrecible color.
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RE: Paso de montaña [Recolección || P.Abs] - Sentomaru - 16-06-2026 ✓ Recolección Completada Materiales: — Hierbas curativas: 250 unidades. |