Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece
[Entrenamiento] Heavy is the Crown - Versión para impresión

+- Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece (https://nakamanomi.com)
+-- Foro: Mundo (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=3)
+--- Foro: Grand Line Paraíso (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=227)
+---- Foro: Sabaody (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=329)
+----- Foro: Manglares 50 al 59 (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=335)
+----- Tema: [Entrenamiento] Heavy is the Crown (/showthread.php?tid=3838)



[Entrenamiento] Heavy is the Crown - Aspros - 14-06-2026

Capítulo 1: Corona de margaritas
  
“Tal vez este sea el último atardecer rosado que viva hasta dentro de mucho tiempo…”

El dulzón aroma a fresas silvestres y el eterno color rosa de los árboles de la isla solían suponer para mí una especie de panacea para el alma, un remanso de paz ajeno a aquel mundo exterior tan agitado y frenético, pero a día de hoy solo los veía como una hermosa jaula de algodones. Mi contacto con el exterior durante todo este tiempo se había limitado a conversaciones trascendentales con compañeras del reino y periódicos de marcado carácter sensacionalista, haciendo que aquel aislamiento, poco a poco, me empezase a asfixiar. Desde el balcón del palacio real, contemplé mis dominios por última vez. Yo, Aspros, la Reina regente del paraíso de los corazones libres, el ser más hermoso jamás bañado por la luz del sol, estaba a punto de cometer la mayor traición a mi reino, a mi propia paz y, lo peor de todo, a mi cutis.
  
El periódico de la mañana descansaba arrugado sobre mi tocador. Una ira impropia de mí había hecho que momentos antes lo apretase con todas mis fuerzas y lo lanzase contra la pared para que, minutos después, lo recogiese y lo extendiera de nuevo para releer la noticia que tanto me había perturbado. Mis ojos saltaban de un lado a otro del papel, mientras mil y un pensamientos asediaban mi ofuscada mente. Tiempo atrás, había decidido tomar aquel camino de autodescubrimiento y reflexión, lejos de mis amigos y de cientos de promesas hechas bajo una alada bandera negra. Conocía mis límites y la “Nueva Era” no perdonaba a los débiles, por lo que si quería romper las puertas del mismísimo infierno, mi actual estado no bastaría. Necesitaba llegar a …
  
—¡Mi Reina! ¡Mira, se me están cayendo las pestañas de la angustia! —un susurro dramático rompió el silencio. Margarita, una de mis sirvientas más cercanas y confiables, era una okama de dos metros de altura, ataviada con un vestido de sirvienta victoriana impecablemente planchado y un bigote perfilado que temblaba por la emoción. A sus pies, un enorme baúl de viaje cuya mera visión me provocaba punzadas en el pecho.
—Silence, Margarita —dije, dándome la vuelta con un giro perfecto sobre mis tacones de aguja, haciendo que mi capa ondeara en el aire. Dos aplausos sonoros devolvieron el silencio a la estancia—. Si las chicas del reino se enteran de que abandono el trono, bloquearán el puerto con una muralla de lágrimas y abrazos. Y mi rímel es a prueba de agua, pero no de sentimientos. ¿Está todo listo?
—Sí, mi Reina—Margarita sorbió por la nariz, secándose una lágrima con un pañuelo de encaje que escondía en su pronunciado escote corazón—. Un navío mercante de la compañía de abastecimiento One Gloss ha atracado en la costa norte. Traen telas y cosméticos, partirán en una hora. He... he sobornado al contramaestre con un kit de maquillaje de alta duración y la promesa de no romperle las piernas.
—Justo como a mí me gusta: diplomacia y sutileza.
  
Caminamos por los pasadizos ocultos del palacio, aquellos que antaño usábamos para escapar de las inspecciones sorpresa o para regresar de la forma más digna posible de fiestas venidas a más; hoy les daría un último uso bastante diferente. Durante la noche, el puerto norte se mantenía oscuro y tranquilo, lejos de las luces festivas de la capital. Allí estaba atracado el barco, un imponente cascarón de madera que olía a sal y hombría. El plan era simple, pero indigno para una reina como yo: viajar en la bodega de carga siendo reconocida por el menor número de personas posible. Al llegar a la rampa, Margarita se detuvo, abrazando el pesado baúl donde apenas cabían mis pertenencias más preciadas: mis sets de maquillaje, mis pinceles y mis outfits de batalla. Sus ojos brillaban en la oscuridad del puerto.
  
—Haga lo que deba hacer, mi Reina —sollozó, entregándome el equipaje—. Perfeccione su arte, cumpla sus sueños, salve a su nakama. Y cuando lo haya hecho... asegúrese de decirle que el Reino Kamabakka espera su regreso con los brazos abiertos. Sashay…away.
—Margarita, amiga... —sentí un nudo en la garganta. Di un paso al frente y, con la delicadeza que me caracterizaba, deposité un beso cargado de carmín morado en su mejilla—. Custodia el trono. No dejes que nadie toque mi colección de zapatos.
  
Me desprendí de la corona, que deposité en sus fuertes y hortelanas manos y, con un último guiño, me deslicé entre las sombras del muelle. Aprovechando la distracción de los marineros que cargaban cajas de rímel y estampados de guepardo, ajenos a aquella furtiva trama nocturna, me colé por la escotilla de la bodega con insultante facilidad, lo cual me hizo despotricar mentalmente sobre la ineptitud de la seguridad en ese tipo de navíos mercantes. El interior de la bodega era opaco y sofocante, lleno de sacos de harina y cajas de ron que distaban mucho de los lujos y placeres a los que me había acostumbrado durante largo tiempo allí en la isla. Busqué el rincón más apartado, me senté sobre mi baúl y abracé mis rodillas con fuerza, apoyando el mentón sobre ellas.
  
Minutos después, el crujido de las cadenas del ancla y ajetreo en cubierta me indicaron que el viaje había comenzado. En la distancia aún podía escuchar el sonido de las risas, de la fiesta y la alegría, a todas aquellas compañeras ajenas a todo lo que estaba ocurriendo esa triste noche. Dejaba atrás mi corona y mi reino, cuya regencia había ganado con sudor, lágrimas y glitter. Por delante quedaba el vasto mar y, como meta, el peligroso Archipiélago de Sabaody, un nido de piratas, cazadores de recompensas y nobles mundiales. Pero en algún lugar de esos manglares burbujeantes, oculta al ojo de la ley, se escondía ella, la única que podía prepararme para mi misión.
  
—Espérame, capitán —susurré en la penumbra de la bodega, mientras mis ojos se adaptaban a la oscuridad—. Vamos a darle un poco de glamour al asunto.

...

Capítulo 2: Por un puñado de berries
  
  
Los días en la bodega de carga fueron una prueba de fuego para mi paciencia y mis puntas. El olor a especias, el balanceo constante del mar y las precarias condiciones de higiene, especialmente por tener que retocarme el maquillaje a oscuras usando solo el reflejo de una bandeja de plata pulida, habrían quebrado a cualquiera; pero una verdadera reina no se rinde ante la adversidad. Durante aquellas eternas jornadas de viaje, donde el reducido espacio de la bodega me atacaba en forma de calambres musculares, pasaba horas practicando giros de ballet entre los sacos de harina para mantener el tono físico y prepararme para lo que se avecinaba.
  
Finalmente, un día especialmente lluvioso de mar embravecido y cielo encapotado, el barco echó el ancla. El sonido de las burbujas estallando contra el casco y ese olor tan característico a resina de manglar me lo confirmaron: habíamos llegado al Archipiélago de Sabaody. Aprovechando el caos del desembarco en el puerto del Groove 41, me escurrí entre los barriles y subí por la escalera de madera desdentada que había constituido mi horizonte durante tantas noches. Al salir a la luz del sol, tuve que taparme los ojos a pesar de la escasa luz que imperaba aquel nublado día. El lugar era un espectáculo: burbujas gigantes flotando por doquier, árboles colosales y masas de gente que iban desde turistas adinerados hasta piratas de aspecto peligroso. Llevaba mucho tiempo sin presentarme ante la sociedad, por lo que una sensación burbujeante ascendía desde la boca de mi estómago. Ajusté mi enorme sombrero de ala ancha, me coloqué mis gafas de sol más glamurosas para camuflar mi identidad y caminé con paso firme, haciendo resonar mis tacones sobre las raíces del manglar.
  
El problema era que Sabaody era un archipiélago inmenso, una colmena de rincones ocultos donde en cada giro me podría esperar un encuentro no demasiado grato. No podía ir gritando: "¡Marichochos! ¿Alguien sabe dónde está la maestra oculta del Okama Kenpo?". Tenía que ser sutil. O, al menos, tan sutil como alguien de mi categoría y belleza puede serlo. Por ello, me acerqué a la zona comercial fingiendo interés en los puestos de souvenirs y comida local.
  
—Disculpe —le susurré con voz aterciopelada a un vendedor de helados de semblante distraído, bajándome las gafas con elegancia—. Busco a una persona... de gustos refinados. Una artista que sabe cómo dar una buena patada que te hace ver las estrellas pero con mucho estilo. ¿Le suena de algo?
  
El vendedor me miró de arriba abajo, embelesado por mi apariencia y mi carisma, y negó con la cabeza antes de esconderse tras su carrito. Lo intenté de nuevo en una tienda de ropa en el Groove 30, preguntándole a una costurera si conocía a alguien que supiera apreciar el hipnótico movimiento de una buena falda en pleno combate. Solo obtuve miradas de confusión y murmullos sobre los "personajes" que atraía el archipiélago.
  
Estaba empezando a cansarme, ya había preguntado a la enorme suma de dos personas y no estaba logrando lo que quería de forma inmediata; eso me indignaba, y el sudor producido por aquel ambiente tan húmedo amenazaba con arruinar mi base de maquillaje. Fue entonces cuando un viejo pescador que remendaba sus redes me vio frustrado y escupió al suelo.
  
—Si buscas a alguien tan peculiar, estás perdiendo el tiempo en las zonas turísticas, forastero —gruñó sin mirarme—. Ve a los Grooves sin ley. Busca el bar de la vieja zona de estafadores. Si sobrevives al trago, allí se sabe todo lo que pasa en los setenta y nueve árboles.
  
Le lancé un beso volador como agradecimiento —lo que le hizo dar un respingo— y me dirigí hacia los Grooves del 1 al 29. El ambiente cambió drásticamente. Las burbujas allí se veían más turbias, los edificios estaban desgastados y las miradas de los callejones eran frías y hambrientas. Pero yo no tenía miedo, salvo de romperme una uña y no encontrar un esteticién de confianza por la zona; eso me aterraba. Finalmente, tras mucho deambular, lo encontré. Un bar semioculto entre las gigantescas raíces del Groove 13. No tenía un gran cartel, pero el aire que respiraba a su alrededor apestaba a alcohol fuerte, humo de tabaco y confidencias. Cavernoso, el aspecto de aquel lugar inspiraba de todo menos cercanía. Empujé las puertas batientes de madera con un golpe dramático de mis caderas y me introduje en el destartalado local.
  
El interior estaba en penumbra. Varios cazarrecompensas de mala muerte y piratas de poca monta se giraron al escuchar mis tacones contra el mugriento suelo, cuyo nivel de suciedad hacía que su tacto se asemejase al de una densa alfombra nudosa. Un triste hilo musical teñía el trasfondo de la escena, aunque era incapaz de saber a ciencia cierta de dónde procedía aquella vaga melodía. En la barra, una mujer mayor de cabello canoso y mirada afilada limpiaba un vaso con un trapo sucio. Una veterana de los bajos fondos que regentaba este antro y mantenía a raya a cualquier hombre que osase ponerle una mano encima. Me senté en una banqueta de madera que crujió bajo mi peso, no sin antes colocar un impoluto pañuelo blanco con mis siglas para evitar manchar mi modelito, y apoyé los codos en la barra, sonriendo con confianza.
  
—Un Martini con dos aceitunas, cielo.
  
La mujer me miró fijamente, soltó una pequeña risa ronca y me sirvió un trago corto de un licor local que parecía quemar como el fuego. Mientras servía el trago pude ver que en el interior de la botella flotaba, inerte, el cadáver de un pez diminuto pero de dentadura amenazante.
  
—No pareces el tipo de cliente que suele acabar aquí por error, cielo —dijo con voz áspera, arrastrando la lengua especialmente en la última palabra—. Hazle un favor a tu hígado y dime qué andas buscando.
—Información —respondí, dejando caer una pequeña bolsa de terciopelo con monedas de oro sobre la madera. Había leído miles de historias sobre detectives, chanchullos y sobornos, y sabía que el oro aflojaba la lengua y, en ocasiones, las piernas—. Busco a una leyenda. Una maestra del Okama Kenpo que se retiró a este archipiélago. Sé que vive aquí, oculta de la Marina y del Gobierno Mundial. Y necesito encontrarla.
  
La tabernera miró la bolsa de oro, las puertas batientes de la entrada y finalmente a mí. Su expresión se volvió seria, más aún si cabía. Se inclinó hacia delante, bajando la voz para que cualquier persona del local fuese ajena a nuestra conversación.
  
—Vaya, vaya... Hacía años que no oía hablar de Glit —susurró—. Tienes suerte. La persona que buscas no se deja ver por cualquiera. Pero si de verdad tienes tantas ganas de encontrarla... ve al Groove 24. Busca el astillero abandonado detrás de la fábrica de burbujas. Vive en los sótanos, donde la ley no se atreve a mirar. Dile que te envía "La Vieja Marie". Pero te advierto una cosa, cariño... si no le impresiones, dudo que quiera ayudarte, por muy… Reina que seas –. Tras hurgar unos segundos debajo de la barra sacó un ejemplar del periódico de la mañana. Por entre sus huesudos dedos pude ver una foto de Momoiro y de mi, la Reina a la fuga.
  
Apuré el vaso de un solo trago, dejando la marca de mi carmín en el borde, y lo deposité delicadamente delante de la tabernera. Me levanté, recogí mi pañuelo y me volteé con dramatismo para encarar la salida, no sin antes dedicarle a la anciana un guiño cómplice.
  
...
 
Capítulo 3: Un pico de oro
    
El Groove 24 carecía del brillo artificial de las avenidas comerciales de Sabaody y, desde luego, ignoraba el eterno festival rosado de mi ya añorado Reino Kamabakka. Allí donde las guías portuarias prometían fantasía costera, el archipiélago mostraba su verdadera corteza: las raíces del Yarukiman se retorcían en el suelo como tendones de madera vieja, cubiertas por una película de fango salobre que desafiaba la estabilidad de mis tacones. El aire pesaba. Las famosas burbujas de resina flotaban también aquí, pero no eran esferas cristalinas; eran globos tardíos y opacos, teñidos de gris por el hollín de las refinerías, que ascendían perezosamente cargados con el vaho denso del aceite de máquina residual.
  
—Una pasarela sumamente descuidada para alguien de mi categoría —comenté para mis adentros, recolocando mi sombrero de ala ancha con un sutil golpe de cabeza—. Mis queridas súbditas habrían exigido un despliegue de alfombras antes de permitir que este lodo profanara mi calzado.
  
El astillero apareció al final del sendero, recortado contra un cielo color plomo. El hangar era una inmensa jaula de hierro naval carcomido por el salitre, cuyas pesadas compuertas pivotaban sobre pernos vencidos, arrancándole al viento un lamento metálico agudo y constante. Justo detrás, las chimeneas rotas de la vieja destilería de resina semejaban dedos tiznados apuntando al vacío, como si buscasen arañar el cielo.
  
Tras cruzar el umbral del hangar, la humedad abierta dio paso a una penumbra estancada. El suelo era un mosaico caótico de eslabones sueltos, maderos podridos por la marea y planchas de acero que comenzaban a ser devoradas por el moho. El ambiente permanecía suspendido en un mutismo casi absoluto, alterado apenas por el compás monocorde de alguna gotera lejana. Al fondo del recinto, una lona de navío deshilachada y comida por la polilla ocultaba el acceso a las profundidades. Una escalinata de piedra tosca se hundía directamente hacia el corazón de la raíz del manglar. De la boca del sótano subía una corriente gélida que erizaba la piel.
  
Descendí delicadamente, escalón a escalón, apoyando mi mano suavemente en la rugosa pared para mantener el equilibrio; tal vez los tacones de aguja no habían sido la mejor opción para aquel día. Abajo, el espacio no resultó ser el nido de ratas y herrumbre que la lógica auguraba. Al contrario, la penumbra subterránea se veía interrumpida por una sinfonía de destellos nítidos: imprevistos candiles de aceite hacían vibrar los reflejos de decenas de hilos dorados y cuentas de vidrio que adornaban la estancia. Allí, perfectamente integrada en aquel rincón de contrabando, se encontraba ella.
  
Glittera no compartía la envergadura descomunal de Margarita, pero su postura irradiaba una fuerza evidente. Bajo el vestido se intuía una musculatura compacta y bien definida, el resultado de años de entrenamiento y pasarela. Tenía la mandíbula marcada, la nariz prominente y recta, y unas cejas anchas que enmarcaban unos ojos grandes de color azul verdoso. Llevaba el pelo castaño oscuro y muy corto, un estilo sencillo que contrastaba con el resto de su apariencia. Porque discreta no era. Su maquillaje permanecía intacto a pesar de la humedad del manglar: llevaba base, un marcado colorete rosado, máscara de pestañas y un pintalabios borgoña que llamaba la atención cada vez que abría la boca. Vestía un llamativo traje rosa y morado con detalles dorados, tacones altos y un tocado en la cabeza. Además, iba cargada de abalorios: pendientes colgantes, un collar, pulseras y varios anillos que tintineaban con cada sutil movimiento de sus manos. La seguridad que proyectaba llenaba el sótano. Al verme entrar, simplemente arqueó una ceja, me examinó de arriba abajo con la mirada y sonrió de medio lado con evidente sarcasmo.
  
—Mis pajaritos me dijeron que vendría una pobre reina en apuros —su voz era limpia y melódica, pero arrastraba mala idea—. Aunque lo que veo entrar por mi puerta es una princesita que ha pasado demasiado tiempo encerrada en una bodega de carga. Cariño, ese sombrero intenta ser misterioso, pero tus puntas abiertas piden un acondicionador a gritos. ¿Quién te ha diseñado el concepto? ¿Un pirata daltónico?
—Un respeto para la monarquía, tesoro —respondí, dejando caer mi baúl con un golpe seco que levantó una fina nube de polvo. Con un gesto dramático, agarré el ala de mi gorro y lo lancé por los aires—. Soy Aspros, Reina regente de Kamabakka, miembro de los Alas Negras y, para que negarlo, la persona más bella que jamás haya pisado este estercolero. He cruzado el Grand Line porque me aseguraron que aquí se escondía la maestra del Okama Kenpo, aunque veo que pasas más tiempo hablando con pájaros que entrenando, ¿Qué eres? ¿Una urraca?
  
Glittera soltó una carcajada, haciendo repicar sus pulseras de oro. Dio un paso al frente y el olor a perfume caro apartó el hedor a humedad del sótano. Olía bastante bien, pero no le iba a dar el gusto de mis dulces palabras.
  
—La audacia me divierte, sobre todo cuando viene en un formato tan grande —dijo, apoyando una mano enjoyada en la cadera—. Bromear con mis joyas es peligroso, Aspros. Cada uno de estos abalorios representa a un cazarrecompensas, un vicealmirante o a algún noble mundial que pensó que mi lengua era lo único afilado que tenía. La Marina intentó arrestarme por criticar al Gobierno Mundial, y terminaron pagándome la manicura para que no les hundiera tres acorazados a patadas. Tengo buen pico y sé cómo usar mis encantos... pero mi Okama Kenpo es el que paga las facturas. Así que quieres aprender las técnicas avanzadas, ¿eh? ¿Crees que darás la talla? No. ¿Ves lo maja que soy? Te he ahorrado responder.
—Eres tan buena que no me explicó porqué no hay una estatua tuya en medio de la isla…mmm, tal vez no había suficiente acero para plasmar ese enorme culo que tienes —repliqué, dándole un sutil toque a mi vestido morado para quitarle el polvo del viaje—. Y no me impresiona tu historial con la Marina, tesoro. Lo que de verdad me preocupa es que ese exceso de oro te esté mermando la velocidad. ¿Podrás levantar la pierna más allá de tu propia cintura con tanto peso, o tendré que enseñarte yo cómo se mueve una auténtica reina?
  
Glittera entrecerró sus grandes ojos azul verdoso, y por un instante su sonrisa de carmín borgoña se volvió puramente depredadora. Se tocó uno de sus pendientes colgantes con un dedo índice cubierto de sortijas.
  
—¿Velocidad? ¿Cuestionas mi agilidad, mi enorme y desbordante masa de músculo empaquetada en seda? —soltó un bufido teatral, aunque sus pómulos pintados de rosado delataban que el dardo le había hecho gracia—. Qué atrevida es la ignorancia que se esconde tras una base de maquillaje tan mal difuminada. El oro no me pesa, Aspros, me ensalza. El Okama Kenpo no es solo golpear; es hacer que el rival admire el brillo de tus anillos antes de que tu tacón le atraviese la mandíbula. Si de verdad crees que la corona te da el derecho de mirar por encima del hombro a tu instructora, vas a descubrir por qué sigo viva en este archipiélago sin ley.
—Eso espero, porque no he dejado mi palacio para recibir un sermón de bisutería —sentencié, dando un paso firme hacia delante, ignorando el fango que amenazaba mis tacones—. Muéstrame tus técnicas, muéstrame por qué tu fama surca los mares… yo… —un toque de humildad asomó en mi rostro, un fuerte contraste tras haber soltado tal cantidad de bilis en forma de palabras. Bajé levemente la mirada, y por un instante la fachada de reina altiva se agrietó para dejar ver la verdad—. Necesito ayudar a mis amigos. No puedo fallarles.
  
Glittera detuvo el sutil balanceo de sus manos. Sus grandes ojos azul verdoso se clavaron en los míos, despojados por un segundo de esa capa de ironía ácida que los cubría. Vio el nudo en mi garganta, vio la verdad tras el maquillaje. Entonces, dio media vuelta con un giro tan rápido y limpio que sus faldas rosa y morado dibujaron un abanico perfecto en el aire, deteniéndose a escasos centímetros de mí. Su expresión seguía siendo firme, pero su tono adoptó una calidez nueva, más madura.
  
—Oh, el bonito cisne quiere bailar por una causa justa —dijo, y esta vez no había burla en su voz melódica—. Me gusta tu actitud, majestad, e intuyo un corazón noble y fuerte. Pelear por tus nakamas es el motor más poderoso del mundo. Pero te advierto una cosa: precisamente porque tu motivo es tan grande, no pienso tener piedad contigo. En mi pista de baile, los errores se pagan con fracturas, y eso no hay maquillaje que lo tape. Si de verdad quieres salvarlos, vas a tener que sangrar primero en este suelo. Prepárate, porque tu primera lección empezará al alba, y dudo mucho que tu corona te salve del primer golpe.
  
...
 
Capítulo 4: Talón, punta, talón, punta
 

El adoctrinamiento de Glittera comenzó al amanecer del día siguiente. La estancia subterránea, fría y con olor a madera húmeda, se convirtió, lamentablemente, en el lugar al que iba a llamar “hogar” durante el tiempo que durase el entrenamiento. El sótano del astillero era una vasta estancia subterránea excavada directamente entre las entrañas del manglar. Los muros no eran de ladrillo, sino una mezcla de piedra tosca y las colosales raíces nudosas del árbol, que se colaban por el techo como columnas vivas de madera oscura, goteando humedad y resina de manera constante.
  
El suelo combinaba tramos de tierra batida y fango salobre con pesadas planchas de acero naval oxidado, lo que obligaba a mantener un equilibrio perfecto para no resbalar. Al fondo, la vieja maquinaria de la destilería en desuso —un entramado de tuberías de cobre corroídas, calderas de hierro y palancas oxidadas— dominaba la pared principal. La estancia carecía de ventanas; la penumbra solo se rompía por la luz parpadeante de varios candiles de aceite colgados de las vigas y el destello de una mesa de mapas navales reconvertida en tocador improvisado, repleto de espejos, botes de maquillaje y los abalorios dorados de Glittera.

La primera técnica que la maestra decidió grabarme a fuego en la piel fue el Ohikae na fouetté, un grácil salto mortal hacia atrás que sorprendía al enemigo con una fuerte patada enfocada en su rostro. Sin embargo, para enseñarme el fouetté, la maestra ignoró las repeticiones tradicionales y optó por un método mucho menos convencional y más denigrante. Se acercó a la vieja destilería de resina del fondo de la sala y activó una antigua manivela oxidada. De inmediato, los tubos del techo comenzaron a vibrar y el sótano se llenó de enormes burbujas grises y turbias que brotaban del suelo a gran velocidad, flotando por todo el espacio disponible.
  
—El fouetté clásico se basa en un giro continuo sobre el propio eje —explicaba Glittera, esquivando las esferas flotantes con andares elegantes. Su postura me recordaba a la de un orgulloso pavo real, que miraba con desprecio a todo lo que le rodeaba—. Pero el Ohikae na fouetté consiste en romper la línea visual del enemigo. Cuando el rival avanza, esquivas el impacto lanzando tu cuerpo hacia atrás en un salto mortal. En mitad de la rotación, invertida y en el aire, golpeas su rostro con el pie. Es un movimiento imprevisto que desconcentra por completo al oponente porque no espera un ataque desde ese ángulo mientras estás suspendida. Y para aprender a dominar ese segundo exacto en el aire, vas a usar esto.
  
Glittera señaló las burbujas que llenaban la estancia.
  
—Estas esferas de resina industrial están a punto de estallar por la presión. Si las tocas con el cuerpo, explotarán y te cubrirán de un aceite rancio que arruinará tu ropa, tu pelo y tu orgullo, en ese orden. La única forma de moverte aquí dentro es saltar entre los pocos huecos vacíos y, mientras das el salto mortal, reventar la burbuja superior usando únicamente la punta de tu tacón. Si fallas el ángulo o el cálculo de la rotación, la burbuja estallará en tu cara. Y de paso, puede que me ría un poco.
  
Para demostrármelo, Glittera corrió hacia una pared, se impulsó y saltó hacia atrás en un salto mortal perfecto justo en medio de un cúmulo de esferas. En mitad de la rotación, suspendida boca abajo, extendió la pierna con una velocidad tremenda y rozó el epicentro de la burbuja más alta. La esfera estalló limpiamente hacia arriba, disipando el gas sin tocarla, y ella cayó de pie con absoluta estabilidad y estilo.
  
—Tu turno, Aspros. Y más te vale clavar el salto, porque el aceite industrial no se quita de la seda.
  
El verdadero calvario empezó ahí: más que el cansancio, más que el agotamiento extremo, las burlas o la deshonra, estaba en juego mi integridad higiénica, y eso era algo con lo que no se podía bromear. Durante horas repetimos el proceso sin un solo descanso. El ejercicio requería una coordinación perfecta entre la evasión y la precisión del ataque en el aire en un espacio tridimensional en constante movimiento, de pobre luminosidad y escaso gusto.
  
En los primeros intentos fracasé estrepitosamente. O bien saltaba con rigidez y chocaba la espalda contra las burbujas inferiores, o bien, al intentar girar en el aire, perdía la noción del espacio y lanzaba la patada a la nada. Terminé en el suelo una docena de veces, empapada en un aceite grisáceo y pegajoso que emborronaba mi maquillaje y volvía el suelo una superficie resbaladiza y traicionera. Mis piernas pesaban cada vez más debido al esfuerzo de mantener el equilibrio sobre los tacones de aguja en un entorno tan contaminado. Me estaba acostumbrando a la mugre. Había tocado fondo.
  
—¡Estás pensando demasiado, Aspros! ¡Tu cuerpo actúa como una viga de acero! —me gritó Glittera, sentándose un momento en una caja de madera mientras se retocaba el pintalabios borgoña—. Tienes la apariencia de un bonito cisne elegante. ¿Por qué tus músculos actúan como si fueran de piedra? El Okama Kenpo exige fluidez interna. Usa la elasticidad de tu cuerpo no solo para proyectar ataques, sino para modificar tu propia estructura muscular mientras estás suspendida.
  
El primer día terminó sin un solo acierto, con mi orgullo por los suelos y el cuerpo cubierto de hematomas que ocultaba bajo una nueva capa de base correctora. Para el tercer día, el sótano se había convertido en un infierno de fatiga monótona. El olor a aceite rancio ya se me había pegado a la piel, y el crujido de la máquina de resina al encenderse cada mañana me provocaba un dolor de cabeza inmediato. Mis pantorrillas estaban tan tensas por el esfuerzo de saltar sobre tacones en un suelo resbaladizo que subir la escalinata del manglar por las noches se sentía como escalar una montaña. Tal vez, os preguntareis, el entrenamiento hubiese sido más fácil si no emplease tacones de aguja, pero mi orgullo me prohibía rechazar el último ápice de glamour que me quedaba: tendrían que quitarlos de mi frío, rico y sexy cadáver.
  
Glittera no me daba tregua; si bajaba el ritmo, lanzaba una ráfaga de patadas bajas que me obligaban a saltar por puro instinto de supervivencia. Aprendí a base de golpes que el problema no era la fuerza de mis piernas, sino mi obsesión por controlar la caída antes de haber completado el ataque. Intentaba mantener la rigidez real en un aire que exigía soltura. Cada vez que calculaba mentalmente el ángulo del salto mortal, una burbuja me estallaba en la nuca, desestabilizándome y mandándome de cabeza contra las planchas de hierro oxidado.
  
Al quinto día, el cansancio dio paso a una extraña lucidez provocada por el agotamiento. Ya no me importaba romper el vestuario ni mancharme los ojos de hollín. Mis movimientos se volvieron más mecánicos, menos coreografiados. Empecé a entender la cadencia de las esferas grises que brotaban del techo; ya no las veía como obstáculos fijos, sino como una corriente que debía esquivar con la misma soltura con la que un barco sortea el oleaje de una tormenta. O como esquivar marujas un día de rebajas.
  
Fue durante la tarde de esa quinta jornada cuando el verdadero cambio ocurrió en mis músculos. Me quedé apoyada en las rodillas, respirando de forma entrecortada, cubierta de residuos industriales y sintiendo el dolor punzante en los gemelos. Sus quejas constantes y sus dardos de víbora criticona calaron finalmente en mi orgullo. Me limpié la frente con el antebrazo y me puse en pie con lentitud, obligando a mis articulaciones a alinearse. Las okamas no tenían una reina que se rindiese, ni los Alas Negras un nakama débil. Mi capitán siempre había confiado en mí. Margarita esperaba mi regreso en el reino. No iba a ser humillada en este sótano por un puñado de jabón industrial.
  
—Sube la presión de la máquina, Glittera —dije, y mi voz recuperó la firmeza de una reina pirata.
  
La maestra sonrió con complicidad y tiró de la palanca. Una oleada masiva de burbujas gigantescas bloqueó por completo la visibilidad del sótano. Glittera aprovechó la cortina de esferas para arremeter contra mí; vi la silueta de su bota romper una de las burbujas, dirigiéndose directo a mi barbilla con una estocada rápida.
  
Esta vez no intenté bloquear ni esquivar hacia los lados. Esperé al último momento. Cuando sus nudillos estuvieron a punto de rozarme, utilicé la pura potencia acumulada en mis piernas tras días de castigo. Flexioné las rodillas al límite y me impulsé hacia arriba con un salto seco y explosivo, lanzando mi cuerpo hacia atrás en un salto mortal vertical que me introdujo de lleno en el nido de burbujas.
  
En mitad de la rotación, suspendida boca abajo en el aire, el tiempo pareció ralentizarse. Con el cuerpo invertido y los ojos fijos en mi objetivo a través del reflejo turbio de la resina, aproveché la inercia del giro para tensar mis músculos abdominales. Sin dudarlo, extendí mi pierna derecha hacia delante con un latigazo seco, descargando toda la fuerza de la rotación en la punta de mi tacón. Mi pie no impactó contra una burbuja; pasó entre ellas y golpeó directamente en el centro del rostro de Glittera, quien no había podido predecir mi trayectoria aérea entre la masa de esferas.
  
El golpe la tomó por sorpresa. Vi en sus ojos el destello de desconcierto al recibir un impacto seco desde un ángulo tan imprevisto mientras yo giraba en el aire. La fuerza de la patada rompió su postura habitual, la hizo tambalearse y la obligó a dar tres pasos hacia atrás, desestabilizada por completo mientras intentaba recuperar el equilibrio sobre sus propios tacones. El tintineo de sus joyas tras el impacto fue música para mis oídos. Aprovechando ese segundo de distracción, no me quedé a contemplar el resultado. Forcé el abdomen para completar la vuelta en el aire, sorteando por milímetros las últimas esferas flotantes que amenazaban con estallar sobre mí, y aterricé firmemente sobre mi tacón izquierdo. El impacto contra la plancha de hierro del suelo resonó con un golpe sordo, levantando una pequeña nube de polvo y fango seco.
  
El silencio volvió al sótano a medida que las burbujas restantes se elevaban perezosamente y se asentaban contra las vigas del techo. Me costaba mantener la respiración bajo control, y sentía las pantorrillas ardiendo por el esfuerzo acumulado de tantos días, pero me mantuve erguida de inmediato. Me crucé de brazos, sacudí un mechón de pelo de mi rostro con un sutil movimiento de cabeza y le dediqué una sonrisa de absoluta suficiencia. Glittera se quedó inmóvil durante unos instantes, con la guardia rota y la espalda ligeramente curvada. Despacio, enderezó su postura con la elegancia que la caracterizaba y se llevó una mano enjoyada a la mejilla, justo donde la punta de mi tacón había impactado. Sus pulseras doradas seguían tintineando en el mutismo del hangar. Me miró fijamente a través de sus pestañas, analizando mi postura de pies a cabeza, y entonces su sonrisa borgoña regresó, más amplia, tensa y peligrosa que antes.
  
—Una ejecución excelente, Aspros. Has aprendido a usar el entorno para ocultar el ángulo del giro y has dejado de moverte como un trozo de madera de desguace, feo y sudoroso —su voz recuperó ese tono melódico, pero esta vez venía acompañado de una chispa de respeto real—. Tu cuerpo empieza a recordar lo que significa tener estilo bajo presión. Pero guarda los festejos, majestad. Has aprendido a esquivar y a sorprender, pero en un combate de verdad los enemigos no se quedan quietos esperando a que termines de posar tras el aterrizaje.
  
Dio un par de pasos hacia mí, y ahora el tintineo de sus sortijas sonó como una advertencia.
  
—Con el tiempo, tu técnica será limpia y natural, pero tus piernas están a punto de experimentar el verdadero significado del sufrimiento con el siguiente paso. Si crees que el salto mortal ha sido duro, espera a ver cómo se siente mantener el equilibrio cuando la pasarela empiece a arder. Prepárate, porque el descanso ya se ha terminado.
–- Ah, ¿es que he descansado en algún momento?
  
...
  
Capítulo 5: Del suelo al cielo
 
  
El entrenamiento con Glittera se reanudó tras cuatro días de descanso obligatorio. No fue una concesión por cortesía; mis gemelos y tendones habían quedado tan castigados tras asimilar el Ohikae na fouetté que apenas podía apoyar los pies en el suelo sin sufrir calambres, y menos pensar en llevar unos buenos tacones. Pasé esas jornadas en mi camarote provisional del hangar, aplicando paños fríos y aceites curativos para rebajar la inflamación de las articulaciones. Solo cuando recuperé la elasticidad y el control total de la pisada, volví a descender la escalinata de piedra hacia el subsuelo, con toda la elegancia que me permitía mi deplorable, aunque divino, estado físico. Cuando bajé, la estancia subterránea mostraba un aspecto diferente al de las jornadas anteriores. El espacio, encajado entre las raíces húmedas del Yarukiman, seguía manteniendo su ambiente frío y cargado de resina, pero la disposición del entorno había cambiado por completo para adaptarse a la nueva fase de la instrucción. Glittera se tomaba muy en serio el entrenamiento, además de tener mobiliario de sobra para hacer reformas de forma espontánea, algo que envidiaba y admiraba por partes iguales.
  
La mesa de mapas navales que Glittera usaba como tocador había sido arrastrada hacia una de las esquinas más protegidas del sótano, resguardando los espejos y botes de maquillaje de los posibles impactos. En el centro de la sala, las planchas de acero naval oxidado que antes tapaban el suelo habían sido levantadas y apiladas contra los muros, dejando al descubierto un terreno irregular de tierra batida, raíces menores entrelazadas y fango salobre acumulado por las filtraciones del manglar. La vieja maquinaria de la destilería de resina del fondo permanecía apagada, pero varias de sus tuberías de cobre superiores habían sido desmontadas y recolocadas horizontalmente entre las columnas principales, creando una red de vigas improvisadas a distintas alturas. La luz del sótano ya no dependía de los candiles de aceite individuales; ahora provenía de dos grandes antorchas de brea instaladas en soportes de hierro, que proyectaban una iluminación más fija y directa sobre la zona central de la estancia.
  
Glittera me esperaba de pie en mitad del terreno despejado, vistiendo unos pendientes diferentes, aún más grandes y pesados que los del primer día, que emitían un tintineo constante y seco a cada uno de sus movimientos.
  
—A este paso le van a llegar las orejas al suelo— pensé, intentando ocultar una sonrisa burlona que asomaba tímida por entre mis dedos.
—El contraataque es útil en distancias cortas, pero en el Nuevo Mundo los enemigos no te atacarán de uno en uno, esperando gentiles a que les golpees—sentenció, cruzando sus manos llenas de anillos a la espalda mientras me examinaba—. Necesitas movilidad absoluta. Necesitas dominar el Chi to ase to namida relevé. Y te aseguro que el nombre no es una metáfora poética, cariño, es exactamente lo que vas a derramar en esta pista si la quieres dominar a la perfección.
  
Glittera se elevó instantáneamente sobre las puntas de sus botas, sosteniendo todo su peso con una facilidad pasmosa que demostraba la rigidez de su entrenamiento. De repente, comenzó a desplazarse por el perímetro del sótano. Sus pasos eran tan rápidos, cortos y precisos que sus piernas se convirtieron en un borrón rosa y morado. No saltaba; se movía pegada a las superficies en trayectorias verticales imposibles, cambiando de dirección en ángulos rectos y llegando a correr brevemente por los costados de las grandes raíces que hacían de columnas antes de regresar al suelo sin perder la altura ni la firmeza de su postura.
  
—El secreto de esta técnica —explicó, deteniéndose en seco frente a mí sin mostrar el menor signo de fatiga— es la tensión constante y absoluta en los gemelos y los tendones. No dependes de la fricción horizontal común, eso es de feas, de gente terrenal. Tienes que proyectar la fuerza de tu zancada de manera perpendicular a la superficie que pisas, aplicando una presión tan rápida y continua que tu cuerpo venza la gravedad. Así es como puedes subir una pared vertical con los pies, corriendo como si lo hicieras sobre el suelo firme. Pero te advierto una cosa: en el momento en que disminuyas la velocidad, dejes de presionar o tus talones bajen un solo milímetro, perderás la adherencia de inmediato y caerás.
 
Para este ejercicio, Glittera no usó un muro liso. Agarró varias cajas de chatarra naval pesada y las volcó por todo el centro del sótano, esparciendo miles de tuercas oxidadas, fragmentos de vidrio de botellas de ron y clavos de astiller. El único terreno despejado era la estructura central del hangar: una serie de pilares de hierro corroído por el salitre y las monumentales raíces del manglar que subían completamente verticales hacia el techo, a más de doce metros de altura.
  
—Quiero que subas por esa raíz principal utilizando el relevé, cruces por la viga transversal de hierro del techo y bajes por el pilar opuesto sin tocar el suelo contaminado —ordenó la maestra, señalando la corteza nudosa y húmeda—. Si tus talones bajan o te detienes a pensar, la inercia te arrojará directamente contra el lecho de clavos, dañando ese hermoso cuerpo del que tanto te pavoneas. Y para asegurarme de que no te tomes las cosas con calma, yo estaré abajo marcándote el paso.
—Si quieres también te hago el desayuno y te digo lo guapa que eres al oído— pensé, ya que si llegase a verbalizar aquellas palabras posiblemente me obligase a hacer el entrenamiento con una mochila de piedras a la espalda.
 
Me coloqué frente a la base de la enorme raíz del Yarukiman. El fango de los días anteriores se había secado en los bordes de mis tacones de batalla, volviéndolos pesados. Flexioné las rodillas, fijé la vista en el tramo vertical de madera y arranqué a correr con fuerza. Al dar la primera zancada contra la pared de la raíz, el dolor en los tendones de las pantorrillas me sacudió con fuerza, más que las grupis cuando bajaba del escenario en mitad de una actuación. Di el segundo paso, forzando el cuerpo a inclinarse hacia delante en un ángulo perpendicular a la madera. La corteza estaba húmeda y resbaladiza debido a la resina filtrada y al pobremente iluminado entorno. Al intentar dar el tercer paso para ganar altura, mi tobillo derecho flaqueó por la falta de costumbre de mantener el peso únicamente sobre la punta del pie, haciendo que mi velocidad disminuyese momentáneamente.
  
—¡Mantén el ritmo constante! ¡Si dudas, la gravedad tirará de ti! —gritó Glittera desde abajo.
  
La falta de inercia me pasó factura de inmediato. Al perder la velocidad necesaria para mantener la adherencia, mis botas resbalaron sobre la madera húmeda. Caí de espaldas desde una altura de tres metros, directa hacia el suelo cubierto de vidrios y chatarra. Por puro instinto de supervivencia, giré en el aire y apoyé las palmas de las manos en un tramo limpio de tierra batida a escasos centímetros de los clavos, rodando para disipar el impacto. El golpe contra el suelo me dejó sin aire y una línea de sudor frío comenzó a bajar por mi cuello, ensuciando el cuello de mi indumentaria. En aquel instante, una pequeña voz dentro de mi cabeza me susurró, silbante, para convencerme de que era indigna, de que no lo conseguiría y de que las mallas que llevaba me hacían el culo gordo.
  
—¡Estás apoyando el pie totalmente antes de impulsarte! —me reprendió Glittera, caminando alrededor del lecho de chatarra en un relevé perfecto, sin que una sola de sus pulseras se desviara de su sitio—. Si intentas correr como lo haces en la cubierta de un barco, la gravedad te aplastará contra el suelo. El Okama Kenpo en paredes verticales exige que toda tu energía se concentre en la punta de tus pies. Cada paso debe ser un impacto seco y continuo. Si tu mente duda, tu velocidad cae y tus talones bajan. ¡Mírame!
  
Tenía razón. Su seguridad era absoluta porque no dejaba espacio entre el pensamiento y la ejecución. Yo era la Reina de Kamabakka, parte de los Alas Negras, pero en lugar de emplear esos pensamientos como el combustible que era los usaba como un lastre, como una terrible imposición que me agitaba por dentro. Me puse en pie de nuevo, ignorando el dolor punzante en los gemelos que amenazaba con entumecer mis piernas. Me coloqué frente a la raíz del manglar, vacié mi mente de dudas y me concentré únicamente en el ritmo de mis propios pasos. Me elevé sobre las puntas de mis tacones. Mis pies ya no temblaban. Arranqué a correr con una velocidad renovada. Uno, dos, tres pasos. Un ritmo limpio, constante. Una pasarela. Esta vez no permití que el miedo a caer me hiciera apoyar el talón. Clavé la punta del tacón derecho en la corteza, luego el izquierdo, subiendo en línea recta por la columna de madera. El cuerpo se mantenía en horizontal respecto al suelo del sótano, desafiando la lógica física mediante la pura inercia. La resina crujía bajo mis suelas con cada impacto.
  
—¡Eso es! —exclamó Glittera desde abajo, y escuché el eco de sus pasos rápidos rompiendo a correr detrás de mí. La concentración me impedía apartar la mirada para ver qué era lo que pretendía—. ¡Pero no te confíes, Aspros!
  
La maestra comenzó a subir por el pilar de hierro contiguo a una velocidad pasmosa, usando la misma técnica para ponerse a mi altura en segundos. Al llegar a los seis metros de elevación, comenzó a lanzar patadas directas en el aire, obligándome a desviar mi trayectoria en la raíz sin perder el paso vertical. Cada vez que su bota pasaba cerca de mi rostro, yo tenía que forzar una zancada lateral en la madera, acelerando el ritmo para que la fuerza centrífuga no me hiciera soltarme del muro.
   
—Bonita —dije, fingiendo plena confianza a pesar de la saturante situación—, si piensas que me voy a rendir por un par de patadas mal dadas, ¡La llevas clara!
  
Durante las dos horas siguientes, el entrenamiento se transformó en una persecución vertical ascendente. Si disminuía la marcha para esquivar uno de sus golpes, sentía inmediatamente cómo la gravedad tiraba de mi cadera hacia el vacío. Aprendí, no me quedaba otra opción, a utilizar el impacto de sus propios bloqueos para impulsarme más arriba, transformando la fuerza de los choques en energía cinética para seguir corriendo por la madera. Mis piernas ardían, sentía como mis músculos se entumecían y cada respiración me quemaba el pecho, pero seguí manteniendo mis talones despegados de la superficie.
  
Llegué al punto donde la raíz se unía con la viga transversal de hierro del hangar, a doce metros de altura. Sin detenerme, ejecuté un cambio de apoyo rápido, pasando de la madera al metal oxidado con un paso largo y firme en puntas. Corrí por la viga superior, esquivando los remaches salientes, mientras Glittera me pisaba los talones, obligándome a mantener una velocidad de esprint en un espacio de escasos centímetros de ancho.
  
Sin embargo, el ejercicio no terminó allí. En lugar de permitirme descender por el pilar opuesto, Glittera se adelantó con una zancada larga y bloqueó mi trayectoria de bajada. Con un movimiento rápido de su bota, golpeó un tablón podrido del techo del hangar,  agrietado por la presión de las raíces superiores. El techo cedió con un crujido seco, abriendo un boquete directo hacia el exterior que dejó entrar la luz cegadora del mediodía y el aire salino del archipiélago.
 
—¡La pista se nos ha quedado pequeña, Aspros! —exclamó la maestra, impulsándose a través de la abertura sin perder el ritmo de sus pasos verticales—. ¡Fuera! ¡Las estrellas no entienden de techos!
 
No tuve tiempo de dudar. Clavé la punta de mi tacón izquierdo en el borde del metal y salté detrás de ella, atravesando el boquete hacia la superficie. Al salir del sótano, nos encontramos directamente en la base expuesta de un Yarukiman mucho mayor, un árbol colosal cuyo tronco principal se elevaba monstruosamente hacia el cielo, perdiéndose entre las nubes a decenas de metros de altura. El entorno exterior estaba completamente dominado por la atmósfera característica de Sabaody: cientos de burbujas de resina natural de todos los tamaños brotaban constantemente del suelo lodoso y de las hendiduras de la corteza, flotando hacia arriba en una corriente densa y ascendente. Entrecerré los ojos por el cambió tan brusco en la iluminación y mis pulmones se llenaron del  aire fresco aunque viciado del astillero.
  
La persecución vertical se reanudó de inmediato en el tronco exterior del manglar. Aquí, la superficie de la corteza era mucho más rugosa que en el sótano, pero estaba cubierta por una capa constante de humedad marina y resina fresca que la volvía extremadamente resbaladiza. Además, las burbujas flotantes se convirtieron de nuevo en un obstáculo a tener en cuenta, puesto que había experimentado en mis carnes las fétidas explosiones que eran capaces de generar. Arranqué a correr hacia arriba en línea recta, manteniendo la presión absoluta en las puntas de mis botas. Glittera subía a pocos metros de mí, desplazándose en zigzag por el flanco izquierdo del tronco. Cada vez que avanzábamos, debíamos ajustar la zancada para esquivar las esferas de resina que ascendían pegadas a la madera. Si mi tacón tocase una burbuja grande, la falta de fricción me haría resbalar y caer al vacío; si intentase rodearla reduciendo la velocidad, la inercia vertical disminuiría y mi cuerpo empezaría a ceder ante la gravedad.
  
A los veinte metros de altura, el viento marino empezó a soplar con fuerza, empujando las burbujas contra el tronco y desestabilizando mi trayectoria. Glittera aprovechó una ráfaga para lanzar una serie de patadas rápidas dirigidas a mis tobillos. Para esquivarlas, tuve que ejecutar tres pasos laterales consecutivos sobre la corteza vertical, clavando la punta de los tacones con un ritmo frenético y seco. El esfuerzo me obligó a tensar los músculos del abdomen y las pantorrillas hasta el límite, sintiendo cómo los tendones soportaban toda la presión de la fuerza centrífuga. Me sentía además fuerte y libre, capaz, bella.
  
—¡No mires hacia abajo! —me gritó la maestra, cuya silueta morada pasaba limpiamente entre dos burbujas gigantes—. ¡Si calculas la distancia con el suelo, pierdes el compás de la subida! La altura no te tiene que importar, puesto que debes tener la confianza de que nunca vas a caer.
  
A los cuarenta metros, el tronco se ensanchó y la inclinación se volvió ligeramente invertida en algunos tramos debido a los nudos naturales de la madera. El agarre se volvió aún más precario. Aprendí a leer las rugosidades de la corteza en fracciones de segundo: un paso largo para saltar una zona lisa y húmeda, seguido de tres pasos cortos y rápidos para ganar tracción en un relieve seco. Cuando una burbuja mediana se interpuso directamente en mi camino, no reduje la velocidad; utilicé un impacto seco justo al lado de la esfera para impulsarme en diagonal, rebasándola por milímetros antes de que el aire la empujara contra mí.
  
La persecución se prolongó por el tronco principal hasta alcanzar la base de las primeras ramas colosales, a casi sesenta metros sobre el astillero. Mis piernas temblaban por el esfuerzo acumulado y la falta de oxígeno me quemaba la garganta, pero la continuidad del relevé se había vuelto casi automática en mis músculos. Ya no pensaba en el equilibrio; mi cuerpo simplemente respondía a la necesidad de mantener la velocidad para no caer. Glittera se detuvo finalmente en la horquilla de una rama maciza que se extendía de forma horizontal sobre el mar. Llegué a su altura con una última ráfaga de zancadas verticales, ejecuté un giro rápido en el aire para frenar la inercia y aterricé firmemente sobre las puntas de mis tacones en la superficie de la rama, deteniéndome con un gesto elegante solo perturbado por la agresiva agitación de mi pecho. El silencio, roto solo por el susurro del viento y el estallido lejano de algunas burbujas, volvió a establecerse entre las alturas del Yarukiman. Me mantuve erguida, con las piernas firmes y los brazos cruzados, controlando la respiración con la cabeza alta mientras contemplaba el infinito horizonte marino desde lo alto.
  
Glittera, que no mostraba ni el más mínimo signo de cansancio, ni un ápice de rubor en sus enormes y definidos pómulos, me observaba con detenimiento. Se llevó una mano enjoyada a la barbilla, observando la estabilidad de mi postura, juiciosa, y soltó una risa limpia de puro deleite que hizo oscilar sus pesados pendientes. La luz del sol brillaba a través de las pequeñas gotitas formadas en las comisuras de sus ojos.
  
—Una ejecución impecable, joven Reina. Has asimilado la técnica y tus pies por fin responden con la consistencia que vas a necesitar para alcanzar tus objetivos —comentó Glittera, reajustando la posición de uno de sus brazaletes de oro—. Pero ni se te ocurra bajar la guardia ni creas que esto ha terminado. Has logrado lamer las mieles del desplazamiento vertical, burlarte de la gravedad de forma temporal; pero en un combate real, el terreno cambia y los enemigos no te darán tiempo para celebrar que te mantienes en pie. Baja al hangar, limpia esos tacones y descansa lo que queda de semana. Dale un respiro a tus articulaciones, porque en unos días comenzaremos con el último entrenamiento.



RE: [Entrenamiento] Heavy is the Crown - Aspros - 14-06-2026

Capítulo 6: Como hojas movidas por el viento
 
 
El día de inicio del último entrenamiento coincidió con una tempestad implacable sobre Sabaody, similar a la que viví el primer día que llegué. El retumbar de los truenos hacía vibrar los cimientos del hangar abandonado en el Groove 24, y las filtraciones de agua salada del manglar comenzaban a inundar el suelo del sótano, creando una fina capa de agua reflectante que duplicaba los destellos dorados de las antorchas que iluminaban las estancias.
  
Hacía cuatro días que Glittera me había mandado a los aposentos a recomponer mi maltrecho cuerpo, pero una verdadera reina no se queda echada en los laureles esperando a que el cuerpo se le entumezca. Pasé esas jornadas en un retiro estricto, aplicando ungüentos aromáticos en los gemelos para bajar la inflamación y batidos détox, pero sin dejar jamás que la musculatura se enfriara por completo. Cada mañana, mientras el temporal azotaba las planchas de hierro del techo, me dedicaba a estirar los músculos en la penumbra de mi camarote, manteniendo la espalda recta, ensayando la mirada de reojo y puliendo la pisada sobre los tacones para que el cuerpo no olvidase el rigor del relevé. La resistencia se trabaja en silencio, y yo no iba a regresar a los escenarios con las carnes flojas ni la actitud oxidada.
 
El agua del manglar se colaba ya por las uniones de las raíces, transformando el fango del suelo en un espejo líquido y traicionero que me obligaba a andar con una elegancia milimétrica, a menos que quisiera arruinarme el dobladillo de del vestido. No obstante mi mente, turbada por todo el tiempo que había convivido con aquella excesiva cantidad de humedad, mugre y desorden, comenzaba a ver la belleza refugiada en aquel recóndito lugar, hogar de una okama poderosa y orgullosa.
  
—Creo que me está asalvajando este entrenamiento —reflexioné mientras me deslizaba por los pasillos del astillero hasta alcanzar por fin la zona de entrenamiento, lugar al que había sido convocado.
  
Glittera me esperaba en el centro de aquel estanque improvisado, imperturbable bajo la tormenta. Llevaba una peluca perfectamente esculpida que desafiaba la humedad del ambiente (y de paso, la gravedad en sí misma) y unos abanicos de seda morada sujetos a las muñecas por sendos cordones de terciopelo rojo. Su maquillaje de ojos, un ahumado denso con destellos de purpurina plateada, atrapaba la luz de los relámpagos que se colaban por las grietas del techo.
  
—Vaya, la desaparecida ha decidido honrarnos con su presencia —soltó la maestra, abriendo uno de sus abanicos con un golpe seco que resonó por todo el hangar—. Me alegra ver que esos días de aislamiento no te han ablandado el porte, Aspros. Porque hoy no venimos a repasar los pasos básicos ni a corregir la postura del cuello. El escenario está inundado, el cielo se está cayendo y es el momento de ver si tienes la fuerza necesaria para sostener el clímax de este espectáculo. La tercera técnica avanzada es el Keri pointe.
  
La maestra se elevó en un relevé majestuoso en mitad del sótano inundado. El agua de la tormenta, que ya cubría por completo nuestros empeines formando un espejo oscuro, apenas se onduló bajo la presión de sus botas. Su rostro, de mandíbula marcada y pómulos esculpidos, adquirió una seriedad inusual que contrastaba con el brillo de la purpurina plateada de sus ojos. Con una lentitud dramática y perfecta, extendió su pierna derecha hacia el frente en una línea horizontal exacta, apuntando con la punta de su tacón hacia una columna maciza de hierro naval que servía de contrapeso estructural en el hangar.
  
—El Keri pointe —explicó, modulando su voz para que se impusiera al rugido de los truenos exteriores— es la concentración absoluta de toda tu masa en la menor superficie posible. No es una patada de impacto común para quebrar costillas; es un estilete diseñado para perforar defensas. Reúnes la inercia del giro, la velocidad de tu zancada y todo el peso de tu orgullo en el espacio de una moneda. Si tu alineación es recta, puedes atravesar el blindaje de un acorazado de la Marina o quebrar la guardia más firme. Pero si tu tobillo se desvía un solo grado, la resistencia devolverá la fuerza del golpe y destrozará tus propios huesos.
  
Bajó la pierna con un movimiento limpio, haciendo que las pulseras doradas de sus muñecas tintinearan contra sus abanicos de seda morada. Sus ojos azul verdoso se clavaron en los míos con una exigencia fría.
  
—Para aprender la precisión de esta punta no usaremos metal inanimado, Aspros, ni te haré patear sacos de arena. Eso es un cliché malo de película barata, y aquí esa palabra está prohibida. En este sótano flotan los restos de madera del Yarukiman que la tormenta ha arrastrado. El agua está llena de hojas secas y pequeños fragmentos de corteza que giran en las corrientes. Tu objetivo es saltar, mantenerte suspendida y, antes de tocar el suelo, atrapar una sola hoja flotante en el aire apretándola firmemente entre las plantas de tus dos pies, juntándolas en un plano perfecto. Si la hoja se rompe, es que has usado demasiada fuerza bruta; si se desliza, es que tus plantas no se han alineado. Solo cuando consigas retener una hoja intacta en mitad del aire comprenderás cómo se juntan los apoyos para el verdadero golpe.
—¿Habrá algún entrenamiento que no esté relacionado con la pestilencia? —me pregunté mientras escuchaba las indicaciones de Glittera—. Lo dudo marichocho.
  
Nos colocamos en los extremos opuestos de la estancia inundada. El ambiente estaba cargado de la electricidad estática del temporal, y el agua fría nos rozaba los tobillos a cada paso. Era una prueba pura de control muscular, flexibilidad y colocación. Respiré hondo, asimilando la geometría que Glittera exigía. Olvidé el frío del agua que empapaba los bajos de mi vestuario y la tensión acumulada en mis gemelos tras los días de marcha vertical. En mi mente solo existía el eje central de mi cuerpo y la simetría de mis extremidades.
  
Glittera arrojó un puñado de hojas secas de manglar hacia la corriente de aire que entraba por las grietas del techo. Las hojas comenzaron a descender describiendo giros erráticos sobre el agua reflectante. Me impulsé hacia delante utilizando los recursos que había adquirido en los entrenamientos anteriores. Mis pasos cortos y rápidos sobre la superficie inundada levantaron una estela de salpicaduras finas. Al llegar bajo la trayectoria de una de las hojas, flexioné las rodillas y salté con fuerza hacia el techo del hangar, elevándome por encima de la línea del agua.
  
En el punto álgido del salto, cuando el cuerpo experimenta ese instante de ingravidez antes de la caída, encogí las piernas hacia el pecho. Con los ojos fijos en el pedazo de corteza que flotaba frente a mí, junté las plantas de mis dos botas en un plano único, buscando el centro exacto del objeto. Las suelas de cuero rígido chocaron entre sí con un impacto seco. El exceso de velocidad y la falta de tacto comprimieron la hoja seca con demasiada violencia; el crujido se escuchó claramente en el sótano y los fragmentos desmenuzados cayeron al agua como polvo marrón. Perdí el equilibrio al descender y mi bota derecha se hundió en el fango del suelo, salpicando mi propio rostro. Extendí mis dedos de forma dramática y empleé la palma de mi mano derecha para apartar parte del lodo de mi cara, que mostraba una expresión de puro asco y espanto.
  
—¡Demasiado tosca! ¡Estás aplastando un insecto, no cerrando una puerta! —gritó Glittera, abriendo uno de sus abanicos con un chasquido rotundo—. Tus piernas deben actuar al unísono, como las dos hojas de una tijera de sastre. Si una llega antes que la otra, el objeto saldrá despedido. Vuelve arriba.
  
El proceso se repitió durante las horas siguientes bajo la luz parpadeante de las antorchas de brea. El cansancio en la parte interna de los muslos comenzó a manifestarse debido al esfuerzo constante de alinear los pies en el aire de manera perfectamente simétrica. Hubo intentos donde la hoja simplemente salía despedida hacia un lado porque mi pie izquierdo empujaba más que el derecho; en otras ocasiones, la falta de velocidad hacía que mis suelas se cerraran cuando la hoja ya había pasado de largo, cayendo de rodillas sobre el suelo inundado.
  
Fue hacia el final de la tarde, cuando el agua del sótano ya nos llegaba casi a media pantorrilla debido a la intensidad de la tempestad, cuando logré dominar la cadencia del movimiento. Vi descender una hoja ancha, humedecida por la resina, que caía con un bamboleo pesado y tristón. Me impulsé desde una de las planchas de hierro que aún quedaban firmes, ganando la altura necesaria. En el aire, bloqueé mi cadera, mantuve el torso erguido con la disciplina de una reina y llevé las dos piernas hacia el frente al mismo tiempo, cerrando las plantas de las botas con una presión firme pero elástica, deteniendo el descenso de la hoja justo en el centro geométrico de mis suelas.
  
Al caer de pie sobre el agua, las plantas seguían unidas, aprisionando la frágil hoja. Separé los pies despacio: la hoja cayó al estanque intacta, sin un solo rasguño en sus nervaduras. Glittera observó el agua, cerró su abanico con un golpe seco contra su palma y me dedicó una mirada de aprobación que rompió la rigidez de su rostro.
  
—Has encontrado el eje, Aspros. Ahora que tus pies saben trabajar juntos, es el momento de aplicar esa simetría contra un objetivo real.
  
La maestra se colocó en el centro de la sala, adoptando una guardia baja y firme. Cruzó sus antebrazos frente a su pecho, apretando sus dientes pintados de borgoña, y fijó sus pies en el suelo embarrado.
  
—Muéstrame de lo que eres capaz.
  
No dudé. Arranqué a correr por el estanque, utilizando la velocidad de esprint del relevé para levantar una cortina de agua a mi paso. Al llegar a la distancia justa, ejecuté un salto seco hacia el frente, proyectando todo mi cuerpo de manera horizontal, paralelo a la superficie líquida. En mitad del aire, junté las plantas de mis dos botas con la misma precisión que había ensayado con las hojas secas, concentrando toda la inercia del avance en el plano liso de mis suelas. El movimiento fue limpio, directo y libre de cualquier adorno innecesario.
  
—¡¡Okama Kenpo: Keri pointe!!
  
El impacto de las dos plantas juntas contra los antebrazos cruzados de la maestra fue un estallido seco que resonó en las paredes de madera del hangar como el disparo de un cañón naval. Una onda de choque circular barrió la superficie del sótano, desplazando el agua acumulada en una ola concéntrica que golpeó los muros y apagó las antorchas de brea, dejándonos en una penumbra iluminada únicamente por los relámpagos que se filtraban por el techo. Sentí la enorme resistencia de los músculos de Glittera a través de mis suelas; la presión física se transmitió por mis tobillos y rodillas, pero la alineación de mis piernas era tan recta y simétrica que mi estructura ósea soportó el golpe sin desviarse un milímetro. La fuerza concentrada de la patada doble no buscaba romper su guardia alta, sino desplazar su centro de gravedad utilizando todo el impulso de mi peso corporal en un solo punto.
  
La tremenda energía remanente del impacto rompió la adherencia de las botas de la maestra contra el suelo embarrado. Glittera se vio obligada a retroceder, patinando sobre el agua del sótano durante varios metros mientras sus suelas levantaban dos surcos de espuma blanca, hasta que logró frenar su avance apoyando una mano en el suelo para estabilizar su silueta. Caí de pie sobre el agua de manera firme, manteniendo los brazos cruzados y la cabeza alta, controlando la fatiga mientras el agua se asentaba a mi alrededor.
  
El sótano quedó en silencio, con el único sonido del agua goteando desde las vigas superiores. Glittera se enderezó despacio, sacudiéndose las gotas de agua de su chaqueta morada con un gesto afectado de sus manos llenas de anillos. Miró las marcas húmedas que mis suelas habían dejado en sus antebrazos, volvió a colocarse uno de los abanicos en la cintura, mientras que se abanicaba elegantemente con el otro, y me dedicó una sonrisa amplia y teatral.
  
—Una línea perfecta, Aspros. Has aprendido a golpear con todo tu peso sin perder la elegancia ni desarmar tu propia estructura. Tus pies ya no solo se mueven rápido; ahora saben dónde y cómo presionar para abrirse paso en cualquier escenario. La función de hoy ha sido un éxito rotundo, cariño —Glittera hizo una pausa dramática, cerrando su abanico con un golpe seco que cortó el aire húmedo del sótano. Su mirada se volvió más seria, despojada de la teatralidad de antes—. Has dominado la base de mi disciplina y has demostrado tener la madera que se necesita para llevar estas técnicas con orgullo. Sin embargo, no te confundas: lo que tienes ahora es la estructura, el esqueleto del movimiento. Te falta un largo camino de perfeccionamiento, semanas y meses de combate real en los mares más peligrosos para que estos pasos salgan de tus músculos de forma tan natural como el pintarse la raya del ojo. El Okama Kenpo no se termina de aprender en un hangar; se pule con los años, con cada herida y con cada victoria.
  
La maestra caminó hacia su mesa de mapas, colocándose de espaldas a mí mientras reajustaba los botes de su tocador con parsimonia.
  
—Por ahora, tu tiempo de castigo conmigo ha terminado. Quédate todo el tiempo que necesites para sanar, recomponer tu vestuario y asimilar todo lo que te he grabado a fuego en las piernas. Este lugar es seguro. Descansa todo lo que quieras antes de dar tu siguiente paso en tu aventura y regresar con tu tripulación. Pero cuando decidas marcharte y cruzar esa puerta hacia el Nuevo Mundo, más te vale que cada zancada tuya haga temblar la pasarela de ese mar. La Nueva Era te está esperando, majestad, y un cisne nunca pasa desapercibido.
 
...
 
Capítulo 7: Sacando la basura
 
 
El sol de Sabaody tardó varios días en quebrar la capa de nubes que opacaba su brillo, pero cuando lo hizo, transformó el Groove 24. El lodo del suelo del astillero comenzó a secarse en costras cuarteadas y las raíces colosales del Yarukiman exhalaron el exceso de humedad en forma de una bruma cálida que olía a sal y resina vegetal. La tempestad había terminado, dando paso a esa luz brillante y tamizada por el follaje alto que caracteriza al archipiélago. Pasé esas jornadas de tregua en un retiro estrictamente dedicado a la reconstrucción de mi porte y elegancia naturales. Tras el castigo físico al que Glittera había sometido mis piernas, los primeros dos días los dediqué a permanecer horizontal en la penumbra, con sendas rodajas de pepino ocultando mis ojos hinchados del cansancio. Me sentaba ahora en un cajón de embalaje exterior, bajo un rayo de sol que se filtraba por las vigas rotas del hangar, aplicando manteca de cacao en los tobillos y repasando las costuras de mis botas de batalla con hilo de pescar encerado.
  
Glittera tampoco se quedaba atrás. Con el buen tiempo, trasladó su tocador improvisado a la entrada del sótano, aprovechando la luz natural para limpiar sus joyas de oro con un paño de gamuza y retocar los cierres de sus corsés morados. El refugio, que durante la tormenta parecía una tumba de hierro, recuperó su aire de camerino de vanguardia. Entre costura y costura, compartíamos tazas de té de hierbas amargas que la maestra preparaba en una pequeña cocina de queroseno, manteniendo una conversación donde el respeto se medía en pullas sutiles y comentarios sobre la falta de estilo de la piratería moderna.
  
—Debo admitir, Aspros, que tus tobillos han resistido mejor de lo que auguraba mi peor pronóstico —comentó Glittera, entornando los ojos mientras pulía un anillo de rubí—. Estaba convencida de que para el tercer día tendrías las pantorrillas tan hinchadas que parecerían dos troncos de Water 7. Hay que ver lo que hace una buena base de maquillaje para disimular la falta de entrenamiento natural.
—El maquillaje hace milagros, querida, deberías saberlo mejor que nadie —respondí sin levantar la vista de mi bota, tensando el hilo con los dientes—. Después de todo, llevas usando esa misma sombra de ojos desde el siglo vacío y todavía confías en que la penumbra de este sótano juegue a tu favor. Mis pantorrillas están perfectas; lo que me sorprende es que tus rodillas no hayan emitido una orden de arresto contra ti tras esa demostración en el árbol. El crujido se escuchó hasta en la base de la Marina.
  
Glittera soltó una carcajada dramática, abriendo su abanico morado para abanicarse con indignación fingida.
  
—¡Qué osadía! Mis articulaciones están tan aceitadas como los cañones de un buque de guerra, reina destronada. Lo tuyo en la pared no era relevé, era el desespero de una gata escalando una cortina porque ha visto un ratón. Menos mal que el tronco del Yarukiman es generoso con sus relieves, porque si llega a ser una superficie lisa, habrías terminado decorando el suelo como un cuadro abstracto de tinta derramada.
—Una gata con corona, por favor —repiqué, esbozando una sonrisa de suficiencia mientras colocaba la bota en el suelo y daba un golpe seco con el tacón para comprobar la firmeza—. Al menos mi coreografía mantiene al público atento. Tú te mueves tanto en ángulos de noventa grados que a veces olvido si estoy entrenando con una maestra del Okama Kenpo o con una escoba. Un poco más de soltura en la cadera no te vendría mal a tu edad.
—A mi edad, cariño, una ya no necesita contonearse para llamar la atención; basta con ponerse de pie y dejar que los diamantes hablen —sentenció Glittera, guiñándome un ojo con malicia antes de volver a su té—. Pero celebro que te quede lengua. Al menos sé que cuando te enfrentes a los salvajes del Nuevo Mundo, si tus piernas fallan, podrás aburrirlos a muerte con tu arrogancia real.
  
Cada mañana, antes de que el calor apretase, caminaba hasta el Groove colindante para conseguir el periódico matutino. Me sentaba en el borde del muelle abandonado, cruzando las piernas con un ángulo estricto, y desdoblaba las páginas crujientes buscando cualquier mención a la bandera de los Alas Negras o a mi capitán. El mar estaba revuelto; las noticias hablaban de movimientos de la Marina en las líneas del Nuevo Mundo y de las escaramuzas habituales de la peor generación, pero sobre nuestra tripulación solo había un silencio espeso. No me preocupaba; conocía la fuerza de nuestro capitán. Estaban moviéndose bajo el radar, esperando el momento oportuno, y mi obligación era estar lista para cuando la señal llegara.
  
A la par, dediqué las tardes a estudiar las rutas marítimas en los viejos mapas de navegación de Glittera. Evalúe las opciones para salir de Sabaody: las líneas de los barcos de suministro que abastecían a los astilleros ilegales o los botes de los cazarrecompensas despistados que solían amarrar en los Grooves periféricos. Estaba perfilando mi partida cuando el destino decidió ponerme una la última prueba. Sucedió al sexto día de calma, justo cuando el sol de la tarde empezaba a teñir la resina de los árboles de un tono cobrizo.
  
Glittera estaba al fondo de la estancia, de espaldas a la entrada, concentrada en el encaje de una de sus enorme enaguas, cuando la pesada puerta de madera del hangar fue empujada hacia dentro con un golpe seco. Cuatro hombres entraron sin pedir permiso, levantando el polvo del suelo con sus botas gastadas. Eran el tipo de macarras habituales de los suburbios de Sabaody: chaquetas de cuero mugrientas, pantalones de lona reforzada y esa mirada de suficiencia ruda de quienes creen que el mundo les debe algo. Dos de ellos llevaban machetes de abordaje colgados del cinto; los otros dos sostenían barras de hierro pesadas, de las que se usan para desguazar barcos. Y ninguno parecía saber lo que era un cepillo de dientes.
  
—Vaya... el soplo era bueno —dijo el que parecía liderar el grupo, un tipo corpulento con una cicatriz que le cruzaba la ceja, clavando los ojos en la mesa de mapas repleta de anillos y abalorios dorados—. Nos dijeron que una okama vieja guardaba un tesoro de mapas y oro en este agujero. Dejad las cosas donde están y quizás os permitamos salir a pie de este Groove.
  
Glittera no se movió de inmediato. Terminó de dar la puntada que estaba ejecutando, dejó la aguja sobre la mesa con una parsimonia insultante y se dio la vuelta despacio, elevando el mentón con una soberbia que llenó la estancia. Sus pendientes de aro dorados emitieron un tintineo limpio.
  
—Cariño, el único crimen que reconozco en esta sala es vuestra combinación de colores —soltó la maestra, recorriendo a los intrusos con una mirada de profundo desprecio—. Entrar en el camerino de una dama con esas botas llenas de barro y esas caras sin afeitar es una ordinariez que no pienso tolerar. Aspros, el público ha venido sin entrada. Es hora de limpiar.
  
El tipo de la cicatriz gruñó, asestando un tajo al aire con su machete mientras ordenaba a sus hombres avanzar. Los dos más cercanos, armados con barras de hierro, arremetieron directamente contra mí, asumiendo que mi silueta estilizada sería un blanco fácil.
  
—¿De verdad vais a abalanzaros en manada contra una pobre chica indefensa, delicada y con los tobillos destrozados? ¡Qué hombres tan rudos! Supongo que vencer a una dama desarmada es lo único que mantiene a flote vuestra frágil masculinidad, marichochos.
  
El primero levantó el metal, lanzando un golpe descendente con la intención de romperme la clavícula. No me moví hasta el último milisegundo, midiendo la inercia de su avance con el ritmo que Glittera me había enseñado. Cuando la barra estuvo a punto de rozar las plumas de mi tocado, clavé el tacón izquierdo en el suelo batido y arqueé la columna hacia atrás con una confianza ciega, ejecutando el salto mortal hacia atrás en el sitio exacto. En mitad de la rotación, suspendida boca abajo en el aire, el rostro del macarra quedó expuesto, congelado en una expresión de sorpresa al ver cómo su golpe impactaba contra la nada. Aprovechando la fuerza centrífuga del giro, encogí la pierna derecha y descargué un latigazo seco con la punta de mi tacón directo a su mandíbula. El Ohikae na fouetté conectó con un impacto limpio; el sonido de sus dientes chocando entre sí resonó en el hangar y la fuerza del golpe lo mandó al suelo de espaldas, desorientado y con los ojos en blanco antes de que yo completase la vuelta y aterrizase sobre mis dos tacones con perfecta estabilidad.
  
—¡Parad por favor, solo soy una chica guapa con pequeños sueños! —dije centrando ahora mi atención en el otro vándalo que me había intentado encarar—. A mi no me gusta pelear…
  
El segundo atacante, al ver a su compañero caer, intentó retroceder para buscar espacio hacia las paredes del hangar, buscando apoyo en la gran raíz del Yarukiman que subía hacia el techo. No le di tiempo a recomponer la guardia. Flexioné las rodillas y utilicé el Chi to ase to namida relevé para ganar velocidad instantánea. En lugar de correr por el suelo, salté directamente hacia la superficie vertical de la raíz, clavando las puntas de mis botas en la corteza rugosa. Subí por la madera a zancadas rápidas y continuas, desafiando la gravedad mediante la pura velocidad del impacto perpendicular. Al alcanzar los cuatro metros de altura, quedé justo por encima de su flanco. Me impulsé con un paso seco hacia el vacío, cayendo sobre él en un descenso limpio. El macarra levantó la barra de hierro para cubrirse, pero la velocidad de mi caída fue mayor; mi tacón derecho golpeó su hombro con la fuerza de un pistón, derribándolo contra las planchas de acero del suelo, donde quedó desarmado y quejoso.
  
Mientras tanto, el líder del grupo y el último de los rufianes habían acorralado a Glittera junto a la mesa de mapas. El tipo de la cicatriz lanzó una estocada horizontal con el machete, buscando el cuello de la maestra. Glittera ni siquiera parpadeó; esquivó el filo con un movimiento sutil de la cabeza, abrió uno de sus abanicos de seda morada con un chasquido rotundo y bloqueó la muñeca del atacante con un impacto seco de sus brazaletes de oro, desestabilizando su postura en un segundo.
El último macarra, un sujeto flaco pero fibroso, vio la oportunidad y se lanzó hacia el costado de Glittera con una navaja desplegada, intentando aprovechar su distracción.
  
—¡Aspros, el cierre de la función! —bramó la maestra sin perder la compostura.
  
Me impulsé desde el suelo con un salto largo y horizontal, cruzando el espacio inundado de luz que separaba las dos zonas del hangar. En mitad del aire, alineé mi cadera con el torso, mantuve los brazos pegados al cuerpo con la rigidez de una monarca y junté las plantas de mis dos botas de batalla en un plano geométrico perfecto, apuntando directo al pecho del agresor flaco antes de que tocara a mi maestra.
  
—¡¡Okama Kenpo: Keri pointe!!
  
El impacto de las dos suelas unidas contra su esternón fue un estallido seco que cortó el aire del refugio. La energía concentrada en ese único milímetro cuadrado no buscaba cortar, sino transmitir toda la potencia de mi peso corporal. El hombre salió despedido de forma horizontal, cruzando seis metros por el aire antes de estrellarse contra la puerta de madera del hangar, rompiendo el tablón central con el impacto y quedando tendido en el exterior del Groove, completamente inconsciente. El silencio regresó al refugio de inmediato, interrumpido solo por los lamentos sordos de los dos primeros que intentaban arrastrarse hacia la salida. Me mantuve firme en el sitio del aterrizaje, cruzando los brazos sobre el pecho y sacudiendo el polvo de mi capa con un sutil movimiento de hombros, manteniendo la barbilla alzada con una sonrisa de absoluta suficiencia.
  
Glittera soltó la muñeca del líder, quien cayó de rodillas sujetándose el brazo fracturado por el bloqueo. La maestra se alisó los pliegues de su vestido morado con una delicadeza extrema, guardó su abanico en la cintura con un golpe preciso y caminó hacia mí en un relevé impecable que hacía vibrar sus pendientes. Se acercó hacia donde yo me encontraba, caminando en un relevé impecable sobre los charcos de agua reflectante, manteniendo un paso firme, grácil y pausado. Se detuvo a escasos centímetros de mi posición, examinando mi postura de arriba abajo con sus grandes ojos azul verdoso. Tras unos instantes de silencio dramático, su sonrisa borgoña se ensanchó, mostrando una hilera de dientes perfectos en un gesto de auténtico orgullo travesti.
  
—Una línea divina, Aspros. Has arrasado sin siquiera despeinarte o estropear tu maquillaje—su voz recuperó ese tono melódico y teatral, cargado de un respeto real—. Has integrado los tres pasos en el ritmo de la batalla con la soltura que exige tu nombre y posición. La técnica está en su sitio, el porte es el adecuado y la actitud es impecable. Has defendido este santuario como se merece.
  
Se dio la vuelta hacia la mesa de mapas, cogiendo uno de los pergaminos náuticos que yo había estado estudiando antes del altercado y extendiéndolo frente a mí con un gesto grandilocuente.
  
—Ya no tienes nada más que aprender en este sótano, cariño. Tu cuerpo está listo y tus pies saben cómo mandar en el mar. Coge esa ruta, busca a tus nakama, haz que el Nuevo Mundo entienda lo que significa el verdadero estilo. La función de aprendizaje ha terminado, majestad. Ahora sal ahí fuera y quédate con todo el escenario.
  
Hizo una breve pausa, mirando de reojo los cuerpos caídos en el suelo embarrado, y arrugó la nariz con una mueca de fastidio antes de volver a clavar sus ojos azul verdoso en los míos.
  
—Pero antes de pasar a los agradecimientos formales y de que te pongas demasiado sentimental, cariño, hazme el favor de sacar la basura de mi santuario. No pienso tolerar que estos cuatro mamarrachos desorganizados me arruinen la estética del vestíbulo ni impregnen el hangar con ese olor a tabaco barato y desesperación. Échalos al canal exterior, con el resto del desguace portuario. A ver si el agua salada les devuelve algo del sentido común que les faltó al entrar aquí.
  
Sonreí de reojo, arrastrando a los intrusos por las solapas de sus chaquetas de cuero mugrientas sin el menor miramiento, arrojándolos fuera del perímetro del Groove 24 como quien sacude el polvo de una alfombra vieja.
 
...
 
Capítulo 8: Bye Glitter
 
 
Al regresar de arrojar a aquellos desdichados al fango exterior, el hangar recuperó una calma tensa. La adrenalina del combate comenzó a disiparse, dejando espacio a un cansancio sordo que entumecía mis articulaciones y mi mente. Miré a Glittera, que ya se había sentado de nuevo frente a su tocador para revisar si la trifulca había movido un solo milímetro de su perfecta peluca.
  
—No ha estado mal, Aspros, no ha estado nada mal —comentó sin mirarme, usando una pinza de plata para recolocarse un aplique brillante—. Pero tienes las costuras del vestido hechas un desastre. Vas a remendar esa indumentaria, vas a dejar que esos tendones recuperen su elasticidad y, solo cuando tu porte vuelva a ser digno de tu nombre, te daré el visto bueno para que te largues a buscar a tu querido capitán.
  
No protesté. El consejo era tan sensato como estricto. Pasé las siguientes jornadas en un retiro absoluto dentro del hangar del Groove 24, permitiendo que el tiempo estabilizara lo que mis músculos habían aprendido a la fuerza. Fueron días de quietud reparadora: por las mañanas desarmaba mis botas para limpiar el cuero de la salitre del manglar, y por las tardes me sentaba a coser los encajes rotos bajo la luz tamizada de las raíces superiores. Compartí con Glittera las últimas raciones de té amargo, manteniendo esa tregua sofisticada donde las pullas servían para afilar el ingenio antes de la gran separación. Estudié los mapas con calma, tracé las corrientes y esperé a que la fatiga me abandonase.
  
Fue al cabo de casi una semana, cuando la luna de Sabaody se mostró plena y el viento del sur comenzó a soplar con la fuerza idónea para la navegación, cuando supe que el momento había llegado. Descendí por última vez al sótano para recoger mis pertenencias. Al regresar a la estancia central, busqué mi baúl de viaje de madera reforzada y herrajes de bronce, que milagrosamente había permanecido a salvo de las inundaciones en su rincón elevado. Lo abrí con un movimiento seco. De su interior extraje mi fiel espejo de mano con marco de plata y un labial de color morado intenso, el último regalo que Margarita me había entregado antes de que nuestras rutas se separaran. Con mano firme, despojada ya del temblor residual del cansancio muscular extremo, redibujé el contorno de mis labios. Me sacudí las solapas del jubón y me coloqué mi sombrero de ala ancha, aportándome de nuevo ese aire de misterio aristocrático.
  
Miré a mi maestra, que ahora se apoyaba contra el borde de su mesa de mapas reordenando sus frascos de perfume con una parsimonia estudiada, y le ejecuté una reverencia de ballet perfecta; un descenso sutil pero cargado de un respeto real que nacía de lo más profundo de mi corazón.
  
—Gracias, Glittera. Gracias a ti me siento más cerca de alcanzar mis objetivos —le dije, dedicándole un guiño cómplice que hizo brillar mi sombra de ojos bajo la luz de la tarde—. El mundo exterior no está preparado para el glamour que los Alas Negras van a desatar en cuanto volvamos a desplegar las velas.
—Oh, por favor, ahórrate los discursos de pasarela, majestad —replicó ella, cerrando su abanico de seda con un golpe seco que resonó en las maderas de la estancia—. Bastante tengo con haber soportado tus quejas de cisne herido durante semanas como para ahora tener que aguantar una escena de melodrama de taberna. Si vas a marcharte, hazlo ya, antes de que se me ocurra cobrarte el alquiler de las vigas que me has astillado con esos aterrizajes tan toscos. Tus nakamas deben estar esperándote en alguna parte de ese mar, y dudo mucho que tengan la paciencia que yo he tenido para enseñarte a caminar como una persona decente.
—No te preocupes, querida. Dejo tus mapas y tu ego intacto, que ya es bastante decir —respondí, cargando el pesado baúl de madera sobre mi hombro derecho con una nueva y soberbia fuerza física que antes no poseía.
  
Caminé hacia la salida del hangar, haciendo resonar mis tacones reforzados por última vez en aquel sótano húmedo. El sonido ya no era el de una fugitiva cargada de dudas y perseguida por la incertidumbre; era el compás firme, rítmico y peligroso de una reina pirata lista para reclamar su destino en los mares más hostiles del mundo. Cuando salimos a la superficie, la noche ya había caído por completo sobre Sabaody, pero era una noche limpia, despojada de las nubes que habían dominado la semana. Los árboles se alzaban como titanes silenciosos bajo el firmamento estrellado, y sus características burbujas de resina flotaban perezosamente hacia el cielo nocturno, reflejando el brillo de la luna como pequeñas perlas flotantes que iluminaban los Grooves residenciales. El aire ya no era frío; traía la calidez salina de las corrientes que subían desde la costa y el susurro constante de la marea rompiendo contra los acantilados de la isla.
  
Glittera decidió acompañarme a través de los caminos de madera que conectaban los Grooves periféricos. No lo hacía de manera discreta; caminaba a mi lado con la espalda erguida, haciendo que sus pesados pendientes de oro y sus pulseras marcasen una cadencia constante en la oscuridad de los muelles abandonados. El baúl pesaba sobre mi hombro, pero mi nueva postura en relevé distribuía la carga con tanta naturalidad que la caminata se sentía como un desfile privado bajo la luz de la luna.
  
Llegamos finalmente a un pequeño embarcadero oculto en las raíces del Groove 27, un sector pesquero donde los barcos de carga solían amarrar fuera del control de los puestos avanzados de la Marina. Allí, mecido por la corriente suave, se encontraba el pequeño velero que había seleccionado para mi partida; una embarcación ligera de un solo mástil, sin insignias claras, ideal para deslizarse entre las patrullas del archipiélago sin levantar sospechas. Dejé el baúl sobre las maderas gastadas del muelle con un golpe sordo y me volví hacia mi instructora. La brisa nocturna agitaba las plumas de su tocado y los flecos de mi capa.
  
—Bueno, Aspros —dijo Glittera, creando una pausa dramática al cruzar los brazos sobre su corsé morado y observando el pequeño navío con una ceja alzada—. El transporte es un poco rústico para los estándares de la realeza, pero supongo que servirá para que no te hundas en el primer cambio de marea. Asegúrate de no estropear la madera de la cubierta con esos tacones nuevos; me ha costado mucho trabajo afilar tu precisión como para que ahora vayas rompiendo tablones por mero descuido.
—Este barco tiene la ventaja de no llamar la atención que, muy a mi pesar, es exactamente lo que necesito en este momento —respondí, acomodándome los guantes con parsimonia—. Y descuida, mis pasos ahora son tan limpios que ni siquiera notarías que he cruzado la cubierta, ni siquiera con esas enormes orejas que tienes.
  
Glittera soltó una breve risa ronca, una nota sofisticada que se perdió en el rumor del oleaje.
  
—Más te vale. Si me entero de la reina de los okama cae ante el enemigo porque se le dobló un tobillo en mitad de una pasarela, cruzaré el Red Line yo misma solo para confiscar tus pintalabios y borrarte el nombre de mi lista de alumnas aventajadas. No entreno a aficionadas, majestad.
—No tendrás esa satisfacción, querida —repiqué, esbozando una sonrisa afilada en la penumbra—. La próxima vez que escuches hablar de mí, será porque el nombre de mi tripulación está sonando con tanta fuerza que hasta tus joyas van a tintinear de la impresión.
  
Subí a bordo del velero de un solo salto limpio, acomodando el baúl de viaje junto al timón con una precisión exacta que no desestabilizó la flotación de la madera. Solté las amarras de cáñamo que ataban la proa al muelle, sintiendo de inmediato cómo la corriente del canal empezaba a empujar el casco hacia las aguas abiertas del archipiélago.
  
Glittera se mantuvo de pie en el extremo del muelle, con su silueta imponente recortada contra las burbujas flotantes que ascendían desde las raíces del manglar. Abrió su abanico de seda morada con un último chasquido rotundo, un sonido seco que pareció marcar el inicio de mi travesía, y me dedicó un sutil saludo con la cabeza, una concesión final de respeto entre dos reinas, un momento de comprensión mutua.
  
—Ve y recupera lo que es tuyo, Aspros —dijo, bajando la voz por primera vez en todo el trayecto, dejando que su tono melódico se mezclara con el viento de la noche—. Enséñale a ese mar que el verdadero estilo no se rinde ante nadie.
  
El velero comenzó a ganar velocidad, alejándose del muelle de madera vieja y adentrándose en la inmensidad oscura del océano exterior. Sabaody y las luces lejanas de sus Grooves comenzaron a reducirse, transformándose en un contorno de sombras y burbujas brillantes que se desvanecían en la distancia de la costa.
  
Me coloqué junto a la caña del timón, fijando la vista en el horizonte marino que se abría ante mí. No había mapas detallados que pudiesen predecir con exactitud lo que encontraría en las siguientes millas, ni importaba el nombre de las islas que se interpusieran en mi camino. El Nuevo Mundo estaba allí, caótico y violento, pero mi mente solo albergaba un propósito fijo: rescatar a mi capitán y reagrupar a la tripulación. Mis piernas ya no temblaban ante la perspectiva del terreno inestable. Llevaba conmigo el arte mortal que había pulido en el fango del sótano, la consistencia de mi disciplina y una voluntad indomable que se negaba a aceptar la derrota de los suyos. Y kilos de maquillaje.
  
El viento de la noche infló la vela con un crujido limpio, impulsando la proa a través de las olas plateadas.
  
—Espérame, capitán... —susurré hacia la inmensidad del mar, mientras mis tacones se fijaban firmemente en la cubierta en un relevé perfecto—. Los Alas Negras van a volver a desplegar sus alas.