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Una aventura formidable [Recolección || PR ] - Bai Mudan - 15-06-2026 Drum Rockies, Isla de Drum.
Día 59 de invierno del año 17.
Primera hora de la mañana.
La obligaron a montar sobre un caballo bautizado con el nombre de Siajl. El cual, tan pronto como experimentó parte del peso de Bai, giró la cabeza y, lanzando un relincho de protesta dirigido a su amo, amenazó con no moverse si aquel era el peso que debía cargar. Sin embargo, habiéndo ya sido advertido por la fuerza que la birkiniana había hecho al colocar su pie en el estribo, en cuanto la mujer subió, el pobre solípedo dio un violento brinco al sentir sobre su lomo una exagerada carga de veinticuatro puds —equivalentes a casi trescientos noventa y tres kilogramos del sistema métrico internacional. Un peso verdaderamente desproporcionado para un caballo de sus dimensiones. —Tranquilo, camarada —le conminó su dueño, propinándole una palmada en la tabla del cuello al observar cómo los jarretes del animal se flexionaban peligrosamente bajo la presión de aquella mole—. Has transportado cargamentos de mayor tonelaje —añadió, mientras aseguraba el estribo de acero y afianzaba el la silla de cuero rudo, gastada por las el tiempo, con el fin de estabilizar el a Bai. —Recuerda: no Rockie Drums —le advirtió el hombre. —No Rockie Drums —asintió Mudan, demostrando haber entendido que no la llevaría hasta la magnánima montaña mientras veía a su interlocutor alejarse en busca de su propio caballo. Siajl, a quien su dueño prefería llamarlo Tarpán, era un espécimen de indudable nobleza cuya crin, larga y erizada por los vientos, presentaba un pelaje grisáceo de tonalidades similares a las nubes densas y bajas que caracterizaban la atmósfera de Drum. —Vamos, Andrai, ¿tú también? —se quejó el jinete cuando su cuadrúpedo relinchó. En ese momento, Bai se fijó en que Siajl era un ejemplar notablemente más pequeño que su congénere, pues apenas medía catorce palmos de alzada —un metro y medio de altura—; no obstante, sus extremidades, oscuras como el lignito, denotaban una estructura ósea y una potencia muscular capaz de resistir las jornadas más duras y extenuantes que le pusieran por delante. No en vano su capacidad era de hasta treinta puds. Y, salvo por aquella transitoria resistencia a cargar a la pesada mujer, Siajl tendía a ser un servidor dócil que solía cumplir con su deber de buen grado y daba gusto de guiar. De repente, Tarpán comenzó a piafar, agitando los cascos, impaciente por iniciar la marcha. El hombre sonrió ante la impaciencia del joven animal y, tomando el ramal de su propio caballo, se emparejó con Siajl para asegurar la guía. —¡En marcha! Asegura bien tu posición, muchacha. Tras ello, el acicate del jinete estimuló los flancos de su dócil cabalgadura y Siajl, sacudiendo la testera de izquierda a derecha para equilibrar el bocado, comprendió la orden de avance poniendo así al convoy en movimiento hacia la falda de la montaña.
BSO Viaje
Sobre sus cabezas, con las alas desplegadas como heráldicos mantos negros y sintiéndo el helado viento en sus plumas, una bandada de aves escoltaba al intrépido dúo en su salida del Reino. Y es que en lo alto del firmamento, suspendidas en la inmensidad, las aves planeaban, como si se trataran de espíritus milenarios que gozasen contemplando la insignificancia humana desde aquellas alturas celestiales. Mientras tanto, abajo, en el reino de la nieve, Bai marchaba pegada al lomo de la bestia, fundida con ella en una sola pieza, aferrándose con manos por garras a la crin salvaje; a cada tranco furioso, su cuerpo se suspendía por milímetros en el vacío para luego volver a caer sobre la montura con un rítmico inpacto. Y es que, aunque no lo pareciera, Siajl y Andrai hacía rato que habían dejado de correr para volar como demonios alados sobre los tupidos matorrales y las rocas del sendero, mientras sus cascos arrancaban chispas a las piedras del camino, tejiendo un repiqueteo que sonaba como el tambor de la guerra. —¡No temas, criatura! —le rugió el hombre a la birkiniana, cuya postura rígida delataba que el terror de la primera cabalgata se había adueñado de su sangre—. ¡Entrégate al galope! —añadió antes de estallar en una carcajada salvaje y solitaria, que el viento de la estepa devoró al instante, sabiendo que la muchacha jamás comprendería sus palabras. Misterio que él había descifrado mucho tiempo atrás, cuando, buscando su auxilio como guía, Bai le había mostrado un mapa ceniciento y, señalando con su dedo, le había pedido que le llevara hasta allí casi sin mediar palabra. Sin embargo, aunque la mujer no le entendiera, pronto le devolvió una mira turbada que respondía de la única forma posible por su parte: silencio. Dirigió entonces su vista al paisaje, que mutaba a su alrededor como un lienzo pintado por alguna clase de ser demente, pasando del hermoso color de los rezagados cerezos a una frondosidad boscosa que se abría, de golpe, hacia la más profunda e insondable nada únicamente igualada por el vacío estepario. En ese instante, una de las multiples aves que los seguían, bajó en picado del cielo, cruzando como una mancha negra entre medio de ambos jinetes. —¡Ajajajajajaja! —tronó el guía, poseído por el frenesí de la marcha, mientras hundía las espuelas de plata en los flancos de su caballo para obligarlo a saltar el tronco que yacía ante ellos. Y Siajl, contagiado por el mismo ardor salvaje, imitó el salto con un relincho que sacudió a Bai quien, por un instante, sintió que su alma abandonaba el cuerpo físico y volaba libre sobre Drum. Para cuando cuando el sol se encontraba a medio camino de su cénit y las nubes cargadas empezaban a nublar el cielo, ante los ojos de ambos —jinete y caballo— la nada estéril empezó a ceder su lugar a una espectral sel cuya flora exuberante y gigantesca se alzaba hacia el cielo desafiando con soberbia el azote del frío permanente. Sin embargo, lo más llamativo no era la belleza de las los monstruos vegetales de raíces deformes retorciéndosbre sobre la roca viva o los troncos colosales que se perdían en la bruma herrumbrosa, la verdadera belleza eran las hojas, anchas como escudos de guerra, cubiertas por una escarcha perenne que brillaba con fulgor dotando a las plantas de aspero aliento verde. Eso por no mencionar el sotobosque, cuyo vapor tibio perlaba los helechos de catedralicias dimensiones que se agitaban sin que solpase una brizna de viento. —Hestamos alcanzado el final del nuestro trayecto —anunció el guía, descargando un latigazo seco sobre los flancos de Siajl para doblegar el ímpetu de su carrera y forzarlo a moderar la marcha. El animal obedeció a regañadientes; descendiendo de aquel galope que parecía disputarle el cielo a las aves, redujo su paso a un trote desganado y pesado, hasta que sus cascos finalmente quedaron inmóviles frente a una zona de ramas ciclópeas de cuyas ramas colgaban líquenes plateados que flotaban en el aire como barbas. Pero Siajl no estaba contento. Ya se había acostumbrado a su carga y, ahora, quería correr un poco más. Así que, emitiendo un bufido de indignación, sacudió la testera de forma violenta, haciendo restallar el freno de hierro; luego dio unos pasos laterales frente a la montura de Andrai, manifestando con aquel andar inconforme su desprecio por el fin de la cabalgata y la pérdida de la libertad del viento. —Serán quinientas berries —declaró el guía, desmontando de un salto del lomo de Andrai para ofrecer sus manos callosas y ayudar a descender a Bai. Y ella, con sumo cuidado, bajó. —Berries —dijo, asintiendo con la cabeza mientras sacaba una pequeña bolsa de monedas. —¡Que los vientos te sean propicios! —tronó el guía al recibir el pago. Y con una última carcajada que se ahogó en la inmensidad del lugar, espoleó a su montura y se marchó, dejando tras de sí únicamente el eco de los cascos. Cuando a su espalda quedó solo silencio, Bai, dispuesta a soportar las fatigas que uno esperaría de una expedición en territorio ignoto, se internó en la espesura de aquella masa boscosa que se abría ante ella. Y, aunque no era por oficio exploradora, aún cuando le faltaba tanto un mapa cartográfico como la habilidad para orientarse de forma natural, la mujer confiaba enteramente en su capacidad para encontrar la geografía que le habían indicado que debía seguir si deseaba llegar a los ventesqueros de la montaña. De esta forma, se adentró unicamente bajo la guía de una instrucción verbal concerniente a un escurridizo arroyo, cuya presencia podía deducirse mediante la observación de los líquenes hidrófilos plateados; estas plantas, debido a sus imperiosas necesidades de hunedad, según le habían dicho, tendían de forma natural a colonizar las áreas adyacentes al curso de agua y, por consiguiente, eran una estupenda guía par aseguir arroyos, rios y riachuelos. Otro recurso, aunque menos seguro, era la topografía del suelo pues debía seguir la llanura que, sutilmente, y constante inclinación ascendente a medida que la ruta se internaba hacia el noroeste, terminaría llevándole hacia el nacimiento. Con todo este conocimiento y teniéndose ella en gran estima, sin vacilación, Bai cruzó el umbral formado por una doble arcada de árboles centenarios cuyas ramas, de una flexibilidad asombrosa, cedían bajo la acción de la gravedad, descendiendo hasta el punto de que los brotes más jóvenes rozaban la extremidad superior de su cabeza. Bai se agachó. Pero al hacerlo, y hacer crugir el sotobosque helado, se percató de que el silencio en el interior del bosque era absoluto; las aves parecían haber abandonado la región y ningún mamífero alteraba la quietud del lugar. De hecho, pareciera que sólo el viento emitía un silbido regular al filtrarse por las copas. Tras aproximadamente cuarenta minutos desde que había cruzado el arco vegetal, Bai resolvió hacer una breve parada bajo la techumbre natural de uno de aquellos majestuosos monumentos de la flora. Mientras extraía sus raciones, sus ojos, habituados a la observación del mundo, detectaron una serie huellas de cuadrúpedos. Y, teniendi en cuenta de lo virginal del lugar, aún cuandi no podía identifica su opinión era de que allí había presencia de grandes depredadores a los que no se quería enfrentar. Sin embargo, esto, lejos de infundirle terror, la llevó a trazar una estrategia de evasión; consumió su alimento con presteza y mantuvo sus sentidos en un estado de constante alerta por si un caso. Después, echó a andar de nuevo apurando el paso para llegar hasta la falda de la montaña. ![]() A los veinte minutos desde aquello, su hipótesis no tardó en transformarse en una certeza. Y es que, al alcanzar finalmente los márgenes del ansiado arroyo, Bai descubrió un camino de manchas de sangre coagulada que la condujo hasta los despojos de un pequeño mamífero del cual los depredadores apenas habían dejado huesos y algun que otro colgajos de piel. Bai se inclinó para averiguar cuánto tiempo llevaba deborado y, al hacerlo, la temperatura de los tejidos y la fluidez de la sangre le indicaban que el ataque debía haber ocurrido en una franja horaria no mayor a las dos horas previas. Bai miró hacia ambos lados. No se escuchaba nada. Se llevó la mano al mentón y meditó sobre la utilidad de llevarse aquellos restos. No es que fuera a morirse de hambre, para nada, pues el camino era mucho más corto de lo que pensaba sino que, en las manos de un artesano experimentado, la piel del animal podría llegar a transformarse en un excelente cuero impermeable mientrad que, la grasa remanente, sometida a ebullición, proporcionaría los útiles necesarios para la elaboración de ungüentos medicinales que había empezado a aprender a crear. Definitivamente iba a llevárselos. Una vez almacenados los despojos, Bai regresó decididamente hacia el lecho del río y, una vez ahí, convino que lo mejor sería introducirse en el curso de agua si quería diluir su rastro o el del ser que guardaba en el morral. Por fortuna, las botas que llevaba eran altas e impermeables así que, por el momento, aquello no impediría su avance. Sin embargo el paisaje no se mantuvo igual por mucho rato pues, a medida que avanzaba, el lecho limoso iba modificándose al igual que el curso del agua estrechándose hasta convertirse en un torrente encajonado por escarpadas formaciones. Además la nieve cada vez estaba más compacta y, suelo rocoso, pronto comenzó a elevarse en sucesivas rampas de fuerte gradiente. Además, allí las plantas apenas se atrevían a acercarse al agua y, aunque sobresalían algunas raíces que le llamaban la atención por su color y, cuyos ejemplares recolectó para su posterior análisis juntu a su compañera experta en dichos temas, todo indicaba que había llegado el momento que tanto ansiaba. Estaba en las estribaciones occidentales de las Drum Rockies.
Información
RE: Una aventura formidable [Recolección || PR ] - Sentomaru - 16-06-2026 ✓ Recolección Completada Materiales: — Cuero (tela): 50 unidades. — Víveres (grasa): 50 unidades. — Hierbas curativas: 100 unidades. |