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[T5, Autonarrada] Hollín [P.A.] - Stroud Nanashi - 16-06-2026 Auto-T5: Hollín [P.A.]
Esta aventura es una secuela directa de Panacea.
[64 de invierno,
año 17,
Isla de Drum]
Una vez más, cuando solo la luna y las estrellas iluminaban el firmamento, Stroud se encontraba en la bodega del Royal Quiver, examinando un montón de papeles a la luz de las velas, como solía hacer. A un lado, su Den Den Mushi reposaba en silencio, con sus ojos cerrados y ligeramente alicaídos, durmiendo plácidamente. Aquella vieja bodega era ya un compañero de viaje más para él. Por supuesto, también lo era el propio barco, pero había algo de particular en aquella bodega. Su iluminación, su olor, sus rincones, lo reducido aun reconfortante de su tamaño, el tablón desplegable que se había convertido en su improvisado escritorio, la forma en que la luz de las velas se reflejaba sobre la maltrecha pintura que cubría sus paredes de madera... Era su despacho, pero también era un lugar en el que reposar, en el que pensar, en el que trazar nuevas rutas de navegación, todo ello rodeado de una multitud de barriles, pequeños cofres, barricas y sacos de arpillera que contenían todo lo que la pequeña tripulación pudiese necesitar en sus viajes. A un lado, junto a una pequeña caja de cerillas que usaba para encender las velas de la bodega, descansaban sus cartas náuticas, ordenadamente apiladas y ordenadas, sobre las que ya había efectuado algunos bosquejos para la ruta que tomarían próximamente hacia la siguiente isla, con su sextante a modo de pisapapeles sobre todas ellas. A otro lado de su mesa, junto al Den Den Mushi, reposaba una pequeña pila de viejos periódicos, a los cuales se habían sumado los ejemplares más recientes, en los que se mencionaba lo ocurrido en Kutsukku apenas algunas semanas atrás y la actuación de la Marina. Nuevas divisiones parecían estar en camino hacia el Grand Line, lo cual siempre era un alivio. Los Alas Negras se habían hecho con Punk Hazard, en el Nuevo Mundo, y, como represalia, el Almirante Markus Whitend había ordenado la ejecución de su capitán original, cautivo en Impel Down. Corrían tiempos interesantes, no cabía duda de aquello; solo quedaba por ver cómo de interesantes serían. Sin embargo, lo que se había instalado en la mente de Stroud, aferrándose a su cerebro como un clavo oxidado, era la forma en que el World Economy News Paper se había referido a él, no en una, sino en dos ocasiones. Por supuesto, era un auténtico orgullo ver su fotografía aparecer aquí y allá entre sus páginas, y ver mencionados los esfuerzos de su División, que parecía empezar a llamar la atención de algunos. Sin embargo, lo que lo traía de cabeza era el apellido que alguien en la imprenta de aquel periódico le había asignado. En dos ocasiones ya, las noticias se habían referido a él como Stroud Nanashi. Naturalmente, siempre había sido consciente de que "Redgrave" había sido poco más que un capricho administrativo, algo que se le había asignado casi al azar, y poco más, que no significaba nada en concreto, fruto de lo incierto y lo humilde —por decir algo— de sus orígenes, en la lejana Spider Miles. Sin embargo, aquel apellido que, una vez más, se le había asignado desde alguna fuente misteriosa, que le venía dado, que algún extraño en alguna oficina le había asignado, le trasladaba inmediatamente a alguien muy particular dentro de la Marina, cuyo nombre conocían bien todos los reclutas: el Vicealmirante Ryu Nanashi, el Dragón. Jamás lo había conocido en persona, pero todos habían escuchado hablar de las andanzas de los Zoodiacool. No tenía ni idea de qué implicaba aquello. ¿Era Ryu Nanashi su auténtico padre, o se trataba solo de una feliz casualidad? Fuera como fuese, hacía un rato que Stroud había aparcado aquellos pensamientos que inundaban su joven mente, dejándolos a un lado por el momento. Por tentador que fuese elucubrar sobre el significado de aquello, de aquel apellido impreso en tinta negra barata sobre el delgado papel del periódico, otras cuestiones más urgentes merecían su atención en aquellos instantes. Contrario a lo que había pensado de Drum en su llegada a la isla, lo cierto era que aquel paraje nevado albergaba más misterios y más problemas de los que aparentaba a simple vista. Supuso que tal era el destino de cualquier lugar pacífico que no contase con un apoyo continuado de la Marina: quedar a merced de quienes acechaban para obtener, de forma legítima o ilegítima, su cota de poder propia, al precio que fuese. En las últimas horas, había recibido informes de algunos sucesos más que se habían ido apilando sobre el historial de la isla, de la misma forma que sobre su mesa se amontonaban sus periódicos y sus cartas náuticas: más asesinatos y desapariciones en la nieve. Todo parecía seguir un patrón similar al que había encontrado en sus experiencias previas: alguien moría, y algún órgano era cosechado en una operación quirúrgica más bien torpe, pero funcional. Había un patrón, y, por tanto, había también una intención. Y creía que tenía precisamente la clave de aquello en el papel que había recuperado en su incursión a la guarida clandestina de los responsables. El documento de la panacea era rudimentario, con más tintes chamánicos que realmente médicos, pero era posible entender por dónde iban los tiros con bastante precisión. Stroud atribuía la escasa precisión técnica de la que hacía gala el documento, de hecho, a los conocimientos sobre medicina que parecían abundar en Drum, y que era lo suficientemente profundos como para permear en el común de la sociedad. Repentinamente, el zumbido de su Den Den Mushi lo sacó de su ensimismamiento. Berep berep ber-. Lo descolgó tan rápido como pudo, temeroso de que el ruido despertase a sus compañeros de División en mitad de la velada, y tomó el auricular. "Comandante Stroud Re... Nanashi," corrigió al vuelo, justo antes de emitir un suspiro, "¿alguna novedad?". La voz al otro lado de la línea era una de las que ya conocía, algún administrativo de la Marina. "Disculpe las horas, Comandante," dijo la voz antes de ir al grano, "tenemos otros dos casos. Uno al que le han extirpado el... eh...," dijo, mientras se volvía evidente que lo estaba buscando a toda prisa en alguna clase de informe que seguramente reposase sobre su escritorio, iluminado por un flexo, "el páncreas, y otro al que le han quitado el... ojo," dijo finalmente, mientras Stroud casi podía ver cómo el dedo de su interlocutor recorría el papel a toda prisa en busca de la información. Asintió con la cabeza. Antes de responder, se detuvo a leer sobre sus propios papeles, hojeándolos rápidamente, en busca de algo en concreto. El documento de la panacea incluía una lista que, hasta el momento, había correspondido punto por punto con los órganos que habían extirpado. Resultaba difícil decir si cosechaban aquellos órganos de cuerpos ya fallecidos de otra manera, pero Stroud sospechaba que, si bien podría haber sido así en un inicio, estaban pasando a una estrategia más agresiva. Encontró lo que buscaba. Solo quedaban tres órganos sin tachar en la lista. "Déjeme adivinar, ¿el ojo derecho?," inquirió finalmente el comandante, observando la arrugada hoja de papel. "Sí, según el informe es el derecho," confirmó la voz al otro lado. La "receta" de la panacea indicaba todos los órganos necesarios para elaborar lo que fuera aquello, y especificaba que debían pertenecer a fuentes distintas, lo cual empezaba a explicar todo lo que allí estaba sucediendo. "Gracias," se limitó a decir Stroud antes de colgar, volviendo a situar todos los papeles frente a sí mismo y extendiéndolos sobre la mesa, estudiándolos. Debía actuar ya, antes de que culminasen aquel proceso y segasen más vidas inocentes. Miró a su alrededor en busca de algo, y no tardó en encontrarlo. Tomó una de las pequeñas barricas de la bodega y la introdujo con dificultad en su mochila. Abandonó en el navío aún al abrigo de la noche, mientras toda Drum parecía dormir, a excepción de algunas ventanas iluminadas aquí y allá que se convertían en pequeñas estrellas en mitad de la oscuridad imperante, más allá de las farolas que alumbraban las principales calles y avenidas de la isla. No nevaba, sino que, excepcionalmente, una densa bruma parecía cubrirlo todo, provocando que cualquier fuente de luz se esparciese y difuminase en la niebla. El suelo, eso sí, estaba tan nevado como de costumbre, con aquello siempre se podía contar. La gruesa capa de nieve acolchó las pisadas de sus botas a medida que se alejaba del barco, manos entrelazadas tras la espalda, mientras meditaba sobre cómo atajar la situación de la mejor forma posible. Por un lado, podía intentar cazarlos en el acto, antes de que cometiesen una nueva atrocidad, pero algo así no sería suficiente: llegó rápidamente a la conclusión de que debía ir directo a la raíz del problema. Debía ir a aquella cueva entre las rocas que había encontrado días atrás, durante sus peripecias por Drum. Sin embargo, aquello no evitaría necesariamente que se produjese una nueva carnicería. Debía esforzarse un poco más, pensar bien en cómo resolver aquel brete. En primer lugar, comenzó por descartar localizaciones. El Reino de Sakura estaba demasiado vigilado, era un lugar próspero en que ninguna cosa como aquella habría pasado inadvertida, seguramente llamando la atención de las autoridades de la isla. Y, de hecho, ninguno de los ataques se había producido allí ni en sus inmediaciones. El Castillo de Drum y las Drum Rockies eran otro lugar a descartar: el acceso era demasiado difícil, y el lugar estaba más vigilado que ningún otro. Sus principales apuestas eran Bighorn y Gyasta, donde, de hecho, se habían cometido la mayoría de crímenes durante su estancia, tanto en el interior como en la periferia de los núcleos de población. La cuestión ahora era cuál de ellos. Según sus informes, Bighorn parecía haber sido el lugar favorito para sus fechorías al principio, pero, con el tiempo, habían acabado por preferir Gyasta, concentrando allí su actividad. No podía sino confiarse a la estadística. A paso ligero, puso rumbo hacia la castigada zona de Gyasta, un lugar que ya conocía. Tras un largo camino a través del frío, la bruma y la nieve, la humilde Gyasta se extendía ante sus ojos, tal y como la recordaba. En un primer vistazo, nada parecía salirse de lo ordinario. Aún sin adentrarse en el pueblo, coronado por aquellas chimeneas de las que emergían columnas perpetuas de humo que se perdían en el cielo de la noche, optó por subirse a uno de los árboles más altos que encontró, ascendiendo por su tronco helado sin excesiva dificultad hasta una de las ramas más altas, que parecía ser capaz de sostener su peso. Prácticamente invisible, inadvertido, se instaló allí, contemplando las callejuelas y las escasas casas que componían el lugar, a la espera. Esperaba no equivocarse. Los minutos pasaban con lentitud. Nada se movía en Gyasta, y, si uno se quedaba viéndola por el tiempo suficiente, podría pensar que se trataba de una imagen fija, más que un lugar real. Apenas había ningún ruido allí, más allá del ulular de alguna lechuza que salía de caza, como él, al abrigo de la noche, y algún Lapahn rugiendo en la lejanía. Nada que lo debiese sorprender. Los minutos no tardaron en convertirse en una hora, y aquella hora en dos, en la que nada cambió. Repentinamente, algo llamó la atención de Stroud. Un par de figuras, abrigadas con lo que parecían pieles y encapuchadas, exhalando volutas de vaho a medida que se desplazaban, habían aparecido entre los abetos desde uno de los lados del pueblo. Stroud se movió ligeramente, sacudiéndose la escarcha que había comenzado a cubrir su cuerpo casi inmóvil. Era peligroso permanecer tanto tiempo allí, a la intemperie, sin moverse, y sin una fuente de calor externa, pero más peligroso hubiera sido no hacerlo. Los tenía. Las dos figuras se desplazaban sigilosamente, pero era imposible no verlas desde donde se encontraba Stroud, incapaces de pasar desapercibidas en su contraste con la nieve que lo cubría todo, incluso en aquella bruma. Se dirigían hacia una de las casas, que parecían haber determinado de antemano, sin necesidad de discutir y planificar entre sí. Era obvio que tenían una misión. Para Stroud, aquello era prueba suficiente. Desperezándose, colocó ambas manos sobre la rama y se colgó de la misma, para posteriormente dejarse caer verticalmente hasta la nieve, que amortiguó y silenció su caída, que quedó en un sutil crujido apenas audible desde el pueblo, y que fácilmente se podría haber confundido con cualquier otra cosa. Moviéndose con sigilo, y con aquel uniforme blanco que actuaba casi de camuflaje en aquellas circunstancias, se movió entre casa y casa, aproximándose a las dos figuras y siguiéndolas de un callejón a otro, vigilándolas desde los ángulos de las esquinas. Agarró un puñado de nieve y se lo puso en la boca, de forma que no lo delatase el vaho durante la persecución. Finalmente, las dos figuras se detuvieron frente a una de las pequeñas casas, asintiéndose con la cabeza la una a la otra, y se dispusieron a llamar a la puerta. Stroud, sin embargo, fue más rápido, y aquella mano que se disponía a golpear la puerta con sus nudillos se encontró sujeta por su muñeca con la firmeza de una viga de hierro. Los encapuchados se giraron, alarmados, en busca de aquel fantasma que había osado interrumpir su cometido, pero apenas tuvieron tiempo a reaccionar. En un abrir y cerrar de ojos, ambos yacían inconscientes en la nieve. El factor sorpresa le había beneficiado en aquella ocasión, y la refriega no fue tan dura como lo había sido contra aquella gente anteriormente. Stroud registró a ambos, encontrando un arma y algo de munición, y no mucho más. Llevaban lo justo y necesario encima como para cumplir con su misión. No tardó en amordazarlos y en atarlos, inmovilizados, al poste que se erguía en la plaza central de Gyasta, dejándolos allí para que sus habitantes decidiesen qué hacer con ellos al amanecer, que estaba por despuntar. Quedaría a su juicio. Él tenía algo más que hacer. Ahora sí era momento de atajar el problema. Fueran quienes fueran, su centro de mando era, indudablemente, aquel pequeño laboratorio que había logrado encontrar semanas atrás. Y esta vez, las circunstancias eran distintas; si estaban esperando los que debían de ser los últimos ingredientes que necesitaban para su panacea, todos se encontrarían allí, o al menos los jefes, los responsables últimos de todo aquello. La ocasión era demasiado propicia como para dejarla escapar así como así. Debía hacerlo ahora. Caminó entre la niebla y la nieve, a ratos cubierto por densos bosques de abetos, y a ratos rodeado de grandes planicies nevadas que terminaban en riscos escarpados que no se diferenciaban mucho de los que uno hubiese encontrado cerca de las Drum Rockies, en busca de aquella pequeña guarida. Finalmente, se orientó. Empezó a recordar, a darse cuenta de dónde estaba exactamente, y corrigió el rumbo. Esta vez le sería mucho más sencillo que la anterior. Sabía que no estaba muy lejos de Bighorn, en alguna zona intermedia. Se encontró finalmente frente a aquella pared rocosa, en aquel pequeño valle glacial cobijado por multitud de abedules y paredes rocosas que lo cuidaban de miradas indiscretas. Era una localización perfecta, a decir verdad. Esta vez, sin embargo, debía ser mucho más cuidadoso en su proceder. Si lo oían llegar, todo su plan se iría al traste, y no podía permitírselo, o la situación se pondría realmente peligrosa. Con cuidado, y sintiendo cómo se le congelaban las manos, comenzó a escalar por las rocas casi en vertical, en busca de aquella improvisada puerta, más parecida a una tapa de alcantarilla incrustada en la piedra que a una puerta de verdad. Los matorrales que la cubrían estaban echados a un lado, por lo que dedujo que debía de haber habido actividad reciente, muy reciente. Conteniendo la respiración, colocó su oído sobre el hierro, aguzando el oído. No tardó en escuchar ruido en el interior, extrañamente amplificado y distorsionado por el metal de la puerta, pero era indiscutible. Se encontraban allí, discutiendo acaloradamente entre sí. La puerta, como recordaba, no era precisamente hermética, aunque estuviese encajada con dureza en la roca, si bien proporcionaba una protección del frío y los elementos más que adecuada para las circunstancias. Aún conteniendo la respiración, sacó con sumo cuidado el pequeño barril que cargaba a la espalda, cuyo líquido interior hacía inaudibles ruidos de salpicadura al moverlo. Retiró lentamente el tapón de corcho que se encontraba en su tapa, y comenzó a verter el contenido del mismo a través de una de las ranuras que la puerta dejaba entre el metal y la piedra. La absenta comenzó a deslizarse bajo la puerta con facilidad, como pasando a través de un embudo. Con un poco de suerte, no se darían cuenta hasta que fuese demasiado tarde. Una vez el barril se hubo vaciado por completo, extrajo la caja de cerillas del bolsillo de su abrigo. Las voces dentro de la guarida comenzaron a agitarse. "¡Eh! ¡¿Eso qué coño es?! ¡Reck, limpia esa mierda! ¡Salid todos, SALID TOD-," exclamó una voz desde dentro, demasiado tarde. El alcohol vertido por Stroud comenzó a prender en llamas, que se extendieron hacia el interior de la guarida. Stroud se apartó rápidamente de la puerta, echándose a un lado en la pared de roca, suponiendo lo que podía ocurrir a continuación. Y, en efecto, la puerta de hierro salió disparada repentinamente en mitad de una gran explosión, seguida de una bocanada de fuego. Los materiales científicos, el mobiliario, el papel, los líquidos de conservación, los productos químicos que empleaban en su mejunje, junto a la absenta que él había vertido, habían sido material de combustión para una colosal explosión que arrasó con el interior del lugar. Los gritos cesaron poco a poco, ahogados entre las llamas y el abundante humo negro que salía entre las rendijas de algunas rojas y, sobre todo, por la puerta, que actuaba como una gran chimenea, mientras todo a su paso se teñía de hollín. Un nuevo éxito de la Justicia en Drum. Sus fechorías acababan allí. Esos no molestarían más. RE: [T5, Autonarrada] Hollín [P.A.] - PX-6 - 17-06-2026 ✓ Aventura Autonarrada: Completada RECOMPENSAS: — Puntos Mugiwara: 10 — Reputación: 25 — Berries: 20K |