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De telis [Creación ||PR] - Versión para impresión

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De telis [Creación ||PR] - Bai Mudan - 19-06-2026

Drum Rockies, Isla de Drum.
Día 64 de invierno del año 17
Medio día.
Canto a las armas y al hombre que las porta.
Autor desconocido.

Abriéndose paso al grito de "tengo prisa y no quiero tropezar con nadie en medio del mercado", un hombre no mucho mayor a Bai golpeo su hombro mientras corría por los laberinticos caminos del mercado dominical.

A su alrededor, exhibiendo sus mercancías, una pequeña cantidad de mercaderes juraban en falso sobre la salud de sus familiares que aquello que había sobre sus mesas era lo mejor que encontrarías en la zona. Todo el mercado estaba lleno de ese ruido: un joven que grita el precio de las telas, el comprador que regatea hasta el último berri, y el vendedores de ropa que maldice la falta de clientes cuando es obvio que en una zona tan alejada de todo solo te van a comprar los locales.

Bai chasqueó la lengua y recogió las alas.

Las casetas del lugar eran de madera, pequeñas y cobijadas de todo frio. Con grandes quinques a las espaldas y braseros bajo los pies de los vendedores para evitar el frio.

..

Abriéndose paso violentamente, a grito de: «¡Tengo prisa y no quiero tropezar con nadie en medio del mercado!», un individuo de cuya fisonomía Bai no iba a recordar después de mirarle a los ojos, golpeó de repente con cierta violencia el hombro de esta mientras corría sin mirar atrás por los laberínticos y desordenados pasadizos del mercado dominical.

Y, aunque este no era muy grande, a su alrededor se podía encontrar desde mercaderes exhibiendo sus dudosas mercancías —mientras juraban en falso por la salud de sus ancianas madres o de sus hijos que aquellos artículos descoloridos que descansaban en sus mesas eran los más preciosos y legítimos que podrían hallarse en toda la comarca—, hasta ancianos vendiendo pieles recién curtidas por manos expertas, los cuales caminaban en silenciosa procesión, como si les diera vergüenza, a su edad, seguir trabajando.

Sin embargo, aquellas figuras silenciosas contrastaban con el griterio del comercio mundano donde empleados gritaban sin cesar el precio de telas, el comprador regateaba hasta el último berri y los vendedores de ropa maldecían la flagrante ausencia de forasteros.
Queja que, dicho sea de paso, era estúpida debido siendo a la localización en la que se había montado.

—Idiota... —murmuró con un gesto de amargo fastidio al tiempo que recogía las alas contra en un intentento por disminuir su volumen.

Pero era difícil hacerlo, sobre todo cuando las instalaciones del lugar consistían en una serie de casetas rudimentarias, apelotonada las unas con otras y, de dimensiones tan exactas que, a parte de ofrecer un gran abrigo contra las corrientes solo entraba una persona tras el mostrador.  Ahí no importaba cuanto intentase encogerse, ella era demasiado grande y llamativa.

—¡Aquí, por aquí!

Una mujer demasiado bajita como para que Bai la pudiera ver a la primera, intentó llamar su atención con exagerados aspamientos.

—Parece que eres propensa a esta clase de artículos, eh—añadió ella con una familiaridad típicamente mercantil, posando una de sus manos en su propia cintura mientras señalaba con el índice el cinturón de Bai, provisto del accesorio destinado a sostener la vaina de su espada.

Bai achicó sus ojos tratando de entenderla y apretó sus labios mientras pensaba. Sin embargo, aquella pequeña comerciante, dueña de un rostro afable, redondo y rebosante de una astucia bonachona, interpretó de inmediato aquella reticencia como una señal de genuino interés.

—Observe, observe esto —insistió, asiendo con presteza una pieza cuyo diseño correspondía al de una katana—. Auténtico acero de Damasco.

Bai la contempló fijamente sin atinar a pronunciar palabra alguna.

—¡Ajá! Ya veo que no es de su agrado... —refunfuñó la mujer, desapareciendo de forma abrupta al agacharse por completo bajo el mostrador.

En ese momento, Mudan se percató de que aquella gente, para contrarrestar las bajas temperaturas de la región,  habían dispuesto a sus espaldas de grandes quinqués de doble mecha que arrojaban una luz amarillenta y oleosa, mientras que bajo sus pies  mantenían pequeños braseros de hierro cargados de carbón.

—¿Y qué me dice, entonces, de esta magnífica belleza? —exclamó de pronto la tendera, sobresaltando a Bai al emerger súbitamente del suelo como una seta tras la lluvia—. Esto es una pieza de primer orden, indiscutiblemente la mejor que se haya forjado en estas tierras.

Bai negó con la cabeza y, elevando una mano, declinó la oferta.

—¡Vaya, veo que se trata de una clienta difícil de persuadir! Un auténtico hueso duro de roer, eh... Pero no se preocupe, alguna de mis cosas terminará por cautivarla.

Con un gran esfuerzo, y tras haber vuelto a desaparecer, apareció cargando una caja de debajo del mostrador. Esta estaba cargada de artilugios y accesorios para todo tipo de espadas y la puso encima del mostrador que, a la birkiniana, le llegaba por la cadera.

—Mire aquí, mire aquí —comenzó a decir la mujer, deslizando  sobre la caja y hundiéndo parte de su torso—. Esto no es chatarra ordinaria, señorita, no —continuó desde dentro —. Es fundición gris de la más alta densidad.
Saco varias láminas de metal y se las mostró.
—Toque, toque el grano del metal... Es tan liso como el mármol.

Bai desvió la mirada hacia las piezas por un momento. Luego, sin darle tiempo a pensar nada más, la pequeña mujer hundió las manos de nuevo en el cofre y, con un tintineo estridente, extrajo una gruesa madeja de cadenas.

—Y si lo que buscas es asegurar lo que es tuyo...—declaró, dejando caer la cadena de hierro sobre el mostrador—. Esto puede ser los que buscas. Mira, mira. Observa la soldadura en cada anillo, está perfecta.

Bai empezaba a sentir que la cabeza le pesaba. Demasiada palabrería, demasiada intensidad.

Pero la mujer no parecía darse por vencida. Al contrario, pues pronto  inclinó el torso hacia adelante, apoyando las manos en el borde del mueble de manera que su rostro redondo quedó iluminado desde abajo por el brasero y, reduciendo la voz a un susurro, dijo:

—Sé muy bien que una mujer tan diestra y bella no se conforma con baratijas de hojalata. Llévese las piezas de metal; añada la cadena por una suma irrisoria y habrá hecho la mejor inversión de la isla. ¿Qué me dice?

Mudan miró hacia ambos lados, observando que ya no estaba tan apretada como antes. Le hizo un gesto a la mercader y le dio la espalda; tras ella se escucharon varios golpes de objetos al caer.

Entonces, la tendera, escurriéndose por debajo del mostrador, salió corriendo solo para pararse delante de ella y, con los brazos frente a Bai, intentar frenarla.
Ahora que la veía bien, la mujer poseía una pequeña cola que le recordaba a la de una ardilla.

—Espera, espera.

Bai la miró desde las alturas, ladeando la cabeza al ver como la mujer intentaba retenerla.

—Te lo dejo a mitad de precio, ¿qué me dices?

Bai volteó a ver hacia donde le señalaba y, para su sorpresa, tirado en el suelo se hayaban varios utensilios que le podían ser de ayuda. Se acercó a ello, se agachó y los observó con cuidado.

—Bah, basura — dijo la tendera acercándose a ello —Mi marido compró todo un lote de herramientas y basuras. Puedes quedártelo.

Por supuesto, Bai no entendió nada pero, creyendo que eso lo podía comprar, pagó una suma más que adecuada por la caja. Y la mercader, creyendo que había comprado las cadenas y demás, le metió todo en una misma caja.

—¡Muchas gracias, señorita! No se arrepentirá.

Y tenía razón pues, tan pronto como Bai hubo llegado a la modesta posada donde se hospedaba, tras haber organizado sus compras y haber fijado la vista en su propia espada, se le ocurrió una idea en la que, hasta ese instante, jamás se había detenido a meditar. ¿Y si modificaba el arma? ¿Y si le hacía algún tipo de mejora técnica? A juzgar por la variedad de componentes que había dentro de la caja la idea parecía plausible.
Así que, incluso antes de que se diera cuenta, la oharanense ya se encontraba trasteando con los calces y las limas.

—¡La cadena! —dijo, al darse cuenta de podía ser un cambio práctico y bello a la vez.

De esta forma, guiada por este nuevo propósito, Bai desnudó el arma de sus guarniciones originales a fin de desmontar el pomo de la espada y dejar al descubierto la espiga desnuda del acero. Después, con cuidado para no estropearlo, adaptó el más delgado de los trozos metálicos al talón de la empuñadura —no sin antes hacerle un agujero pasante—, ajustándolo mediante pasadores cilíndricos que golpeó firmemente con un viejo mazo de madera hasta que el metal nuevo y el antiguo formaron un solo bloque perfectamente contrapesado.

Acto seguido, tomó el extremo de la madeja y, empleando unas tenazas, abrió el último de los eslabones para entrelazarlo directamente en el agujero.

Una vez hecho esto, y habiendo después apretado con las tenazas  el eslavon abierto, decidió que, para mantener la cadena fijada a algún puntonde su cuerpo —bien fuera sus guantes, bien su cinturón—, podría usar alguno de los mosquetones que habían en el interior de la caja. Así que tras seleccionar el mejor, uno pequeñito pero de acero inoxidable, lo unió a la cadena.

Y aunque parecía que ya había terminado su faena, en cuando Bai levantó la vista y vió que la ornamentación de la empuñadura estaba aún sobre la mesa, con resignación, volvió a colocarla para intentar dejar lo mejor posible la espada como si solo hubiera añadido la cadena.

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