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[Entrenamiento de Haki] Tres pasos para alcanzar la gloria - Aspros - 19-06-2026 Capítulo 1: Un par de cosas
El aroma a resina y salitre flotaba en el aire del archipiélago de Sabaody, pero para mí, el ambiente solo sabía a urgencia. Mi capitán, el alma de los Alas Negras, estaba preso. Iba a ser ejecutado. La noticia había golpeado las puertas del Reino de Kamabakka como un cañón, y yo, su Reina, no había dudado ni un segundo en abandonar el trono. Mis súbditos lloraron mi partida, pero una monarca no se queda de brazos cruzados mientras su mundo se desmorona. Había pasado las últimas semanas perfeccionando el Okama Kempo entre los árboles de Sabaody, puliendo cada patada y cada pose con sangre, sudor y glitter. Mi silueta, estilizada y extravagante, vestida con ropajes de cortes limpios y asimétricos que desafiaban la moda convencional, contrastaba con la brutalidad de la isla. Mi cabello oscuro, recogido por una bandana, no se había descolocado ni un milímetro. Todo estaba listo. Me encontraba en el muelle del Manglar 24, a bordo de un pequeño balandro listo para zarpar hacia el destino de mi capitán. —¡Un último retoque y el escenario estará listo para mi gran entrada! —exclamé para mí mismo, acomodando mi capa con un gesto dramático. Pero el destino, ese autor caprichoso, decidió reescribir mi guión. Antes de que pudiera soltar amarras, un estallido sordo hizo temblar las raíces del árbol más cercano, sacudiendo la pequeña embarcación en la que me encontraba. No fue una explosión de pólvora; fue una onda de choque invisible que congeló el aire. Un silencio sepulcral, espeso como el lodo, cayó sobre el puerto. Los mercaderes, los cazarrecompensas y los piratas de poca monta que deambulaban por la zona cayeron al suelo uno a uno, desmayados, con los ojos en blanco y boca espumorosa. Mis ojos se abrieron de par en par. Mi cuerpo, instantes antes ligero como una pluma, se tensó. El aire pesaba. ¿Qué demonios...? De entre la niebla y los cuerpos inconscientes, emergió una figura. Caminaba con una parsimonia exasperante, las manos en los bolsillos y una sonrisa ligera, casi bucólica, en el rostro. Parecía un turista disfrutando de una tarde de sol, totalmente ajeno a la masacre silenciosa que acababa de provocar. Su mirada se cruzó con la mía. Al ver que yo seguía en pie, su sonrisa se ensanchó un milímetro, destilando una apatía que me heló la sangre. No había hostilidad en él, solo una indiferencia absoluta hacia los rezagados que pisoteaba sin mirar. —Vaya... —dijo, con una voz arrastrada y extrañamente magnética—. Parece que un espantapájaros de colores ha sobrevivido a mi presencia. Qué molesto. Quería un viaje tranquilo. —¿Espantapájaros de colores?¿Cómo osas hablarle así a una rei…a mí? —bramé, adoptando una postura perfecta de Okama Kempo, con una mano alzada y los dedos flexionados como garras—. ¡Tengo prisa, mi capitán me necesita, y no voy a dejar que un vagabundo con ínfulas arruine mi partida! Lancé una patada cortante hacia el aire, una ráfaga de viento directo a su rostro. El desconocido ni siquiera pestañeó. No se movió. No esquivó. Simplemente, mi ataque pasó a escasos centímetros de su mejilla, como si él hubiera sabido el ángulo exacto de mi trayectoria antes de que yo siquiera pensara en mover la pierna. —Tu técnica es ruidosa. Tu mente es un mapa abierto, reina —susurró. En un parpadeo que mis ojos no pudieron registrar, apareció a mi lado, apoyado en la barandilla de mi propio barco—. Quieres salvar a alguien, pero con esa percepción tan ciega, solo vas a conseguir que te dibujen una lápida bonita. Una presión invisible me golpeó el pecho. No física, sino mental, algo a un nivel más profundo. Sentí su voluntad: una crueldad fría, matemática y calculadora que me vio no como a un rival, sino como a un insecto que decidía no aplastar solo porque no quería ensuciarse los zapatos. El carisma que emanaba era innegable; te atrapaba, pero su fondo era un abismo oscuro. —¿Cómo...? —pregunté, apretando los dientes, odiando la vulnerabilidad en mi propia voz— ¿Haki? El desconocido miró hacia el horizonte del Manglar 0, donde las sombras de las raíces gigantes se volvían más densas y peligrosas. —Si de verdad quieres salir de este archipiélago con vida y ver a tu capitán, vas a tener que aprender a "ver" de verdad. No con esos ojos tuyos tan dramáticos, sino con el Haki de Observación. El verdadero. El que te dice dónde va a golpear el enemigo antes de que él mismo lo sepa. Se dio la vuelta, dándome la espalda con total indiferencia, como si supiera que no me atrevería a atacarlo por la espalda. O peor aún, como si no le importara si lo intentaba. —Me llamo Seiji. Sígueme y, si sobrevives al camino, puede que te enseñe un par de cosas. Si no, al menos dejarás de hacer ruido. Sin esperar respuesta, saltó del barco y se adentró en la penumbra de los manglares proscritos. Me quedé solo en la cubierta, con el viento agitando mi bandana. Ir tras él significaba retrasar mi viaje... pero irme así significaba que la posibilidad de morir en el primer intento de rescate fuese demasiado grande. Con una sonrisa amarga y llena de determinación, salté a la raíz. El entrenamiento de la Reina de los Alas Negras aún no había terminado. Capítulo 2: Hoy por ti, mañana por mi
Seguir los pasos de Seiji por el manglar era como perseguir a un fantasma que se complacía en dejar un rastro de migajas venenosas. No miraba atrás. Sabía perfectamente que, ya fuese por orgullo o por la desesperación por rescatar a mi capitán, no me quedaba otra opción que seguirlo. Mis tacones golpeaban las raíces gigantescas de los Yarukiman Mangrove con una mezcla de furia y elegancia, mientras el entorno se volvía cada vez más hostil. Las burbujas flotantes reflejaban mi tensa expresión. Finalmente, la espesura del manglar se abrió para revelar un rincón oculto a los ojos ajenos. Era una estructura precaria pero imponente, construida directamente sobre la madera viva del árbol, donde las raíces se retorcían como serpientes petrificadas. Cajas de contrabando, mapas desgastados y botellas de licor caro decoraban el porche de lo que parecía ser su base de operaciones. Era un lugar que apestaba a secretos y a una calma perturbadora. Seiji se dejó caer sobre una silla de mimbre, cruzando las piernas con esa parsimonia que empezaba a crisparme los nervios. Me quedé de pie en el umbral, con los brazos cruzados, adoptando una pose digna de la realeza. —Hemos llegado, "maestro" —dije, arrastrando las palabras con una mezcla de respeto forzado y desdén—. Ahora, habla. ¿Por qué un hombre con tu poder se molestaría en ofrecerle clases particulares a una pirata en mitad de una crisis? No me trago tu repentina caridad. Seiji soltó una risa suave, un sonido carente de cualquier calor humano. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, y por primera vez, su mirada fría y calculadora me escudriñó como si estuviera diseccionando un lienzo. —¿Caridad? Por favor, no me insultes —su voz bajó un tono, volviéndose peligrosamente nítida—. Sé perfectamente quién eres. La Reina de los Okama, la mano derecha de los Alas Negras. Sé que tu capitán está a las puertas del patíbulo y sé el tipo de caos que estás dispuesta a desatar para sacarlo de allí. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Mi mente, siempre ágil y analítica, empezó a encajar las piezas. Aquello no era una coincidencia. —Si ya lo sabes, ¿a qué juegas?¿quieres impedírmelo? —inquirí, dando un paso al frente, la tensión palpable en mis músculos. —Juego a ganar, como siempre —respondió Seiji, encogiéndose de hombros con total indiferencia—. No me importa la vida de tu capitán, ni tu reino, ni los ideales de tu tripulación. Pero la ejecución de un líder de los Alas Negras va a sacudir el Nuevo Mundo, y yo tengo ciertos... intereses comerciales y políticos que se beneficiarán enormemente si el caos que provoques es lo suficientemente devastador. Si vas allí y mueres en la entrada por no saber predecir un disparo, arruinarás mis planes. Necesito que tu viaje sea satisfactorio. Necesito que sobrevivas para que prendas fuego al escenario que te espera. La frialdad de sus motivos era espeluznante. No había ni un ápice de empatía en sus ojos; me estaba utilizando como un peón refinado para sus propios fines. Sin embargo, su propuesta era pragmática. Un trato con el demonio seguía siendo un trato si me daba las armas para salvar a mi capitán. —Me usas para tu beneficio... Qué falta de gusto—repliqué, esbozando una sonrisa afilada y altiva, recuperando mi compostura—. Pero si tu egoísmo me da el poder para destrozar a cualquiera que se interponga entre mi capitán y yo, acepto el trato. Seiji se levantó, su rostro volviendo a esa máscara de relajación absoluta. Caminó hacia el borde de la plataforma, que daba a un foso natural entre las raíces, oscuro y plagado de corrientes de aire traicioneras procedentes del mar. —Noto en tí un atisbo de poder, unas bases en lo referente al haki. Si tuviésemos que empezar con algo…El Haki de Observación no se aprende leyendo o mirando un paisaje, Aspros. Se aprende cuando tu cuerpo entiende que la única alternativa a no "ver" es la muerte. Vas a vendarte esos ojos tan expresivos que tienes. Y entonces, empezaremos a jugar. Capítulo 3: Efecto en cadena
La venda de seda negra que Seiji me arrojó era de dudosa calidad, pero me la anudé sin vacilar. La oscuridad me rodeó por completo, extinguiendo el colorido mundo de Sabaody. Para cualquiera, esto sería una desventaja absoluta; para mí, era el momento de sintonizar con lo que ya conocía. En mis días en Skypiea, bajo el cielo eterno, había aprendido a escuchar el Mantra. Cerré los ojos bajo la tela y respiré hondo, adoptando una pose estilizada, con los brazos abiertos y las puntas de los dedos rozando la brisa del manglar. De inmediato, el mundo invisible se iluminó en mi mente. Sentí las auras a mi alrededor: la vegetación vibrante del árbol Yarukiman, los pequeños animales que huían por las raíces, y sobre todo, la presencia de Seiji. Su aura era inmensa, gélida y afilada como un bisturí de hielo, una manifestación perfecta de su poder y de esa cruel indiferencia que ya me había demostrado. Podía sentir su desdén, su absoluta falta de empatía fluyendo hacia mí. —Sé que puedes sentirme, Aspros —su voz resonó desde algún punto a mi derecha, flotando con esa parsimonia exasperante—. Sientes mi poder, sabes dónde estoy y que no te tengo ningún aprecio. Parece ser que tienes una buena base, pero tu Kenbunshoku actual es pasivo. Es un mapa estático. En una ejecución, en una guerra contra la Marina, el mapa no te salvará si no sabes hacia dónde se mueven las piezas. Escuché el crujido de la madera. Seiji caminaba a mi alrededor. —El nivel intermedio no consiste en ver lo que es, sino lo que va a ser. Tienes que leer la intención antes de que el músculo se mueva. Prepárate. El primer ataque llegó sin previo aviso, pero mi mente captó el desplazamiento de su aura. Con un elegante giro sobre un tacón, esquivé hacia la izquierda, permitiendo que el viento de su puñetazo me rozara la mejilla. Sonreí con arrogancia, acomodándome la venda. —¿Eso es todo, maestro? Mi Okama Kempo es demasiado refinado para caer ante un golpe tan predecible. —No celebres antes de tiempo, espantapájaros —replicó su voz, ahora a mi espalda. De repente, la dinámica cambió. Sentí una punzada de peligro en mi mente, una línea roja invisible que conectaba el aura de Seiji directamente con mi hombro derecho. No era solo su presencia; era su voluntad de golpear. Antes de que su brazo se extendiera, mi cerebro ya había procesado el impacto inminente. Mi Haki me estaba mostrando el futuro inmediato, la pura intención asesina de mi oponente. Traté de reaccionar, de deslizarme hacia atrás en una pirueta perfecta... pero mi cuerpo no respondió a tiempo. Un golpe seco de su mano abierta me impactó en el hombro, mandándome a rodar por la plataforma de madera. Gemí, apoyando las manos en el suelo, sintiendo el dolor punzante del impacto. Mi técnica era impecable, pero el Haki de Observación intermedio no me hacía más rápida. Aunque había "visto" la intención de Seiji una fracción de segundo antes, mis atributos físicos y mi velocidad actual no habían sido suficientes para ajustar el movimiento y esquivarlo. Sabía que iba a recibir el golpe, y aun así, no pude evitarlo. —Ahí lo tienes —dijo Seiji, cuyos pasos ni siquiera se habían acelerado—. El Haki te da la respuesta del examen, pero si tu mano es lenta, suspenderás igual. Debes afinar tu percepción para anticiparte en el instante exacto en que la intención nace, no cuando el ataque ya está en el aire. Y recuerda algo fundamental, reina: esto solo funciona con la voluntad. Para demostrarlo, Seiji caminó hacia una pila de suministros contrabandeados. Sentí su aura moverse, pero esta vez no había intención hostil hacia mí. De pronto, oí un crujido de madera rompiéndose. Seiji había pateado un puntal de la estructura deliberadamente, pero sin la intención de atacarme de forma directa; simplemente destruyó el soporte. Mi mente no registró ninguna línea de peligro hacia mi cuerpo. Sin embargo, una fracción de segundo después, una pesada caja de hierro que estaba sobre el estante superior se desestabilizó debido al impacto en la estructura y cayó a plomo hacia mi cabeza. El instinto me hizo saltar ciegamente hacia adelante justo a tiempo. La caja se estrelló contra el suelo, astillando las tablas donde yo había estado arrodillada. —¡¿Pero qué haces?! ¡Eso... no lo he visto venir! —exclamé, jadeando, mientras recolocaba mi postura con dramatismo a pesar del susto. —Por supuesto que no lo viste —dijo Seiji, y su aura destilaba una fría diversión—. Yo no tenía la intención de golpearte con la caja. Mi acción fue golpear la madera. La caída de la caja fue un accidente, una consecuencia ciega. Tu Haki de Observación intermedio lee las mentes, las intenciones latentes de los seres vivos, no las leyes de la gravedad ni los desastres fortuitos. Si una roca se desprende de una montaña por el viento y cae sobre ti, tu Haki no te avisará, porque la roca no quiere hacerte daño. Tienes que aprender a diferenciar el peligro con intención del peligro en tu entorno. Me puse de pie, limpiándome el polvo de la ropa con un gesto digno. La lección había quedado clara: el Kenbunshoku intermedio requería una concentración absoluta para leer los hilos invisibles de la voluntad ajena, calculando mis propios límites físicos para reaccionar a tiempo, mientras mantenía mis ojos mundanos alerta para los accidentes del entorno. —Entendido —dije, esbozando una sonrisa afilada bajo la venda, mientras adoptaba de nuevo mi postura de combate, sintiendo cómo mi percepción se expandía, buscando la próxima línea de intención de mi despiadado maestro—. Muéstrame otra vez esa fría voluntad tuya, Seiji. Esta vez, mis piernas se moverán antes de que termines de pensarlo. Capítulo 4: Expuesto
Pasar la noche en el manglar no había sido, precisamente, una experiencia digna de la realeza. Como era de esperar, Seiji ni se inmutó cuando el sol empezó a caer; simplemente se dio la vuelta y se encerró en su cabaña, dejándome a mi suerte en mitad de la intemperie. Tuve que improvisar un refugio entre las raíces aéreas de un Yarukiman, esquivando mosquitos del tamaño de puños y manteniendo un ojo abierto por si algún cazarrecompensas despistado se adentraba en la zona. Mi ropa había perdido parte de su pulcritud, pero mi orgullo seguía intacto. Al amanecer, regresé a la plataforma. Seiji ya estaba allí, apoyado en la barandilla de madera, observando el mar con esa calma exasperante que ocultaba su naturaleza despiadada. —Vaya, has sobrevivido a la fauna local —comentó sin volverse, con su habitual tono desinteresado—. Pensé que volverías a tu barco a llorar. —Una reina no huye del escenario solo porque el decorado sea incómodo —repliqué, colocándome en el centro de la plataforma y adoptando una postura perfecta, con las piernas arqueadas y los brazos extendidos con gracia—. Y hoy no vas a necesitar esa venda. Mis ojos están listos para ver lo que escondes tras esa cara de hastío. Seiji se giró despacio. No se puso en guardia; simplemente dejó caer los brazos a los lados del cuerpo. Su aura, esa masa gélida y calculadora que había aprendido a identificar el día anterior, se expandió sutilmente. —Sin venda es más difícil, Aspros. Tus ojos intentarán engañarte con lo que creen ver. Olvida el movimiento de mis manos. Siente mi intención. Pero…si insistes. No hubo más advertencias. Seiji dio un paso al frente y el mundo pareció ralentizarse. Esta vez, al no tener los ojos tapados, el desafío era doble: mi vista registraba su cuerpo estático, pero mi Haki de Observación, ya más entrenado, captó una vibración nítida en el aire. Una línea invisible de pura intención hostil nació de su mente y se dirigió en diagonal hacia mi costado izquierdo. Iba a lanzar un barrido. «¡Ahí estás!», pensé. En lugar de esperar a que su pierna se moviera, confié ciegamente en la percepción de su voluntad. Di un salto acrobático hacia atrás, una pirueta estilizada que pretendía dejar su ataque en el aire. Justo en el momento en que mi cuerpo se elevaba, la pierna de Seiji cortó el espacio donde yo había estado una fracción de segundo antes. El aire silbó con fuerza. —¡Ja! ¡Te he leído como a un photobook abierto! —exclamé en el aire, saboreando la pequeña victoria. —Demasiado predecible —susurró Seiji desde abajo. Antes de que mis pies tocaran el suelo, mientras aún estaba suspendida en el aire, una nueva y abrumadora oleada de intención me golpeó la mente. Vi, con una claridad pasmosa, que Seiji pretendía aprovechar mi caída para asestarme un puñetazo directo en el estómago. El Haki me mostró el futuro inmediato con una precisión abrumadora. Lo supe todo: el ángulo, la fuerza, el destino del golpe. Pero mi cuerpo estaba en el aire. No tenía apoyo. Mis atributos físicos y mi velocidad de reacción actual no eran suficientes para alterar mi trayectoria de descenso en milisegundos. Sabía, con absoluta certeza, que iba a recibir el impacto. Era una sensación frustrante y agónica: ver tu propio fracaso antes de que ocurra sin poder hacer nada para evitarlo. El puño de Seiji se hundió en mi abdomen. El dolor me cortó la respiración y salí despedida hacia atrás, chocando contra los troncos del manglar. Caí de rodillas, jadeando, con una mano apoyada en el suelo para no perder la compostura. —Tu percepción ha mejorado, lo admito —dijo Seiji, caminando hacia mí con las manos de nuevo en los bolsillos, sin un solo rasgo de fatiga o compasión en su rostro—. Has visto mi segundo ataque mucho antes que ayer. Pero de nada sirve saber el futuro si colocas tu cuerpo en una posición donde eres incapaz de reaccionar. El Haki de Observación intermedio debe guiar tus movimientos, no solo avisarte de cuándo vas a sangrar. Me puse en pie lentamente, tragándome el dolor y recomponiendo mi postura con una sonrisa desafiante. Me limpié un hilo de polvo de la comisura de los labios. Había perdido el asalto, era evidente que no estaba a su nivel de combate, pero la mejora era real. Ya no iba a ciegas; ahora empezaba a entender el ritmo de la voluntad. —La función no ha terminado, maestro —dije, estirando los brazos con dramatismo—. Volvamos a empezar. Mi capitán me espera, y pienso dominar este truco tuyo antes de que caiga la noche. Capítulo 5: El negro combina con todo
Pasaron cuatro días de riguroso y despiadado intercambio de golpes en el corazón del recóndito manglar. Varios días en los que mi cuerpo acumuló marcas que osaban desafiar mi belleza, pero que mi mente transformó en puro aprendizaje. Además de que por muchas marcas que surcasen mi cuerpo, solo eran grietas doradas en el bello lienzo de mi cuerpo. El proceso fue extenuante; Seiji no mostró ni un ápice de clemencia, atacando desde ángulos inverosímiles y forzándome a predecir sus frías intenciones una y otra vez. Sin embargo, el esfuerzo dio sus frutos, unos frutos alimentados por mi determinación y su crueldad. En nuestro último intercambio de la tarde, Seiji se lanzó hacia mí con una estocada directa utilizando la punta de sus dedos, un movimiento veloz que en el primer día me habría mandado al suelo directamente. Pero esta vez, mi mente captó la chispa de su voluntad milisegundos antes de que sus músculos se tensaran. Vi con absoluta nitidez la línea de su ataque dirigida a mi plexo solar. Sin perder la elegancia, pivoté sobre mi pie derecho, arqueando la espalda en una pose coreografiada que permitió que sus dedos pasaran a un suspiro de mi ropa. Antes de que pudiera recuperarse, aproveché la inercia para lanzar una patada giratoria de Okama Kempo directo a su costado. Seiji tuvo que bloquear el golpe con el antebrazo, retrocediendo un paso por el impacto. El silencio volvió a reinar en la plataforma flotante. Me reincorporé despacio, alisando los pliegues de mi vestimenta con un gesto aristocrático, aunque por dentro mi pecho subía y bajaba con fuerza. Seiji miró su antebrazo y luego me observó a mí. Su rostro seguía siendo esa máscara indescifrable de relajación, pero por primera vez, su aura gélida pareció asentarse, mostrando un matiz de fría satisfacción. No era orgullo por mí —a él no le importaba mi vida—, sino la certeza de que su peón estaba madurando según sus planes. —Suficiente —dijo, bajando los brazos y adoptando su habitual postura despreocupada—. Tu percepción ya no es la de una aficionada. Has dejado de mirar con los ojos y has empezado a leer el flujo de la intención. Tu Kenbunshoku tiene ahora la base combativa necesaria para que no te maten en el primer intercambio de disparos en el Nuevo Mundo. —Una reina debe estar siempre a la altura de las expectativas de su público, maestro —respondí, esbozando una sonrisa altiva y cruzándome de brazos. Esa última palabra la dije con altanería y recelo—. Aunque admito que tu sádico método ha acelerado el ritmo. Ahora, si hemos terminado con esto, es hora de marcharme. Mi capitán me espera. Seiji soltó una risa ligera, casi inaudible, que me hizo tensar los músculos. Caminó hacia una de las barandillas de madera y apoyó la espalda en ella, mirándome con una condescendencia afilada. —¿Marcharte? No te equivoques, Aspros. Que ahora puedas predecir el golpe no significa que puedas resistirlo, y mucho menos que puedas dañar a los monstruos que custodian a tu capitán. En el patíbulo no solo habrá soldados rasos; habrá hombres cuya piel es más dura que el acero y cuyos ataques destrozarán tus huesos aunque los veas venir. Dio un golpe suave con los nudillos sobre la barandilla de madera. Al instante, un brillo oscuro, metálico y aceitoso cubrió su mano por completo, reflejando la escasa luz que se filtraba a través de las hojas del manglar. —Predecir el futuro inmediato es inútil si tu ataque se rompe al chocar contra el enemigo —continuó, su voz destilando esa absoluta falta de empatía que lo caracterizaba—. Si de verdad quieres ser la fuerza devastadora que necesito que seas, vas a tener que aprender a revestir tu cuerpo con tu propia fuerza espiritual. Miré aquella mano ennegrecida, sintiendo la densa presión física que emanaba de ella. El Haki de Armadura. La herramienta definitiva para golpear a los usuarios de Akuma no Mi y destrozar cualquier defensa. Mi Okama Kempo combinado con esa fuerza sería letal. Y lo más importante de todo: el negro combina con todo. —Una armadura invisible para proteger la belleza de mi técnica... —susurré, dejando que una sonrisa de pura determinación dibujara mis labios mientras me colocaba de nuevo en el centro de la plataforma—. Me parece un trato justo, Seiji. RE: [Entrenamiento de Haki] Tres pasos para alcanzar la gloria - Aspros - 28-06-2026 Capítulo 6: De cristal
Por fortuna, mi suerte con el alojamiento había cambiado. Tras adentrarme en los manglares más comerciales, encontré un pequeño hostal de mala muerte en el Manglar 22 donde el tabernero, acostumbrado a los rostros más extravagantes y peligrosos del Grand Line, no hizo preguntas sobre mi identidad ni sobre mi llamativa apariencia. Pude disfrutar de un baño decente y de una cama que, aunque crujía, me permitió descansar los músculos de cara al nuevo entrenamiento. Mi temporada en Sabaody estaba siendo de todo menos tranquila, haciendo que desease unas merecidas vacaciones en cuanto todo estuviese encauzado.
Al día siguiente, regresé a la plataforma con las energías renovadas. Seiji ya me esperaba, sentado sobre una caja de contrabando mientras limpiaba con desgana el filo de un puñal largo. Al verme llegar con mi habitual porte regio, guardó el arma y me dedicó esa sonrisa apática que ya había aprendido a descifrar.
—Te veo de mejor humor, Aspros. Se nota que has dormido bajo techo —dijo, poniéndose en pie sin ninguna prisa—. Pero espero que no te hayas ablandado demasiado, princesa. —Una REINA jamás pierde el brillo, querido —repliqué, adoptando una postura elegante con una mano en la cadera—. En el Nuevo Mundo he visto cómo funciona el haki de armadura, incluso he llegado a dominar las bases. Pero lo que hiciste ayer... ese revestimiento metálico, es lo que necesito para destrozar las defensas de la Marina.
Seiji caminó hacia mí, deteniéndose a un par de metros. Su aura gélida volvió a volverse densa, pesada como el plomo.
—Lo que tú dominas es solo la aplicación física de tu fuerza espiritual, el contacto directo —explicó, levantando su mano derecha. Ante mis ojos, la piel de sus dedos comenzó a oscurecerse, adquiriendo un tono azabache brillante, con una textura que recordaba al acero pulido—. Esto es el Endurecimiento. No es solo golpear; es concentrar tu Haki de forma tan densa que transformas tu propia carne en un arma indestructible. Aumenta tu densidad, tu potencia y tu defensa exponencialmente. Si eres lo suficientemente fuerte, puedes cubrir tu cuerpo entero, aunque consume una cantidad enorme de energía.
—Tú si que consumes una cantidad enorme de energía— pensé.
Se giró hacia la mesa y tomó una botella de cristal grueso, llena de un licor oscuro.
—Y luego está esto: el Imbuimiento —continuó Seiji. Sostuvo la botella por el cuello. De repente, el color negro azabache de su mano comenzó a extenderse por el cristal, como si fuera tinta invisible que teñía la botella hasta volverla completamente opaca y metálica—. Puedes transferir tu voluntad a cualquier objeto que toques, o incluso a elementos creados por habilidades si mantienes una conexión con ellos. Una simple botella se convierte en un arma capaz de resistir el choque contra una espada de grado y herir a un usuario de Logia. El arma no se romperá, porque tu Haki la protege…hasta cierto punto, claro está.
El brillo negro desapareció de la botella tan rápido como había llegado, devolviéndole su transparencia mundana. Seiji me la tendió con total indiferencia.
—Hagamos una prueba preliminar para ver qué tan blanda es tu voluntad. Toma la botella. Quiero que intentes canalizar tu Haki en ella. Endurécela, tórnala negra. Si no puedes imbuir un objeto inerte, tus piernas no aguantarán el peso del Okama Kempo imbuido en Haki cuando choques contra un oponente de verdad.
Acepté el desafío con una sonrisa afilada. Tomé la botella de cristal, sintiendo su tacto frío. Cerré los ojos por un instante y me concentré. Visualicé la energía espiritual que residía en mi interior, esa fuerza de voluntad que me había llevado a coronarme Reina y a cruzar los mares por mi tripulación. Empujé esa energía hacia mis manos, intentando que fluyera más allá de mi piel, hacia el vidrio.
—¡Vamos...! —murmuré, apretando los dientes.
Por un segundo, una ligera película invisible rodeó el cristal, haciéndolo vibrar. Un leve tinte grisáceo intentó extenderse por la base de la botella, pero en cuanto traté de forzar la concentración para que se volviera completamente negra y sólida, la energía se volvió inestable. La presión de mi propio Haki, mal canalizada, chocó contra la rigidez del cristal en lugar de fusionarse con él. La botella estalló en mil pedazos entre mis manos, esparciendo fragmentos de vidrio y licor por toda la plataforma. Me quedé estática, con las manos vacías y las palmas ligeramente enrojecidas por la energía liberada.
Seiji soltó una carcajada fría y seca, cruzándose de brazos.
—Demasiado brusco, Aspros. Has intentado aplastar el objeto con tu Haki en lugar de revestirlo y endurecerlo. Tu fuerza está ahí, pero eres como un pintor que embadurna el lienzo a golpes en lugar de trazar una línea firme. Si golpeas así a un enemigo, te romperás las manos antes de romper su armadura.
Me sacudí los restos de cristal de las manos con un gesto dramático, sosteniéndole la mirada con pura determinación. Mi orgullo artístico estaba herido, y eso solo me hacía más peligrosa.
—Solo estaba tanteando, maestro —dije, esbozando una sonrisa retadora mientras adoptaba de nuevo mi postura de combate—. Trae otra botella. O mejor aún... usa tus propios puños de acero. Mi Okama Kempo no se detendrá hasta que mis piernas brillen con el mismo color de la noche.
Capítulo 7: Las herramientas adecuadas
La humedad de la mañana se pegaba a la madera del Manglar, mientras yo desplegaba mi abanico con un golpe seco de muñeca. No era un accesorio cualquiera; era una pieza de gran envergadura, decorada con motivos extravagantes que complementaban a la perfección mi estética. Seiji, de pie frente a mí, observó el objeto con una mezcla de aburrimiento y fría curiosidad.
—Un abanico —comentó, arqueando una ceja—. Espero que esa pieza de papel y varillas aguante algo más que una brisa, Aspros, porque hoy no voy a contenerme.
—Un artista sabe elegir sus herramientas, maestro —repliqué, adoptando una postura defensiva, cruzando el abanico ante mi pecho mientras mi otra mano se alzaba con gracia—. Este abanico ha visto más batallas de las que imaginas.
—Ya veremos. Si no logras imbuirlo, terminarás recogiendo astillas con los dientes.
Seiji se movió. Su apatía desapareció en un parpadeo, sustituida por esa crueldad eficiente que lo caracterizaba. Lanzó un puñetazo directo a mi rostro, y su antebrazo ya venía tintado de ese negro metálico y brillante.
Haciendo uso del Haki de Observación que había pulido los días anteriores, capté la línea de su intención un instante antes de que el golpe se materializara. Flexioné las piernas y me deslicé hacia la derecha en una pirueta perfecta, dejando que su puño rasgara el aire. Pero Seiji no me dio tregua; aprovechando la inercia, lanzó una patada lateral con la espinilla completamente endurecida, buscando partirme las costillas.
No tenía espacio para esquivar de nuevo. Coloqué el abanico cerrado en vertical para bloquear el impacto, concentrándome con todas mis fuerzas. «¡Fluye...!», me ordené internamente, empujando mi voluntad hacia las varillas del abanico. Una capa invisible de Haki lo rodeó, pero no fue suficiente para solidificarlo. El choque me desplazó tres metros hacia atrás sobre las tablas de madera. El impacto vibró a través de mis brazos y oí el crujido peligroso de la estructura del abanico. Mis dientes se apretaron por el esfuerzo. Si volvía a recibir un golpe directo sin endurecer el objeto, mi preciada herramienta quedaría destruida. Sin hablar de lo que podría pasarme a mí.
—Sigues dudando —dijo Seiji, avanzando con parsimonia, rodeándome como un depredador—. Ves venir el golpe con tu observación, pero cuando te defiendes, separas tu mente de tu arma. El Imbuimiento exige que consideres el abanico como una extensión de tu propio cuerpo. Si tu cuerpo es de acero, tu abanico también debe serlo.
Volvió a arremeter. Los siguientes minutos se convirtieron en una coreografía frenética de supervivencia. Yo no atacaba; toda mi energía estaba dividida entre predecir sus movimientos con el Kenbunshoku para realizar esquives milimétricos y colocar el abanico en los ángulos precisos para desviar, que no bloquear, sus devastadores puñetazos de acero. Cada vez que el abanico rozaba sus extremidades endurecidas, saltaban chispas invisibles de presión y el papel sufría.
El sudor corría por mi frente, pero mi concentración se agudizaba con el peligro. Empecé a entenderlo. No se trataba de forzar la energía hacia fuera como hice con la botella, sino de dejar que mi propia esencia fluyera y se fundiera con la estructura del abanico, como el color se extiende por el papel de un cuadro.
Seiji lanzó un golpe descendente con el puño cerrado, una fuerza brutal dispuesta a aplastarme contra la plataforma. Mi Haki de Observación me mostró la trayectoria exacta. Esta vez no esquivé. Di un paso adelante, plantando firmemente mis tacones en la madera, y alcancé el clímax de mi concentración. Sentí el latido de mi propia voluntad, el orgullo de la Reina de los Okama, y lo proyecté directamente en el abanico.
En el instante previo al impacto, un brillo oscuro, denso y aceitoso brotó de mis manos y se extendió como tinta negra como la noche por todo el abanico, cubriendo el papel y las varillas por completo, otorgándole una apariencia sólida y puramente metálica. El puño ennegrecido de Seiji chocó de lleno contra el abanico completamente imbuido y endurecido. Una onda de choque sacudió la plataforma, levantando ráfagas de viento y haciendo crujir las raíces del manglar. Pequeñas centellas de energía estallaron en el punto de contacto, pero el abanico no se rompió. Resistió el envite como una muralla de hierro impenetrable.
Bajo la sombra del abanico negro, mis ojos brillaron con un triunfo absoluto. Seiji mantuvo el puño apoyado contra mi defensa durante un segundo, observando el revestimiento azabache que cubría mi arma. Lentamente, retiró el brazo y el color negro desapareció de su piel. Su rostro recuperó esa expresión relajada y desinteresada, pero en sus ojos se leía que el experimento había sido un éxito.
—Nada mal, espantapájaros —dijo, dándose la vuelta para caminar hacia su silla de mimbre—. Has dejado de hacer el tonto. Eso es un Imbuimiento decente. Tu abanico ya puede cortar el acero si te lo propones.
Respiré hondo, permitiendo que el color negro se desvaneciera de mi abanico, devolviéndole su diseño original. Lo cerré con un movimiento elegante y rápido, apuntando hacia él con una sonrisa llena de suficiencia.
—Te lo dije, marichocho. Un artista siempre elige las herramientas adecuadas.
Capítulo 8: Limonada
Habían pasado tres días desde que logré ennegrecer mi abanico, de endurecerlo como el acero. Durante esas jornadas, Seiji me obligó a imbuir todo tipo de objetos —desde astillas de madera hasta pesadas cadenas de contrabando— para refinar la velocidad de la transición y el aguante de mi energía espiritual. El control de la tinta azabache ya se sentía natural en mis manos, pero mi estilo de combate principal, el Okama Kempo, dependía de mis piernas. Necesitaba que el Endurecimiento se fundiera con la velocidad de mis patadas.
Esa mañana, el manglar amaneció cubierto por una densa capa de niebla marina. Seiji estaba de pie junto a una pila de enormes boyas metálicas de anclaje, esferas de hierro macizo que la Marina utilizaba para los barcos de guerra, de casi dos metros de diámetro cada una.
—Has aprendido a pintar tus herramientas, Aspros —dijo Seiji, dándole una patada perezosa a una de las boyas, que produjo un eco metálico y pesado—. Pero tu estilo consiste en dar saltos y contorsionarte como un bufón. Si tus piernas siguen siendo de carne tierna, te las romperás a la primera de cambio.
Adopté una pose dramática, cruzando los brazos y alzando el mentón.
—Mis piernas son obras de arte que sostienen el peso de un reino, querido. ¿Cuál es tu brillante idea? ¿Patear esas esferas ordinarias? Qué falta de originalidad.
Seiji sonrió de esa forma suya, ligera y carente de cualquier empatía. De pronto, cubrió su mano con un Endurecimiento perfecto, clavó los dedos en el hierro de una de las boyas y, con una facilidad pasmosa, la lanzó rodando con fuerza hacia el foso que quedaba entre las raíces del manglar. La boya quedó atrapada en una red de lianas gruesas suspendida sobre el vacío, balanceándose de un lado a otro como un péndulo gigante.
—No vas a patearlas en el suelo —declaró Seiji, señalando el vacío—. Vas a saltar sobre las lianas. Quiero que realices tus acrobacias y uses la inercia del péndulo de hierro. Tienes que patear la boya en mitad del aire para desviar su trayectoria antes de que te aplaste contra el tronco. Pero hay un truco: la red de lianas está impregnada de savia resinosa del Yarukiman. Si no endureces la planta de tus pies y tus espinillas en el momento exacto del impacto, la resina te atrapará las botas y la boya de hierro te romperá las piernas. ¿Te parece lo suficientemente original?
Observé el péndulo de metal balanceándose con violencia sobre el abismo, cubierto de esa sustancia pegajosa. El ejercicio era una locura que requería una precisión abrumadora entre la observación de la trayectoria y el endurecimiento físico.
—Vaya... un escenario verdaderamente inspirador—murmuré, ajustando mi postura.
Seiji se apoyó en la barandilla de madera, cruzándose de brazos, mirándome como quien observa a un animal de laboratorio, como a un caballo de caderas que galopa por su apuesta ganadora.
—No te confundas con este despliegue, espantapájaros. No me importa si terminas con las piernas rotas en el fondo del foso. Para mí, solo eres un instrumento. Un juguete útil que estoy puliendo para que vayas al Nuevo Mundo y generes el caos que mis negocios necesitan. Si te rompes aquí, simplemente buscaré otra pieza. Pero reconozco que me molestaría e inspira en mí una terrible pereza esa posibilidad.
La crueldad de sus palabras habría intimidado a cualquiera, pero yo solo pude reprimir una carcajada. Desplegué mi abanico ordinario por un segundo para tapar mi boca, mirándolo con ojos llenos de una astucia altiva.
—¿Un instrumento? Qué poca visión artística tienes —repliqué, cerrando el abanico con un chasquido seco—. No te equivoques conmigo. Sé perfectamente lo que pretendes, pero para mí, tú no eres un titiritero. Eres simplemente un limón. Un limón amargo, frío y cruel que he decidido exprimir hasta sacarle la última gota de jugo para hacerme una deliciosa limonada. Te estoy usando para aprender, y cuando tenga todo tu conocimiento, me iré a salvar a mi capitán con la copa llena.
Por primera vez, la sonrisa de Seiji se congeló un instante, sus ojos calculadores captando el fuego inquebrantable de mi orgullo.
—Entonces demuestra que no eres un limón podrido, su majestad —dijo, recuperando su tono apático.
Sin perder un instante, salté de la plataforma hacia el vacío del manglar. El viento rugió en mis oídos mientras caía hacia la red de lianas. Mi Haki de Observación se activó instantáneamente: vi la inmensa boya de hierro balanceándose hacia mí como un meteorito.
«¡Ahora!», me grité.
Apoyé mi pie izquierdo en una de las lianas resinosas, concentrando mi voluntad en la bota. Una capa de Haki invisible me protegió de quedar atrapada en la savia pegajosa. Impulsándome con una pirueta perfecta en el aire, giré sobre mi propio eje y lancé una patada de látigo con mi pierna derecha directo hacia el centro de la masa de hierro.
En pleno vuelo, visualicé la energía espiritual fluyendo por mis venas, acumulándose en mi espinilla. La piel y la tela de mi bota se tiñeron de un negro azabache brillante, sólido como el diamante. Mi pierna endurecida chocó contra la boya de metal en mitad del aire. Una onda de choque invisible expandió la niebla a nuestro alrededor. El hierro crujió bajo la potencia de mi Okama Kempo imbuido, y la trayectoria de la enorme esfera se desvió drásticamente, pasando a milímetros de mi rostro.
Caí de pie sobre la plataforma superior tras rebotar en las lianas, permitiendo que el color negro se desvaneciera de mi pierna con elegancia. Me sacudí el polvo de los hombros y miré a Seiji con una sonrisa de pura suficiencia.
—Un sabor excelente, vagabundo. Trae la siguiente boya. Esta limonada aún necesita un poco más de azúcar.
Capítulo 9: La dureza que se espera de mí
Los últimos días habían sido diferentes. Tras la intensidad del ejercicio con las boyas de hierro, mi cuerpo había llegado al límite de su resistencia física. Sabía que un artista exhausto no puede dar una buena función, por lo que bajé el ritmo. Pasé las jornadas en el hostal del Manglar 22 y en la plataforma de Seiji realizando estiramientos, meditando y permitiendo que mis músculos se recuperaran del cansancio acumulado. Seiji, con su habitual apatía calculadora, no se opuso; sabía que un instrumento roto no le servía de nada para sus planes en el Nuevo Mundo.
Pero el descanso había terminado.
La mañana del séptimo día se presentó clara, con los rayos de sol filtrándose en hilos dorados a través de la frondosa copa del Yarukiman. El aire estaba en calma, un silencio tenso que precedía a la gran función final. Seiji me esperaba en el centro de la zona de entrenamiento, pero esta vez no estaba apoyado en la barandilla. Su postura era recta, sus manos estaban fuera de los bolsillos y su aura gélida se extendía por todo el lugar, erizando los vellos de mi piel.
—Te veo recuperado, Aspros —dijo, y por primera vez en todo el entrenamiento, no había desdén en su voz, sino una seriedad fría y matemática—. Has descansado, has pulido la teoría y has exprimido el limón. Hoy es el examen final. No habrá reglas, no habrá límites. Usa todo lo que el entorno te ofrezca, porque yo haré lo mismo. Si caes al foso, te quedarás allí.
Desplegué mi abanico con un chasquido elegante, adoptando una pose de Okama Kempo perfectamente equilibrada. Mis ojos se fijaron en él con una determinación feroz.
—El escenario está listo y la Reina ha vuelto a su máximo esplendor, Seiji. No pienses que voy a contenerme.
—No lo espero —respondió.
En una fracción de segundo, Seiji desapareció de mi vista. Mi Haki de Observación se activó al instante, y mi mente registró una línea nítida de pura intención hostil que venía desde arriba. Reaccionando antes de que mis ojos pudieran procesarlo, di un salto mortal hacia atrás. El puño endurecido de Seiji impactó contra las tablas donde yo había estado, astillando la madera y levantando una nube de fragmentos.
Aún en el aire, utilicé mi Kenbunshoku para leer su siguiente movimiento. Vi que pretendía usar los escombros flotantes para bloquear mi caída. Concentrando mi voluntad, imbuí mi abanico en Haki, volviéndolo negro como la noche, y di un tajo ascendente. Una ráfaga de viento cortante reforzada por el Busoshoku barrió las astillas y obligó a Seiji a cruzar sus antebrazos ennegrecidos para bloquear el ataque.
El sonido metálico resonó en todo el manglar. Aprovechando el impulso, aterricé sobre una de las lianas gruesas que colgaban del árbol. Seiji, sin perder un ápice de su calma, pateó un tronco suelto que estaba en la plataforma, dirigiéndolo hacia mi posición. Mi Haki de Observación me advirtió de la trayectoria del tronco, pero también captó algo más: Seiji no tenía la intención de golpearme con la madera; su verdadera intención era forzarme a saltar para cazarme en el aire. Aquello era un peligro combinado.
—¡Una coreografía muy burda, maestro! —exclamé.
En lugar de saltar, endurecí mi pierna derecha con un azabache brillante y denso. Esperé al momento exacto y pateé el tronco de frente, partiéndolo en dos mitades que cayeron al vacío del foso. Al mismo tiempo, extendí mi abanico imbuido hacia una de las burbujas gigantes que flotaban cerca, usándola como un trampolín improvisado. Me impulsé en su superficie elástica con una agilidad sorprendente, cayendo en picado hacia Seiji con un giro de 360 grados.
—¡Okama Kempo: Keri Pointe! —bramé, descargando un fuerte golpe descendente con ambas piernas, impregnadas de toda mi voluntad y poder de endurecimiento.
Seiji alzó su brazo derecho, completamente revestido de Haki. Nuestras extremidades endurecidas chocaron en mitad de la plataforma con una violencia devastadora. Una onda de choque masiva barrió la niebla y agitó las aguas del foso. Del punto de impacto entre mi bota negra y su antebrazo azabache comenzaron a brotar y esparcirse densos rayos negros de energía pura, el testimonio de que nuestras voluntades chocaban con una fuerza equiparable en ese instante. El suelo de madera bajo nosotros se agrietó por completo.
Sostuvimos el choque durante unos segundos agónicos, mirándonos fijamente. El rostro de Seiji seguía relajado, pero sus ojos brillaban con una chispa de auténtico reconocimiento. Finalmente, ambos retrocedimos de un salto, rompiendo el contacto y aterrizando con elegancia en extremos opuestos de la destrozada plataforma.
El silencio regresó al manglar, roto solo por el crujido de la madera dañada. Dejé que el Haki de mis piernas y de mi abanico se desvaneciera, respirando hondo pero manteniendo mi porte regio. Seiji se sacudió el polvo de la chaqueta. Se guardó las manos en los bolsillos y, tras unos segundos de escrutinio, esbozó una sonrisa que ya no era de superioridad, sino de fría aceptación.
—Debo reconocerlo, Aspros... lo llevas bien —dijo, asintiendo levemente—. Has integrado la observación y la armadura en tu ridículo estilo de combate de una forma notable. Ya no eres un simple espantapájaros. Eres un arma lista para ser disparada contra el Nuevo Mundo. Tu viaje será... satisfactorio para mis intereses.
—Te lo dije, Seiji —repliqué, cerrando mi abanico con un movimiento teatral y colocándolo en mi cintura—. Ahora tengo el poder para destrozar a cualquiera que se interponga en el rescate de mi capitán.
Seiji caminó unos pasos hacia mí, deteniéndose a una distancia prudencial. Su mirada se volvió extrañamente seria, perdiendo esa capa de indiferencia absoluta por un instante.
—Hay algo más, Aspros. Algo de lo que no te he hablado en todos estos días, pero que fue la verdadera razón por la que decidí no aplastarte en primera instancia en el puerto del manglar cuando nos conocimos.
Arqueé una ceja, intrigada por el cambio en su tono.
—¿Ah, sí? Pensé que solo te gustaba mi sentido de la moda.
—Cuando desaté mi Haki en el puerto y todos los civiles cayeron inconscientes, tú no solo te mantuviste en pie por tus habilidades físicas —explicó Seiji, cuyos ojos parecieron perforar mi mente—. En el momento en que me amenazaste y adoptaste tu postura, sentí un chispazo. Una vibración invisible que chocó contra mi propia voluntad. Fue sutil, un mero atisbo, pero inconfundible. Siento en ti…el Haki del Conquistador, Aspros.
Un vuelco me dio el corazón, no tanto por la revelación de mis capacidades, sino por el nivel de observación que Seiji podía llegar a alcanzar. Sabía de la existencia de ese poder, la cualidad de los elegidos, de aquellos que tienen las cualidades de un rey o una reina.
—El Haki de armadura y observación se pueden entrenar con golpes y sudor, pero el del Conquistador no se puede forzar —continuó Seiji, recuperando su sonrisa apática—. Nace de tu propio espíritu, de tu ambición y de tu negativa a ser sometido por nadie. Ese pequeño destello me demostró que tienes el potencial para liderar y arrastrar a las masas hacia el caos. Cuando vayas a salvar a tu capitán... deja que esa reina que llevas dentro grite.
Me quedé en silencio un momento, procesando sus palabras. Una sonrisa de pura superioridad y orgullo dibujó mis labios. Me di la vuelta, dándole la espalda de manera dramática mientras mi capa se agitaba con la brisa marina.
—Pensé que me dejarías marchar ya —comenté, esbozando una sonrisa de pura superioridad y orgullo—. En el fondo te agrado, marichocho.
Seiji negó con la cabeza, y su sonrisa apática regresó, cargada de una nueva y peligrosa expectación.
—Te dije que requería que tu viaje fuera un éxito absoluto para mis planes, y no voy a dejarte ir a medias. Un conquistador que no sabe usar su corona es solo un blanco más grande. Por eso, este será el último paso de nuestro entrenamiento. Mañana mismo empezaremos a desatar esa voluntad real tuya. Prepárate, reina, porque si sobrevivir a los dos primeros Hakis te pareció un infierno, este te obligará a demostrar si de verdad mereces llevar ese trono.
Miré a mi maestro fijamente, sintiendo cómo una chispa de ambición salvaje se encendía en mi pecho. Cerré el puño con fuerza, con una sonrisa que desafiaba al mismísimo destino. El clímax de mi preparación estaba por comenzar.
RE: [Entrenamiento de Haki] Tres pasos para alcanzar la gloria - Aspros - 19-07-2026 Capítulo 10: Un mal sueño
La noche en el hostal no trajo el descanso de las jornadas anteriores, sino un viaje hacia los rincones más oscuros de mi memoria. Envuelto entre las sábanas, mi mente comenzó a trazar las líneas de un recuerdo que creía haber enterrado bajo capas de maquillaje y orgullo.
El aire apestaba a pólvora y lluvia. A mi lado, Kenzo, el miembro más joven y pequeño de los Alas Negras, respiraba con dificultad, con su pequeño cuerpo cubierto de hollín y heridas. Nos habíamos topado con una división especial de la Marina, una fuerza de élite que nos superaba en número y disciplina. Lo dimos todo, combinando mi Okama Kempo con el ímpetu de Kenzo, pero la derrota fue aplastante. Vi a Kenzo caer al suelo, inconsciente, mientras un enorme oficial de la Marina se preparaba para darle el golpe de gracia. El pánico y la rabia se mezclaron en mi pecho, rompiendo cualquier rastro de mi compostura habitual. Una sensación volcánica, un rugido silencioso, nació desde lo más profundo de mi ser y estalló hacia el exterior. No fue un ataque físico. Fue una onda de choque invisible que congeló el escenario. El oficial de la Marina se detuvo en seco, con los ojos desorbitados, paralizado por pura curiosidad. Aquello me dejó reflexionando durante años sobre la verdadera naturaleza de ese poder extraño que dormía en mí. Desperté de golpe con las primeras luces del amanecer, con un sudor perlado decorando mi frente. Me senté en la cama y miré mis manos. Ese poder... era el Haoshoku Haki. La capacidad de dominar la voluntad ajena, la misma que había usado de forma inconsciente para infundir miedo en los marines y que utilizaba de vez en cuando de manera inconsciente para domar a las bestias salvajes de Momoiro o hacer que mis rivales besasen el suelo durante las rebajas de primavera. Al llegar al Manglar 2, Seiji no me esperaba en la plataforma. Su silueta destacaba mucho más arriba, sentado con las piernas colgando sobre una de las ramas más altas de un Yarukiman gigante, contemplando el horizonte donde el mar se unía con el cielo. Trepé con la agilidad que me caracterizaba, acomodando mis ropajes al sentarme a unos metros de él. La vista desde allí arriba era magnífica; el archipiélago parecía un delicado lienzo de burbujas. —Has estado recordando el momento en que despertó, ¿verdad? —preguntó Seiji sin apartar la vista del horizonte, con su habitual tono desinteresado—. Lo huelo en tu agitación. —Perder el control de esa manera… de forma tan poco hermosa —respondí, abriendo mi abanico a medias—. ¿Es ese el poder del que hablabas ayer? Seiji soltó una risa ligera, fría y carente de calor. —El Haoshoku Haki. A diferencia de los otros dos que has pulido, este no se puede entrenar mediante el desgaste físico. Nace de la propia ambición. Yo lo descubrí en el Nuevo Mundo, en un pueblo portuario que se negó a pagar mi tarifa de protección. El alcalde, un viejo testarudo con una voluntad excedida hasta los límites, me escupió a la cara. Iba a cortarle la cabeza, pero la mera idea de que un don nadie desafiara mi autoridad me causó tal repugnancia que mi voluntad estalló. No tuve que mover un dedo. El viejo y la mitad de su guardia cayeron de rodillas, temblando, paralizados por el miedo. Seiji se giró hacia mí, y por un instante, su mirada reflejó esa crueldad fría y calculadora que lo convertía en un líder despiadado. —Tú controlas la dominación básica: intimidar animales, hacer que los débiles den un paso atrás o sigan órdenes simples cuando estás en calma. Pero eso es pasivo, Aspros. Un verdadero rey no pide espacio en…¿la pasarela? Como bien dices tú; aplasta las mentes de los que sobran para que el escenario sea solo suyo. Mañana daremos el siguiente paso: la Incapacitación. Aprenderás a usar ese rugido para limpiar el mapa de ruidos innecesarios. Disfruta de las vistas hoy, mañana el aire será mucho más espeso. Sin añadir una palabra más, Seiji se impulsó hacia adelante y saltó al vacío con una ligereza pasmosa, desapareciendo entre las ramas inferiores como un espectro perezoso. Me quedé a solas en las alturas, con las piernas colgando sobre el abismo y el viento agitando mis cabellos. Oteé el horizonte lejano, donde las burbujas de Sabaody estallaban contra el cielo, y dejé que mi mente regresara al sueño de la noche anterior. La debilidad que Kenzo y yo mostramos aquella vez no volvería a repetirse. Pensé en mi capitán, encadenado en algún bastión de la Marina, esperando un destino trágico que yo me encargaría de reescribir con mis propias manos. El mundo entero temblaba ante el Gobierno y sus alianzas, pero mientras acariciaba el borde de mi abanico cerrado, comprendí que las reglas de este mar caótico estaban hechas para ser quebrantadas por quienes poseíamos la voluntad de una corona. Capítulo 11: Un montón de extras
Necesitaba una noche de descanso absoluto; la revelación de mi propio Haki del Conquistador y la inminente prueba requerían que mi mente estuviera tan despejada como el lienzo de un pintor antes de trazar su obra maestra.
A la mañana siguiente, me puse en marcha temprano. Sin embargo, el camino de regreso al manglar se convirtió en un desfile de la peor decadencia humana. Al cruzar los límites de los distritos proscritos, me topé con un par de cazarrecompensas de aspecto mugriento apaleando a un anciano en un callejón para robarle cuatro monedas rancias; unas calles más allá, dos bandas de piratas borrachos se destripaban mutuamente entre las raíces, destrozando el entorno sin más motivo que el aburrimiento y la crueldad ciega. Observé aquellas escenas con una mueca de profunda repugnancia, ocultando mi desdén tras el abanico. Qué mundo tan asqueroso, tan carente de arte, elegancia o cualquier sentido de la estética. Una pasarela de piojosos que solo sabían arrastrarse por el lodo. Aquello no hizo más que avivar el fuego en mi pecho: si el mundo era una inmundicia gobernada por la brutalidad, con más razón debía alzarme con la fuerza de una auténtica reina para rescatar a mi capitán y proteger lo único que de verdad importaba. Con ese humor agrio y altivo, llegué finalmente a la base de operaciones. El sol apenas empezaba a calentar las raíces del Yarukiman cuando aparecí por los alrededores. Al regresar a la plataforma principal de entrenamiento, me encontré con un escenario desconcertante. Seiji no estaba solo. A su alrededor, atados en grupos con gruesas cadenas, había una treintena de cazarrecompensas de los manglares proscritos y piratas de baja estofa, todos ellos de pie, enfurecidos y maldiciendo. Seiji se dejó caer en su silla de mimbre, observando el panorama con su habitual apatía. Al verme llegar, esbozó una sonrisa helada. —Has tardado, Aspros. Estaba empezando a aburrirme —dijo, señalando con un gesto perezoso a la multitud encadenada—. Estos caballeros intentaron asaltar mi almacén anoche. Pensé en matarlos, pero recordé que hoy debía enseñarte una última lección. Son tu examen, para que luego digas que peco de originalidad. —¿Qué significa esto, Seiji? —pregunté, cerrando mi abanico con un chasquido seco y frunciendo el ceño—. No me digas que quieres que los use de diana para mis patadas. Sería una vulgaridad. Además de que no quiero manchar mis tacones con sus mugrientos rostros… sin ofender —añadí, fingiendo una disculpa hacia el grupo de presos. —Sé que sabes usar tu mirada para intimidar, reinita —explicó Seiji, poniéndose en pie con parsimonia—. Pero aquello es un truco cotidiano. El segundo nivel del Haoshoku es puramente combativo: la Incapacitación. Cuando tu fuerza de voluntad es considerablemente mayor que la de los que te rodean, no necesitas que obedezcan tus órdenes o sientan miedo. Puedes aplastar sus mentes directamente. Se acercó al grupo de prisioneros. Su aura gélida se tensó. —Si la diferencia de poder entre tu espíritu y el suyo es lo bastante grande, caerán como moscas. Los ciudadanos comunes y los piratas mediocres no tienen ninguna oportunidad contra la voluntad de un verdadero Conquistador. Quiero que desates ese rugido y los dejes inconscientes a todos. Ahora mismo, mi casa no es una guardería. —Eres muy generoso al llamar a esto casa. Los prisioneros empezaron a gritar insultos, desafiándome, creyendo que las cadenas eran su único problema. Me coloqué en el centro de la plataforma, frente a ellos, adoptando una postura erguida y aristocrática. Cerré los ojos por un segundo, conectando con el recuerdo de la noche, con la rabia de ver caer a Kenzo, con el orgullo inquebrantable que me convertía en la Reina de Kamabakka y en la mano derecha de los Alas Negras. «Yo no soy un instrumento. Yo soy quien dicta las reglas en la pasarela», me dije. Abrí los ojos de golpe, clavando mi mirada en la multitud. Intenté proyectar mi voluntad de golpe, pero la energía se dispersó de forma caótica. Una ligera ráfaga de viento agitó el lugar, y aunque los piratas callaron por un segundo, se echaron a reír de inmediato. —¡¿Qué ha sido eso?! —se burló uno de los líderes, un tipo corpulento con cicatrices en el rostro—. ¡Este nenaza no nos va a hacer nada! —¡Silencio, orangután! —apreté los dientes, sintiendo una punzada de frustración que amenazaba mi elegancia. Seiji soltó una risa seca desde el fondo. —Te estás concentrando en la fachada, Aspros. Estás intentando actuar como una reina en lugar de ser la reina. No me muestres tu pose; muéstrame el peso de tu ambición. Si tu voluntad no es un bloque sólido, ellos se reirán en tu cara. Y me da la sensación de que están tocando hueso con eso. Respiré hondo, ignorando las burlas. Esta vez dejé de lado el drama superficial. Me concentré puramente en el Nuevo Mundo, en mi capitán encadenado esperando el hacha del verdugo, en mi negativa absoluta a fracasar. Un calor denso comenzó a emanar de mi pecho. El aire a mi alrededor comenzó a volverse pesado, espeso como el plomo, y ligeras grietas estallaron en la madera bajo mis pies. —Silencio... —susurré. Volví a clavar mis ojos en ellos. Esta vez, la marea invisible fue real. Una onda de choque de presión espiritual pura golpeó al grupo. Los insultos se extinguieron al instante. El color desapareció de sus rostros de forma fulminante. Varios de los piratas de la primera fila comenzaron a tambalearse, llevándose las manos a la cabeza mientras sufrían un mareo insoportable. Sus mentes luchaban desesperadamente por aferrarse a la realidad, manteniendo un esfuerzo agónico por permanecer conscientes en mitad de aquel infierno mental. —¡No... no puedo respirar...! —gimió uno de los cazarrecompensas, hincando una rodilla en el suelo. Mantuve la presión, forzando mi Haki hasta el límite, sintiendo cómo mi propio cerebro pulsaba por el esfuerzo titánico de someter a treinta voluntades a la vez. El sudor comenzó a resbalar por mi cuello, pero no aflojé. No podía permitirme flaquear ante los ojos de Seiji. El abismo entre mi espíritu y el suyo tenía que materializarse. Finalmente, el muro de su resistencia se rompió. Uno a uno, con los ojos completamente en blanco y la saliva asomando por la comisura de los labios, los treinta hombres cayeron desplomados contra las maderas de la plataforma, completamente noqueados. Las cadenas tintinearon en el silencio sepulcral que volvió a reinar en el manglar. Todos estaban inconscientes. Relajé la postura de golpe, sintiendo un tremendo cansancio mental que me hizo tambalear un milímetro, aunque rápidamente abrí mi abanico con un movimiento teatral para disimularlo, abanicándome con una sonrisa sofisticada. Seiji observó los cuerpos desparramados en el suelo. Su mirada calculadora recorrió la escena y luego se posó en mí, asintiendo levemente con una fría aprobación. —Te ha costado canalizarlo al principio, pero el resultado es innegable, Aspros. Has aplastado sus voluntades. Los hombres poderosos habrían sentido la intensidad de tu Haki y se habrían mareado, pero estos... ya no son un estorbo. Tu Haoshoku ha alcanzado el nivel combativo. —Me gusta dominar el escenario, maestro —repliqué, recuperando mi tono altivo—. Aunque admito que estos extras eran bastante tercos. Hice ademán de recoger mis cosas, dispuesta a dar por terminada nuestra turbulenta sociedad y marcharme por fin hacia mi balandro para poner rumbo al rescate de mi capitán. Sin embargo, Seiji se levantó de su silla y me cerró el paso con una parsimonia implacable, cruzándose de brazos. —No tan rápido, espantapájaros. No nos estamos despidiendo —dijo, mirándome con una seriedad gélida—. Has demostrado que tienes las herramientas, pero antes de que salgas a desatar el caos que necesito en el Nuevo Mundo, quiero asegurarme de que no dejes cabos sueltos. Vuelve mañana al amanecer. Hay algunos detalles que debemos ultimar antes de que te marches definitivamente de Sabaody. Arqueé una ceja, intrigada y un tanto molesta por el retraso, pero puestos a elegir prefería descansar una noche más antes de partir. Cerré mi abanico con un chasquido seco. —Espero que esos detalles valgan la pena, Seiji. Nos vemos mañana. Me di la vuelta y salté de la plataforma hacia las raíces del manglar, regresando al hostal bajo la luz del atardecer. La función final tendría que esperar un día más. Capítulo 12: Una corona sobre nuestras cabezas
El sol amaneció teñido de un rojo violento, disipando la niebla sobre las zonas más oscuras del archipiélago. Siguiendo las instrucciones de Seiji, nos alejamos por completo de los manglares comerciales y turísticos, adentrándonos profundamente en el Manglar 1. Aquel era un territorio sin ley, una zona de vandalismo salvaje y vegetación descontrolada, lejos del gentío de Sabaody y del alcance de la Marina. Aquí, los árboles Yarukiman no daban cobijo a tiendas o astilleros, sino a ruinas olvidadas, bestias salvajes alteradas por el ecosistema de la isla y bandas de mercenarios despiadados que degollaban por una moneda.
Caminaba al lado de Seiji con mi habitual paso firme y aristocrático. Mis ropajes asimétricos y mi postura estilizada contrastaban con la podredumbre del entorno. Él avanzaba con las manos en los bolsillos, tan relajado como el primer día, pero su mirada calculadora escudriñaba las sombras. Aprovechando el relativo silencio del trayecto, decidí romper el hielo. El día anterior me había quedado pensando en sus frías ambiciones. Desplegué mi abanico con un movimiento pausado, mirándolo de reojo por encima del borde. —Dime una cosa, Seiji... —comencé, arrastrando las palabras con un deje de elegante curiosidad—. ¿Por qué vives tan enfadado con el mundo? Tras esa fachada de aburrimiento absoluto, destilas una rabia helada bastante llamativa. ¿Qué es lo que esperas conseguir exactamente del caos que tanto anhelas? Seiji no se detuvo, ni siquiera cambió el ritmo de su caminata. Sin embargo, su habitual sonrisa apática se ensanchó un milímetro, tiñéndose de una sombra más oscura. —¿Enfadado? No te equivoques, reina. El enfado es una emoción ruidosa y estúpida, no pierdo el tiempo con ella —respondió con su voz arrastrada y magnética—. Lo que siento por este mundo es un aburrimiento absoluto y un profundo desprecio. Todo está rígidamente ordenado por vejestorios con coronas de oro y mariscales llenos de medallas que imponen sus malditas reglas. En un mundo así de predecible, los negocios son lentos y las vidas de la gente común no valen nada. Se detuvo un instante, mirando hacia la espesura del manglar maldito antes de volver a avanzar. —El caos es el único gran catalizador, Aspros. Cuando el Nuevo Mundo arda, cuando los cimientos del Gobierno se tambaleen por culpa de piratas como tus Alas Negras, todas las reglas absurdas desaparecerán. En mitad del incendio, las cartas se vuelven a repartir. Ahí es donde los hombres como yo, los que no tenemos compromisos ni remordimientos, podemos tomar exactamente lo que queremos sin que nadie nos pida cuentas. Tu capitán es solo la cerilla; yo solo quiero sentarme en primera fila a ver cómo se quema el escenario y lucrarme con las cenizas. ¿Te parece una respuesta con suficiente estética? —Una motivación espantosa y carente de cualquier romanticismo —repliqué, cerrando mi abanico con un chasquido seco—. Pero al menos eres honesto en tu crueldad. Seiji soltó una breve carcajada exenta de calor humano y se detuvo en seco, señalando el claro que se abría ante nosotros. —Este es el escenario real, Aspros —dijo Seiji, su voz arrastrada rompiendo el eco de las raíces—. Ayer tuviste a tus objetivos atados y ordenados. En el Nuevo Mundo, tus enemigos no van a esperar sentados a que te concentres. Quien no puede desplegar su voluntad mientras esquiva un hacha, muere. No hizo falta que dijera más. Un rugido gutural sacudió las lianas superiores. Tres enormes cocodrilos de los manglares, criaturas gigantescas con escamas gruesas como el acero y colmillos expuestos, cayeron desde las ramas bloqueándonos el paso. Sus ojos amarillos destilaban un hambre salvaje. —Vaya, parece que el comité de bienvenida tiene hambre. Déjame el de la izquierda, Aspros, no quiero que te rompan las medias —dijo Seiji, perdiendo por un instante su apatía mientras una chispa de emoción combativa cruzaba su rostro. —Cuida lo que dices, querido. Una reina no se despeina por un par de bolsos con patas —repliqué, cerrando mi abanico de un golpe—. Es hora de aumentar mi fondo de armario. El primer cocodrilo se abalanzó sobre Seiji con las fauces abiertas. Con una parsimonia insultante, mi maestro esquivó la dentellada pivotando sobre un pie, cubrió su puño derecho con un reluciente Endurecimiento de Haki de Armadura negro azabache y le asestó un soberbio puñetazo en el hocico que hizo crujir el suelo. Al mismo tiempo, las otras dos bestias cargaron hacia mí. Usando mi Haki de Observación, anticipé el coletazo implacable del segundo reptil. Me impulsé en el aire con una pirueta perfecta de Okama Kempo, rozando las escamas de la criatura con la punta de mi tacón imbuida también en Haki, dejando una estela de chispas al golpear su lomo de acero. Caí con elegancia justo cuando el tercer cocodrilo intentaba atraparme en el aire. Seiji, que ya había dejado aturdido al suyo, se deslizó a mi lado bloqueando las mandíbulas de la bestia con su pierna endurecida en Haki. Cruzamos una mirada veloz, coordinando nuestros movimientos en una danza letal. Dando un paso al frente, planté mis tacones con firmeza, respiré hondo y liberé una ráfaga controlada de mi Haoshoku Haki dirigida exclusivamente hacia las bestias del pantano. La presión espiritual golpeó sus mentes primitivas; las pupilas de los cocodrilos se contrajeron por un pánico absoluto y, tras soltar un gemido lastimero, cayeron pesadamente de costado, con los ojos en blanco, sumidos en la inconsciencia. —Nada mal, espantapájaros. Tu ritmo está mejorando —admitió Seiji, sacudiéndose el polvo de los pantalones. Sin embargo, la función no había terminado. De las ruinas de un almacén abandonado surgieron una docena de mercenarios fuertemente armados con katanas y trabucos, con los rostros cubiertos de cicatrices y miradas hambrientas de sangre. Atraidos por el ruido del combate, habían estado esperando a que las bestias nos desgastaran. Eran carroñeros. —¡Vaya, miren lo que trajo la marea! —gritó el que parecía el líder de los vándalos—. ¡Un dandy de colores y su amigo! ¡Sus cabezas valdrán algo en el mercado de esclavos! —Qué público tan vulgar y falto de belleza—murmuré, desplegando de nuevo mi abanico con un chasquido seco—. Y no es mi amigo, es más bien un daño colateral. Seiji, espero que estés atento a mi coreografía final. —Muéstrame cómo limpias el escenario tú solo, Aspros—respondió él, dando un paso atrás y apoyándose en una raíz con total indiferencia—. Te estaré esperando, ya sea para felicitarte o recoger tus coloridos restos del fangoso suelo. Los mercenarios abrieron fuego sin previo aviso. Gracias al Haki de Observación intermedio que había pulido con Seiji, capté las líneas de intención de los disparos milisegundos antes de que apretaran los gatillos. Con una serie de flic-flacs y piruetas acrobáticas, mi cuerpo se deslizó entre las balas con la gracia de una bailarina. Un mercenario se abalanzó sobre mí con un mandoble descendente. Vi su intención, pero en lugar de esquivar, concentré mi voluntad en mi antebrazo izquierdo, cubriéndolo con un blindaje negro azabache, y bloqueé el filo de la espada directamente con mi piel. La espada del mercenario vibró por el impacto contra mi defensa metálica, agrietándose y estallando en mil pedazos. Aprovechando su sorpresa, giré sobre mi propio eje y le propiné una patada en el pecho que lo mandó a volar contra las ruinas. Sin embargo, el resto de los vándalos se arrojaron en jauría, rodeándome por completo con sus armas en alto. El espacio se reducía y la presión física era abrumadora. Era el momento de dejar de jugar. Dejé de lado la tensión muscular, respiré hondo y expandí mi espíritu por completo, conectando con el orgullo inquebrantable de la Reina de Kamabakka. La misma fuerza volcánica con la que había soñado, que salvó a Kenzo en el pasado, emergió ahora, pero bajo un dominio absoluto. —¡Fuera de mi vista, marichochos! —bramé. No grité con la garganta, sino con mi voluntad. Una onda de choque invisible, cargada de rayos negros y púrpuras de pura energía espiritual, estalló desde mi cuerpo en un radio perfecto, agitando violentamente la maleza. El impacto de mi Haoshoku Haki fue fulminante. Los mercenarios que corrían hacia mí se detuvieron en seco. Sus ojos se abrieron de par en par, perdiendo el brillo de la razón. Las katanas resbalaron de sus manos flojas mientras un mareo agónico invadía sus cerebros. Al unísono, los doce vándalos cayeron de rodillas y luego se desplomaron de bruces contra el lodo, completamente noqueados, con la consciencia destrozada por el peso de mi convicción. El silencio absoluto regresó a aquel recóndito rincón del manglar. Las hojas de los Yarukiman dejaron de agitarse, los pájaros prosiguieron sus cánticos silvestres. Me erguí despacio, alisando mi ropa con un gesto impecable y cerrando mi abanico con elegancia. El esfuerzo me había dejado respirando un poco más rápido, pero mi compostura era perfecta. Seiji caminó entre los cuerpos inconscientes de los hombres y las bestias, observándolos con esa crueldad fría que ya conocía, pero en sus labios se dibujaba una sonrisa de auténtica satisfacción. Había terminado de esculpir su obra. —Una actuación digna de aplauso, Aspros —dijo Seiji, deteniéndose frente a mí—. Has combinado la velocidad, la defensa del acero y la marea del Conquistador en mitad del caos. Ya no eres un peón ciego. Ahora eres una fuerza a tener en cuenta. Y, a decir verdad, muy conveniente. —Te lo dije, maestro. Me gusta dominar el escenario, no importa cuán salvaje sea el decorado. Mi limonada está lista, y el Nuevo Mundo va a probar su sabor. Seiji asintió levemente, dando un paso atrás y recuperando sus manos en los bolsillos, volviendo a ser ese pirata apático e indiferente al que nada parecía afectarle. Pero ambos sabíamos lo que se había gestado en estos manglares. —Tu balandro está en el Manglar 24, listo para zarpar. Ve a buscar a tu capitán, reina de los Alas Negras. Haz todo el ruido que puedas en ese patíbulo —concluyó Seiji, dándose la vuelta y comenzando a caminar hacia la espesura, sin mirar atrás—. No me hagas arrepentirme de haberte dejado exprimir el limón. Observé su silueta desaparecer entre las lianas y las sombras del manglar proscrito. No hubo abrazos ni despedidas sentimentales; nuestro pacto de sombras parecía haber concluido allí mismo, bajo la luz moribunda de la tarde. Con una sonrisa afilada y el corazón latiendo con el fuego de mis esperanzas renovadas, me di la vuelta y regresé al hostal para disfrutar de una última noche de comodidad antes de enfrentarme a la crudeza del mar. A la mañana siguiente, las primeras luces del alba tiñeron el cielo de un tono dorado y limpio. Me vestí con una minuciosidad impecable, retocando mi maquillaje frente al espejo con la calma de quien sabe que se dirige a su gran estreno. Caminé hacia los muelles del manglar con paso firme, sintiendo el peso de mis tacones repicar contra la madera. Mi balandro aguardaba amarrado, balanceándose suavemente sobre las aguas del archipiélago. No tenía la menor intención de buscar a Seiji para despedirme; sabía perfectamente que aquel hombre no profesaba un especial cariño por mí, ni yo por él. Habíamos sido socios en un negocio de supervivencia y poder, nada más. Subí a bordo, solté las amarras y desplegué las velas. El viento de la mañana comenzó a empujar la embarcación lejos de las raíces del Yarukiman, rompiendo la calma del agua. Me coloqué en la popa para observar cómo Sabaody se reducía en el horizonte. Fue entonces cuando lo vi. A unos pasos del borde del puerto, recortado contra la silueta de los árboles, Seiji estaba de pie. Mantenía una mano metida en el bolsillo mientras con la otra me dedicaba un saludo vago, apenas alzando los dedos en un gesto perezoso y desganado. Me miraba fijamente, con esa distancia helada que lo caracterizaba, pero no se quedó callado. Su voz, rasgando el viento matutino con una mezcla de orgullo rudo y sequedad, llegó nítida hasta mi cubierta: —¡Oye, espantapájaros! —me gritó, esbozando su típica sonrisa de medio lado—. ¡Más te vale destrozar sus malditas reglas! ¡Quiero ver cómo arde ese Nuevo Mundo! Una carcajada sofisticada escapó de mis labios y abrí mi abanico con un movimiento teatral, devolviéndole el saludo con toda la elegancia que se merecía el director de mi última gran función. El entrenamiento en Sabaody había terminado. El balandro cortaba las olas con fuerza y el Nuevo Mundo aguardaba en el horizonte. |