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[Fic][Recolección][Presente/Relativo] Instinto de supervivencia - Versión para impresión

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[Fic][Recolección][Presente/Relativo] Instinto de supervivencia - Akira Raito - 24-06-2026

Día 23 de Invierno, Año 17

El asqueroso olor a pólvora, sudor rancio y sangre coagulada aún permanecía en mi ropa, una segunda piel de la que no podía desprenderme por más rápido que corriera o por más que me metiera en la ducha. Y eso se sumaba a que mis pulmones ardían, buscando un oxígeno que la humedad de la selva se negaba a facilitarme, y esto me cabreaba. Me había criado en la selva, pero en esta había tantos animales gigantes, que el oxígeno hasta se notaba diferente para que ellos pudieran vivir con tranquilidad, y no yo.

Cada vez que respiraba era como un silbido roto en la inmensidad verde de helechos y laurisilva, un recordatorio de que seguía vivo, a diferencia de los pobres cachorros de oso que había dejado atrás junto a Masami en la estación anterior, en aquel campamento de traficantes... Un recordatorio que se estaba volviendo a mi cabeza en forma de flashback o dejavu malo y difícil de digerir… Espera—. ”¿Qué mierda?”

Me detuve un instante, apoyando la espalda contra el tronco de tamaño colosal, más grande de lo que era Sigrid, quien seguramente se encontraría todavía por esta isla zanjando sus asuntos… No quería despedirme de ella, pero fue su decisión—. ”En un futuro volveremos a encontrarnos, estoy convencido” —y cerré los ojos con una sonrisa.

Y no debí haberlo hecho, la escena del campamento volvió a asaltarme con una nitidez desgarradora. Las jaulas, aquellos barrotes de hierro oxidado, reforzados para contener una fuerza que la naturaleza no había diseñado para ser enjaulada. La fuerza de mamá osa y sus crías, los oseznos gigantes, los pequeños gigantes oseznos desnutridos y abandonados a su suerte.

Incluso en su infancia, eran bestias de proporciones mitológicas, con zarpas del tamaño de mandobles y un pelaje denso que brillaba bajo la luz de las antorchas y del fuego que casi arrasó todo. Pero no había ferocidad en los ojos hambrientos de los que consiguieron salir con vida, solo el terror de un niño al ver maltratada a su madre, al ver asesinados a sus hermanos. Los ositos lloraban, emitían gemidos agudos, casi humanos, que chocaban contra las risotadas ásperas de sus captores, Kiloc, Rufino, Valerie—. ”Trozos de mierda”

Piratas que traficaban con los animalitos y sus pobres e inocentes vidas. Escoria que navegaba por los ríos oscuros de la isla buscando saquear, no oro, sino el latido mismo de la selva. Habían matado a varios de aquellos oseznos frente a mis ojos, sobre todo a los más rebeldes, los que intentaban defender a sus hermanos o aquellos que, en su desesperación, se habían fracturado las extremidades contra el hierro de sus jaulas, a esos los dispararon sin miramientos, como si fueran mercancía defectuosa. La escapada de aquel primer infierno junto a Masami fue por puro milagro. Un error, una sombra y fuera del perímetro antes de que los perros de los saqueadores pudieran seguirnos la pista. La selva, que solía ser mi refugio desde pequeño, que siempre me perdía en ellas para pensar, para despejarme, y por el momento y en esta isla, se sentía profanada y me traía de todo menos calma.

Abrí los ojos y me obligué a enfocarme en el suelo, en el barro oscuro de la jungla, que para mi estaba siendo un mapa y encontré otro rastro fácilmente: botas pesadas, vegetación macheteada y profundos surcos paralelos que indicaban el arrastre de jaulas—. ”Otra vez no… Por favor…”

Otra vez de vuelta a dirigirme el peligro, ¿quién me manda a mi a ser buena gente? Seguí el rastro no por heroísmo, sino porque la única forma de orientarme era seguir esas numerosas huellas, esperando encontrar un desvío que me llevara a la costa o de nuevo a otro campamento que defender de más traficantes. Caminé durante horas, observando cómo los árboles filtraban la luz del sol, convirtiéndo el mediodía en un crepúsculo esmeralda, y el silencio comenzó a volverse, de nuevo, antinatural. Los monos aulladores se habían callado la boca de repente, los pájaros de colores ya no surcaban el cielo, la selva estaba aguantando la respiración. Y entonces el viento cambió, y a pesar de mi mal olfato, me trajo ese olor…

Un olor curioso, amargo y vomitivo a la vez, espeso, pero que se quedaba en la garganta como cuando tienes reflujo. El inconfundible aroma de la muerte.

De manera instintiva, toqué el machete de supervivencia que llevaba en la parte trasera del cinturón para asegurarme de que seguía ahí, y tras eso, cerré los puños esperando una emboscada, esperando encontrarme de nuevo con más piratas. Y entonces avancé agachadito, apartando las hojas gigantes de los helechos con movimientos lentos para no hacer ruido, hasta que la maleza se abrió para revelar un nuevo claro: no había piratas, no había jaulas, solo había silencio y un enjambre de moscas de alas de tamaño absurdo que celebraban un festín.

Dejé caer los brazos, paralizado por la magnitud de lo que tenía delante de mis ojos. El claro parecía haber sido utilizado como un vertedero provisional, un punto de descarte para aquellos traficantes de animales que bien conocía. Un claro lleno de cuerpos de animales esparcidos por la hierba aplastada que yacían sin vida.

Di un paso al frente, con el corazón latiendo a un ritmo que ni yo podía seguir y me obligué a mirar de cerca. Un marine debe estar dispuesto a todo, y encontrarse escenas como esta debía de tenerlas normalizadas. Pero todos eran crías.

Había lobeznos de pelaje plateado, crías de panteras con sus manchas aún sin difuminar, pequeños macacos con los ojos ya grises y gelatinosos, y más oseznos, esta vez de especies más pequeñas—. ¡Joder! —susurré con rabia mientras apretaba los dientes con tanta fuerza que casi me los parto y me arrodillé junto al cuerpo de un cachorro de un dientes de sable, una especie que se creía extinta, pero no. Estaba en los huesos, su pelaje no tenía brillo y sus encías ya de color blanco, delataban muerte por anemía y deshidratación. Revisé a los demás, moviéndome como un fantasma en un cementerio sin lápidas y el patrón era el mismo en todos ellos, no tenían heridas de armas, no habían sido apuñalados ni disparados como los oseznos gigantes del primer campamento, estos habían muerto de hambre, de fiebre…

Y la lógica de los traficantes se dibujó en mi mente con claridad: habían barrido una región entera de la selva, capturando manadas completas, pero el viaje era largo hasta las costas, los suministros escasos y el mercado exigente. Y las crías requerían cuidados constantes, leche, calor materno… Cosas que una banda de criminales no estaba dispuesta a proporcionar, y se habían dado cuenta de que el verdadero valor, el dinero real en los mercados negros, residía en los ejemplares adultos o en las bestias colosales ya formadas. Los cachorros eran un estorbo, si enfermaban o se debilitaban por la desnutrición, simplemente abrían las jaulas y los lanzaban con brusquedad al barro, dejándolos morir a su suerte, asfixiados por su propia debilidad en medio de un hogar que ya no podía protegerlos.

La rabia me subió por el pecho y de nuevo apreté los puños hasta que las uñas se clavaron en las palmas, llenando de sangre los dedos del guante y me quedé allí, de rodillas en la tierra húmeda y llena de sangre, llorando por animalitos que no tenían voz. Lloré por la madre pantera que estaría ahora en una jaula, enloquecida mientras su cachorro se pudría en este claro. Lloré por mi propia impotencia…

El sol continuó avanzando y ahora apenas se ocultaba entre los montículos de barro y las hojas de la selva, alargando las sombras de los árboles, y el frío comenzó a filtrarse en el ambiente. Y es que a pesar de encontrarme en una isla tropical, era invierno, y la selva de noche no era un lugar para los débiles, ni para los que no estaban preparados.

Y tras un rato largo, más de veinte minutos perfectamente, allí arrodillado, un escalofrío me recorrió el cuerpo, trayéndome de vuelta a la realidad. Mi ropa estaba hecha una mierda tras el avance a través de las matas, sus espinas y las lianas traicioneras. Y no tenía saco de dormir, ni tienda, y el viento nocturno era gélido.

Y entonces mi mirada, empañada por las lágrimas y el cansancio, se fijó en los cuerpos y en sus pieles. La piel de estas criaturas era resistente, gruesa, adaptada para soportar cualquier clima e imprevisto climatológico... Y si no me abrigaba esta misma noche, la hipotermia me haría terminar como estos pobres bebés antes del amanecer. Y las náuseas volvieron de nuevo.

La idea me parecía una barbaridad—. ”¿No sería igual que los piratas si me beneficio de su muerte? ¿No me convierto en un buitre más si me aprovecho de la tragedia de estos pobres animales?”

Me abracé a mí mismo, temblando, debatiéndome en un dilema moral que estaba empezando a convertirse en instinto de supervivencia. Miré mis manos vacías, sucias de barro, me saqué el cuchillo del cinturón y lo miré también, y luego, volví a mirar al cachorro de dientes de sable. Estaba muerto, había abandonado este mundo cruel dejando atrás un recipiente vacío, y la naturaleza no conoce el desperdicio. Las bacterias, los insectos, los carroñeros, todos se beneficiarían y tomarían su parte para seguir viviendo. Era el ciclo sin fin que lo envuelve todo, o algo así dicen en la sabana. Pero la diferencia era la intención… Los piratas los mataron por avaricia, por indiferencia, convirtiéndolos en basura… Si yo los dejaba aquí, pudriéndose en la tierra, su muerte habría sido completamente en vano.

—Te veo, te pido perdón, agradezco tu vida para que la mía continúe… Vuelve a Eywa —¿quién es Eywa?

El sonido de mi propia voz me dio un mensaje claro: sobreviviría. Debía hacerlo, no solo por mi propio instinto egoísta de conservación, sino porque alguien tenía que ser el testigo de este horror aún más bizarro que el del campamento que vi con Masami. Alguien tenía que llevar el recuerdo de esta masacre, literalmente, para cazar a los responsables cuando llegara el momento… Vestir sus pieles no sería un acto egoísta, me convencí a mí mismo con amargura, sería vestir de luto. Una armadura forjada en la ira que me haría avanzar más rápido para detener a todos y cada uno de estos cazadores furtivos, de estos traficantes de animales.

Desenvainé el cuchillo y el metal oscuro reflejó el último haz de la luz del sol y me acerqué al primer cuerpo, un cachorro de lobo de las nieves, desplazado violentamente de su hábitat natural. Me arrodillé de nuevo y puse una mano temblorosa sobre su cabeza fría y su cuerpo duro como una piedra, y le acaricié el pelaje sucio, limpiando con mi pulgar una mancha de barro de su hocico.

—La tierra te recibirá con más cariño que los cazadores que te abandonaron aquí —y con una respiración profunda, tragué saliva y coloqué el filo del cuchillo sobre el vientre del animal.

El primer corte fue una agonía mental, sentir la resistencia de la piel y el sonido del tejido abriéndose, me provocó una arcada que tuve que reprimir con violencia o sino vomitaría al pobre animal encima. La sangre manchó mis guantes y trabajé con una lentitud que ni siendo el más rápido de la División 80 podía llegar a imaginar. Y mis movimientos, torpes por el temblor de mis manos y el escozor de las lágrimas, se fueron volviendo más precisos a medida que mi mente entraba en un estado de máxima disociación, necesaria para soportar lo que estaba haciendo.

Separar la piel de la fascia y deslizar el cuchillo entre el músculo y la dermis cuidando de no perforar el cuero era un trabajo que requería fuerza, paciencia y un estómago de hierro. Y por momentos, la humedad de la selva parecía amplificar los olores, conseguía diferenciar todos y cada uno de ellos a pesar de mi mal olfato. Y era cierto, de pequeño sufrí una enfermedad que casi acaba con mi vida, una enfermedad que hizo que Baterilla estuviera confinada durante meses y que se llevó por delante a numerosos abuelos, una enfermedad que me hizo perder casi por completo mi sentido del olfato… Pero por suerte o por desgracia, ahí estaba ese olor a sangre muerta, a pelo de animales mojado y a barro revuelto.

Con cada centímetro de piel que separaba, sentía que una parte de mi propia humanidad se desgarraba y me obligué a no mirar sus ojos vacíos una vez que empezaba a desollarlos, concentrándome únicamente en el filo de mi cuchillo y en la tensión de la piel.

Cuando terminé con el primer lobo, me detuve, respirando fuerte y agitadamente, ya que mis manos estaban cubiertas de un rojo oscuro y pegajoso… Puse la piel a un lado, doblándola con un respeto que rayaba en lo sagrado y repetí el proceso… Uno tras otro…

El cachorro de dientes de sable, los oseznos pequeños, el resto de lobitos… Cada corte era un tajo en mi conciencia, cada animal desollado, un ladrillo más en el muro de carga mental que estaba construyendo alrededor de mi corazón para no volverme loco en medio de ese claro y que no se apoderara de mi la esquizofrenia—. ”¿Qué estoy haciendo?”

Pasaron las horas y la luna llena se alzó por encima de las copas de los árboles, bañando el cementerio de una luz espectral. Los insectos nocturnos comenzaron con su música, ignorando por completo el drama que estaba viviendo… Y por fin… Terminé.

Mis músculos estaban acalambrados por la tensión y la postura, mis rodillas hundidas en el barro ensangrentado y frente a mí, apiladas con cuidado, las pieles que me salvarían la vida. A mi alrededor, los cuerpos despellejados, rosados y siniestros bajo la luz de la luna—. ”Qué he hecho…”

Me levanté despacio yui hasta un arroyo cercano, hundí las manos en el agua helada, frotando con fuerza para arrancar la sangre de mis guantes y mi piel, y el agua se tiñó de rojo… Antes de que la corriente se llevara las pruebas del pseudocrimen que acababa de cometer, fluyendo hacia el río principal y de ahí hacia el mar, lavando la superficie pero no el recuerdo traumático que se había grabado en mi memoria.

De vuelta en el claro, comencé a raspar la grasa que quedaba pegada a las pieles y a preparar el cuero para que no se pudriera antes de que me diera tiempo de volver al barco y me envolví los hombros con la piel del dientes de sable. Estaba húmeda, cruda, y su olor era penetrante, pero casi instantáneamente sentí cómo me funcionaba como aislante para el frío.

Corté tiras de cuero más fino y me até vendas alrededor de los muslos lacerados y las espinillas, formando grebas improvisadas que aguantarían lo justo y necesario hasta el Ford Transit, y construí una pequeña mochila donde guardé los trozos restantes.

Y cuando estuve listo para marcharme, completamente vestido con los despojos de las crías gigantes, volví a mirar el claro… Ya no era solo un hombre guapo y brillante que intentaba seguirle la pista a los piratas, me habían arrebatado parte de mi inocencia, y no solo a mí, sino a todos las crías que habían tiradas en el barro de aquel claro... Y yo, Akira Raito, al cargar con su piel, cargaba con su muerte.

—No ha sido en vano —dije en voz alta, con un tono duro y con palabras cargadas de una promesa que estaba dispuesto a cumplir. Acabar con todos y cada uno de los integrantes de aquella banda criminal que se dedicaba a hacer este tipo de atrocidades. Y la selva absorbió mis palabras, guardándolas como la promesa que eran—. Me mantenéis con vida. Y con esta vida prometo que aquellos que os hicieron esto pagarán. Los cazadores serán cazados… Todos y cada uno de ellos.

Me di la vuelta y caminé hacia la espesura, siguiendo nuevamente el rastro del suelo en dirección contraria, en dirección al barco. El cuero crujía con cada uno de mis pasos, era un sonido constante, como el susurro de los espíritus de los animalitos exigiéndome que no los olvidara. Y no lo iba a hacer, navegarían conmigo para siempre.

Bajo estas pieles ensangrentadas ha nacido un nuevo depredador.



Info.




RE: [Fic][Recolección][Presente/Relativo] Instinto de supervivencia - Saint Sheperd Ju Peter - 25-06-2026

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Recolección Completada
Materiales:

— Cuero: 200 unidades.

— Víveres: 73 unidades.

¿Quién es Eywa?


STAFF DE NAKAMA NO MI