Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece
Piel de animal | P.R [ Recolección ] - Versión para impresión

+- Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece (https://nakamanomi.com)
+-- Foro: Mundo (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=3)
+--- Foro: Grand Line Paraíso (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=227)
+---- Foro: Corriente Akai (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=107)
+----- Foro: Isla Kyodaina [Tercera isla] (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=123)
+------ Foro: Selva Oki (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=124)
+------ Tema: Piel de animal | P.R [ Recolección ] (/showthread.php?tid=3895)



Piel de animal | P.R [ Recolección ] - Enji - 25-06-2026

Invierno del año 17, día 25.

Amanecía en una fría mañana de invierno a puertas de la salvaje Kyodaina. El sol, asomado tímidamente desde la línea del mar en el horizonte, provocó la caída de un denso rocío matinal. La temperatura descendió. Los primeros rayos del astro, en lugar de calentar, enfriaban, y los pastos se blanqueaban de escarcha al pisar temperaturas negativas. La naturaleza se cohibía a causa de la ola polar. Los animales permanecían ocultos, agazapados, escondidos en lo profundo de sus cuevas, nidos o madrigueras. Aunaban calor entre ellos o dormían a la espera de una época más cálida. Algunos, los más adaptados, podían salir y afrontar el clima protegidos por sus gruesos pelajes o densas capas de grasa, más eran escasos los que, incluso así, elegían madrugar y recorrer el terreno cuando todavía se apreciaban capas de hielo sobre las hojas de los árboles.

El Ford's Transit, velero de dos postes perteneciente a la GLORIOSA División 80, había echado anclas a unos cinco metros de la línea de costa. La bandera que ostentaba el símbolo de la marina, enarbolada en la cima del mástil principal, flameaba lentamente, danzaba con la brisa y vigilaba, incansable, la playa de arena blanca dónde descansaban los restos de una fogata expirada. La noche anterior la habían ocupado para calentar sus alimentos y purificar agua, brindarse calor para sobrellevar la primera etapa de la noche y prepararse para las frías habitaciones del barco. Junto al fuego, se había vuelto una costumbre charlar de los pormenores del día, actualizar los avances en su rastrillaje a la isla, y compartir comentarios varios, incluso conversando sobre las últimas noticias del diario y los nuevos wanteds que llegaban desde el Worlds Economy Newspapper.

Al hacerse la hora, apagaban el fuego ahogandolo con rocas y partían cada uno a su habitación.

—Fuaaaahhhh, dios, que lindo día.

Enji emergió desde las entrañas del barco. Abrió la puerta de un empujón y apareció bostezando, brazos estiradas y cabello revuelto después de una buena noche de sueño. Llevaba puesto el uniforme, los pantalones azules y la chaqueta blanca que denotaba su rango. Nada más. Incluso se atrevía a dejar el chaquetón abierto, inconsciente o ignorante de las heridas temperaturas que reinaban afuera. Una primera brisa llegó para remover los pliegues de la tela y recordarle la época del año, pero Enji, sonriente, se llenó de aire los pulmones y suspiró.

—Ah, sí —masculló con satisfacción—. Un hermoso día.

Inclinó la cabeza hacia la izquierda y luego a la derecha, hasta que sus vértebras crujieron. El día tenía que empezar bien porque iba a ser un largo, muy largo día. Lo planearon todo la noche anterior. Juan, cocinero y manitas de la división, les encargó la recolección de algunos materiales para poder diseñarles un buen calzado. Uno de tantísimos esfuerzos por conseguir que el capitán del grupo usara, al menos, una prenda más, y no estuviera tan desnudo todo el tiempo.

Enji saltó sobre la barandilla lateral, se acuchilló y apoyó los brazos en sus rodillas. Echó un vistazo a la playa mientras se servía de un cigarrillo rubio. Lo encendió, inhaló humo y exhaló neblina, dejando que se filtrara también por su nariz.

—Hoy me toca a mí salir a cazar —comentó.

Ford, su siempre fiel y caótico gato, saltó también sobre la barandilla. Estaba más grande, mucho más grande que cuando lo adoptó, cosa que no era muy difícil teniendo en cuenta que se trataba de un bebé en esa época. Más de un año pasó y ahora Ford era un gato hecho y derecho, gordo, molesto y juguetón, como todo gato que se precie. Se sentaba en sus cuartos traseros y su cuerpo tomaba la forma de una vasija, le colgaba la tripa y tenia hasta una pequeña papada debajo del hocico.

Enji lo miró y sonrió.

—¿Vienes a darme consejos? Oh, depredador alfa.

Ford lo miró y maulló de mala gana. Detectó la burla en su voz.

—Sí, sí, te voy a traer un pescado. O dos. Ya no sé cuánto hace falta para contentar esa panzota. —rio entre dientes y le acarició el vientre con el índice, a lo que Ford respondió rasguñandole la mano—. ¡Eh! ¿Que haces? ¿No escuchaste eso de que nunca muerdes la mano que te da de comer? También aplica a rasguños, gordito.

Ford puso los ojos en blanco y Enji, tras darle unos pocos cariños detrás de las orejas, se descolgó de la barandilla y saltó hacia la playa. Sobre la arena blanca sus pies se deslizaron. Dió una vuelta en el suelo, se irguió y miró hacia atrás, al barco.

—¡Te toca el turno de vigilancia! Vuelvo en un rato.



La selva tenía la costumbre de cobijar a los depredadores. En la espesura de su follaje, las bestias más poderosas se camuflaban, acechaban, perseguían y asesinaban. Día a día podías verlos pasar, saltando entre gruesos arbustos, columpiandose en las ramas más bajas, sorteando árboles y piedras que se pusieran en su camino. Una autopista de salvajismo. Las hojas crujían bajo el peso de sus huellas, chillidos desgarraban el aire, provenientes de la garganta de sus últimas víctimas. La selva era eso y a eso se habían cernido: la ley del más fuerte. Y los más fuertes en la isla de Kyodaina eran los integrantes de la GLORIOSA División 80.

Enji saltó a través de un arbusto. Algunas ramas se quebraron contra su piel, otras se doblaron y luego regresaron a su posición inicial, reformando la planta con la marca de su paso en el centro. Estaba corriendo todo lo rápido que podía. Atravesó un largo sendero marcado en el suelo, saltó sobre una roca y se detuvo en lo más alto, acuclillado, agazapado, y observó. Guardó silencio durante unos instantes que parecieron eternos y se sumergió en la melodía de la selva, en los mil pequeños matices de su respiración. Escuchó las ramas quebradas, las hojas que volaban, el agua filtrada a través de la tierra y la corriente del río que corría colina abajo. Escuchó, esperó y lo encontró.

«Ahí»

Lo sintió. Una perturbación pequeña, sutil, en la forma que sonaba el agua del río. Una interrupción que delataba a su víctima.

Volvió a saltar, volvió a correr, volvió a perseguirlo. Está vez, usó las ramas de los árboles para escalar dando saltos largos entre ellos. La altura era una ventaja demasiado tentadora. Se movió de copa en copa, proyectando su sombra sobre la naturaleza que por debajo agachaba la cabeza y regresaba a sus madrigueras, conscientes, por instinto, del peligro que representaban ese ser. Esa bestia que, aunque pequeña en comparación, había demostrado tener la fuerza necesaria para derribar a los más grandes. Uno de esos, después de todo, era el que estaba huyendo en ese momento.

—¡Oe! ¡Ya deja de correr, grandote! —clamó Enji desde los cielos—. ¡Vamos, no te haré mucho daño! ¡Será rápido e indoloro si te entregas!

Dió un gran salto, mucho más largo y veloz que los anteriores, y adelantó por encima a su presa. Atravesó el ancho del río, cayó del otro lado y se deslizó tres metros sobre la tierra hasta detenerse al final de una zanja de barro producida por la fricción de sus suelas. Se giró y encaró al misterioso monstruo: un tigre.

—Lo siento, no me gusta la idea de matarte pero necesitamos carne, grandote, y un cuero fuerte y flexible. Me vienes como anillo al dedo…

La bestia no era precisamente un tigre normal, como no lo era ningún animal en toda la isla de Kyodaina. El espécimen que Enji había perseguido tenía el pelaje crespo, rojo en vez de anaranjado, y con rayas gruesas y negras. Sus colmillos, aunque no tan notorios como los de su variante ancestral, sobresalían fuera de la boca, y tenía la peculiaridad de que los caminos inferiores también se pronunciaban fuera de los labios, cruzándose con los superiores en una especie de adaptación que favorecía el filo en ellos.

El tigre había huido tras un primer cruce. Enji lo golpeó en ese momento y la marca de su puñetazo permanecía en el lomo del animal, como un pequeño pelón.

—Hagamos que sea algo digno, gordito. Ten un poco de orgullo y pelea hasta el final… ¡Deja de huir! —gritó—. ¡¿Qué sucede contigo?!

El animal dió dos pasos hacia atrás. Parecía asustado; aterrado, en verdad, y Enji no comprendía qué había cambiado. Desde su llegada a la isla, cientos de bestias, más grandes y más pequeñas que esa, lo habían enfrentado. Ninguna dudó en abalanzarse contra el hombre, que, por tamaño y apariencia, era mucho más débil que ellos. Una presa fácil. Sin embargo, después del descubrimiento que Juan y él hicieron días atrás, las criaturas empezaron a mantenerse al margen de su presencia o, de plano, huir de él. Algo había pasado. Algo había cambiado. Algo había despertado en esa cueva.

Enji dió dos pasos al frente.

—¡Atacame! —ordenó. Se dió dos golpes en el pecho, rabioso—. ¿Es que eres cobarde? ¿Por qué? ¿Por qué ahora?

La bestia gruñó bajo, se agazapó y, por unos instantes, pareció… ¿Pensar? ¿Meditar? Lo que Enji le había planteado. En la naturaleza, una criatura de su tamaño y envergadura jamás huiría de un ser humano. Podía evitarlo, ignorarlo por considerarla una presa insuficiente, pero ¿huir? Imposible. Estaban muy por encima en la cadena alimenticia.

Como comprendiendo ese punto, el tigre rugió. Tenía el orgullo lastimado. Enseñó los poderosos caninos en amenaza directa al marine, plantó firme las patas por delante y flexionó las traseras, como dos resortes preparados para disparar.

Enji sonrió.

—¡Bien! ¡Así me gusta mucho más! —El veneno empezó a correr por su cuerpo como un sudor espeso y morado. Las gotas chillaban y se evaporaban al tocar suelo, advirtiendo de su intensa acidez—. ¡Bailemos un rato!

Y el conflicto explotó. La profundidad de la selva fue testigo y contexto del enfrentamiento. Hombre contra bestia, bestia contra hombre, instinto contra locura. Enji, como siempre, atacó y golpeó con todo lo que tenía. Ese era su estilo, brutal y extremadamente violento. Peleaba para ganar, ganar de forma absoluta, devastadora, y hacerlo cuánto antes. El animal, por otro lado, se guiaba por su instinto. Retrocedía cuando sentía que se acercaba algo peligroso, atacaba cuando detectaba una apertura, mordía con todas sus fuerzas y proyectaba sus garras a toda velocidad. Buscaba la carne, las venas importantes, los huesos más sensibles. Demoraron horas en decidir un ganador.

Pero de allí solo podía salir uno.



Entrada la noche, la silueta del tigre se asomó a la playa frente a la que yacía aparcado el Ford’s Transit. Ford, que se había cagado en toda la cubierta durante el día, se percató de su presencia, saltó a la barandilla, empezó a gruñir y encrespó el lomo.

El tigre se levantó, se meció de un lado a otro y después cayó al suelo, inerte. Desde debajo de su grueso pelaje asomó un hombre de cabello blanco, ojos rojos y una docena de cortes en todo el cuerpo. Enji respiraba con algo de dificultad, estaba herido, pero había salido victorioso de la pelea y conquistado una nueva cacería. Con los cientos de kilos que pesaba ese monstruo, tendrían carne para… un par de días. ¿A quien iba a engañar? Su división comía por un pelotón entero y eso que eran solo cinco personas.

¡Y Juancho era vegetariano!



Unas horas más tarde, la fogata estaba encendida y el cuchillo ensangrentado después de haber carneado al animal. Siempre con respeto, separó las partes comestibles y trabajó el cuero. Lo dejó limpio, colgado de unos troncos que formaban un arco en la playa para que secara.

—Fiu… —suspiró, dejó el cuchillo clavado en el suelo y se levantó para cambiar las vendas de una de sus heridas—. Espero que Juancho sepa darte un buen uso, grandote. Fue una buena pelea.

Dió dos palmadas sobre el cuero del animal. Había respeto en su mirada; después de todo, pelearon en igualdad de condiciones, pusieron sus vidas en la línea y se arriesgaron a perderla. Ahora, el ganador se llevaba la comida y el abrigo, mientras el perdedor conocía a su creador… o descansaba, de una buena vez.

Off



RE: Piel de animal | P.R [ Recolección ] - Saint Sheperd Ju Peter - 25-06-2026

✓
Recolección Completada
Materiales:

— Cuero: 200 unidades.

¿Y Juan qué comerá?


STAFF DE NAKAMA NO MI