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Kibai Jones y el Néctar del Sol [Fic Recolección] - Kibai - 01-07-2026 El sol de Arabasta era el soberano más severo que cualquier isla podría tener. Kibai lo había comprobado en cuanto hubo descendido del Royal Quiver y puso un pie sobre la recalentada arena más allá del puerto de Nanohana. El calor del astro rey hacía algo más que simplemente iluminar y dar calor, sino que prácticamente lo atravesaba a uno, filtrándose entre los poros de su pelaje moteado y se instalaba en cada recoveco de su cuerpo como un inquilino no deseado. El mink leopardo llevaba apenas tres días en el reino desértico y ya entendía por qué los lugareños andaban con aquellos atuendos que en su inmensa mayoría consistían en túnicas de algodón blanco que les cubrían hasta los tobillos, a juego con sobrevestas largas ajustadas a las muñecas y turbantes con máscaras incorporadas para protegerse del viento cargado de arena que soplaba desde el desierto. Su propio pelaje, que de manera habitual o incluso en climas medianamente fríos como Drum o Roshwan se había revelado como una ligera ventaja natural, en Arabasta había devenido en una maldición bajo aquel cielo implacable.
El calor vibraba en el horizonte, distorsionando las dunas lejanas como si el propio desierto respirara. Kibai ajustó el cinturón que sostenía a Raimei a su costado, observando el trajín del puerto. Si bien había una considerable presencia del ejército real, aparte de la Marina, le había constado en sus primeros días en la isla que el movimiento general solía ocultar transacciones bajo mano mucho más habituales de lo que a uno le cabría esperar en un lugar aparentemente tan tranquilo.
— Soldado Kibai — le saludó un marine al pasar junto a él, un tipo sin duda destinado en Anubarna desde hacía tiempo, como atestiguaba su piel bronceada y curtida por el sol. — ¿Sigues husmeando por los muelles?
—Sigo husmeando por los muelles — confirmó Kibai, con una leve mueca a la vez que daba un trago a su cantimplora. — La última vez que les llevé algo de comer a los del puesto de vigilancia decían que hay indicios de movimiento de contrabando en esta zona.
El marine se sacó la gorra para limpiar el sudor de su calva y soltó una risa seca mientras se apoyaba en la pared al lado del marine, cruzando los brazos con un suspiro de cansancio.
—Contrabando de agua, más bien. Aquí nadie mueve nada que no sea arena y sed. Pero si quieres perder el tiempo, allá tú. La Marina paga igual.
Kibai esperó a que el hombre se alejara, luego se permitió un suspiro que le hizo vibrar los bigotes. No, definitivamente no era agua lo que se estaba contrabandeando allí. El agua requería dos cosas, almacenaje y espacio. Dos cosas que para que resultase rentable eran tan voluminosas que nadie las traficaría sin un permiso y connivencia total de las autoridades. Pensando que su relativa poca estancia en la isla y su aspecto podrían darle alguna ventaja, el mink se apresuró hasta un puesto de ropa, adquirió por un precio bastante económico unas telas con las que cambiar su uniforme y volvió al Royal Quiver.
A pesar de que era su primera vez vistiendo aquel tipo de indumentaria, se las arregló bastante bien hasta que llegó a la parte del turbante. Maldita sea, aquella cosa era incapaz de sostenerse como era debido. Tras muchos intentos, y con la ayuda de sus avispas sosteniendo la tela en alto para que Kibai se la anudase, al fin consiguió colocarlo en su sitio. Tras eso, como precaución, dio una orden mental a sus insectos para que se guareciesen entre los pliegues de la tela en vez de regresar al interior de su cuerpo.
Una vez salió de nuevo a cubierta, el mink notó inmediatamente la diferencia de sus ropas oficiales a lo que llevaba en aquel momento. El escaso aire que circulaba, incluso al lado del mar, pasaba fácilmente a través de la tela, refrescando su piel acalorada por el sol. Con alegría, Kibai descendió por la madera de la pasarela de nuevo hasta tierra, y tras cubrir su rostro con el pedazo de tela que colgaba a la derecha de su cabeza, emprendió camino.
Se adentró en las calles de Nanohana, un laberinto de callejones empedrados y toldos de colores desvaídos que ofrecían la preciada sombra que los habitantes codiciaban en las horas de mayor calor. El bullicio comercial era constante: vendedores de especias, de tejidos, de baratijas de metal que brillaban falsamente bajo el sol y cestas cargadas de frutas procedentes de las zonas más fértiles de la isla. Para el mink, con su sentido tan agudizado del olfato, el olor a comino, a cuero sudado y a pescado seco se mezclaba en una atmósfera tan densa que un poco más y pensaba que podría llegar a masticarla de haber podido.
Finalmente, tras deambular por varias de aquellas callejuelas con los ojos y los oídos abiertos, Kibai se detuvo frente a una taberna llamada El Oasis Verde. El local poseía una fachada igual de blanca que todos los edificios de la ciudad, aunque desgastada y con evidente falta de una mano de pintura. A través de la puerta entreabierta se escapaba un rumor de voces y el tintineo de vasos que revelaban que incluso a aquellas horas el establecimiento tenía cierta actividad. Ladeando la cabeza, el mink decidió que era hora de cambiar de estrategia. Los archivos de la Marina en Nanohana que le habían permitido consultar eran escasos y redundantes, llenos de informes sobre bandidos menores y deudas de juego, cosa que ni por asomo era algo que despertase su interés, a menos que no hubiese nada más. Tras meditarlo durante un par de segundos, Kibai empujó la puerta y entró.
El interior era más fresco, aunque solo relativamente. La penumbra era acogedora, salpicada por la luz de unas cuantas lámparas de aceite que colgaban del techo de madera. Kibai se dirigió a la barra, donde un hombre de rostro arrugado y dientes manchados por el tabaco lo miró con curiosidad nada disimulada. El mink resistió la tentación de poner los ojos en blanco. Incluso en el Grand Line, dónde encontrar a gente de casi cualquier especie era relativamente habitual, ver a uno de los suyos en una taberna de Nanohana no era algo que seguramente pasase todos los días.
— Un vaso de agua, por favor — pidió Kibai, deslizando una moneda sobre la madera.
El tabernero le sirvió sin preguntar, y Kibai bebió a sorbos lentos, sintiendo el líquido tibio bajar por su garganta reseca. Mientras tanto, sus orejas felinas, móviles y atentas, exploraban el rumor de la sala. Los dos hombres que tenía a su derecha comentaban con un cierto grado de frustración la escasez de las cosechas anuales, mientras que en la mesa a su espalda un grupo de mercaderes discutía alrededor de una jarra que olía a licor incluso desde dónde se encontraba Kibai acerca de la última subida de impuestos que había anunciado el rey. Por otro lado, en la esquina más cercana a la puerta, un fulano trataba de justificarse ante su mujer, que le reprochaba que había perdido un camello en una apuesta. En resumen, nada útil. Tras pedir un segundo vaso, Kibai deambuló por la zona de las mesas fingiendo buscar un lugar para sentarse, hasta que una voz ronca, procedente de una mesa al fondo, dijo algo que hizo que sus orejas se tensaran.
"—...y dicen que los que partieron a encontrar la condenada tumba nunca volvieron. Dicen no se que de una maldición, pero os aseguro que los vivos tienen mucho más que ver que los muertos en este asunto."
Kibai giró la cabeza con lentitud, como si el movimiento fuera casual. La voz provenía de un hombre de rostro de piel cetrina y ropa de viaje, sentado con otros dos individuos de aspecto igualmente rudo. Parecían cazadores de tesoros, o quizás simples saqueadores de tumbas. En Arabasta, la diferencia solía ser cuestión de suerte.
— La Cámara del Sol — repitió uno de sus acompañantes, con un dejo de incredulidad. — ¿Todavía crees en esas historias? Eso no es más que un cuento de viejas para entretener a los niños y enseñarles a no adentrarse solos en el desierto.
— Cuento de viejas, dice… — escupió el primero, con desdén. — El abuelo de mi abuelo ayudó a construirla, lo sabías? Él siempre dijo que dentro había una gran cantidad de tesoros, pero que eran simples distracciones. Lo más valioso era una vasija enorme de barro, grande que un hombre cabría dentro. Que la miel que guardaba brillaba como si tuviera fuego dentro. Y que quien la probaba adquiría ciertas capacidades por encima de lo normal. Mi abuelo me contó como su abuelo había guardado un poco de aquella miel y la había tomado antes de mover un montón de piedras un día que estaban construyendo un cercado para el ganado. El viejo apenas siquiera sudaba cuando terminaron.
Los otros dos rieron, pero Kibai no. Sus ojos verdes, fijos en la mesa, captaron cada palabra y las almacenaron como un tesoro.
— Vaya, que curioso… — murmuró para sí. El enjambre en su pecho vibraba ahora con más intensidad, como si también ellas hubieran entendido que aquello podía resultar en algo interesante.
Se levantó lentamente, dejando el vaso ya vacío encima del taburete donde se había sentado, y se acercó a la mesa de los saqueadores. Al hacerlo, la luz de una lámpara bailó sobre su pelaje moteado, proyectando sombras danzantes en las paredes. Los tres hombres levantaron la vista, y sus expresiones pasaron de la sorpresa al recelo.
— Disculpad que me entrometa — dijo Kibai, con una voz suave pero firme, una voz que había aprendido a usar en los interrogatorios. — Pero he oído que mencionabais una cámara. ¿La Cámara del Sol? Me gustaría escuchar más de ella, si es posible.
El hombre de la voz ronca lo midió con la mirada. Sus ojos se posaron en el sable de Kibai, en su atuendo que no podía ocultar su fuerte constitución, y finalmente en sus ojos verdes, que le devolvían la mirada sin titubear.
—¿Y tú quién eres, amigo? —preguntó con recelo. — ¿Un mink que se ha vuelto arqueólogo?
— Solamente soy alguien curioso. — respondió Kibai, sin inmutarse.— Lo cierto es que me encantan este tipo de historias sobre el pasado. Y a diferencia de tu audiencia actual, yo si creo que lo que estabas contando merece bastante la pena escucharlo.
Hubo un silencio tenso. Luego, el hombre soltó una risa grave.
—Siéntate, mink. Te contaré lo que sé, aunque no sé si te servirá de algo más que para perder el tiempo. Pero te aviso, te costará unas cuantas rondas, la historia que vas a oír no es precisamente corta.
Kibai se sentó, y durante la hora siguiente escuchó la leyenda que se había transmitido a nivel familiar de generación en generación, acerca de un encargo de la familia real a los mejores artesanos del reino la construcción de una cámara en mitad del desierto de Arabasta. No para albergar su cuerpo, sino para proteger un tesoro que consideraba demasiado peligroso para el mundo: una vasija de miel que había llegado a sus manos supuestamente como ofrenda de los dioses, y que su pueblo no estaba preparado para entender ni usar.
El tesoro biológico, como lo llamaba la leyenda, había sido ocultado en lo más profundo de la cámara, custodiado por un guardián que el rey había criado desde su nacimiento. La entrada había sido sellada, las coordenadas borradas de los mapas oficiales, y solo los más audaces o los más desesperados intentaban aún encontrarla. La mayoría no volvía.
— Esa zona es una condenada trampa mortal, te lo aseguro. —dijo el hombre con la boca ya algo pastosa mientras terminaba su cierto vaso de licor. — No hay nada, ni rutas comerciales, ni oasis, ni pozos ocultos para pastores. Solo arena, roca, y algo más de arena después. Podrías vagar días enteros por allí sin ver ni un asomo de verde o de civilización.
Kibai escuchó todo sin interrumpir, sus dedos tamborileando suavemente sobre la mesa. Cuando el hombre terminó, el mink asintió.
—¿Y las coordenadas? — preguntó.
El hombre rió de nuevo, pero esta vez con un tono diferente, casi respetuoso.
Kibai se levantó, dejando otra moneda sobre la mesa.
— Gracias por la información. Tomaos la última ronda a mi cuenta. Deseadme suerte.
Los tres hombres intercambiaron miradas que decían este tipo está loco, pero ninguno dijo nada en voz alta. Kibai salió de la taberna y el sol lo golpeó de nuevo, pero esta vez no lo sintió como un castigo, sino como un aliciente para lo que tenía por delante. El enjambre de avispas en su pecho zumbaba con entusiasmo. Había encontrado una dirección. Ahora solo necesitaba un camino.
Y un nombre: Basim, el antiguo bibliotecario de Alubarna.
Al atardecer, Kibai tomó un camello prestado de los establos de la Marina y se adentró en el desierto, dejando atrás Nanohana visitando sus nuevas ropas y sus ojos verdes fijos en el horizonte, donde la capital de arabasta le aguardaba.
El viaje desde Nanohana hasta Alubarna fue una lección de humildad para Kibai que el desierto le impartió sin ningún tipo de piedad. Kibai se felicitó una vez más por haber cambiado su uniforme blanco por las prendas que los lugareños consideraban sensatas. Su pelaje moteado quedaba oculto bajo las capas de tela de algodón, y por primera vez en días, el sol no perforaba su piel como una aguja. El camello que le habían dejado en el puesto de vigilancia, una bestia de mirada impasible y color marrón claro, avanzaba a un ritmo pausado pero constante, moviendo sus patas largas sobre la arena con su característico vaivén.
Kibai, en cambio, se balanceaba con torpeza sobre el animal, sujetando las riendas con una mano mientras la otra descansaba sobre el pomo de Raimei, que llevaba envuelto en trapos para disimular su filo y evitar que el metal recalentado por el sol le quemara la piel al desenvainarla. A pesar de que no creía necesitarla de momento, no se habría desprendido de la espada por ninguna razón, y llevarla oculta bajo la túnica le daba una ventaja que ningún adversario esperaría. Los minutos se alargaban como chicles bajo aquel cielo inclemente, y las dunas se sucedían unas a otras, solamente intercaladas con algunas formaciones de roca viva, conformando un paisaje que parecía diseñado para desorientar a cualquier viajero que se adentrase en él.
La capital apareció en el horizonte como un espejismo que poco a poco iba convirtiéndose en algo tangible. Alubarna no era como Nanohana. Mientras que esta era un puerto bullicioso, un cruce de caminos para comerciantes y marineros. Alubarna era una ciudad de piedra blanca. Las murallas altas, construidas con bloques de caliza pulida por los vientos, reflejaban la luz del sol de manera tan intensa que Kibai tuvo que entornar los ojos para no quedar cegado.
Entró por una de las puertas laterales, donde los guardias reales, hombres de rostro severo y lanzas en ristre, lo examinaron con la desconfianza profesional de quienes han aprendido a no fiarse de los forasteros. Sin embargo, la túnica y el turbante le daban un aire de viajero más que de amenaza, y tras un breve interrogatorio sobre su procedencia y propósito, lo dejaron pasar. Kibai mencionó que era un estudioso de las antigüedades del reino, interesado en los registros históricos de la dinastía real. Los guardias se encogieron de hombros. En Alubarna, los eruditos eran bastante comunes, y muchos viajeros acostumbraban a acudir a los archivistas, que tenían fama de recibir a todo aquel que demostrara un interés genuino por el pasado. Aunque, a diferencia de la mayoría, por lo que Kibai habí escuchado de aquel hombre en Nanohara, Basim no iba a ser algo tan sencillo.
El interior de la ciudad era un laberinto de callejuelas sombreadas por toldos de lino, balcones de madera tallada y fuentes de piedra de las que manaba agua fresca con un murmullo constante. Kibai se detuvo en una de ellas para llenar de nuevo su cantimplora, totalmente vacía tras su viaje por el desierto, y mojarse el borde del turbante, sintiendo el alivio momentáneo del agua sobre su frente.
Preguntó por el antiguo archivista de la biblioteca real a varios transeúntes, y todos le señalaron en direcciones ligeramente diferentes. Finalmente, una anciana que vendía dátiles en una esquina le dio la indicación precisa.
— Sigue la calle de los escribas hasta la plaza de los cedros, luego gira a la izquierda y busca la puerta de bronce con el símbolo de un ojo.
Kibai la agradeció con una moneda y un gesto de cabeza, y se puso en marcha.
La calle de los escribas era una vía estrecha flanqueada por talleres donde hombres y mujeres copiaban manuscritos a mano, trazando caracteres con una precisión milimétrica que sorprendió al propio Kibai. No había imprentas en Arabasta, o al menos no en aquel barrio. El saber se transmitía como se había hecho durante siglos: con tinta, pergamino y paciencia. Kibai sintió un profundo respeto por aquellos oficios, y por un momento se preguntó si en un futuro podría ampliar sus conocimientos en las materias del saber. Era algo que mal que bien, siempre había llamado su atención pero nunca había podido ponerse realmente a desarrollar de la manera adecuada.
La puerta de bronce apareció ante él tras doblar una esquina que daba a un callejón sin salida. Era alta, de dos hojas, y en su centro lucía un ojo tallado en relieve, rodeado de símbolos que Kibai no supo descifrar. La superficie estaba cubierta de una pátina verde que atestiguaba su antigüedad, pero los goznes estaban bien engrasados, y la puerta cedió sin resistencia cuando la empujó.
El interior de la estancia era un espacio con una iluminación suave pero uniforme, ideal tanto para la lectura como para la escritura. La luz entraba a través de claraboyas de alabastro, proyectando manchas doradas sobre las estanterías de cedro que se alzaban hasta el techo, cargadas de pergaminos enrollados, libros encuadernados en piel y tablillas de arcilla con inscripciones cuneiformes. El olor a papel viejo, a tinta seca y a madera envejecida envolvía a Kibai, y sus bigotes vibraron con satisfacción.
Un anciano apareció entre las sombras, moviéndose con la lentitud de quien ha pasado décadas entre aquellos estantes y ha perdido la noción del tiempo exterior. Vestía una túnica sencilla de color beige, una barba canosa que le llegaba al pecho y unos ojos de un azul pálido que parecían ver más allá de lo que tenían delante. No llevaba gafas, pero sus dedos, manchados de tinta, se posaron sobre un libro cercano con una familiaridad que solo da la costumbre.
—El ojo de la sabiduría siempre está abierto —dijo el anciano, con una voz cascada, como si no estuviese demasiado habituado a usarla.— Pero no todo el que entra por esa puerta sabe usarlo. ¿Qué buscas, joven viajero?
Kibai se inclinó ligeramente, un gesto de respeto que no era reverencia, pero se acercaba.
—Busco a Basim —dijo. — Un bibliotecario que, según me han dicho, conoce los secretos que el desierto esconde bajo la arena. Necesito su ayuda para encontrar un lugar. Una tumba antigua. La llaman la Cámara del Sol.
Los ojos azules del anciano parpadearon con lentitud, y por un momento, Kibai temió haber dicho algo incorrecto. Pero luego el hombre sonrió, mostrando una hilera de dientes amarillentos y gastados.
—Basim soy yo. Y la Cámara del Sol es un nombre que no he oído en boca de un forastero desde hace más de veinte años. Siéntate, muchacho. Esto va a llevar tiempo.
Kibai se sentó en un taburete de madera, y Basim se acomodó frente a él en una silla más alta, como un maestro dispuesto a evaluar a su alumno. El bibliotecario lo examinó sin prisa, con sus dedos tamborileando sobre la cubierta de un libro que había tomado de la estantería más cercana.
—Dime —comenzó Basim. — ¿Por qué un mink que se viste como lugareño pero se mueve como un soldado busca una tumba que la mayoría cree que es una leyenda? ¿Y por qué crees que yo, que he pasado mi vida entre estos pergaminos, voy a ayudarte a encontrar algo que la casa real en su momento ordenó ocultar?
Kibai sostuvo la mirada del anciano sin inmutarse. Sabía que aquella pregunta era una prueba, que Basim no daría nada sin antes asegurarse de que el que preguntaba merecía la respuesta.
—Porque el saber que no se comparte antes o después acabará perdiéndose en el tiempo — respondió. — Porque si esa cámara contiene lo que creo que contiene, hay personas que lo merecen más que los saqueadores que dejarán el lugar vacío si yo no llego antes. Y porque usted, Basim, no habría conservado esos registros durante décadas si no esperara que alguien llegara en algún a preguntar por ellos.
El anciano soltó una risa que resonó entre las estanterías.
— Astuto. Y algo imprudente. Pero me gusta tu respuesta. Muy bien, joven mink. Te mostraré lo que sé. Pero ten en cuenta que el desierto no perdonará tus errores, y que no me responsabilizaré de tu destino.
Basim se levantó con una agilidad que desmentía su edad y se internó en las profundidades de la biblioteca, moviéndose entre los estantes con una soltura que delataba los muchos años que había pasado entre aquellas paredes.
La mesa donde el anciano extendió los documentos era una pieza maciza de madera de ébano, tan vieja que las vetas se habían oscurecido hasta casi confundirse con el resto de la pieza. Sobre ella, el viejo archivista colocó un mapa desplegado, varios pergaminos en rollo y un cuaderno de tapas de cuero que tenían toda la pinta de haber sobrevivido a varios incendios y al menos un diluvio.
— La Cámara del Sol — comenzó Basim, señalando un punto en el mapa que no tenía nombre, solo una marca de tinta desvaída. — No ha quedado registrada en ningún mapa oficial. Nunca lo ha estado. Los cartógrafos del reino recibieron órdenes estrictas de omitirla después de que el rey que la mandó construir muriera. Pero los registros de la construcción sí se conservaron, porque el rey quería que la historia de su gesta perdurara, aunque no supieran dónde encontrar el lugar.
Kibai se inclinó sobre el mapa, con sus ojos verdes recorriendo las líneas que trazaban el desierto occidental, una zona que, como le habían dicho en la taberna de Nanohara, la mayoría de los viajeros evitaban por su aridez extrema y la falta de puntos de agua.
—¿Qué contenía la tumba? —preguntó, aunque ya sospechaba parte de la respuesta. Quería oírlo de labios de Basim.
El anciano desarrolló uno de los pergaminos con cuidado, revelando una ilustración que representaba una vasija de barro coronada por un sello de cera, rodeada de jeroglíficos pintados en un tono dorado desvaído.
—Una ofrenda — explicó Basim, con la voz cargada de un respeto casi reverencial. — Los antiguos reyes de Arabasta creían que ciertos alimentos conferían la capacidad de superar los límetes del cuerpo humano. Que podían elevar a quien los consumiera más cerca de los dioses. Esta ofrenda era miel. Pero no una miel cualquiera.
—Explícate mejor — inquirió Kibai, recordando las palabras del hombre en la taberna.
Basim levantó una ceja, impresionado.
—Veo que he captado tu interés. En esta isla hay una raza de abejas que vivían en el subsuelo del desierto, alimentándose de las raíces de plantas que solo crecen en los oasis más profundos. Esas abejas produjeron una miel que los antiguos llamaban el oro del sol. Se usaba exclusivamente en los rituales funerarios, y solo los sacerdotes de más alto rango conocían su origen.
Kibai sintió que su corazón latía con más fuerza. Las avispas que aún llevaba adheridas a su pecho permanecían en silencio, pero él notaba que algo se agitaba en el fondo de su pecho, como si las avispas también percibieran que estaban cerca de algo importante.
—¿Y qué hacía exactamente esa miel? — preguntó, aunque temía que la respuesta fuera demasiado increíble para ser cierta.
Basim apoyó las manos sobre la mesa y lo miró con aquellos ojos de un azul pálido que parecían brillar en la penumbra.
— Hay textos que hablan de soldados que, tras beber una gota de ella, podían correr más rápido que el viento y resistir el filo de una espada. Sacerdotes que la usaban para mantenerse despiertos durante días mientras realizaban rituales. E incluso algunos que afirman que una cucharada de esta miel podía expandir la conciencia fuera de su cuerpo y engrandecer el espíritu. ¿Es cierto? No lo sé. Pero los reyes creían que sí. Y por eso la ocultaron. Porque temían que, en manos equivocadas, ese poder se convirtiera en una maldición.
Kibai se quedó en silencio, procesando la información. Había visto muchas sustancias tanto en Drum como en Little Garden, pero aquella miel era otra cosa. Era el potencial de ir más allá, de superar los límites que su propia naturaleza le imponía. Y en un mundo donde se iba a enfrentar a piratas que podían partir montañas, cualquier ventaja era una que no podía permitirse despreciar.
—¿Basim, dónde está la tumba? — preguntó, clavando su mirada en el anciano.
Basim extendió el mapa sobre la mesa y señaló una zona al oeste de Alubarna, una región que el propio mapa reflejaba vacía de cualquier tipo de tipografía.
—Aquí. Pero no es un punto fijo. En el desierto los mapas suelen cambiar. Los textos que tenemos describen coordenadas estelares, no geográficas. Los constructores usaron las estrellas para situar la entrada, no los accidentes del terreno.
El bibliotecario sacó otro pergamino, este más pequeño y más viejo, con los bordes tan frágiles que parecía que se desharía al tocarlo. En él había dibujos de constelaciones y símbolos que Kibai no reconocía.
—Cuando el sol se pone durante el invierno — leyó Basim, traduciendo el texto mientras lo señalaba. — su sombra señala el lugar donde la tierra se abre. Eso es lo que hay que buscar. Un alineamiento. La entrada solo es visible en un momento concreto del año.
Kibai hizo cálculos en su cabeza. Podría llegar a tiempo para el atardecer en un día o dos.
—¿Me prestas esto? — preguntó, señalando el mapa y los pergaminos.
Basim lo miró durante un largo momento, evaluando su petición. Luego, con un suspiro que parecía pesar décadas, asintió.
—Tómalos. Pero necesito que los devuelvas cuando termines. Estos documentos han sobrevivido a más guerras de las que yo he visto, y no pienso dejar que se pierdan porque un marine con ínfulas de arqueólogo se olvide de ellos.
Kibai enrolló los pergaminos con cuidado y los guardó en una bolsa de cuero que llevaba al costado. Se levantó, y por un momento sus ojos se encontraron con los de Basim.
—Gracias — dijo, y la palabra era sincera, sin la formalidad que solía usar con sus superiores en la Marina.
Basim asintió, una sonrisa cansada en el rostro.
— Cuídate, joven mink. El desierto no perdona a los que se confían. Y recuerda: lo que buscas es más que un tesoro. Es un legado. No lo mancilles.
Kibai salió de la biblioteca con el sol ya declinando, tiñendo las calles de Alubarna de un tono anaranjado que parecía quemar la piedra blanca. Se detuvo en la plaza de los cedros y, por un momento, cerró los ojos. En su morral sentía el peso de los pergaminos contra su costado junto con el peso de la promesa que acababa de hacer. Era el momento de recopilar provisiones y disponer la ruta hacia el desierto
La salida de Alubarna se produjo al amanecer del día siguiente, cuando el sol apenas asomaba por el horizonte como una rodaja de fuego que prometía inundar todo con el calor abrasador. Kibai había pasado la noche en una posada modesta de la ciudad, repasando los pergaminos de Basim hasta que sus ojos se cansaron de estudiar y memorizar las constelaciones y los símbolos, y había decidido que no podía esperar más. Tenía dos días para llegar a las tierras del oeste, y aunque el mapa no indicaba distancias exactas, el instinto del mink le decía que el tiempo sería justo.
El camello que lo había traído desde Nanohara, lo esperaba pacientemente fuera de la posada, bebiendo agua de un barreño con la calma que había caracterizado a la bestia desde que la había montado por primera vez en el puesto de vigilancia de la Marina. Kibai no le había puesto nombre, aunque aquella bestia parecía moverse con una determinación que no dependía de las órdenes de su jinete. Sobre su lomo, el marine había colocado dos odres de agua, raciones de pan de doble horneado y fruta seca, un sextante para localizar la posición de las estrellas, y los pergaminos envueltos en una tela de hule para protegerlos de la arena. Su túnica y su sobrevesta le protegían del viento matutino, y el turbante le cubría el rostro hasta los ojos, dejando solo sus pupilas verdes como dos puntos de atención en medio del océano de arena.
El primer día fue un ejercicio de resistencia que Kibai no había anticipado en toda su crudeza. El desierto abierto no era como las cercanías de Nanohana ni como los caminos que llevaban a Alubarna. Allí no había puntos de referencia, ni árboles resecos, ni ruinas de antiguas construcciones que sirvieran de guía. Solo dunas, montañas de roca pelada y más dunas, ondulándose hacia el infinito como olas petrificadas de un mar de color dorado. La arena era fina y traicionera, y cada paso del camello se hundía en ella con un suave susurro. Por fortuna, aquel animal estaba mucho mejor adaptado que el propio mink, y condujo a su jinete en su ruta hacia el centro del desierto.
Kibai había aprendido a leer el sol, a orientarse por su posición, y el sextante le daba una confirmación que su instinto felino ya le había adelantado: iban hacia el oeste. Pero el calor era un enemigo que no podía engañar ni sortear. A media mañana, cuando el sol alcanzó su punto más alto, la temperatura se volvió asfixiante. El aire vibraba sobre la arena, distorsionando el horizonte, y el pelaje moteado que asomaba bajo la túnica estaba empapado de sudor que se secaba en segundos, dejando una costra de sal que le picaba en la piel.
El mink bebía agua de su cantimplora con mesura, un sorbo cada hora, sintiendo el líquido tibio recorrer su garganta como un regalo que sabía que no podía malgastar. Su camello, parecía no necesitar ni la mitad de lo que él consumía, y esa resistencia silenciosa le inspiraba un respeto que no había sentido por demasiados animales antes.
Fue al caer la tarde cuando el primer peligro se materializó en el horizonte.
Al principio pareció un espejismo, una mancha que se movía entre las dunas con una velocidad que no era natural. Kibai entrecerró los ojos, y sus pupilas felinas se contrajeron para enfocar la distancia. No era un espejismo. Era un grupo de jinetes, siete u ocho, que avanzaban en línea recta hacia su posición. Sus monturas no eran camellos; eran reptiles de escamas pardas, lagartos gigantes que se desplazaban sobre la arena con la agilidad de serpientes, dejando tras de sí surcos que la brisa borraba en segundos.
No había escapatoria posible en terreno abierto. Los lagartos eran más rápidos que el camello, y la distancia se cerraba con cada segundo. Kibai calculó sus opciones mientras el grupo se aproximaba, y decidió que la mejor estrategia era la que menos esperaban: no huir. Detuvo a su montura con una presión suave en las riendas, desmontó con un movimiento ágil, y se plantó en la arena con las piernas ligeramente separadas, esperando.
Los jinetes llegaron en un torbellino de polvo y escamas. Eran hombres de rostros curtidos por el sol, vestidos con harapos y armaduras de cuero remendado, y sus ojos brillaban con la codicia de quien ha visto una presa fácil. Su líder, un tipo de mandíbula cuadrada y un turbante negro con manchas de sangre seca, detuvo su lagarto a pocos metros de Kibai y lo miró de arriba abajo con desprecio.
—Forastero. Veo que te has perdido en tu camino. Has cometido el error de cruzar nuestras tierras sin pagar el peaje. El camello y la bolsa, y quizá te dejemos ir con vida.
Kibai no se movió. Sus ojos verdes recorrieron al grupo, evaluando distancias, posiciones, armas. El líder llevaba un machete cruzado en la cintura. Otros dos, arcos. El resto, cuchillos y lanzas. Nada que no pudiera manejar.
—No llevo nada de de excesivo valor —respondió, procurando mantener un tono calmado mientras pasaba la mirada de uno a otro. — Solo agua y provisiones para un viaje por el desierto.
La risa del líder fue un sonido áspero y desagradable.
—Entonces morirás con el estómago vacío. Pero no te preocupes. Tus ropas también nos servirán para algo.
El hombre desmontó con un salto y avanzó hacia Kibai, el machete en alto, confiado en que el viajero solitario se rendiría sin ofrecer resistencia. No había visto a su presa moverse. No había notado la forma en que los dedos de Kibai se envolvían alrededor del pomo de Raimei, ni la tensión en sus hombros, ni el brillo de sus ojos que no era de miedo, sino de evaluación.
Cuando el líder estuvo a tres pasos, Kibai actuó.
El movimiento fue rápido, un destello de chispas azules y acero que el ojo humano apenas pudo seguir. Raimei salió de su envoltura con un silbido metálico, y su hoja recta describió un arco que detuvo el golpe del machete a medio camino. El impacto resonó en el silencio del desierto, y el líder retrocedió un paso, sorprendido por la velocidad de su oponente.
— Vaya, parece que lo vas a poner difícil — escupió. — Chicos, a por él!
El combate duró menos de dos minutos. El líder cayó de rodillas con el machete volando a varios metros, agarrando su muñeca seccionada por un golpe seco de la hoja de Raimei. Otros dos jinetes intentaron atacar, y Kibai los esquivó con un giro en el aire antes de lanzar sendos golpes que les abrieron las gargantas y dieron con sus huesos en la arena. Los demás, al ver cómo su líder y sus compañeros caían ante un solo rival, comenzaron a vacilar. Y cuando Kibai los miró con aquellos ojos verdes que no parpadeaban, decidieron que el peaje no valía la pena.
—¡Retirada! — gritó uno de ellos, y los lagartos giraron en la arena, llevándose a sus jinetes de vuelta al horizonte, polvo y vergüenza.
Kibai se quedó solo con el camello y los cuerpos de tres forajidos que gemían en el suelo. Recogió a Raimei, la limpió con un paño y la envolvió de nuevo. El sol se estaba poniendo, y el desierto adquiría tonalidades de naranja y púrpura que parecían sacadas de un sueño.
—Tenemos que seguir —dijo a su montura, subiendo de nuevo a su grupa. — Nos queda un día y una noche antes de que el equinoccio nos alcance.
Kibai sabía que el desierto se enfriaba al caer el sol, pero no había imaginado hasta qué punto. Cuando la última luz se desvaneció, la temperatura descendió como una losa de hielo, y el viento nocturno se coló por cada pliegue de su túnica, mordiendo su pelaje con una intensidad que le hizo recordar las noches en Roshwan y Drum, cuando el frío de las ventiscas invernales se le filtraba hasta los huesos. Aquello era diferente. El frío del desierto era seco, cortante, más como una ausencia de calor que un calado húmedo.
Sin embargo, el descanso fue breve. Al amanecer del segundo día, el sol volvió a levantarse con la misma furia del día anterior, y Kibai se despertó con la boca seca y el cuerpo dolorido por la arena. Había dormido solo unas horas, y su mente estaba nublada por el cansancio y la deshidratación incipiente. Revisó sus odres: le quedaba agua para medio día, tal vez un poco más si la racionaba con severidad. Las provisiones también menguaban, aunque el hambre era una preocupación secundaria.
—Bien, amigo mío. — dijo, mientras montaba el camello. — Hoy encontramos la entrada o nos convertimos en parte del paisaje.
El segundo día fue más duro que el primero. La fatiga acumulada y la sed constante empezaban a pasar factura, y Kibai sintió que su mente jugaba trucos con él. Los espejismos aparecían a su alrededor como fantasmas, lagunas cristalinas que se desvanecían al acercarse, palmeras que no existían o sombras de ciudades que nunca habían estado allí. En un momento, creyó ver una figura humana al borde de una duna, una sombra sin rostro que lo observaba en silencio. Quiso fijarse más atentamente, pero apenas con tres parpadeos la figura había desaparecido.
El mink se detuvo, frotándose los ojos, y recordó las advertencias de los viajeros: la deshidratación traía visiones, y las visiones en el desierto podían llevar a la locura o a la muerte. Respiró hondo, bebió un sorbo de agua más de lo que le correspondía, y decidió que necesitaba un punto de referencia.
Recordando los pergaminos que Basim le había prestado, los desplegó sobre las rodillas, e intentó compaginar las constelaciones dibujadas con la posición real del sol. Estaba cerca. Las coordenadas que había deducido no podían estar tan lejos. Pero el desierto se extendía ante él sin mostrar ni una grieta, ni una roca, ni ninguna señal de que hubiera algo oculto.
El mediodía llegó y pasó, y Kibai comenzó a temer que hubiera fallado. Quizá los cálculos eran erróneos. Quizá Basim se había equivocado. Quizá la Cámara del Sol era realmente tan solo una leyenda, un mito que los antiguos reyes habían creado para engañar a los saqueadores. El enjambre de avispas en su pecho permanecía aletargado por el calor, y por primera vez en mucho tiempo, Kibai se sintió solo, completamente solo, en medio de un desierto que no le daría ningún tipo de concesión.
Su montura en un momento detuvo su camino. A pesar de los intentos del mink por intentar que siguiese caminando, el camello simplemente se plantó en la arena y se negó a avanzar. Kibai tiró de las riendas, intentando forzarlo, pero la bestia se mantuvo firme, sus grandes ojos oscuros fijos en un punto del horizonte.
El mink siguió su mirada. Al principio no vio nada. Solo arena, viento, y el sol que comenzaba a descender, tiñendo el cielo de naranja. Pero luego, mientras observaba, una sombra se alargó sobre la duna que tenían al este, y la luz del atardecer se proyectó de una manera que distorsionó la perspectiva. Lo que había parecido una duna era, en realidad, una estructura semienterrada, apenas perceptible, cuyas líneas rectas no se correspondían con la naturaleza orgánica de las dunas.
La Cámara del Sol. Tenía que serlo. Kibai sintió que su corazón daba un vuelco. El camello no se había equivocado. Había llegado justo a tiempo, justo al atardecer del segundo día, cuando el sol se alineaba con la entrada de la tumba y la revelaba al mundo, aunque solo durante unos instantes.
Desmontó lentamente, con los músculos temblorosos por el cansancio y la emoción. Se acercó a la estructura, y al hacerlo, comprendió que lo que había visto era solo la punta de un iceberg de arena y piedra. La entrada era una abertura baja, apenas un metro de altura, flanqueada por pilares de arenisca cubiertos de jeroglíficos que el tiempo había erosionado. El alineamiento del sol proyectaba una línea de luz que penetraba en el interior, iluminando la oscuridad como un dedo que señalaba el camino.
Kibai se arrodilló frente a la entrada, estudiando el entorno con calma antes de avanzar. Había localizado la zona que estaba buscando, pero ahora aún quedaba entrar.
Ató a su montura a un pilar derruido que asomaba entre la arena, le dejó un odre de agua y un poco de fruta seca, y se aseguró de que la bestia estuviera a salvo. Luego, con Raimei al costado y los pergaminos en la bolsa, Kibai se agachó y se deslizó hacia el interior de la Cámara del Sol, conteniendo el aliento y notando como la expectación le llenaba el pecho.
La transición del exterior de la Cámara al interior fue tan abrupta que Kibai sintió que había cruzado un umbral que separaba dos mundos completamente diferentes. La luz del atardecer, que segundos antes lo había envuelto en su cálido resplandor, se desvaneció como un suspiro, y la oscuridad lo engulló con una casi palpable. Su respiración, amplificada por el silencio absoluto, resonó en sus oídos como un fuelle de una fundición.Por suerte, la visión del mink leopardo estaba perfectamente adaptada a la oscuridad, y no tardó en distingu.r sin problemas las formas del lugar en el que se encontraba.
A su alrededor se erigía un túnel estrecho, apenas lo suficiente para que pudiera pasar en cuclillas. La roca, áspera y fría al tacto, estaba cubierta de una capa de polvo que debía tener siglos de antigüedad. El aire que respiraba era denso, bastante viciado, con un olor a tierra húmeda y a algo más, algo que no podía identificar pero que su instinto felino registraba sin lugar a dudas como una advertencia. Los símbolos que adornaban las paredes se correspondían con los que el viejo Basim le había mostrado en sus grabados, pintados con una precisión y una dedicación experta. Kibai habría querido detenerse a estudiarlos, pero sabía que el tiempo era un lujo que no podía permitirse. Debía aprovechar la noche para regresar hacia Alubarna, porque el agua que le quedaba no sería suficiente para dos días de viaje a pleno sol.
El mink avanzó con cautela, tanteando el suelo con los dedos de sus pies antes de apoyar todo el peso, atento a cualquier cambio en la textura que pudiera indicar una trampa. Sus sentidos, agudizados por la tensión, registraban cada detalle: el susurro de la arena que caía desde el techo, el eco lejano de una gota de agua que se filtraba entre las grietas condensando la poca humedad del ambiente, incluso el latido de su propio corazón.
El pasadizo se curvó ligeramente a la izquierda, y luego a la derecha, como si los constructores hubieran querido desorientar a cualquier intruso que no conociera el camino. Kibai no tardó pese a sus empeños en perder la noción del tiempo. Podían haber pasado minutos u horas. Lo único que sabía era que el aire se volvía más frío y más pesado a medida que descendía, y que el olor a tierra húmeda se intensificaba.
Fue cuando el túnel se abrió en una pequeña cámara que el primer obstáculo se hizo evidente. La estancia, de unos cinco metros de diámetro, estaba iluminada por una luz tenue que se filtraba desde alguna rendija invisible en el techo, y el suelo presentaba una serie de losas de piedra que formaban un patrón irregular. Algunas estaban ligeramente levantadas, otras hundidas, y entre ellas se distinguían las marcas de antiguas pisadas que se detenían en el borde, como si quienes las habían dejado hubieran decidido no continuar más allá de aquel punto.
Kibai se detuvo y observó con atención la estancia. Su experiencia como explorador le había enseñado a reconocer las trampas, y aquel patrón no parecía en absoluto meramente decorativo. Las losas que estaban hundidas probablemente activaban mecanismos; las levantadas, quizá eran las seguras. O puede que al revés. No había manera de saberlo sin hacer una prueba, y la prueba podía ser letal.
Sacando una piedra pequeña que llevaba en la bolsa y la lanzó sobre una de las losas hundidas. El sonido del impacto fue seco, seguido de un crujido metálico que se originó en la pared derecha. Una docena de flechas, cortas y de punta envenenada, salió disparada desde unos orificios ocultos, atravesando el espacio donde Kibai habría estado si hubiera pisado aquella losa. Los proyectiles se incrustaron en la pared opuesta con un golpe sordo que hizo vibrar el suelo.
El mink asintió lentamente, confirmando sus sospechas. Luego, poco a poco, comenzó a trazar una ruta que fuese segura. Sus ojos verdes recorrían el patrón, memorizando la posición de cada losa, calculando las distancias a recorrer y movimientos que realizar. No había tiempo para errores. Si activaba una trampa en una cámara tan pequeña, no tendría demasiado espacio para esquivar.
Activando el Electro, Kibai se movió como una centella, saltando sobre las losas que consideraba seguras con la precisión acostumbrada. El suelo crujió bajo sus pies en varias ocasiones, pero cada vez, una inspección rápida le confirmó que no había activado ningún mecanismo.
Al llegar al otro lado, Kibai se permitió un suspiro de alivio. Volviéndose para mirar atrás, contempló las losas que había cruzado, y sintió un respeto renovado por los constructores de la tumba. Habia no solo que ser muy hábil para hacer todo aquello pero también era necesario tener bastante mala idea.
Continuó avanzando, y el túnel se fue ensanchando gradualmente hasta convertirse en un corredor de proporciones más amplias. Las paredes ya no eran de roca desnuda, sino de piedra tallada, y los jeroglíficos se volvían más elaborados y detallados. En algunos puntos, la piedra había sido pintada con pigmentos que aún conservaban parte de su color: tonos rojos, ocres, turquesa, y dorados que brillaban bajo la luz de las antorchas que ahora comenzaban a aparecer en las paredes, alimentadas por un aceite que ardía con una llama tenue pero constante.
El corredor lo llevó a una nueva cámara, esta vez más grande que la anterior. Era una sala rectangular de unos diez metros de largo por seis de ancho, con un techo abovedado que se perdía en la oscuridad. En el centro, un conjunto de columnas de piedra conducía a una puerta de piedra cerrada. Kibai dio un paso hacia el interior de la sala, y entonces lo sintió. El suelo bajo sus pies se movió, una vibración apenas perceptible que recorrió sus patas y subió por su espina dorsal. Se congeló, escuchando. Un rumor sordo, como de piedras que se deslizaban unas contra otras, llegó desde el techo. Levantó la vista justo a tiempo para ver cómo una sección del techo, una losa de varias toneladas, se desprendía y caía directamente hacia él.
El mink reaccionó por puro instinto. Su cuerpo se lanzó hacia un lado justo a tiempo, y la losa se estrelló contra el suelo a escasos centímetros de donde había estado, levantando una nube de polvo que lo envolvió por completo. Tosiendo, se frotó los ojos, y se puso de nuevo en pie. No había tiempo para detenerse, otros mecanismos de trampa podían activarse en cualquier momento. Kibai corrió hacia las columnas, esquivando zonas del suelo que parecían más hundidas que otras, y llegó a la puerta de piedra justo cuando otra losa cayó detrás de él, bloqueando el paso de regreso. Se quedó frente a la puerta, jadeando, con el polvo cubriendo su túnica y su turbante.
En la piedra tallada no había visibles cerradura ni pomo alguno. No obstante, en el centro de la puerta, tallado en relieve, encontró un símbolo que reconoció: un círculo con un punto en el centro, el mismo que había visto en el pergamino de Basim, el que indicaba la entrada a la Cámara del Sol. La puerta no se abría con llave, sino con luz.
Kibai recordó las instrucciones del anciano, las palabras sobre el atardecer el que la entrada se revelaría con la luz del sol. No tenía luz solar en aquella oscuridad, pero quizá no la necesitaba. Buscó en su bolsa hasta encontrar uno de los pergaminos y lo desenrolló, exponiéndolo a la débil luz de las antorchas. El mink frunció el ceño, y se lamentó para sí. Seguramente en un inicio habría habido algún sistema para refractar la luz solar hasta llegar a la cámara interior,o pued eque algún objeto especial,pero el tiempo había borrado aquel rastro mucho antes de que él pisase las arenas de Arabasta.
Enrollando de nuevo el pergamino, Kibai respiró hondo encarando la puerta. Si no podía traer el sol a aquel lugar bajo tierra, debería traer algo lo más similar posible. Invocando de nuevo el Electro, deslizó la mano por el borde de Raimei, creando una lluvia de chispas que iluminó la estancia durante un instante. En ese breve destello, el símbolo de la puerta pareció brillar, y un sonido profundo, similar al de engranajes que se ponían en movimiento, resonó en el interior de las dos columnas de piedra más cercanas.
La puerta se dividió en dos mitades, abriéndose hacia dentro, deslizándose sobre las baldosas con una suavidad sorprendente para su antigüedad. Conteniendo el aliento, Kibai se adentró en la etapa final de su búsqueda: la antecámara, la sala donde, según los pergaminos, descansaba el guardián criado por el antiguo rey con un solo propósito, servir de ultima barrera ante los saqueadores.
RE: Kibai Jones y el Néctar del Sol [Fic Recolección] - Kibai - 01-07-2026 La antecámara era un espacio de proporciones majestuosas que desafiaban toda expectativa que uno pudiese tener de una estructura subterrámea. Kibai había imaginado una sala abovedada, quizá circular, pero lo que encontró al otro lado de la puerta era una construcción que parecía más un templo en miniatura que una simple antesala. La estancia se abría ante él tenia la forma un octágono perfecto, cada una de sus ocho paredes talladas con relieves que narraban historias de la isla, de batallas ganadas y perdidas y de las peripecias que el pueblo había ido superando. El techo, en lugar de curvarse en una bóveda tradicional, se elevaba en una serie de escalones concéntricos que se estrechaban hacia un punto central, como un ojo de piedra que miraba hacia abajo haciendo las funciones de clave de bóveda. En su centro, suspendido por cadenas de metal oxidado que apenas se distinguían en la penumbra, colgaba un disco de bronce que reflejaba la escasa luz de las antorchas del corredor, proyectando destellos danzantes sobre las paredes. El suelo, sin embargo, era lo que capturó la atención de Kibai. A partir del primer metro de la entrada, todo el piso estaba compuesto de un patrón de losas hexagonales que encajaban unas con otras como el caparazón de una tortuga gigante. Justo debajo del disco de bronce, habían construido una especie de pozo de color negro y dorado. Sin embargo, cuando Kibai dio un paso dentro de la antecámara,a quel pozo cobró vida, y un agudo siseo inundó la estancia. Abriendo los ojos por la sorpresa, Kibai advirtió que loque había tomado por un pozo era una gigantesca cobra, que dormía enroscada sobre si misma. La criatura asomó su cabeza por encima de los anillos de su cuerpo. Los ojos, de un amarillo pálido que carecían de pupila parecían brillar con una luz propia a pesar de la penumbra de la estancia. El mink se movió con cuidado, analizando aquella aberración. El cuerpo de la serpiente, cubierto de aquellas escamas negras y doradas que él había confundido con mampostería, tan grandes que parecían placas de armadura, era realmente enorme, tan grueso que dos hombres con los brazos extendidos no habrían podido rodearlo. La cobra no se movió cuando Kibai entró en la antecámara, limitándose a sisear quedamente mientras analizaba a su vez a aquel nuevo intruso. Su lengua bífida, de un negro profundo, se deslizó de entre sus fauces cerradas y olfateó el aire con una lentitud deliberada, registrando la presencia del mink. Kibai sintió que el animal lo estaba evaluando, midiendo su temperatura, su pulso, su olor. Y puede que, seguramente, calculando si podría devorarlo de un solo bocado y cuanto tiempo tendría que echarse la siesta para digerir sus restos. — No deseo matarte, serpiente. —dijo Kibai. — Pero ambos sabemos que no me vas a dejar pasar y marcharme con lo que he venido a buscar. La cobra respondió con un silbido grave, profundo, que resonó en el espacio octogonal y rebotó en las paredes talladas, multiplicándose en un eco que parecía venir de todas partes a la vez. A pesar de carecer de palabras, al mink le quedó bastante claro su significado: “has llegado hasta aquí, pero no pasarás.” Kibai desenvainó a Raimei. La hoja del arma brillo ante al escasa luz que el disco de bronce refractaba hacia el suelo de la cámara, proyectando un destello que se reflejó en los ojos amarillos de la cobra. El mink adoptó una postura baja, con las piernas flexionadas y el peso bien distribuido entre ambas, manteniendo la hoja de la espada apuntando hacia el suelo en un ángulo que le permitiría atacar o defender con la misma rapidez. La cobra se movió sin previo aviso, lanzándose hacia el mink con una velocidad que nada tenía que ver con el tamaño de su cuerpo. Su cabeza se proyectó hacia adelante como una bala de cañón disparada desde un acorazado, con las fauces abiertas mostrando unos colmillos largos como cuchillos que goteaban un veneno viscoso y brillante. Kibai saltó hacia un lado, sintiendo el aire desplazado por el cráneo del reptil pasar a centímetros de su rostro. La mandíbula de la cobra chocó contra la pared que tenía a su espalda, y el impacto levantó una nube de polvo y astillas de piedra. El mink aterrizó sobre una de las losas hexagonales, y sintió cómo la superficie cedía ligeramente bajo su peso. Un sonido similar al de una cuerda tensada sonó a su derecha, y el mink interpuso a Raimei de milagro desviando un dardo que había salido disparado de un aguejro disimulado en la pared. Kibai no tuvo tiempo de analizarlo; la cola de la cobra ya estaba en movimiento, barriendo el suelo en un arco amplio que lo obligó a saltar de nuevo para evitar que le rompiese los huesos. Esta vez aterrizó sobre otra losa, y el mismo hundimiento se repitió. Ya alerta, escuchó un ruido bajo sus pies y se movió rápidamente a su derecha, observando como grandes espinas de acero surgían de la baldosa. Comprendió entonces que el suelo no era un mero elemento decorativo; era parte de la defensa de la tumba. Cada losa que pisaba podía activar algo, y la cobra, que conocía el terreno, lo estaba usando para llevarlo a zonas peligrosas. —Eres buena, lo admito. — murmuró entre dientes. — Pero no soy tan fácil de engañar. La cobra atacó de nuevo, y esta vez Kibai no esquivó por completo. El borde de su mandíbula lo rozó, y un dolor agudo se extendió por su hombro izquierdo. Sintió el pelaje desgarrarse, la piel abrirse, y la sangre caliente empezar a empapar la túnica. El veneno, sin embargo, no entró en su cuerpo; el roce no había sido suficiente para que los colmillos perforaran la carne. El mink rodó sobre el suelo y se puso en pie, apretando los dientes contra el dolor. La herida no era profunda, pero sangraba lo suficiente para que el olor llegara a la cobra, que ahora sacaba la lengua con mayor frecuencia, olfateando la sangre del mink con renovado interés. —Vale. — dijo Kibai, apretando los dedos alrededor del pomo de Raimei mientras el Electro volvía a invadir su sistema. — Se acabó el andarse con rodeos. La cobra se preparó para un nuevo ataque, pero esta vez el mink fue más rápido. En lugar de esperar, cargó directamente hacia la plataforma, corriendo en zigzag entre las losas, evitando las que parecían más inestables. La cobra lanzó su cabeza hacia él, y Kibai, en lugar de esquivar, se dejó caer al suelo, deslizándose bajo el ataque. Desde allí, boca arriba, asestó un golpe ascendente con Raimei. La hoja encontró la garganta de la cobra, la zona más vulnerable, donde las escamas eran más finas y la piel más blanda. Sintió cómo la punta penetraba, cómo la carne cedía, y el calor de la sangre del reptil cayó sobre su rostro y su túnica. La cobra lanzó un silbido de agonía que resonó en todo el octágono, haciendo vibrar las cadenas del disco de bronce y sacudiendo el polvo de las paredes. Su cuerpo se retorció en espasmos violentos, golpeando la plataforma y el suelo con una fuerza que astillaba las losas y hacía temblar la estancia entera. Multitud de dardos salieron disparados de las paredes a medida que varias trampas bajo el suelo eran activadas en el estertor de aquella bestia. Kibai rodó hacia un lado, buscando refugio junto a una de las paredes talladas, y observó cómo la criatura se debatía en sus últimos momentos. El rugido de la cobra se fue apagando gradualmente, convirtiéndose en un silbido débil, en un gorgoteo, hasta que finalmente el cuerpo del reptil cayó de lado y se quedó inmóvil. La sangre, oscura y espesa, se extendió por la plataforma y comenzó a filtrarse entre las juntas de las losas. Kibai se quedó donde estaba, apoyado contra la pared, respirando con dificultad. Su hombro sangraba, pero la herida era superficial. El verdadero daño era el cansancio: dos días de travesía por el desierto, la falta de sueño y todo el periplo en el interior de la cámara. Se permitió unos segundos para recuperar el aliento, y luego se levantó, apoyándose en Raimei como si la espada fuera un bastón. Cruzó la sala con paso lento, evitando los charcos de sangre y las losas que parecían más hundidas. Al otro lado del octágono, una localizó una pared totalmente plana, sin ningún tipo de símbolos ni mecanismos visibles. Solo una losa que se deslizó hacia un lado al tocarla, revelando el interior de la Cámara del Sol. La cámara del tesoro no era grande, pero su tamaño no era lo que importaba. Una sala de planta rectangular, de unos ocho metros de largo por cinco de ancho, con un techo tan bajo que Kibai podía tocarlo con la punta de los dedos si estiraba el brazo. Las paredes, a diferencia de las de la antecámara, carecían de relieves o inscripciones. Lisas y pulidas, estaban cubiertas por una capa de estuco que había resistido el paso de los siglos con una integridad casi milagrosa. Pero lo que las hacía extraordinarias era el color: un azul profundo, tan intenso que parecía absorber la luz, salpicado de pequeños puntos dorados que brillaban como estrellas en un cielo nocturno. Un firmamento artificial que un artista había decidido esconder a tantos metros bajo tierra era sin duda una elección de decoración muy particular. En el centro de la sala, elevado sobre una plataforma de tres escalones de piedra caliza, descansaba un arca de piedra, uuna estructura monumental de granito negro, tallada con formas onduladas y rodeada de una miríada de símbolos que Kibai no supo averiguar el significado La tapa, que reproducía un rostro humano que miraba hacia el cielo pintado con una expresión de gran serenidad, estaba cubierta por una capa de polvo que se agitó levemente cuando el mink se acercó. Con cuidado de no dejar caer la losa para evitar que algo tan antiguo se dañase, Kibai empujó el borde con suavidad, deslizando la piedra hacia un lado para abrir el arca y revelar lo que atesoraba en su interior. Una vasija de piedra, de forma ovalada, tan grande que habría necesitado dos hombres para moverla yacía dentro del arca, acolchada entre telas de seda. Su superficie era de un alabastro traslúcido, veteado con tonalidades que iban del blanco lechoso al ámbar, y estaba coronada por un sello de cera que aún conservaba la impronta original, revelando que nadie lo había roto en siglos. Kibai dejó la los ade piedra apoyada en el suelo y se acercó lentamente al arca ahora abierta, con cada paso de sus pies descalzos resonando con un suave eco en el silencio de la cámara. Se detuvo frente a la vasija, y sus dedos temblaron ligeramente al rozar la superficie del alabastro. La cera del sello crujió cuando la tocó. Durante siglos, aquella ofrenda había permanecido intacta, esperando a alguien que fuera lo suficientemente audaz, o lo suficientemente loco, para venir a buscarla. Y ahora, aquel alguien había resultado ser él. Tensando los músculos por el esfuerzo, Kibai incorporó al vasija, asentádnola sobe su base. Con un movimiento cuidadoso, como quien desenvuelve un objeto de valor incalculable, empleó una de sus garras para romper el sello. La cera se astilló y cayó al suelo en pequeños fragmentos, y la tapa de la vasija, que no estaba fijada, se levantó con un suave rechinar sin mayor resistencia. El aroma que emergió del interior fue abrumador. Kibai, a pesar de que había probado la miel de sangre en Little Garden y otras cuantas sustancias primigenias en la isla, no había olido nunca nada como aquello. La sustancia que había en aquella vasija era de un color dorado profundo, aún líquida a pesar del tiempo que llevaba allí almacenada,lo cual fue algo que hizo que el mink enarcase las cejas. La mail era famosa por nunca estropearse,s i, pero se solidificaba si pasaba demasiado tiempo en un recipiente, y era necesario calentarla para volver a su estado original. Aquella miel, sin embargo, parecía tan fresca como el primer día. Un poco dubitativo al principio, pero sin detenerse. el mink alargó una garra y la introdujo en la superficie dorada, extrayéndolo con una brillante gota adherida a su superficie. COn una leve sonrisa, Kibai se llevó el dedo a los labios. El sabor era indescriptible, profundo e intenso, más que cualquier otra miel que el mink hubiese probado nunca. Aquel líquido inundó todo su paladar, deslizándose por su garganta casi como si quemase, a la vez que el mink notaba como devolvía la fuerza a sus músculos cansados por el viaje, el combate y el uso continuado del Electro. Fuese lo que fuese aquella miel en realidad,sin duda era lo suficientemente potente como para solventar las necesidades de la División 60 durante un tiempo al menos. La cantidad que había dentro de la vasija de alabastro era abundante, suficiente para llenar varios odres si los hubiera tenido. Pero no los tenía. Durante un instante, Kibai se maldijo por su falta de previsión. Luego, una idea se formó en su mente. La vasija no era tan grande como para resultar imposible de transportar. Pesada, sí, pero no insoportable. Abrazando la vasija y apretando los dientes por el esfuerzo, el mink alzó el pesado recipiente a pulso, y se dispuso a emprender el camino de regreso hasta la entrada principal. La noche se había cerrado sobre el desierto, pero la luna creciente brillaba con claridad, iluminando las dunas con un resplandor plateado. Kibai salió de la Cámara del Sol y se dejó caer de rodillas en la arena, con la vasija aún abrazada contra su pecho. El aire nocturno, frío y seco, le golpeó el rostro como una bofetada, pero era tan revitalizante tras pasar tanto tiempo metido bajo tierra con aquel miasma viciado por tantos años de abandono que el mink aspiro a bocanadas, deleitándose en el mero acto de la respiración. El camello lo observaba con su mirada impasible, masticando algo que había encontrado entre las rocas. Kibai esbozó una sonrisa cansada, y se puso en pie con esfuerzo. La vasija era demasiado pesada para llevarla sobre el lomo del camello sin asegurarla adecuadamente, pero decidió apoyarla contra el costado de la bestia, y la sujetó con las cuerdas que llevaba en la bolsa. Kibai montó de un salto, sintiendo el peso de la vasija contra su pierna, y tiró de las riendas para poner a su montura en marcha. Mientras emprendía el camino de vuelta a Alubarna para entregar los documentos prestados de vuelta al anciano Basim (y seguramente dejarle una muestra de la miel si el viejo archivista la aceptaba), Kibai echó la cabeza atrás, observando el cielo estrellado, permitiéndose al fin un momento de relajación. Había logrado su objetivo, y tenía algo sin dudas valioso entre manos. Ahora tocaba decidir que hacer con él. La antecámara era un espacio de proporciones majestuosas que desafiaban toda expectativa que uno pudiese tener de una estructura subterrámea. Kibai había imaginado una sala abovedada, quizá circular, pero lo que encontró al otro lado de la puerta era una construcción que parecía más un templo en miniatura que una simple antesala. La estancia se abría ante él tenia la forma un octágono perfecto, cada una de sus ocho paredes talladas con relieves que narraban historias de la isla, de batallas ganadas y perdidas y de las peripecias que el pueblo había ido superando. El techo, en lugar de curvarse en una bóveda tradicional, se elevaba en una serie de escalones concéntricos que se estrechaban hacia un punto central, como un ojo de piedra que miraba hacia abajo haciendo las funciones de clave de bóveda. En su centro, suspendido por cadenas de metal oxidado que apenas se distinguían en la penumbra, colgaba un disco de bronce que reflejaba la escasa luz de las antorchas del corredor, proyectando destellos danzantes sobre las paredes. El suelo, sin embargo, era lo que capturó la atención de Kibai. A partir del primer metro de la entrada, todo el piso estaba compuesto de un patrón de losas hexagonales que encajaban unas con otras como el caparazón de una tortuga gigante. Justo debajo del disco de bronce, habían construido una especie de pozo de color negro y dorado. Sin embargo, cuando Kibai dio un paso dentro de la antecámara,a quel pozo cobró vida, y un agudo siseo inundó la estancia. Abriendo los ojos por la sorpresa, Kibai advirtió que loque había tomado por un pozo era una gigantesca cobra, que dormía enroscada sobre si misma. La criatura asomó su cabeza por encima de los anillos de su cuerpo. Los ojos, de un amarillo pálido que carecían de pupila parecían brillar con una luz propia a pesar de la penumbra de la estancia. El mink se movió con cuidado, analizando aquella aberración. El cuerpo de la serpiente, cubierto de aquellas escamas negras y doradas que él había confundido con mampostería, tan grandes que parecían placas de armadura, era realmente enorme, tan grueso que dos hombres con los brazos extendidos no habrían podido rodearlo. La cobra no se movió cuando Kibai entró en la antecámara, limitándose a sisear quedamente mientras analizaba a su vez a aquel nuevo intruso. Su lengua bífida, de un negro profundo, se deslizó de entre sus fauces cerradas y olfateó el aire con una lentitud deliberada, registrando la presencia del mink. Kibai sintió que el animal lo estaba evaluando, midiendo su temperatura, su pulso, su olor. Y puede que, seguramente, calculando si podría devorarlo de un solo bocado y cuanto tiempo tendría que echarse la siesta para digerir sus restos. — No deseo matarte, serpiente. —dijo Kibai. — Pero ambos sabemos que no me vas a dejar pasar y marcharme con lo que he venido a buscar. La cobra respondió con un silbido grave, profundo, que resonó en el espacio octogonal y rebotó en las paredes talladas, multiplicándose en un eco que parecía venir de todas partes a la vez. A pesar de carecer de palabras, al mink le quedó bastante claro su significado: “has llegado hasta aquí, pero no pasarás.” Kibai desenvainó a Raimei. La hoja del arma brillo ante al escasa luz que el disco de bronce refractaba hacia el suelo de la cámara, proyectando un destello que se reflejó en los ojos amarillos de la cobra. El mink adoptó una postura baja, con las piernas flexionadas y el peso bien distribuido entre ambas, manteniendo la hoja de la espada apuntando hacia el suelo en un ángulo que le permitiría atacar o defender con la misma rapidez. La cobra se movió sin previo aviso, lanzándose hacia el mink con una velocidad que nada tenía que ver con el tamaño de su cuerpo. Su cabeza se proyectó hacia adelante como una bala de cañón disparada desde un acorazado, con las fauces abiertas mostrando unos colmillos largos como cuchillos que goteaban un veneno viscoso y brillante. Kibai saltó hacia un lado, sintiendo el aire desplazado por el cráneo del reptil pasar a centímetros de su rostro. La mandíbula de la cobra chocó contra la pared que tenía a su espalda, y el impacto levantó una nube de polvo y astillas de piedra. El mink aterrizó sobre una de las losas hexagonales, y sintió cómo la superficie cedía ligeramente bajo su peso. Un sonido similar al de una cuerda tensada sonó a su derecha, y el mink interpuso a Raimei de milagro desviando un dardo que había salido disparado de un aguejro disimulado en la pared. Kibai no tuvo tiempo de analizarlo; la cola de la cobra ya estaba en movimiento, barriendo el suelo en un arco amplio que lo obligó a saltar de nuevo para evitar que le rompiese los huesos. Esta vez aterrizó sobre otra losa, y el mismo hundimiento se repitió. Ya alerta, escuchó un ruido bajo sus pies y se movió rápidamente a su derecha, observando como grandes espinas de acero surgían de la baldosa. Comprendió entonces que el suelo no era un mero elemento decorativo; era parte de la defensa de la tumba. Cada losa que pisaba podía activar algo, y la cobra, que conocía el terreno, lo estaba usando para llevarlo a zonas peligrosas. —Eres buena, lo admito. — murmuró entre dientes. — Pero no soy tan fácil de engañar. La cobra atacó de nuevo, y esta vez Kibai no esquivó por completo. El borde de su mandíbula lo rozó, y un dolor agudo se extendió por su hombro izquierdo. Sintió el pelaje desgarrarse, la piel abrirse, y la sangre caliente empezar a empapar la túnica. El veneno, sin embargo, no entró en su cuerpo; el roce no había sido suficiente para que los colmillos perforaran la carne. El mink rodó sobre el suelo y se puso en pie, apretando los dientes contra el dolor. La herida no era profunda, pero sangraba lo suficiente para que el olor llegara a la cobra, que ahora sacaba la lengua con mayor frecuencia, olfateando la sangre del mink con renovado interés. —Vale. — dijo Kibai, apretando los dedos alrededor del pomo de Raimei mientras el Electro volvía a invadir su sistema. — Se acabó el andarse con rodeos. La cobra se preparó para un nuevo ataque, pero esta vez el mink fue más rápido. En lugar de esperar, cargó directamente hacia la plataforma, corriendo en zigzag entre las losas, evitando las que parecían más inestables. La cobra lanzó su cabeza hacia él, y Kibai, en lugar de esquivar, se dejó caer al suelo, deslizándose bajo el ataque. Desde allí, boca arriba, asestó un golpe ascendente con Raimei. La hoja encontró la garganta de la cobra, la zona más vulnerable, donde las escamas eran más finas y la piel más blanda. Sintió cómo la punta penetraba, cómo la carne cedía, y el calor de la sangre del reptil cayó sobre su rostro y su túnica. La cobra lanzó un silbido de agonía que resonó en todo el octágono, haciendo vibrar las cadenas del disco de bronce y sacudiendo el polvo de las paredes. Su cuerpo se retorció en espasmos violentos, golpeando la plataforma y el suelo con una fuerza que astillaba las losas y hacía temblar la estancia entera. Multitud de dardos salieron disparados de las paredes a medida que varias trampas bajo el suelo eran activadas en el estertor de aquella bestia. Kibai rodó hacia un lado, buscando refugio junto a una de las paredes talladas, y observó cómo la criatura se debatía en sus últimos momentos. El rugido de la cobra se fue apagando gradualmente, convirtiéndose en un silbido débil, en un gorgoteo, hasta que finalmente el cuerpo del reptil cayó de lado y se quedó inmóvil. La sangre, oscura y espesa, se extendió por la plataforma y comenzó a filtrarse entre las juntas de las losas. Kibai se quedó donde estaba, apoyado contra la pared, respirando con dificultad. Su hombro sangraba, pero la herida era superficial. El verdadero daño era el cansancio: dos días de travesía por el desierto, la falta de sueño y todo el periplo en el interior de la cámara. Se permitió unos segundos para recuperar el aliento, y luego se levantó, apoyándose en Raimei como si la espada fuera un bastón. Cruzó la sala con paso lento, evitando los charcos de sangre y las losas que parecían más hundidas. Al otro lado del octágono, una localizó una pared totalmente plana, sin ningún tipo de símbolos ni mecanismos visibles. Solo una losa que se deslizó hacia un lado al tocarla, revelando el interior de la Cámara del Sol. La cámara del tesoro no era grande, pero su tamaño no era lo que importaba. Una sala de planta rectangular, de unos ocho metros de largo por cinco de ancho, con un techo tan bajo que Kibai podía tocarlo con la punta de los dedos si estiraba el brazo. Las paredes, a diferencia de las de la antecámara, carecían de relieves o inscripciones. Lisas y pulidas, estaban cubiertas por una capa de estuco que había resistido el paso de los siglos con una integridad casi milagrosa. Pero lo que las hacía extraordinarias era el color: un azul profundo, tan intenso que parecía absorber la luz, salpicado de pequeños puntos dorados que brillaban como estrellas en un cielo nocturno. Un firmamento artificial que un artista había decidido esconder a tantos metros bajo tierra era sin duda una elección de decoración muy particular. En el centro de la sala, elevado sobre una plataforma de tres escalones de piedra caliza, descansaba un arca de piedra, uuna estructura monumental de granito negro, tallada con formas onduladas y rodeada de una miríada de símbolos que Kibai no supo averiguar el significado La tapa, que reproducía un rostro humano que miraba hacia el cielo pintado con una expresión de gran serenidad, estaba cubierta por una capa de polvo que se agitó levemente cuando el mink se acercó. Con cuidado de no dejar caer la losa para evitar que algo tan antiguo se dañase, Kibai empujó el borde con suavidad, deslizando la piedra hacia un lado para abrir el arca y revelar lo que atesoraba en su interior. Una vasija de piedra, de forma ovalada, tan grande que habría necesitado dos hombres para moverla yacía dentro del arca, acolchada entre telas de seda. Su superficie era de un alabastro traslúcido, veteado con tonalidades que iban del blanco lechoso al ámbar, y estaba coronada por un sello de cera que aún conservaba la impronta original, revelando que nadie lo había roto en siglos. Kibai dejó la los ade piedra apoyada en el suelo y se acercó lentamente al arca ahora abierta, con cada paso de sus pies descalzos resonando con un suave eco en el silencio de la cámara. Se detuvo frente a la vasija, y sus dedos temblaron ligeramente al rozar la superficie del alabastro. La cera del sello crujió cuando la tocó. Durante siglos, aquella ofrenda había permanecido intacta, esperando a alguien que fuera lo suficientemente audaz, o lo suficientemente loco, para venir a buscarla. Y ahora, aquel alguien había resultado ser él. Tensando los músculos por el esfuerzo, Kibai incorporó al vasija, asentádnola sobe su base. Con un movimiento cuidadoso, como quien desenvuelve un objeto de valor incalculable, empleó una de sus garras para romper el sello. La cera se astilló y cayó al suelo en pequeños fragmentos, y la tapa de la vasija, que no estaba fijada, se levantó con un suave rechinar sin mayor resistencia. El aroma que emergió del interior fue abrumador. Kibai, a pesar de que había probado la miel de sangre en Little Garden y otras cuantas sustancias primigenias en la isla, no había olido nunca nada como aquello. La sustancia que había en aquella vasija era de un color dorado profundo, aún líquida a pesar del tiempo que llevaba allí almacenada,lo cual fue algo que hizo que el mink enarcase las cejas. La mail era famosa por nunca estropearse,s i, pero se solidificaba si pasaba demasiado tiempo en un recipiente, y era necesario calentarla para volver a su estado original. Aquella miel, sin embargo, parecía tan fresca como el primer día. Un poco dubitativo al principio, pero sin detenerse. el mink alargó una garra y la introdujo en la superficie dorada, extrayéndolo con una brillante gota adherida a su superficie. COn una leve sonrisa, Kibai se llevó el dedo a los labios. El sabor era indescriptible, profundo e intenso, más que cualquier otra miel que el mink hubiese probado nunca. Aquel líquido inundó todo su paladar, deslizándose por su garganta casi como si quemase, a la vez que el mink notaba como devolvía la fuerza a sus músculos cansados por el viaje, el combate y el uso continuado del Electro. Fuese lo que fuese aquella miel en realidad,sin duda era lo suficientemente potente como para solventar las necesidades de la División 60 durante un tiempo al menos. La cantidad que había dentro de la vasija de alabastro era abundante, suficiente para llenar varios odres si los hubiera tenido. Pero no los tenía. Durante un instante, Kibai se maldijo por su falta de previsión. Luego, una idea se formó en su mente. La vasija no era tan grande como para resultar imposible de transportar. Pesada, sí, pero no insoportable. Abrazando la vasija y apretando los dientes por el esfuerzo, el mink alzó el pesado recipiente a pulso, y se dispuso a emprender el camino de regreso hasta la entrada principal. La noche se había cerrado sobre el desierto, pero la luna creciente brillaba con claridad, iluminando las dunas con un resplandor plateado. Kibai salió de la Cámara del Sol y se dejó caer de rodillas en la arena, con la vasija aún abrazada contra su pecho. El aire nocturno, frío y seco, le golpeó el rostro como una bofetada, pero era tan revitalizante tras pasar tanto tiempo metido bajo tierra con aquel miasma viciado por tantos años de abandono que el mink aspiro a bocanadas, deleitándose en el mero acto de la respiración. El camello lo observaba con su mirada impasible, masticando algo que había encontrado entre las rocas. Kibai esbozó una sonrisa cansada, y se puso en pie con esfuerzo. La vasija era demasiado pesada para llevarla sobre el lomo del camello sin asegurarla adecuadamente, pero decidió apoyarla contra el costado de la bestia, y la sujetó con las cuerdas que llevaba en la bolsa. Kibai montó de un salto, sintiendo el peso de la vasija contra su pierna, y tiró de las riendas para poner a su montura en marcha. Mientras emprendía el camino de vuelta a Alubarna para entregar los documentos prestados de vuelta al anciano Basim (y seguramente dejarle una muestra de la miel si el viejo archivista la aceptaba), Kibai echó la cabeza atrás, observando el cielo estrellado, permitiéndose al fin un momento de relajación. Había logrado su objetivo, y tenía algo sin dudas valioso entre manos. Ahora tocaba decidir que hacer con él. RE: Kibai Jones y el Néctar del Sol [Fic Recolección] - Sentomaru - 06-07-2026 ✘ TEMA: CERRADO |