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El primer paso a un mundo sin límites [FIC][Pasado] - Kibai - 28-07-2026 Año 17, Día 85 de Invierno.
Isla de Arabasta, Corriente Rakusei. Ciudad de Nanohana, 21:30
El enorme archivo de documentos en la capital de Nanohana era un auténtico espectáculo para la vista. Una sala enorme, de forma elípitica, de al menos treinta metros de alto, los cuales se dividían en cinco diferentes niveles, que rodeaban como anillos la gran sala central. Del techo, sostenidos mediante cables de acero como si de un gigantesco teatro de marionetas se tratase, un complejo sistema de espejos recibía la luz solar desde una abertura en el techo, redirigiéndola hacia todos los rincones de la enorme estancia, permitiendo que todos los estudiosos que se encontraban en su interior pudiesen realizar su labor de estudio sin ningún tipo de impedimento.
Sin embargo, la razón por la que el mink había decidido acercarse hasta aquel lugar a aquellas horas, cuando el sol ya se había ocultado tras el horizonte, era porque aquella inmensa bibloteca, a diferencia de muchas otras, no permitiría que algo tan banal como la noche interfiriese en su sagrada labor de conocimiento. Con los últimos destellos solares extinguiéndose a través de la abertura del techo, una plataforma de madera descendió desde las alturas mediante un sistema de poleas. Al mismo tiempo, varios hombres alzaron una enorme esfera de cristal que hasta entonces había permanecido posada justo bajo la abertura, apoyada sobre una base de bronce bruñido. Un anciano, provisto de una antorcha, se acercó a la plataforma, y fue alzado hacia las alturas a la vez que la esfera. Cuando esta alcanzó la abertura del techo, quedó encajada en la misma con un suave chirrido de metal contra metal. El anciano, con la ayuda de los mismos hombres que habían izado la esfera, solo que ahora accionaban las cuerdas que movían la plataforma de madera en un eje de dos direcciones, introdujo el fuego que portaba dentro de la estructura de cristal, que se inflamó de repente como un segundo sol.
Pocas veces los ojos de Kibai habían visto un espectáculo semejante. La luz bañó de repente todo el archivo, siendo refractada por el sistema de espejos, iluminando los puestos de estudio y lectura con un brillo aún superior si cabe al que había habido durante el día.
— Es tu primera ves en este lugar, joven marine?
Kibai se giró hacia su derecha. Un humano, bastante mayor, con la piel arrugada y del color de un pergamino viejo, observaba todo el proceso con los ojos brillantes. Llevaba el uniforme que el mink ya había visto en el resto de trabajadores del lugar, aunque algunos distintivos de bronce en su túnica dejaban intuir que tal vez fuese alguna especie de cargo en la jerarquía de aquel lugar.
— He pasado aquí más años de los que tú tienes, y he visto como esa esfera iluminaba mis noches miles de veces a lo largo de mi vida, pero he de confesar que no importa cuanto tiempo pase, siempre se las arregla para emocionarme una vez más cada vez que se enciende.
Kibai hizo una discreta inclinación de cabeza hacia su interlocutor. Para él, que había pasado sus primeros años de vida sin siquiera ver demasiado del Sol debido a pertenecer a la tribu de costumbres nocturnas de Zou, le resultaba increíble como los humanos, a pesar de carecer de la visión nocturna que muchos de los minks poseían, se las arreglaban para superponerse una y otra vez a las dificultades del mundo mediante su ingenio, determinación e inventiva.
— Desde luego, es algo impresionante de ver, no me cabe ninguna duda, Nunca habia visto un artefacto de este nivel de complejidad, al menos para algo tan aparentemente simple como para alumbrar una estancia.
El anciano soltó una carcajada seca que culminó en un acceso de tos.
— Ah pero es que crees que alguien se tomaría tantas molestias solo por proporcionar luz? Un pensamiento funcional, muy típico de un marine, sin lugar a dudas. No, la realidad es que la razón es mucho, muchísmo más importante. Lo que busca esa esfera no es iluminar esto. — dijo haciendo un gesto con el brazo abarcando toda la estancia, antes de finalmente apuntar con el dedo hacia la cabeza de Kibai. — Sino esto. El conocimiento que guarda esta sala es inmenso, tanto que podrías pasarte entre sus paredes toda tu vida hasta consumirte y convertirte en polvo, y aún te faltarían cosas por aprender.
Kibai frunció levemente el ceño. — Por desgracia, no tengo tanto tiempo, solamente estoy aquí para investigar sobre la fauna y flora de la isla. En caso de que haya alguna expedición, parte de mi labor es ser capaz de reconocer si alguna especie es agresiva, o de si alguna planta es venenosa. El anciano le clavó sus ojos, los cuales para sorpresa del mink a pesar de su edad y de haber pasado a todas luces miles de horas centradas en la lectura de pergaminos aún resultaban sorprendentemente vivaces, y Kibai tuvo la impresión de que su mente estaba siendo leída en aquel preciso momento con la misma facilidad con la que se leía cualquier texto de aquellas estanterías. — Ya veo. Como he dicho antes, un conocimiento funcional que responde a un pensamiento funcional. Lo que se esperaría de un marine, eso está claro...
Una sombra de diversión cruzó por el rostro del anciano, a la vez que entrelazaba sus manos a la espalda, intercalando miradas entre las estanterías y el propio Kibai, mientra una sonrisa comenzaba a asomar por su rostro. — Tengo una propuesta para ti, joven marine. Te ayudaré a encontrar los textos que necesitas, te aseguro que con mi ayuda obtendrás el mejor conocimiento posible acerca de la materia que te interesa, pero no lo haré gratis.
El mink refunfuñó por lo bajo, echando mano a su monedero, gesto que fue recibido por el anciano con un bufido de desprecio por parte de aquel anciano.
— Bah, vamos chico, en serio pretendes pagar mi ayuda con lo más sucio que ha creado el ser humano, el dinero? No, si quieres mi ayuda, deberás seguir mis reglas. Concretamente, si quieres mi ayuda, deberás hacer tres cosas.
Kibai entrecerró los ojos, algo extrañado. — Por qué? Quiero decir, por qué quieres ayudarme y me pones condiciones para ello.
— Soy un anciano y me gusta ver a alguien con ganas de aprender, pero también deberás permitir que este viejo aburrido se tome ciertas libertades para divertirse. Bien, las reglas son simples. La primera, has venido a aprender, y eso lleva tiempo, hazte a la idea de que no saldrás de aquí hasta el amanecer. Si no estás de acuerdo, ya puedes irte a buscar tu solito los libros que necesitas, calculo que en dos o tres días los encontrarás. La segunda, leerás todo lo que yo te traiga, sin protestar ni omitir nada, está claro? Kibai fue a abrir la boca para protestar, pero una segunda mirada hacia la inmensísima estancia lo hizo callarse. Si lo que decía aquel anciano era cierto, era muy poco probable que, incluso con la ayuda de alguna especie de registro que sin duda debería hallarse en algún lugar, fuese viable el orientarse de manera eficaz en aquel archivo.
— Está bien, todo claro en esas dos reglas. Que hay de la tercera?
La pregunta fue recibida por una nueva risa del anciano.
— Oh, la tercera regla es muy sencilla. Cuando hayas acabado de leer, deberás dar un paseo por la biblioteca.
El mink hizo una mueca de sorpresa ante aquella última norma. Un paseo? Solo eso? Qué demonios tenía en la cabeza aquel hombre?
— Tenemos un acuerdo, supongo. Cuando haya acabado de leer lo que me ordenes, me daré un paseo por aquí. Era algo que pretendía hacer de todas maneras.
— Bien, bien, eso es una muy buena señal. — dijo el anciano, chasqueando los dedos vigorosamente para llamar la anteción de uno de los chiquillos de cabeza afeitada que pululaban por la estancia recolocando libros y quitando el polvo a las mesas y estanterías. — Tú, pillastre, date brío y acompaña a este buen caballero a una de las mesas del lado oeste, y asegúrate que a ninguno de los operarios le de por orientar mal uno de los espejos y quitarle la iluminación a esa zona. El chiquillos asintió con una expresión de leve temor, lo que le hizo pensar a Kibai que su improvisado anfitrión debía de ser un maestro bastante severo. Con premura, le hizo un gesto al mink para que lo siguiese, guiándolo hacia el lado oeste de la sala, hasta un lugar dónde una mesa de madera, provista de dos atriles colocados en el ángulo ideal para leer y orientada en la dirección de la luz proyectada por el sistema de espejos, aguardaba a que alguien la ocupase. El mink tomó asiento, dejando su capa cuidadosamente doblada en la silla de al lado. — Por favor, aguarde aquí a que el maestro Azeem regrese. En el cajón hay hojas de papiro para anotaciones, tinta y pluma. Kibai asintió, extrayendo una hoja del cajón más por curiosidad que por necesidad. Al parecer, aquel lugar estaba muy bien abastecido para que todo aquel que entrase en aquel lugar tuviese todo lo necesario para su labor. Azeem no tardó en aparecer, seguido de otro chiquillo con la cabeza rapada que bien podría haber sido hermano mellizo del primero, el cual llevaba en sus brazos media docena de volúmenes. — La primera tanda. — dijo el anciano con una amplia sonrisa mientras los libros eran depositados frente a un ojiplático Kibai con un blum que hizo temblar levemente la madera. — Cuando hayas terminado, avisa a alguno de los chicos, ellos me dirán que has acabado y vendré por aquí. Feliz lectura. Resignado a su destino, el mink recogió el primer volumen, pero su contenido le hizo arrugar el entrecejo de nuevo. Aquel no era un libro de botánica, de zoología, ni siquiera de naturaleza. Era un libro de historia. Kibai alzó la vista de nuevo hacia Azeem, que pareció sentir la protesta incluso antes de que esta se formase en la garganta del mink. — Recuerda nuestro trato. Leerás lo que yo te traiga. Un acuerdo es un acuerdo. Lamentando haber accedido tan rápidamente, Kibai se sumergió en la lectura. Sin embargo, lo que en un inicio había tomado por un trámite que debía de pasar, resultó en algo que absorbió su atención de una manera que nunca hubies esperado. A pesar de que esperaba un compendio denso de fechas y nombres ajenos, pero en su lugar se encontró con mapas minuciosamente trazados a pluma, crónicas de como una civilización, a base de tesón y disciplina, había logrado hacer de aquella inhóspita isla desértica su hogar. El segundo libro tampoco trataba de plantas o animales: era un volumen de filosofía. Entre sus páginas, pensadores de épocas lejanas debatían sobre la justicia, el deber y la naturaleza de estos, así como qué debía prevalecer en cada momento. Kibai pasó los dedos con delicadeza sobre el papel; la idea de que alguien, siglos atrás, hubiese plasmado una inquietud exactamente igual a las que él había sentido en varias de sus misiones como marine le produjo un estremecimiento inesperado que le puso la piel de gallina. Casi sin darse cuenta, había acabado el segundo libro, y echó mano al tercero, un compendio de la geografía de la isla y de cómo la climatología del desierto había afectado a esta.. Cuando Kibai cerró el último tomo del primer grupo, se percató de que la noción del tiempo se le había escapado por completo. Un dolor leve le recorría la espalda, pero sus ojos, fijos en el halo dorado refractado por los espejos, brillaban con un matiz nuevo. Haciendo un gesto a uno de los chiquillos que pasaban por allí, le indicó que ya había terminado. Pocos minutos después, el anciano maestro reapareció. Azeem no dijo nada de inmediato; simplemente observó la postura de Kibai y la chispa que ahora ardía en la mirada del mink. — Ah, veo que esa cabeza tuya está empezando a abrirse — comentó el anciano con una sonrisa en los labios, chaqueando los dedos hacia sus dos jóvenes ayudantes, que desaparecieron entre las estanterías rápidamente. Al poco rato, reaparecieron con un nuevo lote de libros, así como con una taza de café huemante, unos trozos de pan con pasas y una botella de agua. Efectivamente, el segundo lote abarcaba botánica, química, astronomía y biología. Kibai se abalanzó sobre el tratado de botánica con la intención original de memorizar nombres de plantas venenosas y remedios médicos, pero la lectura lo arrastró por un camino totalmente distinto. Las descripciones de cada planta o especie explicaban cómo una simple raíz convertía los minerales del suelo, incluso en un aisla desértica como Arabasta, en vida, o cómo la química interna de una flor dictaba su capacidad para sobrevivir a la sequía. Al pasar a la astronomía, el mink levantó la mirada hacia la esfera de cristal que ardía en el techo de la biblioteca. Los esquemas del libro mostraban las fases de la luna, el movimiento de las estrellas y cómo toda la bóveda celeste describía una danza cósmica compleja e increíblemente hermosa. La biología, por su parte, le abrió las puertas a la comprensión de los organismos vivos, la adaptación de las especies a los diversos entornos y el asombroso equilibrio que regía cada ecosistema y que permitía que la vida, aún en las condiciones más adversas, siempre lograse abrirse camino.
El tiempo volvió a diluirse para Kibai. La taza de café hacía tiempo que se había terminado, y apenas quedaban unos cuantos mendrugos de pan y un sorbo de agua cuando cerró la tapa del último libro, casi al mismo tiempo que uno de los chiquillos regresaba, acompañado de nuevo por Azeem. El anciano llevaba bajo el brazo tres volúmenes sensiblemente más pequeños que los anteriores.
— Has consumido la parte principal de tu trayecto, joven marine. — dijo Azeem, retirando el segundo lote y colocando la última pila frente al mink. — Solo te queda, quizás, la sección más delicada.
Los tres tomos restantes eran notablemente más diferentes entre si que el resto. El primero era grueso y pesado, y trataba de grámatica. Recordando su encuentro con la birkaniana Bai en Drum, Kibai revisó con cuidado las líneas escritas, tratando de encontrar alguna referencia entre el extraño idioma que la joven alada había empleado para comunicarse, sin demasiado éxito aparte de algunas vagas referencias a lenguas hacía tiempo olvidadas. El segundo, bastante más delgado y dividido en subsecciones, era un compilado de relfexiones éticas, que planteaban dilemas sobre la diferencia entre la ley escrita y el verdadero bien, entre la capacidad de actuar y el deber de actuar, que hicieron crispar las garras del mink sobre el ajado pergamino.
El tercer y último libro, mucho más delgado y con un cierre metálico en su superficie, analizaba las Frutas del Diablo, cómo la naturaleza misma parecía retorcerse o reescribirse a través de estas frutas, desafiando las leyes de la biología y la química que acababa de estudiar. Kibai se frotó la barbilla, pensando en sus propias capacidades. Lo cierto era que nunca se hbaía planteado por qué las Frutas permitían hacer aquellas cosas, simplemente lo había dado por sentado. Sin embargo, leyendo aquellas palabras, le quedó claro que aún había mucho que saber al respecto.
Cuando cerró el último libro, una luz tenue y tibia comenzaba ya a colarse por la abertura del techo. El sol estaba emergiendo por el horizonte. Abajo, en la base de la gran sala central, el sistema de poleas comenzó a moverse de nuevo: la esfera de cristal fue bajada lentamente y el fuego en su interior se extinguió a medida que la luz natural volvía a bañar los cinco niveles del archivo. Azeem apareció al lado de la mesa, con una expresión que sin duda debía reflejar el mismo agotamineto que sentía el propio Kibai, apoyado en un bastón de madera endurecida.
— Las tres reglas, joven marine. — dijo el anciano con una sonrisa serena, sin rastro de la burla que anteriormente había denotado. — Has pasado la noche aquí sin dormir. Has leído cada línea de lo que te he traído. Solo te queda cumplir la última. Ve, piérdete entre los libros, reflexiona sobre todo lo que has visto hoy aquí. Te estaré esperando en la entrada.
Asintiendo pero sin decir una sola palabra, Kibai se puso en pie. Sentía el cansancio físico en los músculos, pero su mente estaba más despierta que nunca. Cruzó los brazos tras la espalda y comenzó a caminar lentamente por el pasillo del nivel oeste, recorriendo los anillos de la biblioteca mientras los primeros rayos del sol iluminaban los miles de lomos de cuero y pergamino que lo rodeaban. El mink dejó que sus pies le guiaran, paseando sin un rumbo definido, deslizando la yema de sus dedos por los lomos de cuero y tela , con sus garras resonando levemente contra las baldosas del suelo.
Al asomarse al borde del anillo central, contempló los miles de tomos distribuidos en los cinco niveles, sintiendo una punzada de tristeza, socavada inmediatamente por una profunda humildad. Toda su vida en Zou, su instrucción en la Marina, todo lo que creía saber del mundo... no era más que un grano de arena en una costa infinita. La vastedad del conocimiento existente era tan abrumadora que resultaba asfixiante, pero al mismo timepo, profundamente hermosa. Deteniéndose frente a un sector donde un grupo de copistas trabajaba en silencio, transcribiendo tomos antiguos cuyas páginas comenzaban a deteriorarse. Al ver la minuciosidad con la que trazaban cada letra, Kibai entendió el significado supremo de aquel lugar. El conocimiento era frágil; el tiempo, las guerras y la ignorancia podían borrar civilizaciones enteras en un parpadeo. Preservar lo que se sabía, alimentar esa llama agregando nuevas verdades y transmitirla a las futuras generaciones era quizás el acto más noble y vital que un ser racional podía llevar a cabo. Era lo que separaba la luz de la oscuridad.
Como había prometido, Azeem lo esperaba en la entrada de la biblioteca, frente a las puertas semiabiertas que dejaban colarse la luz de la mañana. Kibai se detuvo a un par de pasos del anciano. Hizo una pausa, contempló una última vez la inmensidad de la sala y luego inclinó el cuerpo en una reverencia profunda y sincera, muy lejos del mero gesto protocolario que le había dedicado al inicio de la noche.
— Gracias, maestro Azeem. No solo por guiarme entre estos libros, sino por enseñrme lo mucho que hay por descubrir.
El anciano sonrió de medio lado, un gesto sereno donde la socarronería de la noche anterior se había transformado en la satisfacción del agricultor que sabe que ha plantado una semilla en tierra fértil.
— No me des las gracias a mí, joven marine. — respondió con voz suave. — Yo solo soy un mero guía. Dale las gracias a quienes escribieron todo esto... y asegúrate de que el día de mañana alguien pueda darte las gracias a ti por lo que dejes escrito. Ahora vete, el sol ya ha salido, y seguramente tengas deberes que cumplir con tu gente. Espero sinceramente que lo que hayas aprendido hoy aquí sea usado para hacer de este mundo un lugar mejor.
Con un último asentimiento, el mink cruzó la puerta del archivo en dirección al puerto, dónde a buen seguro los miembros de su División estarían empezando a despertarse, y tenía un desayuno que preparar.
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