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[Fic entrenamiento Haki Kenbunshoku] Hora de entrenar: Aprendiendo a ver sin mirar - Varoganchin - 20-08-2026 Mi participación en los juegos solo había servido para señalar dos cosas. La primera era que mi poder no había sido suficiente. Había obtenido mejor resultado que mis compañeros de equipo, e incluso había igualado la posición de mi capitán en su prueba. Sin embargo, había quedado patente que mis habilidades como tirador estaban a una distancia casi insalvable de las de Kiyoshi. Él había ganado la prueba. Algo que lo dejaba en la posición de ser el mejor tirador que había en estos mares. Yo siempre había sabido que él era el mejor, no obstante, cualquiera podría pensar que alguien que comparte barco con el mejor en una disciplina aprendería algo de él. En la prueba de destreza, no solo había sido superado por Kiyoshi, sino que también por aquel marine pelirrojo y por Miyori. Un cuarto lugar podría verse como un buen resultado, pero para mí, eso era algo que solo destacaba una cosa; mi falta de poder.
Y eso me llevaba a la segunda conclusión que obtuve tras los juegos. Estos mares estaban llenos de bestias. No bestias sin raciocinio ni control. Nada de criaturas registradas en un bestiario. No. No me refería a ese tipo de monstruos. Los que poblaban esos mares tenían nombre y apellidos, vestían ropas al igual que yo y eran capaces de hablar y razonar. Piratas y marines. Gente por la que ofrecían recompensas menores que la mía. Personas dispuestas a ir tras ellos en post de su justicia, sea cual fuera que fuese. Todos ellos con unas capacidades que dejaban a las mías en una más que discreta posición. De haber participado en cualquiera de las otras pruebas, mis resultados hubieran sido aún peores.
Todos esos pensamientos me llevaron a reflexionar. ¿Tenía sentido seguir intentando convertirme en un gran guerrero? Tal vez sería mejor para mí destacar en otro campo. Siempre me había resultado fácil aprender sobre la historia. Por aquel momento, ya poseía un conocimiento superior al resto de la gente con la que me cruzaba en mi camino. Sin embargo, sentía que había un sinfín de aprendizajes esperando por mi. Sin ir más lejos, aquel reino de Shandora suponía para mí un gran acertijo; tenía muchas de las piezas, datos y conocimientos sobre su historia, pero aún sentía que me faltaba el hilo que unirse cada pedazo de historia.
Eso me llevaba a querer explotar otra de mis virtudes. Desde pequeño había intentado empaparme de los conocimientos de mis padres. Si bien mi madre había despertado en mi la sed de conocimientos, al ser una gran historiadora, mi padre me había inculcado el espíritu aventurero. Juntos hacían un gran combo. El intrépido explorador que guiaba a la sabía historiadora a las ruinas más inaccesibles. O al menos, así era como yo me los imaginaba, pues nunca pude llegar a participar con ellos en una expedición. Yo había estado solo la mayor parte de mi vida, por lo que decidí ser a la vez el aventurero y el erudito, la brújula y el mapa, el catalejo y los anteojos.
Es aquello mismo lo que me había llevado a explorar la ciudad de Shandora y sus alrededores. Aquel reino dorado era algo que parecía sacado de los libros de leyendas. Oro por todas partes en una isla flotando entre las nubes. Había que aprovechar la estancia allí y documentar todo lo mejor posible. Cualquiera que fuese contando este tipo de historias en el mar azul, podría ser tachado de loco y todo su trabajo sería puesto en entredicho. Si pretendía llegar a ser algún día un afamado historiador, debía mantenerme alejado de relatos fantasiosos y obtener un texto lo más profesional posible. Nada de hipérboles, metáforas ni figuras demasiado poéticas, por mucho que la belleza del paisaje te empujase a ellos. Un texto sobrio, con datos y sin especulaciones.
Sin embargo, aquello no significaba que no pudiese disfrutar. Hacia tiempo que había olvidado una de mis pasiones. "Aus den Augen, aus dem Sinn" como decía aquel proverbio en aquella lengua extraña, "Ojos que no ven, corazón que no siente" más comúnmente dicho. Y es que si hay algo más rápido que el marine usuario de la Pika Pika no mi, es la capacidad de las personas para olvidar aquello que no tienen presente. Desde que salí de Samba, no, más bien desde que abandoné mi tienda de antigüedades, no me había cruzado con una sola pieza de arte que llamase mi atención. A decir verdad, eso no era cierto. El arte tiene muchas formas de expresión. Lo que la señorita Miyori hacia con su música era arte y sin duda muchos de los platos de Uker merecían esa mención. Me refería a pinturas dignas de ser llamadas arte. En todo mi viaje, no me había cruzado con algo que justificase el gasto en el lienzo sobre el que estaba dibujado. Por ese mismo motivo, decidí que debía ser yo mismo quien créase alguna pintura llamativa. Eso me había llevado a dibujar los paisajes de Shandora, la vida de sus calles, la historia de sus gentes. Porque, para mí, pintar no solo era reflejar una imagen, sino también plasmar un sentimiento, llevar al papel las emociones que siente el pintor mientras contempla. Ver un cuadro no es solo mirar, también es sentir.
Shandora tenía unos atardeceres que dejaban sin habla. No había que ser muy sensible para sentir emoción al ver los arrebolados rayos de sol incidir sobre el dorado de las casas. La ciudad pasaba de ser de oro a cobrar vida. Reflejos que parecían envolver en llamas las calles. Otros que simulaban que las paredes fuesen amatistas y rubíes. Si esa ciudad ya podía ser considerada un tesoro a ojos de cualquiera, la puesta de sol la convertía en una joya de la mas alta confección. Tenía varias laminas de la ciudad. En un principio, había comenzado a hacerlas solo con un carboncillo. Sin embargo, más tarde pensé que era una lastima no plasmar toda aquella gama de colores para mí investigación. No solo debía describir lo que veía, debía llevar este mundo a todas partes del mar azul. En aquellos días, elaboré distintos pigmentos a base de col lombarda, piel de cebolla, zanahoria, hierba y otros materiales que pude encontrar en el bosque. Extraje el color de cada uno de ellos e intenté fijarlos con algo de grasa. No eran los mejores óleos de que había dispuesto, pero sin duda estaban cumpliendo su función.
No obstante, mí investigación no debía limitarse solo a aquello que había en la ciudad. Shandora era un lugar mágico, de eso no cabía duda, pero mi alma de explorador me hostigaba a recorrer cada palmo de aquella peculiar isla en las nubes. Reflejé el mar blanco, con su peculiar color y textura. Las caracolas gigantes como las que nos recibieron en la playa y que parecían tener funciones muy dispares. A los habitantes de la isla, sus diferentes características físicas y sus ropajes diferenciadores. Los bosques, las playas. Cualquier pequeña colina. Pensaba escribir y dibujar sobre cada rincón. Eso fue lo que me llevó hasta allí: al poblado Birka.
Este lugar distaba mucho de la ciudad de Shandora. Si bien la ciudad dorada resplandecía y destacaba por sus abarrotadas calles y su gran palacio, el poblado Birka lo hacía por su modestia. Subestructura carecía de calles o avenidas. Las viviendas, la mayoría de ellas tipis fabricados con madera y telas, estaban esparcidas por la zona de manera irregular. Por lo que sabía de la historia que aquel reino, sin duda está era una zona reservada para aquellos de más bajo nivel dentro de la sociedad. Un gueto, humilde y discreto, en el que aquellos que eran poco más que esclavos podían refugiarse de la ciudad. Por lo que contaron tanto Kuraku como el otro hombre durante los juegos, la situación del reino había cambiado mucho. Sin embargo, la existencia de un lugar como aquel lugar no hacía más que dejar huella de un pasado aún presente.
Dispuse mi atril a las afueras. Quería captar una panorámica del poblado antes de adentrarme en sus calles y plasmar el carácter de sus gentes. Por todos es sabido que las apariencias engañan, pero si sabes captar los detalles, también podrás encontrar explicación a muchos comportamientos o tradiciones que parecen no tener sentido. Tomé un pequeño pedazo de carbón y comencé a delinear las figuras ante mi. Las formas triangulares de las viviendas, las curvas formadas por las nubes del suelo y las sombras del sol. Hacia mucho tiempo que no me detenía a dibujar. Casi había olvidado lo absorto que quedaba con el arte, tanto al crearlo como al admirarlo. Podía pasar minutos, e incluso horas, frente a un lienzo sin atender a lo que había a mí alrededor. Mi mente ya divagaba con los pigmentos que debía usar para conseguir aquellos tonos, qué proporciones debía utilizar para que la textura fuese adecuada... Ya casi podía sentir la presión de mis dedos sobre el pincel, el trazo firme y sobrio con el que definiría los tipos, cómo dejaría saltar la punta sobre el lienzo para darle vida a las nubes...
Sin apenas darme cuenta, ya había dibujado todos los contornos a seguir. Guardé el trozo de carbón en uno de mis bolsillos y saqué de él un pañuelo. Froté mis dedos contra el trozo de tela, pues no quería manchar ni el lienzo ni mi material de trabajo. Saqué mis pigmentos. Había decidido comenzar pintando los tipis. Tomé un poco del pigmento blanco y lo esparcí en la paleta. Ese era el color que más me había costado conseguir. Primero pensé en obtenerlo de la piedra caliza, pero luego recordé que la mayor parte de aquellas islas estaban sostenidas sobre nubes. Intenté conseguir algunas láminas de plomo para llevar a cabo un proceso del cual tan solo había leído en algunas ocasión. Sin embargo, este proceso parecía ser largo y no sabía cuánto tiempo estaríamos en la isla. Finalmente, probé triturando algunas de las nubes que servían como suelo. El resultado fue mucho mejor de lo que esperaba. Al mezclarlos con grasa, los polvos blancos de nubes se integraban a la perfección consiguiendo así un pigmento oleoso de alta calidad. Mezclé el blanco con un poco de negro para dar un aspecto grisáceo a las telas y comencé el primer trazo. Debía ser firme, recto, definiría el borde entre el cielo y las viviendas. Reflejaría la separación que hubo entre Mords y Birkanianos. Mi pincel comenzó su trazo
—HOLA!
Mi pincel perdió su rumbo. Chasqueé la lengua. Apreté mis dientes. Miré a un lado. Junto a mí, una pequeña niña. Dos alas blancas brotaban de su espalda. Su pelo rubio estaba cogido con una cinta. Cambiaba su peso de un pie a otro, como si esperase una respuesta que recepcionar. Sus ojos bien abiertos, las manos a la espalda.
—HOLA! —repitió. Su tono había subido, pese a que yo pensase que no era posible—. ¿QUÉ HACES?
Mi cuerpo se estremeció por el sonido. Aparté la punta del pincel del lienzo, no quería estropear aún más mi obra. Resoplé
—Tomo recuerdos.
—LOS RECUERDOS NO SE TOMAN. YO CREO QUE ESTÁS PINTANDO
Su tono de voz seguía siendo exageradamente alto. No comprendía como una voz tan potente podía salir de una niña tan pequeña. También me preguntaba por que razón necesitaba hablar tan alto. Inspiré profundo. Exhalé de golpe. Deposité el pincel en la paleta y giré mi cuerpo hacia la niña.
—Sí, estoy pintando el poblado. Necesito tomar imágenes de esta isla para mí investigación. Ahora, si no te importa, me gustaría continuar con mi pintura.
—¿Y QUÉ ESTÁS INVESTIGANDO?
—La historia de Skypiea.
—¿Y POR QUÉ INVESTIGAS LA HISTORIA DE SKYPIEA?
—Es mi trabajo. Quiero ser historiador
—¿POR QUÉ QUIERES SER HISTORIADOR?
—Quien conoce la historia, entiende el comportamiento de las personas —resoplé y apreté mis labios
Hubo un pequeño silencio. Tomé el pincel y me giré hacia mi pintura de nuevo. Mojé la punta del pincel y la dirigí hacia el lienzo
—¿Y POR QUÉ...
Corté la pregunta golpeando con el pincel en la paleta. Mis dedos se llenaron de los pigmentos. Bufé. Sacudí mi mano y tomé un pañuelo del bolsillo.
—Porque sí. Las cosas son así. Hay cosas que no tienen un porqué. Simplemente, son.
—AAAAH. ENTIENDO.
La niña comenzó a balancearse de delante hacia atrás. Tomé mi atril y me aparté un par de pasos. No quería que alguno de sus torpes movimientos echasen a perder mi trabajo. Cogí de nuevo el pincel, lo unté de nuevo en la mezcla y miré hacia atrás para al asegurarme de que un nuevo grito no me interrumpiría. La niña volvía a estar pegada a mí. Resoplé de nuevo. Moví nuevamente mi atril, tres pasos está vez. Antes de coger si quiera el pincel, noté el aire de su balanceo en mi ropa. Agarré el atril otra vez. Sentí que mi paciencia era tan fina como el borde de una hoja de papel. Recorrí varios metros y me asenté. La perspectiva había cambiado por completo. Pero al menos, la niña se limitaba a mirar desde lejos. Inicié de nuevo el gesto para pintar.
—¿SABES? YO CREO QUE NO ERES HISTORIADOR. PARTICIPASTE EN LOS JUEGOS DEL SOBERANO, ¿VERDAD?— preguntó asomando la cabeza por un lateral del lienzo.
—Sí, allí estuve —contesté retirando la pintura hacia mi.
—YA ME ACUERDO. UNO DE LOS DÉBILES. DE LOS QUE FUERON ELIMINADOS EN LA PRIMERA FASE
Golpeé con el pincel sobre la paleta. La frustración llenaba mi cuerpo, pero en ese momento no sabía si lo que me encendía era no poder concentrarme en mi pintura, lo irritante que era la niña, o la razón que tenían sus palabras. Había competido, sí. Y había obtenido un cuarto lugar en mi prueba. Sin embargo, había quedado relegado a las gradas durante la fase de combates. Nuestro viaje se volvía cada vez más peligroso, y yo temía no estar a la altura cuando mis amigos me necesitasen. Sin mediar más palabras, tomé mis pinturas, plegué el atril y comencé a andar. Buscaba una nueva ubicación que reflejar. Ya volvería más tarde para acabar la que había empezado. Me adentré por una de las "calles" formadas entre varios tipis. Buscaba alguna zona de reunión, algo así como una hoguera juntos la que se reuniesen los Birkanianos para llevar a cabo tareas tradicionales. Por lo que había leído acerca de civilizaciones similares del mar azul, allí podría encontrar habitantes curtiendo pieles o trenzando cuerdas. Me intrigaba saber qué podría encontrarme aquí, en una isla sobre las nubes.
—¿A DÓNDE VAS? —gritó de nuevo la niña, que había seguido mis pasos y ahora se interponía en mi camino.
—Quiero dibujar tu pueblo para mí investigación, ya te lo dije. Y necesito algo de paz, un sitio tranquilo para poder concentrarme.
—ENTONCES DEBERIAS IR AL DOJO. ALLÍ SIEMPRE HAY GENTE CONCENTRADA.
En ese momento, me detuve. ¿Había dicho dojo? ¿Acaso hay algo más representativo de una cultura que sus artes marciales? En un lugar como aquel, no solo podría ver qué tipo de técnicas de combate habían desarrollado en un lugar tan alejado del mar azul. Quién sabe, quizá su manera de entender un combate era totalmente distinta a la que teníamos allá abajo. Algo así debía ser, algo más enfocado en la mente, en la percepción de tu propio cuerpo, en controlar tus instintos, tus impulsos. Sin duda, debían tener un arte distinto, de ahí que tuvieran que concentrarse. Y no solo eso. Sus armas. Seguro que sus armas también eran distintas. Siglos de evolución aislada seguro que habían dejado su huella.
—¿Un dojo? ¿Te refieres a un lugar de entrenamiento?
—SÍ, ESO ES UN DOJO. DEBERIAS IR ALLI. MI ABUELO DICE QUE TODOS LOS AÑOS, LOS DEBILES QUE PIERDEN EN LOS JUEGOS VAN CORRIENDO AL DOJO.
Chasqueé mi lengua.
—¿Podrías llevarme hasta allí?
Parecía que al fin iba a poder sacar provecho de la compañía de aquella irritante niña. Me pregunté si está cualidad suya era fruto de su edad o del entrenamiento. Diez años de formación dan para mucho
—UFFF NO SE... LA MAESTRA JALINDRA SIEMPRE ME ENVIA A HACER ALGUN RECADO QUE ME TIENE TODA LA MAÑANA OCUPADA —dijo la niña con el ceño fruncido—. EN CUANTO ME VE, SIEMPRE RECUERDA QUE TIENE ALGÚN MENSAJE QUE ENVIAR, O ALGUNAS FLORES QUE RECOGER O ALGUNA OTRA COSA ASI..
Entendía a aquella maestra perfectamente. Tal ese era el método que debía haber utilizado para librarme de aquella pequeña. Sin embargo, ahora sí que podría ser me de utilidad.
—Oye... Pequeña —caí en la cuenta de que ni si quiera sabía el nombre de la niña—. No me has dicho tu nombre.
—ME LLAMO RUHE, AUNQUE POCOS ME LLAMAN ASÍ.
Sonreí ante la ironía del nombre. Había leído acerca de esa lengua en alguno de mis libros. Creí que sus padres formularon un deseo al ponérselo y que alguna deidad tomó cartas en el asunto con un gran sarcasmo. No había calma alrededor de ella, pero tal vez, aquello no fuese del todo culpa suya.
—Bien, Ruhe. ¿Podrías acompañarme hasta ese dojo?
—¿VAS A ENTRENAR? LOS ENTRENAMIENTOS DE JALINDRA SON DUROS. CREO. NUNCA ME DEJA VER NINGUNO.
—Sí, tal vez entrene. Aunque mi interés es más bien académico.
Mi espíritu combativo se había visto decaído hasta los niveles más bajos de siempre. Al menos, los más bajos desde que descubrí tener ese sentimiento. Nunca había pensado que fuese alguien poderoso, pero tampoco me había visto tan lejos de mis compañeros. Y que decir de esos rivales monstruosos. El numero que se veía bajo mi recompensa podía decir una cosa, pero mi desempeño se sentía muy distinto. No obstante, si era habitual ver por allí a los participantes de los juegos, debía acudir a aquel dojo a ver qué tipo de estilo de combate aprendían los alumnos. No hacerlo solo supondría un escalón más de distancia que me separaría de los demás. No podía descuidarme, no había descanso para alguien dispuesto a surcar los mares.
—PERO YO NO QUIERO IR ALLÍ. NO QUIERO PASARME EL DIA HACIENDO TODO LO QUE ME MANDE JALINDRA. YO QUIERO PASEAR, IR A PERSEGUIR ARDILLAS Y VERTE PINTAR.
—Si me llevas, tal vez luego pueda dejarte ver cómo termino alguno de mis cuadros.
—Y SI ME QUEDO CONTIGO ¿NO PINTARAS MÁS?
Había subestimado la perspicacia de la pequeña. Sabía que sin ella, probablemente seguiría con mis tareas, entre ellas, dibujar las partes del poblado. Yo mismo se lo había dicho; estaba allí para una investigación. Debía poder ofrecerle algo que solo consiguiese llegando al dojo, pero ¿qué?
—Si me llevas, yo mismo hablaré con la maestra para que no te ordene hacer todos esos recados.
—JALINDRA SIEMPRE ES MUY AMABLE. ELLA ES BUENA CON TODO EL MUNDO. NO PODRIA DECIR QUE NO.
—¿Y qué tal si luego te acompaño a perseguir ardillas? Soy muy sigiloso, incluso podríamos atrapar alguna.
Un gesto de desaprobación se dibujó en su cara. No sé bien que objetivo había para ella detrás de perseguir ardillas, pero me pareció obvio que no quería atraparlas. Rasqué una de mis sienes. El sombrero bailaba sobre mi cabeza.
—Está bien. Nada de atrapar ardillas. ¿Qué te parece si... —hice una pequeña pausa mientras pensaba—. Ya está. Lo tengo! Apuesto 10 berries a qué nunca te han dejado participar en un entrenamiento ¿Qué te parece si después de mi entrenamiento, te cuento todo lo que haya aprendido de Jalindra?
Ruhe alzó un dedo y apretó los labios. Resopló por la nariz. Volvió a levantar el mismo dedo, su boca entreabierta. Finalmente, bajó los brazos.
—VALE. ESTÁ BIEN. PERO NO LE PIEDES DECIR QUE FUI YO QUIÉN TE ENSEÑÓ EL CAMINO. SEGURO QUE SI SE ENTERA DE QUE ANDO CERCA, ME TRAE UNA LISTA DE TAREAS ENORME.
La niña orbitaba a mí alrededor entre saltos y cánticos. Avanzamos hasta el otro extremo del poblado. No creo que hubiese una sola persona allí que no estuviera al tanto de nuestro trayecto. Sin duda, RUHE se hacía notar allá por donde iba. Cuando nos disponíamos a salir del poblado por el otro extremo, lo vi.
—ES AQUELLO DE ALLÍ —dijo en lo que pareció ser un estridente intento de susurro—. VE TÚ SOLO. NO QUIERO QUE ME VEAN.
Seguro que ellos tampoco quieren que estés allí, pensé. Andé con paso firme hasta la entrada. No sería el mejor de los combatientes, pero al menos si tenía seguridad en mis capacidades como historiador. Si no estaba al nivel del entrenamiento, simplemente me limitaría a ver y tomar nota. Con un poco de suerte, tambi me dejarían dibujar aquel recinto. Era un lugar humilde, a juego con el resto del poblado. Sin embargo, del dojo manaba una energía diferente, como si cada uno de los luchadores que habían venido a entrenar allí hubiese dejado parte de sí atrás.
Atravesé la cortina que hacía las veces de portón. Frente a mí, una tarima de madera se extendía a lo largo de la sala. Era una habitación vacía casi en su totalidad. Tan solo había en ella una pequeña zona más alzada al fondo y una joven arrodillada. Utilicé todas mis artes en el sigilo para tomar mis impresiones antes de que descubriera que estaba allí. Con los años y la experiencia, había conseguido que mis botas no rechinasen al caminar y que la madera bajo mis pies no delatase mi posición. Si lograba mantenerme fuera de la vista de cualquiera, era imperceptible. Caminé con cuidado, un pie y luego el otro. Quería observar, pero también quería evitar una larga lista de tareas para hacer junto a Ruhe. La joven de pelo rubio permanecía con los ojos cerrados. La observé por unos instantes.
—No seas tímido y únete al entrenamiento.
Mi cuerpo dió un respingo. ¿Cómo había sido capaz de saber que estaba allí? Debía de tener un oído fuera de lo común.
—Disculpa —dije intentando mantener la calma del lugar—, no pretendo molestar. Tan solo quiero observar el entrenamiento.
—¿Te vas a limitar a ver? Por lo que veo, no te vendría mal unirte al entrenamiento.
Su voz era calmada y amable. Su gesto permanecía serio, sus ojos cerrados. Yo sin embargo, victima de la sorpresa, comencé a revisar mi cuerpo e indumentaria. ¿Qué es eso que me hace parecer tan débil a simple vista?, pensé. Yo sabía que era más débil que mis compañeros. Y que muchos de mis enemigos. ¿Sería capaz de leerme la mente? Había leído acerca de alguna fruta que otorgaba ese poder. Decidí comprobar si así era y seguirle el juego.
—¿Y cómo podría unirme al entrenamiento? Tal vez cuando venga la maestra Jalindra podrías recomendarle que me acoja como alumno.
—Tú solo debes meditar como lo hago yo. Deja de mirar qué hay a tu alrededor. Deja de verlo y comienza a sentirlo.
—¿Que tipo de entrenamiento es ese? ¿Se trata de algún arte marcial propio de Skypiea?
La chica no abrió los ojos. Tan solo dió un par de palmadas en el suelo junto a ella. Decidí ver a dónde me llevaba aquello. Tal vez solo era una perdida de tiempo hacer caso a una joven como ella, quizá solo una broma a un novato. No tenía mucho tiempo que perder, pero podía permitirme un rato a la curiosidad. Me arrodillé juntos ella y cerré mis ojos.
Pasaron los minutos. Nada había cambiado. La joven no había pronunciado ninguna palabra. Finalmente parecía que la maestra Jalindra era un poco retorcida. Se libraba de la gente mandándoles tareas absurdas que llenarán su tiempo. Mandaba a Ruhe a enviar mensajes y ahora habría ordenado a aquella joven permanecer allí en silencio. Pensé que era absurdo permanecer allí más tiempo. Me levanté despacio para no perturbar a la aprendiz y comencé a alejarme.
—¿Ya te rindes en tu entrenamiento?
Otra vez. ¿Cómo era capaz de oírme? Seguramente tenía los ojos a medio cerrar, eso era.
—Necesito continuar con mi investigación. ¿Sabes cuándo volverá la maestra Jalindra? Tal vez ella pueda contarme acerca de las artes marciales de Skypiea.
—¿Artes marciales de Skypiea? ¿Quién te ha contado algo así? ¿No existe tal cosa? Tú solo siéntate y siente tú entorno
> —Disculpa, no puedo andar perdiendo el tiempo con juegos de chiquillos. Cuando venga la maestra, dile que alguien vino buscándola. Tal vez tenga tiempo de pasarme más tarde a ver sus entrenamientos.
La joven se echó a reír.
—Que insistencia con la maestra Jalindra. Tú debes haber participado en los juegos del soberano, ¿verdad? Muchos participantes acaban por aquí. Todos vienen ciegos por el ansia de poder. Pero se marchan sabiendo dónde mirar
Sus palabras hacían ver que los entrenamientos si que tenían un sentido. Mi curiosidad por conocer a la maestra aumentaba. No obstante, nadie aprende de un aprendiz. Si quería descubrir algo nuevo, debía ver a la maestra.
—Bueno joven... Como te llames. Dile a tu maestra que más tarde volveré.
—Mi nombre es Jalindra —dijo la joven entre risas—. Yo soy la maestra de este dojo.
Sentí mi mandíbula con más peso que nunca. Al menos, se me había caído y no era capaz de hacerla recuperar su sitio. El rubor comenzó a formarse en mis mejillas. Agradecí que se escondiese detrás de mi pelaje. Había ninguneado a aquella joven y resultó estar al frente del dojo. Pero ¿quién iba a saber qué alguien de su edad podría ser la maestra?
—Te noto sorprendido —soltó una pequeña risa—. No te preocupes. Es algo normal. Muchos juzgan mi edad antes de ver mis habilidades..
Mi sorpresa fue aún mayor. Lo había hecho otra vez. Aquella joven parecía poder leer mis pensamientos. Un escalofrío recorrió mi espalda, subió por la nuca y llegó a mí cabeza, como si fuese el encargado de traer las gotas de sudor hasta mi frente. Pensé que era normal que con una habilidad así fuese maestra de un dojo. ¿Quién sería capaz de vencer a alguien que lee la mente del adversario? Pero otra pregunta aún más importante vino a mi mente; ¿Acaso esa habilidad se podía enseñar?
—Vaya. Te has quedado mudo. Está bien, me presentaré formalmente —se levantó y abrió los ojos, su cuerpo colocado de frente al mio—. Mi nombre es Jalindra, maestra de este dojo. ¿Que le trae por aquí, señor...?
Un par de instantes de silencio. Más de lo que hubiera deseado.
—Me llamó Varo Ganchin, encantado —así el ala frontal de mi sombrero y asentí —. Estoy realizando una investigación sobre Skypiea y me gustaría aprender sobre vuestras artes marciales.
—Aja, entiendo. Entonces no estás interesado en aprender de mis habilidades, ¿no?
—Sí. Sí, por favor. Me encantaría aprender de usted.
Rio.
—Veo que tus ansias de conocimiento son sinceras. Me gusta. Y dime, ¿sabes algo acerca de mi entrenamiento?
Las dudas me asaltaron de nuevo. Tal vez era un arte marcial dedicada a luchar con los puños, cuerpo a cuerpo. O algunas técnicas con la espada. Nada de aquello me serviría de mucho para mí estilo de combate. Correr y mantenerme lejos, eso era lo mío. Sin embargo, la curiosidad me podía.
—No, desconozco de qué se trata, maestra Jalindra. Sin embargo me encantaría aprender de usted.
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—Está bien. Mi especialidad es sacar el potencial oculto que llevamos dentro. Tocar lo que no puede ser tocado. Ver lo que permanece oculto. Cuando entraste, estaba haciendo uso de mis habilidades, es por eso que pude sentirte. No solo tu presencia, sino también tus emociones. E incluso tú poder. Si entrenas conmigo serás capaz de alcanzar esos poderes.
Esas palabras ya las había escuchado con anterioridad. Eran, en esencia, lo mismo que habían dicho Eros y Kiyoshi al hablar sobre el extraño poder que usaba Jin. Eso que él mismo había usado en el combate, y que más tarde también utilizó el Shichibukai afincado en esta isla.
—Disculpe mi interrupción, maestra Jalindra. ¿Acaso está usted hablando de...?
—Haki —me interrumpió de vuelta—. Los poderes que todo aquel que avance por el Grand Line debería conocer.
Haki. Al fin lo tenía frente a mí. Mis piernas dieron una pequeña sacudida. Tal vez fue la tensión acumulada que escapaba. Esa que se había generado al no encontrar nada de información que llevarle a mis compañeros. O quizá fueron las ganas de salir corriendo para contarle a Eros mi hallazgo. De cualquier manera. Mantuve la compostura. Debía aprovechar cada segundo allí para poder aprender todo lo que pudiera. Al fin podría llevar algo a mis compañeros. Iba a ser de utilidad.
—¿A qué se debe tanta sorpresa? ¿Pensabas que habías tocado techo con tu poder?
—Para nada, maestra Jalindra. Por favor, tomeme como su alumno.
Junte las palmas de mis manos y agache la cabeza. No estaba seguro de si aquello era un gesto entendible en aquella isla. Tal vez, su manera de rogar fuese alzar las manos al cielo, o quizá mostrar la espalda. Cualquier posibilidad era factible. Por otro lado, si muchos de los que provenían del mar azul pasaban por aquí, estaría más que acostumbrada a nuestras maneras. Tomó unos segundos para responder. Mis dudas incrementaron. Sopesé la idea de explicarme, de suplicar con vehemencia o incluso de proponer algún tipo de pago como compensación. Tal vez unos 10000 berries estarían bien. ¿Que estaba pensando? Una información tan exclusiva no podía valer tan poco. Comencé a echar cálculos, intentando encontrar una cantidad que me pudiese permitir y que no le resultase ofensiva. ¿Acaso podría resultarle ofensiva la proposición de pagar por sus conocimientos? Dudas, dudas y más dudas. No sabía cómo comportarme, por primera vez en mucho tiempo, creía.
—Otra vez las dudas. ¿Dudas de ti o de mi capacidad como maestra?
—No de usted nunca, maestra —mis palmas miraban a Jalindra, agité mis manos de un lado a otro—. Dudo de si podré estar a la altura.
—Entonces puedes estar tranquilo —sonrió —. Con tu poder... —me miró como si tratase de escrutar me, de ver más allá de mi rostro—. No eres débil, pero aún tienes mucho por aprender.
Exhalé aliviado. Una maestra como ella decía que no era débil. Al menos eso era un consuelo, aunque mi desempeño hasta ahora no indicaba lo mismo. Tal vez estaba siendo cobarde, o tal vez demasiado exigente conmigo mismo. Tenía mucho por aprender y para alguien como yo, esa era la mejor motivación.
—Me pongo a sus servicios, maestra Jalindra. ¿Que debo hacer para poder aprender de usted?
Apretó los labios. Sus ojos me recorrieron de arriba a abajo.
—Sí, ya veo. Creo que ya se qué enfoque te vendrá bien. Primero —dijo alzando un dedo—, debes relajarte y seguir mis indicaciones. Si yo te pido que medites, meditarás. Solo así conseguirás desbloquear tu visión. Y segundo, y lo más importante —levantó otro dedo y su gesto se volvió más serio—, deja de tratarme de usted.
—Así lo haré, maestra Jalindra.
Sacudí mis brazos hacia el suelo, como si pretendiese mostrar lo relajado que estaba, pese a sentirme atenazado por los nervios. Al fin iba a descubrir que se hallaba tras ese poder. Moví mi cabeza de un hombro al otro. Entrelacé mis dedos, giré las palmas hacia el frente y empujé. Una serie de chasquidos inundaron la sala. La maestra arrugó el gesto.
—Y tercero. No vuelvas a hacer eso.
—Disculpa, maestra —rasqué mi nuca y sonreí—. ¿Por dónde debo empezar?
—Creo que ya te lo dije. Cierra los ojos. Respira profundo. Siente que hay más allá en el dojo.
La confusión se apoderó de nuevo de mi. No entendía que pretendía que hiciese, ni que sentido tendría sentarse a meditar. Aún así, me senté de rodillas, cerré mis ojos, comencé a respirar profundo y esperé.
Los primeros instantes solo podía centrarme en el ritmo de mi respiración. ¿Acaso sería demasiado rápida? Decidí comenzar a respirar más y más lento. Inhalaba y sostenía el aire en mi interior. Oia los latidos de mi corazón palpitar en mis oídos. Tras varias pulsaciones, exhalaba. Repetí el ciclo varias veces . Con cada par de nuevas repeticiones, retuve el aire un latido más. No quería estar acelerándome, pues la maestra me había pedido que estuviese relajado. Al poco de varios minutos, el ritmo de mi respiración se había vuelto tan lento que mis pulmones ardían. Sentí lo que deben sentir los buceadores que pescan bajo el mar. Aceleré mi respiración de nuevo, como si buscase recuperar el aire perdido.
—Relájate —inquirió Jalindra con tono amistoso.
Su voz cortó mis chaladuras. Decidí que sería mejor si dejaba fluir mi respiración. Que se diese de manera natural, inconsciente, que fuese parte de mi, mientras mi consciencia se centraba en mi entorno. Tal vez este entrenamiento se centraba en afinar mis otros sentidos. Debía percibir qué pasaba a mí alrededor no solo con la vista, sino también con el oído y el olfato, quizá con el tacto y por qué no, con el gusto, tal y como hacían algunos reptiles. Basándome en mis capacidades, decidí que primero me centraría en el oído. Todo estaba oscuro, no había distracciones. Escuché con atención, pero no sentí nada. Pasaron los minutos en busca de la mas mínima vibración. No conseguía captar nada. ¿Qué era lo que estaba buscando? Estaba decidido a aprender sobre el Haki, pero mí entusiasmo me había guiado de mala manera y había corrido a entrenar sin saber de qué se trataba. Así sería difícil encontrar algo.
—Disculpa, maestra Jalindra —mi voz cortó el silencio como una hoja afilada—. No comprendo muy bien que debo hacer. Ni si quiera se de que trata el Haki.
—Al fin lo encontraste —dijo con tono amable, así como aliviado—. Ya empezaba a pensar que no te darías cuenta. El primer pasó cuando alguien quiere aprender algo, es saber qué es eso que quiere aprender.
—Si, maestra. ¿Qué es el Haki?
—Se trata de un poder que habita en el interior de todos nosotros. Es una energía que fluye dentro de personas y animales. Pero solo unos pocos son capaces de manejarlo a su antojo.
Miré a la maestra de arriba a abajo. ¿Cómo era posible entonces que alguien tan joven fuese alguien tan capaz? Las dudas me asaltaron de nuevo, no solo por la edad de mi maestra, sino también por el hecho de no estar seguro de poder ser yo uno de esos pocos elegidos. Si era un poder tan exclusivo, tal vez no estaría a mi alcance
—Vaya veo que de nuevo te asaltan las dudas. Tú debilidad procede de eso mismo, de las dudas que tienes sobre ti mismo. De tu cobardía. ¿O es que acaso estás dudando sobre mi capacidad como maestra?
—No, maestra. Para nada. Es solo qué...
—Soy demasiado joven, ¿verdad? —interrumpió ella—. Siento que nunca me libraré de eso. Entiendo que hace siete años mis alumnos dudasen. Tan solo era una niña. Pero te aseguro que han pasado muchas horas de entrenamiento y muchos alumnos por este dojo
—Disculpa, Jalindra. Confío en tus capacidades más que en las mías.
—Está bien. Veo que no eres débil, pero aún te queda mucho por aprender. Estoy segura de que podrás dominar el Haki con mi ayuda. Ahora relájate e intenta encontrar mi aura, mi presencia
No supe exactamente qué debía buscar. Aún así, cerré los ojos de nuevo y retomé la práctica. Está vez, iría quitando mi atención de mis sentidos, intentaría mirar sin los ojos, oír sin los oídos, oler sin mi hocico. Cualquier cosa que me llevase a desarrollar mi instinto.
Los primeros instantes solo pude escuchar mi propia respiración. Desvié mi atención hacia fuera, hacia cualquier lugar en el dojo, para que mi cabeza olvidase que el aire hacia sonido al pasar por mi nariz. Al cabo de unos minutos, había desaparecido cualquier rastro de mis inhalaciones. Sin embargo, continuaba sin oír nada fuera. Jalindra debía ser muy sigilosa, pues no sabía si seguiría allí tan siquiera. Pasaba el tiempo y los resultados no cambiaban, pero yo no cesaba en mi empeño. No sabía qué estaba buscando realmente, pero me empeñaba en escuchar cualquier mínima vibración que se diera a mí alrededor. Un aleteo, un chasquido, el roce de un pie en la madera, una gota... ¿Una gota? La imagen tras de mi había sido real. Había podido ver una gota caer a mi espalda, unos cuantos metros atrás. Había sido una gota breve, diminuta. Su tono amarillento me hizo pensar que era aceite. ¿Qué estaba diciendo? No era posible que hubiese visto nada detrás de mi, no estaba girado y más importante aún, mis ojos seguían cerrados. Me levanté de un salto y abrí los ojos
—Creo que he visto algo, maestra. Algo extraño, algo como una gota amarilla tras de mi. ¿Era eso lo que estaba buscando?
> La maestra miró hacia la ventana tras de mi con gesto extrañado. La luz de la luna que se colaba tenuemente por las ventanas del dojo fue suficiente para ver la sonrisa que se dibujó en la cara de mi maestra. Se levantó con calma y se dirigió hacia la puerta que daba acceso a la parte interior del dojo, lo que supuse que sería su vivienda.
—Está bien. Terminamos por hoy. Mañana seguiremos con nuestro entrenamiento..
Se marchó sin mediar más palabras. Yo levanté una de mis manos y abrí la boca como si pretendiese decir algo. No entendía qué había pasado, si había molestado a mí maestra o si había tenido éxito. Tampoco supe cuánto tiempo había estado practicando. Habían pasado horas y, al igual que cuando me sumerjo en una lectura, el mundo a mí alrededor había seguido corriendo mientras yo no era consciente de ello. Me había dejado llevar por el entusiasmo del aprendizaje. Me dispuse a continuar con la practica yo solo, pero algo dentro de mi me decía que no podía continuar. No era como si me faltase la energía, pero sí como si mi espíritu flaquease. Era algo difícil de describir. Tomé el camino de vuelta a mí alojamiento con ansia por qué el sol saliese lo antes posible. Apolo, date prisa y avanza veloz con tu carro, pensé.
Tan pronto los primeros signos de luz entraron en mi alcoba, me levanté de un salto. Cogí algo para comer, pues debía tener fuerzas para otro día de entrenamiento, y corrí hacia el dojo. Llegué cuando el sol aún no dominaba el cielo, pero Jalindra ya estaba allí esperándome.
—Bien. Veo que te tomas en serio tú entrenamiento. Me gusta la puntualidad en mis alumnos. Comencemos.
Sus palabras me urgian a comenzar la práctica, aunque su sonrisa me hacía ver que no había severidad en ellas. Tomé posición y me dispuse a encontrar el aura de mi maestra. La primera vez me tomó algo más de una hora alcanzar el nivel de concentración necesario. Una enorme aura se mostró ante mi, una que reflejaba un gran poder, pero en la que solo podía ver alegría. Es algo raro de explicar, pero gracias a esta nueva visión, sentía que podía ver sus emociones, su posición y su poder.. los siguientes intentos me resultaron cada vez más sencillos. El tiempo que trascurría hasta que podía localizar de nuevo a mí maestra era cada vez menor. Me encantaba ver qué podía progresar con esto. Sin embargo, cuando quise darme cuenta, la luna confabula a con las estrellas para que su luz bailase sobre el suelo del dojo. Jalindra volvió a despacharme y yo me fui a descansar.
La mañana siguiente me trajo una sorpresa. Entré al dojo como los otros días, sin embargo, Jalindra iba a cambiar el enfoque para el entrenamiento
—Hoy iremos al siguiente nivel. ¿No esperarás que tú rival te deje estar meditando en medio de un combate, verdad? Debes ser capaz de ver su aura aún cuando hay otros estímulos a tu alrededor. Sal a buscar a Ruhe y vuelve con ella.
Asentí sin mediar palabra. No entendía bien que pretendía mi maestra, pero no pensaba llevarle la contraria. Salí del dojo pensando que Jalindra habría visto a la niña por una de las ventanas. Rodeé el dojo pero no había rastros de ella. Decidí que tal vez se habría movido, así que fue ampliando mi radio de búsqueda. Una serie de tipis más allá, al fin di con la niña. Más bien con su rastro, aquel que la hacía resaltar por todo el poblado; su voz. Le conté acerca de mi entrenamiento y ella estuvo entusiasmada por acompañarme. En todo el camino no paro de hablar, o más bien dicho gritar. Se notaba que aquello era algo que ansiaba por hacer.
—Bien, Ruhe. ¿Te gustaría participar en uno de mis entrenamientos? No como alumna, claro, sino como parte del aprendizaje.
—QUEEEEEE?!?! CLARO. CLARO QUE QUIERO. HARÉ TODO LO QUE ME PIDAS, CUALQUIER COSA. BUENO TODO MENOS IR A RECOGER FLORES. ODIO RECOGER FLORES —la niña miró a su alrededor sin dejar de dar saltos—. GUAU! ESTE SITIO ES ENORME. MUCHO MAS GRANDE DE LO QUE PARECE POR FUERA. A VER, NO TAN GRANDE COMO LA ARENA DE SHANDORA, PERO...
Jalindra se acercó a mi oído.
—Vamos, hazlo ahora. Encuentra mi aura. Siéntela.
Está vez no cerré los ojos. Debía ser capaz de sentirlo aunque estuviese viendo. A decir verdad, lo que veía no era el mayor de mis problemas. La dificultad radicaba en poder concentrarme cuando la niña no dejaba de responder con una emoción desmesurada a las preguntas de la maestra. Sin duda, había encontrado la mejor de las distracciones. Casi era incapaz de escuchar mis pensamientos. Decidí que debía centrar mi atención en mi interior está vez, para luego extender mi percepción más allá. Tras unos minutos, conseguí que las palabras con menos énfasis se diluyesen. A la hora ya era capaz de obviar casi todos sus gritos. Seguí mi práctica hasta que al fin alcance la concentración necesaria. Allí estaba ante mi la enorme aura de Jalindra, pero además, también pude ver la pequeña aura de Ruhe. Un aura amarilla que me dejó claro quien andaba husmeando en mi primer dia de entrenamiento.
—Lo tengo! Os puedo ver a las dos.
Jalindra sonrió. Se comunicó conmigo mediante gestos. Un asentimiento para indicar la satisfacción por haberlo logrado. Unas vueltas con la mano para que repitiese mi búsqueda. Fui obediente y repetí una y otra vez el entrenamiento. Cada vez me costaba menos empoder ver sus auras, llegando a tardar solo unos segundos. Cada vez que lo lograba avisé a Jalindra. Sin embargo, tras la ultima algo cambió.
La maestra saltó sobre mi y trato de golpearme. Yo me aparté de un salto. Ella volvió a por mi. ¿Por qué me atacaba? ¿Acaso la había echo enfadar? Yo apenas tenía tiempo de esquivar un golpe cuando el siguiente ya estaba en camino.
—¿Qué ocurre, Jalindra? Siento si algo te molestó.
—Vamos. Repítelo. Vuelve a ver mi aura. Lee mis sentimientos.
Comencé de nuevo. Los primeros instantes solo me podía dedicar a esquivar. Si me concentraba demasiado, sus puños acababan encontrando mi cuerpo. Sus golpes no eran letales, pero si dolorosos. No buscaban dejarme fuera de combate, aunque supe que, de haberlo querido, podría haberme noqueado sin problema. Aún así, no me detenía. Probé una y otra vez. No podía dejar de ver ni oír a mí alrededor, pero debía hacer algo distinto, algo que me permitiese poder reaccionar a sus ataques y concentrarme en el Haki al mismo tiempo. Probé a cerrar los ojos un instante. Jalindra me golpeó en la cara.
—Vamos. ¿Crees que puedes perder de vista a tu rival?
La sonrisa no desaparecía de su rostro. La maestra disfrutaba de aquello. De cada puñetazo y cada patada, ya se encontrasen con su objetivo o no. Había subestimado si fuerza, solo por el hecho de ser joven. ¿O tal vez fue por creer que se dedicaba a la meditación? Como fuera, era un rival mucho más poderoso que yo. Por suerte, sus golpes tan solo buscaban enseñarme. Sabía que cada esquiva me hacía más fuerte a mí también. Cada vez que conseguía salvar un nuevo ataque, me encontraba más cerca de conseguir mi propósito.
Aquello era lo más parecido a una batalla real. Sin un segundo para respirar, sin tiempo para dar un paso en falso. Pero con Ruhe gritando a nuestro alrededor. No sé el tiempo que estuve esquivando a mí maestra antes de comenzar a sentir ardor en las piernas. El sudor corría por mi frente y mi respiración estaba cada vez más agitada. No podía detenerme. No podía parar. Debía encontrar su aura.
Probé con un nuevo enfoque. Si no podía dejar de ver u oír para concentrarme, tal vez pudiese desplazar mi atención de unos a otros para seguir en el combate. Me fijaba en casa detalle que me sirviese dlcomo señal de alarma. Si rotaba si pie izquierdo, golpearía desde su lado derecho. Entonces, dejaba de fijarme en sus movimientos e intentaba esquivar por instinto, con la única intención de poder concentrarme en el Haki. Si oía un paso tras de mi huía hacia delante. Mis movimientos como parte de mi instinto, como si fuesen reacciones involuntarias de una presa ante su depredador. Cabe reconocer, que está estrategia me costó muchos más golpes que la anterior. Mis reflejos no bastaban y mis reacciones eran torpes. Siempre un paso más tarde, siempre me impactaba cuando pensaba que ya me había librado. Entonces, pensé en la carta que tenía aún por jugar
Dejé fluir mis instintos más primarios. Aquellos que provenían de mis antepasados y a los que solo los de mi raza podían acceder. Mi pelaje se erizó y pequeños rayos comenzaron a saltar de mis piernas a mis pies, de las manos a mis brazos, de los hombros a la espalda y vuelta atrás. Si liberaba el electro podía ser más rápido, tener mejores reflejos.
—Al fin te pones serio. Veamos hasta dónde eres capaz de llegar.
Asentí con la mano en el sombrero. Antes de haber acabado mi gesto, Jalindra ya había saltado de nuevo en mi dirección. Sin embargo, ahora algo había cambiado. Sentía que podía anticiparme mejor a sus movimientos. Me aparté y centré mi atención de nuevo en el Haki. No encontré nada, pero al menos el puño de la maestra se perdió en el aire. Ese era el camino. Ahora podía disponer de unos instantes entre ataques para centrarme en sentir su aura. No iba a ser fácil, pies aún estando relajado necesitaba de unos segundos. Aún así, había visto cómo era capaz de ir mejorando a pasos agigantados. Cada vez que lo intentaba de nuevo, lo conseguía un poco más rápido, me resultaba un poco más fácil.
Los ataques de Jalindra se intensificaron. No pretendía dejarme tiempo para respirar entre uno y otro. Sin embargo, ya rara vez era capaz de rozarme. Lanzó un puño directo a mí cabeza. Me agaché. Me concentré en el Haki y salté hacia delante. Sin haberme percatado, ya era capaz de moverme a la vez que intentaba sentir su presencia. El regocijo llenó mi cuerpo al ser consciente de ello. Un nuevo golpe de Jalindra descendió sobre mi. Giré y rode por el suelo para esquivarlo. Otro ataque. Salté. Uno más. Volví a esquivarlo. Ya podía evitar sus embestidas con mucha mayor fluidez, lo que me permitía mantener mi concentración casi todo el tiempo.
Y al fin la vi. Enorme y poderosa. De color rosado y formas redondeadas. Me detuve un instante a leerla, pero entonces el puño de mi maestra me alcanzó. Rode por el suelo de espaldas. Me senté y sonreí.
—Lo vi. He visto tu aura —dije entre jadeos.
Pude leer el sentimiento de mi maestra en su aura. No había ni rastro de enfado, tampoco de molestia. Solo había un par de sentimientos. Alegría y orgullo.
—Sabía que podías conseguirlo. Estoy orgullosa de tu trabajo. Ahora, una vez más.
Volvió a atacarme con sus puños en alto. Con fuerza, pero sind ejar de mostrar esa sonrisa suya tan amable en ninguno de los entrenamientos que siguieron a aquel día.
Al fin lo había logrado. Ya sabía qué era el Haki.
RE: [Fic entrenamiento Haki Kenbunshoku] Hora de entrenar: Aprendiendo a ver sin mirar - PX-2 - 21-08-2026 ✓ Entrenamiento: Completado COSTE: — Kenbunshoku Haki (Base)
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