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Disciplina mis pamplinas | PR - Versión para impresión

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Disciplina mis pamplinas | PR - Enji - 22-08-2026

Día 7 de primavera, año 18.

El Kenbunshoku Haki fue todo un descubrimiento. Después de superar el escepticismo inicial, tomar las lecciones del maestro Kaelith y despertar ese sexto sentido, tercer ojo, segunda nariz o como quieran llamarlo, Enji empezó a ver el mundo de otra forma. Con otros colores. Se obsesionó un poco, sí. Como un niño con juguete nuevo, dedicó los siguientes días a usar ese poder de forma constante, sin darse apenas un descanso, hasta que activarlo y desactivarlo se volvió algo natural. Por momentos, la percepción de sus ojos se solapaba con ese otro mundo, esa ventana a una realidad diferente, y veía a las personas tintadas del color de sus almas. Era curioso de ver, extrañamente hipnótico y, por momentos, hasta divertido.

Excepto con Juan, que era rojo y su alma… también era roja. Rojo sobre rojo. ¿Qué sentido tenía eso? Hasta creyó que su compañero no tenía alma, pero, afortunadamente, uno de esos días lo vio transformado en la forma híbrida de su fruta y distinguió las llamas rojizo anaranjadas de su alma destellando sobre la piel verde.

Esa mañana, tras levantarse a primera hora y hacer un paneo de la zona con su nueva habilidad, Enji entró en la habitación de Juan. Comprendía el derecho del gyojin a la privacidad, pero reafirmaba su autoridad como capitán de la división entrando de cualquier forma y sin tocar antes.

—¡Arriba, Juancho! —gritó tras azotar la puerta de un empujón—. ¡Hoy seré… —Estaba ataviado en un uniforme marcial, un gi blanco, tenía un trozo de tela negra atado en la frente y no llevaba zapatos, para variar. Se ajustó el cinturón que tenía en la cintura y sonrió plenamente frente a su mano derecha—. ENJI-SENSEI! ¡SHIHAHAHAHA!

La voz del marine retumbó en las paredes de la vivienda, la misma que les asignase Zarutsuki tras el final del gran evento que los llevó a los cielos en primer lugar: Los Juegos del Soberano. El Ouka Shichibukai había tenido, en su infinita sabiduría, la buena iniciativa de mantener a los marines cerca de otros marines y bien alejados de los piratas. Así pues, tanto la GLORIOSA División 80 como la 75 y la 60 eran prácticamente vecinos en lo que él llamaba “El barrio azul”.

—¡TE VOY A ENSEÑAR A VER SIN USAR LOS OJOS! ¡Levanta, venga! ¡Vamos afuera! —Y saltó por la ventana ( no sin antes asegurarse de que estuviera abierta ) para aterrizar de pie frente a la casa—. ¡Vamooooos! ¡Que se me enfrían las ideas!

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RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Juan Sebastian - 22-08-2026

El entrenamiento del kárate por fin había terminado. Logré escapar de la furia de Ginja transformándome en tortuga y haciéndome pasar por una caja al lado de una frutería. En el fondo sabía que me perseguía porque quería apurar el tiempo conmigo todo lo posible. Pero la paliza me la habría llevado de todas formas… Así que mejor esconderse. Por culpa de este pequeño incidente, no fui capaz de darle las gracias por todo lo que había hecho por mí. Después de todo, no es sencillo encargarse de entrenar a alguien tan… ¿Cabezón?

Al llegar a la casa, de vuelta en mi forma crustácea, saludé a mis compañeros y fui directo a prepararme para una sesión de algo que algún compañero de la Marina había propuesto.

Cuando el día llegó a su fin, regresé a la casa y me tiré a la cama, estaba completamente exhausto. Me gustaba dormir en el barco, notando cómo la habitación era mecida por la marea del mar, pero para qué mentir, las camas de Skypiea eran de otro mundo, se sentían como si un ángel me estuviese abrazando con sus alas. —Ese emperador… Con razón considera este lugar un sitio sagrado. —Fueron mis últimos pensamientos antes de caer rendido al sueño, por fortuna, al día siguiente no tendría que madrugar.

Al despertarme, estaba en Marineford, siendo recibido por el almirante de flota, los almirantes y por un buen grupo de vicealmirantes. No estaba seguro de lo que estaba pasando, pero las palabras de uno de los presentes me lo recordó al instante. —Por sus méritos al derrotar a los Yonko, en nombre de la Marina, proclamamos a Juan Sebastián como nuevo Almirante de flota. —Las lágrimas por poco se escaparon de mis ojos, pero logré mantener la entereza. Cuando miré atrás, pude verlos a todos, Enji, Akira, Masami, Sigrid, María, con un uniforme de la Marina, así como las divisiones setenta y cinco y sesenta al completo, todos aplaudiendo con orgullo durante la ceremonia.

Fue entonces cuando llegó mi momento de decir unas palabras, y tuve muy claro cuáles serían las que saldrían de mi boca. —¡Por un mundo dónde la gente pueda vivir segura! —Al decir eso, todos los presentes se levantaron y la sala estalló en vítores y aplausos. En todo Marineford se podían escuchar los gritos de la multitud.

—¡ARRIBA, JUANCHO!—
—¡ARRIBA, JUANCHO!—
—¡ARRIBA, JUANCHO!—
—¡ARRIBA, JUANCHO!—


Entonces, abrí los ojos lagañosos, mirando al techo de mi habitación mientras el eco de una voz retumbaba en mis oídos. Miré de reojo hacia el lateral y pude ver a mi querido capitán. —Hmmpphh… —Dije con sabiduría antes de incorporarme en mi mullida cama, apoyando los pies en el suelo. Tras un perezoso bostezo, saludé a mi enérgico amigo. —Buenos días… *Ñam* *ñam* —Me instó a levantarme y eso hice, lento y perezoso, por supuesto. Mientras me cambiaba de ropa, con él presente (tras tanto tiempo juntos había confianza) le pregunté: —¿Ver sin ver? Jajaja, ¿qué haces borracho tan temprano, y de dónde has sacado tú un Gi? —El nuevo día prometía, eso sin dudas. —Bueno, parece divertido, deberíamos ir afuera —dije ya totalmente vestido, con mi uniforme clásico de la Marina, justo al colocar mi gorra sobre mi acorazada cabeza. 

Cajita de tortuga



RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Kibai - 22-08-2026

El amanecer había sorprendido a Kibai ya despierto, de modo que había decidido cocinarse un desayuno rápido a base de huevos de algún ave autóctona de Skypiea que vendían en el mercado (el mink sospechaba grandemente que eran de ñordiki) junto con una hogaza de pan tostado y unos trozos de fruta fresca.

Al ver que hacía un muy buen día, como era bastante habitual por lo que estaba acostumbrado en el tiempo que llevaban en aquella isla del cielo, decidió que tomarse el desayuno dentro de casa era una absurdez, y más con la gran cantidad de personas con un elevado grado de estramboticidad que se habían acuartelado en la zona de la ciudad de Shandora que el Emperador Zarutsuki había destinado a los miembros de las tres Divisiones de la Marina.

Sin molestarse en colocarse la camisa, en parte porque la herida del vientre aún le escocía si pasaba demasiado tiempo en contacto con la tela, y vestido solamente con los pantalones azules del uniforme, Kibai salió al exterior de la casa, con una silla al hombro y el plato de comida en perfecto equilibrio sobre su palma izquierda. Con un sonoro zunc, dejó caer la silla en en el suelo y tomó asiento, recostándose levemente hacia atrás, lo que hizo balancearse las dos patas delanteras del asiento.

La verdad, podría acostumbrarse a aquella vida... Había una selva gigante que explorar, el crimen parecía ser inexistente debido a la vigilancia de los Custudios, y las posibilidades culinarias y de estudio eran casi infinitas, debido a la riqueza de las bilbiotecas de la ciudad y los suministros que seguramente llegarían de manera regular de la misma forma en la que habían llegado ellos.

Mientras dejaba caer una uva dentro de su boca, un tremendo estruendo llegó a sus oídos desde la casa dónde, si no le fallaba la memoria, habían alojado al comandante Juan Sebastián. Dejándose caer de nuevo sobre las cuatro patas de la silla, el mink olfateó el aire a su alrededor. Aunque aún no lo tenía tan identificado como el tabaco de pipa de Stroud, juraría que el olro a los cigarrillos del capitán Enji flotaba en el ambiente...

Y no se equivocaba. El peliblanco, en medio de un gran griterío saltó por la ventana abierta en la fachada de la vivienda, vestido con un gi blanco de entrenamiento y una banda de tela negra en la frente, como si fuese un personaje de algún tipo de novela de artes marciales. Kibai sonrió ampliamente mientras levantaba una pierna para apoyar el pie descalzo sobre la silla y la mano sobre la rodilla. Aquel par era de lo mejor que había conocido en Skypiea, y se complementaban sorprendentemente bien, especialemente con el comandante convertido en aquella adorable (y aunque el mink nunca lo admitiría, seguramente muy sabrosa una vez cocinada) tortuga.

— Buenos días, capitán! — exclamó Kibai hacia Enji, a la vez que levantaba el plato que seguía sosteniendo con su otra mano, agitándolo levemente en dirección hacia él. — Unas uvitas de desayuno?


La Caja de Pandora



RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Enji - 22-08-2026

Agazapado ante la fachada de la casa, Enji se llevó las manos a la cintura e, impaciente, empezó a golpetear el suelo con el pie. La lentitud de Juan, aunque natural para una persona mitad tortuga y mitad cangrejo, lo desesperaba en ocasiones. Le mataba todo el ritmo, el flow de la mañana, tener que esperar a que Don Pasos Pesados terminara de cambiarse y bajara las escaleras. Tenía muchos planes para el día, muchas cosas por hacer y, definitivamente, muchas cosas que hacerle hacer a su compañero. Nuevas formas de molestarlo ahora que Akira… bueno, había dejado de ser el principal foco de sus bromas e insultos por razones que nada tenían que ver con su cambio de sexo.

No quería ni acordarse.

—Ah, Kibai.—Reconoció la voz del leopardo y volteó en su dirección. Buenos recuerdos de la barra que armaron en las gradas durante el combate de la gran final vinieron a su mente. De todas la división sesenta, ese era sin duda el marine que mejor le caía—. Lo tuyo sí es vida, ¿no, gatote? —dijo tras inspeccionar al soldado. Lo encontró muy sentado, disfrutando de un tazón de uvas bajo el sol de la mañana y sin camiseta—. Va, te robó algunas.

Se acercó y echó mano a un pequeño ramillete de uvas, el cual sostuvo con la diestra mientras lo desgajaba poco a poco con la zurda. Arrojaba las uvas hacia arriba para después atraparlas con la boca.

—Nom, nom, nom… —No era precisamente la persona más sigilosa a la hora de comer—. Oe, Dibai —dijo, con la lengua enredada tratando de arrancar una cáscara de uva que le había quedado atorada en las muelas—. ¿Dabías que du adma de vedde?

Juan apareció, finalmente, poco después. Enji sabía en todo momento dónde estaba pues, gracias a su nuevo poder, podía seguirlo por la casa en forma de un manchón rojo que se movía entre los muros de su vivienda.

—¡Venga, Juancho! —llamó cuando el gyojin salió por la puerta—. Será divertido. Ver con los ojos cerrados… ¿Te lo imaginas? ¡Ja! ¡Por supuesto que no te lo imaginas! —exclamó citando a quien fuera su maestro en ese nuevo arte—. ¿Y tú, Kibai? ¿Sabes de lo que hablo? —Giró la conversación hacia el gatote—. Estoy por enseñarle a Juancho un nuevo poder requete muy especial que aprendí yo solito en estás altas tierras… —dijo—. ¿Te unes?

Porque nunca eran suficientes testigos de su GLORIOSA magnificencia.

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RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Juan Sebastian - 22-08-2026

Se dice que cuando una puerta se cierra, se abre una ventana… Enji saltó por la ventana, acción que observé ciertamente perplejo. Esperaba bajar al piso de abajo, tomar el desayuno, imaginar que leía el periódico porque no tenía ni idea de cómo funcionaba la imprenta local… Cosas tranquilas para hacer durante la mañana… Pero Enji era como era, si tuviera que describirlo de alguna manera, sería como… —¡Dinamita con ron! —dije en la soledad de mi habitación.

Como estaba recién despierto, no tenía el ímpetu ni la energía para hacer espectáculos circenses y acrobacias, por lo que tomé la segunda opción, elegí lo que nadie había pensado antes, el camino oculto, la alternativa inesperada… ¡ELEGÍ LO IMPOSIBLE! Bajar por las escaleras… Con paso lento, calmado más bien, dándole vueltas en la cabeza a lo que me había dicho Enji previamente. —¿Ver sin ver? Será algo parecido a lo del kárate, golpear el aire… O algo así era. —Era evidente que aún me pesaban las sábanas un poco.

Cuando por fin salí del hogar, me encontré a Kibai, que por algún motivo no llevaba camiseta, acompañado de Enji, el salta-ventanas, quien se encontraba degustando unas apetecibles uvas. —No he desayunado… —Pensé mientras veía cómo degustaba ese suculento manjar. —¡Ya voy, ya voy! —dije algo estresado ante el apremio de mi capitán, reparando posteriormente en la presencia del marine felino. —¡Ah, buenos días, Kibai, amigo! ¿Qué tal te va por el cielo?

Enji volvió a sacar el tema ese de “ver sin ver” y ahora, estando más despierto que cuando me asaltó de primeras, podía intentar tratar de entender a lo que se refería. —Ver sin ver parece algo útil… ¿Si te pego un puñetazo y tienes los ojos cerrados puedes esquivarlo? —le pregunté mientras giraba con energía mi brazo izquierdo a modo de broma. Una de las cosas que más me gustaban de tener a Enji como capitán era que no me solía poner pegas a la hora de hacer un poco el tonto.

Cuando dejé de hacer un poco el tonto, miré a Kibai, él era un hombre felino y, por lo poco que pude ver de él durante aquel festival de Skypiea, tenía las habilidades propias de un gato, como en aquel espectacular salto que realizó para cruzar el río. Teniendo sus habilidades en cuenta, me dirigí hacia él y, empleando toda la velocidad que mi pesado cuerpo me permitía, comencé a girar mi brazo una vez más. —¡Seguro que tu también puedes hacer eso, prueba a cerrar los ojos! —Cuando, una vez más, dejé las tonterías, me volví a dirigir a Enji, para tratar un asunto de mucha más importancia. —¿Me dejas un cigarro? —le pregunté con un rostro de seriedad extrema.

Cajita de tortuga



RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Kibai - 24-08-2026

Mientras trataba de hacer una traducción instantánea del Enji-comiendo-uvas a el lenguaje común, Kibai alzó una ceja mientras veía como el comandante Juan se le acercaba (a una velocidad alta para ser un cangrejo tortuga, la verdad) diciéndole que cerrase los ojos mientas agitaba el brazo que no tenía convertido en una enorme pinza como si fuese un molinillo de café amagando con golpearlo. El mink tuvo tuvo que hacer un esfuerzo consciente por contener una risa al escuchar las palabras que intercambiaban ambos marines. Desde que los había conocido hacía un par de dáis, le resultaba muy sorprendente que hubiese algo tan diferente a la férrea disciplina de la División 60, aunque sin duda eran un solplo de aire fresco de los más agradecido.

— Con todo respeto señor, para ver sus golpes teniendo en cuenta el olor a marea baja que despide, podría hacerlo con los ojos cerrados y tres vendas encima, por su acaso! — dijo el mink con alegría mientras soltaba una breve carcajada.

No obstante, lo que le había dicho el capitán Enji si había llamado mucho su antención. Recordaba lo que el Emperador Zarutsuki había dicho en la final de los Juegos, cuando el Lunarian había detenido el combate entre Shin y el bucaneer pirata porque según él su Haki le había permitido averiguar las intenciones de los dos rivales. Dejando el plato de fruta a un lado, recogió todos los huvos revueltos con una mano y se lo llevó a la boca, tragandolo todo en apenas un par de bocados. Limpiándose los bigotes con el dorso de la mano izquieda, Kibai se puso en pie, tocándose la cicatriz del vientre, que le había enviado un pequeño latigazo de dolor. A pesar de que ya podía ponerse en pie y hacer una vida normal, lo cierto es que aún de vez en cuando le daba alguna molestia que otra.

— Señor, pueden contar conmigo, no será lo mismo que darnos todos de golpes en la arena del coliseo de los Juegos, pero estoy seguro de que seremos muchos más fuertes tras esto.

Con una expresión de fingida solemnidad, el mink adoptó una posición de firmes, hinchando el pecho a la vez que alzaba la barbilla.

— De modo que puede incluirme entre sus alumnos, Enji-senséi!

Kibai se mantuvo en aquella posición, aguardando las respuestas de parte del gyojin cangrejo y del humano peliblanco.
La Caja de Pandora



RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Enji - 25-08-2026

—Más te vale que lo esquive, Juancho. O empezarás a notar una extraña y tóxica comezón en cada uno de tus calzoncillos —advirtió, su sonrisa ancha y maliciosa curvándose como espiral en sus comisuras. Enji era perfectamente capaz de cumplir esa amenaza y Juan debía saberlo. Entre todos los miembros de la GLORIOSA División Ochenta, después de todo, era el que más veneno había tenido que tragar durante las sesiones de entrenamiento. A esas alturas, el gyojin cangrejo pronto empezaría a desarrollar inmunidad a las toxinas o sus propias glándulas venenosas—. ¡Shihahaha! Que te ha dicho que hueles a mierda, Juancho. ¿Te vas a dejar?

El capitán, ataviado con el uniforme marcial que sabría Dios de dónde lo había sacado, se cruzó de brazos y observó por un momento a sus dos prospectos. Cangrejo y leopardo. Marisco y Gato. ¿Cómo les iba a enseñar una técnica que apenas había dominado hacía unos pocos días y de la que todavía desconocía el límite? Esa era una buena pregunta. Una muy buena pregunta. También, una pregunta que no se había hecho antes y, por supuesto, una pregunta que no lo iba a detener en lo más mínimo.

Hinchó el pecho de aire, exhaló un suspiro resignado y sacó un cigarrillo del bolsillo de su gi.

—Ten —dijo a Juan, extendiéndole la palma abierta con el cigarrillo sobre la misma.

Un instante después, en un movimiento demasiado rápido para que Juan pudiera apreciarlo pero que Kibai, valiéndose de sus reflejos felinos, vería venir con cierta anticipación, Enji saltó, inclinó el cuerpo hacia atrás en el aire y disparó los dos pies contra la cara del gyojin cangrejo de coraza roja. Sus plantas golpearon el rostro de Juan Sebastian en un chasquido seco. La mole acorazada, sin embargo, volvió a demostrar lo poderoso de su anatomía: no lo movió ni un centímetros y, de haber estado ciego, probablemente siquiera se hubiera percatado de que lo había golpeado dos veces en una ráfaga.

—¡Comprate tus putos cigarros si quieres fumar! —espetó tras aterrizar ambos pies en el suelo.

El cigarro que tenía se lo llevó rápidamente a la boca y le dio fuego con su mechero.

—¡Shihaha! ¡Así me gusta! ¿Ves, Juancho? Esa es la actitud que tienes que tener. “Enji-SENSEI”. —El ego se le inflamó de manera superlativa al escuchar su nombre seguido de un honorífico. Exhaló la primera bocanada de humo, sonriente y sosteniendo entre los dientes su cigarro—. ¡Primera lección! ¡Fuera luces! —exclamó, arrancándose trozos de tela de las mangas del uniforme para arrojarle después un tramo a cada uno de sus dos “aprendices”—. Enrosquen esa tela sobre sus ojos hasta que no vean nada. ¡Pero nada de nada, eh! ¡O no servirá el entrenamiento! —advirtió mientras empezaba a caminar rumbo a la calle—. ¡Háganlo y síganme! ¡Sigan el melodioso tono de mi voz! ¡Uno, dos! ¡Uno, dos!

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RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Juan Sebastian - 25-08-2026

El soldado Kibai mencionó lo llamativo de mi olor, lo cual era extraño, era un cangrejo extremadamente higiénico, siempre me lavaba bien entre la pinza y la espa… La espalda no, para qué mentir, pero no era porque no quisiera, me resultaba fisiológicamente complicado alcanzar la parte más central de esta debido a la rigidez de mi cuerpo. Las nuevas posibilidades anatómicas que adquirí cuando consumí la fruta Kame Kame tampoco ayudaron en ese propósito. Con esos factores a tener en cuenta, no fui capaz de rebatir lo que sus felinos sentidos le decían a mi compañero, provocando que dejase de girar el brazo y bajase la cabeza con vergüenza.

—No huelo a mierda… Solo un poco a mar… —Susurré ante las palabras de mi capitán. ¿Sería esto un impedimento a futuro para ser reconocido como un héroe? Quizás, ¿pero qué alternativa tenía? Podría pedirle a algunos de mis compañeros que me lavase la espalda… No, eso sería demasiado incómodo, lo mejor sería pensar en otra alternativa, pero había otras prioridades. Antes quería un casco, uno molón, como los que llevaría un superhéroe de cómic. 

Por suerte, para paliar mi sufrimiento, Enji accedió a darme uno de sus cigarros. Aceptando su desinteresada amabilidad, extendí mi mano izquierda para agarrar ese filtro de calma que sostenía. O esa era la idea, pero en un fugaz movimiento que no fui capaz de ver, Enji retiró la mano y, para cuando me quise dar cuenta, tenía sus pies incrustados en mi rostro. —¿Ah? —dije confuso antes de que mi amigo comenzase a caer con gracia sobre el suelo. Tenía algo de razón, debería empezar a comprar mis propios cigarros para calmar los nervios y esas cosas. ¿Estaba mal visto que un marine comprase cigarros? La reputación de pervertido ya precedía a Enji, por lo que apenas repercutiría sobre su fama, pero yo apenas me estaba dando a conocer…

—¡De acuerdo, Enji-Sensei! ¡OSUU! —dije adoptando una pose marcial con los dos brazos estirados hacia el frente y ligeramente hacia abajo. Tras eso, empezó la primera lección para lo que fuese que mi capitán hubiera aprendido estos días. Cuando Enji se quitó las mangas de su gi y nos las pasó a los alumnos, me dispuse a atármelas para taparme los ojos mientras me dirigía a Kibai. —Estos entrenamientos siempre son más divertidos cuando se hacen con compañeros. ¡Vamos a darlo todo, Kibai! —Con la venda bien afianzada en mi rostro, la oscuridad se abrió ante mí. No tenía buen olfato como mi compañero de clases felino, tampoco tenía el don de ver sin ver como aseguraba tener mi capitán, por lo que me sentía completamente perdido en las tinieblas. Empecé a seguir a Enji, o al menos eso pensaba, pero mientras más pasos daba, más lejos escuchaba su voz. —Mierda, ¿es para la izquierda o para la derecha? Sigue tu instinto, Juan… Que la pinza te guíe en el camino. —Me susurré a mí mismo para no perder el foco.

Cajita de tortuga



RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Kibai - 25-08-2026

La ceja de Kibai se enarcó aún más al ver el doble patadón al rostro que Enji le sacudió al comandante Juan, pero se sorprendió más aún cuando el Gyojin no pareció ni siquiera inmutarse. Sin duda era un tipo duro... El mismo siempre prefería esquivar los golpes a tener que recibirlos, de modo que prefería no ponerse en la trayectoria directa de un ataque, aunque la estrategia del comandante parecía ser bastante más estática.

— Al fin y al cabo es una tortuga, Kibai, qué esperabas, que se pusiese a dar voltertas gritando Cowabunga? — pensó para si mismo mientras giraba ambos hombros hacia atrás y se crujía los nudillos.

El capitán Enji le arrojó una de las mangas que se había arrancado de su propio uniforme de entrenamiento, instruyéndole en que se tapase completamente los ojos para impedir que ningún tipo de luz cruzase  al otro lado. Deseoso de cumplir con las órdenes de manera efectiva, y que la tentación de emplear su visión superior lo traicionase, el mink levantó la tela hacia el sol, comprobando la transparencia de la misma. Acto seguido, la colocó sobre la silla dónde había estado sentado mientras tomaba el desayuno para, con paciencia para dejar las dobleces lo más regulares posibles, convirtió la manga en una fina tela de capas superpuestas. Satisfecho con la ahora mejorada opacidad del trozo del uniforme del capitán, Kibai cerró los ojos colocando la improvisada venda por encima. Con movimientos diestros, manejó las vueltas del tejido sobre su nuca, conformando un doble nudo que aseguró con un firme tirón de ambos extremos de la venda. Le quedaba lo bastante asegurada como para impedir que la luz entrase a través de alguna rendija, pero tampoco le apretaba demasiado las sienes.

— ¡Háganlo y síganme! ¡Sigan el melodioso tono de mi voz! ¡Uno, dos! ¡Uno, dos!

Controlando su respiración, el mink se quedó un segundo inmóvil. No debía ser tan complicado. Él mismo estaba acostumbrado a ver cosas que otros no podían. Solo que ahora debía depender solamente de eso.

— Un alma no puede ser tan distinta de un aliento...

Kibai se giró en dirección a la voz que se alejaba, mientras que cerca de él, el comandante parecía estar igualmente perdido. Ladeando un poco la cabeza para escuchar los pesados pasos del gyojin con más facilidad, Kibai chasqueó los dedos hacia su izquierda.

— Va bastante bien señor, solo debemos de sentir al capitán, poco a poco lo conseguiremos...

Con un paso bastante más vacilante de lo que le gustaría, Kibai inició su propia persecución del cpaitán enji, venteando de vez en cuando el aire para tratar de captar el olor de sus cigarrillos. No obstante, aquello no le permitía ver lo que tenía delante, o a sus pies, y a los pocos pasos se dio cuenta de que sus zancadas eran indecisas, y agradeció internamente no estar enmedio de una jungla con desniveles, raíces sobresalientes o terraplenes por los que uno podía caerse.

— Esto va a ser más dificil de lo que parecía. — pensó Kibai mientras se esforzaba por seguir el ritmo del capitán Enji.

La Caja de Pandora



RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Enji - 27-08-2026

Los pasos de Enji eran firmes y pesados. Levantaba bien las rodillas, las suelas de sus pies golpeaban fuerte en la tierra, levantando polvo, y sus brazos, desnudos tras sacrificar las mangas del uniforme, se movían a la par, adelante y atrás, como si estuviera dando ganchos en el mentón a una persona invisible que nunca llegaba a alcanzar. Después de avanzar diez metros se detuvo y dio media vuelta para echar un vistazo a sus estudiantes, sus pobres aprendices. Quería comprobar que ninguno se había golpeado contra un árbol todavía.

—Más les vale no estar haciendo trampa, par de tontos, o me daré cuenta. —Se agachó, recogió una pequeña roca del suelo y se la arrojó a Juan, que acababa de aventurarse en la dirección contraria. Falló miserablemente el tiro y la roca se deslizó por el suelo—. ¡Eh, Juancho! ¡Vas de contramano! —advirtió al crustáceo gyojin—. ¡Tché! Menos mal es Akira el que conduce el barco…

El recuerdo de su compañera —ex-compañero—, apareció en su cabeza y por un segundo se puso pálido. Más pálido. La imagen de una mujer rubia tirándole un beso lo obligó a aclararse la garganta, casi atragantarse con su propio aliento y rezar un “Padre nuestro” para sus adentros. Piedad, eso es todo lo que podía pedir después de los sucesos de los últimos días.

Este mal recuerdo se combinó con el hecho de que Juan seguía yendo en una dirección equivocada y le infló la vena del cuello.

—¡JUAN!! —llamó. Su voluntad explotó a la vez, proyectada inconscientemente en todas direcciones como un velo que caía pesado a su alrededor—. ¡Espabila, gordo! ¡Que te vas a caer del cielo como sigas así!

Suspiró, negó con la cabeza y se fijó en Kibai, quien, entre sus acotados alumnos, era de lejos quien mejor se estaba orientando. Caminaba lento, dudaba en cada paso, pero mantenía una dirección apropiada. Enji se acercó hasta plantarse justo delante suyo y le apoyó el índice en el pecho para que se detuviera.

—Hmmm… —Apretó los labios, entornó la mirada y lo escrutó de arriba abajo, escéptico—. Demasiado bien, Kibai. —dijo, con un deje de sospecha en la voz—. Demasiado bien…

El hombre-leopardo escucharía como otro trozo de tela era rasgado y, poco después, sentiría como era introducido en sus fosas nasales en forma de dos tapones.

—¡Jum! ¡Mucho mejor! Los gatos tienen muy buen olfato, ¿verdad? —señaló, ahora presumiendo de un gi al que le faltaban las mangas y los pantalones de rodilla para abajo—. Así será un poco más justo, y no tendrás que oler el perfume de mar de Juancho. ¡Continuemos! —Se dio la vuelta y retomó la marcha, divertido. Su sonrisa se había convertido en una presencia permanente—. Traten de sentir algo más. Es obvio que pueden seguirme por el sonido de mi voz. ¡Busquen otra cosa! ¡Otra cosa diferente pero que apunte en la misma dirección en la que escuchan mi voz!

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