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Skin made of iron [Fic - Busoshoku] [Presente Relativo] - Versión para impresión

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Skin made of iron [Fic - Busoshoku] [Presente Relativo] - Hyákinthos - 25-08-2026

Año 18
Día 3 de Primavera
11:40 p.m.
Skypea, Cubierta del Royal Flush
 
Su mano se estiró en el aire denso, húmedo, uno que se sentía tan pesado como respirar bajo el agua. Sus dedos buscaron atrapar los rayos de luna que se filtraban en la cubierta del Royal Flush a través de los mástiles y las velas plegadas; por supuesto, no tuvo éxito.
 
Un suspiro terminó escapando de sus labios, así como la brisa se escapaba entre sus dedos y seguía su camino para remover las hojas de los árboles más cercanos que, tímidas, apenas y saludaban a la noche, pues el viento, que a veces se acordaba de ulular, era débil, muy débil esa noche y aun así, él no sería rival para el aire, así como no lo sería para ninguno de esos monstruos que presenció el primer día en que llegó al cielo.
 
Su brazo bajó, dejó de intentar imposibles en medio de la oscuridad de la noche y sus ojos dorados, qué brillaban en medio de las sombras como el de un felino cansado, se centraron en sus palmas blancas, delicadas para alguien que entrenaba artes marciales, pues siempre solía utilizar guantes para practicar, cuidando su piel, sus dedos, sus extremidades qué eran su herramienta de trabajo, lo que le permitía ganar dinero, sí, pero el extremo cuidado con el que trataba su cuerpo en la actualidad lo orilló a volverse, físicamente, más débil de lo que recordaba.
 
Chasqueó la lengua, cerró su puño, se centró en percibir la suavidad de la piel de su palma y por un instante sintió rabia consigo mismo. ¿En qué momento se había convertido en alguien tan delicado? En su mente, rota, olvidadiza, aun vivían los fragmentos de enfrentamientos cuyos protagonistas ahora no tenían rostros, pero aun así, lograban hacer que su piel se erizara.
 
Pensó en ese muchacho marine, la luz misma deshaciéndose en medio de la arena de combate y luego estaba el sujeto enorme cuyo nombre y rostro se escapaba de su memoria, pero lo que no olvidaba de él era esa manera en la que contuvo la luz. ¿Cómo era eso posible?
 
Luego estaba Jin, el único combatiente al que podía ponerle nombre y cara, recordó el barro o lodo, nunca se atrevió a acercarse a preguntarle en que cosa se había transformado. Recordó a un hombre enorme, un hombre de chocolate, casi tanto como el que atrapó la luz, y como este era cubierto en un baño de lodo contra el que pudo hacer poco.
 
¿Qué habría podido hacer él?
 
Si se detenía a pensarlo, desde la primera señal de peligro se habría retirado, habría alzado una bandera blanca y, por supuesto, se habría ganado el odio de un público que seguro esperaba ver un espectáculo y no a un cobarde, pero ¿Cómo podrían culparlo?
 
En su escenario imaginario se veía a si mismo incapaz de moverse, de reaccionar, actuando como un niño de cinco años que se pierde en un mercado y no encuentra a su mamá. Sí, siendo parte de ese público imaginario, él también se habría detestado.
 
—¡Basta! —Abrió su puño a la vez que se rogaba a si mismo dejar de pensar en imposibles. Sus manos se abrieron y se estiraron hasta alcanzar su rostro, sus dedos rozando la coronilla de su cabeza. Sus uñas se incrustaron en el cuero cabelludo y un repetitivo movimiento de rascar el cabello hizo que entre uña y carne se formará un pocillo de sangre.
 
En algún momento, el ardor que empezó a hacerse notable lo obligó a llenar sus pulmones con todo el aire que pudo y a exhalar, una acción que lo llevó a apartar, con lentitud, sus manos de su cabello rosa, ahora desordenado y con pequeños manchones de sangre cerca de la raíz, que solo se notarían si alguien se acercaba y miraba con detenimiento.
 
—¿En qué piensas, Hyákinthos? Eres un médico, un cirujano, no un combatiente, solo aprendiste artes marciales para defenderte —. La mentira fluyó por su mente y por su boca como el agua se va de las manos, tan creíble que él mismo terminó de convencerse de esa versión alterada y alejada de la realidad, pues, realmente, sus inicios en las artes marciales y en cualquier técnica de cuerpo a cuerpo fue por el simple hecho de sentirse poderoso y hasta complacido por someter físicamente a alguien más, por estrellar sus caras contra el suelo, por hacerlos llorar cuando se metían con él y si, aunque todo eso vino de defenderse de aquellos ex compañeros de tripulación que lo llamaron “nenita” en más de una ocasión — no los Mano Muerta, no,  sino los Ángeles Caídos, aquellos que lo encontraron inconsciente y se lo llevaron para venderlo, aquellos que luego terminaron adoptando como parte de su banda y a los que él terminó traicionado al venderlos a la marina —, tampoco podía negar el placer que le producía conocer los puntos de dolor simplemente para aplicar sobre estos un golpe que le robara el aliento y le sacara las lágrimas a cualquiera, pero... ¿Y ahora?
 
La precaución y el cuidado lo acompañaron desde que empezó su viaje en soledad luego de traicionar a los Ángeles Caídos, a fin de cuentas, si algo aprendió durante su estancia en el “Corona de Espinas”, barco de sus excompañeros, es que debía moverse con cuidado a la hora de traficar, de buscar clientes y “donantes”, una enseñanza que decidió reforzar al saberse solo y que se hizo más latente luego de ese naufragio que lo llevó a Momoiro.
 
Momoiro.
 
Increíble como el nombre de esa isla llegó a su mente con tanta claridad como si lo estuviera leyendo en el periódico.
 
Cinco años pasó en ese lugar, cinco años en los que sus conocimientos de medicina se cultivaron como en ningún otro lugar. Su maestro, Bluefire, se encargó de guiarlo, de mostrarle una parte de la medicina que era más pulcra, no como el despiece burdo al que se había acostumbrado mientras estuvo en el “Corona de Espinas”, pues fue Blue quien le enseñó como intervenir, quirúrgicamente, un cuerpo de manera correcta, como usar un escalpelo sin que su mano temblara, como aprovechar cada parte del cuerpo y, aunque sea difícil de creer, también lo ayudó a dejar atrás su vida criminal, a usar la medicina para sanar y no para destruir y no solo eso, pulió su manera de pelear y defenderse; sin embargo, nunca le habló de habilidades que pudieran tocar el aire, que pudieran contener la luz, que fueran capaces de hacer que el lodo no se deslice de los dedos.
 
Bufó y se vio así mismo más joven, renegando dentro del consultorio de Bluefire por no enseñarle lo suficiente, quejándose por no dejarlo encargarse de las cosas de la misma forma en la que lo hacía cuando era un pirata.
 
—¿Me hiciste más débil, Blue? —Creyó ver al okama soltar una risa burlesca mientras que negaba con la cabeza y le replicaba con un “Eso es cosa tuya”. Quería replicarle, decirle que, si no hubiera detenido su verdadera y caótica personalidad hoy no sería tan débil, además, sintió la necesidad de gritarle por no enseñarle sobre esas habilidades que vio durante los Juegos del Soberano, pues si tan solo supiera sobre estas, tal vez hoy su cabeza no sería un mar de dudas; sin embargo, la casi perfecta imagen que su mente creó de su antiguo maestro se esfumó como un espejismo en el desierto cuando el sonido de unos cascos sobre la madera del barco rompieron la calma de la noche. —¿Eh?
 
Chocó de frente contra el presente al abrir los ojos y darse cuenta de que, todo ese rato, desde que apartó sus manos de su cabeza, estuvo sosteniendo el barandal de barco con tanta fuerza que ahora sus nudillos estaban blancos y en sus palmas sentía un cosquilleo que se extendía hasta parte de su brazo, convirtiéndose en un calambre leve, todo eso mientras que Mar Celo, o sea, Cara Melo, el komashika que regresó al barco cuando estuvieron en Little Garden y que desde ese momento vivía con ellos, observaba desde el medio de la cubierta, mientras que sus pezuñas golpeteaban el suelo y movía su cuello, algo desesperado.
 
—¿Qué pasa, Mar Celo? —El hablar le hizo notar el sabor metálico que cubría su boca. Ni siquiera se dio cuenta de que también estuvo mordiéndose el labio inferior todo el tiempo en que estuvo lamentando su poca capacidad actual de combate, una que se quedaba corta frente al chico que, tiempo atrás, se metía en un problema tras otro y resolvía todo a golpes. —¿También te indigna que Blue me haya vuelto más débil? —Se acercó al animal que seguía agitando su cabeza como si intentara decirle algo y hacía resonar sus cascos contra los maderos del barco, provocando una vibración que se extendía por la cubierta.
 
El médico se detuvo en seco, se centró en el sonido, en el golpe, en la vibración, tanto que, a una distancia prudente, se agachó para poder colocar su mano en el suelo y sentir el vibrar de las maderas del barco. El tacto en la yema de sus dedos fue tan real… ¿Así se sentiría poder sujetar un elemento? La madera es palpable, pero deseaba poder imaginar el resto de los elementos con la misma solidez que esta. No lo consiguió.
 
Volvió a morder su labio al mismo tiempo que Cara Melo bufaba de nuevo, haciendo que el médico se pusiera de pie para intentar descifrar los deseos del animal. Lo observó por un minuto, hasta que fue el mismo Cara Melo quien se acercó y mordió una de las mangas largas y sueltas de su camisa, haciendo que el pelirrosa pirata trastabillara y quedara justo frente a un barril cubierto con una lona gruesa y que estaba movida de un lado. Apenas podía ver debido a la poca iluminación de la cubierta, pero eso no evitó que vislumbrara apenas el tono rojizo de una fruta.
 
—¿Tienes hambre? —Removió la lona y tomó un par de manzanas que le entregó al Komashika, además de tomar una para él. —Ojalá pudiera volver a ser tan despreocupado como tu —. Mordió un trozo de aquella manzana mientras observaba como el animal devoraba las que le había dado, algo que hizo que el médico terminara por descubrir el barril por completo para darle acceso total al komashika de todas las frutas que estaban en el barril. —Pero hay una situación que viene dándome vueltas en la cabeza desde que llegamos aquí y vi la exhibición de monstruos en esos malditos juegos…tsk…
 
Mordió con fuerza excesiva la manzana, provocando que sus dientes chocaran entre si y mandaran una sensación de calambre al resto de su boca, lo que, por inercia, lo llevó a dar un zapatazo sobre el suelo del barco solo para que bajo la suela de su bota se escuchara un “crack” que lo hizo ponerse alerta y agachar su mirada. Apartó su bota y justo en ese momento sus ojos detectaron una breve rajadura en la madera del Royal Flush.
 
Torció los ojos, seguro que Maki lo reñiría por eso si se daba cuenta, aunque menos mal que se estaba quedando, mientras tanto, en aquella residencia que las personas del Cielo les ofrecieron el primer día que llegaron a la isla.
 
—¿Desde cuándo es tan delicada la madera del Royal? —Sin soltar la manzana, se agachó hasta poder tocar la superficie resquebrajada. —Lo siento, por eso —. Se disculpó con el barco, como si este pudiera escucharlo y, al final, terminó ladeando su cabeza al darse cuenta de que ese era justo el punto en que la vibración se concentraba antes cuando “Mar Celo” hacía sonar los cascos de sus patas sobre la madera del barco.
 
—Es como si lo hubiera roto desde dentro —. No es como que creyera que el animal a su lado tuviera algún tipo de poder o de habilidad, simplemente analizaba el comportamiento del material, en cómo, tal vez, solo tal vez, aquellas vibraciones habrían empezado a dañarlo desde el interior hasta que su zapatazo provocó esa rajadura externa. —¿Funcionaría igual con ellos? A fin de cuentas, algo de humanos deben conservar, aunque sean monstruos… ¿Podrían ser lastimados desde dentro? —Dio un nuevo mordisco a la manzana, esta vez dejándose caer para sentarse sobre el piso del Royal.
 
—Tsk… ¿Por qué le doy vueltas? De todos modos, si estuviera en peligro Maki podría defenderme —. No quiso pensar en lo que pasaría si ella no estuviera, aunque el hecho de bajar su mirada y observar la mano que no sostenía la manzana a medio comer y reparar nuevamente en la delicadeza de sus palmas lo hizo pensar en lo obvio: No quería depender de alguien más.
 
Él siempre había sido suficiente para defenderse, o al menos, eso recordaba desde que despertó en esa celda mugrienta del “Corona de Espinas”: su primer recuerdo de estar vivo, algo que lo hizo volver a morder su labio, sí que era un recuerdo desagradable, pero sea como sea, aún en una situación desventajosa, en ese tiempo logró poner las cosas a su favor, todo por su cuenta, pues no solo convenció a la tripulación del barco el que no lo vendieran como a un simple esclavo, si no que logró integrarse al grupo, en donde le enseñaron a pelear, disparar, a mutilar, a asesinar, a esconderse en caso de ser necesario…en fin, todo lo que un pirata o traficante debía saber.
 
Su aprendizaje en medicina fue más autodidacta que nada, pues entre cada libro robado sobre anatomía y cada experimentación con los prisioneros del barco, se abría una nueva lección para él y sí, es verdad que más tarde Bluefire pudo ayudarlo en Momoiro a potenciar aquellos conocimientos, pero él nunca fue un lienzo en blanco, nunca dependió de alguien más…entonces… ¿Por qué limitarse ahora?
 
No era culpa de Blue el haberse vuelto más débil, tampoco de Maki por ser tan confiable como capitana, era él quien se había descuidado, aunque, claro…eso no era algo que admitiría en voz alta, jamás…aunque… ¿Podía culparse realmente?
 
Pensó en su corta estancia con los Mano Muerta en los tranquilos mares del South Blue, un sitio en el que le bastaba con ser discreto y contratar o usar de guardaespaldas a uno de sus compañeros para salirse con la suya, pero, ya no estaba en el South Blue. ¡Curioso! Él mismo le advirtió tiempo atrás al cocinero de los Sepultura que debía tener cuidado en las aguas del Grand Line e, irónicamente, era ahora él quien no seguía su propio consejo o quizá solo lo había olvidado…sí, prefería decir que era su mente la que, nuevamente, lo había traicionado, aunque, sea como sea, se descuidó demasiado, tanto que su tersa piel era la muestra viva de lo poco que había entrenado últimamente.
 
—Tal vez debería entrenar mientras estoy en esta isla, ayer escuché que hay ¿Escuelas? No… ¿Mojo, dojo, casa, house? ¡Bah! Como sea, hay sitios para entrenar ¿Qué piensas, Mar Celo?  ¿Debería ir a uno? —Cuando alzó su cabeza para mirar al komashika, la visión con la que se encontró hizo que uno de sus ojos parpadeara en un tic nervioso que no pudo controlar, pues el anaranjado ciervo de Wano estaba ahí, casi “sonriente”, masticando una manzana más, mientras que a su lado había varios corazones de esta fruta tirados sobre el suelo del barco… ¿Cuántos? El médico no lo sabía y tampoco se pondría a contarlos a tan tardías horas de la noche… ¡Genial! Ahora tendría que limpiar el barco y no solo eso, si no que, cuando se levantó del suelo y miró el interior del barril, este había reducido en buena parte la cantidad de manzanas que contenía en su interior.
 
—¡Oye! No era para que acabaras con todas, tsk…Ni siquiera sé cuando saldremos a alta mar, no podemos acabar con las reservas de comida en una noche ¡Ah! No sé ni porque te hablo, no es como que puedas entenderme ¡Genial! Primero me martirizo por cosas que usualmente no me preocuparían y ahora hablo con animales —. Llevó su mano a su cabeza solo para darse cuenta de que su mente se había “tranquilizado” gracias a su pequeño ataque de rabia, aunque eso no evitó que soltara un golpe a un lado del barco. Un golpe que, aunque fue fuerte, curiosamente no agrietó la madera como lo hizo su bota antes sobre el suelo. Aquello hizo que el pelirrosa alzara una ceja, intrigado, creyendo que la noche y el sobre pensamiento debían estar consumiendo lo poco cuerdo que quedaba de su mente.
 
—Voy a enloquecer —. Suspiró y tomó a la montura por aquel lazo que alguien había colocado en su cuello, solo para guiar al animal a las bodegas del barco. —Será mejor que busque uno de esos sitios celestiales para entrenar, si es posible mañana mismo…porque si sigo más tiempo con la mente desocupada, la perderé por completo.
 

 
Día 4 de Primavera
8:08 a.m.
Bodega del Royal Flush
 
Dos horas pasaron desde que el pelirrosa y etéreo médico de los Valar se despertó dentro de la bodega del Royal Flush, no podía recordar la razón real del porque terminó dormido en el suelo del barco, usando como almohada una caja pequeña que estaba cubierta con una sábana que parecía estar hecha con un tipo de tela demasiado fino como para pertenecer a una bodega, tampoco podía recordar haber bebido licor, pero aparentemente lo había hecho, pues a su alrededor encontró varias botellas de ron, vacías, por supuesto.
 
De no haber sido por Cara Melo y la dolorosa mordida que le dio, sin compasión alguna, sobre su hombro derecho, lo más probable es que el médico seguiría en el reino de los sueños, acompañando a Morfeo a poner orden a la ensoñación. Menos mal que eso no fue lo que sucedió, pues la mascota de Merlot tenía hambre y se lo hizo saber de la peor manera posible y aunque esto lo llevó, en su momento, a insultar como marinero borracho, lo cierto es que en parte agradeció el haber sido despertado por alguien, pues de otro modo ahora no estaría recorriendo las calles de Shandora en busca de ese Mojo, Dojo, Casa, House o como sea que le llamaran a ese sitio para entrenar.
 
Menos mal había desayunado bien y también le había dado de comer al komashika, pues era este quien lo acompañaba a recorrer las calles, de hecho, era el animal quien parecía guiarlo a él por los caminos de Skypea, pues en más de una ocasión, “Mar Celo” tuvo que jalarlo hacia la derecha o a la izquierda al notar que el pelirrosa había perdido el rumbo, pero… ¿Cómo podía Cara Melo culparlo por perderse? Solo tenía un par de días en la isla y todos aquellos a los que le había preguntado sobre un maestro que pudiera ayudarle a fortalecerse, al menos durante su estancia en el lugar, le daban direcciones confusas.
 
Tras un rato dando vueltas en círculo, el médico se rindió y suspiró de cansancio al mismo tiempo que se sentaba al lado de un puesto de venta de artesanías hechas con ¿Caracolas? Sí, parecían caracolas, aunque no fue a estas las que les prestó atención real, si no a la vendedora, una anciana que hablaba con un muchacho que bien podría ser su nieto. Usualmente habría pasado de una conversación que no le inmiscuía; sin embargo, la mención de un “dojo” lo hizo incluso alejar el borde de su muñeca de su nariz, pues este tenía un perfume de menta que estaba inhalando en ese momento para tranquilizarse, y prestar atención a ambas personas.
 
El bullicio del mercado no le permitió escuchar toda la conversación, pero sí que escuchó suficiente para saber que el chico iría con un maestro… ¿Un lunarian? Eso creyó escuchar, así que, justo cuando notó que el muchacho daba media vuelta para emprender el camino hacia donde sea que fuera, el pelirrosa se levantó y lo alcanzó al dar nada más que un par de zancadas.
 
—¡Espera! —Ante la voz del médico, el muchacho, un skypean de cabellos castaños que era apenas unos centímetros más chico que el pelirrosa, se giró, inquieto, al ser interceptado de manera tan abrupta, aunque su mirada pareció tranquilizarse a no reconocer ningún tipo de peligro en la mirada y en el rostro casi angelical del doctor. —Dijiste que vas a un dojo ¿Es cierto? Yo…No pertenezco a esta tierra, pero busco un lugar para poder entrenar durante el tiempo en que permanezca en esta isla o voy a enloquecer —. ¿Demasiado sincero? Sí, pero al menos hizo que el otro hombre soltara una risita suave.
 
—¿Y qué quieres entrenar, habitante del mar azul? —La pregunta que le llegó lo dejó en blanco por unos segundos, incluso la mano que reposaba aun sobre el hombro ajeno bajó con cuidado y quedó reposando a un lado de su cuerpo, como si su brazo de repente se hubiera desconectado o estuviera roto… ¿Qué quería entrenar? ¿Cómo se supone que se lo diría? Un día antes habló con el enorme buccaneer, cuyo rostro y nombre no recordaba con exactitud, pero que sabía que había peleado con aquel marine de luz…Le preguntó sobre lo que había hecho y aunque le explicó y le dio nombre a sus acciones, el médico apenas pudo comprender a lo que se refería, de hecho, lo único claro es que debía fortalecerse para… ¿Para tocar los elementos? Seguro sonaría como un demente si lo decía de esa manera, aunque tal vez ese muchacho que estaba ahora frente a él había estado en los juegos, seguramente sabría de que hablaba, pero aun así…prefirió ser precavido, sí, a fin de cuentas, siempre prefería no llamar demasiado la atención, por más que aquello fuera inevitable debido a su belleza.
 
—Solo quiero fortalecerme ¿Sabes? Por lo que pude escuchar, te diriges a un sitio en donde esto sería posible…solo quiero saber si tal vez ese dojo es lo mío, llevo bastante tiempo sin entrenar donde es debido, tal vez me sirva estar en ese lugar, al menos un par de días…quizá podría crear algún tipo de hábito o aprender algo nuevo —. Se encogió de hombros, intentando recuperar su compostura y fingiendo algo de desinterés, aunque lo cierto es que luego de la manera en la que abordó al lugareño, lo más probable es que su interés en entrenar había quedado bastante claro.
 
—Podría guiarte, es verdad que en el dojo donde enseña el maestro Kaelith podrían ayudarte a fortalecerte, pero no es fácil, tenlo en cuenta, es un hombre estricto —. El chico habló casi con orgullo, como si quisiera que se notara que entrenaba en el sitio, mientras que al médico no pudo darle más igual, simplemente deseaba llegar a donde estaba el tal ¿Kamael? Jmmm…No, creía que no era así, sería mejor que solo lo llamara maestro para evitar confusiones o regaños, a fin de cuentas, no sería la primera vez que entrenara con alguien estricto, después de todo, solo recordar los entrenamientos y las clases de Bluefire hacían que el médico sintiera un escalofrío recorrer su columna, pero si había sobrevivido hace años, seguro que ahora también podría hacerlo, por supuesto, lo pensó la noche anterior, siempre había sabido como resolver, ahora no sería la excepción; sin embargo, por algún motivo había recurrido a morder su labio inferior, como si estuviera pensando si valía la pena ir o no al sitio. Se quedó callado.
 
—¿Uh? ¿No dices nada? Bueno, supongo que un chico tan lindo no está acostumbrado a ser tratado con dureza ¿O me equivoco? —. El chico sonrió, casi coqueto, algo que en otro momento le hubiera subido el ego al médico, pero considerando las palabras que acompañaban aquel gesto, el pirata no pudo hacer más que apretar su puño y morderse la lengua para evitar golpear al hombre frente a él, a fin de cuentas, no quería perder la compostura en un sitio en donde las reglas no le quedaban claras y mucho menos deseaba alejar a la persona que parecía poder ayudarlo a llegar a esa zona de entrenamiento de la que había escuchado.
 
—¿Eso crees? —Ahora fue el médico quien sonrió de medio lado, dejando escapar apenas una pizca de la malicia real que lo caracterizaba, una muy oculta bajo las hermosas facciones que componían su rostro. —La verdad es que puedo ser más rudo de lo que parezco, no sería la primera vez que entreno con alguien estricto, así que…vamos…Preséntame a ese maestro tuyo, seguro que seré un buen alumno o, quien sabe, tal vez el mejor.
 
El muchacho lo dudó por un segundo, seguía viendo a una persona demasiado delicada como para enfrentar el entrenamiento, pero, al final, terminó cediendo, pues concluyó que sería mejor que fuera el propio pelirrosa quien probara aquel difícil entrenamiento antes de descartarlo del todo. —Bien, seguro que has entrenado duro, pero te aseguro que esos entrenamientos no han sido haki —. Ahora que el otro hombre quien se encogió de hombros. —Sígueme.
 
—¿Haki? —Parpadeó un par de veces… ¿Eso era a lo que se refería el buccaneer? No podía recordar la palabra, pero se le hacía vagamente familiar. —¡Ah! Espera…no hay que caminar, Mar Celo puede llevarnos —. Sí, habría querido preguntar más sobre el haki, pero al ver que el skypeano se adelantaba, su mente, siempre tan distraída, pasó a un tema distinto: el transporte. —¡Los dos cabemos!
 

 
8:25 a.m.
Dojo del maestro Kaelith

Al final, el aprendiz de Kaelith, quien se había presentado a sí mismo como Majid, aceptó viajar sobre Cara Melo, un alivio para la mascota, pues por primera vez desde la noche anterior, en la que el médico lo llevó al barco para buscar provisiones, viajaba junto a alguien que no confundía la izquierda con la derecha. El animal se sentía tranquilo, no tuvo que dar el doble de vueltas, como habría sucedido si Hyak lo guiaba y en menos tiempo de lo que pensó, tanto el skypeano, como el humano y el animal estuvieron frente a un dojo que, para la visión del médico, lucía bastante elegante. Esperaba algo más sobrio.
 
Al bajar de Cara Melo, el médico se encargó de dejarle en un cuenco algo de agua y comida, luego lo ató a un poste para que no escapara y cuando terminó todo, Majid lo guio hasta el interior de aquel sitio en donde se supone se encargarían de entrenarlo… ¿En verdad se fortalecería luego de unos días en ese lugar? Esperaba que sí.
 
Tomó aire antes de entrar a los “dominios” del maestro Kaelith, incluso cerró los ojos por un instante para mentalizarse sobre cualquier tipo de trato que pudiera recibir… ¿Estaría dispuesto a aceptarlo? No era tan manso como otros podían creer solo por su apariencia y su paciencia no era tan infinita como fingía la mayoría del tiempo, así que esperaba que su estancia con el maestro fluyera de la mejor manera posible.
 
Cuando abrió sus ojos, las orbes doradas brillaron al notar que, la elegancia de aquel sitio no se limitaba al exterior, el interior era tan pulcro que incluso, aunque había algunos alumnos a esa hora de la mañana, que parecían estar descansando luego de un extenuante entrenamiento, no le restaban para nada la presencia casi ancestral que le trasmitía aquel lugar.
 
—¿Impresionado? ¡Je! Creo que sí, espera a conocer al maestro Kaelith —. El chico, cuyos ropajes constaban de una camiseta negra y un pantalón bastante ancho, que parecía muy cómodo para entrenar y que el médico envidió en ese momento, caminó con un porte más recto cuando pasó por la puerta. Ya no lucía como un buscapleitos o un seductor, si no que daba la apariencia de un serio artista marcial, además, las pequeñas alas blancas de su espalda, por un instante, lucieron mejor de lo que se veían en el interior. —Sígueme, te lo presentaré, pero no prometo que te acepte como alumno.
 
En silencio, pero con su mirada pasando de un lugar a otro, como si analizara cada rincón del sitio, el médico siguió a Majid hasta que se acercaron a un alto lunarian. Hyak miró hacia arriba, impresionado por el porte distinguido de aquel hombre, pues desde la cabeza a los pies había un aire de nobleza que el pelirrosa no fue capaz de ignorar.
 
—Maestro Kaelith —. El skypeano saludó con una leve reverencia, lo que hizo que el lunarian lo observara tras las gafas transparentes que ocultaban sus ojos.
 
—Llegas tarde, Majid —. El maestro no reparó aun en el pelirrosa, pues era su alumno actual quien le importaba ahora. Era quien había cometido la falta. —¿Puedo saber la razón?
 
—No me excusaré ante una realidad, maestro; sin embargo, mi retraso se ha debido a la presencia de un posible nuevo alumno. Un habitante del mar azul quien desea fortalecer su cuerpo —. Extendió su mano hacia un lado, como si presentara un producto, pero solo quería que su maestro notara la presencia del pelirrosa quien miraba, atento y en silencio, unos pasos más atrás.
 
El lunarian levantó una ceja, se cruzó de brazos y miró al humano, esperando que este fuera el que diera el primer paso al presentarse, algo que el médico notó casi al instante.
 
—Hyákinthos —. El médico se presentó con un tono de voz que evidenciaba cordialidad. —Ese es mi nombre, sin apellido porque no es algo que pueda recordar, es un placer conocerlo, maestro —. Al igual que el skypeano que lo había guiado hasta este dojo, el habitante del mar azul, como lo llamaban allá arriba, también se inclinó en una leve reverencia, una pequeña muestra de respeto, necesaria para él, pues por lo que le contó el chico, Majid, el lunarian era alguien que parecía valorar el respeto de los otros, un tipo de persona que no era fanático de la insubordinación, entonces… ¿Por qué no sacar a relucir sus mejores dotes de buen comportamiento? La educación era algo que se le daba bien.
 
Mientras tanto, el lunarian lo miró de arriba abajo, sin inmutarse demasiado en la presentación, de hecho, parecía como si estuviera estudiándolo, analizándolo, algo que hizo que el pelirrosa tragara saliva, pues solía ser él quien sobre analizara a las personas para encontrar sus puntos débiles, emocionalmente hablando, no al revés.
 
—Y tus intenciones, como la de todos, es simplemente hacerte más fuerte…simple, fácil de recordar, bastante práctico —. El médico parpadeó, ladeó su cabeza y miró con curiosidad al hombre… ¿Cómo sabía eso? Aún no se lo decía con sus palabras, pero en resumen y de manera muy simplificada, así era.
 
—He descuidado mis entrenamientos y mi fuerza, aunque siempre he sabido defenderme bien, sé que en este lado del oceá…del mundo, las cosas pueden ponerse difíciles en cualquier momento y no quisiera tener que depender de otro para que…
 
El lunarian levantó su mano, en una señal para que el pelirrosa pudiera dejar de hablar, no es que necesitara más explicaciones.
 
—No tienes que explicarlo, lo vi en la prueba de fuerza. Lo tuyo fue un desempeño mediocre, por no decir otra palabra —. Tuvo que morderse la lengua para evitar soltar algún improperio, aunque, de todos modos, el elegante lunarian frente a él sonrió como si supiera exactamente como se estaba sintiendo. —Pero no te preocupes, si lo que deseas es fortalecerte, has venido al lugar indicado. Majid hizo bien en traerte hasta este sitio, pues en este dojo puedo conseguir que tu cuerpo y tu mente consigan la disciplina necesaria para mejorar en lo que desees, pero… ¿Realmente lo resistirías?
 
—Puedo probar que lo haría y considerando el poco tiempo que los habitantes del mar pasaremos en esta isla, incluso me atrevería a ponerme un límite de tiempo para aprender lo que desee enseñarme —. El médico miró hacia arriba y por primera vez desde que entró a aquel dojo, sus ojos dorados brillaron con algo que no era asombro ni temeridad, si no un desafío claro, algo que incluso Majid notó, pues el chico, desde su sitio intentó hacer una seña para el médico, advirtiéndole que no se comportara de esa manera…por supuesto, Hyak lo ignoró, mientras que el maestro Kaelith sonrió de medio lado, sin apartar su mirada orgullosa del médico.
 
—¿Y cuántos días crees que serán suficiente para que te fortalezcas al menos un 10%? —Sí, solo 10%, el lunarian tenía la experiencia suficiente para saber que con un corto periodo de tiempo no es como que alguien pudiera aprender todo lo que pudiera en verdad enseñarle…lo cual era una lástima, porque creía que de él siempre podían aprender mucho.
 
—Tres días —. La sonrisa del médico se ensanchó, con orgullo. —Deme tres días de entrenamiento y podré aprender lo suficiente para seguir practicando por mi cuenta cuando me vaya…Haré lo necesario para fortalecer mi cuerpo y…
 
La duda y el suspenso en esa última frase hicieron que tanto Majid como Kaelith alzaran una ceja y observaran con detenimiento al pelirrosa, esperando a que pudiera completar su petición.
 
—…y…Creo que estuvo en los juegos, lo asumo por la manera en la que se expresó de mi desempeño, entonces, puedo asumir que vio los combates finales —. El pirata tomó aire, recordando, por fragmentos, las dos peleas de exhibición que se dieron durante los juegos del emperador Zaratsuki. —Uno de ellos, el combate del buccaneer contra el marine, me mostró que hay gente capaz de sostener elementos que no deberían poner tocarse, es como si se hicieran tangibles y yo…quiero aprender eso, si eso amerita poder fortalecer aun más mi cuerpo, es algo que haré con gusto —. Y no mentía, pues aun en su pereza y delicadeza, el bello doctor encontraba cierta paz en las artes marciales, al menos era algo que lo ayudaba a concentrarse, pues cada movimiento quedaba grabado más en su cuerpo que en su mente.
 
—¿Ah sí? ¿Quieres tres días para aprender las bases del haki de armamento? —Nuevamente, por las palabras conocidas y a la vez tan desconocidas, el pelirrosa ladeó su cabeza. —Ni siquiera sabes con exactitud de lo que hablo. Mejor sígueme y —. Se giró para mirar al grupo que descansaba. —… ¡Ustedes! Vuelvan al entrenamiento, no quiero ver a nadie holgazaneando para cuando regrese —. Una vez dicho eso, el hombre se movió con elegancia por la estancia hasta llegar a una puerta trasera que los llevó a una especie de jardín al aire libre que hizo que el médico observara con detenimiento cada planta que había en los alrededores, buscando alguna que se le hiciera familiar. Majid venía con ellos, pero a diferencia del médico, solo miró el lugar con la indiferencia de alguien que está acostumbrado a su entorno.
 
—Lo que quieres aprender se llama haki de armamento, una habilidad que te permite fortalecer tu cuerpo lo suficiente como para sentir que llevas una armadura invisible —. El maestro se había colocado frente a un pequeño “riachuelo” que en verdad parecía estar compuesto por nubes, a las que les dio un golpe que en lugar de atravesar hacia el otor lado, se quedó ahí, sobre la superficie, como si en verdad hubiera golpeado una pared.
 
El médico abrió los ojos, sorprendido… ¡Eso era! Justo eso era lo que recordaba que el otro hombre pudo hacer con la luz, no de la misma manera, claro, pero algo similar ocurría o, al menos, así lo interpretaba su cerebro.
 
—Debes concentrar tu energía en un solo punto de tu cuerpo —. Lo miró desde arriba, tal altivo como al inicio. —Eso te permitirá fortalecer la zona lo suficiente como para que esa parte de tu cuerpo pueda ser considerada un “arma”, además…es esto lo que te permitiría poder “tocar” a los usuarios de akumas tipo logia, es decir, usuarios cuyos cuerpos ahora sean uno con el elemento de su fruta —. Aclaró al ver el rostro de confusión en el pelirrosa, quien, a pesar de haber visto a usuarios de frutas, poco o nada sabía sobre las propiedades reales de las frutas del diablo.
 
—Energía… ¿Y cómo se supone que lo logre? —La pregunta era por completo sincera, incluso se miró las manos que, por primera vez en mucho tiempo, no llevaban guantes para entrenar. Intentó visualizar algún tipo de energía en él, pero no veía ni sentía nada distinto a lo habitual, sus manos eran…sus manos…ni más ni menos; sin embargo, ante su duda, el maestro cerró sus ojos y dio media vuelta.
 
—Puedes empezar por meditar, pareces demasiado lleno de dudas para empezar. Aclara tus pensamientos, céntrate en tu presente…Dijiste que lo lograrías en tres días, así que espero que para el final de hoy al menos hayas descubierto como concentrarte, porque eso no es algo que pueda hacer por ti —. Aunque el médico no estaba recibiendo una mirada directa de Kaelith, podía sentir el peso de sus palabras. —Majid será tu compañero de entrenamiento por hoy, a fin de cuentas, está en un periodo de su vida bastante…parecido al tuyo, por decirlo de alguna manera. Ayúdense entre ambos, yo tengo una clase que continuar.
 
La presencia del lunarian empezó a desvanecerse poco a poco a medida que sus pasos avanzaban hacia el interior del dojo, dejando al muchacho skypeano y al médico pelirrosa en medio del jardín, frente a aquel “riachuelo” de nubes, cuyos bordes estaban rodeado de arenas blancas…Ahora que el médico lo veía bien, era como estar casi en el borde de esa “playa” celestial en la que el Royal Flush estaba anclado.
 
—¿Y bien? ¿Qué se supone que hagamos ahora? —El pirata miró al chico que lo había guiado hasta ahí, quien ahora lucía pálido, su rostro estaba algo desencajado y sus ojos azulados como el mismo cielo que cubría sus cabezas, miraban con desconcierto al médico.
 
—¿Tres días? ¿Enloqueciste? ¡Y ahora también tendré que pasar por este entrenamiento! —El hombre se llevó sus manos a la cabeza, revolviendo un poco su cabello y agachándose en el proceso, como si quisiera que las nubes se lo tragaran. —No me malentiendas, creo que serás el compañero de entrenamiento más agradable que pueda tener ¡Y vaya que agradable para la mirada también! —Comentó sin una pizca de vergüenza. —Pero no quiero un entrenamiento que me vaya a tomar todo el día y… ¡No le digas al maestro Kaelith que dije eso! No soporta a los holgazanes.
 
—De todos modos, meditar no suena tan difícil… ¿O sí? —El médico no lo sabía aún, pero horas más tarde, se arrepentiría de esas palabras.
 
Solo un minuto después de que el maestro se retiró, tanto el skypeano como el médico se sentaron en medio de aquel jardín, en donde, al inicio, la brisa fresca y los armoniosos sonidos de la mañana daban un ambiente perfecto para la meditación.
 
El pirata cerró sus ojos y empezó a imaginar aquella energía que aún no podía sentir y aunque no estaba teniendo éxito, al menos si que lograba concentrarse en sus manos o en su propia respiración, pero a medida que los minutos pasaban lo que antes mantenía centrado al doctor, ahora lo distraía.
 
No pasó más de media hora cuando el canto de las aves empezó a hacerlo preguntarse que tipo de fauna lo rodeaba, abrió sus ojos una y otra vez, solo para intentar localizar de donde venían los cantos, no solo eso, si no que, al abrir lo ojos, podía quedarse mirando las flores que estaban a su alrededor, analizaba, sin tocar, sus pétalos, su coloración, incluso la forma de sus hojas, o si no, se quedaba observando las nubes que en su cercanía poseían formas aun más curiosas que desde las islas en las que acostumbraba a estar.
 
Además, pronto el clima agradable de la mañana pasó a convertirse en un infierno…El sol debía ser más caliente porque estaban más cerca de él. No tenía pruebas, pero tampoco dudas, era simplemente terrible tener que concentrarse bajo el sol, más aún cuando la hora empezó a acercarse, peligrosamente, al medio día.
 
No. Meditar no le serviría.
 
Se levantó de golpe, chasqueó la lengua y fue por un poco de agua.
 
Su compañero lo siguió, pues, aunque este si había logrado concentrarse un poco más, ya necesitaba un descanso y de paso, hidratarse después de una larga sesión de meditación en la que poco a poco empezaba a sentir la energía fluyendo por sus manos.
 
—Al final no fue tan malo.
 
—¡Es un infierno! ¿Cómo se supone que vaya a fortalecerme de este modo? No puedo ni pensar con claridad y…
 
—¿Dudas de mis enseñanzas, habitante del mar azul? —Ni siquiera pudo terminar de hablar cuando el maestro Kaelith apareció tras de él…Podía parecer casi increíble que, a pesar de su tamaño, el médico no pudo notar su presencia hasta que este habló y, aunque en un inicio le heló la sangre, el pirata fue capaz de girarse para encararlo.
 
—No, pero necesito fortalecer mi cuerpo y si sigo sentado meditando no es algo que vaya a lograr ni ahora ni nunca —. El maestro nuevamente le lanzó una mirada altiva, como si se preguntara si en verdad valía la pena darle su conocimiento a un hombre tan estrecho de mente o, al menos, así lo percibió él en ese momento.
 
—Te dije que meditaras, pero no tienes que hacerlo sentado…seguro que puedes concentrar tu mente también ejercitándote o incluso en una batalla ¿No? Eso te mantendría anclado a tu presente y a tu propio cuerpo —. Silencio. Lo que procedió a las palabras del maestro Kaelith fue un absoluto silencio… ¿Por qué no lo pensó antes? —Además ¿Cómo piensas fortalecerte si ni siquiera eres capaz de concentrarte en una sola tarea? Ven… ¿Por qué no intentas darme al menos un golpe? Concéntrate para eso, solo para eso y de paso, que sea con toda la fuerza que tenga y más…concentra tu energía en ese solo golpe.
 
El lunarian no dijo más, solo se limitó a caminar hacia el centro del dojo, en donde algunos alumnos se apartaron para darle espacio. Majid volvió a palidecer y un par de alumnos más miraron con lástima al pelirrosa, quien solo chasqueó la lengua y pasó al centro. No sería la primera ni última vez que tuviera que entrenar con alguien más fuerte.
 
—Bien —. Hizo lo que el maestro le dijo, bueno, lo que él entendió. Tomó aire y miró hacia el frente, estudiando la postura marcial del hombre, al que pensó en atacar por sus piernas, pues considerando su altura, seguro que caía más rápido…Se equivocó, por supuesto.
 
El primero golpe que lanzó, una patada de barrido, fue esquivada con rapidez…no, ni siquiera era rapidez, era como si hubiera predicho a donde iba a golpear. Tomó aire de nuevo, se centró en otro punto de su cuerpo, en el abdomen del otro hombre y de nuevo, falló.
 
¿Cuánto tiempo estuvo así?
 
El suficiente para empezar a respirar agitado y que sus piernas y brazos temblaran. No solo no podía conectar ningún golpe, si no que, sentía que cada vez sus propios ataques resultaban más débiles que el anterior. Podía atribuirlo al cansancio, pero sabía que había algo más: No se estaba concentrando, estaba desesperado y no estaba concentrándose en su cuerpo, ni siquiera en sus alrededores como era debido y eso último lo notaría a la fuerza.
 
Un golpe.
 
Un puñetazo en medio de su estómago.
 
Lo hizo abrir la boca e intentar respirar, inultamente. El aire de sus pulmones abandonó su cuerpo de inmediato y un dolor seco empezó a extenderse por todo su abdomen. Mañana se levantaría con un horrible moretón.
 
—Así no aprenderás nada en tres días. No le prestas atención a tu cuerpo ni a tus alrededores…Si quieres seguir entrenando aquí, ve con Majid y practica el “meditar” un poco más, tal vez de aquí a que se ponga el sol hayas aprendido a vivir el presente —. El maestro dio media vuelta y le hizo una seña con las manos a ambos chicos para que salieran de regreso al jardín, debían seguir con su entrenamiento por su cuenta.
 
La tarde pasó sin pena ni gloria.
 
Tanto Majid como Hyak intentaron meditar, no solo de la manera tradicional, si no que estuvieron practicando golpes, puñetazos, patadas, incluso se dedicaron a ejercitarse individualmente, pero, al menos para el médico, las cosas no estaban fluyendo. No sabía si el chico era más rápido o qué, pero parecía conectar mejor los golpes, a diferencia de él, que apenas y lo tocaba y cuando lo hacía, el golpe era demasiado débil como para hacer algo, por no decir que no hacía nada, además, todavía no conseguía percibir aquella energía invisible de la que hablaba Kaelith y tampoco sentía que su cuerpo fuera una armadura… ¿Tendría que imaginarlo para que funcionara? Sí, quizá imaginar su cuerpo portando una armadura ligera pudiera ser de ayuda, pero…
 
—¡Tiempo! Es muy tarde, creo que será mejor que sigamos mañana —. Sí, era cierto, el color del cielo pasó del celeste al naranja. La tarde se cernía sobre ellos a un ritmo acelerado, además, ahora mismo no podía sentir sus piernas y su cuerpo estaba adolorido por los golpes que le dio el otro chico, pero lo que más dolía era su abdomen, justo donde Kaelith lo golpeó…Ni siquiera quería quitarse la camiseta, pues sabía lo que vería. Chasqueó la lengua. —Y ahora… ¿Quieres venir a comer algo? Conozco un buen sitio en la ciudad, aunque debes alimentar antes a tu mascota, creo que no ha comido nada desde el medio día que fuiste a verlo.
 
El médico asintió, aceptando la invitación y estando de acuerdo en lo de la alimentación del ciervo de Wao. Ambos salieron del dojo después de eso.
 
Antes de irse se encargó de darle agua a Cara Melo, además de más manzanas que traía en su bolsa, aunque el animal estaba tranquilo, casi dormitando en las afueras del lugar, debajo de unos árboles que seguro le dieron sombra la mayor parte del día, de todos modos, no rechazó la comida cuando la vio, así como tampoco rechazó llevar al médico y a su nuevo “amigo” hasta el sitio que este último propusiera para cenar.
 
Día uno de entrenamiento: terminado.
 

 
Día 5 de primavera

Cuando se disponía a hacer algo lo haría a cualquier costo.
 
Su cuerpo le dolía, aun cuando había tomado analgésicos, colocado ungüentos y vendado; sin embargo, eso no lo detuvo de no dormir. Sabía que estaba haciendo mal, que pasar la noche en vela era pésima idea para luego venir a entrenar, pero era peor quedarse dormido y llegar tarde al dojo, al que llegó gracias a las habilidades de rastreo de Cara Melo, quien lo acompañó de nuevo.
 
Por eso, ahora, a las 6:15 de la mañana, estaba en el jardín, listo para empezar a entrenar de nuevo. Ni siquiera Majid había llegado, aunque el maestro Kaelith si que estaba ya en el sitio. No le dijo nada al médico, tampoco es que fuera necesario, pues percibió más determinación que el día anterior, era un mejor comienzo.
 
Esta vez el pirata, aunque empezó su día con una meditación corta, no se quedó quieto por tanto tiempo, prefirió moverse, correr, practicar golpes con sus manos, sus codos, sus rodillas, sus piernas, en general, casi con todo su cuerpo, todo esto descargado sobre un muñeco de práctica que estaba hecho de madera.
 
Cada vez que golpeaba podía sentir la potencia en su propio cuerpo y aunque aun no comprendía de donde saldría esa energía de la que le hablaron el día anterior, empezó a imaginarse con sus guantes, aunque no los tuviera puestos, necesitaba recrear algo que lo hiciera sentir protegido y más fuerte, aunque tuviera las manos desnudas…Al parecer le estaba funcionando, pues por ahora, había logrado concentrarse en su presente y en su cuerpo.
 
Majid llegó un par de horas después, se unió al entrenamiento sin rechistar y esta vez, aunque el médico volvió a recibir varios golpes, esta vez no fue tan inútil como antes, los golpes que conectaba iban con intención, no eran “caricias” como el día anterior, eran puñetazos y patadas bien pensados y ejecutados, eso sí, seguía existiendo el problema de la energía.
 
Cuando llegó el medio día, en su pausa para comer, hidratarse y alimentar a Cara Melo, el médico, cuando pudo descansar y pensar por un rato, se sentó bajo uno de los árboles del jardín, uno que estaba bastante cerca del riachuelo de nubes que Kaelith le mostró el día anterior.
 
—¿Cómo lo hace? —Se preguntó a sí mismo mientras inhalaba esencia de menta, aunque la pregunta también llegó hasta su compañero de entrenamiento.
 
—Jmmm…no es algo que pueda explicarte con palabras, yo lo he logrado antes, pero no logro mantenerlo por mucho tiempo, es como…eh… ¿Un calambre? ¡Ah! Un cosquilleo, sientes que tus manos son más ligeras, pero también más resistentes, como si llevaras puestos unos guantes de acero o al así —. El skypeano, en ese momento, cerró sus ojos y se concentró antes de golpear las “nubes”. El golpe llegó, atravesó un poco las nubes, pero luego no avanzó más, de nuevo, era como si estuviera golpeando una pared en lugar de un material suave. —Algo así… ¿Por qué no lo intentas?
 
El médico miró al chico, luego al riachuelo y suspiró. Su descanso se acababa, debía volver a entrenar y eso haría en ese instante.
 
Empezó con un golpe que fue con todo y que, por consiguiente, hizo que casi se hundiera en las nubes, pues atravesó la superficie con facilidad, como era de esperarse. Chasqueó la lengua, no podía dejar que unas nubes le ganaran, así que siguió intentándolo por lo que quedaba de la tarde.
 
—Así gastas energía —. Una voz a sus espaldas lo hizo trastabillar, aunque el médico pudo reconocerla casi al instante, era Kaelith. —Si das tantos golpes seguidos sin intentar concentrarte como es debido no lograrás nada y seguirás atravesando esas nubes. Piensa bien en lo que haces antes de seguir. Te queda solo un día.
 
Luego del consejo el hombre se retiró para seguir con sus clases a los demás alumnos, mientras que el médico se quedó frente al riachuelo, lo que le hizo recibir una palmadita en el hombro por parte de Majid, como si este intentara animarlo. —Al menos te estas esforzando.
 
Si, pero no era suficiente…Debía encontrar la manera de sentir aquella energía antes de que el día terminara.
 
Inhaló lo más que pudo, cerró sus ojos, se concentró en su puño, así como en el espacio de nubes que tenía frente a él. No golpeó enseguida, ni muy fuerte, prefirió sentir cada músculo de su cuerpo como si estuviera estudiando anatomía consigo mismo hasta que, después de un rato, decidió golpear las nubes de nuevo… ¿Pudo lograrlo? No, no de buenas a primeras, pero si que encontró cierta resistencia en las nubes cuando llegó a cierta profundidad, además de un cosquilleó en sus dedos que no había sentido hasta ahora… ¿Lo había logrado? No estaba seguro, pero luego de estar golpeando a las nubes casi toda la tarde, esa sensación era mejor que nada y lo había logrado justo antes de que se pusiera el sol. Era un avance.
 
El día dos terminaba y aunque de nuevo sus piernas y sus brazos temblaban, además de que tenía una serie de moretones nuevos, salió del dojo más tranquilo, incluso fue él quien esta vez decidió proponerle a su compañero ir a comer…aunque este último terminara guiándolo por la ciudad para que no se perdieran.



Día 6 de primavera

Durmió un par de horas antes de casi caerse de la cama. No quería levantarse, los músculos de sus piernas dolían como hace mucho no lo sentía y ni hablar de sus manos. Había tenido que recubrirse los nudillos con vendas para que los raspones en su piel no le molestaran. Solo pasaron un par de días de entrenamiento intenso, pero parecía que su cuerpo le estaba cobrando todo lo que no entrenó en estaciones anteriores, aun así, volvió al dojo…Era el día tres, debía lograr su cometido.
 
Los rayos más tempranos del sol bañaban la pequeña formación de nubes frente a la que estaba el médico. Eran apenas las 6:30 de la mañana; sin embargo, ya estaba bien despierto. Esta vez no empezó meditando, al menos no de la misma forma que en días anteriores, si no que se sentó frente al riachuelo para intentar concentrar su energía de la misma forma en la que creyó haberlo hecho el día anterior. Empezaba a sentir un cosquilleo en la mano.
 
A pesar de todo, aun cuando su compañero de entrenamiento llegó, dos horas después, los golpes, aunque más centrados, no lograban simular lo que Kaelith le había enseñado el primer día… ¿Qué le faltaba?
 
—Lo estas pensando mucho ¿no? Creo que deberías dejar que fluya y ya está… ¿Por qué no me acompañas a entrenar? Tal vez un par de golpes aclaren tu mente —. Fue la simple propuesta de Majid al ver el rostro cada vez más estresado del médico, quien al final solo terminó suspirando y asintiendo…Sí, tal vez eso necesitaba.
 
Las horas pasaron.
 
El entrenamiento con Majid, el cual de vez en cuando era supervisado por Kaelith, parecía estar ayudando a que él médico se concentrara. Al menos era más consciente de sus golpes y de la fuerza de sus puños, aunque estos sangraran por el esfuerzo; sin embargo, el cosquilleo de energía en sus manos era tan esporádico que podía confundirlo, fácilmente, con el dolor provocado por su intenso entrenamiento.
 
—¡Suficiente! —La voz de Kaelith resonó en el sitio, haciendo que los otros dos hombres se detuvieran. —Tercer día…Le llevas el ritmo a Majid, pero veamos si has aprendido algo en verdad, justo como tú mismo lo prometiste.
 
El pelirrosa no necesitó una mayor explicación, era claro, por la pose de batalla que adoptó el lunarian, que lo estaba incitando a pelear contra él… ¿Se sentía más confiado? Sí, tal vez algo podía hacer esta vez.
 
Por eso, cuando el maestro le dio la señal para empezar a atacar, el médico no dudó ni un segundo en arremeter con varios puñetazos seguidos…Todos fallaron, así como las patadas también lo hacían… ¿Cómo lograba esquivarlo siempre?
 
Suspiró, creía que tal vez no estaba tan listo como creía, que necesitaría más de tres días. Cerró sus ojos por un segundo, pero entonces escuchó un ruido en el suelo que lo hizo abrir los ojos y volver a concentrarse en sus alrededores y en su oponente justo a tiempo para darse cuenta del puñetazo que venía directo hacia su estómago.
 
Actuó más por instinto que por nada, en ese momento concentró toda su atención en sus brazos, en los cuales sintió un calambre, de manera mucho más consciente, justo antes de colocarlos frente a sí mismo, en posición defensiva para evitar que aquel golpe fuera de nuevo a su estómago…pues no lo diría en voz alta, pero aún le dolía el golpe del primer día.
 
No fue mágico, de hecho, el usar sus brazos como defensa no disminuyó el dolor del golpe, pero lo hizo notar algo: energía.
 
Era extraño, por un momento sintió una energía distinta recorrer sus dedos, las palmas de sus manos, sus muñecas y toda la extensión del brazo hasta su codo. No fue algo parpadeante como el día anterior, esta vez la sensación duró mucho más.
 
—Parece que al menos ahora puedes concentrarte mejor —. Fue lo último que le dijo el maestro antes de alejarse de él para seguir entrenando al resto de los estudiantes.
 
El médico parpadeó un par de veces para luego levantarse del suelo, porque sí, el impacto lo había hecho trastabillar y caer sentado sobre los maderos del interior del dojo, aunque lo que sentía en sus brazos fue tan sorprendente que poco le importó la humillación pública que recibía de nuevo.
 
No tardó en salir del dojo para ir al jardín y colocarse de cuclillas justo frente al riachuelo y, aun con la sensación extraña en sus brazos, se atrevió a dar un golpe suave a las nubecitas y… ¡Ahí estaba! —Es… ¿Sólido? ¿Las nubes son sólidas? —Su mano no atravesó la materia que normalmente atravesaría, su puño se quedó ahí, sobre estas, como si estuviera sobre una mesa dura… ¿Cómo? —¿Esto es lo que hizo el buccaneer? Se siente tan…extraño…
 
Dio un golpe más y de nuevo obtuvo la misma sensación: su piel se sentía distinta, como si llevara una armadura metálica pero ligera encima; sin embargo, luego de saborear aquel poder un par de veces, a la tercera ocasión su puño dejó de percibir aquella energía y terminó traspasando la nube, lo que provocó que tuviera que estabilizarse rápido antes de perder el equilibrio y caer en el riachuelo de nubes.
 
—Lo hiciste…tres días…
 
El médico sonrió de medio lado, se puso de pie y apartó unos cuantos mechones de cabello de su rostro, con la gracia de alguien que parece a punto de posar para una revista, aunque tuviera sus puños sangrantes y moretones en sus brazos. —Por supuesto que lo hice, te lo dije…soy más rudo de lo que aparento —. Presumió de su logro con la seguridad de alguien que ni siquiera parecía haberse estado lamentando solo tres noches atrás.
 
—Ahora… ¿Seguimos entrenando? Al sol le quedan un par de horas más para esconderse y yo quiero aprovechar su luz para aprender más sobre esta habilidad.



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RE: Skin made of iron [Fic - Busoshoku] [Presente Relativo] - Sentomaru - 25-08-2026

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TEMA: CERRADO

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