Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece
[Presente Relativo] | La Sombra Del Ancla | [Aventura T1] [Vixen & Fumi] - Versión para impresión

+- Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece (https://nakamanomi.com)
+-- Foro: Mundo (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=3)
+--- Foro: South Blue (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=7)
+---- Foro: Isla Kutsukku (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=320)
+---- Tema: [Presente Relativo] | La Sombra Del Ancla | [Aventura T1] [Vixen & Fumi] (/showthread.php?tid=4404)

Páginas: 1 2


[Presente Relativo] | La Sombra Del Ancla | [Aventura T1] [Vixen & Fumi] - Onizuka Jin - 23-09-2026

75 de verano, año 18
21:46pm
Taberna La Sombra Del Ancla


La calma se respiraba en la isla, así era aparentemente. Era una noche de calma, algo fresca, pero después de un largo día caluroso incluso se podía agradecer. Las calles que rodeaban el puerto parecía que habían comenzado a reducir el bullicio lentamente al ir oscureciendo el cielo. Lo único que podía acompañarlos en la isla en ese momento era, por ahora, el sonido de algún que otro borracho, el sonido de las maderas crujiendo en viejos edificios con construcciones algo más descuidados y, sin embargo, había un lugar donde la noche estaba muy lejos de terminar.

Esa era, la taberna que, pese a no verse ni grande ni llamativa, tenía una construcción de dos plantas, con un viejo letrero en la misma entrada que colgaba con el nombre del mismo, “La Sombra del Ancla”. Las letras estaban pintadas en la madera que colgaba en la parte superior de la entrada. Varias ventanas se veían iluminadas en el interior y, la pintura exterior se veía desgastada por los años, además de algunas tablas que claramente habían sido sustituidas por otras de distinta tonalidad, dando la impresión de que el establecimiento había logrado sobrevivir en más de una sola mala época. El interior, en cambio, se veía lleno de vida.

Al entrar, lo primero que podía darles la bienvenida era el olor a comida caliente, alcohol barato y tabaco, llenado el ambiente como algo característico y único del propio local. Varias mesas estaban ocupadas de clientes, algunos comerciantes, otros habitantes de la zona, algún que otro pirata que pudiera estar de paso quienes aprovechaban las últimas horas del día para beber algo antes de regresar a sus hogares.

Detrás de la barra, mientras tanto, se encontraba un camarero cabello negro azabache, denso y ondulado, recogido en un moño bajo e informal, dejando caer varios mechones rebeldes sobre la frente y los lados de la cara, con el cabello ligeramente largo que, actualmente, estaba sujeto con un pequeño moño tras su cabeza, viéndose elegante pero cansado. Sus ojos estaban cargados de ojeras aunque mantenía una sonrisa agradable y amable para todo cliente que se le presentara. Ahora el camarero estiraba una jarra de cerveza sobre la barra a uno de sus tantos clientes.

—Aquí tienes.

Hizo una pequeña pausa, contemplando su alrededor, viendo el ambiente calmado, solo para volver la mirada hacia su cliente, con un tono algo más severo, aunque manteniendo su misma amabilidad. Claramente no era el primer encuentro con ese cliente. —Y esta vez procura no romper otro vaso. — Desde el otro lado, el mismo cliente dejó escapar una carcajada antes de hablar.

—¡Fue un accidente! ¡Lo juro!

—Claro, claro. Todos los vasos que rompéis son accidentes.

El camarero negó con la cabeza, aunque una pequeña sonrisa apareció durante un instante en su rostro. Parecía una de tantas noches, algo normal y cotidiano para no solo el camarero, sino también dueño de la taberna que, pese a todo, se veía calmado y satisfecho... Si no fuera por algo concreto. El varón de vez en cuando paseaba la mirada en la entrada principal. Algo que podía ser sutil, pasar desapercibido para muchos, algo incluso que podría considerarse normal si esperaba clientes, pero si las personas se fijaban más en su expresión, podía ver una mirada preocupada. Cada vez que la puerta se abría su mirada iba directamente hacia ella y, al descubrir que no era quien esperaba, dejaba salir un suspiro de alivio y volvía una vez más a su labor, volviendo a mantener su sonrisa resplandeciente y amabilidad características del propio empleado.

Pero ahora sí, allí estaban. El sonido de la pequeña campanita que daba la bienvenida en la puerta desde la entrada principal sonó, haciendo que nuevamente el camarero volviera instantáneamente la mirada a la entrada. —¡Bienveni-...! — hizo una pequeña pausa, su sonrisa, pese a que se mantenía, ahora se veía más temerosa y ansiosa. —...dos... — terminó la frase, ahora en un tono mucho más bajo a la inicial.


Quienes entraban eran un grupo de hombres. Algunos de ellos se veían altos y corpulentos. Los caracterizaba un abrigo oscuro a un par de ellos, otros eran más jóvenes y con aspecto menos refinado. Dos de ellos llevaban garrotes colgando de la cintura, otro un cuchillo bajo su chaqueta, algunos iban con katanas y otros solo tenían unos guantes como si fueran a pelear en cualquier momento.
Contenido Oculto


El último en entrar cerró la puerta detrás de ellos. Las conversaciones en el interior de la taberna no se detuvieron de forma inmediata, pero sí fue disminuyendo lenta y progresivamente. Algunos miraban a los recién llegados, otros, borrachos, estaban ajenos a la situación que parecía presentárseles en ese momento. El grupo de hombres ni siquiera devolvió el saludo, no hubo respuesta por parte de ninguno de ellos. Uno se limitó a estudiar y analizar todas las mesas en la que varios clientes ya se encontraban cómodos. No hubo conversación directa de ninguno de ellos hasta que, finalmente, sus ojos se clavaron en el camarero que había tras la barra. Sonrió, ahora de oreja a oreja, con una malicia clara hasta que finalmente habló.

—Ah, mira, allí estás. — El camarero, al escucharlo, se quedó completamente inmóvil, por un momento, incluso pareció que se olvidó de respirar y su sonrisa, amable y agradable hasta entonces, de repente parecía desvanecerse por completo. Tragó saliva. La mano, que entonces estaba limpiando una copa, paró cualquier tipo de movimiento. Lentamente, descendió sus brazos, dejando la copa que había limpiado en una superficie para evitar que se cayera.

—Buenas noches — dijo finalmente. Su voz sonaba más seria, incluso algo temblorosa mientras observaba al grupo de hombres entrar. El recién llegado caminó hacia la barra, al igual que el resto de sus compañeros, que lo siguieron tras su espalda, para dejar escapar una carcajada que, claramente, no tenía nada de diversión.

—¡Maaahahahaha! ¡Buenas noches dice este! ¿Lo habéis oído? — el resto del grupo rió a carcajadas también, acompañándolo en una burla silenciosa. El camarero, sin embargo, no respondió, ni siquiera apartó las manos de debajo de la barra, ocultando el temblor de las mismas. Fue entonces cuando quien inició la burla golpeó la barra con ambas manos, inclinándose ligeramente para observar frente a frente al camarero. —Han pasado ya seis meses. — Su tono ahora sonaba a amenaza. El camarero, por su lado, descendió la mirada. Una gota de sudor frío recorría un lado de su frente, llegando a tragar saliva.

—L-lo sé... — murmuró en voz baja, sin tener el valor de observarlo directamente.

—¡Seis meses!

—He dicho que lo sé. — Su voz no sonaba agresiva, por el contrario, se mantenía baja, ahora incluso temblándole.

—Bien, bien. Entonces sabrás perfectamente por qué estamos aquí. — Las voces alrededor ahora comenzaron a apagarse, siendo que lo único que los acompañaba en todo el local era la suave música de los Den-Den Mushis que buscaba un aire ambiental y la conversación que se estaba dando en ese mismo instante. El hombre que había estado hablando esperó una respuesta que claramente no llegó. Eso no lo frenó. —¿Dónde está? — El nerviosismo del hombre se vio ahora más implícito.

—N-no lo tengo...

—No he preguntado si lo tienes o no, ¿o es que estás jodidamente sordo? ¿Eh? — Se inclinó ligeramente hacia el camarero, con un aire cargado de más amenaza. —Te he preguntado dónde mierda está. — Una vez más no hubo silencio, por el contrario, el silencio parecía extenderse por la taberna. El camarero apretó los dedos alrededor del paño que llevaba en la mano desde el otro lado de la barra.

—He tenido problemas. — Una vez más, una carcajada escapó de los labios del grupo de hombres, dejando que resonara por toda la taberna, incluso golpeando un par de veces más la barra del bar con una de sus manos.

—Mira, todos tenemos problemas.

—La temporada ha sido mala. Apenas he podido mantener el negocio abierto. Tengo una familia que alimentar...

—Eso no es asunto mío.

—Necesito un poco más de tiempo...

Esta vez ninguno de los hombres respondió inmediatamente. Que no hablaran resultó más incómodo que cualquier otra amenaza. El hombre se incorporó, elevando el rostro, con una expresión de disgusto. —Ya te dimos tiempo. — Descendió la otra mano para así apoyarse en la barra. —Mucho tiempo. — El camarero lo miró, al fin, teniendo el valor que hasta entonces le había faltado.

—Puedo pagar...

—¿Cuándo? — No hubo respuesta —Eso pensaba. — El hombre dio de nuevo un pequeño golpe sobre la barra. No fue especialmente fuerte pero sí suficiente para que algunas botellas y copas que se encontraban sobre ellas tintinearan y temblaran —Escucha bien, viejo. No hemos venido a discutir contigo. Nos debes dinero. Una cantidad que llevamos demasiado tiempo esperando. Hoy venimos a cobrar y no vamos a irnos hoy con las manos vacías. — El camarero respiró profundamente, buscando el valor que hasta entonces parecía haber desaparecido.

—No voy a entregaros lo poco que me queda. — Aquella frase cambió el ambiente. El hombre que había estado conversando dejó de sonreír.

—Entonces tendremos que buscar otra manera.

Uno de sus acompañantes dio un paso hacia la barra, el camarero retrocedió. —No aquí.

—¿Por qué no?

—Porque esto es mi negocio.

—Entonces quizá deberías haber pensado en eso antes de pedir dinero prestado. — El camarero apretó los dientes y las manos con más fuerza... Hasta que alguien, desde una mesa cercana, habló interrumpiendo el momento, haciendo que todos se voltearan en su dirección.

—¡Eh! — Todas las miradas se desviaron hacia allí. Era uno de los clientes que llevaba ya varias copas encima. Levantó la mano, ahora claramente molesto. Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas por el alcohol que ya llevaba encima. —Si vais a pegarle, hacedlo fuera. — Uno de los cobradores lo miró con disgusto —Tú no te metas.

—Estoy intentando beber tranquilo.

—Pues sigue bebiendo.

—Lo estaba haciendo hasta que habéis empezado a gritar. — El camarero cerró los ojos durante un segundo, tratando de calmarse un poco, buscar una forma de poner orden. Abrió la boca, murmurando un “Por favor...” que no llegó a ninguna parte porque, por desgracia, ya era demasiado tarde. El cobrador más joven dio un paso hacia el cliente.

—¿Tienes algún problema? — La silla del hombre chirrió contra el suelo cuando este se levantó.

—Bueno, depende. — Varias personas comenzaron a apartarse de sus mesas, incómodas. La tensión que hasta entonces se había concentrado únicamente entre el camarero y los recién llegados empezó a extenderse por toda la taberna. El dueño del local salió de la barra, tratando de interponerse entre ellos y el cliente. Levantó ambas manos. 

—¡Basta! — Su voz salió mucho más fuerte de lo esperado. —No voy a permitir que montéis una pelea aquí dentro. — El hombre cobrador que había conversado en todo momento lo observó.

—Entonces paga.

—No puedo.

—Entonces aparta.

El camarero permaneció frente a él, no parecía estar dispuesto a moverse. Durante unos segundos ninguno de los dos pareció ceder, hasta que el cobrador levantó lentamente la mano, con un rostro molesto... Pero no llegó a golpearlo. No fue necesario ya que uno de sus acompañantes tomó una botella de la barra, ahora vacía, y la dejó caer contra el suelo.

¡CRASH!

El ruido hizo que varios clientes se sobresaltaran. El hombre aprovechó para hablar, tomando otra nueva botella que claramente no era de las más baratas del local. —Última oportunidad. — El camarero miró los cristales esparcidos por el suelo y, a continuación, levantó la vista, temblando.

—No tengo el dinero.

El hombre sonrió. —Entonces empezaremos por el negocio. — Una silla salió despedida, la madera golpeó una mesa, varias botellas cayeron al suelo, alguien gritó y, en cuestión de segundos, la taberna dejó de ser un lugar tranquilo. Los cobradores comenzaron a avanzar entre las mesas, apartando a los clientes que se interponían en su camino. Uno de ellos volcó una mesa para abrirse paso; otro agarró a un hombre por el cuello de la camisa y lo apartó de un empujón. El camarero retrocedió detrás de la barra.

—¡Parad! ¡Parad de una vez! ¡Por favor!

Nadie parecía dispuesto a escucharlo. El primer golpe llegó apenas unos segundos después. Un puño impactó contra una mandíbula y, la respuesta fue inmediata. La mesa más cercana se volcó, una botella salió disparada, otro grito más de otra clienta. Entonces todos los presentes comprendieron lo mismo: aquello ya no era una discusión, sino el inicio de una pelea. El cobrador inicial que había conversado en todo momento permaneció cerca de la barra, aparentemente más interesado en controlar la situación que en participar directamente, sus ojos recorrieron el establecimiento hasta detenerse en los presentes.—Si alguien quiere hacerse el héroe... — dijo con tranquilidad —Que lo piense bien. — Señaló los cristales bajo sus pies —Porque nosotros no nos vamos a marchar hasta cobrar.

Detrás de él, uno de sus hombres levantó una silla. La taberna entera parecía haberse quedado suspendida durante un instante. El camarero permanecía detrás de la barra, pálido, mirando cómo su establecimiento comenzaba a quedar destrozado y, para empeorar, el grupo de hombres armados ocupando el local creaban todo el caos, los clientes intentaban escapar y la pelea estaba a punto de extenderse por todas las mesas... La decisión de qué hacer quedaba en manos de quienes se encontraban allí.

Cajita de Tabaco




RE: [Presente Relativo] | La Sombra Del Ancla | [Aventura T1] [Vixen & Fumi] - Vixen Ventress - 24-09-2026

75 de Verano, Año 18
21:25 Pm
A las cercanías de la Taberna La Sombra del Ancla


El hambre es una implacable fiera que devora el cuerpo desde dentro, y Vixen experimentaba aquel tormento con una intensidad que casi igualaba a su propia ferocidad. Las calles del puerto se desvanecían tras ella mientras sus pies dejaban huellas rítmicas en el empedrado, un contrapunto sordo al golpeteo de su corazón impaciente. La noche se había apoderado ya de la isla, envolviendo los callejones en un manto de sombras que bailaban al ritmo de las parpadeantes farolas, proyectando siluetas alargadas y retorcidas que parecían moverse con vida propia. A Vixen no le importaba la oscuridad; sus ojos carmesí penetraban la penumbra como faros de sangre, detectando cada matiz, cada movimiento en los rincones donde la luz no se atrevía a llegar, un detalle que pasaba desapercibido para los ojos comunes.


Un grupo de marineros borrachos, cuyas risas resonaban un instante antes, enmudeció al verla acercarse. Sus ojos se abrieron de par en par y sus cuerpos se pegaron a las paredes para dejarle paso. Vixen no necesitaba oír sus cuchicheos para saberlos de memoria: «la giganta», «la Humink». Sus orejas de conejo captaban cada murmullo, pero para ella eran solo el zumbido insignificante de insectos. Los rumores eran como mosquitos; molestos, pero inofensivos a menos que les dejaras picar. Y Vixen nunca dejaba que la picaran.

El aroma la guio. No el olor a sal del mar ni el rancio perfume de los locales cerrados, sino algo mucho más prometedor: una mezcla de carne asada, cebolla caramelizada y, maldición, definitivamente zanahorias. Su nariz comenzó a moverse con rapidez; un tic involuntario del que no lograba zafarse. Sus sentidos se agudizaron al instante, siguiendo aquella estela aromática como un tiburón cuando persigue a su presa.

—Ahí está —susurré al avistar el letrero desgastado: «La Sombra del Ancla». El delicioso aroma que escapaba del interior me hizo sonreír—. Kishishi... ¡Hora de comer!

La taberna no parecía gran cosa desde fuera, pero Vixen había aprendido que las mejores joyas a menudo se esconden bajo capas de hollín y harina. Empujó la puerta con un movimiento decidido, haciendo sonar la pequeña campanita que anunciaba su llegada, un sonido agudo que cortó el murmullo ambiente como una navaja. El interior era un caos ordenado. El olor a comida caliente, mezclado con el humo del tabaco y el perfume del alcohol barato, creaba una atmósfera que, lejos de repelerla, la invitaba a entrar. Sus ojos carmesí recorrieron el local, evaluando a cada cliente y cada potencial distracción. La mayoría parecían inofensivos: comerciantes cansados, con rostros marcados por el sol; habitantes locales con miradas perdidas en sus copas; y algún que otro pirata de paso.

Detrás de la barra, un hombre con cabello negro azabache trabajaba con agotada eficiencia. Vixen lo notó de inmediato: la forma en que sus hombros sostenían el peso del mundo con una sonrisa, cómo sus manos, aunque rápidas y seguras al servir, llevaban una ligera tensión. Un hombre cargado de preocupaciones, aunque se esforzaba por ocultarlas tras una máscara de amabilidad profesional.


Vixen ocupó una mesa en una esquina estratégica, desde donde podía vigilar todo el perímetro, una vieja costumbre de quien confiaba más en sus patadas que en la suerte. Una vez acomodada, hizo su pedido, decantándose por algo fuerte para beber y, por supuesto, cualquier plato que llevara zanahorias. Mientras el hombre se alejaba para preparar mi pedido, dejé que mis sentidos se extendieran por la taberna. El murmullo de las conversaciones, el sonido de las copas y el ir y venir de los clientes llenaban el ambiente. El camarero regresó con una jarra de aguardiente de grano. Vixen lo observó mientras servía, notando cómo sus manos, aunque firmes, temblaban ligeramente. Algo lo atormentaba, algo más allá del simple cansancio del trabajo. Su mirada se desviaba constantemente hacia la puerta, cada vez que la pequeña campana sonaba.

El estofado llegó en un cuenco de barro humeante, y el aroma que emanaba era casi sobrenatural. Trozos de cerdo tierno que se deshacían con la mirada, zanahorias brillantes que prometían dulzura, y una salsa espesa y oscura que gritaba "COMEMEEEEE". Su primer bocado fue una revelación. La carne se derretía en su boca y las zanahorias proporcionaban el contrapunto dulce perfecto. El camarero sonreía desde detrás de la barra, al ver que alguien apreciaba realmente su comida.

Y entonces, la campanita sonó de nuevo.

Esta vez, el sonido no fue alegre. Fue agudo, penetrante, como una alarma de incendio. El ambiente cambió al instante. Vixen sintió el cambio antes de verlo. El aire se volvió denso, y Vixen no necesitó girarse para saber que algo andaba mal. Vio el rostro de Aiden desmoronarse. La sonrisa se desvaneció como la espuma en la playa, reemplazada por una máscara de puro terror.

Escuchó las amenazas. Escuchó el temblor en la voz del dueño cuando intentaba ganar tiempo. Y, sobre todo, escuchó la absoluta falta de empatía en las palabras de esos imbéciles.

—Seis meses... No tengo el dinero... Entonces empezaremos por el negocio —retumbaban las frases en la mente de Vixen como un eco molesto.

Una vena comenzó a latir con fuerza en su sien morena. Su instinto protector alfa, esa chispa interna que mezclaba un profundo desprecio por los abusones con un trauma personal no resuelto del todo, se encendió como gasolina arrojada al fuego. Ella no era una heroína. Pero nadie que jodiese su comida o la tranquilidad de un tipo honesto que acababa de prepararle un estofado de diez sobre diez iba a salir con los cojones intactos de aquella taberna. No estaba de humor para aguantar gilipolleces.

Cuando el primer cobrador lanzó una botella al suelo y la violencia estalló formalmente, volcando mesas y arrancando gritos de pánico entre los clientes, Vixen soltó un suspiro pesado, casi aburrido, mientras se ponía de pie lentamente.

—Pinga, qué manera tan grosera de arruinarme la digestión —murmuré para mí misma, con una sonrisa torcida, salvaje y desquiciada iluminándome el rostro—. Habéis elegido un momento de mierda para empezar con esto.


Bolsillo Táctico



RE: [Presente Relativo] | La Sombra Del Ancla | [Aventura T1] [Vixen & Fumi] - Fumi Gan - 25-09-2026

75 de Verano, Año 18
21:48 Pm
Exterior de la Taberna La Sombra del Ancla

— Esto no pinta nada bien… — Dije desde lo alto de un tejado, en frente de aquella vieja y desgastada taberna. Hace un rato que me disponía a dar mi patrulla del día por terminada y descansar cuando, de repente, desde lo alto de los tejados pude ver a un grupo de hombres los cuales, por sus pintas, seguramente pertenecieran a alguna de las muchas bandas de la isla. Aunque eso no fue lo que me preocupó; por las risitas que iban soltando y por como se avanzaban, con un paso firme pero apurado, era más que evidente que querían gresca, y los cabrones ya tenían claro a donde iban a llevarla. Así que decidí seguirlos, solo para asegurarme de que la cosa se quedase en otra pelea de bandas del montón.Y ahora aquí me hallo, viendo como todos esos hombres entran uno detrás de otro en esa taberna…
[Imagen: AJKcfx8.png]

No puedo quedarme aquí pasmada, tengo que asegurarme de que esos maleantes no la fuesen a liar parda. Así que me dispuse a bajar del tejado: usando mis famosas habilidades motrices, salte sobre unas cajas, y de estas, baje al suelo con otro breve salto. Y así, antes de darme cuenta, ya me encontraba en el suelo… Un momento… ¿¡Acabo de bajar de lo alto de un tejado sin terminar comiéndome los adoquines del suelo!? ¿!Yo!? Me quedé atónita asimilando lo que acababa de pasar; tantos meses saltando entre tejados al fin daban su fruto. — JAJAJAHIIIJAJA ¡Chupaos esa, tejados! Centella uno, alturas ciento veintitrés. Comienza mi remont- ¡AUCH! — Mi celebración fue rápidamente interrumpida por una teja suelta impactando contra mi casco. ¡Estas dichosas tejas cualquier día matan a alguien!

El golpe me hizo volver a centrarme, por lo que me acerqué a la taberna, quedándome cerca del marco de la puerta escuchando la escena que se desarrollaba en su interior. Al parecer, el pobre tabernero tiene una deuda pendiente y estos bastardos, sabiendo que no va a poder pagar, piensan usarlo de excusa para destrozarlo todo. No necesitaba saber nada más, ya era hora de intervenir; puede que el tabernero se metiera en este lío al pedir dinero, pero si le prestas dinero a alguien que no tiene nada, lo haces para ayudarle, no para someterle. Esa escoria va a recibir su merecido. Me disponía a entrar en escena cuando de respeto lo oí — Necesito un poco más de tiempo... — El intento de súplica de aquel pobre hombre… En ese momento, mi cuerpo se congeló y mi expresión se volvió rápidamente la de alguien en pánico. Esas palabras, habían despertado en mí el recuerdo que pretendía esconder en lo más profundo de mi cabeza: la noche que lo perdí todo.

[Imagen: 69OJbEH.png]

Su voz se fue intercalando en mi mente con la de mi padre; no pude hacer más que escuchar sus desesperados intentos de negociación. Una tras otra, sus palabras no eran otra cosa que suplicas por clemencia adornadas, las de un pobre hombre que quería proteger lo poco que tenía. Y ahí estaba yo, como aquel día, congelada al otro lado de la puerta. Pero, antes de que me diese cuenta,  las voces de otros civiles se iban sumando al conflicto, sacándome del trance. Mierda esto se va a salir de control, centrate Fumi, solo entra por esa puerta y haz de heroína como siempre. Ya no eres ninguna cría, esta vez… Esta vez no lo arruinaras todo… ¿Verdad?

Y en cuestión de segundos comenzó el desastre: esos desgraciados estaban arrasando el local y amedrentando a los civiles. — ¡AAAGGGHHH! — Deje salir un fuerte grito mientras golpeé rápidamente mi cabeza contra el marco de la puerta. ¡Se acabó ya la tontería! Ahora mismo, quien se encuentra ante esta puerta no es Fumi ¡NO! Frente esta puerta se encuentra, ni más ni menos, que la mismísima emisaria de la justicia ¡Centella! ¡Y mientras lleve este casco, no pienso dejar que ni uno de esos desgraciados se salgan con la suya!.

En cuestión de apenas segundos ahí estaba yo, entrando dentro del desastre que se estaba montando en la pobre taberna. Nada más adentrarme unos pocos pasos, a una distancia en la que todo el mundo pudiese verme, alce mis brazos en señal de paz mientras inhalaba tanto aire como pudieran mis pulmones, preparándome para lo que estaba apunto de hacer. — ¡QUIETOS TODOS O REVIENTO LA TABERNA CON TODOS DENTRO! — Grite a todo pulmón, tratando de llamar la atención de todo el mundo en la sala para frenar momentáneamente el conflicto.

[Imagen: OZjd3Wh.png]

Mientras tanto, ajena a si mi delicado plan había surtido efecto o no, ubique a las personas importantes en todo esto: el pobre tabernero, que se encontraba en shock en medio de todo el conflicto, y el tolai con aires de grandeza que se creía el jefe de estos peleles, que se encontraba tan pancho en la barra de la taberna. Ok, una vez analizado el perímetro, toca dar uso al encanto Centella. Y procedí a alzar mi voz nuevamente, esta vez dirigida al cobrador en la barra. — ¡AHÁ! ¡Oye, tú! Tú eres el que corta el bacalao por aquí, ¿no?— Comencé a avanzar lentamente hacia el centro de la sala — ¿Qué te parece si vamos parando este circo, eh? Si tantas ganas tienes de cobrar, déjamelo a mí; yo me puedo encargar de que cobres de lo lindo —

Tras la capa



RE: [Presente Relativo] | La Sombra Del Ancla | [Aventura T1] [Vixen & Fumi] - Onizuka Jin - 26-09-2026

El silencio fue un acompañamiento en el momento que escucharon el sonido de la voz de la mujer de largo cabello oscuro y orejas de conejo. Apenas duró unos escasos segundos. Uno de los cobradores, que se encontraba más cerca de las mesas, giró lentamente la cabeza hacia Vixen en cuanto la vio ponerse en pie lentamente. Hasta entonces, la presencia de la Humink conejo había resultado en un segundo plano para los cobradores, el camarero y los clientes que todavía se hallaban aterrorizados, pero la forma que tuvo de levantarse dejó clara su intención, no había pasado desapercibida para quienes estaban más cerca de ella. Uno de ellos hizo una mueca al escucharla, elevando su diestra y señalando a la humink con el dedo pulgar de su mano derecha. —¿Y esta de dónde ha salido? — Otro, situado unos pasos más atrás, soltó una breve carcajada, divertido por la situación que parecía darse.

—¿Qué pasa? ¿Ahora también tenemos que aguantar a los héroes de turno? Ya dijimos antes que os lo pensarais dos veces. — El hombre que parecía estar llevando la voz cantante hasta entonces, todavía desde la barra, ni siquiera respondió de inmediato. En un momento dado se había apoyado en un lado de la barra con sus codos, sin embargo, se apartó, abriendo sus labios con intención de contestar... Si no fuera por la repentina e inesperada llegada de una nueva llegada. Su mirada pasó de Vixen a la recién llegada que acababa de irrumpir de forma tan llamativa.

Claro que, desde la perspectiva de Fumi, pudo ver a algunas personas, incluso fuera del local, alguien fumando, otros paseando... Aparentemente ajenos a lo que ocurría en el interior. Podía ver desde el umbral de la puerta a los individuos, la escena que se estaba propiciando en el interior, las amenazas y los cristales rotos.
Contenido Oculto


Ahora bien, tras su increíble entrada y la amenaza, Fumi había conseguido algo que ni siquiera los gritos anteriores habían logrado. Por unos segundos, todos se quedaron quietos, en silencio. Uno con una silla sobre su cabeza, otro con una botella al lado de la barra, incluso alguien, quizás un cliente que había estado un largo rato pasando en el baño todavía sostenía sus pantalones y estaba quieto, estupefacto ya no solo por su entrada, sino también la situación que ni él comprendía. Hubo alguien que no tomó aquella gloriosa entrada como algo positivo. Al contrario, palideció, el camarero, quien hasta entonces había intentado calmar el ambiente, ahora estaba impactado, asustado, viendo lel destrozo en la entrada principal de su local. —¡¿Qué?! ¡No, no, no! — exclamó, mirando primero a Fumi y después a los cobradores —¡Por favor, no rompáis nada más! ¡Necesito el local para comer! —  Sus ojos recorrieron rápidamente las mesas destrozadas, las botellas rotas y los muebles que ya habían sufrido bastante aquella noche. Estaba claro que cada vez estaba más y más pálido, el miedo ahora escalaba incluso más, juntando ambas manos a modo de súplica. —¡Esta es mi taberna! ¡Por todos los mares! — La desesperación en su voz dejaba claro que aquella amenaza, aunque quizá pretendiera intimidar a los cobradores, había tocado precisamente donde más le dolía a él.

Por el contrario, quien parecía llevar la voz cantante dejó escapar una risa seca. De hecho la torpeza de la recién llegada era incluso mejor, algo que los cobradores estaban viendo como algo mejor. Si aceptaban la amenaza, al menos a su modo de ver, solo era mayor ventaja.

—No sé de qué agujero habrás salido, pero si vienes buscando problemas, has elegido un lugar muy acertado ahora mismo.

Su sonrisa solo se ensanchaba, ampliándose de oreja a oreja. Entonces dio un paso hacia adelante con aire seguro y firme. —Y tampoco entiendo qué clase de idiotas se creen que pueden meterse en asuntos ajenos y salir tan campante. — Por supuesto, esta vez hablaba con ambas mujeres, con un tono menos tranquilo, igual de amenazante y despectivo que el empleado al camarero. Y ahora ya no solo era cuestión de dinero. —Como hemos dicho, nosotros no planeamos irnos hasta recibir lo que nos merecemos. — Elevó su mano, señalando esta vez al camarero, quien se estremeció. —Este hombre tiene una deuda y lleva seis meses sin pagarla. Nosotros venimos a cobrarla. No hay nada más. ¿O acaso planeáis pagar vosotras por él? ¿Hm?

Señaló con la barbilla al dueño de la taberna. —Si queréis encargaros de que cobremos de lo lindo... — Una sonrisa torcida apareció en su rostro, ahora cargada de ego —...podéis intentarlo. — Fue entonces que el camarero volvió a ponerse nervioso, volviendo a tomar un valor que había perdido, posicionándose justo frente al varón que se hallaba todavía cerca de la barra. Tragó saliva, pero alzó la voz por primera vez desde que todo el caos había iniciado.

—¡No! ¡Ellas no tienen nada que ver con esto! — Abrió ambos brazos, tratando de barrerle el paso como un silencioso escudo. Sus ojos, llenos de estrés, ahora parecían querer dejar caer alguna lágrima que contuvo. —¡No quiero que nadie más salga herido por mi culpa! Se lo suplico...— La frase provocó que varios de los cobradores intercambiaran miradas y uno de ellos resopló, solo para hablar como respuesta, girando ligeramente su rostro y con una mueca desagradable.

—Pues haber pagado. —  El camarero bajó la mirada. Por un momento pareció que iba a responder y, sin embargo, no fue capaz, conociendo bien su propia situación. Sus manos se mantuvieron en la misma posición y él ni siquiera se apartó, pero sí dejó caer la mirada lentamente. Sus hombros temblaban, producto de la mezcla de terror y debatirse con mantener la calma, sus pensamientos atormentándolo en silencio.

—Ya os he dicho que no puedo... — Aquella respuesta hizo que el cobrador que había hablado con él anteriormente se acercara un poco más, esta vez a él directamente, a duras penas manteniendo una distancia muy pequeña.

—Entonces tendremos que buscar otra forma de recuperar lo que nos debes. — La frase quedó suspendida en el aire, los ojos del cobrador contemplaban al camarero con desagrado, sin una pizca de comprensión ni intento de empatía alguna. Mientras tanto, a su alrededor, los clientes que todavía permanecían en la taberna comenzaron finalmente a apartarse lentamente. Algunos se escondieron detrás de las mesas, otros se dirigieron hacia las paredes y más de uno aprovechó el caos para buscar una salida. El ambiente había cambiado por completo. Ya no quedaba demasiado de aquella tranquila taberna de hacía unos minutos, solo la madera rota, cristales esparcidos por el suelo, mesas desplazadas y un grupo de hombres que no parecía tener intención de marcharse, además del desastre de la puerta principal que había ocasionado la mujer del casco.

El cobrador volvió a mirar a las dos mujeres por encima del hombro del camarero —Vamos, “heroínas”. — Abrió ligeramente los brazos.

—Enseñadnos qué sabéis hacer.

Uno de sus compañeros dio un paso hacia un lado, mientras otro ajustaba la mano alrededor del mango de su arma. Ninguno había atacado todavía, pero la distancia entre ambos grupos comenzaba a reducirse y, esta vez, nadie parecía dispuesto a echarse atrás.

Cajita de Tabaco




RE: [Presente Relativo] | La Sombra Del Ancla | [Aventura T1] [Vixen & Fumi] - Fumi Gan - 27-09-2026

Al parecer, mi gran idea había surtido efecto y todos pararon de destrozarlo todo, atónitos ante mi presencia. Bueno, al menos por el momento. A veces me sorprendo incluso a mi misma, con mi gran intelecto estratégico; aunque, fijándome bien, puede que me haya pasado un poco… Pensé mientras observaba como el pobre camarero entraba en pánico — ¡Oe! Señor camarero, mis disculpas por haberle asustado, pero era la única forma de que la gente se quedara quieta, JAJAJAHIIIJAJA. — Dije, llevándome la mano a la nuca, intentando calmar al pobre hombre.

[Imagen: FM423VK.png]

— Ahora, por favor, hágase a un lado. Luego le ayudaré a arreglar este destrozo, pero antes tengo que sacar la basura. Prometo no empeorar los daños — Mi voz, aún con un tono firme, expresaba sinceridad. 

Vale, sé lo que acabo de decir, pero eso es más fácil de decir que hacer… ¡Toca ponerse seria! Pensé, al mismo tiempo que comencé a reconocer todo el perímetro, aprovechando como aquel idiota comenzaba su monologo de tío chungo.

Ok tenemos a unos seis impresentables repartidos por el local. Luego está nuestro amiguito el parlanchín y sus otros dos amiguitos al fondo, en la barra; y no muy lejos de ellos, está el pobre señor camarero y… un momento… Dije, percatándome por primera vez en la figura de metro noventa, orejas de conejo y pomposa cola que se encontraba entre las mesas. ¡No puede ser! ¿¡Otra chica conejo!? ¿¡Pero qué coño les dan de comer para que sean tan altas!? ¡Céntrate, Fumi! No te distraigas ahora… Pero ya era tarde, mi mente estaba rememorando los sucesos de la última vez que me tope con alguien así, haciendo que mi cara se pusiera roja como un tomate.

Al parecer, el cobrador había finalmente terminado de hablar, así qué aproveché para acercarme a la zona central calmadamente mientras me aclaraba la voz, preparándome para realizar la pose más épica que mi mente pudo pensar antes de exclamar, con un tono un poco forzado, mi aún más espectacular respuesta — ¡Tal vez los idiotas seáis vosotros, desdichados malhechores! ¡Pues no habéis comprendido aún que os encontráis frente a la única e inigualable emisaria de la justicia! ¡CENTELLA! —  Todo esto con el objetivo de amedrentar a mis enemigos. Eso y bueno… Si algún civil se impresiona por estar ante la presencia de semejante heroína, tampoco estaría mal. Pensé con la cara aún roja, oculta medianamente por mi visor.

[Imagen: VKsqmuY.png]

Una vez habiendo decretado quien era, y tras el intento nuevamente fallido del camarero para evitar el conflicto, no quedaba de otra que comenzar con los mamporros. Mi intención era ir directamente a por el idiota en la barra, pero, en ese mismo instante, vi hacía la izquierda como uno de esos idiotas sostenía aún una silla sobre su cabeza.  — ¡Eh, tú, suelta eso! — Grité, mientras rápidamente me lancé sobre él, recibiéndolo con un puñetazo en el pecho al son de — ¡Justicia Amueblada! — . Mientras me giraba a ver si la chica conejo había visto mi increíble golpe, mi pie resbaló tras pisar una jarra de cerveza ya derrapada por el suelo, convenientemente haciendo que embistiera con mi casco a otro de los cobradores que se encontraba cerca.

[Imagen: FH2phWj.png]

—¡AHÁ! ¡Todo de acuerdo al plan! Venga, ¿quién es el siguiente?—

Tras la capa



RE: [Presente Relativo] | La Sombra Del Ancla | [Aventura T1] [Vixen & Fumi] - Vixen Ventress - 28-09-2026

Para cuando la tal '"Centella" terminó de anunciar al mundo entero que pensaba reventar la taberna con todos dentro, Vixen ya se estaba atragantando con el cuarto trago de aguardiente, pensando que juraría que la conocía de algún sitio y que, si no estuviese un poquito hasta arriba de alcohol, quizás podría recordarla bien.

—¡PUAJ!... ¡COF, COF! —el alcohol le bajó por el tubo equivocado y durante unos segundos la Humink se dobló sobre su mesa, golpeándose el pecho con el puño mientras sus orejas y su nariz se agitaban como dos aspas de molino. Cuando por fin recuperó el aire, alzó la vista hacia la entrada, donde la recién llegada seguía plantada con los brazos en alto. Kishishi... no, en serio, ¿qué clase de lógica era esa? Vixen se quedó mirándola un buen rato, con el ojo entrecerrado y la boca medio abierta, intentando decidir si aquello había sido una estrategia genial que su cerebro no alcanzaba a comprender o si, simplemente, a la mujer del casco le faltaban un par de tornillos. La casa de apuestas de su cabeza daba la segunda opción como clara favorita.

Y lo peor es que el pobre camarero se lo creyó. Vixen lo vio desplomarse detrás de la barra, las manos juntas en súplica, rogando que no rompieran nada más, que la taberna era suya, que por todos los mares... Pinga, pensó, este tipo tiene una suerte tan mierdera que si le regalaran un cofre de berries, un random se lo robaría por el camino. Primero los cobradores destrozándole el negocio, y ahora una "heroína" amenazando con volarlo todo por los aires. La puerta principal, además, ya estaba hecha un asco desde que aquella entró, y el hombre miraba la madera como quien mira un cadáver.

Luego vino la pose. Ay, la pose. Pffff

La otra mujer avanzó hacia el centro de la sala, se aclaró la garganta y desplegó con toda la solemnidad del mundo la pose más épica que su cuerpo le permitió, para después gritar a los cuatro vientos que se encontraban frente a "la única e inigualable emisaria de la justicia, ¡CENTELLA!".

—Kishishishiii... —el risotazo me salió por lo bajo—. ¡Pinga, no puedo, NO PUEDO! ¡La pose! ¡La pose con el casco y todo! ¡Kishishishi!

No la juzgaba solo por el espectáculo, que también, la juzgaba por conocimiento de causa: Vixen también tenía su forma de farmear aura, sus momentos de teatro, su propio número de "gran depredadora del barrio", así que reconocía el material cuando lo veía. Detrás de aquel visor se le notaba la cara colorada hasta a un ciego, nervios quizás… Pero ahí estaba el detalle que no se permitía ignorar por mucho teatro que hubiera en escena: la chica sabía como moverse. Cruzó media sala en un suspiro y, cuando uno de los cobradores levantó una silla, se lanzó encima de él y le clavó un puñetazo en el pecho con un grito de "¡Justicia Amueblada!" que sonó por toda la taberna. El golpe fue honesto, con el hombro y el peso detrás, de los que doblan a un hombre por la mitad. Vixen asintió para sus adentros. Bien ejecutado. Cutre el nombre, pero bien ejecutado.

Después, la cereza del pastel: la pisada sobre la jarra de cerveza derramada, el resbalón, y el casco de la heroína estampándose contra la cara del segundo cobrador como un proyectil divino. Cuando la tal Centella se giró proclamando que "todo había ido de acuerdo al plan", Vixen tuvo que agarrarse el borde de la mesa para no morir de pura risa.

—Kishishishi... ¡"todo de acuerdo al plan"! ¡Pinga, no puedo más, kishishi esta me cae bien! —murmuré, limpiándome una lágrima de la comisura con el nudillo—. Dos de una sola pasada, con estilo y sin querer. Eso es talento, nena.

Porque eso había hecho, gustara o no: dos cobradores menos. El de la silla, doblado y fuera de combate entre las mesas, y el del cascazo, viendo estrellitas en el suelo. Nueve eran al principio —Vixen había estado contando desde que cruzaron la puerta, vieja costumbre de quien prefiere saber cuántas patadas va a repartir antes de empezar—. Quedaban siete. Cuatro desperdigados entre la zona de mesas, cada uno por su lado entre sillas rotas y madera astillada... y tres junto a la barra, a un palmo del camarero, que seguía plantado en medio de la barra como un clavo torcido.

Y de esos tres, uno era ÉL. El de la voz cantante. El de "seis meses", y el de "vamos, heroínas, enséñadnos qué sabéis hacer". El que había mirado al camarero como se mira una factura vencida mientras un hombre bueno temblaba pidiendo un poco de tiempo para alimentar a su familia.

La risa se le fue secando a Vixen gota a gota, como agua en arena caliente. Algo se le movió en el pecho, ese algo viejo y rabioso que llevaba años viviendo debajo de las costillas, el que se encendía siempre que veía a los grandes pisándole la cabeza a los pequeños por el simple gusto de pisar. La vena de su sien volvió a latir. Sus dedos crujieron a la vez, todos, como una orquesta afinándose.


—Enseñadnos qué sabéis hacer, ¿eh? —repetí en voz baja, y la sonrisa que me salió entonces no tuvo nada de graciosa—.

—Perdóname, estofado —murmuré, dándole una palmadita cariñosa al cuenco de barro, todavía tibio—. Vuelvo enseguida. Primero, la basura fuera.


Media taberna la observaba sin querer mirarla; Vixen no les regaló ni un vistazo. Sus ojos carmesí ya tenían dueño: la barra. Se inclinó hacia delante, apoyó el peso en las puntas de los pies y sintió cómo sus piernas —esas piernas que en Baterilla aprendieron a saltar más alto que el miedo— se cargaban como dos resortes de acero comprimiéndose.

Miró el camino: cuatro metros y pico hasta la barra, una zona de mesas destrozadas de por medio, escombros y cristales. Para cualquiera, un obstáculo. Para ella, una alfombra roja. Arrancó a correr a toda velocidad y, al saltar, una sonrisa desquiciada se dibujó en su rostro. El impulso la levantó del suelo como si el tabernero le debiera dinero a ella también, las orejas pegadas al cráneo, el aire silbándole entre ellas. Su sombra cruzó por encima de los clientes arrinconados en las paredes, y entonces la gravedad recordó que tenía trabajo que hacer.

Vixen cayó en medio de los tres de la barra, como un meteoro con rabia.

El impacto partió las tablas del suelo en abanico, escupió astillas a todas direcciones y sacudió la barra entera hasta hacer tintinear las botellas de arriba abajo. La onda de choque levantó el polvo y el olor a alcohol derramado. Cuando el polvillo se apartó, la Humink ya estaba en medio de los tres cobradores, con las rodillas flexionadas, el puño derecho rozando el suelo y una sonrisa hecha de pura dentadura.


Al de la izquierda no le dio ni el tiempo de parpadear. Vixen giró sobre el talón, toda su cadera y su peso detrás del movimiento, y su pierna salió en un arco seco y sonoro que se estrelló contra el costado de la cabeza del hombre. El crujido fue el de una puerta vieja cediendo. El cobrador salió despedido en diagonal, se llevó por delante un taburete de la barra y terminó hecho un ovillo entre madera rota y charcos de licor, con los brazos colgando de un modo en que los brazos no deberían colgar. Fuera. No se levantaba de ahí ni con instrucciones.

—Uno —conté, girando ya la cabeza hacia el segundo.

El segundo estaba a un paso de la barra, más cerca del camarero. Vixen no caminó hacia él: dejó caer el peso hacia delante y llegó en una zancada que sonó a golpe de martillo, lo levantó del suelo con la facilidad con la que se levanta una caja vacía. Lo cargó un instante por encima de su cabeza, entero, colgando, y luego lo trajo abajo contra el borde de la barra con toda la fuerza de sus brazos.

La madera del mostrador se partió con un estampido. Las botellas que sobrevivían en aquella zona estallaron en una lluvia de vidrio y licor que bajó chorreando por el frente de la barra. El cuerpo del cobrador rebotó una vez, se dobló por la cintura, y Vixen remató la faena con la rodilla: un solo golpe seco en el estómago que lo dobló como una navaja cerrándose. Cuando lo soltó, se desplomó de costado y se quedó allí, con la boca abierta y el aire negándosele a volver. Fuera.

—Dos —me sacudí el licor de la manga y escupí a un lado—. Kishishi. Dicen que son rápidos. Mienten. Y entonces levanté la vista. El jefe seguía allí, a un par de metros del camarero, con la barra a su espalda. Y por primera vez en toda la noche, la sonrisa de oreja a oreja ya no le quedaba.

—Oye, tú —dije, y mi voz salió tranquila. Demasiado tranquila, del tipo de tranquilidad que hace más ruido que un grito—. ¿Te acuerdas de lo que dijiste? "No vamos a irnos hoy con las manos vacías." —Di un paso hacia él. Otro—. Pues mira qué casualidad. Yo tampoco. No esperé respuesta. No la merecía.

Vixen cerró la distancia de un tirón y lo agarró por el cuello, arrastrándolo lejos del camarero y hacia el centro de la zona de la barra, procurando que ni una gota de lo que venía a continuación salpicara al hombre que solo quería cuidar su negocio. Después lo estampó boca abajo contra el mostrador, lo agarró de su calva y arrastró su cara a lo largo de toda la madera, barriendo con lo que quedaba de botellas y vasos a su paso. El vidrio crujió bajo sus mejillas; el licor barato y el caro terminaron formando la misma sopa sobre él. Cuando Vixen lo levantó del mostrador tirando de su cabeza, su rostro era un mapa de cortes finos.


Los puños cayeron como mazas, con los dedos juntos a modo de yunque. Uno, dos, tres, a pleno pulmón contra el pecho, y cada impacto sonó distinto: los primeros apagados, los últimos con ese húmedo crujido de costilla rompiéndose. Vixen no paró. La sangre salió a chorro corto, salpicándole a ella el antebrazo.

—¡Por el estofado! —primer golpe—. ¡Por la taberna! —segundo golpe—. ¡Y por joder mi CENA, imbécil! —el último, de revés, con todo el torso detrás.

—Kishishi... —dije entre dientes, cargando la cadera con todo el peso del cuerpo—. "Enseñadnos qué sabéis hacer." Espero que hayáis tomado notas.

Lo solté en pleno giro, dejando que todo el impulso del lanzamiento hiciera el resto: el jefe salió volando de costado y se estrelló contra el pilar de madera que sostenía el techo, a un lado de la barra. La madera crujió de arriba abajo, y el cuerpo rebotó una sola vez antes de desplomarse entre las astillas, dejando en el pilar una mancha roja del tamaño de un plato. Quedó allí, en un ángulo bastante jodido la verdad. Fuera. Muy fuera.

Vixen se quedó de pie un momento, con el pecho subiendo y bajando, escuchando ese silencio raro que queda cuando se acaba la música. Luego caminó hasta el que había sido el jefe, levantó el pie y lo dejó caer con su peso completo sobre los cojones del hombre.

Cruj.


—Por si acaso —dije, encogiéndome de hombros.

Se giró entonces hacia el resto de la taberna, pasándose el pulgar por la mejilla para limpiarse una salpicadura ajena. La cosa no había acabado, ni de lejos. Cuatro seguían en pie entre la zona de mesas.

—¡Eh, casco! —llamé, señalando con la barbilla la zona de las mesas, sin dejar de sonreír—. Quedan cuatro de los tuyos dando vueltas por ahí. ¿Los compartimos o los quieres para ti solita?

Y bajando la voz, girando apenas la cabeza hacia la barra...

—Oye, camarero... —dije, con la sonrisa torciéndose en algo casi amable—. El estofado de antes... ¿se puede repetir? Creo que me lo he ganado.


Bolsillo Táctico



RE: [Presente Relativo] | La Sombra Del Ancla | [Aventura T1] [Vixen & Fumi] - Onizuka Jin - 29-09-2026

El camarero, todavía estupefacto, contemplaba a la mujer del casco quien, pese a su entrada y amenaza iniciales, tuvo una actitud más amable, ofreciéndose incluso a ayudarlo a arreglar el destrozo. Sin embargo, casi le dolía el corazón ver cómo su taberna parecía convertirse en pequeños pedazos... —G-gracias señorita... — Si no fuera que parecía estar preparada para combatir, y al inicio, incluso con su pose, se veía más que lista para derrotarlos a todos sin destruir ni destrozar nada... El primer impacto logró dejar noqueado al primer cobrador, sin ningún tipo de problema... Y el segundo sí que le hizo dudar de sus capacidades. “Torpeza”... De hecho, los cobradores, al momento en que Vixen estaba riendo, también estaban riéndose a carcajadas.

El camarero sintió que sus esperanzas lentamente se iban desvaneciendo, pero al menos viendo la seguridad de la muchacha, quiso acercarse, alejándose así de la barra para tomar las distancias, dejando ahora a solas al grupo de tres delincuentes. Por algún motivo, sintió que eso no iba a terminar bien en absoluto... Y menos mal que hizo más caso a su instinto y su bondad de querer ayudar a Fumi, porque fue cuando vio todo el caos. La conejita de cabello oscuro... Creó no solo un caos, sino... UN DESASTRE. —¡MI LOCAL! — Casi podía verse en su rostro el momento exacto en que su corazón se hacía pedazos, y más viendo que el caos no solo no frenaba, sino que escalaba más y más con la brutalidad y poca compasión de la mujer Humink. Quien más pagó los platos rotos fue el que hasta entonces había tenido la voz cantante, impactado primero al ver a sus dos compañeros caer inconscientes y, finalmente, en shock, parpadeó solo para ver cómo la mujer, esta vez, acudía hasta él. Planeaba atacarla, golpearla, pero no fue lo suficientemente rápido.

Lo único que fue capaz de percibir fue el dolor, trató de gritar, pero por cada vez que su voz quería salir, la mujer lo volvía a golpear una y otra vez. La peor parte fueron los cristales que, pese a que inicialmente los veía como unas pérdidas para el camarero al que venía a cobrar, ahora eran armas afiladas que le estaban deformando y destruyendo la cara sin compasión alguna. Y es más, el alcohol no ayudó en absoluto, por el contrario, solo consiguió que el escozor de sus heridas y su sangre fueran más notables.

—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHH!

El grito resultó desgarrador, haciendo que incluso los que habían estado en la zona de mesas donde estaba Fumi quedaran en shock. El terror esta vez llenó el rostro del hombre, quien se encontraba herido, lleno de cristales incrustados en su rostro.

—P-por favor... Para... Basta... No quiero morir... Prometo que no volveré a molestar...

Sus palabras pareció llevarlas el viento... O eso creyó, porque finalmente pareció soltarlo, pero su cuerpo cayó al suelo. Sus manos se elevaron, tratando de soportar el dolor y escozor de su rostro, hasta que...

¡CRUJ!

¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!

¿Se habría roto un testículo? ¿Los dos? ¿O tal vez lo que se había roto había sido su parte masculina partida por la mitad? El dolor fue insoportable, tanto que lo llevó directamente a la inconsciencia, sus ojos elevándose, las lágrimas cayendo por uno de sus ojos, ahora hinchado y amoratado. Incluso algún diente parecía haber caído de su mandíbula y su rostro ahora estaba total y completamente lleno de sangre.


El silencio que siguió tras la caída de éste último apenas duró unos instantes. El resto de los cuatro hombres que todavía estaban en la zona de mesas habían visto el panorama también habían quedado estupefactos. Ninguno de hecho supo bien qué hacer, por el contrario, comenzaron a temblar con terror. Uno miró a Fumi, el otro miraba hacia Vixen y el resto solo veían a uno de sus compañeros que habían caído, hasta que finalmente uno, que mantenía la boca abierta por la sorpresa finalmente pareció murmurar algo. —¿Q-Qu... qué... demonios...? — La seguridad que habían mostrado al entrar en la taberna había desaparecido por completo, esfumándose en conjunto a los brutales golpes recibidos, tanto por parte de Fumi con dos de sus compañeros como de los otros tres por parte de la Humink. Se escuchó a alguien tragar saliva, otro apretó los dientes, tomando el garrote que tenía entre sus manos y que había estado colgando de su cintura.

—¡No os quedéis mirando! ¡Todavía somos cuatro! — el valor de sus palabras no estaba en sincronía con el terror que revelaba su cuerpo.

—¡Ya lo hemos visto! — respondió otro de ellos, ahora con más seguridad ahora que uno de ellos parecía tomar valor.

—¡Pues entonces haced algo! ¡Podemos! No nos agarrarán desprevenidos esta vez. — Las voces comenzaron a solaparse mientras intentaban decidir cómo continuar. Sin embargo, antes de que ninguno llegara a dar un paso, un sonido que venía del exterior llamó su atención. La puerta principal, que seguía rota a causa de la entrada de Fumi, ahora revelaba una nueva figura. No vestía como el resto, por el contrario, parecía ser alguien más, un cliente, tal vez, quién sabe. Sin embargo, sus pasos resonaron por la madera del suelo. Los cuatro cobradores se quedaron quietos asustados en un inicio... Hasta que uno de ellos soltó un suspiro de alivio al reconocer aquella presencia. —Ya era hora... — El hombre que acababa de entrar no parecía especialmente sorprendido por lo que estaba viendo. De hecho, estuvo fuera durante todo aquel tiempo, cumpliendo con la tarea que le habían encomendado: vigilar los alrededores y asegurarse de que nadie escapara de la taberna mientras sus compañeros se encargaban del cobro, sin embargo, ahora eso había dejado de ser una simple amenaza hacía bastante tiempo. El ruido del interior había captado lo suficiente su atención para saber que ya era necesaria su presencia y abandonar la posición en la que se había encontrado desde un inicio. Sus ojos exploraron el local, viendo todo el panorama que se acababa de dibujar, a duras penas reconociendo casi nada pese a no ser su primera vez en ese local. Mesas destrozadas, botellas rotas, muebles desplazados, alguna que otra silla clavada en alguna pared del local y algunos de sus compañeros tendidos en el suelo, por no mencionar que uno de ellos... Ahora parecía más bien carne picada en vez de persona. Por último, sus ojos exploraron entonces a las dos mujeres que, aunque vio a una de ellas asomar por la puerta en un inicio, no la había visto capaz de llegar tan lejos, y menos que no estuviera sola. Hizo una mueca de disgusto, dejando caer el cigarrillo al suelo que hasta entonces había estado sosteniendo en el suelo. Éste ya estaba por terminarse.

—Vaya... — Dejó escapar el humo lentamente, terminando de pisar con la suela de su zapato el cigarrillo que acababa de dejar caer. —Parece que habéis tenido problemas. — Uno de los cuatro cobradores se giró hacia él, señalando a la que tenía más cerca, que en ese caso era la propia Fumi.

—¡Han acabado con cinco de nosotros!

—Lo he oído... Y lo estoy viendo.

—¡Entonces entra y ayúdanos! — El recién llegado observó durante unos segundos el estado de sus compañeros. Supo que era necesaria esa ayuda, y más ahora. —Aunque parece que habéis tardado bastante en necesitarme... El Jefe no estará contento cuando sepa de esto... — No, no hablaba de quien se encontraba en el suelo, de hecho ni siquiera lo miraba cuando mencionaba dicho “Jefe”. Eso no impidió que uno de los compañeros se pusiera a gritar, esta vez señalándolo directamente a él.

—¡¿Y qué querías que hiciéramos?!

—Sobrevivir, preferiblemente. — Los cuatro hombres guardaron silencio. El recién llegado avanzó finalmente hacia el interior de la taberna, dejando atrás la entrada principal y posó sus manos en los bolsillos, retirando del interior un par de guantes de cuero que se acomodó en ambas manos. Ahora, con su llegada, los cuatro cobradores recuperaron parte de la confianza perdida. Ya no eran únicamente ellos contra aquellas dos mujeres, ahora tenían un quinto hombre dispuesto a intervenir. El hombre que acababa de entrar se detuvo unos metros después de cruzar la puerta y volvió a observar la escena.

—Así que vosotras sois las responsables. — No había burla en su voz, tampoco parecía particularmente impresionado, simplemente estaba evaluando la situación y asegurándose de lo que estaba viendo. Algunos clientes habían estado viendo el panorama, ahora se escondían detrás de mesas volcadas que usaban como escudos, no queriendo ver aquel espectáculo de sangre. Uno de los cobradores señaló hacia la barra. —Ya veo... — Volvió la mirada hacia las mujeres una vez más, terminando de acomodarse sus guantes. —Entonces tendremos que terminar esto nosotros.

Mientras tanto, a una distancia de ellos, el camarero parecía estar llegando al límite de su paciencia, quizás con un silencioso ataque de pánico al ver que la mujer conejo había no solo destrozado lo poco que parecía estar en condiciones, sino que para colmo todo el licor se fue... en absolutas pérdidas. Sus lágrimas parecían escapar pese a que se mantenía sonriente. Su mirada pasó de los cinco hombres a los cuerpos de los otros cobradores y, finalmente, al estado de su propio establecimiento.

—No...

Se llevó ambas manos a la cabeza, ahora sí, saliendo finalmente del estado de shock en el que se encontraba. —No, no, no... — Miró una de las mesas destrozadas, volvió a mirar las botellas, la barra... su local completo. —¡¿Pero es que no habéis roto ya suficiente?! — Nadie respondió. —¡Esta es mi taberna! — Su voz resonó por todo el local. El hombre que acababa de entrar ni siquiera apartó la mirada de las dos mujeres.

—Pues parece que esta noche va a necesitar algo más que una reparación. — Los cuatro cobradores restantes comenzaron a reagruparse en la zona de mesas, caminando en dirección a las mujeres. Uno de ellos se colocó delante de otro, mientras se apartó ligeramente para buscar una posición desde la que poder atacar. El quinto hombre terminó de entrar en la taberna y se mantuvo junto al límite de la zona de mesas, preparado para intervenir. El ambiente volvió a tensarse, aunque sin amenazas directas, solo con el ambiente lleno de peligro. Ahora solo quedaba terminar lo que habían empezado.

El que estaba más cerca se abalanzó contra Fumi, lanzando un golpe directo con el bate, elevándolo por encima de su cabeza con intención de acertar directamente contra su casco. Otros dos fueron directamente hacia la Humink.

Cajita de Tabaco



RE: [Presente Relativo] | La Sombra Del Ancla | [Aventura T1] [Vixen & Fumi] - Fumi Gan - 30-09-2026

Tras reincorporarme de mi caída estratégica, alcé mi mirada en busca del siguiente maleante sobre el que desatar todo el peso de la justicia, solo para encontrarme el panorama actual:

La mujer conejo estaba destrozando salvajemente a los cobradores, de tal manera que, por momentos, me encontraba queriendo apartar la mirada en shock. No por la brutalidad con la que estaba dejando a esos hombres peor que un muñeco de trapo, que también pudo influir, pero más bien por cómo cada una de sus acciones estaban destrozando la taberna cada vez más y más.

Para empezar, la coneja se abalanzó sobre ellos con una potencia sobrehumana. Se aprecia el espíritu, pero… ¿¡HACÍA FALTA PARTIR EL PUÑETERO SUELO!? Y no solo eso, no, la coneja acabó con el primero de ellos, pero ¡EL TABURETE! Tenía que intervenir pero antes de que se cargara algo más, pero, antes de poder hacer nada, la coneja comenzó a destrozar la barra con la cabeza de uno de ellos y, por lo que sea, no me pareció el momento más oportuno para meterme.

Ahora, de los tres, solo quedaba el que iba de jefazo y, como no, la mujer decidió darle un nivel de destrozo equiparable. Nada más ver como todas las botellas de alcohol fueron totalmente OBLITERADAS ante mis ojos, no pude hacer nada más que llevarme las manos a la cabeza en shock y lentamente girar mi cabeza en busca del dueño del local, topándomelo totalmente catatónico con una lágrima brotando de sus ojos, siendo esta la única cosa que me hacía creer que seguía entre nosotros.

Finalmente la coneja terminó su acto dejando como guinda del pastel una tremenda mancha de sangre en una columna… ¡A VER AHORA QUIEN COÑO QUITA ESA MANCHA!

Aún en shock mientras contemplaba el destrozo, pude oír como se dirigía a mi, aún encima llamándome casco ¡Que soy Centella, leñe! C - E - N - T - E - L - L - A. No es tan difícil. ¿Quién se cree la tipa esta? El objetivo era acabar con ellos, si, pero justamente para evitar ¡QUE SE CARGASEN EL PUTO LOCAL!, ¡QUE LO HAS DEJADO TODO PEOR AÚN!. ¡SE VA A ENTERAR! 

Me giré dispuesta a echarle la bronca de mi vida, pero, en cuanto mis ojos vislumbraron la belleza de la musa frente a mi, aún muchas más emociones surgieron en mi cabeza, friendo totalmente mi cerebro.

[Imagen: DSKj1Um.png]

Mientras mi cabeza terminaba de recolocar los cables que tenía sueltos, un hombre extra entró en el local, retomando el control de los cuatro cobradores que aún quedaban en pie, a los cuales se les veía perdidos como pollos sin cabeza hace apenas segundos. Ahora, preparándose para abalanzarse sobre nosotras.

Mierda, si fuesen menos no me preocuparía, pero, siendo cinco, no sé si sería capaz de acabar con ellos antes de que alguno rompa algo más, pensé, ya comenzando a recuperar la compostura.

Viendo la tesitura, me giré a mirar a la mujer conejo, haciendo que mis mejillas se volvieran de nuevo rojas y, antes de arrepentirme le dije: — ¡AHÁ! Coneja, tu encárgate de esos dos, yo me encargo del resto — Dije con una sonrisa ladeada mientras me ponía en posición de combate, para rápidamente volver a enderezarme antes de decir con un tono de ligera preocupación: — Y, a ser posible no rompas nada, porfa — Ahora si, volviendo a mi pose de combate. Poniendo mi espalda contra la suya.

[Imagen: BY8c3ZP.png]

No fue hasta que uno de sus largos mechones de pelo negro acaricio sin querer mi cuello, causándome un ligero cosquilleo, que lo procese. Ahora mismo, ¡NUESTRAS ESPALDAS SE ESTÁN TOCANDO! En ese mismo instante, toda la sangre de mi cuerpo subió a mi cabeza tan rápido como mi concentración dejó mi ser.

[Imagen: gQfjwJA.png]

Mi mente se estaba perdiendo en todo tipo de pensamientos cuando… BONK
Fui fuertemente traída de vuelta a la realidad por un batazo en todo el casco, reaccionando inmediatamente con una patada en el pecho del maleante. — ¡QUITA BICHO! — ¿¡Quien se ha creído ese bastardo, intentando dejarme mal delante de esa hermosa mujer!? Se acabó. Toca lucirse, pensé sonriendo antes de abalanzarme hacía el próximo infeliz, colocándome delante suya para asestarle un gancho en toda la boca que lo mandó a volar, dejándome perfectamente en una pose sublime.

Y, finalmente, el toque maestro para demostrar la increíble heroína que soy. Me acerque a la entrada, hasta el hombre que había tomado la batuta de estos idiotas, y, cuando me encontraba casi frente a él, comenzó el espectáculo. Con un rápido giro sobre mi misma, me posicioné detrás suya cual peonza salvaje, terminando mi giro con un fuerte golpe con la mano abierta en el cuello del pobre hombre. — ¡COLLEJA ABSOLUTE! — Estampándolo directamente contra el suelo con tanta potencia que las tablas del suelo se partieron, mandando a volar pequeños trozos de madera por doquier.

— JAJAJAHIIIJAJA ¿Qué os ha parecido? Eso os pasa por… ¡MIERDA, EL SUELO! — 

[Imagen: Qi2zBCc.png]

Tras la capa



RE: [Presente Relativo] | La Sombra Del Ancla | [Aventura T1] [Vixen & Fumi] - Vixen Ventress - 01-10-2026

Hay cosas en la vida a las que Vixen no estaba acostumbrada: comida decente, tragos sin aguar y, definitivamente, no la espalda de una chica guapa pegada a la suya en mitad de un campo de batalla. Así que cuando la tal Centella se plantó contra su espalda, la Humink tardó un segundo entero en procesar el contacto. Un contacto curioso, cálido, extrañamente agradable.


Fue entonces cuando su propia melena, esa cabellera oscura y larga, se deslizó hacia delante con el movimiento y cayó en cascada por su hombro, rozando sin querer el cuello descubierto de la muchacha del casco. Sus orejas, esas antenas de conejo que no pedían permiso para nada, captaron nítido el bum-bum-bum desbocado del corazón de la casquita, y el rubor que le trepaba por las mejillas hasta asomarse por debajo del visor, rojo como un tomate recién cogido de la huerta.

Kishishi... pero mira tú —pensó, mordiéndose el labio para no sonreír más de la cuenta—. La justicia tiene taquicardia. Y no es por los cinco imbéciles, no. Que yo me sé cómo suena el miedo de verdad, y esto no es eso. Esto suena a otra cosa. Esto me suena a que la emisaria de la justicia se me está sonrojando contra la lumbar. Y lo peor de todo es que me entra la risa por pensarlo en mitad de una pelea. Pinga, Vixen, céntrate, que esto no es hora de ponerte a pensar marranadas... aunque tampoco es que me cueste nada, kishishi.

—¡AHÁ! Coneja, tú encárgate de esos dos, yo me encargo del resto —le dijo el casco por encima del hombro, con esa sonrisa ladeada que se le notaba hasta con el visor puesto—. Y, a ser posible, no rompas nada, porfa.

Vixen parpadeó. Sus orejas se giraron hacia la muchacha como dos radares escandalizados. ¿Pero esta de qué va? ¿Me pide a MÍ que no rompa nada? ¿Yo? Kishishi... nena, hace nada has amenazado con reventar la taberna con todo el mundo dentro, ¡y ahora me vienes con la moral de monja de convento! Pinga, la vida es injusta. Y lo que es peor: la vida es hipócrita.

—Tranquila, casquita —respondí, con una sonrisa de colmillo afilado mientras mis ojos carmesí ya medían a los dos que venían hacia mí—. Seré un ejemplo de sutileza y buenas costumbres. Tú concéntrate en no morderte la lengua. Y ojo con el riñón, que con lo que me llegas, si me pegas un pingaso me lo das en la zona lumbar y me dejas una semana sin poder entrenar, kishishi.


Delante de nosotras, la escoria. Cinco ya estaban repartiendo mobiliario por el suelo entre los dos turnos anteriores. Quedaban cinco: dos venían hacia ella, y los otros tres hacia la muchacha del casco. La Humink bajó el centro de gravedad, las fibras musculares de sus muslos se tensaron, y un hormigueo eléctrico recorrió desde sus talones hasta su nuca. Sus dedos crujieron a la vez, todos, como una orquesta afinándose antes del concierto. El aire olía a alcohol derramado, sangre y madera rota. El mejor perfume del mundo, justo después del estofado de zanahorias.

La Humink vio llegar al primero por la izquierda. Vixen no esperó a ver el garrote completo: leyó el movimiento en los hombros del hombre, en la forma en que plantó el pie, en ese instinto de presa que le decía exactamente dónde iba a estar su cabeza dentro de medio segundo. Su pierna derecha salió en un arco ascendente, limpio, quirúrgico, un latigazo de carne y hueso con toda la cadera y el peso del cuerpo detrás, que se estrelló de plano contra la mandíbula del desgraciado. El crujido fue seco, definitivo, el sonido de una puerta vieja cediendo de una vez por todas. El cuerpo salió medio giro por los aires, describió una parábola honesta y cayó sobre una mesa ya rota.

—Kishishi... bonitas noches —le deseé al cuerpo tendido, con una reverencia burlona de tres dedos en la sien.

El segundo ya estaba encima, demasiado cerca para un arco amplio, así que Vixen hizo lo que mejor sabía hacer: se dejó caer sobre las manos, apoyó las palmas en el suelo astillado y disparó ambas piernas hacia arriba en una tijera brutal que se cerró alrededor del cuello del hombre como una trampa de acero. Un tirón de cadera, un giro completo del cuerpo, y el muy imbécil salió volando por encima de ella para estrellarse contra la pared de la taberna con un estruendo de madera y hueso. Se deslizó hasta el suelo dejando un rastro, y allí se quedó, hecho un muñeco de trapo con los ojos mirando a nada.


—Y eso, colega —le informé al cuerpo inconsciente, sacudiéndome el polvo de la rodilla—, es lo que pasa cuando te pones a dar por culo a quien no deberías.

Fue entonces, con sus dos encargos convertidos en mobiliario, cuando Vixen pudo permitirse el lujo de mirar lo que estaba haciendo su compañera de armas improvisada. Y lo que vio fue, directamente, un espectáculo superior al de cualquier teatro de variedades del South Blue.

Primero fue el batazo en el casco —y Vixen apretó los dientes, porque oye, golpear a una tía buena por la espalda es de cobardes, aunque la tía en cuestión llevara casco—. Luego la patada en el pecho con su "¡QUITA BICHO!", honesta y sonora. Después el gancho que mandó al siguiente infeliz a volar como una gaviota borracha, dejando a la muchacha en una pose que, Vixen tenía que admitirlo, tenía su aquello. Y por último, la guinda: la peonza humana, el giro, la mano abierta contra el cuello del de los guantes, y la "¡COLLEJA ABSOLUTE!" que estampó al hombre contra el suelo con tanta fuerza que las tablas se abrieron como una boca hambrienta, escupiendo astillas a medio local.

—¡JAJAJAHIIIJAJA ¿Qué os ha parecido? Eso os pasa por… ¡MIERDA, EL SUELO! —gritó la heroína.

Vixen se quedó inmóvil un segundo. Sus orejas se alzaron. Su cerebro procesó la escena completa: la chica que le había pedido, con la mano en el corazón, que no rompiera nada porfa, acababa de agujerear el suelo de la taberna.

—Kishishishi... —me rei, altisimo, agarrándome el estómago—. ¡Kishishishishi!... ¡PINGA! ¡"No rompas nada, porfa"! ¡La puritita moralista se ha cargado el suelo, kishishishi! ¡Y encima le pone nombre al crimen! ¡"COLLEJA ABSOLUTE"!.

Las lágrimas le corrían por las mejillas morenas de puro reír mientras caminaba hacia la zona de destrozos, esquivando cristales con la punta del pie. Se plantó frente a Fumi, sacándole casi veinte centímetros, lo justo para tener que inclinar la barbilla hacia abajo para mirarla de frente, con esa sonrisa torcida que le iluminaba los ojos carmesí de pura diversión. Mientras tanto, una de sus manos, con la soltura de quien saca un pañuelo, se deslizó por una costura interior de su traje y extrajo una zanahoria cruda, que empezó a roer con un crujido satisfactorio, como si el caos a su alrededor no fuera más que el aperitivo perfecto.

Vixen se agachó junto a sus dos obras de arte recién terminadas, empezando por el de la mandíbula recompuesta, y metió las manos en sus chaquetas con la naturalidad de una profesional. Lo primero que encontró fue un monedero de cuero con un peso respetable —berries, bastantes más de los que un cobrador de barrio debería cargar un martes cualquiera—. Lo hizo suyo sin una pizca de remordimiento, calculando mentalmente que, entre lo que valía el estofado y lo que le habían jodido la digestión, aquello era más una compensación que un robo, aunque tenía claro que ese dinero no se iba a quedar mucho tiempo en sus manos; ya le daría un destino bastante más interesante que acabar en el fondo de una taberna. Lo siguiente fue un reloj de pulsera de latón, feo como un pecado pero vendible. También suyo. Un anillo con una piedra que probablemente era vidrio pero que, en el peor de los casos, haría un ruido bonito al caer rodando por una mesa de apuestas.

Del segundo, el estampado contra la pared, sacó un puñado de suelto y una petaca de metal medio llena de aguardiente que, vaya usted a saber por qué, olía mejor que el de la taberna. A la petaca le dedicó un brindis mental al camarero y desapareció en su bolsillo.

Pero fue al rebuscar en los abrigos de los tres de la barra —porque Vixen no era de dejar un trabajo a medias— cuando sus dedos tropezaron con algo redondo y frío en el bolsillo interior del que había sido el jefe de la operación, el que ella misma había convertido en decoración sangrienta contra el pilar. Un pequeño Den Den Mushi, dormido, con el caracol recogido en su concha. Vixen lo alzó a la altura de sus ojos, lo observó con el interés de un gato ante una bola de estambre y sonrió de oreja a oreja.

—¿Y tú qué secretos guardas, bichito? —murmuré, guardándomelo también en el bolsillo—. A ver si el jefe de tu jefe grita bonito por teléfono.

Se levantó, sacudiéndose las rodillas, y contó el botín con un chasquillo de lengua satisfecho. Luego volvió a mirar a Fumi, que seguía allí, con su casco, su visor y ese rubor que las orejas de Vixen podían oír en forma de latidos acelerados. La Humink sonrió de lado, ladeándose hacia ella con la calma de una pantera bien alimentada, apoyando un codo en lo alto de un taburete medio roto que a la muchacha le habría quedado a la altura de la cabeza.

—Buen trabajo, casco —dije, y por primera vez en toda la noche el apodo sonó casi a mote cariñoso—. Tres tuyos y dos míos en menos tiempo del que tarda el camarero en echar una cerveza. Y sumando la noche completa... cinco y cinco. Empate técnico, kishishi. Formamos un buen equipo, tú con tus collejas absolutas y yo con mi sutileza. —Hice una pausa, dejando que la sonrisa se me curvara en algo más pícaro—. Aunque tengo que decir una cosa, y me va a doler admitirla: la pose de la peonza. El giro. Eso... eso ha estado bien, nena. No se lo digas a nadie, pero por un segundo casi me has caído mal de lo guapo que lo haces.

Me acerqué un poco más, lo suficiente para que mi sombra la cubriera entera —porque a la altura que iba, la muchacha le quedaba a Vixen justo debajo de la barbilla— y bajé la voz a un murmullo de esquina de taberna.

—Dime una cosa, Centella... C-E-N-T-E-L-L-A, ¿verdad? Perdona que antes te llamara casco. Es que con las orejas que tengo, algunos nombres se me van por el agujero equivocado. —Le guiñé un ojo, lento, descarado—. Prometo aprenderlo bien. Si me invitas a la próxima.

Entonces Vixen alzó la vista hacia el camarero, señalándolo con el dedo índice y esbozando una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora, aunque con el desastre que acababan de armar, probablemente conseguía justo lo contrario. —¡Eh, jefe! —grité, con la voz cargada de una alegría absolutamente fuera de lugar—. ¡Buenas noticias! ¡Ya no debes nada! ¡Los tipos esos han tenido un... accidente de negociación! —Me di una palmada en el muslo, satisfecha—. Y ahora, la pregunta importante: ese estofado de zanahorias... ¿la casa invita, o tengo que seguir recaudando? Porque mira, por ti lo hago, pero el suelo ya está bastante ocupado.

Y girándose de nuevo hacia Fumi, con las manos en las caderas y la cola moviéndose con un contento que no se molestó en disimular, Vixen dejó caer la última, con un tono de burla pura y dura. —Y tú, casco, que te he visto romper el suelo con la misma cara de santa que usaste para pedirme compostura. Kishishi. Anda, recojamos este desmadre.


Bolsillo Táctico



RE: [Presente Relativo] | La Sombra Del Ancla | [Aventura T1] [Vixen & Fumi] - Onizuka Jin - 01-10-2026

La esperanza del hombre que había cargado el bate pareció iluminarse en su rostro en el momento que el impacto acertó de lleno en la cabeza de Fumi. No solo eso, también la confianza de realizar un segundo golpe... Si no fuera que fue total y completamente inútil. ¿No había podido hacerle nada? Retrocedió un par de pasos, pero no fueron suficientes para evitar el impacto del primer golpe que vino de lleno por parte de la muchacha, ajeno a la sensación que parecía tener con la mujer conejo. Y no solo eso, aparentemente el resto de sus acompañantes también cayó, uno de ellos casi salió volando, aterrizando con un impacto contra el suelo después de un golpe giratorio que lo tomó totalmente desprevenido.

¿La Humink? Más de lo mismo, el grupo de dos que se abalanzaba contra ella parecía más que preparado para dejarla al suelo y, sin embargo, su fuerza y velocidad fueron demasiado para los varones, quienes, al igual que el resto de sus compañeros, terminaron inconscientes, heridos e inertes en el suelo. Un trabajo en equipo entre las dos luchadoras que, pese al caos de su alrededor, nadie diría que acababan de conocerse (si es que así era), ya que su nivel de coordinación había resultado tan impactante como inesperado para los que se habían confiado. Ni un solo cobrador parecía estar en pie, y a saber si es que alguno de ellos sobrevivía a esa tremenda paliza de las dos mujeres.

Durante unos segundos y, después de que la Humink terminara de conversar con Centella, nadie, absolutamente nadie dijo nada. El silencio que quedó después de la última caída casi resultaba extraño. Quién iba a decir que apenas hacía unos instantes ese lugar había estado lleno de gritos, amenazas, golpes, y muebles volando por los aires. Ahora, sin embargo, solo quedaba el sonido de un cristal, una de las pocas botellas que seguían intactas, rodando por el suelo, muy lentamente, hasta chocar con la pata de uno de los muebles rotos, no llegando a romperse, pero sí con el sonido característico que emitía el cristal. 

Uno de los cobradores había quedado tendido, inconsciente, boca arriba, junto a la entrada; otro sobre los restos de una mesa y el resto desperdigados por el local, totalmente incapaces de siquiera mover un solo músculo, con un final totalmente distinto a como esos diez hombres hubieran imaginado jamás. Los pocos clientes que quedaban, que hasta entonces habían permanecido escondidos detrás de algunas mesas volcadas, finalmente tomaron el valor de ir asomando poco a poco sus cabezas y contemplar lo que parecía el final de aquella disputa. No parecían seguros de que eso hubiera terminado, más viendo la sangre que la Humink parecía que todavía tenía en su cuerpo. Eso sí, el camarero fue el primero en comprenderlo, contemplando a los hombres que habían entrado a exigirle el pago de la deuda. A continuación, observó su alrededor, primero la entrada, destrozada por la entrada de Fumi, luego las mesas hechas pedazos por los cobradores y las chicas, el suelo que las dos mujeres habían dejado destrozado y sin compasión, las botellas destruidas por la Humink, una columna que posiblemente necesitaría mucho más que un simple trapo para tomar su verdadero aspecto y, finalmente, su barra, una de las pocas cosas que parecía... “medianamente” decente, si no fuera por el gran rastro de sangre que había quedado por el hombre que hasta entonces había tenido la voz cantante. Su expresión, en cambio, quedó totalmente vacía por unos segundos, dejando escapar dos simples palabras con un hilo de voz.

—Mi taberna...

Aquellas palabras salieron de su boca con una resignación tan profunda que casi resultaba más dolorosa que cualquiera de los golpes que había recibido durante aquella noche. Fue entonces que escuchó la voz de Vixen anunciando que ya no debía nada. El hombre levantó lentamente la mirada hacia ella, tratando de sonreír. Lo intentó, no era mentira, realmente lo intentó... Pero apenas pudo asomar —Ojalá fuera tan sencillo... — respondió con el mismo hilo de voz. Se apoyó contra la barra, evitando tocar la sangre directamente, soltando un suspiro mientras observaba una vez más el desastre que había quedado a su alrededor como si quisera despertar de una pesadilla. —Pero no.... Esa deuda dudo que desaparezca de la noche a la mañana... — Por primera vez desde que todo aquello había comenzado, su voz dejó de sonar únicamente asustada, siendo sustituido por un tono cansado. MUY cansado.

—No era mentira cuando estos hombres decían que dinero, eso es cierto. Hace seis meses pedí un préstamo que no podía permitirme. — El camarero bajó la mirada hacia sus propias manos —Mi... mi madre enfermó... — Hubo una breve pausa al momento que cerraba sus manos y sus ojos, por algunos segundos, con las dos manos en la cara. —El tratamiento era demasiado caro. Muchísimo más de lo que alguien como yo podía pagar. Intenté conseguir el dinero por mi cuenta, pedí ayuda, vendí todo lo que podía vender... y al final no tuve otra opción... — Una nueva pausa, apartando las manos de su rostro, buscando la mirada de las dos mujeres que, pese al desastre, lo habían ayudado esa noche —Así que pedí prestado. — No parecía orgulloso de aquello, pero tampoco arrepentido. —Me dijeron que tendría tiempo para devolverlo. Que mientras pagara poco a poco, no habría problemas. — Soltó una pequeña risa amarga. —Y lo estaba haciendo, pero cada vez pedían cantidades más y más grandes... Supongo que seis meses son mucho tiempo cuando eres tú quien espera el dinero. — El hombre dirigió entonces la mirada hacia los cobradores.

—Pero no esperaba que mandaran a diez hombres.

Su expresión cambió ligeramente —Y mucho menos que estuvieran dispuestos a destrozar el local para conseguirlo. — Uno de los clientes, todavía escondido detrás de una mesa, murmuró algo entre dientes que no se pudo escuchar claramente. Otro, quien sí pareció hacerlo, asintió con la cabeza y comenzó a ayudar a levantar una silla. El camarero los observó durante unos instantes antes de volver a mirar a las dos jóvenes. 

—Pero supongo que... gracias.

Esta vez la sonrisa sí apareció, era pequeña y cansada, pero totalmente sincera. —No sé cómo voy a pagar la reparación de todo esto... — Su mirada volvió a recorrer el local —Pero al menos esta noche nadie va a volver a entrar por esa puerta para amenazar a mis clientes. — Hizo una pausa y entonces recordó algo, con los ojos volviendo a uno de los individuos, viendo a la mujer conejo registrarlo. No sabía qué pensar, ni si quedaba algo de su cara tampoco. —Aunque... debo decir... — Murmuró con una expresión algo más seria, ahora encontrando con la mirada al último hombre que había aparecido como sorpresa — Ese hombre dijo algo antes. Habló de un “Jefe”. Ese hombre dudo que fuera el jefe de este grupo. — Señaló al derrotado, quien había hecho mención al mismo. Aunque no lo conocía de nada, eso sí se le quedó grabado en la cabeza. —Dijo que “El Jefe” no estaría contento cuando supiera lo ocurrido. No sé quién es... Y siento que significa que es algo más grande de lo que pensé que era... — El camarero negó lentamente con la cabeza —Y, sinceramente, tampoco quiero saberlo. — Después de todo lo ocurrido aquella noche, parecía que por una vez aquella era una respuesta perfectamente razonable. El hombre se giró hacia la barra y comenzó a recoger, casi por costumbre, algunos de los vasos que todavía habían sobrevivido al desastre... Si es que quedaba alguno. Pudo recoger un par, solo para contemplar el restante destrozados, otros rotos por la mitad... Los dejó sobre la barra, a un lado de donde había quedado ese rastro de sangre que sabía también le iba a tocar limpiar y dejó escapar un suspiro.

—Voy a necesitar vasos nuevos.

Miró alrededor. —Mesas nuevas... Una puerta nueva... Y hasta un suelo nuevo... — Finalmente, levantó la mirada hacia las dos jóvenes. —Y creo que voy a necesitar clientes nuevos. — La tensión que había permanecido en el ambiente durante toda la noche comenzó poco a poco a aliviarse. La pesadilla, al menos por ahora, parecía haber terminado. No podía decir lo mismo de la deuda, que lejos de disminuir ahora se había ampliado con lo ocurrido en la taberna, pero sí que podía respirar un poco más tranquilo sabiendo que esa noche, al menos, podría descansar “en paz”, si es que así se podía decir... El camarero tomó aire, cerrando los ojos unos segundos y, poco después, los volvió a abrir. Como si necesitara recuperar aunque fuera una pequeña parte de la normalidad que había perdido aquella noche, señaló hacia la cocina, que se encontraba detrás de una puerta tras la barra.

—Aunque... creo que todavía queda algo de estofado.

Su mirada se dirigió hacia Vixen, ahora con una pequeña sonrisa algo más sincera. —No sé si después de todo esto seguirá quedando zanahoria, pero puedo intentarlo. — Y mientras el cocinero caminaba hasta la cocina, pensando en cómo demonios iba a reconstruir aquel lugar, los primeros clientes comenzaban a salir de sus escondites, ahora ayudando al camarero a recolocar y recoger algunas de las cosas que quedaban. La bondad de los clientes que quedaban fue silenciosamente agradecida. Esa noche parecía haber terminado, y poco después el camarero salía con dos estofados de zanahoria poco después. El olor impregnó el lugar, mientras el hombre trabajaba de nuevo, recogiendo las cosas. Quién sabe si ese Den-Den Mushi podría llevar a algo más en el caso de la conejita... Y a la justiciera Centella. Por ahora, podían tomar un “descanso”, disfrutar de un recién estofado de zanahoria y sentirse satisfechas de no haber hecho que, al menos, el local se cayera a pedazos por completo, o se derrumbara. 

Cajita de Tabaco