Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece
[P.R, Fic Hasshoken] ¿Ese es Kosoki Kigiyuma? - Versión para impresión

+- Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece (https://nakamanomi.com)
+-- Foro: Mundo (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=3)
+--- Foro: South Blue (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=7)
+---- Foro: Isla del Kárate (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=282)
+----- Foro: Dojo del Hasshoken (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=283)
+----- Tema: [P.R, Fic Hasshoken] ¿Ese es Kosoki Kigiyuma? (/showthread.php?tid=4462)



[P.R, Fic Hasshoken] ¿Ese es Kosoki Kigiyuma? - Magnus Brand - 03-10-2026

[Dojo del Hasshoken,
Isla Karate,
South Blue,
3 de otoño, año 18]

Magnus llevaba un buen rato mirando la puerta del dojo. Tenía un cigarro entre los labios, el abrigo sobre un hombro y un trozo de metal en la mano. La puerta seguía siendo más baja que él, pero al menos ahora podía pasar sin tener que agacharse.
Había ayudado a levantarla. Recordaba el peso de la viga que sostuvo mientras unos niños discutían sobre clavos, aunque habría sido incapaz de reconocer a cualquiera de ellos si se lo cruzaba por la calle.

Se inclinó y entró con dificultad. Primero pasó el hombro libre, después el abrigo y finalmente el resto del cuerpo. El pañuelo azul rozó el marco. Magnus levantó la mano para comprobar que no se había movido y observó el interior con el ceño fruncido.

Había una muchacha de rosa repartiendo esterillas. El pelo rojo fucsia le caía por la espalda en una trenza larguísima, que apartó del hombro al volverse hacia él. Magnus la miró unos segundos. Luego miró el suelo reparado y el lugar donde antes había habido un agujero en la pared.

—Eh, niñata. Busco a la que me dio una paliza aquí mismo. Pequeña, pelo de un color escandaloso y bastante mala leche. ¿Es familia tuya? No, no. Espera. Me recuerdas a otra persona. ¡¿ERES KOSOKI KIGIYUMA?! —Exclamó Magnus, confundiendo a la chica con un afamado espadachín fumón legendario del que había oído hablar en una taberna unos meses atrás.

La chica dejó la última esterilla sobre las demás.
—Buenos días, Magnus. Soy la que te dio una paliza.
—Eso explica el parecido.
—No tienes remedio.

Sira se acercó con una sonrisa. Llevaba la sudadera rosa pastel, pantalones cortos oscuros y unas deportivas blancas con las que apenas hacía ruido al caminar sobre las tablas. El buccaneer apartó el cigarro para verla mejor. Seguía sin recordar su cara, pero la descripción encajaba. También el modo en que miraba sus botas.

Se las quitó antes de que dijera nada. Apoyó el abrigo sobre ellas, cerca de la entrada, y levantó el fragmento del escudo que había destrozado en el estadio Ki.
—Esto lo rompí con la cabeza.
—Estaba delante.
—Pues tuviste mucha suerte. No todos los días se ve nacer una leyenda.

Sira cogió el metal cuando él se lo ofreció. Lo giró entre los dedos, examinó el borde y se lo devolvió. Magnus lo guardó en un bolsillo del abrigo. Había llevado aquel pedazo encima desde que bajaron de la cima y no pensaba perderlo entre esterillas.

—¿Has estado practicando el Buto?
—He estado buscando cosas lo suficientemente resistentes como para soportar mi poder.
—Puedes practicar el movimiento sin romper nada.

Magnus la contempló con cierta decepción.
—También puedes beber agua en una taberna. Cada uno desperdicia su vida como quiere.

Ella no discutió. Se limitó a señalar el cigarro y después el patio. El buccaneer dio una calada larga, sacó el humo por la nariz y se acercó a la salida trasera. Tuvo que agacharse mucho más que en la entrada. Una vez fuera se enderezó, estiró el cuello y terminó de fumar mientras observaba las laderas, admirando el paisaje.

Desde allí se veían varios tejados entre las ramas de los bonsáis gigantes. Más abajo empezaban los arrozales, con sus caminos estrechos y el agua brillando bajo el sol. Alguien golpeaba una campana en otro dojo. Un grupo de alumnos subía con sacos a la espalda y, cada pocos pasos, uno de ellos se detenía para recuperar el aire. Magnus los siguió con la mirada hasta que desaparecieron detrás de los árboles.

Apagó el cigarro contra el punto habitual de la cicatriz del pecho. La piel chirriaba por la quemadura. Lo mantuvo allí hasta extinguirla y dejó la colilla en un cuenco vacío colocado junto a la pared.

—La última vez acabé clavado de cabeza en el suelo —dijo, volviéndose hacia Sira —El golpe salió de puta madre. Levantarme después fue una mierda.

—Abriste tarde los hombros.

—Ya. Me lo dijiste. Quiero saber si puedes enseñarme algo más.

Sira se recogió la trenza, sujetándola para que no le colgara por la espalda. Después se apartó de la pared y señaló una zona despejada del patio. Habían retirado los soportes de entrenamiento y la tierra estaba aplanada.

—Mira.

Se agachó, apoyó las manos y colocó la cabeza entre ellas. Sus piernas subieron con suavidad hasta quedar verticales. Magnus cruzó los brazos. Aquello podía tener cierto mérito, pero conocía borrachos que hacían cosas parecidas por una copa gratis.

Entonces la maestra juntó las piernas y retiró las manos del suelo. Las reunió delante del cuerpo y empezó a girar sobre la cabeza, al principio despacio y después lo suficientemente rápido como para que Magnus dejara de distinguir dónde tenía los codos. La tierra vibró bajo ella y un cerco de polvo se levantó a su alrededor.

Sin interrumpir la rotación, Sira se dirigió hacia un poste de entrenamiento. La madera se sacudió de arriba abajo y el sonido llegó hasta los pies del buccaneer. Después la maestra redujo el giro, apoyó las manos y bajó las piernas.

Magnus se acercó al poste, que seguía en pie. Lo empujó con un dedo y una grieta se abrió junto a la base.

—Gurorororo... Pero qué fucking maravilla.
—Buto kaiten. Cabeza Militar Giratoria.
—¿Y puedes moverte así mientras vas golpeando a la gente?
—Esa es la idea.

El buccaneer miró el recorrido que había dejado en la tierra. Después se miró el abdomen, las piernas y los brazos. Estaba imaginando aquel mismo movimiento con sus cinco metros largos y más de trescientos kilos cuando empezó a sonreír.

—Enséñame eso.
—Tendrás que aprender a sostenerte antes de empezar a girar.
—Llevo sesenta y un años sosteniéndome.
—Sobre la cabeza.

Magnus dejó de sonreír lo justo para observar de nuevo el suelo.
—Bueno. Nadie es perfecto desde que nace. Aunque un poco igual sí.

La primera dificultad apareció antes de que pudiera levantarse. Apoyó las manos demasiado cerca del cuerpo y, al bajar la cabeza, el vientre le impidió recoger las piernas como había hecho ella. Separó los pies, soltó un gruñido y acabó con la frente en la tierra y el culo levantado.

Sira caminó a su alrededor.
—Abre un poco más las manos.
—Tengo los brazos donde me salen, niña.
—Pues muévelos.

Los movió. La postura dejó de tirar tanto de sus hombros. A su edad era importante proteger las articulaciones. Sira le indicó que acercara los pies poco a poco, cargando el peso sobre los tres apoyos en lugar de lanzarse hacia arriba. Magnus avanzó con pasos pequeños. Sintió cómo la presión aumentaba sobre el cráneo. Cuando los talones empezaron a despegarse de la tierra, decidió que ya lo había entendido.

Dio un impulso con ambas piernas.

El cuerpo pasó por encima de la cabeza, los brazos se doblaron y Magnus cayó de espaldas. El golpe levantó polvo y sacudió el cuenco de las colillas junto a la pared. Permaneció tendido, con los ojos abiertos y las rodillas todavía encogidas.
—He dicho poco a poco.
—Lo he oído.
—¿Entonces?
—Me ha parecido una sugerencia de mierda.

Se incorporó apoyando un codo. La nuca le dolía, aunque no tanto como el orgullo de tener a aquella chica esperando pacientemente a que se pusiera de nuevo en posición. Se sacudió la tierra de la perilla, volvió a arrodillarse y abrió las manos un poco más.

Esta vez subió una pierna antes que la otra. La segunda quedó colgando y tiró de su cadera hacia un lado. Magnus trató de compensarlo con el hombro, perdió el apoyo de la cabeza y acabó de costado. En el siguiente intento elevó ambas rodillas, pero tuvo que separarlas para no caer. Sira se mantuvo fuera de su alcance mientras le daba unas indicaciones.

Durante un buen rato solo consiguió levantarse lo suficiente como para caer de una forma distinta cada vez.

Cuando por fin sostuvo las piernas sobre el cuerpo, la sangre le llenó la cara. Veía las deportivas de Sira al revés, los troncos de los bonsáis por encima de ellas y una franja de cielo pegada a la tierra.
—Ya está.
—Mantén la postura.
—La estoy manteniendo.
—Ahora sin hablar.

Magnus aguantó unos instantes. Notaba el esfuerzo en el abdomen y un temblor bastante desagradable en los brazos. Estaba empleando más fuerza de la que había imaginado para no moverse absolutamente nada.

—¿Cuánto tiempo hay que estar haciendo el gilipollas de esta manera?

Al terminar la pregunta perdió el equilibrio. Tuvo tiempo de bajar una rodilla, apoyó mal el pie y se sentó con un golpe seco. Sira esperó a que terminara de maldecir en voz baja.
—Hasta que puedas quitar las manos.

Magnus usó su pañuelo para pasárselo por la cara. Tenía tierra pegada al sudor de la frente. Miró sus palmas, marcadas por la presión contra el patio, y después levantó la vista hacia el cielo. Aún quedaba mucha mañana.
—Estos niños de mierda van a matarme de un disgusto.

Sira le hizo repetir la entrada sin llegar a enderezar del todo las piernas. Debía quedarse con las rodillas recogidas, encontrar el equilibrio y solo entonces extenderlas. Magnus protestó durante los primeros intentos. En los siguientes dejó de hacerlo porque necesitaba el aire.

La maestra no le sujetaba. Se colocaba a un lado, le señalaba una cadera demasiado adelantada o le pedía que aflojara los hombros. Cada vez que Magnus miraba hacia ella, el peso de la cabeza cambiaba y tenía que empezar otra vez.
—Escúchame sin buscarme con la mirada.
—Es difícil ignorar a una dama que no deja de mirarme el culo.
—Estoy mirando tus pies.
—También los tengo bonitos.

Consiguió quitar una mano antes del mediodía. Apenas la levantó unos dedos sobre el suelo, pero pudo volver a apoyarla sin caerse. Probó con la otra y el cuerpo se le fue hacia la derecha. Corrigió, respiró y empezó de nuevo.

Sira le indicó que parase cuando los brazos comenzaron a ceder incluso antes de levantar las piernas. Magnus abrió la boca para protestar, pero al intentar ponerse de pie tuvo que apoyar una mano en el muslo. La maestra no añadió nada. Él tampoco.

Se sentaron a la sombra. Sira llevó una jarra de agua y una olla de arroz, que dejó entre ambos. Magnus recuperó de su abrigo un trozo de pan duro envuelto en tela. Lo partió con las manos, recogió una miga que había caído sobre su pantalón y se la metió en la boca antes de coger el cuenco que ella le ofrecía.

Comió despacio al principio. Le costaba tragar con el cuello dolorido. Después encontró una postura mejor y vació el cuenco con bastante menos delicadeza.
—No vas a aprender más por lesionarte el primer día.
—Tú me enseñaste a tirarme de cabeza contra un escudo y ahora te preocupa mi salud.
—Precisamente por eso.

Magnus se frotó la nuca. Al otro lado del patio, un alumno que había salido a recoger el poste partido se detuvo al verlo. Llevaba una cuerda enrollada en un hombro y miraba la grieta de la madera y las marcas del suelo.
—Tú, skinny bastard. ¿Qué estás mirando?

El muchacho enderezó la espalda.
—Nada. Venía a llevarme esto.

—Pues cógelo por abajo. Se te va a partir por la mitad y te vas a joder un pie.

El aprendiz cambió las manos de sitio. Magnus siguió comiendo hasta que vio cómo intentaba levantarlo sin éxito. Entonces dejó el cuenco, se incorporó y cogió el poste por debajo de la grieta. Lo apoyó sobre su hombro libre y esperó a que el chaval le indicara dónde llevarlo.

El almacén estaba junto al camino que bajaba hacia los arrozales. Magnus dejó la madera sobre dos caballetes, aseguró con la mano la mitad superior para que no cayera y se apartó cuando el muchacho acabó de pasar la cuerda.
—Gracias.
—De nada. Puedes hablar de mis músculos a tus amigas. Diles que soy El último romántico. Ellas sabrán de quién les hablas.

Volvió al patio, recogió el cuenco y se sentó otra vez. Sira había terminado de comer y estaba doblando la tela del pan que él había dejado abierta. Magnus se la quitó con cuidado, guardó dentro el trozo que quedaba y regresó junto a sus botas para meterlo en el abrigo.

Antes de volver al entrenamiento sacó un cigarro y el encendedor con detalles de sirena. Lo encendió protegiendo la llama con la mano izquierda. 

La maestra lo observó desde la sombra.
—Cuando termines, seguiremos con el equilibrio.
—No me metas prisa. Estoy trabajando una parte muy importante del entrenamiento.
—¿Cuál?
—Las ganas de quedarme.

La tarde pasó entre intentos bastante menos lamentables. Sira lo llevó hasta un muro de piedra que quedaba a un lateral del patio. Magnus debía colocarse cerca, levantar el cuerpo y usar la pared únicamente si perdía el equilibrio. El primer intento terminó con las dos plantas de los pies apoyadas contra ella.

La maestra le dio unos golpecitos en el tobillo.
—Uno.

Magnus retiró un pie.
—Ahora el otro.

Lo retiró también. Durante unos segundos permaneció vertical. Sintió el peso sobre la cabeza, la presión de las manos y el esfuerzo del abdomen para mantener las caderas en su sitio. Cuando empezó a perder el equilibrio, tocó la pared con un talón y recuperó la postura sin caer.

Repitió aquel movimiento hasta que dejó de necesitar el muro en cada intento. A medida que se cansaba le costaba distinguir si estaba recto o a punto de partirse el cuello. Sira lo obligaba a bajar, caminar un poco y volver a empezar. El buccaneer aprovechaba cada pausa para fumarse un cigarro táctico.

Ya al final de la tarde logró juntar las manos delante del pecho. El cambio le hizo tensarse de nuevo. Estuvo a punto de abrir los brazos otra vez, pero aguantó. Tenía las piernas juntas, los pies lejos de la pared y una cara de concentración bastante cómica.

—Ahí. Quédate así.

Magnus respiró por la nariz. Notó una oscilación pequeña, la corrigió con la cadera y volvió a quedarse quieto.

Sira contó en voz alta. Al llegar a ocho le indicó que bajase. Él quiso aguantar un poco más. En cuanto trató de responder perdió la vertical y tuvo que abrir los brazos para no caer sobre la nuca.

Se quedó sentado contra el muro, respirando con fuerza.
—¿Lo has visto?
—Sí.
—Ocho segundos de pura elegancia viril.

Sira miró el surco que había abierto con la cabeza.
—Mañana empezaremos a girar.

Magnus durmió muy mal. Cada vez que cambiaba de postura, el dolor del cuello le recordaba a la tarde de entrenamiento que había echado. A la mañana siguiente tuvo que girar todo el cuerpo para mirar por la ventana de la habitación donde se alojaba. Se vistió despacio, comprobó que llevaba el tabaco y se ajustó el pañuelo antes de salir.

El ascenso al dojo le soltó un poco las piernas. Subió por el camino de las estacas rojas, apartándose lo justo cuando encontraba gente de frente. No tenía humor para explicar a nadie por qué caminaba con la barbilla tan alta. Al llegar dejó el abrigo y las botas donde el día anterior, cruzó el edificio de la entrada y salió al patio.

Sira estaba marcando un círculo en la tierra con un palo.
—Más te vale que eso sea para mí.
—Buenos días. ¿Cómo tienes el cuello?
—Dolido. Hermoso, pero dolido.

Ella le pidió que moviera la cabeza, primero a los lados y después hacia delante. Magnus obedeció con una expresión cada vez más impaciente. Le hizo levantar y bajar los brazos, caminar alrededor del patio y repetir varios pinos con las manos apoyadas. Cuando terminó, la nuca seguía molesta, aunque ya no tenía aquella rigidez de primera hora.

Sira le señaló el centro del círculo.
—Hoy no quiero que salgas de ahí.

Magnus se arrodilló. El pañuelo le estorbaba, así que se lo quitó y lo dejó sobre el abrigo antes de volver a colocarse. Subió las piernas con menos esfuerzo que el día anterior. Todavía necesitó corregir la posición dos veces, pero consiguió sostenerse y retirar las manos.

—Cuando quieras.
—El impulso empieza antes de que quites las manos.

El buccaneer dejó caer un pie y la miró desde el suelo.
—Podrías haberlo dicho antes de que me subiera toda la sangre a los cojones.
—A la cabeza, Magnus.
—Sé perfectamente dónde tengo cada cosa.

Sira se colocó junto a él y repitió la entrada muy despacio. Le enseñó cómo orientaba las manos, cómo acompañaba el primer impulso con las caderas y en qué momento recogía los brazos. Sin llegar a desplazarse, dio una vuelta completa apoyada sobre la cabeza. Después bajó las piernas y esperó a que lo intentara.

Magnus empujó con demasiada fuerza. Giró media vuelta, abrió una pierna para recuperar el equilibrio y arrastró la otra por el suelo. La cabeza siguió fija un instante mientras el resto del cuerpo tiraba de ella. El dolor le cruzó la nuca. Apoyó ambas manos y se dejó caer de lado antes de terminar de retorcerse.

—God damn it!

Sira se agachó frente a él.
—Estás intentando mover cada parte por separado. Tus piernas ya habían empezado cuando los hombros todavía estaban quietos.

Magnus se frotó el cuello sin responder. Sabía lo que significaba aquella sensación. La había tenido al aprender a conducir las vibraciones, cuando el impulso se le quedaba atascado en la cadera o terminaba sacudiéndole los dientes. Había corregido esos errores de pie. Cabeza abajo le costaba reconocerlos hasta que ya se había hecho daño.

Volvió a intentarlo con menos fuerza. Esta vez solo giró un cuarto de vuelta, pero la cabeza acompañó al cuerpo. Sira le pidió que repitiera. Magnus miró la marca que había dejado el pelo sobre la tierra y regresó al centro.

No empezó a vibrar hasta mucho después. Primero necesitó dar una vuelta completa sin sacar las manos, luego conseguirlo con las piernas juntas y finalmente añadir algo de velocidad. Cuando intentó incorporar el Hasshoken desde el principio, la onda sacudió el suelo bajo el cráneo y le deshizo el apoyo. Cayó de rodillas con un zumbido en los oídos.

Sira lo mandó sentarse.
—Todavía puedo seguir.
—Que sí, que eres un hombretón. Siéntate.

Magnus se apartó hasta la sombra y dejó caer el cuerpo junto a sus cosas. Sacó el tabaco. Al buscar el encendedor tocó el fragmento de metal y lo sacó también. Lo sostuvo entre los dedos mientras la maestra traía agua.

El borde del escudo estaba deformado. En una cara aún se veía parte del agujero donde había habido un remache. Magnus pasó el pulgar por encima sin acercarlo al filo. Recordaba con bastante claridad el momento del golpe, el ruido que había hecho el metal al abrirse y la satisfacción de ver que por fin había salido como quería.

—El Buto era más fácil.
—También dijiste que era imposible mientras lo aprendías.
—Dije muchas cosas. Me estabas dando hostias.

Sira le dejó el agua al alcance y se sentó a cierta distancia. Desde el dojo vecino les llegó una serie de gritos, seguida del golpe de varios pies al caer a la vez. La muchacha volvió la cabeza. Escuchó unos segundos y resopló por la nariz.

—Hoy están entrenando fuera.
—¿Te molestan?
—No.

Un nuevo grito bajó entre los árboles. Sira apretó un poco los labios.

—Podrían hacerlo más lejos.

Magnus soltó una carcajada. Se guardó el metal, encendió el cigarro y apoyó un antebrazo sobre la rodilla.

—Gurorororo... Si quieres demostrar que tu escuela es mejor, haber empezado por presentarme. Magnus Brand. Revolucionario, poeta y el hombre más apuesto que ha pasado por este patio. No hace falta que añadas nada.
—Primero tendrías que dejar de caerte.
—Detalles. Las señoritas no se fijan en eso.

Sira observó el círculo de tierra removida. Magnus siguió su mirada y se quedó callado unos segundos. Había pasado la mañana clavando la cabeza, levantándose y cayendo sobre los mismos brazos. Le molestaba haber avanzado tan poco. También le molestaba que ella pudiera hacerlo con aquella facilidad mientras él acababa respirando como un perro.

—Cuando consigo el giro, pierdo la vibración —admitió al fin —Y si pienso en la vibración, me voy de lado.
—Quieres soltarlo todo de golpe, como cuando golpeaste el escudo. Aquí tienes que mantener el  movimiento. No puedes quedarte vacío después del primer impulso.

Magnus dio otra calada. Dejó el humo en la boca unos instantes antes de expulsarlo.
—Hazlo despacio. No necesitas más fuerza para saber dónde la estás perdiendo.

Él miró sus manos. Tenía tierra metida bajo las uñas y un arañazo junto a la muñeca. Cerró el puño, lo abrió de nuevo y apoyó la palma sobre el suelo. Intentó reproducir una vibración pequeña. Notó el temblor bajo los dedos y en el talón de la mano.

Podía hacerlo. Lo había hecho muchas veces desde que empezó a entrenar allí. El problema aparecía cuando quería encargarse al mismo tiempo de las piernas, la espalda, el giro y aquella puta cabeza sosteniendo todo su peso.
—Pues tendremos que repetirlo.

Sira asintió.
—Pero deja de mirarme como si te gustara tener razón. Estropea mucho tu imagen de muchachita encantadora.

La primera vuelta con vibración llegó aquella tarde. Fue lenta, irregular y terminó con Magnus apoyando las manos para no caer. Aun así, el polvo se había apartado de su cabeza. Él lo vio antes de incorporarse y se quedó de rodillas, mirándolo.

Sira se acercó. Pasó la suela por el borde de la marca, borrando solo una parte.
—Otra vez.

Magnus resopló, pero regresó a la postura. Tardó varios intentos en conseguirlo de nuevo. La segunda vez mantuvo el giro un poco más y llegó a notar cómo la vibración continuaba mientras su cuerpo cambiaba de orientación. No era una sacudida única. Tenía que seguir alimentándola sin ponerse rígido.

Cuando perdió el equilibrio abrió las manos y bajó una pierna. El pie tocó el suelo demasiado cerca de su cara. Estuvo a punto de darse con la rodilla en la nariz, aunque logró apartarla a tiempo.

—Lo he parado.
—Sí.

Magnus la miró, esperando algo más.
—Has parado bien.

La sonrisa le ocupó toda la cara.
—No te cortes, señorita. Acepto cumplidos más largos.

Al terminar recogió sus cosas despacio. Antes de ponerse las botas tuvo que limpiarse la tierra de los pies y de las pantorrillas. La perilla estaba llena de polvo. Se la sacudió con los dedos, se anudó el pañuelo y se echó el abrigo al hombro.

Sira estaba tapando los hoyos más profundos con un rastrillo. Magnus observó el tamaño de uno de ellos, dejó de nuevo el abrigo y se acercó. Cogió una pala apoyada en el muro. Le quedaba pequeña, pero podía servirse de ella sin partirla si no apretaba demasiado el mango.

Trabajaron hasta que el patio quedó razonablemente plano. Magnus llevaba tierra desde el borde y la maestra la extendía sobre los surcos. No hablaron mucho. A medida que bajaba el sol, las voces de otros dojos se fueron apagando.

Él dejó la pala donde la había encontrado.
—Gracias. No te recordaba tan considerado.
—Mañana pienso volver a meter ahí la cabeza. No voy a dejarme una puta piedra debajo.

Sira sonrió y continuó rastrillando. Magnus recogió el abrigo, comprobó con una palmada que el fragmento del escudo seguía en el bolsillo y se marchó por las escaleras.

Pasaron dos mañanas más antes de que Sira le dejara intentar salir del círculo. Magnus ya podía elevar las piernas, recoger los brazos y dar varias vueltas sin acabar de espaldas. Había aprendido también a no desayunar justo antes de entrenar. La primera vez que lo hizo se quedó sentado contra el muro durante un buen rato, con los labios apretados y una mano sobre el estómago.

Sira no necesitó explicárselo. Había dejado que se diera cuenta él solo.

Para practicar el desplazamiento escogieron una parte del patio más alejada del edificio. Magnus ayudó a mover los soportes y los sacos que estorbaban. Entre ambos dejaron un tramo recto de tierra despejada, con una marca en cada extremo. Sira le pidió que se situara en la primera.

—Vas a avanzar hacia la otra. Poco a poco. Si pierdes el apoyo, bajas.
—¿Y cómo cojones quieres que avance? No tengo patas en las orejas.

Sira le mostró el movimiento. Inclinó ligeramente el cuerpo durante el giro, lo justo para que el apoyo empezara a desplazarse. Magnus se agachó para mirar mejor. La cabeza de la maestra dejó una línea corta sobre la tierra antes de detenerse.

Él se pasó la mano por el pelo canoso.
—Como me quede calvo me vas a joder el sex appeal.
—Empieza.

El primer intento acabó fuera del recorrido. Magnus había dirigido el impulso hacia donde miraba en lugar de hacerlo hacia la marca. Cuando completó media vuelta ya estaba moviéndose de costado. Trató de corregir con una sacudida de piernas, perdió la posición y tuvo que echar las manos al suelo.

Sira señaló la línea que había abierto.
—Has seguido girando la dirección con el cuerpo.
—El cuerpo gira. Lo has pedido tú.
—Y la marca sigue allí.

Magnus la miró. Ella sostuvo la mirada sin añadir nada.
—Ya, ya. Muy graciosa.

Volvió al principio. Intentó fijarse en el poste que quedaba al fondo, pero al girar lo perdía de vista. Se puso rígido tratando de encontrarlo otra vez. El temblor se cortó y la presión sobre el cráneo aumentó de golpe. Bajó antes de hacerse más daño.

Necesitó muchos intentos para recorrer siquiera la longitud de uno de sus brazos. Sira le corregía la entrada, le hacía volver al giro quieto y después le pedía otro desplazamiento pequeño. Magnus se impacientaba cuando le mandaba repetir algo que ya había conseguido, pero los fallos regresaban en cuanto intentaba saltarse aquella parte.

Al mediodía tenía una rozadura en la cabeza y los hombros cansados. Se sentó bajo el bonsái más cercano, donde había dejado el abrigo, y bebió directamente de la jarra. Sira extendió un paño húmedo para que se limpiara la tierra.

Magnus lo cogió y se lo pasó por el pelo. Al bajar la mano vio que había una pequeña mancha de sangre. La observó unos segundos, comprobó con los dedos que el arañazo no era profundo y dejó el paño sobre una piedra.

—Hoy podemos dejarlo aquí.

El buccaneer miró el recorrido. La última marca apenas había avanzado unos metros y se desviaba al final.

—Después de comer quiero probar otra vez.
—No vas a olvidar lo que has hecho por descansar.

Magnus se quedó con la jarra entre las manos. Abajo, en los arrozales, varias personas transportaban cestos hacia el camino. Uno de los trabajadores se había detenido para beber. Desde aquella distancia apenas distinguía su ropa.

—Ya lo sé.

Sira esperó. Él apoyó la jarra en el suelo y estiró las piernas.

—Hubo muchos años en los que acababa cansado y no había hecho una sola cosa que quisiera hacer. Cargaba lo que me decían. Me levantaba cuando me dejaban. Si dolía algo, daba igual.

Se acomodó contra el tronco y dejó un antebrazo sobre el muslo. La cicatriz del pecho estaba a la vista. No la señaló.

—Ahora me duele el cuello porque he decidido venir aquí. Podría coger mis cosas y bajar al puerto. Podría sentarme a fumar hasta que anocheciera. Nadie iba a venir a buscarme con una cadena.

La muchacha permaneció sentada junto a él. Había dejado las manos sobre las rodillas.

—Pero hay gente que sigue allí. En Logue Town y en otros sitios. Gente que no puede marcharse. Cuando me cruce con uno de esos motherfuckers que les ponen precio, quiero poder echar abajo lo que tenga delante. Por eso vuelvo a levantarme.

Magnus recogió el paño y se limpió una mancha de tierra del antebrazo. Había dicho lo que quería decir. No necesitaba que ella le explicase su propia historia ni que le prometiera nada.

—Comeremos primero —respondió Sira —Después veremos cómo tienes la cabeza.

Él asintió. Se quedó a la sombra mientras la maestra entraba en el dojo y observó el camino entre los arrozales. Al cabo de un rato sacó el tabaco, encendió un cigarro y apoyó la espalda contra el tronco.

Aquella tarde llegó hasta la segunda marca. Fue un avance corto, torcido y bastante más lento que el de Sira. Tuvo que detenerse apoyando las manos, con los brazos temblando por el esfuerzo, pero la vibración se había mantenido durante el recorrido.

Magnus bajó las piernas y se quedó inclinado hacia delante. Le latía la cabeza. Esperó a que el patio dejara de moverse antes de ponerse de pie.

—Dime que lo has visto.

Sira estaba mirando la marca final.

—Lo he visto.
—Bien. Porque como estuvieras mirando a otro hombre, íbamos a tener un problema bastante serio.

La maestra se acercó, examinó el recorrido y le pidió que lo repitiera después de descansar. La segunda vez se quedó corto. En la tercera abrió las piernas antes de tiempo y cayó sobre una rodilla. La cuarta consiguió llegar de nuevo.

Al día siguiente practicaron contra un saco colgado de un soporte. Sira lo colocó a la altura adecuada para que Magnus pudiera alcanzarlo con el cuerpo mientras giraba. Él comprobó la distancia, volvió al inicio y se quedó mirando la tela.

Estaba acostumbrado a golpear con los puños, los pies o la cabeza. Aquello le obligaba a entrar de una forma extraña, sin ver continuamente el objetivo y sin poder dar un paso para arreglar una mala posición. Si se pasaba de inclinación caía. Si se quedaba demasiado recto dejaba de avanzar. Si abría los brazos buscando el saco, perdía el giro.

En el primer impacto se le separaron las manos. Alcanzó la tela con un hombro, pero la resistencia lo frenó y terminó arrodillado junto al soporte. El saco se balanceó sin romperse.

—Ese fat bastard tiene más técnica que algunos luchadores.

Sira sujetó la cuerda para detener el balanceo.

—Has querido empujarlo cuando ya estabas golpeando. Mantén el cuerpo junto. Compacto.

Magnus se frotó el hombro. Se había llevado buena parte de su propia fuerza en la articulación. Volvió al inicio, esperó a que ella se apartara y repitió el movimiento.

Esta vez consiguió conservar las manos unidas. La vibración llegó al saco junto con el impacto. La tela se tensó, saltaron varios puntos de la costura y un chorro de arena cayó al suelo. Magnus bajó mal, dio un paso tambaleante y acabó sentado, pero al levantar la vista vio el agujero.

Señaló el saco con un dedo.
—Soy un maestro.

Sira se acercó a comprobar la costura. Después se volvió hacia él. Tenía una sonrisa distinta a la que le había visto durante las explicaciones.

—Ahora conmigo.

Magnus se incorporó despacio. La maestra se retiró unos metros, apartó el soporte y comprobó que no quedara nada entre ambos. Flexionó las rodillas. Su mirada se quedó fija en el buccaneer.

—¿Vas a quedarte quieta?
—Para el primer golpe.

Magnus se alisó la perilla con ambas manos. Le quedaba tierra pegada, pero hizo lo que pudo. Después sonrió y separó los pies.

—Permítame advertírselo, señorita. Después de recibir atenciones de un hombre como yo, el resto de pretendientes van a parecerle bastante poca cosa.

Sira golpeó una palma contra la otra.
—¡DEJA DE HABLAR Y VEN!

Él soltó una carcajada. Se arrodilló en la marca, apoyó las manos y bajó la cabeza. La tierra estaba firme. Reconoció la presión antes de levantar las piernas y corrigió un poco la posición de un codo. No tenía que correr ni saltar. Aquella vez debía quedarse sobre el cráneo y mantener allí el cuerpo.

Subió las rodillas, extendió las piernas y cogió impulso con las manos. Los hombros acompañaron a la cadera. Empezó a girar.

Juntó los brazos delante del cuerpo. Sintió una oscilación, la corrigió antes de que aumentase y mantuvo las piernas unidas. La vibración recorrió su cuerpo. El polvo se apartó del punto de apoyo, formando un cerco bajo la cabeza.

Sira seguía en el mismo sitio. Magnus alcanzó a verla una vez y después tuvo enfrente los árboles, el muro y la entrada trasera del dojo. No intentó buscarla girando el cuello. Conservó el movimiento y dirigió el avance hacia el punto donde la había visto colocarse.

La cabeza empezó a desplazarse sobre la tierra. Magnus sostuvo la vibración mientras ganaba velocidad. No iba tan rápido como la maestra ni podía permitirse corregir demasiado el recorrido. Apretó las piernas entre sí, mantuvo el abdomen firme y dejó que el giro continuase.

—¡BUTO KAITEN!

Sira recibió el ataque con los brazos preparados. El impacto llegó por el costado de Magnus, acompañado por una sacudida que levantó polvo bajo los pies de ambos. Magnus notó la resistencia de su guardia. Por un instante estuvo a punto de abrir las manos para empujarla. Un reflejo callejero, pero las mantuvo juntas.

La onda atravesó el contacto. Sira arrastró un pie hacia atrás y el talón dibujó una raya en la tierra. Sus brazos temblaron. Magnus completó otra parte del giro, perdió algo de velocidad y apoyó las manos para bajar antes de que la postura se deshiciera.

Había conseguido golpear sin desmontarse en el intento, pero no tuvo tiempo de celebrarlo.

Sira se lanzó hacia él antes de que terminara de enderezarse. La sonrisa se le había ensanchado y ya no quedaba nada de la calma con la que había servido el arroz. Magnus vio venir un puño hacia su cara, levantó el antebrazo y recibió una vibración que le sacudió hasta el hombro.

—¡AHORA NO TE PARES!

El buccaneer retrocedió. Su brazo seguía entumecido. Lanzó la otra mano para mantenerla lejos, pero Sira se agachó por debajo y le golpeó el muslo. La rodilla se le dobló. Magnus giró sobre la pierna firme y trató de alcanzarla con el codo.

La maestra ya estaba al otro lado.

—¡Quieta de una puta vez, pink little monster!

Sira respondió con un golpe al abdomen. Magnus soltó el aire y dio un paso hacia atrás. Quiso plantar los pies para devolverle el ataque, pero ella no le dejó terminar. Una segunda sacudida le alcanzó bajo las costillas y lo obligó a inclinarse.

El buccaneer consiguió lanzar un manotazo. Sira lo desvió, avanzó por el hueco y saltó hacia su pecho. Magnus trató de cerrar los brazos alrededor de ella. Recibió la palma de la maestra sobre la cicatriz antes de conseguirlo.

El dolor fue mucho más intenso allí. Se le cortó la respiración, perdió fuerza en las piernas y cayó hacia atrás. El suelo le golpeó la espalda. Durante unos segundos no pudo hacer otra cosa que apretar los dientes y esperar a que sus pulmones volvieran a llenarse de aire.

Sira aterrizó junto a su hombro, preparada para seguir.

Magnus levantó una mano abierta.
—Me has ganado, little bitch.

Lo dijo sin apartar la otra mano del pecho. La muchacha mantuvo la guardia un instante más. Al comprobar que no intentaba levantarse, bajó los puños. Respiraba deprisa y tenía el pelo suelto en torno al rostro.

Magnus cerró los ojos. Le dolían el brazo, el muslo, la espalda y, sobre todo, aquel punto del pecho donde acababa de recibir el golpe. No tenía ninguna duda de que había perdido.

Tampoco podía dejar de sonreír.
—Pero has movido el pie.

Sira miró la raya de su talón sobre la tierra. Cuando volvió a hablar había recuperado parte de su voz habitual.
—Sí.
—Con el giro.
—Sí, Magnus. Ha sido un Buto kaiten.

El buccaneer abrió los ojos y soltó una risa entrecortada. Tuvo que pararla porque le dolía el pecho. Volvió a intentarlo de todas formas.
—Gurorororo... Joder. No puedo ni reírme.

Sira fue a buscar agua. Cuando regresó, Magnus ya había conseguido sentarse. Bebió despacio, con una mano apoyada detrás del cuerpo. La maestra se agachó a su lado y esperó a que apartara la jarra.

—No intentes perseguir a alguien que cambie de dirección mientras giras. Todavía te cuesta mantener un recorrido sencillo. Y si pierdes el apoyo, bajas. Como has hecho hoy.

Magnus asintió. Miró el camino abierto por su cabeza y después la marca del pie de Sira.
—Tengo que seguir practicando.
—Mucho.
—Podrías haber terminado la frase antes.

Tardó un buen rato en ponerse de pie. Se limpió la tierra con el paño, recuperó el pañuelo y se lo anudó sin apretarlo sobre la rozadura. Después se acercó al abrigo. El fragmento del escudo seguía dentro. Lo sacó, lo sostuvo un momento y volvió a guardarlo junto al encendedor.

No cogió ningún recuerdo del saco. Bastante arena llevaba ya en los pantalones.

Se sentó en el escalón para ponerse las botas. Sira recogía la cuerda del soporte cuando Magnus sacó la libreta. La apoyó sobre un muslo, abrió una página y se quedó mirando el papel con expresión seria. Escribió unas líneas, tachó una palabra y volvió a leerlas.

—Escucha. Te lo has ganado.

La maestra se volvió hacia él y alcanzó a leer:

Mi cabeza gira en el suelo.
Mis piernas apuntan al cielo.
Si te pones delante, te reviento.

Magnus contempló la página con satisfacción. Añadió un punto, cerró la libreta y la guardó antes de que Sira pudiera acercarse a leer.

—La última no rima.
—La última avisa.

Se puso el abrigo, sacó un cigarro y lo encendió. Le temblaban un poco las manos por el cansancio. Dio una calada, esperó a que el dolor del pecho aflojara y se inclinó para cruzar la puerta trasera.

Atravesó el dojo sin pisar las esterillas. Al llegar a la entrada se detuvo ante las hojas que había ayudado a colocar. Pasó los dedos por la madera, buscando sin mucho interés el sitio donde había sostenido la viga. Sira lo había seguido hasta el interior.

—Si vuelves mañana, empieza por calentar el cuello.

Magnus la miró por encima del hombro.
—Mañana puede que venga a tomar el té. También soy un hombre de conversación, señorita.

Ella sonrió. Magnus se agachó, pasó de lado y salió sin golpear el marco. Ya fuera se enderezó, ajustó el abrigo y miró hacia el camino que bajaba al pueblo. Le esperaba un buen tramo de escaleras.

Se quedó inmóvil unos segundos. Miró el primer peldaño. Luego el segundo. Se pasó la mano por la cabeza dolorida y descartó la idea.

—Andando. Hoy vamos a bajar fucking andando.


Off