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[Autonarrada T.1] Dónde están los licores más caros (P.A) - Nostariel Eruriel - 10-10-2026 La noche caía haciendo que la luz plateada de la luna iluminara la vasta extensión nevada de la tundra de aquella isla. Los árboles y arbustos salpicaban la superficie rompiendo aquí y allá la blanca y lisa hegemonía de la nieve. Era un paisaje de cuento de hadas, ahora convertido en trampa mortal para algunos o infierno para otros. Ya era capaz de reconocer muchas de aquellas plantas, casi todas sin utilidad alguna, pero no estaba en aquel helado lugar por las plantas que lo poblaban, estaba allí para desvelar sus secretos más ocultos. Tampoco es que lo hiciera por que sí, pero no podía negar que uno de los motivos en que anduviera por aquel lugar era la curiosidad. Y es que se decía que en esta parte de la isla había cuevas ocultas, en concreto, en esta región, de contrabandistas. ¿Cómo había acabo en ello? Muy fácil, escuchando una conversación que no debía en la barra de un bar. Luego encandilando a las pobres almas de las que la había escuchado, pocos hombres borrachos y heteros se resisten mucho a una diosa como yo. Puede que el ir ligera de ropa, y hacerles beber más alcohol también hubiera influido, pero mi belleza sin igual era la principal culpable, sin duda alguna. Esas pobres almas alcohólicas habían terminado contando de nuevo la historia que yo había oído a medias y había despertado mi curiosidad. Y de todos es sabido que los borrachos, al igual que los críos, no mienten. Pues bien, la historia decía que en la inmensidad nevada de la tundra, por las que ahora caminaba, se podían hallar cuevas usadas para el contrabando, principalmente de bebidas espirituosas. Un amigo de un hermano de uno de ellos, o algo por estilo, era la fuente original. Decía haber visto a una figura encapuchada salir de la nieve, como quien sale de su casa varias noches consecutivas. En principio lo habían tildado de borracho o loco, los mismo que ahora me contaban la historia con total seguridad. La cosa es que, otro miembro de la familia del hermano, un hijo de un primo, también lo corroboró, y eso, hacía las cosas más creíbles. O al menos dignas de ir a investigar, por lo menos para mí, ya que el contrabando de ese tipo de bebidas, tan importantes en la economía de la isla era como robarle al gobierno, y era algo que no podía dejar pasar. También me picaba la curiosidad por las cuevas, pero eso era aparte. Avancé fijándome en las indicaciones vagas recibidas sobre la zona en la que se había visto a la misteriosa figura apareciendo. La forma de un árbol, varias matas de una planta juntas, una formación rocosa, todo para tratar de ver a la misteriosa figura o ser capaz de dar con la entrada a la cueva. Por suerte, el cielo despejado ayudaba, y no solo por la luz de la luna llena, sino por no tener las molestas nevadas que habían sido casi el pan de cada día en aquella isla desde que había llegado. Tenía su parte mala, estaba dejando un rastro claro sobre la nieve que no se borraría, pero ya tenía un plan de contingencia pensado para ello. Lo importante era descubrir algo, que al menos todo ese paseo valiera la pena, y puede que hasta darle una alegría a los parroquianos de aquel local. Me esperaba otra cosa, pero resultó que si que había figura misteriosa y cueva. Desde lejos era normal que hubieran pensado que salia del suelo, cuando lo que lo de verdad era era un cambio de nivel del suelo. Este cambio de rasante había ocultado una formación rocosa de ojos de los familiares de los clientes del garito. Y justo me había topado con la figura saliendo de ella. Era imposible ocultarme, así que puse en marcha el plan A de contingencias, me lancé a su brazos. – Gracias al cielo que encuentro a alguien, pensé que iba a ser mi fin. Llevo horas andando sobre la nieve, estoy mojada, helada y cansada. – Verdad todo, aunque con matices, pero eso eran cuestiones menores que no venían al caso. - ¿Me podría ayudar usted? El hombre reaccionó primero con sorpresa. No solo por mi aparición, si no por que no fue capaz de que lo abrazara. Casi fue más sorprendente lo segundo que lo primero, pero no podía negarse a ayudar a una mujer como aquella, en medio de la nada y lo más importante, no parecía una amenaza a pesar de todo. – Parece que tienes un buen problema encima, pero estás de suerte, dispongo de una cueva que uso como casa justamente aquí. Puedo ayudarte a secarte esas ropas… pero no tengo ninguna otra para dejarte mientras. Puede darte también algo para comer mientras escucho tu historia. Entré junto al contrabandista a la cueva, toscamente oculta, pero los cambios de rasante la hacían perfecta incluso así. No tenía mucho más, una bajada con escalones tallados que daban a una estancia redondeada de unos dos metros de altura ya que entraba justa en ella. De esta salían tres túneles o estancias, de los que desconocía la longitud o tamaño al estar cerrados por puertas toscas de madera oscura. – Pues no hay mucho que contar, estuve bebiendo en una de las tabernas y me indicaron para volver a mi alojamiento, pero de alguna forma terminé caminando por medio de ese mar de nieve. Por suerte apareciste tú, mi salvador. – Una pena para el que la estancia no fuera tan fría como el exterior, o mis esporas no hubieran podido afectarle. Había mejorado en su uso desde el incidente con la camarera en la isla Karate. Mientras comenzaba a desvestirme para poner la ropa a secar, y él preparaba algo de comer sin quitarme ojo, con el fuego dando algunas crepitaciones, las esporas lo fueron envolviendo. Cuando comencé a quitarme la falda, dejando al descubierto la daga sobre el leotardo, el individuo se alarmó. Fue sutil, pero ya no parecía tan calmado y centrado en otras partes de mi cuerpo como antes. Y entonces lo notó, el veneno haciendo efecto. Sus ojos se abrieron como platos. – Zorra. – Consiguió articular mientras trató de desplazarse por su arma, aunque lo conseguí interceptar antes. Había desenfundado la daga y conseguido clavársela en la pierna, haciendo que trastabillara, pero a pesar de ello consiguió hacerse con su espada. Tras un intercambio de golpes entre ambos, del que no salí ilesa, pero sí sin nada de gravedad, conseguí que dejara de pelear, haciendo uso del corte de carnicero. Con él conseguí, no sin un poco de suerte, cortar en parte su tendón de Aquiles derecho. La misma pierna que había recibido mi primer ataque en el muslo. El hombre terminó desmayado sobre el suelo, al final la combinación veneno y cortes había sido la vencedora, aunque no lo mataría. Lo tendría que llevar para ser juzgado. Aunque antes, tocaba investigar la cueva y sus estancias. Las tres puertas, de hecho, daban a una letrina, una despensa y un almacén. Nada que comentar de las dos primeras, salvo que la letrina era un completo desastre y la despensa estaba en mínimos. En cuanto al almacén, tenía el mismo tamaño, o incluso algo más que la sala principal. Contenía varias decenas de cajas sin etiquetas ni rótulos. Al abrir uno, pude ver una botella de unos los licores más vendidos, producidos solo en la isla y que no se importaba para fomentar las visitas para su compra. Había varias marcas más que operaban de forma similar, junto con otras que si se vendían fuera, pero su precio era alto. Por el momento tendría que quedarse todo allí, yo no podía llevar las cajas y al prisionero, y menos si apenas podía caminar. Cogí varias botellas de las que no se importaban, y cargué al contrabandista. El hombre apenas llegaría a los ochenta kilos, cargándolo como si de un saco se tratara me retrasaría, pero no sería nada que no pudiera soportar. Tenía además mi propio rastro para salir de allí e ir directa a entregar al susodicho a las autoridades, dando indicaciones precisas de donde encontrar aquel lugar y su contenido. Por supuesto, creer a alguien como yo podía ser difícil, mi aspecto no era el de alguien duro, pero el llevar cargado al tipo y las botellas fueron suficiente como para que empezaran a moverse y mandaran a alguien para comprobarlo. No tardó demasiado, parecía que habían mandado a alguien rápido y experto en rastreo, pero quien sabía, la cuestión es que confirmó mi historia. Con una buena recompensa en el bolsillo, la siguiente noche volví a la tasca, donde invité a los que habían dado el chivatazo inicial a lo que pidieran durante el resto de la noche y hasta a un par de rondas al resto. Al final hacerse un nombre no era sólo entregar criminales, agradecer los chivatazos, aunque fueran sacados como aquel, era algo que debía hacer. Esos hombres habían ayudado al gobierno al entregar a alguien que amenazaba la economía de la isla. Puede que no fuera nada, o puede que hiciera que la isla se mantuviera estable en lugar de tener que tratar con problemas por la venta ilegal.
Cosas
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