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[Fic] Promesa a una mariposa - Aria Áster - 12-10-2026 79 de Verano del año 18,
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Aria no sabía qué hacía ahí, pero recordaba haber caminado por las calles. La suciedad no se acumulaba en la superficie, pero sí en los recovecos que había entre los adoquines. Las calles le resultaron familiares, pese a que de algún modo supo que su distribución era extraña. Era una ciudad grande, con muchas casas y locales, no le faltaba nada. Pese a eso, siempre se sintió insatisfecha en ese lugar.
Su caminata le llevó al límite de la ciudad. Unas barras de metal grisáceas se alzaban hasta el cielo, las mismas barras que rodeaban toda la zona y la convertían en una jaula. Alzó primero una de sus manos y rodeó el barrote con sus dedos, era frío al tacto. Cada barrote estaba separado de los otros por un espacio estrecho, pero no lo suficiente como para que Aria no pudiese cruzarlo si contenía la respiración. Aún así, sabía que no lo haría. Nunca fue una jaula física la que la retuvo en esa ciudad, de haber sido así, hubiera escapado cuando Reen lo hizo.
Escuchó pasos a la lejanía. La ciudad era gris, existían los colores, pero estaba tan acostumbrada a ellos que se habían vuelto igual de sobrios que el gris. Tras las barras, sin embargo, había un mundo desconocido: césped que no había pisado, árboles que no había tocado, aire que no había respirado.
— ¡Aria! — Exclamó Luna una vez estuvo frente a ella. Tenía un vestido naranja, simple y vibrante, como ella. — ¿Qué haces aún ahí?, ¡ven! — La mano de Luna sostuvo la suya, la que aún rodeaba el barrote de metal. Era cálida, pero no suave, tenía algunos cortes y heridas que ya habían cicatrizado y algunas durezas, especialmente en el índice. El frío del metal se sintió un poco más lejano gracias a ese calor. Luna tironeó de su mano, ella cedió en soltar el metal, pero no permitió que ni siquiera su mano cruzase la frontera que dividía el gris y el color. — Vamos, Reen ya ha cruzado, es tu turno. — Insistió, tironeando otra vez. A lo lejos, cerca del bosque, vio a Reen, con una mochila a su hombro, mirándola con ojos amables. Le sonreía de la misma forma que lo hizo antes de huir. Con la única sonrisa que había visto en él en toda su vida. — ¿Tienes que devolverle el reloj, no?, no puedes quedarte aquí. — Aria sintió un peso en su mano libre, cuando alzó la mano para ver qué era, vio que era el reloj que Reen le había dado antes de irse. No creía que lo hubiera tenido antes de que Luna lo mencionase, pero no le dio importancia.
— No puedo pasar.
— ¡No digas tonterías, claro que puedes, nada pasará! — Repitió Luna, tirando nuevamente.
— Aquí estoy a salvo, fuera es peligroso. — Insistió. — Hay marines fuera.
Luna hizo un puchero. — Dentro también los hay, y peor, son los marines de papá. — Aria pasó por alto que Luna se estaba refiriendo al padre de Aria como ella misma lo hacía: “papá”.
— Fuera hay piratas.
— ¡Son los enemigos de los marines!
— Y cazarrecompensas.
— ¡Pero no somos criminales! — Luna sonrió confiada.
Aria dudó, y dudó, y dudó.
— El mar es aterrador, hay monstruos en las profundidades.
— ¡Reen y yo te protegeremos! — Luna volvió a tirar de ella. — ¡Vamos, no quiero que mueras con arrepentimientos! ¡Será una aventura!
Aria se mantuvo en silencio, observando por unos momentos los brillantes y honestos ojos de Luna. Ya no le quedaban argumentos, tampoco fuerza para resistirse, así que se dejó tirar. No quedaba nada en la jaula de todos modos, ni Reen, ni Luna, ni nadie. Solo un matrimonio que prometía perpetuar su encarcelamiento.
La brisa alborotó su pelo, la luz del sol era cálida y el aroma de las flores era dulce. Luna siguió tirando de ella hasta que llegó con Reen. No intercambiaron palabras, él seguía con esa gran sonrisa y una mirada llena de luz. Aria le entendía, finalmente le entendía. Sonrió, le entregó el reloj y él lo aceptó y lo guardó en uno de sus bolsillos
— ¡Vamos! — Exclamó Luna, tomando la delantera.
Reen le dio una mirada, hizo un gesto con la cabeza, y comenzó a caminar. Aria le siguió. Miró hacia atrás de vez en cuando, insegura de sus propias acciones, pero siguió avanzando.
Estaban saliendo del bosque cuando un temblor hizo que todos se detuvieran. — ¿Un terremoto? — Pensó Aria alarmada. Miró rápidamente a Luna y a Reen, pero ninguno de los dos parecía especialmente preocupado. ¿Era uno de esos monstruos de las profundidades? Podía ver a lo lejos arena, y un poco más a lo lejos, un inmenso mar, pero ni rastro de ningún monstruo.
Devolvió su mirada a Luna, ella estaba riendo. Miró entonces a Reen, parecía preocupado. El temblor se detuvo, pero Reen seguía con la mirada clavada en alguna parte. Aterrado.
— ¿Reen? — Su voz tembló. Siguió con la mirada a donde Reen miraba, hacia atrás de ellos, hacia la jaula. Entre los barrotes, algo grisáceo se movía. No caminaba, se deslizaba.
— ¡Ria, cuidado!
La voz de Reen rompió el tenso silencio que se había formado. No supo qué había pasado, solo que Reen la había empujado.
— ¡Aria, ¿estás bien?! — Exclamó esta vez Luna, acercándose a ella apurada.
— Estoy… — Aria no terminó de hablar, frente a sus ojos, una masa gelatinosa grisácea comenzaba a tomar forma. Reen había quedado atrapado casi por completo y estaba siendo tragado. — Reen… — Trató de hablar, sin estar segura de si su voz pudo ser escuchada por alguien. Él ya no peleaba. Estaba quieto, con la mirada apagada, dejándose absorber por la oscuridad. Igual que cuando regresó a casa después de huir.
Se levantó casi cayéndose, aterrada. Alzó la mano y trató de tomar la de su hermano. Parecía que, al final, él estaba recobrando la consciencia, pues imitó su acción. Vio en su mano el reloj, y comprendió que Reen no estaba tratando de ser rescatado. Rozó con sus dedos la mano de su hermano antes de que fuera tragado. Y todo lo que dejó tras de sí fue el reloj dorado, lanzado a sus pies con el último impulso que le quedaba.
El monstruo estaba a unos pasos entre ella y el reloj. Sus ojos bajaron de inmediato al reloj, apenas podía procesar que estaba frente a un monstruo o que su hermano había muerto. Se agachó, lo recogió, y volvió a incorporarse. Apretó el reloj contra su pecho mientras el monstruo gelatinoso se acercaba poco a poco a ella. No podía moverse. Las piernas no le respondían, como si hubiesen dejado de pertenecerle, y las lágrimas le surcaban las mejillas antes de que ella misma se diera cuenta de que estaba llorando.
— ¡Cuidado Aria! — Luna la apartó de un tirón justo antes de que la gelatina la alcanzara.
Luna las llevó lejos, a unos diez metros por lo menos. Su falda, que siempre volaba con facilidad, le hizo sencillo correr, la tela parecía preparada para eso y mucho más. La vio sacar una pistola de cerca de su muslo, debía haberla tenido oculta todo el tiempo, y apuntó al monstruo. Todo pasó muy rápido, Luna disparó en un instante y al siguiente ya estaba corriendo, y obligando a Aria a seguirla. Se ocultaron tras unos árboles y Luna repitió la misma maniobra varias veces: disparar, correr, esconderse.
— Me estoy quedando sin munición. — Murmuró, revisando la pistola con la mirada.
Aria mantuvo los ojos en el monstruo. Aún tenía la sensación de que nada de aquello era real, y esa sensación se mezclaba con la impotencia de no poder hacer nada, solo dejar ser arrastrada. Entonces, vio a lo lejos la ballesta que su hermano había dejado atrás. Gracias a esa misma sensación de irrealidad, la única que le permitía moverse, logró echarse a correr hacia el arma.
Nada era real, no podía serlo. Eso era lo que siempre se decía cuando algo malo sucedía. Se lo dijo cuando su hermano regresó de la huida convertido en otra persona. — No es Reen, es alguien parecido. Reen está bien. — Y ahora Reen había sido tragado intentando protegerla. — No es real. — Se convenció. — Cuando despierte, Reen estará a mi lado.
Se armó con la ballesta y apuntó al monstruo. Había visto a su hermano disparar algunas veces, lo suficiente como para saber donde poner los dedos. Fue entonces cuando descubrió por qué el monstruo no la había atacado pese a haber salido de su escondite. Estaba demasiado ocupado con Luna. La había agarrado, no estaba tratando de absorberla como a Reen, la sostenía y la elevaba en el suelo. Lograba escuchar, vagamente, la voz de Luna gritar desde la altura.
— ¡¿Por qué me estás haciendo esto?!
El monstruo solo emitía sonidos que parecían una voz. Tal vez Luna los entendía; Aria, desde su posición, no.
— ¡¡Para, no!! — Volvía a gritar.
Aria apuntó, pero notó que le temblaban las manos. — Podría darle a ella. — El pensamiento la aterró aún más. Debía calmarse, si no se calmaba, no podría disparar. Sin embargo, el sonido de los gritos de Luna se sentían reales, tan reales que la sensación que estaba teniendo de pesadilla estaba resquebrajándose. Podía escucharla, aterrada, casi llorando. Nunca había escuchado a Luna emitir sonidos tan desgarradores.
— ¡¡Por favor, lo siento, no me sueltes!!
El monstruo la dejó caer.
Aria recordaba haber escuchado su grito. Tiró la ballesta y corrió hasta ella, tratando de atraparla. No quería verla de nuevo en el suelo, manchada de rojo, inerte. — ¡¡Luna!! — Y de nuevo, se sintió cerca, tan cerca, si tan solo hubiese reaccionado un poco antes.
Era demasiado tarde.
Cayó de rodillas. Le costó respirar, presa de un ataque de pánico. La sangre manchó el vestido naranja de Luna y se esparció por el verde del césped. Los ojos de Luna, sin embargo, aún la miraban con un brillo menor. No faltaba mucho para que se apagaran, como lo habían hecho los de su hermano.
— Aria… — Su voz fue un susurro tembloroso. — Huye…
Ella negó con la cabeza. — Lo siento, yo…
— Huye. — Luna le interrumpió. — Huye.
— La jaula… No puedo… Esto ha pasado porque he huido. — Trató de tartamudear.
Luna sonrió, como pudo. — O tal vez porque yo he entrado. — Pareció decir.
— Yo…
Cuando Luna alzó la mano, ella la sostuvo con rapidez.
— Yo seré Aria y me quedaré. Tú serás Luna, y huirás.
Aria agitó la cabeza. — Tú eres Luna.
— Yo ya no puedo ser Luna.
— No puedo hacerlo.
— Hazlo por ambas. — Pidió casi cerrando los ojos. — Coge tu nueva pistola, huye, y cuando nos volvamos a encontrar, háblame sobre todo lo que veas.
Aria comenzó a sollozar, pero no encontró las palabras para rechazarla, nunca lo hacía.
— Estoy deseando escuchar tus historias. — Luna rio. Fue una risa frágil y débil. Después el agarre en su mano se debilitó, y se enfrió, y Aria supo que Luna ya se había ido. Y todo lo que dejó tras de sí, fue su sueño.
El monstruo se acercó a ella, más grande que antes, como si todo aquello lo hubiera fortalecido. — ¿Cuál es tu nombre? — Preguntó, con esa voz áspera que sonaba a la vez a una y a mil voces.
Aria dudó, y dudó, y dudó. Sostuvo con fuerza la mano, ya fría, de Luna, y tomó su decisión.
— Luna. — Respondió, insegura de su propia voz.
El monstruo se quedó en silencio, evaluándola, como si pudiera oler la mentira. Ella apretó con más fuerza la mano de Luna, tratando de sostenerse a sí misma con ese gesto. — Mientes. — Determinó.
Fue demasiado tarde para cuando trató de levantarse o huir. La masa del monstruo cayó sobre ella, dispuesta a aplastarla.
Aria despertó ahogándose con su propia respiración y cubierta de sudores fríos. Llevó su mano al pecho, escuchando a su corazón latir desbocado. — Solo fue una pesadilla. — Se dijo a sí misma, dejando escapar un suspiro aterrado. Las pesadillas se habían calmado aún más desde que había dejado Roshwan, pero eso no hacía que no fueran aterradoras cuando las enfrentaba.
Dejó escapar el aire y salió de la cama. Lo mejor sería darse una ducha caliente, eso le ayudaría a calmarse un poco. Casi tropezó con la carpeta que siempre llevaba encima, parecía que se había caído durante la noche. Algunas hojas se habían esparcido, sus anotaciones que aún debía pasar a limpio, algún que otro dibujo, y algún wanted. Recogió los papeles, los guardó de vuelta en la carpeta y la volvió a dejar sobre la mesita de noche, esta vez más retirada para que no volviera a caerse, al lado del viejo diario de Luna.
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