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Dos caminos | Auto. T3 - Enji - 12-10-2026 24 de Otoño, Año 18.
Los días se hacían largos en Long Ring Long Island. Después de Skypiea, los juegos y las vacaciones en las nubes; después de enfrentar, derrotar y capturar a una tripulación pirata; después de entregarlos en mano a un vicealmirante y descubrir en el periódico que les habían arrebatado meses de vida mientras competían en el cielo; después de todo eso, la flamante y siempre GLORIOSA División Treinta se detuvo. Hubo una larga pausa, un tiempo que aprovecharon para adaptarse a la nueva organización y a los nuevos miembros del grupo. Todos se conocieron en Skypiea, aunque algunos tenían historia incluso desde antes, pero conocerse y ser compañeros de división eran dos cosas distintas. Todo se podía complicar mucho y muy rápido cuando la cadena de mando se atravesaba. Ordenar, controlar, organizar… demasiada responsabilidad, demasiadas expectativas y demasiado papeleo. ¿Por qué no podía ser Juan el líder? Él lo hubiera votado. —Puuuta madre, que pereza. Emergiendo desde la escalera que conectaba la cubierta con las habitaciones, Enji bostezó. Sentía los párpados pesados, pegados, reticentes y adoloridos por la repentina intromisión de la luz. Mientras con la mano derecha se rastrillaba la cabeza y desordenaba la inflada melena con la que despertaba cada día, el comodoro y noble mundial apoyó los codos en la baranda, asomado hacia la playa, y suspiró. Era temprano. El sol asomaba apenas y las gaviotas se escuchaban volar alrededor del imponente Ford’s Transit, confiadas después de corroborar, durante varios días seguidos, que la cabeza de gato que ocupaba su mascarón de proa era solo un tallado de madera. Ford, el verdadero, el único, el inigualable Ford ya había cazado a media docena. Eso era bueno. Se estaba alimentando por su cuenta. El gato blanco se asomó justo detrás de Enji, siguiendo sus pasos de cerca como el pequeño secuaz que era. Se subió a la baranda y frotó su nariz contra su brazo para reclamar atención. —Huh, cabrón, no te vengas a hacer el pobrecito. Yo sé muy bien que has estado durmiendo en la habitación de Nyra —recriminó, mirándolo de reojo—. Bastardo con suerte. Enji tomó a Ford en brazos, lo estiró cuál acordeón y después lo colocó sobre sus hombros, como una gruesa bufanda que lo cubría por detrás de la nuca. —Ahora quédate quieto —ordenó, acariciándole la cabeza con la mano derecha—. Vamos a dar una vuelta, tomar un poco de aire y ver qué tienen de bueno en ese pueblito del oeste. No será tan espectacular como la ciudad dorada y ese castillo gigante, pero está isla también es bastante rara. Levantó la mirada y vio a las gaviotas. Extrañas gaviotas, adaptadas a la temática de la isla con sus cuellos, patas y alas extremadamente largas. —Muuuy rara. Lo peculiar del pueblo Longrindonenze ( ¿Así se diría? ) llamó poderosamente su atención. Personas “normales” ( al menos en apariencia), humanas en su enorme mayoría, que se habían acostumbrado y amoldado al Fenómeno Larguirucho, como él mismo había bautizado a la forma en que todo lo que nacía o crecía en la isla tendía a ser muy, pero muy largo. Los árboles parecían palmeras, palmeras kilométricas cuya copa acariciaba el vientre del cielo y le hacía cosquillas con el correr de la brisa. Los cuellos, patas, torsos y colas de los animales duplicaban y triplicaban su largo normal, convirtiéndolos en versiones caricaturescas de sus razas originales. Un caballo, por ejemplo, podía ocupar decenas de metros entre el largo de su torso y cuello. Una mutación tan extraña de la flora y fauna obligaba a la sociedad a adaptarse, y los Lonrindoninos, gente de armas tomar, lo habían hecho increíblemente bien. Con Ford en hombros, Enji llegó caminando al pueblo. Un lugar pequeño y austero, construído en carpas que rodeaban una fogata central que funcionaba, a su vez, de punto de reunión además de fuente de calor en invierno. Las personas, vestidas en telas ocres, se movían alrededor sin apuro ni urgencia, algunas cargando tinajas llenas de frutas y verduras, otras transportando carne reseca al sol y esterilizada con sal para asegurar su conservación. Largas, larguísimas tiras de carne seca colgadas en larguísimos palos de madera que llevaban en hombros entre tres personas. —Ni se te ocurra —susurró Enji a Ford, que tenía la mirada fija e iluminada, completamente hipnotizado por los largos trozos de carne. Enji lo sujetó del pescuezo antes de que tuviera oportunidad de saltar y se apartó de la calle principal, agazapándose al costado de una choza—. Acabamos de llegar y tú acabas de desayunar. Aguanta un poco, que no te vendría mal algo de dieta. Ya se te cae la panza por el costado de la almohada. —El gatito de pelaje blanco abrió grandes los ojos, su mirada en alto hacia el rostro de Enji, pidiendo clemencia. El marine sólo lo acercó más a su cara y sonrió de forma amplia y burlona—. Esos ojitos ve a ponérselos a Nyra, Juan o Akira. Conmigo no funcionan, gordo. Ford entornó los ojos y terminó suspirando, sus patas delanteras y traseras colgando con resignación. —Así me gusta un poco más. Venimos a chismear, no devorar. —Soltó al gato en el suelo y este pareció entender sus palabras, manteniendose a su lado en lugar de huir—. Vamos. Salió de vuelta a la calle, al camino de tierra que se ramificaba a través de cada entrada de cada tienda y los conectaba todas con la gran fogata central. Sus hombros se movían al caminar, la capa de marine se mecía en su espalda y el cabello, desordenado, caía caótico en varios mechones que le enmarcaban el rostro. Las personas de la aldea se asomaban a mirar de tanto en tanto, curiosidad. Muchos de ellos no habían visto nunca a un marine. De pronto, era el centro de atención de la generación más joven. “¿Por qué usa capa? ¿Que significa lo que tiene escrito en la espalda? ¿Ese gato es suyo? ¿Dónde se fueron sus pantalones?”. La incógnita lo rodeaba y no podía negar que le gustaba ser el misterio del día. Al cabo de unos minutos de lejana y callada expectativa, un pequeño grupo de locales se acercó. Mientras los niños se entretenían tratando de acerase a Ford y atrapar su cola, los padres se dirigieron a Enji. —Señor —dijo uno de ellos—. Usted es un marine, ¿no es así? ¿Qué pasa? ¿Ocurrió algo en la isla? Enji miró al hombre de arriba abajo. Estaba ligeramente encorvado, el cabello largo y oscuro recogido en una cola de caballo y las manos callosas entrelazadas detrás de la espalda. Aparentaba más edad de la que realmente tenía. No había tenido una vida sencilla, pero su alma, al expandir el Kenbunshoku, era brillante. —Estás hecho mierda, eh, viejo —señaló, para empezar, y sacó un cigarrillo de su bolsillo—. Todo está bien. —Sostuvo el cigarrillo entre sus labios y lo encendió con su confiable mechero, dio dos patadas rápidas que avivaron la brasa y escupió el humo en la cara preocupada del padre de familia—. Paramos aquí bajando de la isla del cielo. El hombre tosió, espantó el humo agitando la mano y se le quedó mirando largos segundos. Hizo un notable esfuerzo por tratar de comprender a qué se refería. —¿Isla del que…? —Da igual —replicó Enji—. Lo importante es que nada raro va a pasar en esta isla. Estamos de paso, solo eso. —¿Y el otro barco que vimos llegar hace unos días? —acotó otro sujeto, un poco más alto que el primero y con la espalda más recta—. Llegó y se fue. Enji puso los ojos en blanco. —Nos vino a entregar un mensaje. ¿Leyeron el periódico? ¿Saben algo de todo lo que está pasando? —cuestionó, poniendo los brazos dentro jarra con los puños apoyados en la cintura. El cigarrillo en su boca se consumía con el viento—. ¿No? Entonces cierren la puta boca. ¿Ven esta chaqueta? Esta chaqueta significa que si les digo que una vaca es verde, es porque yo la pinté. Ahora vayan a ser pueblerinos tranquilos otra vez. ¡Eh! —Su mirada se desvío de pronto—. ¡Mete las garras, gordo! El comodoro y líder de división intervino antes de que uno de los niños, el único que tuvo los reflejos necesarios para atrapar al escurridizo Ford y sujetarle la cola, terminara con una cicatriz de por vida en la cara. Ford había sacado las uñas y se preparaba para atacar, cosa que Enji evitó con su grito. El niño se asustó a causa de su voz, intimidante por naturaleza, y acabó soltando la cola del gato para después ponerse a llorar. Sus padres se acercaron, lo levantaron en brazos y lo alejaron del marine y su mascota. Ford se volvió a sentar junto a Enji, maulló y se le quedó mirando desde abajo con evidente reclamo reflejado en sus pupilas rasgadas. Enji le devolvió la mirada y se encogió de hombros. —¿Qué? ¿Te parece que era lo justo? Hijo de puta, esas garras de mierda duelen —dijo, rememorando las decenas de veces que molestó al gato hasta hacerlo sacar las garras y atacar. Cicatrices de esos encuentros no le habían quedado, pero el recuerdo del dolor seguía fresco—. No controlas el temperamento cuando se trata de tu cola. Chill, gordo. Durante la próxima hora, el marine y su leal mascota recorrieron la pequeña aldea, observaron las costumbres y se sorprendieron con las adaptaciones que habían desarrollado para vivir en esa extraña isla. Desde los zancos kilométricos, las varas y los brazos retractiles, los bastones, y hasta las herramientas de mango largo. Inspeccionaron recintos especiales con verjas de madera que superaban los veinte metros de alto. Y, principalmente, Enji se fijó en la cotidianidad, el aire campestre y bucólico que lo envolvía todo. Se sentía dos o tres marchas por encima de lo que pedía la aldea, desencajado. Eso, en cierta forma, lo entristecía. Se sentía mal porque solía conocer ese ritmo, solía, en otra época, vivir de esa misma forma y con esas mismas reglas. La pequeña aldea le retrajo a una vida que había abandonado hacía ya muchos años. —Ah, puta mierda… Tomó asiento sobre el tejado de una pequeña choza de palos y barro, desde donde tenía una mejor vista de todo. Sus dedos apresaron un cigarrillo, el mechero lo encendió y sus labios lo consumieron, llenándose los pulmones de humo. Su mirada, cargada de nostalgia, seguía a un grupo de niños que corrían alrededor de la pira apagada que ocupaba el centro de la aldea. Eran cinco y ninguno debía superar los diez años; chillaban y se perseguían unos a otros, jugando a “Piratas y Marines” bajo la atenta mirada de sus padres. Enji volvió a sorber de su cigarrillo. «Como puede ser…», se preguntó. «A veces… me cuesta recordarlo» Ford se subió a su regazo. Enji lo acarició, pero, para tristeza del gato, no logró apartarse de esos pensamientos. «¿Cuántos años habrías cumplido?» Exhaló humo. Humo denso, blanco, parte del cual volvió a absorber por la nariz. «Eras solo un poco más grande que ellos cuando…» El pensamiento se quedó allí, suspendido en el aire, inconcluso. Había lugares donde la mente tenía prohibido hurgar. Por su propio bien, existían puertas que estaban cerradas y debían permanecer cerradas. Al menos, hasta que fuera necesario abrirlas. «A ella le gustaba bailar —recordó a duras penas—. Nos enseñó a los dos. A él… —Su memoria se retorció, su cabeza empezó a doler. La cicatriz ardía. Se rascó el cuello—. Él tenía muchos papeles en su oficina. Comerciante… ¿Cuánto de eso es verdad?» Recordó el día en que leyó esa edición del periódico, poco después de haber llegado a la Grand Line. Los grandilocuentes titulares hablaban del incidente de Kutsukku, aprovechaban la ocasión para nombrarlo, “descubrirlo”, Tenryuubito, y voltear así el relato en favor de la nobleza mundial. Había que ser muy idiota para no verlo: lo estaban usando. Era propaganda. Buena, bonita y barata propaganda. «Vangelis», pensó. El apellido que ahora pesa antes que su nombre y donde se colgarán todas las medallas que pueda ganar. ¿Así se sentiría ser un caballo de carreras? «¿Por qué nunca dijeron nada? Su madre siempre había tenido esa fijación con la nobleza. Siempre hablaba bien de ellos, los Nobles Mundiales. Personas que, se supone, guiaban el mundo y los mantenían en un sendero distinto a la barbarie que representaban piratas y revolucionarios. Delincuentes, los villanos de cada una de sus historias para dormir. Viéndolo en retrospectiva, tenía sentido. Todo el sentido del mundo. Tenía sentido cuando era pequeño y su frontera llegaba hasta las costas de Roshwan, y ni siquiera. ¿Ahora? Ahora había pasado demasiada agua debajo del puente. Los cimientos, tan bien construidos en su infancia, yacían agrietados y podridos. Se tambaleaba la estructura con cada azote de la marea. El mundo era vasto y extraño, plagado de grises y matices. Conoció marines podridos en Kutsukku. Una mujer con millones sobre su cabeza lo sacó de la inmundicia cuando el alcohol corría más fuerte que la sangre por sus venas. Vio a un enemigo derrotado declarar su lealtad hasta el último segundo, contuvo la sed de sangre de los buenos y sanó las heridas de los malos. ¿Estaría su madre enojada? ¿Lo vería con decepción desde el otro lado? Recordaba las banderas, el símbolo del Gobierno Mundial flameando sobre la torre de cadáveres que nunca enterró. «Viejita, quisiste criar a un noble bailarín» El cigarro terminó de convertirse en ceniza. Lo único que restaba entre sus dedos era el filtro. «Y te salió un idiota que no sabe dejarse los pantalones puestos» Bajó al centro de la aldea, entrada la noche, seguido de cerca por su gato mascota. Hombres y mujeres se acercaban a la fogata que ocupaba la intersección de caminos, vestidos de fiesta. Sencillos pero formales, se colocaron en pareja y empezaron a bailar. ¿O solo lo estaba imaginando? Quizá solo caminaban alrededor, cada uno en lo suyo, cada uno en su vida, en su rol. ¿Y él? Se paró frente al fuego, sintiendo su alma temblar de dolor, e imaginando la silueta de su madre guiando los movimientos empezó a bailar. «Estoy relativamente loco, ¿verdad?» «Me parece bien»
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