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[AT3 Autonarrada] Frente al atardecer - Nadja Alexeyeva - 18-11-2023 Tras lo sucedido en la playa, la tripulación de revolucionarios cargaron los cuerpos de Caoba y Moris a bordo, siguiendo las órdenes de su capitán. Nadja había dejado de llorar, al menos de momento, y ahora se encontraba tremendamente pensativa mientras ponía el barco a punto para marcharse de la isla. Por suerte, era una navegante experimentada, así que controlar aquel navío no supondría una dificultad. No, lo que rondaba por su mente era otra cosa. Le había prometido a Moris antes de morir que lo enterraría en arena. Era una costumbre que habían adoptado algunos lugareños de Arabasta, sobre todo los que se sentían más ligados al desierto, como ella y el grupo de revolucionarios al que pertenecía. Por un momento recordó los meses que estuvo viviendo en las extensas dunas de Isla Sandy, durmiendo en cuevas formadas por rocas naranjas, racionando el agua hasta el punto de que incluso el sudor debía aprovecharse y la saliva resguardarse. Quizás al principio podía parecer un sacrificio suicida, someterse a tales condiciones extremas por voluntad propia. Todos lo pensaban. Sin embargo, después de que tu piel se acostumbrase al calor del sol, de que tus pies adoptaran la costumbre de nunca pisar un puso recto, de valorar hasta la más mínima humedad de tu cuerpo y de esperar hasta el alba para recoger algunas gotas del rocío, después de vivir toda esa experiencia, te acababas enamorando de él. El desierto era salvaje, incontrolable, indomable y justo, pues trataba a todos de la misma manera.
No, Moris no llegaría a Arabasta, el cuerpo no se mantendría en un buen estado tanto tiempo, y eso sería irrespetuoso para su recuerdo y su memoria. Debía ser enterrado lo antes posible. Nadja dejó el barco a punto antes de salir y adentrarse de nuevo en la isla de Whisky Peaks. Solo que esta vez no sería detectada, pues se movería entre los bosques de la isla, con una capa negra con capucha que cubriría su identidad lo suficientemente bien como para no resultar sospechosa. Salió ella sola y sin avisar a nadie. Antes de mover el cuerpo de Moris a ningún sitio, primero debía encontrar un lugar con arena. Una playa valdría, pero no podía ser aquella misma playa. La arena de ese sitio estaba demasiado turbada, se había dado lugar demasiada batalla y movimiento. No, el cuerpo de Moris no descansaría en paz en un sitio así. En mitad del bosque, decidió transformarse en su forma completa. Una daga fría le cruzó el corazón al llevar a cabo su transformación. No había sido capaz de enseñársela a Moris, aquel hombre que le instó hasta la saciedad para que continuara entrenando su poder, por difícil y cuesta arriba que le pareciera el camino. Quería enseñárselo como una sorpresa, como un motivo de celebración, quizás, decirle "tenías rrasón" por una vez. La cabeza del zorro negó de un lado a otro rápidamente, como quitándose aquella idea de la mente. No podía derrumbarse otra vez, todavía no, no hasta cumplir con su misión. Tampoco quería que se hiciera demasiado tarde como para que la tripulación notara su ausencia, así que debía darse prisa. Con la forma de un zorro dorado y nueve colas, aún podía ser llamativa, así que se echó la capucha por encima, ayudándose de su hocico. Fue más difícil de lo que le gustaría admitir, pero es que nunca se había podido imaginar lo que era ser completamente un animal. Al menos la capucha ocultaría la gran cantidad de colas. Con aquel físico se sentía inexplicablemente ágil y rápida, todo ello sin contar lo gratificante que podía resultar el hecho de correr a cuatro patas, de poder colarte entre las raíces de los árboles con facilidad y de que el resto de animales no se asustaran de ti. Bueno, algunos sí, pues el zorro era su depredador natural, pero la mayoría parecía ignorar su presencia. Desde fuera podría dar la impresión de que aquel zorro corría sin rumbo ninguno, simplemente por diversión, o incluso por huir de algo. Pero la verdad es que Nadja tenía clara la ubicación de una playa no demasiado lejana, a unos pocos kilómetros por la costa este de la isla. ¿Cuánto tiempo tardaría en recorrer aquella distancia con la carrera de un zorro? Quién sabe. Por lo menos de manera visual, Nadja podría reconocer cuando se estaba acercando o cuando no. Por el olor a mar y por la cada vez menor presencia de grandes árboles, pudo intuirse que se acercaba a su objetivo. También Moris le había enseñado un mapa de la isla hacía unos días, y gracias a su memoria privilegiada pudo memorizar perfectamente el dibujo del mapa, sus ubicaciones y localizaciones más estratégicas. Aquella playa les podría haber servido como una vía de escape alternativa, o un punto de reunión diferente en caso de problemas... Finalmente no cumplió este propósito. Según se fue acercando, fue cambiando su forma. Transformándose de vuelta a una humana normal. Se aferró la oscura capa al cuello mientras su cuerpo terminaba de volver a la originalidad que le correspondía. Continuó avanzando a pie unos pocos metros hasta que el terreno que comenzaba a pisar se transformaba en arena amarillenta. Era clara, pero no llegaba a ser blanca, ni lo suficientemente tonalizada como para ser denominada naranja. Era un punto medio excelente. Era más pequeña que la playa de la que venía, lo cual otorgaba cierta intimidad. A Nadja le gustó el lugar. Era natural y otorgaba una vista privilegiada para la puesta del sol que resultaba bastante romántica. Era ideal para Moris. Se condeció a sí misma unos minutos de soledad en aquel lugar para reflexionar y disfrutar de las vistas. El sol se reflejaba en un tono naranja intenso sobre el mar, creando un espejo perfecto. Aún después de que aquellos ojos hayan visto decenas y centenares de atardeceres en su vida, se trataba de un fenómeno del que nunca se cansaría observar. Podría parecer que carecía de emoción, que siempre eran iguales... en absoluto. Marcó con una equis el sitio perfecto en el que le gustaría enterrar a su compañero. Se trataba de una pequeña elevación del terreno arenoso, con algunas plantas silvestres y un poco apartado de lo que era el comienzo del mar. Por último, recogió del suelo algunos trozos de madera. Eran un par de palos grandes y un trozo alargado que había caído de la corteza de un árbol. Los cargó entre sus manos y comenzó a dirigirse en el sentido contrario al que había venido, buscando el camino de vuelta hacia el barco de los revolucionarios. Esta vez, el camino lo haría a pie, en su forma humana. Le llevaría algo más de tiempo, sí, pero también tendría espacio para estar a solas. Pensaba en lo extraño que le resultaría ahora unirse a aquel equipo. En primer lugar, no sabía si la aceptarían, pues no habían contado con el suficiente tiempo como para hablar del tema. En ese aspecto se encontraba ciertamente insegura. ¿Y si no querían más miembros en su grupo? ¿Y si Nadja no les había convencido? Era curioso que la rubia se preocupara por cosas de ese estilo... pero no podía evitar sentirse como una extraña que se infiltraba sin ser invitada. Al menos de momento. Tras una media hora de camino a pie, consiguió alcanzar a sus aliados. Se adentró de nuevo en el barco de la tripulación con el suficiente silencio como para que nadie se diera cuenta, al menos de forma aparente. Se había apropiado de un pequeño cuarto en los adentros del navío, que contaba con un cama, una redonda ventana y una mesita de escritorio con su silla. Ya no había apenas luz como para trabajar a gusto, así que dejó los palos y la tabla de madera sobre la mesa. Ya lo arreglaría la Nadja de mañana. La Nadja de hoy se encontraba demasiado cansada y al límite como para centrarse en nada, ni si quiera le apetecía forzarse a nada más. Sí, a la búsqueda de la playa se había obligado a sí misma. Le ayudó a despejarse momentáneamente de sus sentimientos y la presión de su pecho. Pero ahora, en un cuarto encerrada, a solas con la luz de la luna y el sonido del mar... sentía que el mundo se le venía encima de manera inevitable y arrolladora. Los soldados como ella solo se permitían ocasiones momentaneas para dejar aflorar los sentimientos más profundos. Mostrar la tristeza era un privilegio que tenías que ganarte. Unas lágrimas se le podían escapar a cualquiera, pero el llanto y la desolación eran cosas privadas. En eso consistía la dureza de ser una hija del desierto. Y en ese momento, en la más absoluta soledad y tranquilidad de un cuarto pequeño en un barco cualquiera, pudo permitirse a sí misma la libertad de llorar con todas sus reprimidas ganas la pérdida de lo que había sido como un hermano mayor para ella, como una figura paterna donde nunca había existido ninguna. RE: [AT3 Autonarrada] Frente al atardecer - PX-2 - 18-11-2023 AVENTURA AUTONARRADA T3 - COMPLETADA
Ganas:
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