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{ Fic } El calor de la forja - Versión para impresión

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{ Fic } El calor de la forja - Daryl Kilgore - 07-12-2023

Día 1 de verano, año 11
3:00 am



Daryl se encontraba en su habitación a oscuras, únicamente iluminada por la luz de unas pocas velas que descansaban sobre el escritorio, derramando su cera líquida y caliente por encima de unos soportes de plástico que evitaban un posible desastre. Hacía ya semanas que había recogido un libro de la gran biblioteca del árbol de Ohara, y aprovechaba sus tiempos muertos y noches de insomnio para continuar la lectura, cuando no estaba bebiendo. Hablaba de muchas cosas, era tremendamente gordo y extenso, pero era justo lo que necesitaba. Anteriormente había ido marcando con dobleces y marcadores las páginas y capítulos que más le interesaban, los que más necesitaría repasar y releer. Era un libro sobre construcción, artesanía, manualidades... todo lo que fuese relativo al tema. Hablaba del tratamiendo del metal, de la madera, del hierro... pasaba de la carpintería a la metalurgia, abarcando muchos aspectos diferentes e interesantes. Daryl estaba leyéndolo, o más bien repasándolo, sentado frente aquel escritorio, con una libreta en el lado derecho. Sujetando un lápiz con la única mano que le quedaba, iba apuntando lo que creía que le resultaría más útil, pero más importante que eso: estaba dibujando un prototipo. Era un dibujo burdo, muy guarreado y torpe, con líneas difusas, pero apuntó con precisión los detalles más escabrosos y necesarios, como las medidas de cada parte y los materiales que necesitaría para cada una de las piezas. Sí, estaba ideando una extensión metálica para su brazo amputado. La verdad es que llevaba años con aquella idea rondándole por la cabeza. Después de tanto tiempo, estaba la mar de acostumbrado a hacer su día a día sin el antebrazo ni la mano izquierda, pero había veces, sobre todo en combate, donde sentía que era... insuficiente. Y dentro de él una cierta curiosidad le carcomía, ¿sería útil? ¿Cómo sería la experiencia de sentir que contabas de nuevo con las dos extremidades?


Dia 1 de verano, año 11
9:00 am



Tras haber dormido prácticamente nada, tan solo unas pocas horas, Daryl se levantó de la cama. Ojos de mala leche, pelo despeinado, dolor en el cuello por la mala postura que había mantenido toda la noche... pero nada de eso le importaba, porque hoy tenía el día libre, libre para poder hacer lo que se le antojara, y ya tenía claro lo que quería hacer con ese tiempo. Le dijo a Irina algo como: "oye me voy a hacer unas mierdas por ahí", y a Irina le dio bastante igual, pues no es que estuviera despercidiando tiempo de trabajo, así que no había nada más que hablar. En la isla donde se encontraban en ese momento, había escuchado de la existencia de una fábrica metalúrgica especialmente buena. Solía ser una información bastante intrascendental y olvidable para casi todo el mundo, pero para las personas que estaban algo informadas del tema, se trataba de un valioso conocimiento. La llegada a la fábrica no le llevó mucho tiempo, dentro de él había un sentimiento extraño... una cierta emoción, ganas de seguir. Gran parte de su día a día se lo pasaba como en modo automático, avanzando y avanzando, cumpliendo órdenes y continuando con la vida sin pensar las cosas demasiado, basándose en ser una máquina de hacer bien su trabajo. Sin embargo, ahora estaba haciendo algo que le interesaba, algo que le serviría a futuro. Quizás no salía bien, quizás no era lo que le esperaba, pero si lo lograba... sería como volver a tener diez años, quién sabe, antes de amputarse él mismo el brazo.

Finalmente llegó al lugar indicado. — ¿Vendéis hierro? — Preguntó a palo seco, sin un buenos días primero ni nada por el estilo. El trabajador se quedó algo sorprendido por su propuesta, pocas veces ocurría que un particular aparecía ahí en persona para comprar material para su uso personal. — ¿Perdona, cómo? — El señor no entendía nada. Daryl suspiró, no le gustaba andarse por las ramas, había hecho una pregunta bastante sencilla. — Hierro, que si vendéis. El dinero no es problema, pero necesito mucho. Unas... quinientas piezas de cincuenta centímetros por cincuenta. — Los ojos estupefactos del señor le observaron sin dar crédito a lo que escuchaba. — Lo-lo siento, señor, pero... solo vendemos tantas cantidades a fábricas, o empresas certificadas... no a particulares. ¡Es mucho! — Daryl se rascó la nuca. Odiaba la burocracia, ¿por qué si tenía el dinero no podía simplemente pagar por él? ¿No se supone que estamos en un mundo capitalista, donde gobernaba quién tuviera la moneda mas grande y brillante? Suspiró, no iba a poder rebatirle mucho a aquel trabajador, solo cumplía órdenes... él entendía lo que era eso. — ¿Puedo hablar con el encargado, el jefe o lo que haya aquí? — Preguntó, sin preocuparse en si sonaba demasiado borde o no. El hombre parecía sorprendido, sin embargo no tardó en indicárselo. — Sí, sí, pasa adentro. — Daryl hizo caso sin pensárselo dos veces. Adentro, se estaba dando lugar un festival de luces, chispas y martillazos. Un grupo de hombres fundían hierro, otro grupo se turnaba para dar con el martillo a una espada al rojo vivo. El espadachín respiró hondo, le encantaba ese olor. Tras caminar unos pocos metros, un hombre se acercó a él. Era alto, aunque no tanto como él, con el pelo canoso y multitud de cicatrices, en eso sí que se parecían. — Encantado, soy Halton, el jefe. — Le tendió la mano para saludarle, pero Daryl no correspondió dicho saludo. Por un lado porque no le gustaba el contacto, y por otro porque le había ofrecido justo la mano que le faltaba. Halton al darse cuenta retiró rápidamente el brazo, ciertamente incómodo. — ¿Qué busca? — Decidió pasar de tema e ir al grano. Daryl lo agradeció. — Hierro, unas quinientas piezas medianas. Sé que es mucho. — Dijo, adelantándose a su posible reacción. — Soy agente del gobierno, el dinero no es un problema. — A pesar de lo extraño que era que un solo hombre acudiese a comprar tanta cantidad de material por sí solo, Halton no expresó su sorpresa, como sí había hecho el anterior trabajador. Se llevó una mano al mentón y miró hacia su izquierda, pensativo, guardando unos segundos de silencio antes de dar sentencia. — Está bien, puedo venderte unas trescientas placas, más me es imposible. — Bueno, al menos era algo... más de lo que se esperaba sacar, por la respuesta que le dio el primer señor con el que habló. — Perfecto, sírvase. — Le lanzó una pequeña bolsita marrón, estaba cerrada y dentro se encontraba una generosa cantidad de berries. El dinero no era suyo, una de las ventajas que tenía ser un buen agente del gobierno y cumplir con las misiones que le encargaban. Sería más que suficiente para pagar las piezas que le había ofrecido. — ¿Dónde podría comprar el resto? — Le preguntó, quizás había otra fábrica cerca, alguna tienda más local donde pudiera sacar algo... si alguien lo sabía, desde luego se trataría de un hombre como Halton. El jefe recogió la bolsa al vuelo, la balanceó sobre la palma de su mano y la guardó de un bolsillo interior de su chaqueta, con una sonrisa sutil en el rostro. Era un buen negocio el que acababan de cerrar. Hizo un gesto con el brazo derecho, señal para que uno de los trabajadores se acercara al dúo. — Tráeme trescientas de hierro, medianas, todo bien empaquetado, ¿de acuerdo? — Le ordenó a su empleado, quién se puso en marcha de inmediato. — ¡Sí, señor! — Respondió, antes de salir corriendo hacia el almacén. Halton volvió a dirigir su atención hacia Daryl. — Hay tiendecillas por los alrededores, podrás sacar entre todas unas... cien, quizá. — Se encendió un cigarrillo. — El resto tendrás que ir a buscarlas a la mina. Queda a un rato andando por las afueras de la ciudad, quizás puedan ofrecerte algo. — Se encogió de hombros, no parecía estar demasiado seguro. — Aunque la cerraron por un tema de unos criminales que se montaron una base ahí... un lío tremendo. — Daryl se guardó el gesto, si hacía cualquier señal podría quizás intuirse que él había tenido algo que ver. — Entiendo. — Tenían que hacer algo de tiempo, mientras los trabajadores se ponían a contar el hierro y a guardarlo todo para llevarlo. Halton se fijó en el enorme espadón que Daryl llevaba a la espalda, era imposible no mirarlo, por mucho que la capa lo tapase de forma parcial, destacaba igualmente. — Qué pedazo de arma, ¿puedo verla? — Daryl sabía que se trataba de un experto, alguien que probablemente había forjado miles y miles de armas antes. Así que... confió en su sabiduría como experto. Llevó su brazo hacia atrás, agarrando el mango de la enorme espada, y la sacó de su espalda, llevándola hacia delante. La dejó enfrente de los dos, en el medio. Daryl tuvo que apartarse un poco para hacerle hueco a tremendo bloque de hierro. Halton dejó salir un silbido de sus labios. Se agachó para observarla mejor, con su mano derecha acarició el filo plateado, perfectamente afilado, no le hacía falta comprobarlo para darse cuenta. — Menuda barbaridad... es increíble que puedas manejarla. — A Daryl se le escapó una media sonrisa. La verdad es que era un arma increíble. — Si algún día necesitas que le hagan algún apaño... estaría encantado de tratar con esta belleza. — Qué majo era Halton, qué bonachón y simpático. Daryl volvió a guardarse la espada, seguía sonriendo. — Lo tendré en cuenta. — Le respondió con toda la amabilidad que pudo sacar al exterior, que no era demasiada, solo la justa.

Al poco rato llegaron los trabajadores con las placas de hierro, todas empaquetadas y apiladas en una carreta para que su transporte fuera más liviano y fácil. — ¿Te las llevamos a algún lado? — Pues mira, ahora que lo pensaba... Se llevó la mano al mentón, pensativo. — Si os ofrezco algo más de dinero, ¿podríais dejarme utilizar vuestra forja y herramientas? Quiero fabricar una cosa. — Halton miró a sus trabajadores, y sus trabajadores se miraron entre ellos. Aquello sería la primera vez que ocurría, ya no que permitían que alguien que no curraba allí usara sus útiles, sino que alguién lo preguntaba siquiera. Halton soltó una gran risa. — ¡Está bien! Te has ganado mi curiosidad. Dejaremos las placas aquí para cuando las quieras usar. — Daryl fue a sacar algo más de dinero, pero el señor se lo prohibió. — No hace falta que pagues más, suficiente nos has dado ya. — Resultaba incluso demasiado buena persona... ese tipo de personas reblandecían el duro caparazón de Daryl, no estaba acostumbrado a tratar con gente así, toda su compañía estaba formada por cabrones de cuidado. — Muchas gracias, en un rato volveré. — Finalizó el espadachín. — Perfecto, solo ten en cuenta que cerramos a las diez de la noche en punto y abrimos a las seis de la mañana, mientras vengas dentro de ese horario no habrá problema. — Su sonrisa era amplia, la de Daryl mucho más sutil. Le hizo un gesto con la cabeza, dándole a entender que aceptaba sus condiciones, y salió hacia el exterior, de nuevo la ciudad.


10:00 am



Según la información que había sacado de Halton, por allí debía haber algunas tiendas más que vendieran también algunas placas de hierro. Aún le quedaban doscientas, si podía sacar aunque fuera la mitad de algunos negocios locales ya habría sido un buen avance. Así que comenzó a pasearse por las calles de la ciudad. No era demasiado grande, y era fácil de distinguir cuál era la zona más comercial, donde había mayor afluencia de tiendas y donde empezaría su búsqueda. Era una ciudad tranquila, aquella isla en general era bastante tranquila, quizás la aparición de Glatus y su banda sería lo más escabroso que había pasado en aquel lugar en años, y tampoco es que hubiera sido para tanto. A ojos de Daryl, era un buen lugar donde jubilarse y vivir los últimos años de vida, rodeado de paz y calma. Quizá él también pudiera permitirse ese lujo algún día, quién sabe, la verdad es que con el estilo de vida que llevaba era extraño pensar en que pudiera llegar a viejo. En su mente, moriría mucho antes por culpa de la espada de algún enemigo, una idea que tampoco le desagradaba si tras la batalla existía algún motivo. Algo trascendental... aunque algo así era difícil de encontrar. Anduvo unos quince minutos hasta que se adentró en el barrio donde convivían más cantidad de negocios. Le llamó la atención una ferretería que desde fuera parecía ser bastante amplia y diversa, así que sin pensárselo dos veces entró por la puerta. Se dirigió directamente a hablar con el dueño, sin perder el tiempo mirando por las estanterías en busca de algo que ni si quiera sabía si tendrían. — Buenos días. — Le saludó el señor que atendía la tienda. Era un anciano, pelo completamente blanco aunque extraordinariamente frondoso para su edad, con un bigote que decoraba su rostro y una mirada afable. — Buenas, estoy buscando hierro, aunque también me hacen falta tornillos y muelles... Muelles duros, grandes. — Seguro que era una petición extraña, se imaginaba a los lugareños yendo allí solo a comprar algunas chinchetas o algún metro para medir sus muebles. Sin embargo, el rostro del anciano no expresó sorpresa alguna. — Mmm... — Estaba pensativo. Daryl esperó pacientemente. — Los tornillos y los muelles, ahora te los enseño. — Empezó a abrir y cerrar cajones que se encontraban a sus espaldas, buscando lo que le había pedido. — ¿Cuánto quieres de hierro, hijo? — "Hijo", aquella palabra le dejó un poco frío, por lo que tardó unos segundos en responder. — Eh... necesito unas doscientas placas. — Aquello seguramente le pillaría desprevenido, pero desde luego que no lo mostró, su rostro seguía igual que al princpio, con la misma expresión simpática. — Creo que tanto no tengo, jejeje. — Se rió, mientras continuaba buscando. — Lo que tenga estará bien. — Especificó Daryl, y carraspeó un poco. El anciano no tardó demasiado en darse la vuelta, dejando sobre la mesa de cristal tornillos de varios tamaños, igual que con los muelles. Daryl los examinó de cerca, tocando varios de ellos, comprobando el grosor y la firmeza de cada modelo que le había ofrecido. Mientras él divagaba y comprobaba cada uno, el anciano se giró y comenzó a buscar entre diferentes cajas el hierro que le había pedido. Para cuando lo encontró, Daryl ya se había decidido. — Me llevo treinta tornillos de este tamaño y cuatro muelles de este tipo. — Apartó a los dos que se refería, destacándolos entre el resto. El dueño asintió, y comenzó a guardarlo todo en una caja. — Hierro no tengo tanto, hijo, pero puedo darte setenta placas, es lo que me queda. — Daryl asintió. — Está bien. Gracias. — Fue sacando otra bolsita de dinero que no tardó en depositar encima de la mesa. — Gracias a ti, hijo, jejeje. ¿Puedo preguntarte? ¿Qué quieres hacer con tanto material? — A pesar de no haberlo expresado en su rostro o en sus gestos, la curiosidad le movió a hacer aquella pregunta. Daryl recogió lo que acababa de comprar, cargando con la caja con el brazo derecho. — Un brazo. — Le mostró su muñón, vendado hasta el bíceps por una venda blanca que tapaba la herida. El anciano sonrió. — Qué maravila... espero que te quede bien. — Daryl asintió, despidiéndose del dueño de aquel negocio y salió por la puerta.

Antes de seguir con su camino, decidió dejar lo que acababa de comprar de nuevo en la fábrica. Si tuviera que ir cargando con todo lo que iba comprando, llegaría un punto en el que no daría más de sí. Otro motivo más por el que fabricarse un brazo nuevo era una buena idea. Con cada paso que daba estaba más convencido de que aquello efectivamente podría salir bien, de que tenía posibilidades para que saliera bien. Lo que en un principio parecía algo casi utópico estaba cada vez más cerca de ser una realidad, de dejar de ser solo un sueño. No tardó mucho en llegar, pues ya se conocía el camino. Entró de nuevo, saludando al señor que le atendió en primer lugar y sin siquiera pedir permiso, pues ya contaba con el del dueño. Se aproximó hacia las cajas que le pertenecían, las dejaron cerca de un yunque en el costado derecho, Daryl las reconoció rápidamente. Apiló su nueva compra, colocándola encima del resto, y sin entretenerse más volvió a salir del lugar, igual de rápido que como había entrado. Los trabajadores le observaron ir y venir con cara de asombro y curiosidad, pues aún no sabían para qué necesitaba tanta cosa, ni porque parecía estar tan empeñado y motivado en su trabajo.


11:00 am



La siguiente parada sin embargo, no era tan apacible como había resultado ser las dos anteriores. Halton le había mencionado que en la mina local es donde extraían el hierro, y que quizás allí podría haber alguien a quien comprárselo... Sí, Daryl sabía a que mina se refería. "Así que esos piratuchos controlaban la extracción de minerales del pueblo...", hace pocos días se adentró en aquel lugar, acompañado de Irina, la marine Ikirami, el agente andrógino Alzeid y la agente gigante Jude. Era la base secreta de una tripulación de criminales que se dedicaban al narcotráfico y a varias ilegalidades más de las que prefería no molestarse en nombrar ni enumerar. La idea de tener que volver a adentrarse en aquella mina le provocaba una tremenda pereza, sin embargo sabía que la recompensa merecería la pena, y además estaba ya tan cerca de su objetivo que... no lo pensó más y comenzó la caminata hacia la mina, a las afueras de la ciudad de Akarui. Poder apreciar aquella senda de día y a solas era una experiencia completamente diferente a la que experimentó en la anterior ocasión. Esa paz, esa tranquilidad... casi parecía tratarse de un sitio diferente. La brisa era agradable, aún era temprano y no había empezado la calor atosigadora y característica de la estación en la que se encontraban. Era reconfortante. Según iba avanzando y acercándose, encontraba por el camino señales que avisaban de que la mina estaba cerrada. Sí, lo había escuchado, después de la masacre que se dio lugar en aquel sitio, el rey decidió que era mejor cerrarla durante un tiempo, hasta que las aguas se apaciguaran y se cercionaran de que era un lugar seguro. Los trabajadores se volvieron a sus casas, sin saber cuando recuperarían su trabajo, lo que parecía una mala noticia... pero al menos dejarían de trabajar en secreto para unos piratas traficantes. Habría que poner ambas cosas en la balanza, ver qué compensaba más. Igualmente el cierre no duraría mucho, aquella isla dependía demasiado de sus minerales como para poder permitirse tal cosa.

Cuando llegó a la entrada de la mina se encontró con un cartel justo en medio que prohibía el paso a los posibles visitantes. Daryl lo ignoró completamente, pasó por el lado derecho, esquivando también unas cintas amarillas con las que habían rodeado la cavidad. Realmente eso era una buena noticia, sin nadie vigilando ni trabajando en la mina, podría hacerse con todo el material que necesitara sin tener que darle explicaciones a nadie, ya había gastado bastante dinero que se le había cedido. Comenzó a adentrarse en la mina, por un camino que ya conocía, pero que parecía bastante más distinto a lo que recordaba. Las autoridades del lugar habían limpiado bastantes cosas, por ejemplo los pájaros que se encontraban enjaulados. Con el cierre temporal del servicio, los estarían cuidando en otro lugar hasta que el trabajo se retomase de nuevo. O quizás habían muerto al no ser adecuadamente atendidos, quién sabe... ¿hasta qué punto les importaría a las autoridades las vidas de unos pocos canarios? Seguramente no mucho, pero eso sería sacar conclusiones sin pruebas. A pesar de ser de día, según Daryl iba avanzando por la cueva, más oscura se tornaba su visión. Como era lógico, la luz no llegaba al interior de la mina. Poco a poco, el paisaje se iba pareciendo más y más a cuando entró allí con las otras chicas a hacer la misión. Eso le hacía pensar. ¿Desde cuándo se rodeaba él de tanta gente? Con Irina ya había hecho una excepción muy grande, y al principio fue algo forzado a lo que se tuvo que ir acostumbrando con el paso del tiempo, sin embargo, unirse de repente a otras tres personas más sin casi conocerlas... y ahora parecía que seguían enfrascados todos en otra misión más. ¿Hasta cuándo estarían todos juntos haciendo piñita, como si fueran una familia feliz? ¿Cuánto duraría la broma? Con Irina se llevaba bien, le gustaba su compañía, la disfrutaba la mayoría de las veces, obviando los momentos en que se ponía insoportable. Ikirami era un soplo de aire fresco, era amable y agradable hablar con ella, sin embargo ella e Irina parecían no soportarse... A Jude apenas la conocía, a pesar de su gran tamaño había resultado ser bastante útil y no parecía ser una mala persona, además Irina la toleraba, lo que ya era bastante. Y luego estaba Alzeid. ¿Qué decir de Alzeid? Era un tipo de persona que no había conocido jamás. Con Irina la primera vez le pasó algo parecido, pero Alzeid... era un nivel más allá: más desesperante, irritante y confuso, pues parecía que disfrutaba molestando al espadachín cada vez que tenía ocasión. La mayoría de las veces ni le entendía, tenía una forma de ver el mundo y a las personas que le desconcertaba tremendamente. Incluso había mencionado que iba a fundar una religión propia o algo así... Había momentos en los que Daryl sentía que podía hablar con él como si fuera una persona normal, pero luego volvía a salir con sus tonterías de si llamarle perro y cosas del estilo. La verdad es que a Daryl le daba bastante igual ese tipo de motes o apodos, no le resultaban ofensivos, por curioso que pudiera parecer. También su increíble paciencia y desdén por la vida en general resultaba ser una ventaja en cuanto a soportar a personas insoportables se refería.

Tras caminar unos minutos, pensando en sus cosas, llegó a aquella sala circular donde el grupo de cinco tuvo que separarse para escoger diferentes caminos hace días atrás. Recordó cómo Irina le encasquetó esa tarea a él, con todo el morro del mundo, y cómo se adueñó de Jude nada más apareció por el umbral de la entrada, a pesar de que él le había ordenado que se mantuviese en el inicio de la cueva. Recordó su batalla con Hund tras el camino central, el lago estrellado y la atmosfera mágica que lo rodeaba. Sobre todo recordó el momento donde tuvo que ingeniarselas al agarrar la espada, apoyándola de manera muy concreta sobre su hombro para poder permitirse abrir la palma de la mano y expandir sus esporas... Si en ese momento hubiera tenido dos manos en lugar de una sola, habría sido mucho más sencillo, más fácil, más intuitivo, menos engorroso. Si todo salía bien, pronto no tendría que volver a preocuparse por nada parecido otra vez. También recordó cómo casi le dice al grupo que él iría por la derecha con Ikirami, por donde finalmente se encontraba Glatus Piel Azul. ¿Qué habría pasado entonces? Glatus finalmente salió de la misión con vida, ¿y si hubiese sido él? ¿Lo habría matado? Por eso no le gustaba tener que tomar él las decisiones de las misiones, luego siempre te reconcomían la cabeza y te llenaban de dudas, de preguntas que no servían para nada, pues la respuesta era ya imposible de conocerla. Se deshizo de tales pensamientos zarandeando ligeramente la cabeza a modo de negación, y se adentró en el camino de la izquierda. Según lo que Alzeid les había estado contando al grupo sobre lo que encontró en su camino, allí era donde unos trabajadores de los piratas se agrupaban para picar las paredes de la mina, extrayendo aquellos valiosos minerales, materiales prima para cualquier tipo de construcción o invención mínimamente resistente. En el camino le llamó la atención la presencia de unos raíles plateados, usados para llevar y traer carretillas con las que facilitar el transporte de los minerales. Parecía que Alzeid había dicho la verdad, al menos de momento. Ya no sabía cuand ofiarse de lo que decía y cuando no, la línea era tan abstracta que tenía que recoger con pinzas la información que le daba. Por suerte era bastante bocazas. Siguió a pie el camino de los raíles, con toda certeza le acabarían llevando a donde sea que extrajeran el mineral de la piedra. Alzeid con el poder de su fruta había podido desplazarse por aquellos raíles con bastante soltura y rapidez, algo con lo que él no contaba, por lo que quizás le llevaba algo más de tiempo llegar a su destino. Sin embargo estaba tan cerca, que no le importaba lo que le hiciera falta andar, de hecho le gustaba, disfrutaba del simple acto de caminar. La cueva se encontraba en un silencio espectral, profundo y absoluto, solo se oían las pisadas de Daryl chocando contra la tierra de la cueva. A cualquiera le entraría un extraño miedo por el cuerpo, irracional, pues realmente da más miedo saber que hay compañía a pensar que estás solo... sin embargo el ser humano era así, irracional.

Al cabo de un rato llegó a la sala donde Alzeid había luchado contra la pirata pistolera. Ya no quedaba ningún cuerpo, evidentemente, ni sangre tampoco. "¿Se habrán llevado también el hierro?", se preguntó a sí mismo, en su interior deseaba que no. De ser así, su objetivo tendría que verse retrasado hasta que algunos de los negocios donde compró el material pudieran reponerlo de nuevo y volver a comprarlo... un coñazo que esperaba saltarse, sinceramente. La sala era amplia, había varias carretas, cajas, bolsas... Empezó a rebuscar con calma, uno por uno, cercionandose de que no se olvidaba nada antes de pasar a la siguiente. Se adueñó de una caja y fue guardando en ella lo que encontraba que podía serle de utilidad. Sumando lo que había comprado, solo le quedaban unas cien piezas más. En una de las carretas encontró varias tablas de hierro, veinte para ser concretos. Era una buena cantidad, pero necesitaba más. Al menos fue un comienzo alentador, la promesa de que estaba buscando donde debía y de que seguramente encontraría más en el mismo lugar. Siguió revisando las carretas, en la siguiente no encontró nada, estaba completamente vacía, pero en la que vino después encontró otras quince piezas. Poco a poco, se iban acumulando en su caja. Quedaba una última carreta, donde por suerte se encontraban otras diecisiete piezas más. Le quedaban cuarenta y ocho. Si por lo que sea no las encontraba, quizás podría hacerse un apaño con lo que tenía, ¿o quizás podría deshacer algo de hierro...? Usar la forja para darle una nueva forma y una nueva vida. Antes de pensar en eso, terminó de repasar las cajas y las bolsas que quedaban esparcidas por la sala. A pesar de que la sangre había sido limpiada, el olor aún permanecía entre aquellas oscuras paredes. El olor siempre era algo difícil de enmascarar, difícil de borrar, y más aún en aquel lugar que no contaba con ningún tipo de ventilación. Daryl ya estaba acostumbrado a esa esencia, ese aroma, pero entendía por qué aún los mineros no se habían reincorporado a su trabajo, podía ser algo insoportable cuando lo apreciabas por primera vez. Era la muerte en sí misma. No todo el mundo podía soportarlo. En las diferentes bolsas y cajas encontró menos, en total había recaudado en la mina ochenta y cuatro piezas. Le quedaban unas cuantas...

Se quedó pensativo en la sala, llevándose la mano al mentón y observando el lugar de arriba abajo, decidiendo qué hacer ante aquella espontánea aunque esperable escasez. Lo que más le tocaba la moral y le cabreaba era que se había quedado tan cerca de conseguir todas las piezas que necesitaba... tanto que no podía permitirse parar ahí, ya por puro orgullo y determinación. Así que decidió que efectivamente, no iba a irse de aquella mina con las manos a medio llenar, habiéndose tirado toda la mañana buscando. Volvió a rebuscar entre todo lo que ya había rebuscado hacía un momento y fue agarrando todo lo que veía que contenía algo de hierro, por poco que fuera. Picos, mazos, martillos... era material de trabajo que usaban los mineros, pero no le importaba en absoluto. Siempre podrían pedir repuesto de nuevo a sus superiores, sin embargo él no, a él no le quedaba más opción que esa. Tampoco es que se lo pensara mucho. Los picos y los mazos se le acabaron. En su mente pensó que ya era bastante seguro que contaba con el suficiente material, sin embargo... no quería llegar allí después de horas y darse cuenta de que le hacía falta un poco más. Su mente divagó, su mirada volvió a pasearse por la sala buscando una solución a su posible problema. Entonces sus ojos se posaron en las cuatro desmanteladas carretas que usaban para el transporte de los materiales, por un momento sintió como si él hierro que contenían le estuviera llamando, deseando salir de aquella prisión. Esbozó una sonrisa. Se acercó a estas y comenzó, a base de fuertes patadas, a romper un par de ellas. Quedaron divididas en varios grandes trozos. Por suerte, Daryl era lo suficientemente fuerte como para poder llevar acabo aquella tarea sin demasiada dificultad ni cansancio. Además era incluso divertido poder tomarse la libertad de romper cosas sin ningún tipo de consecuencia, era... liberador. Si ahora le viera Irina pensaría que era un estúpido, un gorila, un hombre, en general. Le divertía aquella idea. ¿Qué estaría haciendo Irina? Retiró la madera de los trozos arrancados y separó sus partes, solo le interesaba el hierro que contenían. Se hizo con las placas de hierro que sujetaban toda la estructura de las carretas, con los tornillos, con las barras, parte de las ruedas... Incluso se replanteó en arrancar parte de los raíles que le habían traído hasta allí. Pero revisando de nuevo la caja donde estaba echándolo todo, se dio cuenta de que ya tenía suficiente. No tardó en dirigirse a la salida, con una sonrisa en el rostro.


14:00 pm



Era la hora de la comida, sin embargo Daryl no tenía hambre. Mientras la fábrica se encontraba pausada, con todos los trabajadores haciendo su descanso para llevarse algo a la boca, él trabajaba con el hierro que había conseguido recolectar. Llevaba su libreta, por lo que fue usando su dibujo como guía para todo lo que hacía. Las anotaciones que sacó del libro de la biblioteca también le fueron de gran ayuda, pues era la primera vez que Daryl usaba una forja, por ejemplo. Lo primero que tenía que hacer era calentar las piezas, darles forma aprovechándose del calor y de la flexibilidad que adquiría el metal al ser sometido a tal proceso. Era increíble cómo algo tan duro y resistente podía pasar a ser tan maleable... Estaba claro que a Daryl aún le quedaba mucho por aprender de aquel duro oficio. Sin embargo, iba avanzando, poco a poco, más lento de lo que cualquier otro lo haría, pero sin parar en ningún momento. La propia motivación era todo el alimento que su cuerpo necesitaba para no caer rendido.


Día 2 de verano, año 11
18:30 pm.



Daryl estaba exhausto, físicamente agotado. Trabajar con una mano de menos lo dificultaba todo diez veces más de lo normal. Por suerte, aquel par de días que se había pasado forjando su nuevo brazo, trabajadores de la forja se habían interesado por su labor, ofreciéndole consejos, ayuda, una segunda mano cuando la necesitaba... La amabilidad de las personas de aquella ciudad le dejaron estupefacto en más de una ocasión. Quizás, si todo el mundo fuera así, Daryl no tendría que ser de la forma que era. Solo quizás. Observó el trabajo que llevaba y los planos que había hecho. El avance era gigantesco, ya no le quedaba mucho. Halton se acercó a él. — Tienes que irte pronto, ¿verdad? Sino no irías con tanta prisa, casi ni has comido en estos dos días... — Daryl asintió, tenían que continuar con la misión cuanto antes, no quería que su deseo personal atrasase al grupo. — Me quedaré contigo entonces, lo terminaremos los dos juntos antes del amanecer. — Fue a darle una palmadita en el hombro, pero se detuvo antes de hacerlo. Se había dado cuenta de que las cercanías no le gustaban al grandullón, así que prefirió seguir sin cruzar esa barrera. — Yo... te lo agradezco. — Era sincero. Hacía tiempo que alguien no se implicaba de manera tan desinteresada con él. Era extraño, tremendamente extraño.


Día 3 de verano, año 11
3:40 am



Entre ambos hombres, fueron asemblando las diferentes piezas que habían creado, atornillando otras... dándoles los últimos toques a todas, en general. Los dedos de la mano metálica se movían como los de una persona, pues contaban con piezas redondas entre las falanges que le permitía moverlos con libertad. El antebrazo se unía con precisión a su muñón gracias a los muelles y a una sujección que forjaron para la parte del bíceps. El brazo metálico estaba listo, solo quedaba el momento de la verdad: probarlo. Daryl se lo colocó, el solo, debía saber hacerlo él solo. Entró con asombrosa facilidad, fruto de haberlo fabricado a medida. El metal estaba frío, pero la sensación que sintió era extrañamente cálida. Probó a sujetar la enorme espada con la mano metálica... funcionaba. Era capaz de empuñarla con el brazo izquierdo. Los movimientos eran torpes, pues no era su brazo dominante y aún tenía que acostumbrarse, pero el mero hecho de poder hacerlo era demasiado bonito para ser cierto. En el rostro de Daryl podía apreciarse dicha emoción, en su sonrisa, en sus ojos ligeramente vidriosos. Halton se echó a reír, con una enorme sonrisa en el rostro. — ¡Lo reconozco, chico! Es la primera vez que trabajo en algo así, ¡ha quedado fabulosa! — Daryl asintió, no le salían las  palabras. Se sentía como un niño pequeño. Ambos se dirigieron a la salida. Era momento de despedirse. — Gracias por todo, de verdad. — Viniendo de Daryl, unas palabras así significaban mucho. Esta vez, fue él quién adelantó su diesta para darle la mano. Aquello pilló a Halton de sorpresa, pero lo aceptó rápidamente, estrechando sus manos mutuamente. Daryl respiró hondo, una gota de sudor cayó por su frente, pero... sabía que podía confiar en Halton, sabía que no iba a hacerle nada malo. Al cabo de unos pocos segundos, se soltaron, y tras unas cortas palabras de despedida, Daryl se alejó del lugar.

Era hora de volver, hora de seguir con el camino. Solo que esta vez, la experiencia sería completamente diferente. La sonrisa no se borraba de los labios del espadachín mientras la luz de la luna caía sobre él.



RE: { Fic } El calor de la forja - PX-5 - 08-12-2023

Aventura de Recolección/Creación Completada

Cita:Recolectas:
  • 500 de Hierro

Utilizas:
  • 500 de Hierro

Creas:
  • Prótesis mecánica de hierro para tu brazo