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[Auto T1] - Mi muerte no puede ser tan ridícula - Versión para impresión

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[Auto T1] - Mi muerte no puede ser tan ridícula - Maeve Knox - 16-12-2023

Día 46, 00:30h, verano, año 11
Ciudad Murkhold | Isla Toroa | West Blue


     Aunque se me da bien moverme con sigilo, el sonido del barro bajo mis botas delataba mi paso por las sinuosas calles de Murkhold. Cada ciertos pasos, un charco. No me molestaba en esquivarlos. Cuando llegué al pueblo esa misma mañana, me di cuenta de que el clima y yo nos íbamos a llevar muy bien. El barro y el agua acumulada eran parte de este. Tal vez por mi pelea con el sol, a quien mi piel no tolera muy bien, o tal vez por mi sintonía natural con los climas decaídos, pero la cuestión es que me hacen sentir como en casa. Aunque yo nunca tuve una casa. Tampoco un hogar. El mar es lo más parecido, a decir verdad. Y tampoco puedo confiar plenamente en él, maldición que comparto desde que decidí morder aquella akuma no mi.
     Había dejado de llover hacía apenas diez minutos y ya estaba echando de menos el repicar de las insistentes y frías gotas. Me aparté el cabello pegado a la cara por la humedad sin apartar la vista del oscuro encanto de aquellas calles. Ya por el día me había seducido el alma siniestra que albergaba la isla, así que la noche me invitaba a ahondar en su hechizo.
Mis botas me llevaron a lo que parecía uno de los límites del pueblo, separado de un terraplén mediante una barandilla que había visto días mejores. Me pregunté el apoyo de cuántas personas más aguantaría sin romperse y causar un accidente al pobre confiado que solo buscaba algo de descanso.
     Un tenue rayo pálido se infiltró a través de las densas y oscuras nubes que opacaban el cielo. La luna, tímida, parecía querer tomar algo de protagonismo. Mi piel resplandeció ante el beso del astro. Nunca entendí por qué le otorgaban atributos románticos a su luz, a mí siempre me había parecido algo más bien sobrenatural: las cosas más enigmáticas suelen tener lugar por la noche.
     El golpetazo de una puerta contra la pared alertó mis sentidos. Mis ojos buscaron el lugar de procedencia e inmediatamente capté un brillo amarillento. Después, una figura que apenas podía tenerse en pie. Me habría resultado gracioso si no lo hubiese juzgado antes como patético. Perder el control de aquella manera equivalía a perder la dignidad. Sin poder evitarlo, solté una risotada. ¿Cuántas veces no me había visto sobrepasada por los efectos del alcohol? Procuraba no llegar a perder el conocimiento, nunca se sabe quién puede estar acechando, pero vaya si había despertado al día siguiente sin recordar quién era el idiota de turno que dormía junto a mí. Nunca nadie me había interesado tanto como para registrar su nombre en mi memoria.
     ¿Me apetecía dormir con algún idiota aquella noche? Tal vez, hacía mucho que no encontraba un idiota decente. Tampoco es que me conforme con el primer idiota que encuentre.
     Aceleré el paso, la calle era la misma por la que había salido a la barandilla medio podrida, pero ningún indicio me había hecho saber que allí se escondía una taberna. Pasé al lado del zigzagueante ebrio y me adentré en el local. El primer golpe de olor asaltó mis fosas nasales con una mezcla de sudor, alcohol e intenciones cuestionables. Bien, al menos no olía a mierda. Me acerqué al camarero, un tipo rudo con más pelo por la cara que sobre la cabeza y le pedí una cerveza. La mitad del aroma a sudor posiblemente procedía de su cuerpo, pero por peores cosas había pasado y aguanté, estoica, hasta que me sirvió una jarra del tamaño de mi cabeza. Parece que aquí son de buenas costumbres, pensé. Pregunté que cuánto le debía —soy pirata, pero buscarme un problema por ahorrarme un par de berries no denota mucha inteligencia— mientras agarraba el asa de aquel barril en miniatura. Su mano sudorosa se posó sobre el dorso de la mía.
     —Invita la casa —dijo a continuación. Reconozco la fascinación cuando la veo en los ojos de quienes nunca han visto un aspecto como el mío. Hacía muchos años que esto me dejó de incomodar. Lo que sí me perturbó que me tocase. El asco y una fuerte punzada de irritación se acomodaron en mi estómago. Retiré la mano de inmediato.
     Mi autocontrol era suficiente como para marcharme a una mesa sin golpear al tipo, pero no para abrir la boca sin insultarle.
     —Puta manía, se podría guardar la mano en el culo —farfullé mientras localizaba una mesa al fondo de la taberna. Me dirigí hacia allí y me senté de frente al resto del local. No me gustaba dar la espalda a lugares amplios, y aquel sitio lo era lo suficiente.
     El murmullo era constante, motivado por la borrachera de la gente que me rodeaba. Escuché anécdotas contadas a voz en grito para lograr convertirse en el más popular de la panda; vi ridículos intentos de ligoteo con mujeres que, aun siendo dueñas de una belleza mediocre, estaban muy por encima de las posibilidades de aquellos gañanes. Mientras bebía de mi cerveza, cuyo sabor me sorprendió gratamente, me entretenía intentando averiguar si alguno de aquellos pobres diablos —o diablas— pertenecían al mundo de la piratería. Por supuesto, no encontré ninguna figura que cumpliese con el atuendo estándar que les atribuía a los criminales del mar. Joder, si ni yo misma lo llevaba. Bueno, reconozco que un poco sí. La cuestión es que el aspecto de nadie se me antojaba lo suficientemente merecedor de un pirata.
     De pronto, y mientras mis ojos claros seguían recorriendo el interior de la taberna, se detuvieron de forma abrupta al encontrar otros tres pares clavados en mí. Al principio pensé que, al igual que el camarero, no sabían disimular. Pero de inmediato supe que aquellos tipos no eran simplemente tres repulsivos babosos. La visión de sus uniformes blancos clavó sus garras en el interior de mi pecho, incendiándolo por dentro.
     Marines.
     Sus insignias me indicaban que sus rangos no eran nada a destacar, pero cualquiera que portase aquella vestimenta, para mí, era la misma mierda. ¿Debía dejarlo correr? No hacía tanto que me había metido en una pelea en otra isla, en aquella ocasión con unas tipas que no sabían aceptar su derrota en los juegos de cartas, y mi cuerpo todavía lucía algunos moratones bajo la ropa. En realidad, apenas tuve tiempo para decidir. Mis dedos se cerraron con fuerza en torno al asa de la gran jarra cuando vi que los tres se levantaban y se dirigían hacia mí.
     —Qué desperdicio —soltó el primero tras apoyarse con ambas manos sobre mi mesa, como si estuviese reclamando un territorio. Por su actitud, parecía el que llevaba la voz de mando.
     —¿Te conozco? —respondí con fingida indiferencia. El esfuerzo por mantenerla era intenso.
     —Te acordarías.
     Entonces, mi seriedad fracasó. Mi risotada destiló desprecio. Volví a llevarme la jarra a los labios, manchándolos de espuma. Las llamas del interior de mi pecho aumentaron su intensidad.
     —Yo sí me acuerdo de ti —prosiguió el marine.
     —¿Ah, sí? Suelo causar ese efecto.
     —Sobre todo si esa cara bonita aparece en un cartel de recompensa —apuntó el marine de la izquierda.
     Mierda.
     Si algo me enorgullecía era tener cartel de recompensa. Es cierto que la cantidad de mi recompensa estaba lejos de convertirse en algo con lo que sentirme satisfecha, pero nadie podía echarme en cara que no me esforzaba porque así fuera. Sin embargo, esa noche me venía muy mal que viniesen a hincharme los ovarios.
     —¿Cuál era su recompensa? Creo recordar que…
     —Calla, Braco —interrumpió el cabecilla al de su derecha—. Pirata encarcelado, trabajo bien hecho, da igual su recompensa. Incluso si es una mujer.
     —Sobre todo si es una mujer —le dio la razón el de la izquierda.
     Sonreí.
     Ese fuego interior se me extendió al resto del cuerpo. Noté el característico hormigueo en mis manos, en mis dedos, que indicaba que mi cuerpo deseaba acción. Ellos comenzaron a avanzar hacia mí, bordeando la mesa. Me levanté de la silla, todavía con margen de acción. Mi mano derecha, de modo automático, se posó sobre el extremo de sujeción de mi látigo. A primera vista, podía parecer un cinturón metálico recubierto de pinchos y la gente solía sorprenderse al verlo en toda su longitud. De un salto, me aparté hacia un lado, empujando a los ocupantes de la mesa más cercana. El látigo, al ser desenrollado, impactó contra las bebidas de esa gente, con el consecuente estruendo.
     Bien, ya teníamos la atención de toda la maldita taberna.
     Los tres marines debieron de pensar que yo era medio estúpida, porque se sorprendieron ante mi movimiento. Tampoco parecían muy inteligentes, pues ellos mismos habían hecho alusión a mi cartel de recompensa.
     —Sobre todo si es una mujer —repetí manteniendo ancha la sonrisa.
     De inmediato sacaron sus rifles y, mientras me apuntaban con ellos, dirigí el látigo en su dirección. Apunté al cabecilla, que se ve que no era consciente de que incluso una pirata mujer podía destrozarle la vida. La cadena se enrolló en su arma y los pinchos trazaron un camino sobre la mano más adelantada, hiriéndolo. El rifle resbaló de entre sus dedos, seguido de la maldición que le brotó de la garganta.
     Las otras dos detonaciones llegaron de inmediato y, con ellas, los gritos de los espectadores ebrios. Algunos se metieron bajo la mesa, otros corrieron a la salida mientras el camarero sudoroso les exigía a gritos los pagos pendientes. Una de las balas impactó en la pared, justo detrás de mí. La otra me rozó el brazo izquierdo y, bajo la manga oscura, sentí un intenso escozor. No sé si fue mala puntería o suerte, pero al menos no me atravesó ni se alojó dentro. Debía ser más rápida.
     Lancé el látigo una vez más, ignorando mi nueva lesión: la adrenalina me facilitaba el trabajo. En esta ocasión, apunté a otro de los armados, pues no quería que esta vez me diesen de lleno. Dejé escapar un sonido por el esfuerzo justo cuando la cadena se enrolló en el cuello del marine de la izquierda. Cayó hacia adelante y, con él, se llevó un par de sillas al suelo. Las púas metálicas se clavaron en su carne, haciéndole gritar. La sangre comenzó a manchar el roñoso suelo de madera.
     —¡Braco, dispara! —gritó el cabecilla desarmado intentando recuperar el rifle.
     Braco obedeció, pero volvió a fallar. Esta vez, su proyectil impactó en la frente de un civil desgraciado que no logró ocultarse con éxito. Este se desplomó al instante.
     No me dio tiempo a esquivar al cabecilla que, aprovechando esos instantes de caos, barrió uno de mis tobillos con una patada, haciéndome hincar la rodilla. Desde atrás, el marine Braco colocó su arma por delante de mi cuello, tiró hacia él y comenzó a ahogarme.
     Al verme acorralada y con una fuerte presión en mi garganta, lo primero que alcancé a pensar fue recurrir a mi akuma no mi. Sin embargo, descarté la idea. El escenario no sería un aliado. Debía valerme de mis propias habilidades.
     Mi muerte no puede ser tan ridícula, pensé.
     Con mi rostro enrojecido, pude ver cómo el cabecilla estaba a punto de recuperar su rifle. Giré la cabeza a la izquierda y mordí la mano de Braco, el cual soltó un alarido y me liberó. Sentí el sabor metálico de la sangre. Sin malgastar ni un segundo, me dirigí al líder y le propiné una patada en los cojones. El grito superó al de su compañero y cayó de rodillas. Yo no solía pelear cuerpo a cuerpo, pero no necesitaba ser experta para golpear si se presentaba la oportunidad: le di otra patada al tipo, esta vez en la cabeza. Terminó de caer. No me detuve a ver si había quedado inconsciente.
     Todavía sujetaba el látigo con mi mano derecha y, con el marine aún de rehén, di un tirón seco. El hombre, ya en el suelo, siguió la trayectoria de su atadura. Y, sin dejarle opción de movimiento, dejé caer un fuerte pisotón en su cuello. Los pinchos se hundieron más, con el consecuente borbotón de sangre. De otro tirón, liberé el látigo manchado.
     Y miré a Braco. Temblando, volvió a dispararme. Estaba demasiado nervioso y falló. Jadeando, me encaré a él. Comenzaba a dolerme el roce de la bala.
     —Pagarás por esto —atinó a decir.
     —Tal vez, pero no será hoy. Y no gracias a ti.
     Intenté repetir con él lo que había conseguido con su compañero: rodearle el cuello. No tuve éxito: a pesar de su inquietud, fue más rápido. Entonces, se lanzó contra mí y, aunque pude ver su ataque, no conseguí esquivarlo. Me empujó contra la mesa y cayó encima de mí. La mesa se partió a mi espalda y proferí un grito de dolor. Los pedazos de madera nos rodearon por doquier, astillados. Debía reaccionar antes de que volviese a cargar su arma y me apuntase una vez más, pues entonces no dudaba de que la muerte me encontraría.
     Palpando, busqué un trozo de mesa que me sirviese para golpearle en la cabeza, ya que mi látigo se había desprendido de mi mano en la caída, pero hallé algo mejor. Cuando le clavé en el pecho el pico de la madera recién hallada, su sangre cayó sobre mí, así como su cuerpo.
     El único sonido que atravesaba el silencio era mi torpeza tratando de levantarme. Busqué el látigo y lo agarré con la diestra, sin atreverme a colocármelo en su lugar habitual —de cinturón— por si debía volver a usarlo. Esperaba que no fuese necesario, necesitaba marcharme de allí. Me di cuenta de que, al caer sobre la mesa, me había hecho varios arañazos en las mangas, habiendo alcanzado mi cuerpo. Así, la sangre que me manchaba no solo era ajena.
     Si alguien me dirigió alguna palabra, simplemente no lo oí. Al menos, nadie me siguió. Tenía que marcharme de aquella isla de clima bello, al menos, hasta que los ánimos se calmasen, porque no dudaba de que esos marines aleatorios tenían un superior que querría ajusticiar lo que había sucedido.
     Cuando atravesé la puerta de la taberna, golpeándola, salí tambaleándome. Sonreí al acordarme del tipo al que había tachado de patético cuando llegué.
     Llovía de nuevo.


RE: [Auto T1] - Mi muerte no puede ser tan ridícula - Saint Ethanbaron V. Nusjuro - 16-12-2023

Esto es insólito. Siéntete honrada de verme aparecer por aquí a darte personalmente tu recompensa.
Tomamos nota de tus delitos... ten cuidado, sucia criminal.

AVENTURA AUTO NARRADA T1 - COMPLETADA
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