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[Pasado][Fic] Parte 1. Infierno - Triana Tempesta - 10-08-2023 Hace 11 años.
Las nubes grises poblaban el cielo y cubrían los escasos rayos de sol que le quedaban a aquel día de mierda. Tras una sesión infructuosa de prácticas de tiro en el jardín, me dirigí a la biblioteca de la casa para dar unas tediosas clases particulares. Hacía tiempo que mi madre había desistido para que aprendiese algo sobre navegación. No había nada que me interesase menos pero, no sabía por qué, desde niña había fingido que me confundía los puntos cardinales y que no era capaz de identificar ninguna isla. Esto último era una verdad a medias, había acabado tan harta de estudiar geografía que no recordaba demasiado sobre las distintas islas, sus localizaciones y los fenómenos naturales relacionados con la navegación, pero los puntos cardinales nunca habían supuesto un misterio para mí.
Cuando llegué a la puerta de la biblioteca estiré la mano para abrirla, pero alguien se me adelantó y la abrió desde dentro. Mis ojos se cruzaron un breve instante con los de mi hermano, lo suficiente como para apreciar sus ojeras. Desvió su mirada para fijar su vista hacia delante y continuó caminando, pasando por mi lado sin dirigirme la palabra. Entré en la biblioteca, me senté en la pequeña mesa de madera y esperé a que viniese el profesor para comenzar con la clase. Aquellas dos horas siempre me parecían seis, pero me mantuve en silencio, prestando relativa atención. Hacía un par de años que esa era mi rutina habitual, todos los días eran iguales, igual de aburridos, de irrelevantes. Ahora por lo menos podía sentirme viva a partir de las diez de la noche. Solo tenía que esperar a que pasasen las horas.
Tras la lección del día me despedí del profesor con educación y esperé pacientemente a que se marchase. Cuando cruzó la puerta de la biblioteca pude respirar tranquila. Me dirigí a mi cuarto, todavía eran las ocho de la noche, quedaban un par de horas para que mi madre y hermano se encerrasen en sus cuartos para dormir, pero sabía que lo que quedaba de día no se relacionarían conmigo. Levanté el colchón de la cama y saqué una botella de ron. Ya quedaba menos de la mitad, así que pronto tendría que conseguir más. Abrí el cajón del escritorio, levanté los libros y saqué de debajo una revista de tonos rosados. En la portada se veía a una pareja caminando por la calle de la mano pillada in fraganti. Me tiré en la cama con la botella y la revista, pegué un par de tragos y leí las llamativas letras de la portada: “Descubrimos al nuevo amor de Aiza Yamagawa”. Mis ojos se dirigieron directamente al hombre para examinarlo en profundad. Fuera quien fuese, seguramente no se mereciese a Aiza. Ojeé el resto de la portada mientras pegaba otro trago. Arriba a la izquierda había una imagen más pequeña de la conocida actriz Yukiko posando con un niño de unos 11 años al lado: “Sé que todas las madres dicen que su hijo es el más guapo, pero en mi caso es cierto”. Abajo había otra imagen de un hombre que reconocí rápidamente, el cantante Yuto Aoyama, acompañada del texto: “La versión de Yuto Aoyama sobre el incidente de su cumpleaños que acabó con la intervención la marina”. Una media sonrisa se dibujó en mi rostro mientras abría la revista para enterarme de los detalles de todo.
A diferencia de con las clases, esta vez el tiempo se pasó volando. Casi sin darme cuenta ya eran las 10 de la noche, la hora de vivir. Me asomé por la puerta del cuarto para asegurarme de que todos estaban dormidos, la casa estaba oscura y en absoluto silencio. Volví a cerrar la puerta y abrí la ventana del cuarto. Estaba en un segundo piso, pero no había demasiada altura hasta el suelo y ya había adquirido práctica. Me apoyé en la cornisa para caer en el tejado del primer piso y, desde ahí, me dirigí hacia la tubería que bajaba hasta el suelo para deslizarme por ella. En el pequeño jardín de la casa tan solo se escuchaban los grillos y mis pisadas amortiguadas por el césped. La verja de la entrada estaba cerrada, pero no costaba nada trepar por los barrotes de la misma. La calle también estaba bastante tranquila e iluminada por la luz de las farolas. Caminé bajando diferentes calles cuesta abajo, hasta que las luces de las farolas comenzaron a estar a mayor distancia entre ellas. La luz fue disminuyendo y el aspecto de las casas era cada vez más decadente.
Vestía con unos pantalones vaqueros largos, unas deportivas, una sudadera negra y llevaba el pelo recogido en una coleta alta. Me puse la capucha para tapar mi rostro y aceleré el paso. A pesar de tener tan solo 15 años, era un poco más alta de lo habitual, 1’75 metros, así que podía pasar por una persona algo más adulta. En ese momento, un rayo iluminó todo durante unos milisegundos. El trueno tardó en sonar apenas unos segundos, aunque todavía no había comenzado a llover. En la calle todavía había algunas personas, especialmente cerca de los locales de comida. Me metí en uno de los callejones y entré en una pequeña y discreta tienda de conveniencia. Tras el mostrador había una señora mayor a la que había visto varias veces, aunque nunca la había escuchado hablar. Al verme, la mujer asintió y volvió a bajar la vista para seguir con lo que estaba haciendo, etiquetar unos paquetes de nueces para ponerlos a la venta. Metí ambas manos en los bolsillos de la sudadera y caminé hacia la puerta trasera. La tienda, como siempre, estaba vacía y la comida enlatada que vendían llena de polvo. Al cruzar la puerta recorrí un escueto pasillo hasta llegar a otra puerta, la de la trastienda, custodiada por un hombre que estaba sentado en una silla comiendo una mandarina. Apenas me miró cuando abrí la puerta para pasar. La trastienda apenas estaba iluminada, había un par de estanterías llenas de productos y, en el centro, una mesa llena de latas de cerveza y colillas de cigarrillos. Cerca de esta había un sofá algo hundido lleno de manchas y quemaduras y dos sillones a juego. En el sofá había dos hombres sentados y en uno de los sillones una mujer con los brazos y las piernas cruzadas; todos estaban fumando y bebiendo. Ya estaba acostumbrada a aquella escena, era lamentable.
—Ya era hora, mocosa —dijo uno de los dos hombres mientras pasaba la lengua por un papelillo para enrollar un cigarro.
No le contesté, me quedé en silencio esperando a que continuase, porque sabía que después de su lamentable saludo vendrían las instrucciones y no me equivocaba. —Hoy solo tienes que hacer una cosa, pero tienes que hacerla muy bien, porque si no puedes darte por muerta —dijo con tono de enfado. Fruncí el ceño, pero continué callada. Tampoco podía pedirme algo demasiado difícil, aunque me veía capaz de llevar a cabo casi cualquier tarea. El hombre metió su mano en el bolsillo para sacar una pequeña bolsa transparente con unas pastillas en el interior. Sin previo aviso me la lanzó, por suerte estaba atenta y pude sacar una de las manos del bolsillo y cogerla al vuelo. —Lleva esto a la zona sur del puerto. Ahí te espera Chiqui, un tío que pesará como 200 kilos, no te puedes confundir. Y que nadie lo vea. Más te vale hacer la entrega y sin preguntas.
No pensaba preguntar y tampoco fallar en una tarea tan sencilla. Luego, además de algo de dinero, con suerte también podría conseguir alguna botella de alcohol. Volví a meter la mano con la pequeña bolsa en el bolsillo de la sudadera y me di la vuelta para salir por la puerta. Ninguno de los tres presentes me dijo nada más, no hacía falta. Tampoco el hombre de la puerta ni la mujer del mostrador me prestaron atención cuando salí de la tienda en dirección al puerto. No tardé demasiado en llegar. Comencé a caminar algo más despacio, fijándome en cada rincón del puerto entre los contenedores. El lugar estaba completamente vacío, los trabajadores llegarían por la mañana temprano, al igual que las personas que embarcaban y desembarcaban en la isla. Tan solo podía escuchar el rumor de las olas generadas por el viento que comenzaba a levantarse. Entre las sombras de uno de los contenedores me pareció ver algo moverse. Me paré en seco y me quedé mirando cómo una persona emergía entre la oscuridad, a unos veinte metros. Mantuve la calma, aunque el corazón se me aceleró por la adrenalina. Aquella figura era bastante voluminosa, seguramente fuese el hombre que debía encontrar, pero no quería adelantarme, así que permanecí inmóvil, mirando y oculta bajo la capucha de la sudadera.
Cuando el hombre dio unos pasos más pude apreciar su figura con mayor claridad. Definitivamente, parecía la persona que estaba buscando y a la que debía dar la bolsita con las pastillas. Comencé a caminar hacia él al mismo tiempo que él caminaba hacia mí. Cuando estaba a menos de un metro me paré en seco, sin saber muy bien cómo proceder. —Chiqui —dijo con una voz grave y ronca justo antes de extender su mano con la palma hacia arriba en mi dirección. Supuse que aquello sería suficiente para comprobar que no me había equivocado. Saqué mi mano derecha del bolsillo con el puño cerrado y, dentro de este, la bolsa con pastillas. La coloqué encima de su mano y solté la bolsa, que cayó sobre su palma. En ese momento, un grito me sobresaltó. —¡Levantad las manos y poneos de rodillas!
Antes de obedecer me giré para ver cómo un grupo de tres marines nos apuntaban con sus armas. A pesar de la oscuridad reconocí a dos de ellos, compañeros de mi madre. Levanté las manos agachando la cabeza, aunque sabía que serviría de poco, era cuestión de tiempo que todo se destapase. Por el rabillo del ojo pude ver cómo el hombre al que le había dado las pastillas estaba ya arrodillado. En el suelo habían comenzado a formarse pequeñas manchas debidas a las gotas de agua. Ni siquiera había notado cuándo había comenzado a llover. —¡Que te arrodilles! —repitió el marine en voz aún más alta. Sabía que no lo repetiría muchas más veces. Dejé que mis rodillas tocasen el suelo, sintiendo todo el peso de mi cuerpo. El primer pensamiento que pasó por mi cabeza es que mi madre se lo merecía, sería un buen castigo para ella haber criado a una delincuente. Eso era lo que quería pensar, pero en seguida me empezó a invadir la culpa, el miedo a ser una decepción, una vergüenza. No quería pensar de esta forma, que todas mis decisiones, que mi vida entera estuviese dedicada a buscar la aprobación de mi madre; sin embargo, no podía evitarlo.
Los tres marines se acercaron a nosotros. Mientras uno nos apuntaba, los otros dos vinieron a esposarnos. El tal Chiqui no trató de huir o enfrentarse a ellos, pero su mirada era completamente neutral, no mostraba ninguna expresión. Estaba casi segura de que el marine que iba a esposarme era Ryoma. No le conocía demasiado, tan solo le había visto en un par de ocasiones hablando con mi madre, pero estaba segura de que él me reconocería y, aunque no fuese así, algún otro lo haría. Incluso era posible que mi propia madre me encontrase mañana por la mañana en el cuartel. Antes de ponerme las esposas, sentí la mano del marine en mi cabeza, seguramente pensase en quitarme la capucha para dejar mi rostro al descubierto, pero, repentinamente, noté cómo la apartaba bruscamente. Yo continuaba con la vista fija en el suelo, no supe lo que estaba pasando hasta que escuché un grito y un par de disparos. Levanté la cabeza mirando hacia todos lados. Chiqui se había puesto en pie y había comenzado a correr a una velocidad bastante lamentable. Aun así, nadie le siguió, los tres marines estaban apuntando en otra dirección en la que había una persona cubierta con una capa y que llevaba un par de katanas. Hubo más disparos, pero, con un rápido movimiento de sus armas, aquella persona pudo desviar las balas o conseguir, de alguna manera que no era capaz de comprender, que no le acertasen.
Dos de los marines estaban a mi derecha, mientras que el otro, el que había esposado a Chiqui, se encontraba a mi izquierda. El espadachín pronunció unas palabras que no llegué a escuchar, pero gracias a ello pude saber que se trataba de un hombre. Acto seguido, colocó ambas katanas en posición vertical y lanzó un tajo hacia nuestra dirección. No sabía si era un loco o un aliado, pero, de todas maneras, no podía hacer nada. Bajé las manos y me quedé arrodillada en el suelo sin tener más tiempo para reaccionar. Un corte salió de sus armas y pasó por mis dos lados, haciendo que los marines tuviesen que retroceder y se alejasen de mí. —¡Vete! —gritó el espadachín mientras los marines se preparaban para lanzar otra ráfaga de disparos. Se habían olvidado completamente de mí para centrar sus fuerzas en aquel hombre. Supuse que con esas palabras se estaba refiriendo a mí y no pensaba perder más tiempo. Me puse en pie de un salto y comencé a correr en la misma dirección por la que había venido. Esperaba que en cualquier momento una bala me alcanzase por la espalda, pero eso no ocurrió. Corrí sin mirar atrás. Cuando llegué a la ciudad no sabía a dónde ir. No sabía si ir a la tienda para avisar de lo que había ocurrido o volver a casa. No había caído en la cuenta, pero, técnicamente, había conseguido cumplir con el trabajo. Ese hombre seguiría esposado y no sabía como se liberaría, pero tenía el paquete. Por lo menos no tenía que preocuparme por que mi vida corriese peligro.
Al final, mi carrera me llevó hasta la puerta de mi casa. Estaba sin aliento y con la ropa mojada por la lluvia. Pensándolo fríamente, lo mejor sería no volver a la tienda hasta que la situación se calmase. No sabía cuánta información tenían los marines ni cómo actuarían. Trepé por la verja y por la tubería hasta llegar a la ventana de mi cuarto, parcialmente abierta. Nada más entrar me quité la ropa, la tiré al suelo y me metí bajo las sábanas. Todavía no entendía lo que acababa de pasar y, peor aún, no sabía cuáles serían las consecuencias de mis actos. ¿Los marines sabían lo que se hacía en aquella tienda en la que llevaba trabajando un año? ¿Alguien me delataría? Nunca les había dado mi nombre, una simple descripción no valdría para que me encontrasen, ¿o sí? En ese caso, ¿qué pasaría conmigo? ¿Podía ir a la cárcel? ¿Podría ser marine después de algo así? ¿Qué sería entonces de mi vida? ¿Mi madre me ayudaría? Solo podía intuir la respuesta a esta última pregunta y no era muy esperanzadora. Tardé bastante tiempo, los pensamientos se amontonaban en mi cabeza pero, finalmente, me dormí.
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