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Aventura Autonarrada Tier 1: En busca de una musa - Gideon De Villiers - 08-02-2024 Como cada mañana desde que habían regresado de su aventura contra los bandidos Lirtom, Gideon se metía en el baño y se cambiaba las vendas de su hombro. Cada vez iba mejor, pero era una herida fea, con la suciedad y los varios latigazos que había recibido, su hombre había resultado bastante dañado. Con suavidad lavaba la herida cada mañana y se colocaba las vendas como podía, a veces recurría a la ayuda de Kevin o Siri para terminar de colocarlas en su sitio.
Esa mañana la skypean había decidido dirigirse hasta el Castillo Crepuscular, lugar actual de las exposiciones de obras de arte de la isla. Gideon lo había visitado alguna vez, pero hacía años que no iba, era hora de volver y buscar en aquella exposición las musas que creía perdidas. Gideon se puso una de sus camisas holgadas lila, las cuales le permitían ocultar con mayor facilidad sus alas, unos pantalones algo más estrechos que los que solía utilizar —no necesitaría tanta movilidad como en combate, así que no serían impedimento— y se maquilló los ojos con su típica raya en el ojo tricolor, utilizaba siempre los colores favoritos de su hermana, morado, azul y rosa. Se colocó la pinza de Gwen en el flequillo y se dejó el resto del pelo suelto, sus antenas destacaban ahora mucho más, era prácticamente imposible ocultarlas, pero no temía tanto que les pasara algo.
Finalmente salió del baño, encontrando a Kevin y Siri charlando en la habitación. Se colocó su abrigo y Omi, que estaba en el regazo de su amiga, saltó hasta subirse a él, dejándose caer del cuello de Gideon.
— Voy a dar una vuelta por la ciudad, iré al castillo, nos vemos para la hora de comer chicos —anunció, mientras sus compañeros se despedían de ella.
Gideon deambuló por las calles estrechas de barro y una llovizna iba a calando poco a poco en su abrigo, estaba tan acostumbrado a las lluvias que unas gotas tan finas no le importaban para nada. Disfrutaba del olor tan típico de la isla, tierra mojada y madera húmeda, era una combinación que, pese a no abandonar nunca su olfato, siempre conseguía despertar en ella nostalgia. Aquella isla era su lugar de nacimiento, sin embargo, echaba de menos estar en el bosque, la ciudad no había sido el sitio en el que se habría criado. Gideon había vivido siempre entre árboles retorcidos y acantilados imposibles de bajar. Visitar la zona y concretamente a su familia por supuesto que era una opción, sin embargo, Gideon no se lo permitía. Se había prometido que no volvería hasta conseguir su objetivo, porque sabía que si volvía a pisar aquella casa y veía las caras de sus padres y su hermana sería imposible para ella volver a salir a la mar. Aún ni siquiera había conseguido un barco, pero pronto, sabía que pronto saldrían sus amigos y ella en busca de aventuras y piratas que capturar.
Conforme se acercaba a la zona norte el terreno se iba elevando, el castillo se encontraba sobre una montaña. El hombro le escocía un poco, pero aguantaba los pinchazos rechinando los dientes. Omi seguía en su cuello y de vez en cuando, sintiendo que su compañera estaba dolorida, le daba pequeños lametones en la mejilla. El hurón siempre estaba pendiente del bienestar de Gideon y, aunque no pudiese hacer gran cosa, constantemente buscaba reconfortarla. Y desde luego lo conseguía.
En unos pocos minutos llegó hasta las puertas del castillo y le pidió a Omi que se metiese en su bolsillo, no quería tener problemas y tener que mediar palabras con nadie. Su pequeño amigo le obedeció en seguida. Cuando se acercó algo más, los guardias le saludaron, a lo que correspondió con un movimiento rápido de cabeza, qué mal lo pasaba cuando la gente era simpática, era incapaz de responder ni con un simple “hola”.
Gideon se movía a paso veloz por los pasillos. No era la primera vez que venía y quiso deleitarse, como siempre había hecho, con la exposición permanente. Esta se encontraba en una sala más pequeña que la que le pertenecía a las exposiciones temporales, pero igual de magnífica. Contaba con algunas vidrieras donde se plasmaban paisajes de las distintas estaciones, Gideon siempre había pensado que era una forma de tener un pedacito de algo que no se veía en aquella isla. Las admiraba mientras dejaba recorrer su mente por escenas donde antiguos reyes habían mandado hacerlas para poder disfrutar de vistas veraniegas de las que casi nunca se podía disfrutar en Toroa; o paisajes florecidos que distaban muchísimo del Bosque Umbrío.
Se detuvo a contemplar la otoñal, la que más parecido tenía con su isla natal, aunque tampoco se llegaba a tener unas vistas tan coloridas debido a lo lúgubre que era Toroa Se podían ver árboles con hojas de tonos dorados y cobres, miles de ellas en las calles que se plasmaban en las vidrieras y un par de figuras paseando con ropas oscuras. Algunos pequeños rayos de luz, que las nubes dejaban colarse, incidían en aquellos tonos dorados y Gideon estaba maravillado. Deseaba capturar esas luces, ver la vida de un tono más dorado, más vivo. Sabía que pronto llegarían días donde muchas más luces e imágenes llenarían el bagaje de su mente y con ellas crearía la que sería la película de su aventura.
Omi se removió en su bolsillo y le hizo volver al mundo real. Se paseó por la sala buscando el cuadro que siempre le hacía sentir escalofríos. Aquella sala estaba llena de obras de artistas de la isla, casi todos ellos ya fallecidos, que habían capturado la esencia de Toroa, sus costas, su bosque, cada rincón y algunos retratos de las antiguas familias nobles que residían en la Ciudad de Murkhold.
Al final del todo se encontraba la pieza que siempre rondaba la mente de Gideon. Se trataba de una pieza de uno de los artistas más antiguos de la isla. Había sido su última obra y para Gideon la que le coronaba como un experto de los pinceles. En el cuadro se capturaba la esencia de una tormenta en las costas de Toroa, un barco a punto del naufragio, olas enormes y atemorizantes y nubes cargadas de lluvia y furia. La técnica que había utilizado el artista en este óleo sobre lienzo era mixta, dando así unos efectos dinámicos y dramatismo a la obra. Su principal interés era capturar el humor del mar y lo hacía de maravilla. Gideon sentía como sus vellos se ponían de punta y era capaz de escuchar los gritos de los marineros dando órdenes, las grandes olas chocando contra la proa del barco y los truenos en la lejanía. Sin embargo, esos escalofríos que sentía Gideon no eran de miedo, eran de emoción. Ella quería ser parte de todo aquello, vivir las noches difíciles en el mar, experimentar emociones nuevas, emociones que llevaban en letargo en ella desde hacía años. Deseaba con toda su alma sentir algo, que el viento salado golpeara su cara y las olas la meciesen mientras se enfrentaba a nuevas aventuras junto a sus, ahora, amigos. Desde luego que no quería naufragar como sabía que había pasado con aquel barco, aquella pintura plasmaba una historia real, pero quería formar parte de una tripulación, aunque fuesen solo 4 componentes, quería crear junto a ellos miles de experiencias. Quería capturar todo lo que pudiese en sus viajes y mostrarlo al mundo.
Decidió salir de la habitación, paseando tranquilamente esta vez entre las demás obras que había visto miles de veces. No dejaban de parecerle preciosas. Llegó hasta la puerta de la sala y salió hacia el pasillo, buscando esta vez la sala de la exposición temporal, no sabía qué habían traído esta vez, así que justo a la entrada se paró para leer el gran cartel que anunciaba “la mayor exposición de puntillismo jamás vista en Toroa”. El puntillismo no era una técnica que le gustara demasiado a Gideon, pero nunca decía que no a una exposición de arte, estaba abierta a todo. Siempre se había dicho a sí misma que debía observar cada forma de arte que se le presentara delante, debía crear ojo crítico, saber apreciar lo que era bueno aunque no le gustase. Así que ajustándose un poco el abrigo, que le rozaba la herida del hombre, decidió entrar.
Era la sala más majestuosa que se podía visitar del castillo. Sus techos altos y complejas vidrieras invitaban a disfrutar de cada rincón de ella, sin embargo, Gideon no quería tardar mucho más en volver. Siri y Kevin le esperarían para comer juntos y sabía que el tiempo estaba volando porque era capaz de estar horas y horas entre esas paredes.
Se dispuso a observar las obras una por una. Si te acercabas demasiado parecían tan solo miles de puntos de colores puros sobre un fondo blanco, pero si los observabas desde una distancia adecuada podías ver los motivos que se habían elaborado a través de aquella técnica tan curiosa. Gideon pensó que quizás a Siri le gustaría aquella exposición y entonces pensó en que le encantaría poder captar lo que la mirada de su amiga vería en esa sala. Los colores a través de los ojos de Siri se confundían y la chica creaba unas pinturas con una esencia muy propia. Gideon adoraba observarla mientras pintaba y ver qué resultaba de su perspectiva.
En ese momento, se paró ante una de las piezas, esta había llamado su atención de verdad. Era una escena cotidiana, un hombre vistiéndose para trabajar en el campo, sin embargo los colores eran tan vivos que hacía de ese momento tan simple uno que despertaba una sonrisa en su espectador. Era sencillo, pero evocaba una nostalgia feliz. Ese era un término que a Gideon le gustaba mucho. Una nostalgia que no era mala, una nostalgia que te hacía querer volver al pasado y revivir aunque fuese durante unos segundos esa felicidad. Y que al pensar en ella no te ponía triste el pensar en que no era posible, sino que hacía lo contrario. La nostalgia feliz era algo que Gideon no había podido experimentar por ella misma, pero su hermana Gwen le había dicho que la viviría y que con ella crearía la obra más hermosa que el mundo hubiese visto nunca. Su hermana creía más en Gideon que ella misma y eso le hacía seguir hacia delante un día más.
Omi se revolvió de nuevo en el abrigo, el pequeño se impacientaba.
— Perdóname Omi, ya salimos chiquitín —le susurró a la solapa de su abrigo—. Algún día conseguiré que vayas en mi cuello, lo prometo.
Y con esa promesa y el corazón enternecido por pensar en su hermana decidió volver a la posada. Había ido con la idea de encontrar esas musas que creía perdidas, pero se había dado cuenta de que sus musas no eran sino sus seres queridos. Pensando en Gwen y en Siri mientras sentía las emociones que le evocaban las obras pictóricas se había dado cuenta. Gwen, Omi, Kevin y Siri, eran esas musas. Eran las personas que le hacían levantarse otro día más y querer mejorar, aunque hubiese mañanas donde sus demonios no le permitían levantarse siquiera de la cama, aunque hubiese pensamientos intrusivos cada dos por tres que le dijesen lo inútil que era; su familia, de sangre y escogida, estaría allí para inspirarla y acogerla en cada recaída. Sin duda eso era más valioso que toda la cantidad de berries que pudiese ganar con su trabajo. Con una tímida sonrisa volvió a la posada, ahora sí con Omi de nuevo enroscado en su cuello y olisqueando la humedad de las calles de Toroa.
RE: Aventura Autonarrada Tier 1: En busca de una musa - PX-5 - 10-02-2024 AVENTURA AUTONARRADA T1 - COMPLETADA
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