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[Pasado] [+18] El chocolate prometido - Eaa - 26-02-2024
Contexto
Leyenda
Maeve y yo caminábamos en silencio por las estrechas y embarradas calles de Ciudad Murkhold. Llevábamos nuestras capuchas puestas desde antes incluso de salir del bosque, puesto que para sorpresa de nadie y haciendo honor al clima de la ciudad, las tímidas gotas que caían se habían tornado en una espectacular tromba. Caminábamos todo lo rápido que podíamos sin llegar a correr, puesto que tampoco queríamos llamar tanto la atención. La mayoría de la gente que nos cruzábamos iba con tantas prisas que ni siquiera reparaba en nosotras, aunque algunas personas nos miraban con cierta sorpresa. - Seguramente piensen que formamos parte de alguna suerte de orden formada por caballeros místicos. - le susurré a mi amiga. - Yo me pido ser maestra y tú aprendiz - dije con tono de broma. - Aunque posiblemente solo se sorprendan por estos. - señalé a mis cuernos los cuales como era de esperar no cubría la capucha. - ¿Qué tal va el pequeñín? ¿Te molesta? - me interesé, sabiendo que Mandarina seguía en su cuello, posiblemente durmiendo puesto que llevaba mucho tiempo sin hacer nada. Tras otros cinco minutos de caminata bajo la intensa lluvia, llegamos finalmente a la cafetería. La calle estaba repleta de altos y oscuros edificios, con fachadas de madera vieja. Parecía que, a causa del tiempo y los años, habían perdido la luz que una vez tuvieron, o tal vez fuera solo cosa de la poca iluminación. Justo en el centro de la calle la gran fila se cortaba, dejando lugar a un edificio mucho más pequeño, siguiendo con la tónica justo después. El edificio era llamativo a más no poder. Este parecía una casita de jengibre, una brillante casita de jengibre digna de un cuento infantil. Tenía incluso lo que a toda luces parecían bastones de caramelo junto a la puerta. - Bueno, aquí es - Miré brevemente a la albina mujer, esperando ver su cara de sorpresa por encontrarse un edificio así en aquella lúgubre ciudad. No nos quedamos mucho tiempo mirando el edificio, ya que pensar en el tan ansiado chocolate provocaba que la boca se me hiciera agua, y a pesar de haber comido algo me moría de hambre, seguramente a causa de los nervios sufridos en el bosque. Entramos entonces, todavía con las capuchas puestas. No sabía si allí habían visto nuestros carteles de se busca, pero tampoco quería arriesgarme a que nos echaran del local antes siquiera de poder tener nuestro chocolate. - ¡Muy buenos días! - nos saludó efusivamente la camarera. - Bienvenid... - nos miró de arriba a abajo, tratando de averiguar como referirse a nosotras. - Bienvenidas - respondí, con voz suave, para que esta dejara de fijarse. - ¡Bienvenidísimas a Dream Coffee! donde podéis encontrar tus dulces de ensueño. - continuó con el saludo, con la misma efusividad que antes. - Yo soy Diana, pero llamadme Di. - sonrió, presentándose. Esperó a mi respuesta unos segundos, aunque tras no recibirla sonrió nuevamente, asintiendo, y continuó con su discurso. - Como parece que queréis algo de intimidad, podéis pasar a la zona reservada. Hay unas vistas maravillosas de nuestro precioso jardín de cuento de hadas, al que podéis acceder si queréis - explicó, guiándonos hacia el sitio. - Razón no le falta - pensé. El local estaba bastante lleno, no solo de gente, si no que había una gran cantidad de plantas y florecitas. - Aquí en Dream Coffee creemos que todos somos iguales. Da igual que seas hombre, mujer, okama, Humana, Mink, Gyojin, Tontatta, agente del gobierno, pirata, revolucionaria o cazadora. Aquí queremos a todo el mundo por igual. - continuó hablando hasta que llegamos al espacio reservado. Había una mesita, que al igual que las del resto del local parecía sacada de algún cuento de fantasía infantil, pero mucho más ostentosa. En vez de sillas había pequeños sillones, y un gran ventanal que daba a un hermoso jardín. Había también un sofá, el cual parecía muy cómodo, a un lado de la estancia. - Hablando de querer, ¿qué vais a queréis tomar, chicas? - preguntó, con la misma efusividad. - Podéis tomar nuestro desayuno especial para parejas, que es un helado grande de sabor a elegir entre... - comenzó a enumerar un sinfín de frutas y sabores de helado, los cuales no escuché - ¿Pareja? - mis alarmas se activaron nuevamente. No éramos pareja, pero pensar en que la camarera había deducido eso me ponía extremadamente nerviosa. - No... somos pareja - dije, lo más serena que pude, lo cual no era demasiado a decir verdad. Por suerte para mí la capucha no permitía que se me viera la cara, la cual podía notar cómo se había tornado rosa. - Ah, besties entonces - se rió. No tenía ni la más mínima idea de lo que significaba aquello que nos acababa de decir. - Pues en nuestro menú de besties tenemos dos batidos de frutas, dos cafés y luego un postre a elegir entre muffins, cookies - comenzó entonces con otra infinita enumeración de cosas que no entendía. - Chocolate caliente, para las dos - le interrumpí, para que no malgastara su saliva. - ¿Chocolate con leche de vaca entera, sin nata, leche de soja, avena o almendras? - volvió a enumerar. - No más, por favor - me abrumaba la gran cantidad de opciones que nos daba, yo tan solo quería pedir chocolate con churros y comerlos tranquila. - Leche normal. Y churros, también normales - expuse. Me miró un poco raro. Apuntó entonces lo que habíamos pedido en su libreta, utilizando una llamativa pluma, con un pompón rosa en la punta. - Vale, pues voy a prepararos eso y os lo traigo. - me acordé entonces. - Perdona, Diana, ¿puedes traerme un vaso de agua también? - pregunté. Sacó nuevamente la libreta y la pluma antes de, como no, volver a enumerar opciones. - ¿Sin gas, con gas, cubito, frappé o sin hielo? - No me podía creer que hubiera tantas opciones para un simple vaso de agua. - Sin gas y sin hielos, por favor. - una vez esta salió y cerró la puerta, me quité la capucha y apoyé la cabeza en la mesa, completamente derrotada. - Quiero llorar Pandita - le dije a Maeve, mirando levemente en su dirección - No puedo con esa chavala. ¿Por qué hay cinco tipos de agua distintos? - suspiré. - Perdón por no dejarte antes hablar, pero me daba miedo que quisieras morderle la lengua para que dejara de hablar. - me disculpé, soriendo.
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Aclaraciones Off
RE: [Pasado] El chocolate prometido - Maeve Knox - 26-02-2024 —Ni de coña, aquí la maestra soy yo —respondí a Eaa con la capucha que tapaba casi todo mi rostro. La lluvia nos había perseguido desde el bosque. Lo cierto es que me había hecho gracia su comentario sobre los caballeros místicos. Y como son místicos, se les podía atribuir el aspecto que quisiésemos, incluyendo cuernos, como los de Eaa. Luego hice referencia a Mandarina, que permanecía en mi cuello, justo bajo la chaqueta, calentito casi a modo de bufanda—. Va bien, no te preocupes.
Cuando nos vimos frente a aquel edificio peculiar, casi no cupe en mí de asombro. Aquella brillante casa de historia infantil era tan llamativa que parecía que cobraría vida de un momento a otro, invitándonos a entrar con su fantasiosa decoración exterior.
Y no menos increíble era la interior, toda inspirada en lo más dulce que una podía llevarse a la boca: caramelos, galletas, chocolate, chicle, pastas, bollos, helados y un sinfín de otras delicias que colmarían los sueños más locos de los más pequeños. Y no tan pequeños. Por ejemplo, los míos.
Y si un aroma pudiese alimentar, desde luego yo ya estaría saciada. El olor dulce, acompañado del calor de los braseros situados en puntos estratégicos del local, terminaban de convertir aquello en un mágico paraíso. Fui a hablar cuando, frente a nosotras, apareció una muchacha. Parecía la camarera y nos daba una cálida bienvenida al Dream Coffee. Claro, también olía a café, por supuesto. Diana era su nombre. Y, como pronto aprendimos, una de sus mejores cualidades era su charlatanería. Que si queríamos ir a la zona reservada.
Que si tenían un maravilloso jardín.
Que si allí no había prejuicios contra nadie.
Que si su desayuno especial para parejas nos podría apetecer.
Igual te apetece a ti el desayuno especial de gente muerta.
Que si mejor besties.
Sí, mejor.
Un sinfín de dulces en la carta.
Y de agua. ¡De agua!
—Joder, qué pesada —protesté. Me bajé la capucha mojada. Había calado a mi pelo desde hacía un rato.
Fue entonces cuando Eaa, volviendo a dirigirse a mí haciendo alusión a un oso —mira, paso—, dejó caer su cabeza encima de la mesa. Me incliné hacia detrás para que las puntas de sus cuernos no me rozaran.
—Pues sí, arrancarle la lengua habría sido una buena forma de hacer que cerrara la boca. Su cara sí que habría sido una buena pareja con mi puño.
Es que siempre tenía alguien que poner a prueba mi paciencia.
Para mi resignación, el enfado fue cayendo. Además del hilo musical cursi que inundaba la atmósfera, y además del aroma que podía llegar a hacer que los demonios se planteasen sus inclinaciones malignas, la decoración era de una fantasía sobrecogedora. Y ya ni hablemos del jardín que se apreciaba por el ventanal: tan solo su visión te trasladaba a un lugar lejano, donde incluso podías llegar a creer que la podredumbre del mundo no era más que un mal sueño. Y las flores, la ingente cantidad de flores tanto ahí fuera como decorando la cafetería.
¿Cómo era posible un lugar así en Murkhold? Un oasis de infancia dentro de la ponzoña de una ciudad criminalmente artística.
Mi oscuridad interior —y exterior— era incompatible con todo cuanto allí nos rodeaba. Pero, paradójicamente, me hacía sentir bien. Era como si, de algún modo, abrazase mi niña interior, aquella que, por supervivencia, necesitó crecer demasiado rápido. Joder, casi me sentía la protagonista de un cuento.
—No quiero ni imaginarme el sabor de todo lo que sirven aquí. Igual me pido una cosa de cada hasta que me muera por sobredosis de azúcar. —Había dejado que mis pensamientos sonasen en voz alta.
Al parecer, mi enorme compañera y yo no habíamos sido las únicas cautivas de la fragancia del Dream Coffee. Mandarina no tardó en salir de mi chaqueta, atraído inexorablemente por la magia de aquel lugar. Sus bigotes me hicieron cosquillas en el cuello. Decidió abandonarme para saltar a la mesa. Comenzó a olisquearlo todo en busca del tesoro prometido, tan dulce como esperado. Para su decepción, no encontró nada. Aún.
—No deberías haberme traído aquí, como me ponga gorda es culpa tuya —le solté a Eaa.
No la miraba a ella, sino que mis ojos se perdían entre tanto estímulo visual. Una bomba para los sentidos, eso era aquel lugar.
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RE: [Pasado] El chocolate prometido - Eaa - 26-02-2024
Leyenda
Música ambiente El comentario de Maeve sobre Diana me hizo mucha gracia, no voy a ocultarlo. Me incorporé despacio, bastante más animada. - Sí, seguro que está todo delicioso - solté una risita, puesto que se me había ocurrido una idea. Acaricié al pequeño felino, jugando brevemente con él. - ¿Más? - me burlé de mi amiga tras su último comentario. Era obvio que estaba bromeando. Maeve estaba realmente delgada, posiblemente demasiado incluso. A decir verdad, era la mujer más atractiva que había visto, o que recordaba. Objetivamente hablando, claro. Como era de esperar, el comentario no le hizo mucha gracia, pero esa era la idea. Por momentos comprendía lo mucho que esta disfrutaba metiéndose conmigo. - In-ten-ta-lo - le provoqué, anticipándome a su amenaza, utilizando el tono más sensual que se me ocurrió, con la única intención de picarle más todavía. - Si quieres luego puedo ayudarte a quemar todo eso que te sobra - Le guiñé el ojo. Antes de que esta decidiera utilizar cualquier cubierto que tuviera a mano para agredirme decidí terminar con la broma. Rompí en carcajadas, echándome hacia atrás, apoyada en el cómodo sillón. - Es broma, es broma. Así eres perfecta, Maeve. - sonreí, mirando a esta. - Sí que es divertido, sí - Podía ver perfectamente su cara de enfado, y esa mirada asesina suya tan característica. Esa mirada asesina. Esa mirada... Se me escapó otro gritito. Agaché la mirada, volviendo a fijarla en su pecho. Suspiré, calmando de esa forma mis nervios, aunque eso no hizo desaparecer el tono rojizo de mis mejillas. Entonces apareció Diana. Se quedó un rato parada, analizando la escena. - Perdón si interrum... - se disculpó. Se hizo el silencio en cuanto fijó su mirada en mí. Me giré, encontrando una completa cara de asombro. - ¡Hala, que guay! - exclamó después. - ¡Pareces sacada de una verdadera Fairy Tale! - dejó la bandeja en la mesa, para que no se le cayera. - Una semioni albina. Y encima eres preciosa. - no pude evitar sonrojarme con ese último comentario. - Gracias - respondí, algo seca - ¡Y tienes un pelo rojo fabulous! - no comprendía de donde sacaba la energía para gritar tanto. Seguro que debía de tomar litros y litros de café al día, o algo peor. Vio entonces a Mandarina, quién estaba olisqueando los churros y se disponía a darle un mordisco a uno. - No, no. Fuera, fuera - se dispuso a echarle - I'm so sorry, igual se nos ha colado un michito. - Mandarina entonces se asustó, y fue corriendo a subirse al cuello de Maeve nuevamente. Me levanté, molesta en parte por sus acciones, aunque principalmente era para poder peinarme. Aquel sillón era muy cómodo, pero notaba como la electricidad estática se iba acumulando, y no quería salir de allí con el pelo de cualquier manera. - Huge - dejó escapar la joven pelirrosa con la boca abierta. - Es mi gato, y se llama Mandarina - hablé mientras me agachaba para peinarme. La joven comenzó a disculparse efusivamente, pidiéndonos perdón y diciendo que como compensación iba a regalarnos un platito de comida para Mandarina. Se calló, nuevamente, cuando me vio levantarme, posiblemente impresionada por el aspecto de mi roja melena. - A... aquí os dejo vuestro Hot Chocolate, y los... churros - hablaba, algo nerviosa. - Espero que no se haya asustado cuando le he dicho que es mi gato. - pensé. - Por cierto, Di...ana, ¿puedes traernos uno de cada de los dulces? - pregunté - Nos han entrado muchas ganas de probarlos - le sonreí. Esta asintió, antes de coger la bandeja y salir pitando. Una vez esta se fue, volví a centrar mi atención en mi compañera, la cual supuse que estaría enfadada por mi nueva estupidez. Me disponía a aceptar su reprimenda, pero como si no aprendiera de mis errores, volví a mirarle a los ojos. - Deja de mirarme así - quería decirle, pero me callé mis palabras y me limité a bajar nuevamente la mirada hacia su pecho. - Antes de que me mates. - le interrumpí. - No te preocupes por el dinero. Había dicho que invito yo. - expliqué - Vamos a comer, ponernos gordas y luego ya me las apañaré para pagar, o si no siempre puede venir mi maestra a liberarme si me secuestran para pagar mi deuda fregando los platos. - De alguna forma, conseguí meter la cuchara en el chocolate sin mirar y sin desparramar todo, y comencé a darle vueltas.
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RE: [Pasado] El chocolate prometido - Maeve Knox - 27-02-2024 HILO MUSICAL —Soy consciente de mi perfección, gracias —fue mi respuesta ante las bromas de Eaa sobre mi no-gordura. Después le guiñé un ojo. Obviamente no me hizo gracia que dijera eso, pero en el fondo sabía que su intención era burlarse de mí, como yo hacía con ella, así que la mirada asesina fue perdiendo grado hasta quedarse en tan solo un poco homicida.
Y volvió a aparecer la reina del happy style, tan cool como acostumbraba y con su sonrisa cute pegada en la cara. Y mis ganas de plantarle un punch en su face eran cada vez mayores. Parecía haberse quedado prendada de Eaa, pues se deshacía en halagos hacia ella. Nunca me gustó la gente zalamera, solía guardar un interés oculto. ¿La parte buena? Había traído la bandeja con las tazas de chocolate y los churros, que nos sirvió con un estúpido nerviosismo que me estaba poniendo nerviosa a mí. Esa muchacha se me había atravesado: demasiada efusividad, demasiado arco iris. Demasiada bocaza. Entonces, cuando escuché a Eaa pedir un dulce de cada, la miré como si hubiese perdido un tornillo (o cien). Tanto fue así que me olvidé del chocolate con churros. —Obviamente, lo decía de broma. No se trata del dinero, es que no nos vamos a poder comer todo eso. Bueno, igual tú sí, que el tamaño de tu estómago puede cuadriplicar el mío, pero no esperes que me meta todo ese azúcar. No sé cómo pretendes quemarlo —hice alusión a su anterior comentario—, pero bueno, no me responsabilizo de nada de esto. A decir verdad, "exageración" me parecía un término que se quedaba corto para lo que Eaa pretendía que nos sirviesen. Y nunca había sido de despilfarrar comida, pues mis aventuras juveniles y algunas de las que protagonicé en el mar, me hicieron pasar hambre. En fin, tampoco era mi misión salvar el mundo, aunque me pareciese de mal gusto. Pero tampoco seré hipócrita: también sería de mal gusto no comer de todas esas cosas que iba a servirnos Doña Cago Flores. —Si te secuestran para fregar los platos por no poder pagar tu deuda, lo tendrías merecido —le solté, aunque de forma despreocupada—. Aunque ya sabes que en nuestro gremio no se nos conoce por seguir la legalidad precisamente. Justo en ese momento, apareció la simpatiquísima camarera. —Un platito con bolitas de helado de todos nuestros sabores; una bandejita de pastas de chocolate negro, chocolate con leche, chocolate blanco y chocolate con frutas; otro platito de tartas: red velvet, zanahoria, tres leches, chocolate, manzana, vainilla y café. ¡Estoy segura de que os va a encantar! ¡Muchos dulces para personitas muy dulces! Ji ji ji. Voy a vomitar. —¡Y hablando de cosas dulces! Vuestras caras me suenan, ¿seguro que es la primera vez que venís por aquí? ¡Claro, qué tonta! ¡No podríais haber venido otras veces porque nunca olvido un rostro bonito! ¿Y olvidar dos caras bonitas? ¡Ni muerta! Muerta vas a estar como no te calles. —¡Os dejo con estas cositas tan deliciosas y en un rato vengo a traeros más! No queremos que se os acumule en la mesa, ¿verdad? Ji ji ji. Y se fue dando saltitos, bandeja vacía en mano. Me pincé el puente de la nariz con la mano derecha, intentando expulsar mentalmente todo el azúcar metafórico que me había caído encima. —Es tontísima —dije mientras observaba como se marchaba. Ya no sabía si comer de lo empalagada que me había dejado. Mentira, mis ojos se desviaban a aquellos coloridos manjares. Cogí mi cuchara y fui cogiendo pedacitos de las bolas de helado. Cerré los ojos para saborear todos y cada uno, cuya fría y cremosa textura se me deshacía en la boca. No pude evitar soltar un "mmmm" de puro placer cuando los intensos sabores inundaron mi paladar. Aún sobre la mesa, Mandarina intentaba engullir alguna que otra pieza, pero Eaa lo apartaba con cuidado. Cierto: en algún lugar había escuchado que los dulces no eran buenos para los animales.
Bueno, pues este buitre se iba a hinchar.
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RE: [Pasado] El chocolate prometido - Eaa - 27-02-2024
Leyenda
Música ambiente - Tranquila, que lo que no me termine aquí me lo voy a llevar. Aunque tenga que estar alimentándome a base de dulces durante una semana. - expliqué. Arqueé una ceja cuando la albina preguntó acerca de cómo pretendía quemarlo. - ¿Cómo va a ser, como siempre? - pregunté en mis pensamientos, extrañada. - Pues como siempre, la dieta del aguilucho. - expliqué, seria. Hice una pequeña pausa dramática, para darle emoción, por si Maeve no lo conocía y le generaba curiosidad. - Comer poco y sudar mucho. - hablaba completamente convencida. Probé entonces el chocolate y los churros. Estaban realmente deliciosos. Además, el calor del chocolate me sentó de maravilla para paliar el frío que tenía a causa de habernos mojado camino a la cafetería. Saboreaba la comida con los ojos cerrados, para centrarme en los distintos sabores pero sobre todo para evitar aquel temido contacto visual. El chocolate estaba demasiado rico como para malgastarlo atragantándome por estar nerviosa. - Eso es que vas a venir a salvarme y vas a cargarte a todos, entiendo - asentí, todavía con los ojos cerrados. Esbocé una ancha y sincera sonrisa. En realidad imaginarme aquello me hacía muy feliz. Juraría que además de mi mamá, nadie - Va a ser verdad que esto va a ser un cuento de hadas. La verdad es que lo de ser la asesina sanguinaria que salva a la bárbara princesa de los malvados cobradores de deudas te pega bastante. - dije, con el mismo tono de burla. Mi broma fue interrumpida por nuestra "camarera favorita", Diana. Abrí los ojos, emocionada cuando escuché a esta comenzar a enumerar cosas y el olor de la comida comenzó a entrar por mi nariz - por fin, una enumeración buena - a decir verdad todo lo que nos mostraba tenía un aspecto maravilloso. Y no solo eso, si no que además olía fenomenal. Mis ojos bailaban entre los distintos postres, tratando de imaginarme el sabor de todos estos, mientras pensaba en cuál iba a ser el primero al que le iba a dar un bocado. Dejó también sobre la mesa un cuenco con pescado desmenuzado y otro con lo que parecía una extraña leche. Supuse que estos serían la comida de Mandarina. No voy a mentir, el comentario acerca de nuestras caras bonitas me hizo tanta gracia que no reparé en la primera parte del comentario. - Muchas gracias Diana - le dije, sonriendo, antes de que esta se marchara. - Yo creo que le has gustado a Di - hablé a mi amiga. - Seguro que es por tus ojos. - asentía, con los brazos cruzados. Era más que probable que en aquel momento simplemente estuviera hablando de mí misma sin darme cuenta. - Estoy segura de que si le miras fijamente a los ojos, le sonríes y le guiñas el ojo nos hace un descuento. - expliqué completamente seria - Bueno, o igual se desmaya. Si se desmaya nos podemos ir sin pagar. - a decir verdad, la idea sonaba bastante bien. Mi hilo de pensamientos y por ello de conversación fue interrumpido por mi pequeño hijo felino Mandarina. Este saltó del hombro de Maeve, acercándose a olisquear la comida. Por suerte estuve lo suficientemente hábil para evitar que le diera un mordisco a la tarta de café. Le cogí suavemente, acercándole a sus cuenquitos de comida. Me decidí entonces a probar las tartas. En concreto la Red Velvet. No conocía la tarta para nada, pero no me fue demasiado difícil identificarla (simplemente descarté las que sí que conocía y fue la que quedó). Por un lado me daba un poco de miedo la tarta, puesto que aquel color rojo intenso, sumado a las truculentas historias que había escuchado de mi acompañante, me daban un poco de mala espina. Todo aquello desapareció de un plumazo cuando di el primer bocado. - Maeve, Maeve - le llamé, con cierta efusividad. - Esta tarta es una maravilla. Creo que te va a encantar. - le dije y le acerqué el plato. - Prueba, prueba. - le ofrecí, animada, antes de acercarme la tarta de vainilla, antes de apartar nuevamente a Mandarina y dejarle comiendo su pescado. - ¿Oye, crees que podremos convencer a Diana para que nos de la receta? - pregunté, genuinamente interesada. La idea de preparar esa tarta en su cumpleaños era realmente tentadora. Me acordé nuevamente de que no sabía cuándo iba a ser aquel día. - Difícil hacer una tarta de cumpleaños sin saber cuándo es. - pensé. - Por cierto, ¿cuándo es tu cumpleaños? El mío es el 14 de Invierno, y el de Mandarina el 41 de Otoño. - sonreí. - Bueno, técnicamente no es su cumpleaños, pero es cuando me lo encontré en un callejón. - necesitaba matizarlo - ¿Recuerdas aquel hombre que dije que maté? Pues fue ese día. - expliqué. - Bueno, era de noche. - acaricié al animal, feliz al recordar aquel fortuito encuentro. - Esque claro, si no se cuándo es tu cumpleaños será complicado el tema de prepararte lasagna de espinacas y una tarta. - solté una risita. Estaba esperando a su respuesta cuando escuché a la pelirrosa acercarse, tarareando una canción. Estaba extremadamente animada, no se si por haber visto a Maeve o porque yo hubiera pedido una porción de cada postre, aunque diría que la primera sin miedo a equivocarme. - La, la, la... - cantaba, mientras recogía los platos vacíos que íbamos dejando, puesto que Maeve se había terminado el helado sin darse cuenta. - Normal, con lo buenos que tienen que estar... - le acerqué a la camarera el plato que en algún momento contuvo la porción de tarta de vainilla, así como el de los churros. - Más postres dulces para las dos besties más dulces de Ciudad Murkhold - aquel comentario me empalagó hasta a mí. - Esta vez hay muffins de chocolate, pera, blueberry, pasas y este normal. - fue dejándolos en la mesa, uno por uno, mientras seguía tarareando. - Oye, Diana, ¿qué son más monos, los pandas o las cabras? - pregunté. En cierto modo era una pregunta con doble sentido, tratando de esa forma confirmar mi teoría de que le gustaba Maeve. La joven pelirrosa nos miró a ambas, suponiendo que tramaba algo con esa pregunta. Tampoco es que yo fuese la persona más sutil, de hecho todo el tema de indirectas, dobles sentidos y lo demás se me daba extremadamente mal. Se quedó un buen rato mirándonos, en silencio. - Me encantan los dos - respondió, haciendo un dos con una de las manos mientras nos sonreía. - Pues vaya - su respuesta me decepcionó un poco, puesto que demostraba que mi ingeniosa pregunta no había servido para nada. - Los pandas son muy monos y adorables, y dan ganas de abrazarlos, y las cabras también son muy cute, y además con leche de cabra se hace el queso y más cosas. - explicó después. Antes de decirle que esperara un poco para la próxima ronda y de que esta se fuera, le pedí otro vaso de agua sin gas y sin hielos. El chocolate me daba mucha sed, bueno, el dulce en general. - Te lo dije, le gustan tus ojos bonitos - hablé, orgullosa como un detective que acaba de resolver el caso de su vida.
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RE: [Pasado] El chocolate prometido - Maeve Knox - 28-02-2024 HILO MUSICAL —No voy a guiñarle ningún ojo a esa tipa y dudo mucho que le haya gustado mi cara de mierda al mirarla.
A pesar del enorme disfrute de los dulces, me estaba poniendo de mal humor. De muy mal humor. Dejé que Eaa hablara: tartas, cumpleaños. Podría haber respondido, pero no, la imbécil de Diana apareció otra vez soltando mierda por la boca que pretendía ser una canción. Y después se habló de pandas y de cabras. Y de abrazar cosas. Intentaba ignorar todo aquello pero tan difícil me resultaba hacerlo como conseguir que no me afectase. Me metí un gran trozo de tarta de zanahoria en la boca, a ver si así con suerte no se me incluía en la conversación. Esperé a que la tonta de los cojones se marchase de allí cual unicornio ridículo. —No creo que tenga que ver un puto oso con mis ojos. ¿Sabes? Estoy un poquito cansada de tanta estupidez. Puede que aquí caguen corazones, pero deberían dejar de etiquetar a la gente cuando pasan. ¿Es que dos personas no pueden compartir un rato sin ser pareja? O la mierda esa, besties. O esa zalamería al dirigirse a nosotras. Así que no, no le he gustado, es así de boba. La gente sabe relacionarse entre sí sin necesidad de una relación erótico-romántica. Es gente siendo gente. Y si esa tía se cree que con las gilipolleces va a llegar algún sitio con nosotras, o conmigo, es que es rematadamente idiota. Dejé caer la cuchara pequeña en el plato. Emitió un agudo ruido metálico. Había sido desagradable, lo sabía. La palabra "mierda" estaba apareciendo más que de costumbre, tanto en mi cabeza como en mi vocabulario. Y la única razón por la que no soltaba toda esa basura frente a Diana era precisamente por Eaa. Respiré hondo antes de llevarme la taza de chocolate a los labios. Su textura aterciopelada y su sabor extático no consiguieron dulcificar toda la aspereza que ahora me cubría. ¿Cómo había acabado en un lugar que te promete que la vida va a ser maravillosa solo porque estás comiendo lo que sirven? La vida era dura, una puta mierda, y ningún bollo delicioso iba a cambiar eso. Podía esconderlo un rato, sí, pero la realidad volvería tarde o temprano. Seguramente al salir por la puerta. Incluso antes. Me seguía sintiendo la protagonista de un cuento, pero de pronto notaba como si la ilusión cayese frente mis ojos, como si el hechizo se hubiese roto. Como si todas aquellas flores de colores fuesen, en realidad, intrincadas y espinosas ramas camufladas con brujería. Mi mala hostia se había propagado como el fuego en una mecha. Un ambiente tan empalagoso en todos los sentidos —hasta estaba empezando a aborrecer el hilo musical— me había hecho estallar. Eso y que la gente fuese tan putamente bocazas con el disfraz de caer simpática. Me refiero a Diana, claro, pues a Eaa ya la iba conociendo. Y después de lo sucedido por la mañana, explotar contra ella no era lo más adecuado. Aunque algo tarde, pues mi pequeño discurso había sido como un dardo envenenado. —Mi cumpleaños es el día 82 de verano —respondí, sin venir ahora a cuento, a lo que quería saber mi enorme compañera. Había hablado de prepararme lasagna de espinacas y una tarta, y en cambio, a mí me había faltado sacar los dientes. Y por si esto fuera poco, no recordaba los números que ella había dicho, tan solo que Eaa cumplía años en invierno y Mandarina en otoño. Creo. Las relaciones sociales se me dan fatal y, en parte, es por este tipo de cosas. Tal vez debía pedirle disculpas a Eaa (por segunda vez en el día), pero ni siquiera pude plantearme hacerlo, porque la más payasa del lugar volvía a la carga. Se acercaba a nuestra mesa casi gritando, con una voz aguda de conejo que quise eliminar a picotazos. Porque los buitres comen conejos muertos. —¡¡Veis como no me equivocaba!! ¡¡Ay, qué ilusión!! ¡¡Gente famosa!! Y traía, agitándolos en el aire, nuestro carteles de recompensa.
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RE: [Pasado] El chocolate prometido - Eaa - 28-02-2024
Leyenda
Música ambiente - Pues que los pan... - iba a explicarle el razonamiento detrás de llamarle Pandita, pero a medida que esta continuaba hablando podía percibir su enorme enfado. Parecía como un gran incendio, que iba consumiendo los dulces que tenía cerca y creciendo de forma abrumadora. Comprendí entonces que echar leña al fuego era posiblemente lo peor que podría hacer, por lo que me mantuve en silencio, escuchando atentamente sus palabras. Se me daban extremadamente mal ese tipo de situaciones. Bueno, no acostumbraba a hablar con casi nadie, y Maeve era posiblemente la primera persona a parte de Mamá con la que había ido a pasear y merendar (en este caso desayunar). Se hizo un incómodo silencio. Bueno, no era un silencio propiamente dicho, debido a la música que sonaba en la cafetería. Aunque, siendo sincera, en completo silencio la música no hacía más que empeorar las cosas todavía más. No me había percatado de lo aguda y repetitiva que era, pero ahora que lo había escuchado no podía quitarme ese ahora desagradable y monótono sonido de la cabeza. Abrí los ojos al escuchar la respuesta a mi anterior pregunta. Saqué a todo correr mi libreta, para apuntar en ella la fecha. Entonces, Diana llegó, tan animada como siempre. - Ya estás fastidiando el momento... otra vez. - pensé, sin decirle nada. Era innegable que el buen ambiente que en algún momento había rodeado nuestra mesa había desaparecido prácticamente por completo. Y en el momento en que parecía que este iba a volver a generarse, gracias a los intentos de la mujer de ojos bonitos de panda, había aparecido nuevamente para volver a llevar el ambiente al punto de partida, o más atrás todavía. Si hubiera que medir en una escala del uno al diez el grado de buen rollo y maravillosidad (si eso existe) en nuestra "Cruzada en Busca del Chocolate Prometido" hubiera sido algo así:
Hablaba de algo de éramos gente famosa. Le arranqué lo que tenía en la mano, sin siquiera mirarlo. Tiré tan fuerte de ello que la pobre camarera se quedó con tan solo la esquina de los carteles. Los puse en la mesa, haciendo que las cosas que en ella habían se tambalearan. No estaba enfadada, tan solo infinitamente molesta, pero era innegable que mi única amiga lo estaba, y mucho, tanto que podría saltar y arrancarle la tráquea a mordiscos para dejar de escuchar su aguda voz. La joven pelirrosa era realmente agradable, pero su infinita positividad se estaba cargando nuestro maravilloso y ansiado desayuno. Firmé uno de los carteles y se lo extendí a la joven. - Toma, aquí tienes. - respondí, seria. - Ahora déjanos a solas. - interrumpí a esta cuando iba a hablarme. - Estamos ocupadas con una cosa muy importante. - más que importante era un asunto de vida o muerte. En concreto su vida y la de toda la gente de ese local. Mi mirada se centraba en Maeve, en concreto en sus manos y en cómo esta jugueteaba con uno de los cubiertos. Estaba completamente alerta por si tenía que evitar que acabara convirtiendo a la camarera en un colador. Me relajé cuando escuché a la joven alejarse, entre lágrimas. Posiblemente nadie le había respondido así en la vida, pero a mí me importaba más bien poco. Le acerqué entonces a Maeve mi cartel de se busca. Sí, había firmado el suyo con mi nombre sin darme cuenta. - Yo que sé, por si quieres dejar más huella todavía. Cuando nos vayamos a ir se lo damos, o se lo dejamos aquí en la mesa. - dejé también la pluma. - Perdón, pero es que no tenía muchas ganas ahora de que nos tengamos que ir a bañar, y como sabrás, el rojo se quita bastante mal. - bromeé. Levanté entonces el brazo. Me golpeó en la cara el pestazo a mi propio sudor. Lo peor de entrenar. - He cambiado de idea. Si vuelve y dice alguna tontería, se pone a cantar, o hace una enumeración infinitamente larga y absurda de cualquier cosa yo misma la agarro y después de que la destripes nos la comemos. Y le birlo las recetas - me reí, echando el cuerpo hacia atrás en el sillón. Obviamente estaba bromeando, aunque en cierto modo las estúpidas enumeraciones de Diana me enfermaban. Hice un poco de fuerza con mis pies, reclinándome. Me acordé entonces de lo que estaba haciendo antes de que nuestra "amiga" pelirrosa llegara. Perdí el equilibrio, pero de alguna forma terminé sentada normal, en vez de en el suelo patas arriba como seguramente debería estar. - ¿Habías dicho 82 de verano, no? - pregunté, sacando otra pluma de mi bolsa y apuntando en grande en una de las hojas vacías de la libreta. Dejé muy claro que era una fecha crítica y también anoté a un costado, en letra mucho más pequeña, las palabras lasagna espinacas y tarta. - Qué casualidad - dije, algo animada. - En esa fecha nació el escritor Jav Meadow. - expliqué. Me acordé entonces de que seguramente mi amiga no conocería a aquel escritor - También nacieron Penny Cross y Jessie Dawn. - añadí. - Esas sí que sabes quiénes son, ¿no? Son dos actrices mundialmente famosas. - sonreí, antes de apuntar las palabras descubrir regalo junto a lo anterior. - El cumple de mi pequeñín es dentro de poco, quedan... - me quedé un rato pensativa, haciendo cálculos. - Algo menos de treinta días. - sonreí, animada. - En menos de treinta días va a tener un año ya - dije. - Bueno, seguro que ya tiene un año, pero va a hacer un año de que llegara a mi vida y de que la hiciera un poquito más feliz - como no, tenía que matizar las cosas. Me acordé de que llevaba el regalo de Mandarina en la bolsa. - ¿Quieres ver el regalo que le voy a hacer? - pregunté y le acerqué la bolsa. Mandarina en seguida se activó y se dirigió hacia esta. Le cogí al vuelo antes de que se zambullera entre mis cosas. - ¿Me puedes decir qué te parece? - pregunté, deseando genuinamente saber su opinión al respecto. - Está abajo del todo, en una bolsita. Cuidado que no lo vea Mandarina, que quiero que sea una sorpresa.
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RE: [Pasado] El chocolate prometido - Maeve Knox - 03-03-2024 Eaa sacó su libreta y empezó a apuntar. Tal vez la fecha de mi cumpleaños, tal vez las mil maneras de acabar con esa camarera entrometida. Una podría pensar que era una muchacha que hacía su trabajo, es decir, se le habían encargado trescientas cosas y trescientas cosas servía. Pero no eran dulces lo que había traído, sino nuestros putos carteles de recompensa. Se ve que a Eaa también estaba empezando a sulfurar, porque la había despachado rápido. Eso sí, tras firmar uno de los carteles. Por supuesto, el que no era suyo.
La tiparraca se marchó llorando. Así que no solamente era insufrible, sino que no soportaba que se lo hicieran ver.
Diría que miré con indiferencia sus lágrimas, pero no puedo negar que me causaron cierta satisfacción. Le pedí la pluma a Eaa. Sí dejaría huella, sí. Me acerqué el cartel de recompensa de Eaa y, con la letra más sofisticada que conseguí, le dejé una bonita dedicatoria:
"Diana, muérete. Con cariño."
En fin, no me quedé del todo a gusto. La "D" podría haberme salido más bonita.
—No está mal esa idea de comérnosla.
Como era obvio, esperaba que Eaa entendiese que estaba bromeando. Aunque no aclararía que era algo que podía suceder. Era evidente que aquellas tartas tendrían un sabor infinitamente mejor.
A continuación, la pelirroja comenzó a enumerar una serie de personajes supuestamente famosos que cumplían los años el mismo día que yo. A decir verdad, no conocía ni uno. Intenté hacer memoria, pero sus nombres no significaban nada para mí. Sin embargo, ella parecía conocer mucho al respecto. No me extrañó, ya había hablado de su ferviente pasión por los libros. Y, aunque en su día reveló la fascinación por las historias de ficción, algo me decía que devoraba todo lo que contuviese tinta y cayese en sus manos.
También me enteré de que Mandaría haría pronto un año. Me resultó curioso que la gente celebrase el cumpleaños de sus animales. Pero, claro, no era descabellado: estaba segura de que eran mejores que la mayoría de las personas. O a lo mejor era algo que solamente hacía Eaa. Por lo que a esas alturas sabía de ella, se me hizo algo típico de ella.
Cuando así su bolsa, busqué directamente el regalo, pues no quería parecer que estaba rebuscando entre sus cosas. Hallé el envoltorio que me había mencionado (no había pérdida) y, sin sacar el regalo de ninguna de las dos bolsas, lo miré. Se trataba de un pollito a medio salir de su cascarón. Era muy suave y blando al tacto. Nunca fui de peluches ni similares, pero había que reconocer que había tenido buen gusto.
—Seguro que le gusta, sí—respondí.
Nunca había tenido mascota, así que no sabía muy bien qué decir: supuse que era algo que a un gato podría hacerle gracia.
Aunque Eaa no se comportaba con Mandarina como si este fuese su mascota, sino más bien su amigo.
Luego, devolví sus pertenencias a la pelirroja.
Descubrí que ahora que había visto a la cansina del pelo rosa irse llorando, sentía cierta paz interior, como si supiese que no volvería a molestarnos. O, al menos, en un rato. Eso quería creer.
Aprovechando tal fortuna, Eaa y yo entablamos otra conversación. Una banal, sobre temas que nada tenían que ver con locales pastelosos, dulces deliciosos ni camareras metomentodos. La ciudad de Murkhold fue la protagonista del intercambio de palabras durante un rato, así como Peteiro, Mandarina, los saltamontes —ni idea de cómo llegamos a ese tema— y ciertos gustos de música.
Habíamos comenzado a hablar sobre las inclemencias del tiempo en aquella isla —socorrido tema de conversación— cuando escuchamos ruido por la zona que contenía la puerta de entrada al local. Al principio no le dimos importancia, puesto que con aquel clima cualquiera podría haber estado buscando refugio, alborotado por la incesante lluvia. Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de que se trataba de algo más.
Pasos firmes y sincronizados se aproximaron.
—¡Son ellas! —nos señaló un señor aleatorio que parecía recién sacado de una tintorería, él mismo incluido.
El precio de la fama.
—¡Eaa y Maeve Knox! ¡Habéis cometido crímenes contra el pueblo de Murkhold! ¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa?
La presencia de aquellos guardias agriaba el ambiente dulce que, hasta el momento, había reinado en Dream Coffee. Ocho, diez, doce, no conté los que había. ¿Acaso importaba? Me invadió una fuerte y aburrida sensación de dejà vu.
—Vosotros no aprendéis, ¿eh?
Apoyé las manos en la mesa y me levanté con brusquedad. Sentí la presencia del látigo en mi cintura, ansiosa, ávida. Me habría gustado poder estar tranquila disfrutando de un desayuno como pocos he probado en mi vida. Tampoco le hacía ascos a la compañía de Eaa, la cual no aborrecía como me sucedía con la gran mayoría.
A decir verdad, mi mal humor me pedía aquello. Sin apartar la mirada de sus estúpidas caras, comencé a andar en su dirección.
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RE: [Pasado] [+18] El chocolate prometido - Eaa - 03-03-2024
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Me hizo muy feliz ver que a la albina también le gustaba el regalo que había conseguido para mi pequeñín. Ahora podía estar completamente segura de que a Mandarina le iba a gustar. Parece que después de que Diana se marchase, por fin podríamos disfrutar de lo que quedaba del desayuno y charlar de nuestras cosas. No hablábamos de ningún tema profundo, lo cual era incluso mejor. Siempre había querido poder hablar con alguien con naturalidad, de lo primero que fuera surgiendo. - Pues hay saltamontes que pueden cambiar de color, ¿sabías? - expliqué, siguiendo con el tema sobre pasar desapercibidas. Lo había leído en un libro en Ohara. - Sería muy útil, la verdad. ¿Eaa? No, no me suena. Tiene nombre como de albina y muy guapa, pero como ves, yo soy rosa y me llamo Fresa - hablé, poniendo la típica cara de detective de incógnito. El tema derivó rápidamente hacia la música. Inicié yo el tema, queriendo conocer más sobre los gustos de la mujer que tenía en frente. Sonreí, mirando a esta aunque asegurándome de no mirarle a los ojos. Desde mi punto de vista, Maeve parecía una persona completamente diferente cuando hablaba de cosas que le gustaban. Estaba segura de que por unos instantes tendría ese característico brillo en la mirada. Por mucho que me gustara verlo y comprobarlo, no iba a hacerlo pues no quería interrumpir lo que a todas luces parecía un bonito momento para ella, sobre todo después de todo lo sucedido con Diana. No recuerdo en qué momento dejamos de hablar de música y terminamos hablando del clima local. Ese aberrante clima local al que ya me había medio acostumbrado. Fue entonces cuando otra voz volvió a interrumpir el nuevamente agradable ambiente. - Con lo mucho que nos ha costado volver a estar guay. - suspiré, mientras aprovechaba para recoger mis cosas y dejaba a Mandarina sobre la mesa. Le hice un gesto para que se mantuviera alejado a la vez que cogía un platos que contenía una de las llamadas cookies, aunque a mí me parecían galletas de chocolate normales. - Pues que salimos muy guapas en nuestros... - miré el cartel de la mesa a la vez que me levantaba y mordía la galleta. Estaba realmente deliciosa, no estaba al nivel de la Red Velvet pero esque esa tarta parecía de otro mundo. Arqueé una ceja. Como para no, puesto que acababa de ver mi cartel de recompensa, con una macabra dedicatoria de Maeve. Muy suya, para ser sinceros. - ¿Qué cojones he firmado yo entonces? - pregunté extrañada. Por alguna razón me mosqueé sobremanera. Esperaba que lo que hubiera firmado no fuera ninguna clase de contrato extraño o si no lo mismo me obligaban a trabajar allí fregando platos. Empieza la pelea Me giré bruscamente en dirección al grupo - Lo que estaba diciendo, que habéis jodido todo - dije, enormemente enfadada y lancé el plato vacío hacia el guardia que había abierto la boca. Ruido de grillos... Todo se quedó en silencio mientras veía el daño causado por mi improvisado ataque. El plato había golpeado en toda la boca al hombre, pero no al guardia al que yo había tirado el plato, si no al hombre que nos había señalado. No era para nada mi intención, pero parándome a pensarlo, aquel señor también se lo merecía. No estaba segura de que aquel hombre fuera a sobrevivir a ese golpe, pero de si ese metomentodo salía de aquella, no no iba a comer sólido nunca más. - Atacar a un civil inocente es un grave crimen contra la Ciudad de Murkhold. Esto, sumado a lo anterior supone pena... Vuelve la pelea - ¡Me da absolutamente igual trozo de mierda! - No le dejé terminar su estúpida frase. Salté hacia él y le di un rodillazo en la mandíbula, haciendo que se mordiera la lengua y cayera al suelo directamente.Me giré para dar una patada a otros dos guardias cercanos, los cuales cayeron también al suelo. No se cómo me las ingeniaba para terminar rodeada siempre de tipos indeseables, pero aunque esta vez estaba rodeada por ocho me sentía segura, pues, detrás de mí, se encontraba mi única amiga, aquella persona en quien sabía que podía confiar plenamente. O por lo menos si de una pelea se tratase. - Al final sí voy a ver qué sabe hacer con el látigo, jijiji - pensé, dejando escapar una risita.
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RE: [Pasado] El chocolate prometido - Maeve Knox - 05-03-2024 Eaa se vio realmente enfadada por la aparición de esos indeseables con sus uniformes. O disfraces, como me gustaba verlo. Les echó en cara la interrupción de nuestro placentero —unas veces más que otras— desayuno, o quizá se refiriese a nuestra conversación. La cuestión era que lanzó el plato con gran fuerza en dirección a esa gentuza. No sé cuál era su intención inicial, pero el plato le reventó la boca no a ninguno de los guardias, sino al hombre que había decidido cagarla ese día al delatarnos.
El karma llegó de la mano de la semioni y, no mentiré, resultó placentero. En mi posición, de pie y habiendo avanzado algunos pasos, observé cómo la pelirroja le dedicó un insulto a gritos al tipo de uniforme que empezaba a relatar, como un loro, los crímenes de no sé qué y bla bla bla. Pobres loros, no se merecen tal comparación. Entonces, Eaa se lanzó contra él, golpeándolo con su enorme rodilla y, a continuación, tumbando a otros dos. Qué hartura de gente, de verdad, si es que ellos solitos se buscan la ruina. No quería quedarme ajena a la fiesta, así que asumí mi turno. Quedaban ocho. Comencé la carrera, desenrollé el látigo de mi cintura y, con la sensación familiar de mi mano derecha encajando a la perfección con el mango, le hice trabajar. La cadena metálica viajó por el aire entre ondas y, tal y como pretendía, se enrolló en el cuello del desgraciado que tenía más cerca. Tiré hacia mí y de inmediato cayó hacia delante. En ese momento, di un salto y, valiéndome del agarre, me impulsé y salté. En el aire, sin soltar el látigo enganchado en él y para volver a tomar impulso, me apoyé con los pies en los hombros del guardia, tiré hacia arriba, avancé hacia su espalda mientras caía. Su cuello cedió. Desenrollé el arma y, antes de que su cuerpo tocara el suelo, ya estaba saltando de nuevo. Durante los nuevos milisegundos en el aire, pude ver como dos se abalanzaban hacia mí con los rostros desencajados. Estaban a medio camino de desenvainar sus espadas. La suela de mis botas se encontró con uno de ellos antes, impactando contra el pecho. El guardia perdió el equilibrio, retrocedió unos cuantos pasos y cayó de culo al suelo. El otro, para mi sorpresa, consiguió agarrarme del brazo y cortar mi trayectoria original. —Te tengo, pirata —dijo con cierta dificultad por el esfuerzo de intentar sujetarme.
Durante un instante, mis movimientos se vieron limitados por sus manos —era más grande que yo—, pero cometió el error de dejar su antebrazo a la altura de mi boca. Sin pensármelo dos veces, le mordí. Lo hice con tanta fuerza que comenzó a sangrar. También a gritar. Aflojó su agarre el tiempo suficiente como para que me escabullera. Me coloqué detrás de él, cogí el látigo por ambos extremos y lo coloqué delante de su cuello. Tiré hacia atrás, hacia mí, ahogándolo. Admito que era fuerte, físicamente más que yo, pero eso no me amedrentó. Los pinchos metálicos del látigo se fueron hundiendo en su carne.
De pronto, noté cómo alguien trataba de tirar de mí hacia atrás mientras que sujetaba por ambos brazos. Era el mismo que había dando con su culo en el suelo antes. Mierda, me estaba separando de mi presa. Forcejeé, haciendo fuerza hacia el otro lado pero el guardia no me soltaba. Estaba consiguiendo apartarme de mi objetivo. Y yo estaba segura de que si todos se me echaban encima, mis posibilidades de victoria se reducían mucho. Así que intenté lo más básico: di una patada hacia atrás con el talón, como un caballo propinando una coz, buscando impactar en su zona más sensible. Una patada en los cojones de toda la vida. Y vaya si acerté. Noté cómo el guardia me soltaba, debía de estar retorciéndose de dolor.
Yo no podía perder el tiempo con el otro al que todavía estaba encaramada por detrás, así que volví a apretar con el látigo. Lo agarré por los dos extremos con una mano para quedarme con la otra libre, y con esta segunda busqué sus ojos. Le hundí los dedos. El tipo gritó, uniéndose al coro de berridos de la gente de a pie de la cafetería. El guardia herido cayó de rodillas, llevándose las manos a la cara. Vulnerable como estaba, le solté y también le di una patada, a él en la cara. Se desplomó hacia delante.
Otros tres fuera de combate. Quedaban cinco.
Me giré hacia ellos, respirando con cierta agitación, y los miré, evaluando la situación. Veía duda en sus rostros, pero también la necesidad de cumplir con la obligación que les exigían sus uniformes. Debía estar atenta, pues en cualquier momento también podía levantarse cualquiera de los otros que dejé por los suelos, si es que encontraban las fuerzas.
Me coloqué en posición defensiva, dispuesta a cubrir la distancia que me separaba del grupo que quedaba para acabar con aquello de una puta vez.
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