![]() |
|
[Presente relativo] Operación Biblioteca - Versión para impresión +- Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece (https://nakamanomi.com) +-- Foro: Mundo (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=3) +--- Foro: West Blue (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=5) +---- Foro: Reino de Ballywood (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=237) +----- Foro: Ballywood Hills (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=266) +----- Tema: [Presente relativo] Operación Biblioteca (/showthread.php?tid=955) |
[Presente relativo] Operación Biblioteca - Eaa - 08-03-2024
Leyenda
Primavera, Año 12 Ballywood Hills, Reino de Ballywood Día 24, 11:11 AM - Está mal que lo diga, pero cada vez me quedan mejor las tortitas. - hablé, en bajo, mientras caminaba por las anchas calles de Ballywood Hills. El tiempo que llevaba despierta había sido de lo más productivo. Había madrugado para levantarme y entrenar. Para variar, la capitana me había prohibido entrenar en el barco, y a fin de cuentas, tenía toda la razón. El día que traté de hacer dominadas colgada de la botavara casi terminamos volcando. No había nadie a bordo a quien se el diera bien el tema de arreglar el barco, así que teníamos que cuidar a la Rémora Fatua con toda nuestra alma. No podíamos dejar que nada le pasara a nuestro pequeño y acogedor hogar. Por suerte para nosotros, elegimos un lugar alejado donde atracar, así que me podía permitir salir del barco y entrenar en la playa sin ningún problema. Pensar en ello me dibujó una mueca de molestia en la cara. Recordé entonces lo sucedido en Murkhold, y como aquel desgraciado de Waj amenazó con matar a Maeve. Lo que más rabia me daba era que si hubiera querido, posiblemente no hubiera podido hacer nada por evitarlo. - Necesito ser más fuerte - me repetí, tirando de la capucha para asegurarme de que ningún cabello escapaba de esta. Con los cuernos no podía hacer nada, pero bueno, tipa cornuda era una descripción algo más generalizada que tipa cornuda albina y pelirroja. - Tendría que haber copiado más recetas del libro de Diana. - me mordí el labio inferior, pues, de haberlo tenido en cuenta hubiera podido preparar desayunos más especiales. Como todos seguían dormidos cuando terminé de lavarme tras el entrenamiento, les había dejado unas tortitas preparadas. Me aseguré de que Mandarina no pudiera alcanzarlas, aunque supuse que estaría muy ocupado durmiendo con la capitana, o por lo menos hasta que ella despertase. No pude evitar sentir alivio por un momento. Una de las cosas que más temía, además de volver al infierno, era que el pequeñín se quedara solo si algo así pasaba, pero ahora sabía que tendría alguien con quien quedarse. - Pero bueno, cosas del pasado. Ya pensaré en matarme a entrenar mañana, y en comida cuando vuelva al barco. - levanté la mirada, centrándola en la calle y las gentes que la recorrían. Mi objetivo estaba fijo: Encontrar la biblioteca, y una vez allí leer. Bueno, y conseguir alguna receta más, pero para eso último no tenía muchas esperanzas. No tenía ni la más remota idea de dónde estaba la biblioteca, ni si estaba yendo en la dirección correcta. Lo único que descubrí por en mi paseo por Ballywood Boulevard fue que debía buscar en la zona alta. - ¿Por qué tendrán que estar siempre las bibliotecas donde se juntan todos estos? - obviamente, no pregunté en voz alta. Aquella zona parecía muy vigilada, y cualquier palabra fuera de lugar podría traerme muchos problemas. No tenía miedo de un puñado de guardias o marines, pero se notaba que en Ballywood había bastantes más que en Toroa, y tampoco quería que por alguna razón terminaran siguiéndome la pista, y que descubrieran donde estaba nuestro barco. Ni se me pasó por la cabeza preguntar a ninguna de las personas con quienes me crucé. - Que asco de gente - murmuré. Cada persona que veía miraba por encima del hombro a todas las demás. Seguro pensaban que por haber tenido suerte en la vida a causa de ello dinero, eran superiores. Aquello inevitablemente me recordó a aquel hombre. Sin yo quererlo, la marca de mi hombro comenzó a arder. La marca seguía ardiendo de vez en cuando, sí, pero hacía ya un tiempo que no lo hacía con la misma intensidad. Me era imposible recordar cuándo se dio ese cambio. ¿Tal vez desde que comenzamos a viajar juntos? ¿O tal vez desde la fiesta de Año Nuevo? Por suerte, pensar en aquello me ayudaba a que dejara de doler. Me crucé entonces con un mendigo. Me sorprendió al principio, pues normalmente no solía haber mucha gente pidiendo en aquellas zonas tan lujosas. "Dan mala imagen" decían. Para sorpresa de nadie, ni una sola persona se dignaba a mirarle, ni siquiera aquellas a quienes el pobre hombre saludaba. Me acerqué a él. Tan pronto mi sombra se proyectó sobre él, alzó la cabeza. No pude discernir su edad. Aparentaba más de cincuenta años, debido a su desaliñada barba y su melena. Le faltaban dos dientes, y se notaba que no podía ver bien de un ojo. Me puse de cuclillas, para estar a su altura. El hombre me miraba en silencio. No me sorprendía, pues estaba segura de que no estaba acostumbrado a ver a alguien tan grande como yo, y mucho menos de que alguien como yo se le quedara mirando. Eché un par de monedas en la pequeña lata que tenía frente a sus pies, mientras comencé a buscar en mi bolsita. - No tengo mucho más, pero está rico. - sonreí, acercándole un pequeño bocadillo de pechuga. Sin pensarlo un instante cogió el bocadillo y lo mantuvo en sus manos. - Gracias, gracias - me habló, casi con lágrimas en los ojos.- Al pequeño Tim le va a hacer muchísima ilusión. - habló, con una ancha sonrisa. - Necesito que me hagas un pequeño favor. - le susurré. Tenía oído que los mendigos son la mejor fuente de información. No quería aprovecharme del hombre, ni mucho menos, pero en aquel caso era mi única opción. El hombre asintió sin siquiera dudarlo. - ¿Qué necesitas? Haré lo que sea - habló, sin soltar el bocadillo, acariciándolo suavemente. - Pero no puede ser aquí en medio - expliqué. Este se levantó con gran dificultad y me guió hasta un callejón cercano. A pesar de ser unos escasos metros, el trayecto se hizo sorprendentemente largo, debido a la pronunciada cojera de este. Una vez en el callejón, a salvo de las indiscretas miradas de aquellos desgraciados, pude finalmente quitarme la capucha. Me agaché, separando los mechones para levantar después la cabeza. Al ver mi rojo pelo el hombre se quedó helado. - Tú... - habló, y poco después se derrumbó. - Por... por favor... Si vas a comerme llévale el bocadillo a Tim, y dile que le quería - arqueé una ceja. No entendía de qué me hablaba. - ¿Comerle? - pensé. Recordé entonces que era una persona buscada. No voy a negarlo, me hizo un poco de gracia la situación, así que no pude evitar que se me escapara una risita. - ¿Qué? Yo no voy a comerte. No como gente - le pregunté, extrañada. - Pero... escuché que el otro día tú te comiste a... - explicó. - Ah, eso - me acordé de aquellos indeseables a los que me cargué mientras trataba de buscar el regalo para Maeve. - Sí que es verdad que me cargué a unos babosos el otro día. Puede que se me fuera un poco la mano y lo que quedó no fuera muy agradable de ver, pero en mi defensa diré que no me comí a ninguno. - me excusé - Y además, ellos se lo buscaron. Por engañarme mientras buscaba el regalo para Maeve. Intentaron secuestrar y hacer cosas feas a la semioni equivocada, y les salió mal. - me relajé tras la explicación. El hombre se relajó también, pero todavía se podía percibir el miedo en su mirada. No le di mayor importancia, pues supuse que no le haría mucha gracia estar en un callejón con una mujer buscada, y menos todavía con una tan grande como yo. - A lo que iba. ¿Cómo se llega a la biblioteca? - el hombre arqueó una ceja y ladeó la cabeza. La pregunta le había pillado completamente descolocado y ni siquiera hizo ademán de tratar de ocultarlo. - ¿Qué? Esque quería ir, me gusta leer. Y no iba a preguntar a ninguno de esos trozos de mierda por indicaciones. Suerte que no le he atizado a ninguno todavía. - me reí. Tras convencerle de que no quería hacerle daño, finalmente conseguí que el hombre me diera las indicaciones hacia la biblioteca. - Por cierto, con todo el lío no me he presentado. Soy Eaa, encantada - sonreí, antes de volverme a poner la capucha. - Yo me llamo Karl - respondió
Info
RE: [Presente relativo] Operación Biblioteca - Eaa - 11-03-2024
Leyenda
Con las indicaciones de Karl me fue bastante sencillo encontrar la biblioteca. - No se cómo no la he visto antes - pensé, pues era un edificio que se veía muy bien cuidado, bastante más cuidado que el resto de edificios cercanos, y eso que me encontraba en la zona donde todos aquellos ricos vivían. Me mantuve alejada de la puerta de la biblioteca. Por suerte para mí, a diferencia de la biblioteca de Ciudad Murkhold, en esta no parecía haber guardias custodiando la entrada ni vigilando a cualquiera que quisiera entrar o salir. - Algún día tenemos que volver - murmuré. Me dolió mucho no haber podido entrar en la biblioteca de Murkhold. Sabía que iba a ser difícil, pero esperaba poder quitarme en algún momento aquella espinita que tenía clavada. Me dirigí con paso firme a la biblioteca. Entré, con la capucha todavía puesta, y continué andando, alejándome de la puerta y de la bibliotecaria. Me fui a uno de los pasillos más alejados, donde comencé a ojear los distintos libros que había allí. Me encontraba en la sección de historia. Aproveché para informarme un poco acerca del propio reino de Ballywood. Leí acerca de sus cuatro barrios, East Ballywood, el sitio donde tuve aquel asunto con los babosos que acabaron hechos papilla, y cómo al haberte asentado las fábricas en aquel barrio los trabajadores también se desplazaron hacia allí. Leí también acerca de algunas de las primeras tiendas de Ballywood Boulevard. Me sorprendió leer algunos nombres, pues esas tiendas las había visto mientras buscaba los regalos. - ¿Cómo harán para que el negocio les funcione tanto tiempo? - me pregunté. - Bueno, lo de siempre, supongo. Aprovechándose de la gente. - suspiré. Ignoré por completo la siguiente parte, la cual trataba del lugar en el que me encontraba, Ballywood Hills. Por lo poco que vi antes de que me entraran náuseas, ese apartado elogiaba a la banda de repugnantes familias que vivían en esa zona de la ciudad y se aprovechaban de todos los que estuvieran por debajo. Me disponía a cerrar el libro, suponiendo cómo iba a terminar todo, cuando leí acerca del cuarto barrio. Ballywood Lake. Parecía haber casitas a la orilla de un lago. - Tiene que ser un sitio bonito - pensé. - Cuando vuelva pregunto a ver si quiere ir a dar un paseo y ver el lago. - lo mencioné, a modo de recordatorio. - Espero que no haya tantos perros ni tantos cerdos - obviamente, me refería a los guardias y la clase de gente que me había encontrado viniendo hacia aquí. La idea de las casitas junto al lago me llamó mucho la atención. Por un momento mi mente viajó a un lugar lejano. Un suave olor a sal se mezclaba con el de una tarta de mandarina recién sacada del horno. Ese olor, y el sonido de las olas me hizo volverme hacia la ventana. Me asomé sin perder un instante, para admirar frente a mí una preciosa cala y en ella, mis dos amigos, Maeve y Peteiro, charlando y riendo. De la misma forma en que mi mente me llevó hasta allí, me devolvió a la realidad. Me dio un poco de pena alejarme de aquel lugar de una forma tan abrupta. - Tal vez... cuando consigamos nuestros sueños... - seguía pensando en ello. - Sí, bueno. Para que no aparezca por casa, o no pare de quejarse porque se muere de aburrimiento. - no pude evitar reírme. Devolví el libro a su sitio, antes de ir a la sección de cocina. - Libro de recetas, eres mío. - caminaba decidida por la biblioteca, buscando la sección. No tardé mucho en encontrarla. Una vez allí, comencé a buscar libros de recetas. Encontré uno de postres variados, y otro de aperitivos. Guardé ambos en mi bolsa. - ¿Te puedes creer Caye? Antes he visto a dos amanerados cogidos de la mano. - habló una desagradable voz. - Así, sin importarles los demás. - Ya, ves, Borja. Si yo los respeto, pero esas cosas tendrían que hacerlas en sus casas, no en la calle que hay niños. - respondió otra voz, igual de desagradable. Se podía percibir una enorme prepotencia en ambos, lo cual, junto a sus palabras, comenzaron a irritarme. - Como esos oka... algo. Señores que se visten de tía. Seguro que se visten de tía para poder colarse en los baños de mujeres a espiarlas. - Esto pasa porque les dejan hacer lo que quieran. - respondió el primero. - Como a las mujeres. Deberían estar cuidando la casa y a sus maridos. - Esas palabras me cabrearon de verdad. Apreté el puño y me giré, dispuesta a encarar (y posiblemente partirle la cara) a quien dijera aquella sarta de gilipolleces. Para mi sorpresa, esos dos individuos no tendrían más de dieciseis años. Uno mediría en torno al metro sesenta, y el otro no mediría más de diez centímetros más que este. Llevaban pantalones ceñidos de color beige, con unos mocasines y una especie de polo. El de uno era azul, mientras el del otro verde. Ambos llevaban además una sudadera de lana, atada al cuello como cuando un niño improvisa una capa. Sumado a eso, llevaban un innumerable número de pulseras, horribles todas. Tenían unos peinados aberrantes, como si una vaca les hubiera lamido el pelo a ambos. - Edward Intha debería hablar más de cómo los lunarian nos están invadiendo en vez de... - uno de ellos me vio entonces, y enmudeció de repente. - Oh, mira Borja, una pelirroja. - me llevé la mano a la cabeza. ¿En qué momento me había quitado la capucha? Ambos se acercaron a mí, con las mismas poses prepotentes que usaban todos en aquella zona de la ciudad. - Oh, tendré que ir luego a quejarme a la tienda de chocolate, porque se ha escapado un bombón de la caja. - suspiré, con tal de no darle un puñetazo en la cara. Encima de ricos repelentes eran unos babosos. - Veo que te has quedado sin palabras. ¿Qué te parece si luego te invito a tomarnos unos chismes? Si quieres puedo enseñarte también el hotel de mi padre. - perfecto, además de niñatos, pijos, repelentes y babosos, eran los dos unos niños de papá. Posó entonces su mano en mi pierna izquierda. - No sabes bien lo que acabas de hacer, trozo de mierda. - pensé, agarrando con mi mano derecha su muñeca y levantándole del suelo. - Acaso... ¿acaso no sabes quién soy? Suéltame o si no... - habló este, casi gritando. - ¿O si no qué, vas a ir llorando donde tu papá? - comencé a apretar más fuerte su muñeca. Me habían cabreado pero bien. A medida que apretaba, aquel despojo humano gritaba más alto. No voy a ocultar que escucharle gritar me encantaba. Continué apretando hasta que en un momento... crack. - Oh, vaya. Se ha roto, qué pena. Igual esto te pasa por tocar sin permiso. - le tiré al suelo. El otro joven se encontraba en el sitio, hablando de lo mucho que lamentaría lo que estaba haciendo y gilipolleces varias. Parecía un poco más listo que su amigo (tampoco demasiado, siendo completamente sinceros), pues en el momento en que solté el brazo del otro se dio cuenta de lo que se venía y echó a correr. - ¿Dónde te crees que vas, medio mierda? - pregunté y le di una patada en la cara, la cual le dejó redondo en el suelo. Me contuve, pues tampoco quería cargármelo y dejar todo perdido. Aquellos libros no tenían ninguna culpa. Levanté a los dos, al primero del brazo que tenía ileso y al segundo por el pelo. Volví con ellos a recepción. Supuse que la bibliotecaria me podría echar una mano o por lo menos decirme qué hacer con esos dos. - ¿Qué les has hecho a los pobres Borja y Cayetano? - gritó la anciana, mirándome con los ojos que se le salían de las órbitas. - Espera, tú eres el demonio que come gente. ¡Suelta a esos chiquillos ahora mismo! - Me reconoció al momento, pues tenía mi cartel sobre la mesa, supongo que tras haber escuchado acerca del incidente de hacía unos días. - ¡Pero bueno, señora! - le grité, mientras la gente comenzaba a abandonar la biiblioteca en tropel, gritando y empujándose unos a otros. - Estos dos trozos de mierda infecta vienen a molestarme y encima tendré yo la culpa de que no les hayan enseñado modales en su puta casa. ¿Qué va a ser lo siguiente, que les de las gracias y les deje hacer lo que quieran solo por ser hijos de algún ricachón malnacido? - El chaval que seguía consciente comenzó nuevamente a soltar mierda por la boca. Algo dijo sobre que yo era puta, progre y algo que no terminó de formular, pues le partí la otra muñeca. Por suerte para mí, quedó inconsciente debido al dolor, y se calló. - ¡Me da absolutamente igual hijos de quién sean estos dos! ¡Como si son hijos del rey! - le grité a la anciana, antes de que dijera algo más. - Pirata Eaa, se encuentra rodeada. - Se escuchó una voz desde el exterior. - Ah, perfecto - menos mal que la idea era pasar desapercibida. - Suelte a los chicos y entréguese por sus crímenes. - arqueé una ceja. - ¿Pero estos son tontos? - pregunté, incrédula, en alto. - ¿Quién se entregaría en una situación así? - suspiré. - Bueno, qué se le va a hacer - me dirigí hacia la puerta, despacio.
Resumen
Aclaración
Bélico
Resto de info de Eaa
RE: [Presente relativo] Operación Biblioteca - Eaa - 11-03-2024
Leyenda
- ¿Cuántos serán esta vez? - me pregunté. Caminaba despacio, con pies de plomo, mientras pensaba en cómo salir de la biblioteca. - Si hay solo un par de ellos, lo mejor sería reventar la puerta y empalarles. - me dije, mirando a los dos chavales que llevaba agarrados. - Pero si hay más, igual sería demasiado peligroso. - valoré las distintas opciones, incluso la de arrojarles la mesa de la recepción, o incluso a aquella bibliotecaria senil y decrépita. - Vale, decidido. Prioridad máxima, no destrozar nada de la biblioteca. - para ello, tenía que llevar la pelea fuera. Me paré frente a las puertas, pensativa. Una ligera sonrisa se dibujó en mi rostro. Di una patada a las puertas, abriéndolas de golpe. Debí haberme contenido, pues uno de los dos portones se desencajó y salió disparado en dirección a los marines. - Felicidades. Has marcado un nuevo récord Eaa - la maravillosa voz crítica atacaba de nuevo, pero en verdad tenía razón esta vez. - Vale, reformulamos la prioridad: No destrozar nada MÁS de la biblioteca. - la puerta cayó al lado de uno de los marines, levantando una ingente cantidad de polvo. El hombre, con el susto del golpe de la puerta y la posterior nube, accionó el gatillo de su arma sin querer. Como era de esperar, el disparo provocó una reacción en cadena, y el resto de sus compañeros, o por lo menos aquellos que se encontraban en posición de disparo, hicieron lo mismo, presas del miedo. Quince balas de plomo se dirigieron hacia mí, mas ninguna llegó a impactar en mi cuerpo. Parecía que el destino me sonreía, pues los dos jóvenes que llevaba sujetos sirvieron de alguna suerte de escudo humano. - Oh, bueno. ¿Qué se le va a hacer? - me encogí de hombros. No me daban la más mínima pena esos dos, y ni siquiera había sido yo quién les había dejado hechos un colador. La nube de polvo se disipó poco después, permitiéndome ver a los marines que trataban de detenerme, y a ellos ver la horrible escena que acaban de provocar. Pude contar treinta de ellos. Treinta más que añadir a mi lista. A este paso, iba a alcanzar a la capitana mucho antes de lo esperado, aunque su lista de crímenes era inmensa. - ¡Serás monstruo! - gritó el que había hablado anteriormente. Su ojo izquierdo comenzó a parpadear inconscientemente - ¿Cómo se te ocurre hacerle eso a unos pobres chavales? - habló después, mientras ordenaba a los que llevaban rifles desenfundar sus sables. - ¡Sí, bueno! - grité molesta. Encima ahora iban a colgarme a mí los muertos. - Yo solo quería salir de la biblioteca para que no la destrozarais, y habéis sido vosotros los que os habéis cargado a estos medio mierdas. ¡A mí no me jodáis! - les grité y lancé a los dos ahora cadáveres en su dirección. Este acto hizo explotar al marine que parecía dar las órdenes en el grupo - ¡A por ella! ¡Por la justicia! - gritó, completamente desquiciado, el marine. Los treinta hombres vinieron corriendo entonces en mi dirección, armas en mano. - ¡Venid y comprobad por vosotros mismos la fuerza de Eaa, vicecapitana de los Piratas del Brillante Infortunio! - grité. Quería que me escucharan. Me enorgullecía infinitamente de todo lo que componía aquella frase, y eso trataba de mostrarle al mundo. El nombre que habíamos elegido para la tripulación, el puesto de vicecapitana que gané en un intenso duelo de pulsos contra Peteiro, pero sobre todo de los miembros que componían la tripulación, o mejor dicho esa pequeña familia, mi familia. Me puse en posición defensiva, dispuesta a darle una paliza a aquellos perros.
Resumen
Bélico
Resultados
RE: [Presente relativo] Operación Biblioteca - Eaa - 11-03-2024
Leyenda
Parecía que mi grito no había impresionado mucho a aquellos marines, pues ninguno de ellos parecía con intención de cesar su ataque o pararse a escuchar mis palabras. - Bueno, luego dejo una notita. - me reí. Me mantuve en posición, esperando el momento oportuno para golpear a los marines que se me acercaban. Una ves estuvieron lo suficientemente cerca, estiré ambos brazos y, corriendo en su dirección, les propiné un duro lariat a aquellos de la primera fila. Pelear sola contra treinta hombres es algo que es mucho más sencilla decir que hacer. Mi golpe había noqueado a un buen número de guardias, pero todavía quedaban unos cuantos más. No era una cantidad que no pudiera derribar con un golpe más, pero eso no significaba que pudiera evitar todos sus ataques. Posiblemente alguien incluso llegara a pensar que treinta hombres era algo que una única mujer no podía gestionar. Chasqueé la lengua. Esos dos niñatos me recordaron que había gente tan gilipollas, y pensar en eso me molestaba bastante. No tardé en sentir uno de los sables perforar mi costado izquierdo, seguido de otro que rozó mi antebrazo derecho. No eran cortes profundos, ni mucho menos, pero he de admitir que escocían bastante. Agarré con fuerza el sable que tenía en el costado. Lo último que necesitaba era que por alguna razón este profundizara más en mi interior e hiciera alguna herida bastante más problemática. Mi mano izquierda comenzó a sangrar, a causa de la fuerza ejercida sobre el filo. Conseguí también que el hombre soltara el arma, cuando todos los que me rodeaban se alejaron, disponiéndose a cargar nuevamente. Saqué el sable con una mueca de molestia, y lo clavé en el pecho del tipo que estaba tirado más cerca de mí. Se revolvió unos instantes, antes de quedarse inmóvil. Me llevé la mano al costado, presionando la herida - Ahora sí que me habéis cabreado - hablé. - Yo que solo venía a leer y ahora voy a tener que pedirle ayuda a Maeve para coserme la herida. - no quitaba los ojos de aquel cabrón que había tenido la mala fortuna de hacerme aquella herida. Cogí un pequeño trapo, vendando un poco el corte de mi mano. - Pirata Eaa, demonio comeniños. Es su última ocasión de rendirse - habló, arrogante, el mismo marine de antes. - Sí, venga. ¿Pero cómo que comeniños? - grité, sin entender una mierda de dónde venía ahora ese hombre con lo de comeniños. Parecía una suerte de sueño extraño, o acaso le había golpeado muy fuerte en la cabeza. No podía ser lo segundo, pues no había tenido el gusto de darle su merecido a ese gilipollas. - ¿Qué va a ser lo próximo, cornuda comebebés? Escuché un murmullo detrás de mí, y entonces me fijé en que había un grupo nada desdeñable de gente que nos rodeaba. Cuchicheaban entre ellos, mirando horrorizados la escena. - El otro día se comió a ocho personas en East Ballywood - habló una de las personas. - ¿Ves? Por eso no deberían dejar entrar a tipos como ella. Son como animales. - Apreté el puño con fuerza. Tal era mi rabia que ni siquiera me dolía. - ¡Como no cierres ese agujero de mierda te voy a hacer puré, ya verás! - amenacé al aire, pues no estaba en posición de girarme para comprobar de donde venía la voz.
Info
RE: [Presente relativo] Operación Biblioteca - Eaa - 12-03-2024
Leyenda
No era tan tonta como para cometer dos veces el error de permitir que los marines se me echaran encima. Esta vez eran muchos menos, pero cualquier despiste podía suponer otro pinchazo, y un pinchazo en un mal sitio me podría llegar a provocar un serio problema. Antes de que los marines terminaran de prepararse, corrí hacia ellos. Les propiné una dura patada, la cual derribó a todos ellos. Por el crujido, diría que incluso llegué a partir las costillas de uno o dos. A juzgar por sus caras y movimientos, las esquirlas de hueso habían perforado sus pulmones, y no tardarían en sufrir una rápida y agónica muerte. No me importaba lo más mínimo lo que les pasara a esos hombres. Me agaché, comenzando a rebuscar entre las cosas que llevaba el marine que había estado hablando todo el tiempo. Para mi alegría, era uno de los que se retorcían de dolor. Abría la boca anchamente, tratando desesperadamente de coger un aire que le permitiera seguir respirando un poco más. No tardé en encontrar lo que buscaba. Sonreí, admirando mi cartel de recompensa. De mi bolsa saqué mi pluma, y comencé a escribir. - Eaa, vicecapitana de los Piratas del Brillante Infortunio. - firmé de esa forma. Me disponía a dejar el cartel dentro del bolsillo interior de la chaqueta del ya muerto hombre cuando noté un nuevo pinchazo. Esta vez era en mi espalda, cerca de mi hombro derecho. Grité de dolor. Menos mal que no tenía que despistarme porque un despiste puede ser fatal. - ¡Muere, demonio! - gritó una de las repelentes voces. Se trataba de una mujer, bastante más valiente, o mejor dicho temeraria, que cualquiera de las demás personas que rodeaban la escena, quienes miraban en silencio, inmóviles. Sacó el cuchillo, pero no le dio tiempo a apuñalarme una segunda vez, pues me giré, con la pluma todavía en la mano, y se la clavé dos veces en su antebrazo. Le agarré del cuello mientras el cuchillo resbalaba de sus manos. - Vaya, parece que ni apuntar sabéis. - me mofé. No había perforado ningún punto vital, pero sí que había estado cerca de alcanzarme en la marca de mi hombro. Miré a la mujer a los ojos. Me dirigió una mirada llena de arrogancia, superioridad... y asco. Mi hombro derecho comenzó a arder como nunca. No se trataba de la marca de mi vergüenza, si no de todo el hombro. Ardía, y me generaba un dolor indescriptible. Apreté su cuello con fuerza, con una asesina mirada llenad e ira. Al escuchar los gritos de dolor de la mujer, un hombre, seguramente su marido u amante, salió corriendo en mi dirección, completamente desesperado. Me llamó zorra, cornuda y parásito. Seguramente hubiera dicho más cosas horribles, pero harta de todo aquello le propiné una dura patada giratoria que le arrancó la cabeza. Su cuerpo inerte se mantuvo unos segundos en pie, antes de desplomarse. Seguí apretando el cuello de la mujer hasta que, tras un crujido, se calló finalmente. La solté, no sin antes coger todo lo que tenía en los bolsillos. - ¿Alguien más? - grité, instando a quien quisiera hacerse el héroe esta vez. Tras un silencio sepulcral volví a ponerme mi capucha y me marché de allí rápidamente. Apreté la herida de mi costado, perdiéndome entre los callejones pues no quería encontrar a ningún guardia ni marine que se dirigiera hacia aquella zona. Caminé un rato que se me hizo extremadamente largo. Iba despacio, pues me aseguraba de no dejar ningún rastro que delatara mi posición. Continué hasta que me sentí lo suficientemente alejada del lugar de los hechos. No creía estar en condiciones de llegar hasta el barco en ese estado. Posiblemente llegara sin problemas, pero cruzar toda la ciudad sangrando y con aquel dolor no era lo más apetecible. Los marines y los guardias seguramente me estuvieran buscando y no tenía ganas de volver a meterme en una pelea. Decidí entrar al primer local que vi que pareciera un hostal o algo del estilo. La Ostra Azul, se llamaba. - Buenas tardes, esto es la Ostra Azul, ¿en qué puedo ayudarle? - preguntó el remilgado recepcionista. - Una habitación - dije, con la voz más seria que pude. - Y vendas y una aguja. - continué. El hombre me miró extrañado. No tardó en ver mi mano presionando el costado. - No, no, no. Lo siento mucho rey...na pero no puedo ofrecerle una habitación. - habló, negando con la cabeza. - Este es un lujoso establecimiento, y como comprenderá tengo que dar parte a las autoridades. - se dispuso a descolgar el Den Den Mushi. Saqué del bolsillo del abrigo la bolsa que había robado a la mujer de antes. Sonaba a monedas, así que lo abrí y comencé a echar monedas sobre el mostrador. A medida que la cantidad aumentaba este volvió a colgar, manteniéndose en silencio. Perdí la cuenta de cuánto dinero había echado. - ¿Pero cuánto dinero lleva esta gente encima? - me pregunté, mirando fijamente al hombre. - Una habitación, vendas, aguja, agua e hilo. La mitad ahora, y la otra mitad cuando me vaya. - expliqué. - Y alcohol, lo más fuerte que tengas. - el hombre asintió y tras recoger el dinero salió corriendo. Volvió en menos de dos minutos con una pequeña bolsita de tela y la dejó en el mostrador junto a la llave. - Habitación trece, disfrute de su estancia. - habló con una sonrisa. Cogí la bolsa. Comprobé que dentro había lo que le había pedido y fui a la habitación. Entré y cerré con llave. Me quité el abrigo y la camisa, quedando quedando de esa forma visibles las heridas. Tenía un problema. Podía tratar yo misma los dos cortes superficiales, pero no llegaba a coserme las heridas. - Mierda - preparé las cosas cerca de la cama, y me acerqué a la ventana, la cual abrí. El hombro seguía ardiendo, y ahora también me ardía el costado. - Como se infecte tengo un problema gordo - suspiré y abrí una de las botellas. Whisky. No tenía ni la más mínima idea de Whiskys, pero parecía bastante caro, a juzgar por el aspecto. Solo había una persona a quién podía recurrir en esta situación. Me senté en la cama. El vaivén de esta me dio un latigazo en la espalda. Descolgué el Den Den, marqué y me puse a llamar. Pere, pere, pere... - Coge, por favor - dije, desenrollando unas de las vendas. Pere, pere, pere... Kachap - ¡Pandita! - dije, emocionada por obtener una respuesta. - Perdón, perdón, Maeve - me disculpé, antes siquiera de que esta dijera nada. - Necesito un favor... - expliqué. Di un trago a la botella, antes de comenzar a derramar parte del contenido sobre la herida de mi mano izquierda. - ¡Joder! - se me escapó un grito. Apreté los dientes mientras vendaba con fuerza la mano. - Necesito que vengas a la Ostra Azul. - expliqué, jadeando. No me importaban las lágrimas que caían por mis mejillas. - Ballywood Hills. Hay una iglesia enorme, dos edificios a la izquierda. Tiene luces así que no tiene pérdida. - ni me había parado a pensarlo, debido a mi situación, pero era extremadamente raro que un hotel tuviera luces tan llamativas como esas. Estaba claro que no era un local convencional, pero no estaba para ponerme exquisita. - Habitación trece. - expliqué, mientras pasaba a desinfectar y limpiar la herida de mi brazo derecho. - Entra por la ventana. Segunda fila por abajo, tercera por la izquierda. - Le di otro largo trago a la botella. Me mordí el labio mientras echaba alcohol nuevamente. - Gracias Maeve, te debo una. - fue lo que dije antes de colgar. Posiblemente colgar sin darle tiempo ni de preguntar qué sucedía fue una idea pésima. Seguramente iba a preocuparse bastante y cuando me viera iba a estar hecha una furia. - Bueno, mejor morir a manos de una amiga enfadada que morir como una tonta - me reí, mientras buscaba en la bolsa los libros que había robado de la biblioteca. Presionaba mi costado con fuerza. Me dolía horrores, pero no tanto como mi hombro, y ahí no llegaba a presionar. Traté de concentrarme en la lectura, pero se me hacía imposible a causa del dolor. Me dediqué entonces a mirar la habitación. Era bastante grande. Tenía tonos rojos, con decoraciones negras. Había algunas cosas que no llegaba a reconocer colgadas de la pared, muy extrañas todas. - Menos mal que me han dado cuatro. Si le hago venir y encima ni siquiera le doy algo de beber entonces sí que me mata - miré a las otras tres botellas de whisky que había sobre la mesilla, dejando la vacía sobre la cama. Con extrema dificultad y dolor me estiré para coger otra. La abrí y volví a dar un trago, cerrando los ojos. - Como si eso fuera a hacer que te doliera menos. - la maravillosa voz de mi cabeza decidió volver. - Ahora no es momento - le respondí
Info
RE: [Presente relativo] Operación Biblioteca - Maeve Knox - 14-03-2024 Mientras caminaba, notaba la arena de la playa de Ballywood Beach amortiguar, suave, mis pies descalzos a cada paso que daba. Desde hacía unos diez años, el agua del mar era territorio prohibido para mí, pero a veces me daba el capricho de acercarme a ella y sentirla sin que me pudiese tocar. Un alto precio a pagar por quien era desde que mordí aquella akuma no mi.
No voy a mentir: a veces echo de menos sumergirme en las aguas saladas. La brisa marina mecía mi cabello al viento cuando, de pronto, noté el sonido característico de aquella... cosa que nos permitía comunicarnos con otras personas a distancia. Pere-pere-pere... Pere-pere-pere... Eaa. —¿Qué quieres?
No me dejó hablar. Empezó disculpándose, lo que ya me hizo saber que iba a pedirme algo. Lo que no esperaba era que me pidiese que fuera... ¿a dónde? ¿La Ostra Azul? ¿Qué demonios era eso? No sé qué sitio en Ballywood Hills. No sé qué de una iglesia, no sé qué de no sé cuántos edificios... Joder, hablaba muy rápido. Que entrase por la ventana, dijo. ¿Se había vuelto loca? Iba a replicar, pero me dio las gracias y colgó. Todo esto con un sofoco importante.
¿Qué acababa de pasar? —Joder, Eaa —maldije en voz alta. Era evidente que algo había sucedido y que necesitaba mi ayuda para algo. ¿Para qué? No lo sé, no se había dignado a explicarme las cosas como era debido. Solo sabía que, si no iba, tal vez el problema, fuera el que fuese, empeoraría. Tampoco es que me dejara muy tranquila el estado de nerviosismo que ella parecía tener. Chasqueé la lengua. ¿Es que una no puede tener un día calmado? Para una vez que no andaba en problemas... Sin preocuparme en regresar al barco a por las botas, me transformé en buitre y eché a volar, importándome una mierda si había alguien alrededor a quien pudiese asustar. Ballywood Hills. ¿Cómo cojones iba yo hasta ahí? Traté de seguir las indicaciones. Una iglesia, edificios, luces. ¡Joder, como cualquier ciudad! Traté de sacar alguna ventaja al ver las calles desde tan arriba, pero me resultaba difícil orientarme si lo que buscaba era algo tan genérico. Al cabo de más rato del que estaría dispuesta admitir, finalmente vislumbré una iglesia que pensé que podía encajar con la no-descripción de Eaa. Descendí varios metros. A ver dónde coño estaba ahora La Ostra Azul. Bien, por lo menos el cartel gigantesco de color azul, con forma de concha y donde se leía este título estaba bien visible. Una cosa menos. ¿Y ahora? Segunda fila por abajo, tercera por la izquierda. ¿O era cuarta? Ah, no perdería el tiempo contando, me dedicaría a asomarme a las ventanas mientras volaba, terminaría antes.
Después de unas cuantas habitaciones vacías, algunas otras con cortinas que no me dejaron ver nada, y otros pocos sustos de quienes no esperaban un buitre en su ventana, por fin encontré a Eaa. Había dejado abierto específicamente para cuando yo llegase, o eso pensé. Apoyé las patas en el alféizar y entré, regresando a mi forma original cuando toqué el suelo de la habitación con mis pies desnudos.
Se trataba de un cuarto entre negro y rojo, con papel pintado de rayas verticales gruesas con estos colores. La habitación era grande, así como la cama. Debía serlo para poder acoger a alguien con el tamaño de Eaa. Hasta ahí todo bien. Lo que ya no me pareció normal fue verla sin camiseta, sino con el pantalón, las botas, el sujetador y tres vendajes en su cuerpo (incluido el que lucía de forma habitual). Y no solo eso, sino que el aroma a whiskey, incluso con la ventana abierta, era demoledor. La sangre también cubría su cuerpo.
—Eh, salvaje —dije a modo de saludo haciendo referencia al nombre que ella utilizaba para la gente que bebía esa clase de alcohol, incluida yo—. ¿Me puedes explicar que es todo este estropicio? ¿Qué coño ha pasado?
INFORMACIÓN
RE: [Presente relativo] Operación Biblioteca - Eaa - 14-03-2024
Leyenda
A medida que el nivel de alcohol en sangre aumentaba el dolor iba disminuyendo poco a poco. No recuerdo cuanto tiempo estuve admirando el extraño papel pintado. La cama era realmente cómoda. A decir verdad, me hubiera gustado mucho estar en esa cama en otras circunstancias. Traté de tumbarme en una ocasión. Fue una pésima idea, pues tan pronto mi espalda tocó la colcha un enorme pinchazo me recordó la razón por la que me encontraba en esa habitación. El dolor, lejos de desaparecer, trajo de vuelta el ardor en el hombro. - Maravilloso - hablé, apretando los dientes. Le di otro trago a la botella. Suspiré, cerrando los ojos, tratando de relajarme y no pensar en mis heridas. Escuché entonces gritos de una de las habitaciones cercanas, seguido de aquel aleteo que reconocía. Me giré, más rápido de lo que debería seguramente, para ver a mi amiga. - Vaya, algo he tenido que hacer bien para que un ángel venga a verme - respondí a su saludo con una broma, soltando una risita. Parecía que el whisky favorecía mi lado más ingenioso, o por lo menos me permitía decir más tonterías. - Perdón por la tontería, Maeve. Me arde todo el cuerpo y llevo ya botella y media de esto - sonreí como pude, levantando la casi vacía botella de whisky - Vale, está enfadada. - tampoco era yo la persona más lista en aquel momento. Era obvio que estuviera enfadada, después de no haberle dicho nada acerca de la situación antes de hacerla venir. Llevanté el brazo derecho con intención de llevármelo a la cara, pensativa. Lo bajé casi al instante cuando un indescriptible dolor recorrió desde la herida hasta las puntas de mis dedos. - Ay ay ay - me quejé. Una idea recorrió mi mente. - Sí, ¿por qué no? - pensé. Me giré entonces, dando la espalda momentáneamente a la mujer, antes de tirarme en la cama boca abajo. Los dos rebotes de mi cuerpo contra el colchón me causaron tanto dolor que se me saltaron las lágrimas y solté un grito. Poco a poco parecía que el dolor iba desapareciendo. No se había ido del todo, pero podía relajarme sin morirme en el intento. - Oh, dios. Esto es la gloria. ¿Por qué no habré pensado en tumbarme antes? - suspiré. Aquella situación distaba mucho de ser mínimamente buena, pero mis palabras eran algo más ciertas si la comparaba con la situación anterior. - Perdón, perdón que me distraigo. Vale, por dónde empiezo - giré la cabeza para mirar a la mujer. - Pues he ido a la biblioteca, he conseguido dos libros de recetas más. - sonreí y señalé en dirección a la bolsa - Hay unos postres muy ricos que podemos cenar algún día de estos. Luego han venido dos ricachones babosos a los que les he partido la cara - volví a la enumeración - después los marines, han dejado como un colador a los dos de antes, ahora me llaman comeniños... - soltaba todo lo que tenía en mi cabeza. Parecía que aquello me ayudaba todavía más con el dolor. Hablar de esa forma era incómodo, pero no tan incómodo como ridículo. - Comeniños, ¡te lo puedes creer! - grité, molesta al pensar en ello. Hice fuerza con mis brazos para levantarme, enfadada. Mi cuerpo no tardó en recordarme lo mala idea que era - ¡Joder! - grité, llevándome esta vez la mano al costado. - Dato importante. - dije mientras me llevaba la mano izquierda al pelo, secándome de paso el sudor de la frente. - 20 marines es el límite. Más dan problemas. - expliqué, cerrando brevemente los ojos mientras tomaba aire - Ah, y distraerse estando rodeada de gente puede llevar a que te apuñalen en la espalda. - me reí, torciendo levemente el torso hacia el lado contrario a donde se encontraba la otra mujer. - En resumen, necesito que me ayudes a curarme esto - expliqué, haciendo referencia a las dos heridas. Señalé únicamente la del costado, pues a la de la espalda no llegaba. - Perdón por meterte en estos líos. - me disculpé - Por cierto, hay que añadir 32 más a la lista. O 34 si cuentas a los babosos colador.
Info
RE: [Presente relativo] Operación Biblioteca - Maeve Knox - 18-03-2024 Esta chica está fatal, pensé al escucharla referirse a mí como un ángel. Un momento...
—¿Estás borracha? —Pregunta absurda donde las haya: olor a whiskey, botellas de whiskey, Eaa confirmando que se había bebido una botella y media.
Se tumbó en la cama. Rectifico: se tiró a la cama. Fue boca abajo y su cuerpo pegó unos botes que la hicieron gritar. Estaba hecha mierda. Me acerqué unos pasos a ella, cautelosa, algo me advertía de que la situación podía resultar impredecible. Luego pareció quedarse tranquila.
Comenzó a contarme su aventura en la biblioteca. Joder, jamás pensé que un lugar como aquel terminaría siendo la cuna de una masacre de marines. No solo me importaban una mierda esas muertes, sino que me conocerlas me estaban quitando el mal humor. Eaa siendo Eaa, me encanta. —¿Comeniños? ¿A cuántos niños te has comido para que te llamen así? —Yo lo sabía: ninguno. Pero recordemos que la inmensa mayoría de la gente es gilipollas—. Tranquila —dije cuando comenzó a gritar ofendida por ese apodo—, igual tienes suerte y hasta te suben la recompensa por supuestamente comer niños. —Dejé escapar una risita. Luego, alcé las cejas—. ¿Veinte marines es el límite? Será el tuyo, a mí me llegan veinte marines a la vez y, por muy inútiles que sean, fácil no sería. —Reconocer esas cosas no era agradable, pero ser realista daba buenos resultados—. Quizá veinte para alguien de cinco metros está bien y aun así estás aquí un poco perjudicada. ¿Por qué no me llamaste antes? Lógicamente, porque estaba demasiado ocupada pegándose y coger el Den Den Mushi quizá no estaba entre sus prioridades. Parecía que Eaa era de pegar primero y disculparse después. No disculparse con esa escoria, en este caso, sino conmigo. Por meterme en líos, a mí, cuando ella era la que estaba sangrando sobre aquella cama.
Me había pedido que la curase.
De inmediato, vi varios productos sanitarios en la mesita que que encontraba al lado de la cama. No sabía de dónde los había sacado, pero parecía bien surtida: vendas, agujas, hilo, agua e incluso alcohol, uno diferente al whiskey que Eaa bebía.
Solo existía otra ocasión en toda mi vida en la que yo había curado a alguien que no fuese yo. Pestañeé fuerte. No quería eso en mi mente. Ni era el momento ni tenía ganas de volver a sacar eso a flote.
Terminé de acercarme a la cama y me fijé en las heridas que aún sangraban. No parecían profundas ni peligrosas, así que no creía que me diesen muchos problemas. Aun así, yo no era médico, pero haría lo que pudiese con lo que tenía. No eran lesiones grandes.
Suspirando por tener que enfrentarme de nuevo a esa situación, aunque con varios años de diferencia, cogí una de las agujas, enhebré un hilo, les eché alcohol etílico a ambas y... En fin, esperaba no cagarla demasiado.
Empezaría por la de su costado izquierdo.
—Voy —avisé.
Y le eché alcohol a la herida sin anunciar que lo haría. Ese escozor debió de ser terrible, pero pensé que así, sintiendo ese dolor, no repararía tanto en los pinchazos con la aguja. Y también era preciso desinfectar.
Di una puntada tras otra intentando no torturar a Eaa más de lo que la misma acción causaba.
Cuando terminé, colocarle la venda fue complicado, pues debía recorrer su cuerpo enorme y los brazos no me daban para más, así que tuve incluso que ponerme de pie en la cama.
Luego fui a proceder con las de la espalda. Menudo pequeño desastre le habían hecho en la zona superior derecha, a la altura del omóplato. En fin, menudo pequeño desastre era Eaa, en general. Y menudo pequeño desastre le causaba a mi corazón de piedra.
—No te asustes, voy a bajarte el tirante despacio, ¿vale? —Siempre que necesitaba tocar a Eaa por lo que fuera, le avisaba o le pedía permiso, pues a los monstruos de otras personas hay que tratarlos con respeto.
Seguí mis propias instrucciones, tratando de no rozarle las heridas en el proceso.
Puta gente. Igual ella no los comía, pero yo no lo descartaba, así que solo necesitaba un pequeño empujoncito para salir a buscar a aquellos gilipollas y arrancarles la carne del hueso.
Volví a coser. Volvía a hacerle daño, pero no me quedaba otra si quería cerrar esas heridas, por poco graves que fuesen. Luego, la venda.
Un impulso un tanto estúpido me hizo acariciar la piel del brazo de Eaa, como si así fuese darle algún tipo de consuelo tras ser apuñalada varias veces. Retiré la mano enseguida. No se me dan bien esas cosas.
—Será mejor que te quedes aquí hasta que te sientas mejor, hasta que se te pase la borrachera o hasta que se calmen los ánimos un poco. O las tres juntas. No pasarás muy desapercibida ahora, quizá deberíamos esperar hasta la noche. Puedo quedarme contigo, no tengo otra cosa mejor que hacer y no creo que a Peteiro le moleste estar a sus cosas.
Acto seguido, cogí la botella de whiskey que Eaa tenía por la mitad y me la llevé a los labios, dándole un generoso trago. Cerré los ojos con fuerza.
INFORMACIÓN
RE: [Presente relativo] Operación Biblioteca - Eaa - 18-03-2024
Leyenda
- Perdón por no llamarte antes - me disculpé, mirando hacia la ventana. - No quería molestarte, y me daba miedo que te enfadaras - confesé. Era algo que seguramente nunca hubiera dicho en otra situación, pero el dolor y el alcohol parecía que querían hacerme hablar más de la cuenta. Inconscientemente me tensé cuando la mujer subió a la cama. Era algo que me superaba. Siempre me sentía enormemente desprotegida y vulnerable cuando alguien se acercaba a mí por la espalda, y más todavía cuando me encontraba tumbada en una cama. Sabía que esta vez era diferente. La mujer que se encontraba detrás de mí era alguien quien sabía que no iba a hacerme daño. La conocía lo suficiente para afirmarlo sin temor a equivocarme, y me lo había demostrado en varias ocasiones con anterioridad. Pensar en aquello me ayudó a calmar mis demonios internos, tanto como sus palabras. Bueno, fue una única palabra, pero su voz y el tono me hacían ver que todo iba a estar bien. Me permitió relajar los músculos, aunque aquella sensación duró más bien poco. Se me escapó un grito (un poco vergonzoso a decir verdad) y apreté con fuerza los puños tan pronto el alcohol tocó mi piel. Apreté los dientes durante todo el proceso, soltando el aire cuando la albina comenzó a vendarme. Le ayudé como pude, sin moverme demasiado para evitar que las costuras se saltaran y tratando de que me doliera lo menos posible. Me sequé como pude el sudor de la frente mientras jadeaba. - Sí, está bien. - respondí a su aviso acerca de bajarme el tirante. - Gracias por avisar, de verdad - sabía perfectamente la razón por la cual me avisaba, pues habíamos hablado de ello anteriormente, y suponía que ella por su parte querría recibir ese agradecimiento, para saber que apreciaba su gesto. La "operación" de la zona del hombro fue bastante más dolorosa que la del costado. Posiblemente se debía a lo cerca que se encontraba la marca, o porque llevaba ya un tiempo sin darle un trago a la botella. Esta vez sentí cada una de las puntadas que dio Maeve. Diría que fueron diecisiete, pero no estaba para nada segura, pues estas me habían hecho ver las estrellas un par de veces. Para mi fortuna, todo pasó bastante rápido. - Menos mal que solo ha sido eso - esta vez ni siquiera tenía fuerzas en los brazos para secarme el sudor. No tenía fuerzas para secarme el sudor, pero sí que tuve fuerzas suficientes para reaccionar con un gran escalofrío cuando mi amiga me tocó el brazo derecho. - No, no - le dije. Parecía haberse asustado con mi reacción, pues retiró la mano enseguida. - Es solo que tienes la mano fría. - expliqué. No mentía. Maeve tenía por lo general las manos frías, y debido a la reacción de mi cuerpo antes las heridas y la tensión de hacia unos minutos, el contraste era mayor. Aun así, aquel contacto me transmitió una calidez que hacía mucho tiempo que no sentía. - Es... se... - buscaba en la mejor forma de formularlo. - Se siente bien - dije finalmente. - ¡Vamos tonta, díselo! - la voz de mi cabeza era clara. Quería que volviera a acariciar mi brazo. Volver a revivir esa calidez que acababa de sentir, pero algo dentro de mí me lo impedía. Sabía lo poco que le gustaba a mi amiga el contacto físico, y este momento excepcional no era más que eso, una excepción. Había abusado ya demasiado de su confianza como para pedirle algo tan infantil y egoísta como eso. Entonces la mujer comenzó a hablar de que era mejor que me quedara en aquella habitación hasta la noche. - Sí, por favor - respondí tan pronto esta puso sobre la mesa la opción de quedarse. Era casi como si la crítica voz de mi cabeza hubiera hablado por mí. - Quédate - le pedí, sin escuchar el final de su frase. Giré un poco la cabeza para mirar a al mujer bebiendo whisky. - En verdad eres como un ángel - hablé, sonriendo. En efecto, el dolor y el alcohol me habían ablandado bastante. - Ah, claro. Eso sí - como siempre, las críticas volvían. No les hice el más mínimo caso. - Siempre estás ahí para ayudarme, y para hacer mi vida mejor - la mujer me miró entonces. - No me mires así - me quejé. Como siempre, mirar a esos ojos fijamente era un reto titánico. Esta vez no armé ningún escándalo. Seguía doliéndome todo y el cansancio se apoderaba de mí, por lo que en vez de apartar la mirada me limité a cerrar los ojos. - Con esos ojos tan bonitos - suspiré. Ni siquiera me percaté de haber dicho esa última frase, pues si hubiera sido consciente de ello no hubiera llegado a decirla. En mi mente tan solo había cansancio y la tranquilidad que me proporcionaba estar en buena compañía. - Sangre sobre la nieve - sonreí inconscientemente
Resumen
Inventario
Karmas Relevantes
Resultados
[/spoiler] RE: [Presente relativo] Operación Biblioteca - Maeve Knox - 18-03-2024 Sí, mis manos frías solían causar ese efecto.
Pero me dijo que se sentía bien. Imagino que se refería al contacto, aquel que había roto por mi carencia en las relaciones interpersonales. Por eso y porque ella también tenía sus reparos al respecto. Pero le gustó, la reconfortó. Y yo me sentí bien, pues agrada tener un feedback positivo cuando no sabes muy bien cómo desenvolverte en ciertas situaciones. Sobre todo, si la otra persona no te importa una mierda.
Después, Eaa continuó hablando como respuesta a mi anterior intervención. Que me quedara. Insistió en llamarme ángel. No, el ángel que pude haber sido murió hace mucho tiempo, antes de mi primer asesinato, antes de mi primera agresión violenta. Murió en el momento en el que profanaron mi alma y yo no puse interés alguno en salvarla, condenándola a la oscuridad. Una oscuridad que me acogió en su seno, ofreciéndome más que quienes proclaman la luz.
Pero Eaa, de algún modo, ya sabía esto. O, al menos, lo suficiente. Pero no me juzgaba. Me acogía, como las sombras en las que tanto me gustaba refugiarme. Ellas tampoco emitían ningún juicio.
Me dijo que la ayudaba, que hacía su vida mejor.
Nunca había pensado en mí como alguien capaz de mejorar la vida de nadie. De hecho, solía empeorarla, a la vista estaban los crímenes que cargaba a mis espaldas. Pero bien era cierto que nunca había tenido una amiga como Eaa, cuya fortaleza y fragilidad vivían en equilibrio constante. Aunque la verdadera frase era: nunca antes había tenido una amiga, en femenino. Se sentía raro y... reconfortante a la vez.
No se me da bien gestionar emociones. Sobre todo, aquellas que me sitúan en una posición vulnerable. Y tener cualquier tipo de relación con alguien a quien aprecias, incluso quieres, por supuesto que te hace vulnerable. Quizá sea ese el precio a pagar por no estar completamente sola en el mundo.
Eaa también hacía que mi vida fuese mejor y ni siquiera era capaz de decírselo. Tal vez borracha como ella pudiera, pero no era el momento. Alguien tenía que encargarse de que no sembrase el caos de nuevo en aquellas condiciones. Así que decidí no volver a beber whiskey mientras estuviese en esa habitación.
"Con esos ojos tan bonitos". Tampoco era fácil para ella decirme eso, me quedó muy claro en la fiesta en el barco hacía ya varias semanas, aquella que hicimos como excusa de Año Nuevo, Barco Nuevo y Tripulación Nueva. Me asombraba que después de tanto tiempo aún le costase, aunque qué voy a decir yo, la tullida emocional.
"Sangre sobre la nieve". Su frase final me arrancó un escalofrío. Demasiado poética, y la poesía la entiendo muy bien. Pasa como con la música: un uso del lenguaje que se puede llegar a adentrar hasta lo más profundo de una. Si la canción merece la pena, claro, porque no a toda la basura se le puede llamar música.
Pero eso es otro tema.
Se estaba quedando dormida.
Pobre Eaa. Hay pasados que marcan a fuego y parecía que el suyo la perseguiría toda la vida. No puedo proteger a nadie de su pasado —ni siquiera a mí misma, que aún me acecha como un puto monstruo voraz—, pero sí de lo demás. Y me constaba que ella podía defenderse sola, pero ahí estaría yo si me necesitaba.
Hay muy pocas personas que merecen mi lealtad y ella se la había ganado. Quizá en eso consistía la amistad, qué sé yo. Era mi amiga. Y si alguien quería tocar algo que es mío, primero tendría que pasar por encima de mí.
Solo cuando ella cerró los ojos, me permití acercarme aún más. Aproximé mi mano diminuta a su —para mí— rostro enorme y le aparté algunos cabellos rojos sueltos que le caían sobre la cara, colocándoselos detrás de la oreja.
Sin decir nada, me senté en el suelo y apoyé la espalda en la gran cama, abrazándome las rodillas.
Definitivamente, los sentimientos me ablandaban. Y yo no soy blanda. Jamás, nunca nadie debía ser consciente de ello. Cargaría yo sola con esa certeza.
INFORMACIÓN
|