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[Pasado][Fic] Parte 2. Purgatorio - Versión para impresión

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[Pasado][Fic] Parte 2. Purgatorio - Triana Tempesta - 10-08-2023

Hace 11 años.
 
 
Me desperté de un salto cuando escuché unos golpes en mi puerta. No sabía qué hora era y estaba algo confusa, pero tan solo tardé unos segundos en recordar todo lo que había ocurrido la noche anterior. Recé por que fuese una pesadilla, pero la ropa tirada en el suelo del cuarto indicaba que no. De un movimiento brusco aparté la sábana que me cubría y bajé de la cama para pegarle una patada a la ropa y esconderla bajo la cama. —¡¿Se puede saber qué haces?! —la temible voz de mi madre sonó con fuerza al mismo tiempo que la puerta se abría de golpe. Lo primero que vi fue su mirada de asco y decepción. —¡¿Te parecen estas horas de seguir en la cama?! Tu hermano lleva ya una hora entrenando. Eres un desastre. Por lo menos podrías tener la decencia de vestirte.
 
Se me ocurrieron varias contestaciones y tuve que hacer un gran esfuerzo por reprimirme y no soltar ninguna. Era la primera vez que me ocurría algo así, solía despertarme siempre a la misma hora. —Lo siento. No volverá a ocurrir —fue lo único que dije, sabiendo que no sería suficiente. Nunca lo era. —Pues claro que no volverá a ocurrir —dijo antes de darse la vuelta y salir del cuarto con un portazo. Apreté el puño y di un fuerte golpe contra la cama. Seguro que en la cárcel se estaba mucho mejor que en esta casa. Sería lo mismo, pero sin mi familia. Sabía que debía ir a entrenar, nunca había faltado a un entrenamiento, ni siquiera cuando estaba enferma, pero no podía continuar con la duda. Por si me cruzaba con mi madre o con mi hermano me vestí de forma algo más decente, con una falda y una camisa, pero no perdí demasiado tiempo en colocármela de forma correcta. Salí a paso rápido de la casa y me dirigí de nuevo a la tienda de conveniencia. No sabía a quién me encontraría a aquellas horas, aunque, por lo menos, esperaba poder dejar un mensaje y enterarme de lo que había ocurrido.
 
Giré la calle para entrar en el callejón donde se encontraba la tienda, pero, de repente, sentí un tirón en mi brazo que me hizo volver a la calle principal. Antes ni siquiera de saber quién me había agarrado fruncí el ceño y me revolví de forma brusca para intentar zafarme. En este forcejeo me percaté de que era el hombre de la capa el que me estaba sujetando. —Suéltame —exigí de forma inmediata. Sabía de lo que era capaz ese hombre, pero dudaba de que fuese capaz de hacer una tontería a plena luz del día y en una calle relativamente concurrida. Al menos, eso esperaba. Sinceramente, creía que los marines habían conseguido atraparle anoche. Ahora que lo tenía más cerca pude ver que su capa estaba ligeramente roída y que desprendía un olor a puro. Además, sus zapatos estaban claramente desgastados, pero seguí sin poder verle bien la cara, cubierta por la capucha de su capa. —Ven conmigo —dijo sin soltarme el brazo. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue una rotunda negativa. La situación era de lo más siniestra. —¿Y si no quiero? —respondí con un tono altivo y fingiendo seguridad. —Pues no te va a quedar otra.
 
Cuando pronunció estas palabras sentí algo punzante en mi abdomen. Bajé la mirada y vi que, bajo su capa, estaba sujetando un arma de filo, seguramente una de sus katanas para apuntarme con ella de forma discreta. Resoplé de impotencia al comprender que el hombre tenía razón, pero no podía llegar a comprender qué era lo que quería de mí. —Oye, no le voy a decir nada a los marines, no pensaba delatar a nadie —dije creyendo que lo más probable era que desconfiasen de mí. Solo esperaba que todavía no supiesen mi nombre ni hubiesen averiguado nada de mi familia. En ese caso, sí que estaba perdida. —Tú camina —se limitó a decir mientras emprendía el paso, todavía cogido de mi brazo. Ese hombre debía estar completamente loco, la ciudad estaba repleta de marines, cualquiera de ellos podría darse cuenta de la situación. Caminé a su lado sin rechistar más y buscando con la mirada a alguien con aquel uniforme que me resultaba tan familiar. Tal vez lo mejor fuese pedir ayuda nada más ver un marine, aunque me echaba para atrás la idea de ser atravesada por una katana. ¿Ese hombre sería capaz de hacerlo? Por suerte o por desgracia no tuve la oportunidad de averiguarlo. No nos cruzamos ningún marine y perdí totalmente la esperanza cuando salimos de la ciudad. En este punto, ya llegué a valorar la idea de que lo que pretendía el espadachín era acabar con mi vida por ser un estorbo para los camellos de la ciudad. En ese caso, no pensaba quedarme de brazos cruzados esperando mi muerte.
 
Llegamos hasta una zona algo boscosa con unos matorrales y algunos árboles. En una pared montañosa se podía ver claramente la entrada a una cueva. ¿Ahí pensaría esconder mi cadáver? Mi madre se iba a poner furiosa cuando se diese cuenta de que no había ido al entrenamiento. Seguro que ni siquiera me echaría de menos, solo estaría enfadada conmigo por haber desaparecido. —Entra —la voz del hombre interrumpió mis pensamientos. Eso sí que no. Sin pensarlo un segundo, lancé un puñetazo hacia su cara. No pareció costarle demasiado esquivarlo echándose hacia atrás, pero ese movimiento hizo que la capucha de su capa cayese hacia atrás y dejase su rostro al descubierto. Si había alguna posibilidad de que pensase dejarme con vida, acababa de desvanecerse. Aquel hombre tenía un aspecto bastante desaliñado. Tendría unos 45 años y parecía que no se había cortado la barba en meses. Su pelo era de color negro, su piel algo morena y sus ojos marrones. Tenía un aspecto bastante común. —¡Ya entregué el paquete! ¡Cumplí las órdenes! —grité desesperada mientras me agachaba para coger una piedra. Eché la mano hacia atrás dispuesta a lanzársela y convencida de que no serviría de nada, ya había visto cómo era capaz de repeler las balas. —Espera, espera —dijo de forma apresurada antes de que le tirase la piedra y le diese en el pecho. —Estate quieta, no voy a hacerte nada.
 
Me esperaba cualquier cosa menos esa reacción. Ya estábamos fuera de la ciudad, no tenía por qué querer ganarse mi confianza. —¡¿Y qué mierdas quieres?! —grité a todo pulmón desatando toda mi rabia y el miedo contenido. El hombre ahora parecía confuso, no sabía qué esperaba después de haber llevado a una adolescente a las afueras. —Te he tenido que traer hasta aquí para que me escuches, es tu culpa por montar una escena en medio de la calle. Yo hubiese preferido que fuésemos a una cafetería, pero no me dejaste opción —me reprochó. Lo que me faltaba, que toda esta situación fuese mi culpa. —Me da igual lo que quieras, eres un pirado, yo me largo.
 
Antes de que pudiese girarme me volvió a agarrar del brazo, esta vez con algo más de fuerza. —Y tú eres una niñata de mierda que se cree muy valiente por hacer de recadera de unos desgraciados que se aprovechan de las personas estúpidas como tú. ¿Quieres volver para que te den unas palmaditas en la espalda y un par de perras? ¿Qué pensarían tus padres si se enterasen de a lo que te dedicas? —dijo con tono de reproche. Cada vez entendía menos de lo que ocurría, pero salté al instante cuando mencionó a mis padres. —¡¿Y a ti qué te importa?! ¿Qué quieres? ¿Chantajearme? No tengo padres, así que no te servirá de nada. A nadie le importa lo que haga o lo que me ocurra, pierdes el tiempo —contesté de forma bastante convincente. La mentira se me había venido a la mente con bastante rapidez y no me había costado aparentar seguridad. El hombre se quedó unos segundos callado hasta que, finalmente, respondió. —Me da igual, no vas a volver a trabajar para ellos.
 
Aquello casi me hace reír, pero antes de que pudiese contestarle, continuó hablando. —No puedes trabajar para ellos porque ahora trabajas para mí. Y no te molestes en rechazar mi oferta, ya he hablado con esos tipos y no van a aceptar que hagas más trabajos para ellos. Seguramente se haya corrido la voz y nadie más del entorno quiera tener nada que ver contigo, así que soy tu única opción. Eso sí, no te voy a pagar con dinero, te daré otras cosas más valiosas. A ver, ¿qué te daban normalmente como pago? —su pregunta y todo su discurso me había dejado algo desconcertada. No entendía por qué hacía todo esto y me gustaría poder ignorarle, pero la llama de la curiosidad ya se había encendido en mi pecho. Solo por hoy podía ver a dónde quería llegar con todo esto. —Tampoco me pagaban demasiado, pero me daban bastantes botellas de alcohol. Si me das alguna también puedo hacerte algún favor.
 
Sabía cómo conseguir alcohol a pesar de no tener la edad. Conocía algunas tiendas que me lo venderían a algo más de precio y, si no, siempre podía robarlas, pero era mucho más sencillo si me las daban. Lo que estaba claro era que las necesitaba, tras dos años bebiendo no era capaz de prescindir de ello. El hombre frunció el ceño, por algún motivo parecía enfadado. —Para empezar, necesito que vayas a la tienda de puros que hay en el barrio en el que te encontré y le des esto al dueño —metió la mano en un bolsillo y sacó un pedazo de papel algo arrugado. Estaba acostumbrada a trabajos extraños y aparentemente sencillos, así como a no hacer preguntas. Cogí el papel y comencé a caminar de vuelta a la ciudad. No sabía por qué el hombre se fiaba de mí, podría no volver nunca a aquella siniestra cueva. Sin embargo, caminé hacia el lugar indicado con tantas cosas en la cabeza que ni se me ocurrió leer aquel papel. Cuando llegué, casi sin mediar palabra se lo entregué al dueño, que, a leerlo, sonrió. —¿Cómo está el viejo Roberts? Hacía un tiempo que no sabía nada de él. ¿Ahora tiene recadera? Toma, esto es para él —dijo extendiéndome una cajita metálica. La cogí, me despedí rápidamente y salí de allí para volver a la cueva.
 
Cuando me vio regresar me pareció percibir en su rostro una expresión de alivio. Le di la caja metálica y vi cómo la abría para sacar un puro y comenzar a fumar. —Ahora sí —dijo exhalando una bocanada de humo —. Yo me llamo Bartholomew Roberts, pero puedes llamarme Bart. ¿Tú cómo te llamas? —. Dudé unos segundos hasta que decidí responderle, por lo visto ahora no me quedaba más remedio que seguirle la corriente. —Triana —dije obviando mi apellido. No es que mi familia fuese extremadamente conocida, pero a algunas personas propias de la isla les podía llegar a sonar aquel apellido y relacionarlo con la Marina, así que prefería no mencionarlo demasiado. —De acuerdo, Triana, conmigo no vas a volver a beber alcohol, esa mierda acabará destrozando tu vida.
 
Me quedé mirándole con una ceja alzada. ¿Se estaba preocupando por mí? Ahora que lo pensaba, también me había salvado de los marines la noche anterior. Pensé que era porque también trabajaba para los camellos, pero ahora que caía en la cuenta no tenía sentido, ni siquiera parecía que se llevase bien con ellos. Aun así, lo que más me preocupaba era que no pensase dejarme beber. Como si pudiese impedirlo. —¿Y tú sí puedes fumar esa cosa? Huele fatal y no tiene tampoco pinta de ser muy sana. Te puedo ayudar con algún trabajo a cambio de algo, pero no te metas en mi vida —dije cruzándome de brazos y sin pensar en ceder un ápice. Desde aquella noche no. —¿Esto? —preguntó señalando el puro —. Nada que ver con la guarrada del alcohol, esto da la vida. De hecho, toma, este es tu pago por lo de hoy. Cuando quieras beber, fuma uno de estos, pero no lo hagas en un espacio cerrado y después cámbiate de ropa si no quieres que tus padres o quién sea con quien vivas no te pille. Por lo menos solo tienes que ocultar el olor, no la borrachera. Y no me engañes o me enteraré —dijo lanzándome la caja de los puros a la que tan solo le faltaba el que había cogido para él. ¿En serio pensaba darme puros? ¿Y cómo había sabido lo de mis padres? Le dije que no tenía. Como si me hubiese leído la mente se adelantó a mi pregunta. —Y no me niegues lo de tu familia. ¿Has visto cómo vas vestida? ¿Te crees que cualquier niño puede vestir esa ropa?
 
No había caído en la cuenta y ese hombre era más astuto de lo que pensaba. Me guardé la caja de puros y me giré para irme de allí. Cuando estaba de espaldas, volví a escuchar a Bart. —Mañana quiero que estés aquí por la mañana. No faltes, voy a necesitar tu ayuda.