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[FIC - Pasado] Hora de reaprender - Eaa - 29-03-2024
Leyenda
Primavera, Año 12 Rémora Fatua, en una solitaria playa de Ohara Día 49, 18:00h Siempre me ha parecido curiosa la capacidad que tienen algunos pequeños gestos para provocar ciertos cambios. Gestos como regalar un libros a alguien, algo tan pequeño y para según quién insignificante, provocando cosas como hacer saltar por los aires la rutina mañanera de una persona. En efecto, Maeve me había hecho un regalo. Y no se trataba de un libro, si no dos. Recordar la felicidad que sentí en aquel momento me generaba un ligero cosquilleo en las puntas de los dedos. También era una realidad que aquel hecho había trastocado por completo mi rutina mañanera. Ahora me despertaba una hora antes con la única finalidad de poder dedicar una hora a la lectura de "El Camino del Bardo", uno de los dos libros que me regaló, durante el desayuno. Aquel fue de los dos el que más me llamó la atención a simple vista, pues el otro, "Rosas de Invierno", trataba más sobre temas psicológicos y debates internos. Eso no significaba que El Camino del Bardo fuera un libro simple, ni mucho menos. Trataba sobre un pintoresco y promiscuo bardo, algo sádico también. Su nombre era Jonek, el Original (sonaba exótico, pero seguramente fuera ironía). Viajaba por una gran ciudad conociendo a pintorescas personas, tocando el cuerno. El libro era realmente entretenido y lo disfrutaba tanto que me tenía que imponer el límite de una hora diaria para no terminarlo en la misma tarde. Además, contarle poco a poco las aventuras del protagonista y su grupo a Maeve era una experiencia realmente maravillosa. Desde el momento en que me los regaló, comencé a pensar en cómo podría devolverle aquel gesto. Había ido a comprar libros, con lo mucho que a mí me gusta leer, y me los había regalado. A pesar de que trataba de mostrarse fría, siempre se preocupaba por mí, mucho más que cualquier persona que hubiera conocido, a excepción de mamá. A cambio, yo únicamente le hacía la comida y le regalé un Log Pose, que, a fin de cuentas, era algo que íbamos a necesitar quisiéramos o no en nuestra próxima aventura. Seguro que había algo más que pudiera regalarle. Algo más personal, o que mostrara lo mucho que me importa. Finalmente, una idea brotó en mi mente, mientras comíamos salmón. - Seguro que le va a gustar - pensé, sonriendo. Aproveché que la mujer iba a pasar la tarde fuera para ir yo también al pueblo Engan. - Si va a ser una sorpresa no puede enterarse - murmuraba por las tranquilas calles. Una vez en el pueblo, no me costó mucho hacerme con un libro acerca de maquillaje, así como con lo básico que necesitaba. Volví, asegurándome de no encontrarme con la mujer, al barco, nuestro hogar. Tras saludar a Peteiro me encerré en la bodega, pues no quería que nadie me interrumpiera, o mejor dicho, me descubriera. Me quité el abrigo, así como la camisa y el vendaje del hombro. La sensación de libertad que me proporcionaba el poder quitarme el vendaje del hombro era indescriptible. Tanto que todavía me costaba asimilarlo a veces. Me senté en la cama, mirándome al espejo. - Estás tremenda - Sonreí brevemente al recordar las palabras que me dedicó mi amiga en la fiesta de año nuevo. Sabía que era guapa, o por lo menos eso me habían dicho siempre. A decir verdad, no era lo más agradable del mundo, pues mi supuesta belleza me había traído más problemas que alegrías a lo largo de mi vida. Me ajusté el sujetador, tratando de encontrar aquello a lo que la mujer había hecho referencia. Suspiré, algo confusa, y me llevé una mano a la cabeza. - Tal vez así - me despeiné un poco, antes de volver a mirarme al espejo. Yo me seguía viendo igual, sin nada especial. - Bueno, igual así... - me agaché. Separé bien los mechones de mi pelo, antes de levantarme y volver a sentarme nuevamente, frente al espejo. Comencé entonces por separar tres mechones, y poco a poco los fui trenzando, tal como Maeve me había enseñado, con una ancha sonrisa en el rostro. Finalicé, atando el pelo utilizando la misma tira de encaje de siempre. Me costaba no emocionarme al verme de esa forma en el espejo. - Es genial - me sequé las dos solitarias lágrimas que se deslizaron por mis mejillas, y fui al arcón a por el colgante. - Bueno, así sí que estoy algo más guapa - sonreí, feliz. Miré el libro que estaba a mi lado en la cama y lo abrí. Pasar las diferentes páginas y ver las imágenes que en estas había inevitablemente trajeron a mi mente recuerdos. Aciagos recuerdos de una época más oscura. - ¿Cuánto tiempo hace desde la última vez? - pregunté. Instantáneamente me puse a hacer cálculos. - Posiblemente más de diez años - la última vez que me maquillé fue, como todas las veces anteriores, para satisfacer los depravados deseos de aquel monstruo. - Vaya, vaya. Mira quién está cambiando - Parecía que la crítica voz de mi cabeza se había sustituído por una burlona. Sonreí pues esta tenía razón. Nunca imaginé en que en algún momento llegaría a maquillarme por voluntad propia. - Bueno, tocará reaprender - seguí las indicaciones del libro, además de lo que poco a poco iba recordando. - Sí, yo creo que le va a gustar - miré al espejo, dejando escapar una risita. Procedí entonces a quitarme el maquillaje de la cara, así como a deshacer la trenza y volver a guardar el colgante en su sitio. Todavía quedaba algún tiempo para la sorpresa, pero me sentía animada. Tras limpiarme, vestirme y recoger todo me dispuse a preparar una cena especial para esa noche.
Resumen
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