Otoño año 14
Manglar 20, Archipiélago Sabaody, Grand Line
Después de la odisea que supuso encontrar aquellos materiales, Rapax accedió a hacer mi arma. Hablé con él sobre esta, y tras una para nada breve explicación en la que utilicé varios ejemplos para nada exagerados, así como diversas comparaciones que no venían mucho a cuento, conseguí hacer que entendiera (o por lo menos eso creo) lo que necesitaba para poder exprimir al máximo mis limitadas (en ese ámbito) capacidades. Por suerte para mí, convencer al tipo de pelo blanco no me llevó mucho más de un día, aunque, el hombre que por alguna razón decía que tenía el pelo azul cuando lo tenía claramente blanco me dijo que tendría que esperar a la mañana siguiente para ponerse con lo mío, dadas las horas que eran. No era demasiado tarde como para echar una partida (si tuviera un segundo mazo y alguien con quien jugar) o tal vez incluso daba tiempo a un par, fácilmente un Bo11, pero parece que sí que era lo suficientemente tarde como para ponerse a darle cariño a la forja del barco. Lo comprendía, pues aquellos martillazos seguramente se escucharían por todo el barco, y no me dejarían concentrarme en lo importante, mis partidas. Aunque, siendo completamente sinceros, había otra cosa que rondaba todavía más por mi cabeza, tanto incluso que no me dejaba siquiera dormir, y eso que yo estaba acostumbrado a dormir sin problemas.
Otoño año 14
Manglar 20, Archipiélago Sabaody, Grand Line
Día 42, 07:20
Llevaba dos noches en las que no había podido pegar ojo. Seguía con la mosca detrás de la oreja después de lo sucedido con aquel misterioso señor enfrente del dojo. Era imposible que me hubiera podido leer la mente. Tenía que ser una simple casualidad. Mi lógica me decía que no existía una manera de que ese hombre pudiera saber lo que le iba a preguntar antes de que le preguntara. Tenía que haberme guiado hacia aquello que buscaba por pura suerte, como cuando tras barajar el mazo justo robas la carta que te hace falta para ganar la partida. No paraba de darle vueltas a aquello mismo en mi cabeza una y otra y otra vez. Pensaba en ello con la intención de convencerme de que no eran más que imaginaciones mías, pero cuanto más lo pensaba más me convencía a mí mismo de que allí había algo raro. De que no podía ser una simple casualidad.
Por ello, decidí aprovechar que Rapax me había dicho que crear mi arma iba a llevarle un rato. Conocía a Rapax algo, tampoco éramos amigos íntimos, si es que algo como eso existe, pero sí que sabía que un rato podía significar un lapso de tiempo entre media hora y lo suficiente como para que olvidara que le había pedido un arma y que me sorprendiera cuando este me la diera una vez terminada. Aproveché que tenía la mañana libre para levantarme pronto (despertarme no pues ya me encontraba muy despierto. La magia de no poder dormir, lo llaman), para desayunar pronto y volver al dojo, para despejar todas mis dudas de una vez por todas. Me senté en la improvisada cocina, mientras miraba con gran expectación a Gaeru, la rana ninja, preparar el desayuno. Verle cocinar de la forma en la que lo hacía, incluso después de haber perdido su brazo izquierdo hacía tan poco, me llevaba a pensar si podría haber llegado a ganarle a mi amiga Eva en una competición de cocina - Está claro que ahora no, pero por lo menos se le ve animado - pensé, mientras seguía esperando al desayuno, el cual no olía ni bien ni mal - Nunca me esperaría que el zorro fuera a hacer catapum y causar tanto revuelo, la verdad. Aunque me da mucha pena el pobre. Seguro que había alguna forma de haber podido ayudarle - murmuré, lamentándome.
Tras desayunar y agradecer a nuestro extraño cocinero (extraño pues a pesar de ser una rana me había provocado un sarpullido horrible en la mano al rozarle sin querer al ir a limpiar los platos sucios) cogí mis cosas y salí del barco con paso ligero, pero sobre todo con mi capucha puesta.
Otoño año 14
Manglar 0, Archipiélago Sabaody, Grand Line
Día 42, 09:50
- Uf, uf. Menos mal que he salido a primera hora, porque llego a salir algo más tarde y me da la hora de la comida antes siquiera de poder llegar al sitio - pensé, respirando con gran dificultad, apoyando las palmas de mis manos en mis muslos, mientras mantenía semiflexionadas mis adoloridas rodillas - Este sitio es un verdadero infierno. Parece todo muy fácil con eso de los numeritos en los manglares, pero es todo una retorcida trampa para que acabes en donde menos te lo esperas - me quejé en voz baja, mientras seguía recuperándome de semejante caminata. Había venido todo lo directo posible desde el Niebla de Guerra, el cual se encontraba en el vigésimo manglar (aunque no estaba yo muy seguro de que los números representaran un orden. Como mucho el orden en el que habían decidido pintar los numeritos que los identificaban) hasta el dojo, en el manglar número cero - Y eso que solo me he desviado dos veces - pensé, mientras recordaba cómo me había distraído escuchando a dos hombres hablar preocupados de cierta congregación de habitantes de las profundidades en la Isla Gyojin, la cual parecía ser nuestro siguiente punto de ruta, a juzgar por el Log Pose que portaba. Tras eso y tras deshacer el camino andado a través de dos manglares distintos, me volví a distraer más adelante, pues un grupo de chavales hablaban realmente emocionados de lo mucho que había aumentado la cantidad de marines en los últimos meses, y lo seguros que se sentían ahora. No comprendía la razón por la que estos se fueran a sentir bien con tanto desgraciado cerca, pero no pude evitar escuchar con atención y desde una distancia prudencial, con la esperanza de que dijeran algo que pudiera ser de interés. Para mi desgracia, o bien ninguno de ellos sabía nada importante, o bien lo sabían pero fueron lo suficientemente listos como para no irse de la lengua - Pero bueno, solo me ha costado más de dos horas, pero por fin estoy aquí - miré a las puertas de aquel edificio, al cual la gente venía a entrenar a saber qué - Ahora solo tengo que entrar, buscar al viejales del otro día y salir de dudas. Así podré descansar tranquilo y ponerme a otra cosa - me acerqué despacio y empujé la pesada puerta. No se movió ni un ápice - No me jodas que después de todo el paseo que me he pegado va y está cerrado - empecé a ponerme nervioso, mirando a los lados, mientras me rascaba la cicatriz de mi mano izquierda. Me acerqué más a la puerta. Se escuchaba gente dentro, así que por fuerza tenía que haber alguien. Golpeé la puerta y me limité a esperar a que alguien viniera. Nada. Seguí mirando nervioso a mi alrededor, mientras seguía empujando para tratar de abrir aquella enorme puerta. Me fijé entonces en un pequeño cartel que se encontraba en la puerta, el cual contenía una única palabra: "Tirar" - Ah, vaya, me da que eso explica todo IS IS IS - no pude más que soltar una risita mientras saltaba hasta el tirador de la puerta. Me agarré de este y comencé a hacer fuerza para intentar abrirla. O yo era muy torpe o alguien parecía no querer que entrara en aquel lugar. Seguramente se trataría de la primera opción, pues yo nunca había sido conocido por mi gran desempeño en las competiciones de abrir puertas enormes de dojos extraños en islas remotas.
Continué tirando, apoyándome esta vez en la otra puerta con las piernas, pues deduje que si ejercía fuerza sobre la misma puerta de la que intentaba tirar, mis esfuerzos iban a ser en vano. No me equivocaba, pero algo que no había tenido en cuenta era que dado el peso de aquella puerta, posiblemente iba a requerir de una fuerza mayor de la que disponía para que mis esfuerzos por abrirla no fueran en vano, aun ayudándome de mi apoyo en la otra puerta. De esa forma, continué tratando de superar aquella primera prueba que los dioses de la escasa accesibilidad me habían puesto en mi camino para conocer la tan ansiada verdad. Tras varias estrategias diferentes y más de un cinco minutos de intentos fallidos di con la estrategia ganadora. Sentarme a esperar a que alguien fuera tan amable como para querer salir de aquel lugar y así poder aprovecharme de sus esfuerzos para colarme en el interior del sitio. Para mi fortuna y la de mi limitada paciencia no tuve que esperar más de un cuarto de hora en el que aproveché para preparar una lista con todas las cartas que me faltaban para terminar el mazo de Ashura - Vale, faltarían las tierras, una Kaldra, una Faja y luego dos místicas y ya estaría - apunté todo lo necesario en mi nueva lista de la compra. Tan pronto como escuché al alguien acercarse lentamente hacia la puerta, recogí todo rápidamente y salté en dirección a la puerta, escabulléndome por debajo de la joven que salía del edificio, haciendo que las faldas de su verde vestido se movieran. A diferencia de lo que haría más de uno, no aproveché aquello para levantar la mirada y mirar bajo la ropa de la joven, pues tenía cosas más importantes que hacer, además de que no era algo que me interesara lo más mínimo. No era yo uno de esos guarros que pierden el juicio (y que babean más que un San Bernardo hambriento) cuando ven a una chavala mínimamente guapa.
Entré al gran edificio y lo primero que hice fue alejarme de la puerta hacia mi izquierda, pues tenía miedo de que la puerta me golpeara al cerrarse bruscamente, o que aquella mujer se girara de imprevisto y me pisara sin querer por ir con prisas. Cuando la puerta se hubo cerrado y mi vida ya no corría tanto peligro, me pude permitir centrarme en ver cómo era el interior. Había unas cuantas personas, en torno a dos docenas, divididas en diversos grupos por el gran salón. En un lado unas personas vestidas de negro y con unas máscaras que daban algo de mal rollito se pegaban con espadas de madera como la que tenía el tipo malhumorado con el que compartía travesías en el barco. Por el otro lado, un señor canoso se movía de una forma peculiar, mientras una docena de personas seguía sus movimientos con relativa coordinación. Me quedé un rato mirando al hombre, pues me llamaba bastante la atención - Ah, claro, ahora sí que se quién es este señor - dije, nada más el hombre se giró. No me costó para nada reconocerle en cuanto le vi la cara, pues en esta tenía unas cejas pobladas y un bigote aún más poblado. Sin perder un instante comencé a caminar en su dirección, pues a pesar de que estuviera ocupado, seguro que tendría un ratito para poder resolver aquella duda que me inquietaba desde nuestro primer encuentro. Me encontraba a algo más de cinco metros del final del grupo de personas cuando el anciano gritó algo que no entendí. Di un pequeño saltito del susto, mientras todos se sentaban en el suelo al unísono y el señor se giraba. ¿Acaso me había escuchado venir? Era imposible, dado el ruido que había en el salón, sumado al propio sonido de su voz cuando daba lo que supuse eran instrucciones para que los demás supieran qué hacer. Si no me había escuchado, me tenía que haber visto llegar. Pero para eso tendría que tener ojos en la nuca, cosa que tendría que haber visto y no vi, y eso que tengo buena vista. Se me quedó mirando fijamente, sin decir una palabra, aunque por su cara podía verse que no estaba lo que se dice muy contento - Perdona, nos vimos el otro día, y tenía una pregunta que hacerle - el hombre siguió mirándome con aquella cara de enfado. Antes de que pudiera formular mi pregunta, el bigotudo me regañó con gran seriedad - Deberías mostrar más respeto - habló, sin dejar de mirarme con molestia. Arqueé una ceja, pues no sabía qué quería aquel hombre de mi - ¡Descálzate, ahora! - dijo después - ¿O acaso pensabas que estábamos todos descalzos por gusto? - me fijé entonces en que ninguno de aquellos llevaba zapatos - Ah, es verdad. Perdona, no tenía ni idea. Es la primera vez que vengo a un sitio así, y además, no acostumbro a mirar a los pies a la gente, ya sabes, eso de tener que mirar siempre hacia arriba no da mucho pie a ver si alguien va descalzo o no - me disculpé mientras me quitaba los zapatos, dejándolos de cualquier manera sobre el suelo de madera, lo cual hizo que el señor volviera a regañarme - Perdón, perdón. No sabía que teníais aquí la costumbre de... - me volví a disculpar con el señor, el cual me respondió más enfadado todavía - No es costumbre, es disciplina. Y veo que tú no tienes ni idea de qué es eso. ¿Qué querías? - habló con la misma seriedad que anteriormente - Pues, quería preguntar, porque hace un par de días te vi, y antes de que pudiera preguntarte me dijiste que lo que buscaba no estaba aquí, y me dijiste dónde buscar - expliqué, lo cual hizo que el hombre relajara su expresión - ¿Y? ¿Has venido solo a agradecerme? Porque si venías a eso puedes dejar de interrumpir mi clase - me preguntó, aunque no noté la misma hostilidad que anteriormente en su tono. Negué con la cabeza - No, venía a preguntar. ¿Acaso me leíste la mente el otro día? - pregunté. Estaba listo para que se riera de mí y me mandara a la mierda, otra vez. Estaba tan preparado que ni me sorprendió que mi pregunta provocara las risas de dos de los hombres que se encontraban sentados en silencio, los más jóvenes de todos ellos. El anciano, lejos de reírse miró con seriedad a estos, los cuales se callaron al instante - ¿Por qué dices que te leí la mente? ¿Acaso no podría tratarse de una casualidad y que sencillamente quisiera que me dejaras en paz? - aquella pregunta hizo que todas mis alarmas saltaran a la vez. No porque sonara a que el hombre estaba ocultando algo, pues su tono de voz no había cambiado, si no porque aquello era exactamente lo mismo que yo había estado pensando constantemente durante estos dos días. Era la razón con la que yo mismo trataba de convencerme de que aquello no eran más que imaginaciones mías - No, no es una casualidad - respondí, totalmente convencido. El hombre se quedó en silencio, mirándome. Dijo algo en alto, lo que hizo que el grupo de personas que teníamos cerca se levantara y comenzaran a practicar por parejas - ¿Ah, no? ¿Y por qué no es una casualidad? - preguntó, con seriedad. A pesar de no poder percibir nada, algo en mi interior me decía que mi anterior respuesta le había generado cierto interés, como si me estuviera probando - No lo sé, podría decir que intuición, o mejor dicho una corazonada - el hombre asintió. Parecía que le había gustado mi respuesta - Bakuro Tetsujin. Maestro y aprendiz de por vida, si es que me lo permiten - se presentó. Me agaché levemente en señal de respeto - Disculpa, pero no puedo decirte mi nombre. Si quieres puedes llamarme Paco - hablé mientras miraba levemente a los lados, moviendo el torso pues no me había quitado la capucha desde que había salido del barco - Entiendo tu situación, muchacho, pero si no eres capaz de siquiera presentarte como es debido, creo que no hay nada que pueda enseñarte - su voz se mantenía relajada, a pesar de la seriedad que portaban sus palabras. Revelarle mi nombre y enseñar mi cara era una pésima idea, pero sentía que si no lo hacía iba a perder una oportunidad que no volvería a tener en la vida. Decidido, me quité la capucha, dejándola doblada junto a los zapatos, antes de mirar al hombre - Es verdad. Sé que no debería, pero tengo la sensación de que es lo correcto. Me llamo Korg - me presenté, ignorando la gran diana que tenía en mi espalda. El hombre volvió a asentir - Nadie de aquí va a juzgarte. Ahora, ¿qué quieres de mí? ¿Acaso sabes usar un boken? - preguntó con seriedad. No tenía ni idea de qué era eso. Me quedé unos instantes pensativo, hasta que caí en que podía referirse a aquellas espadas de madera - ¿La espada esa? Para nada. Lo más cerca que he estado de una de esas es un conocido que tiene un machete ponzoñoso. Es una larga historia, pero en resumen no quieres estar cerca de ese machete no vaya a ser que te pegue cualquier cosa - le expliqué. El hombre parpadeó dos veces, sorprendido por mi explicación - ¿Algún arte marcial? - preguntó, serio - ¿Pegar a alguien con la cola cuenta como arte marcial? - pregunté - No - lo que esperaba - Entonces no, no tengo conocimiento acerca de ningún arte marcial, la verdad - parecía que el hombre se esperaba aquella respuesta - Y entonces, ¿qué sabes hacer? - me preguntó con seriedad - Pues, disparar. Eso se me da muy bien la verdad. Ah, y también jugar a las cartas mágicas. Diría que son las dos cosas que mejor se me dan - el hombre suspiró - ¿Caza, entonces? - negué efusivamente con la cabeza - Nunca dispararía a un animal. Digamos que tiro al plato, supongo - parecía que el hombre estaba haciéndome un cuestionario de esos de las revistas que te dicen qué clase de persona eres, o si odias a los enanos - Entiendo, ¿y hablar sin irte por las ramas sabes? - aquella pregunta había sido bastante más directa - Disculpe, es verdad. No se preocupe, a partir de ahora voy a ser claro y conciso, sin irme por las ramas - el hombre volvió a suspirar. Parecía que mi respuesta no le había convencido del todo - Entonces vienes por el haki - afirmó. No había escuchado esa palabra en la vida - Kenbunshoku no Haki. Color de la observación. El poder de ver más allá de donde alcanza tu vista - no entendía lo que me decía, pero aquello sonaba muy parecido a eso de leer mentes. Asentí, esperando sus instrucciones - Bueno, si tú lo dices... Me juego la mano buena y parte de la mala a que no tienes la capacidad de autocontrol que hace falta para conseguirlo - explicó, sin muchas esperanzas puestas en mí. A decir verdad, yo tampoco las tendría de estar en su lugar - Yo no apuesto. Pero voy a conseguirlo - dije sin titubear - Por lo menos tienes determinación... Bien pues, lo primero es dejar la mente en blanco. Sentarte, cerrar los ojos, y pensar en nada. En otras palabras, meditar - Meditar, aquello que solo servía para engañar a gente y robarles mientras tenían los ojos cerrados. La verdad es que aquel entrenamiento pintaba realmente duro.
Me senté, cerrando inmediatamente los ojos y pensando en la nada. Lo logré, logré dejar la mente en blanco, por algo más de dos segundos, hasta que a mis oídos llegó el sonido de los dos jóvenes que antes se habían reído, los cuales hablaban de un amigo en común, quien se había casado recientemente - ¡Mente en blanco! - sus palabras hicieron que casi me diera un parraque. Tras evitar un infarto inspiré profundamente, antes de soltar el aire lentamente - ¡Sin distracciones! - esta vez no fue para tanto - ¿Puedes leerme la mente y saber que estoy distraído? - pregunté, sin abrir siquiera los ojos - No, pero sí que puedo ver que te has girado para ver qué decían - aquellas palabras hicieron que me avergonzara un poco. Volví a mirar hacia delante y a cerrar los ojos - Lo que yo decía... te falta autocontrol... - aquellas palabras eran tan ciertas que dolían. Dolían algo menos que lo que yo suponía que dolía un machetazo con el machete ponzoñoso de Ashura, pero aun así no dejaba de ser mucho. Había pasado más de una hora, y no había avanzado lo más mínimo. Abrí los ojos, levantádome para acercarme a mis cosas. Para sorpresa del maestro, en vez de cogerlas y largarme busqué en mis bolsillos hasta que encontré un pañuelo y un trozo de algodón, así como la chapa de Willow, antes de volver a sentarme - Cuando te relajes, intenta ver en tu cabeza dónde están los demás. Intenta ver cómo se sienten - me dijo, con un tono sorprendentemente amigable, antes de que me tapara los ojos y los oídos. Con los ojos tapados pero sobre todo sin distracciones acústicas, me pude centrar en eliminar uno a uno los pensamientos que recorrían mi cabeza, ayudándome del frío contacto con aquella chapa que significaba tanto para mí. La inmensa duda que hasta hacía una hora asolaba mi mente, las cartas que tenía que comprar, el dinero que tendríamos que gastar en arreglar el Niebla de Guerra después del catapúm del zorro, el inmenso dolor que me consumía, el pasado del que no podía escapar... todo fue desapareciendo del hilo de mis pensamientos . Incluso el hambre que tenía se disipó. Me centré en intentar sentir algo. Nada. Había escuchado de niño que todos los seres vivos tienen un alma. ¿Acaso era eso lo que tenía que intentar buscar? Si ese era mi objetivo, tenía que tratar de centrarme en lo que tuviera el alma más grande, pues sería lo más fácil. Me centré en sentir el alma del árbol. Pensar en qué sentía iba a ser una tarea realmente dura, por no decir imposible, pero sí que podía intentar ver su alma, o sentir su esencia vital. Por un instante, me pareció ver el tronco de aquel majestuoso árbol por el rabillo del ojo giré la cabeza hacia allí, antes de abrir los ojos instintivamente, para comprobar si estaba en lo cierto. Me quité el algodón, cerrando nuevamente los ojos - Bakuro, ¿ahí está el manglar, no? - pregunté - Creo que lo he visto - no sabía si estaba en lo cierto, pues el hombre no me había respondido, pero aun así me centré en volver a despejar mi mente y tratar de ver algo más - Así es. Recuerda esa sensación. Aférrate a ella y úsala para decirme dónde está cada uno en el dojo. Y llámame maestro - volví a taparme los oídos mientras sonreía, orgulloso de mi progreso. Esta vez me costó menos volver a relajarme, pero no fue así de bien con la otra parte. Trataba de recordar cómo había logrado ver el árbol, pero aquello solo hacía que no dejara de pensar en ello. Cuando caí en la cuenta, dejé momentáneamente de lado aquello en lo que estaba pensando y me dejé llevar, como cuando abres un sobre de cartas y simplemente vas viendo lo que te va saliendo. Decir que no tardé en volver a ver el alma del árbol sería una mentira. Pero ahora que sabía qué tenía que buscar, podía intentar sentir eso mismo con la gente del dojo. Tras algo más de quince minutos, pude sentir vagamente al anciano hombre frente a mí. Seguí entonces tratando de percibir al resto de personas del dojo. A medida que pasaba el tiempo, la imagen del anciano se iba volviendo más nítida, y cada vez era más grande. Bastante más de lo que esperaba, me atrevería a decir. Poco a poco empecé a sentir más cosas. Las estelas de la gente que pasaba por delante del dojo se iban formando e iban desapareciendo a medida que se alejaban, pero seguía sin conseguir ver a los demás. ¿Tal vez el problema era que únicamente podía ver presencias grandes? Entonces tenía que dar lo mejor de mí e intentar ver también cosas más pequeñas. Hice un esfuerzo, lo cual provocó que algunas de las presencias que antes veía bien se difuminaran un poco. Volví a relajarme y poco a poco pude ir añadiendo cosas a mi hilo de pensamientos, sin que eso afectara a mi capacidad de ver el alma, o como el hombre que estaba frente a mí lo llamaba, a mi Haki. Uno de los fragmentos de ese hilo golpeó súbitamente mi mente - Baku... maestro - le llamé, levantando la cabeza inconscientemente para mirarle a la cara, aunque tuviera los ojos cerrados - ¿Estamos solos, verdad? - pregunté. No podía verle la cara, pero tampoco me hacía falta para saber la respuesta - Eso es que sí, porque has sonreído IS IS IS IS - dije, mientras me destapaba los ojos y los oídos - Ay mi madre - dije, sorprendido por lo oscuro que estaba todo - ¿Qué hora es? - pregunté antes de levantarme. Me dolían las piernas, y eso que tenía solo veintiocho años - Felicidades. Has aprendido la base del Kenbunshoku no Haki, pero no creas que ya está. No has hecho más que rascar la punta. Ahora ve a descansar, sigue entrenando día y noche, pues si quieres que te enseñe más tendrás que ser capaz como mínimo de contar los pájaros que hay en medio kilómetro a la redonda
Tras despedirme de aquel señor (y de que me abriera la puerta), me dirigí de vuelta al barco, esperando que la vuelta no fuera tan larga como la ida.
