Llevo unas semanas durmiendo mal, intentando descansar el espíritu. No quiero ser el típico que actúa en base a sus experiencias oníricas o que confía en la magia de viejas videntes. Pero soy firme creyente del destino y la gravedad. Y sé leer las señales cuando las tengo en frente. El problema es cuando no soy capaz de interpretar lo que me dice el universo o cuando todo apunta a una desgracia. Deja que te cuente:
Memorias de James
Salí a pasear con toda la tranquilidad del mundo. Necesitaba escapar del cuartel a cualquier precio y tomar un poco el aire. El entrenamiento físico me tenía exhausto y necesitaba dejar de forzar amabilidad con el resto de la división. Soy el mejor con las habilidades sociales, pero como con todo, acabo teniendo un límite.
Fuera del desahogo que requería en ese momento, también soy amante de la exploración y los paseos largos. Por todos es sabido. Me gusta analizar el entorno y la fauna de los distintos lugares que recorro. Así pues, tenía la excusa perfecta para fugarme unas horas. No era consciente de que aquella escapada cambiaría mi destino para siempre.
Apenas hacía sol. Las nubes lo tapaban por completo. El tono gris inundaba el manglar al completo, y parecía afectar al ímpetu de todos. Me propuse entonces acercarme a la población aquella, la que nos dió tan "calurosa" bienvenida semanas atrás. Quería poder ver de primera mano aquellas gentes, comportándose sin el fanatismo irracional de la primera vez. Sin el pelotón y vestido de paisano. Estaban acostumbrados a ver marines por la cercanía al cuartel y yo no era nadie relevante. Era una buena oportunidad.
Mi primera parada fue en la entrada de la urbe por el mismo camino que tomé en un inicio. Antes de entrar en la ciudad, sentí como una especie de impulso. Un sentimiento negro que me invitaba a alejarme, pero a la vez me atraía, como si de gravedad se tratara. Si tan solo hubiera estado atento a las clases de la Comodoro y hubiera aprendido a dominar mi Stand de observación, tal vez podría haber entendido a qué me iba a enfrentar. Pero por lerdo y por confiado, me adentré sin valorar correctamente la situación.
Una vez dentro, pude llegar a la calle principal con facilidad. Era ampliamente más ancha que las demás, con una decena de ramificaciones en distintos callejones y pasillos oscuros. También se notaba la afluencia de gente considerablemente. No había una marea de personas como aquella vez, pero si que se notaba movimiento. Más de lo que estoy acostumbrado. Tenías mercaderes en las plantas bajas de los edificios, llamando la atención de todo aquel que se le aproximara y ofertando sus productos. Podías encontrar de todo. Desde alimentos autóctonos como importados, artilugios del día a día, rarezas de los rincones más recónditos del globo... Sabía de buena mano que en aquel archipiélago podías encontrar hasta esclavos si sabías buscar, pero quizás por la proximidad al cuartel, evitaban ese tipo de trata. La gente de a pie, por su parte, avanzaba y se paraba a cada segundo. Pareciera que fueran a trompicones. Tenías que tener la atención y los reflejos al máximo para no chocarte a cada rato. Los nativos parecían tener la técnica dominada, pero yo tropecé con más de uno.
Nada llamaba mi atención. Era un paseo agradable, pero nada conseguía atraparme. Estuve a punto de darme media vuelta, hasta que volví a sentir una enorme presión en el pecho. Me sentía observado. Empecé a girarme, negitoso, buscando nervioso a alguien que pudiera estar acechándome, sin éxito. Tenía el bello completamente erizado y mi melena despuntaba. Olfateaba de un lado al otro y mis orejas felinas parecían un radar, moviéndose independientemente la una de la otra intentado encontrar señal. Entonces la vi. Como si un espectro tomara forma frente a mi, una mano se dibujó en un callejón tan oscuro como una noche sin estrellas. La mano, reseca y arrugada, parecía flotar en la oscuridad. Con su dedo índice me señaló directamente. Yo estaba paralizado, con sudores fríos. Todo a mi alrededor seguía su curso, nadie pareciera estar dándose cuenta de tal escena de horror. Sentía que estaba en una realidad distinta, como en otra dimensión alejado del bullicio de la gran avenida. Entonces la mano dejo de señalarme y, con el mismo dedo índice, empezó a hacer un movimiento repetitivo, acercando la yema de su dedo contra su palma para indicar que entrara en ese pasillo tenebroso.
Tome aire y, cargado de valor, empecé a caminar hacia mi destino. Estaba decidido a enfrentarme a lo que hiciera falta, pero la sensación de lo inhóspito me abordaba con fuera. Una vez dentro del callejón, la iluminación era totalmente distinta. Las sombras alargadas de los edificios impedían cualquier paso de luz ante una callejuela tan estrecha que apenas entraba sin inclinarme. Pero allí estaba. Al final del todo, a pocos metros y sentada en una esquina de paredes de ladrillo mohoso, una mujer de muy avanzada edad clavava una mirada que me veía mi alma. Era muy pequeña incluso para ser una humana, y andaba totalmente encorbada. Su tez era café y su cabello totalmente blanco. Las arrugas y la sequedad de su piel no hacían más que denotar su ya evidente vejez. A su vera portaba un arco y una flecha ornamentada con motivos dorados.
Más relajado, viendo que, vergonzosamente, había sentido miedo por una anciana, retomé una postura altiva y orgullosa. La señora, ni corta ni perezosa, decidió entonces tomar la iniciativa de la convención con una propuesta. -Joven, ¿quiere que lea su futuro?- la voz de la anciana, lejos de ser dulce, pareciera tener cierta condescendencia. Como si la edad la pusiera en una especie de superioridad moral. -No me hagas perder el tiempo, vieja. Piérdete.- falté al respeto. En el fondo, en ese momento me sentía con el honor dañado y por eso actué así. Solemne. Me ajusté la gorra y me di media vuelta, buscando marcharme. -Respondes con la misma soberbia estúpida que en tus vidas pasadas.- resonó tras de mi, como si un eco se hubiera esparcido entre las paredes y cada ladrillo repitiera a coro su voz. El tono era burlesco, dando a entender que ya me conocía. -¿¡Qué coño dice!?- me giré, iracundo y perplejo ante tremenda vacilada. Si de primeras ya quería cargar contra ella por la sensación de ridículo, ahora quería hacerlo por duplicado por su comentario, que también suscitaba dudas en mi.
Sin embargo...
-Oye, Sargento, disculpa. Tenemos faena por aquí y...- dice una voz a través del interfono. La voz es de Ñokuyasu, que escucha en el presente mi historia por radio Den Den Mushi cifrado. -Lo siento compañero. No te robo más tiempo hoy...- digo apenado. Tengo ganas de hablar de mis pajas mentales con alguien y con él es con el único con quien tengo confianza. -Nos vemos tío. -No te pongas así, James. Sabes qu...zzzz. gacha.-
No le dejo terminar y voy apagando tanto el den den de comunicación como el de cifrado, el blanco. Me estiro en la cama del camarote, pensativo, y cierro los ojos, a ver si puedo reconciliarme con el sueño aunque sea un poco. -Yare yare daze...-