[FIC - Salto temporal] Eufrasia
#1
Los días se sucedieron uno tras otro, de forma lenta y aburrida, en el cuartel general de Marineford. Había pasado ya casi una semana desde el fatídico día en el que la División 17 tuvimos esa reunión con el estirado y el abuelo senil. No dejaba de darle vueltas al hecho de que nos reconociese en nuestra cara que, el día en el que nos topamos con el yonko pelirrojo, fuimos enviados como carnaza para ganar tiempo y así proteger una piedra que servía de interés para el Gobierno Mundial, organización que yo siempre he repudiado. Todo lo sucedido en aquel archipiélago hacía temblar cada vez más los cimientos de mis ideales acerca de por lo que servía y trabajaba: Subastas de esclavos que eran vox populi, como si fuese lo más normal del mundo; experimentos en personas fallidos, lo cual nos llevó a desfilar como verdugos a través de las calles de la resinosa isla sin que lo supiésemos; ser puras herramientas desechables, ya que antes de nosotros hubo otros tantos que cayeron y cuando lo hagamos nosotros, otros tantos vendrán a sustituirnos. Pero claro, tenía que estar contento y agradecido porque, a pesar de haber perdido media cara y vivir limitado sin vista ni oído, había sido ascendido a comodoro. Comodoro Bahía. Podía ir por los pasillos de tal digna organización presumiendo de tener una enorme capa cubriendo mi espalda, pura fachada ostentosa que hacía emitir una imagen de respeto a los demás, como si yo fuese una persona diferente la tuviese o no. Estaría agradecido de no ser porque no me importaba lo más mínimo ser comodoro, soldado raso o churrero. La única parte positiva que saqué en claro de aquella reunión fue ver como Karl, mi compañera y maestra en el arte del waki, se alteró tanto como yo ante el desfiladero de sandeces que escuchamos. Karl estaba a un paso de poder ser almirante y quizás lo más sensato era ayudarla a que alcanzase ese rango. Siendo uno de los mayores pilares de la Marina, quizás pudiésemos ganar algo más de independencia... y definitivamente me fiaba más de ella que de aquellos que nos habían dado órdenes hasta ahora.

El combate contra el mercenario aquella tarde también había resultado ser un fracaso... o eso me dijeron. La verdad es que no podía recordar nada más allá de haber sentido calor, acompañado de aquella sensación de mareo y presión sobre mi propia alma que había sentado varias veces desde que había llegado al Grand Line. Lo único que podría haber sacado de aquel combate habría sido una muesca más en el filo de mi orgullo pero al no haber podido hacer ni recordar nada, era como si no me importase. Ni siquiera podía entender qué era esa fuerza que sentí por primera vez en Momoiro, con la bienvenida de aquella revolucionaria tan extraña y de piernas como columnas dóricas. Aquel enfrentamiento había sido más doloroso para el orgullo propio. No sólo porque nuestra recién conocida compañera nos había abandonado a Fuguwu y a mí, sino porque ambos, esforzándonos, no podíamos dejar de sentir que estábamos siendo tratados como juguetes por una persona mucho más poderosa que los dos juntos. Por no mencionar que aquel incidente fue lo que provocó que entrase con el pie izquierdo en la nueva división. Aunque tampoco me arrepentía, no podía saber que nuestro jefe no tendría la humildad y el liderazgo de dar la cara por sus subordinados para al menos disculparse.

Lo genuinamente extraño de todo ésto, es el hecho de que mi camino parece marcado por soldados de la revolución allá dónde vaya. Más allá de Marcia, en Sabaody se topó en mi camino aquel mink panda que resultaba ser más diplomático que lo que acostumbraba a encontrarme. Recuerdo que le observaba y oía, sin bajar la guardia por si me estaban preparando otra trampa, pero se veía que ambos teníamos el mismo objetivo a pesar de estar en bandos diferentes. El cartel de recompensa del mink había salido en los periódicos junto a otro revolucionario más, el cual conocía desde mi adolescencia desde que mi vida cambió para mal y tuve que reiniciar todo en Ballywood. Hijos de la revolución mirase dónde mirase... y quizás aliados en algún punto de mi vida ya que me había ganado tener el contacto del panda. Visto los acontecimientos de todo lo que me ocurría, tenerlo no era algo baladí.

Esa noche me encontraba en la habitación que me habían cedido, dentro del cuartel general. Desde las ventanas del imponente edificio que se situaba encima de la inmensa base rocosa, se podía ver completamente la semiluna que formaba el terreno de la isla junto a su bahía. Era impresionante ver la batería de cañones que recorrían todo el perímetro, así como los búnkeres y las torres de vigilancia que hacían que el lugar se viese como una fortaleza imposible de invadir. Gracias a tener un rango alto dentro de la institución, podía tener una habitación propia. No era muy ostentosa, de hecho sólo tenía una cama, librerías y un escritorio de tocador junto a su espejo... pero tampoco necesitaba nada especial. Me incorporé de la cama y caminé hacia la ventana del habitáculo, haciendo crujir de forma sonora las tablas del suelo con mis pisadas. La abrí y apoyé mis antebrazos en el borde, admirando el reflejo de la luna sobre el mar en el horizonte y las luces que aún quedaban encendidas en la pequeña ciudadela que se situaba debajo del cuartel general. Ciudadela en la que habitaban algunos soldados junto a sus familias. Aún estábamos en invierno pero, a pesar de proceder de una isla tropical del sur, me gustaba sentir también el frescor de la brisa marina, la cual invadió la habitación. Desde que aquel emperador me había mutilado me costaba dormir por las noches pero poco a poco estaba volviendo al a normalidad y la herida ya no me dolía. Perdí la cuenta de los minutos que me quedé allí de pie, reflexivo en medio de la tranquilidad de la noche, en medio de la oscuridad de mi habitación ya que la única luz que entraba era la que la luna llena emitía. La ausencia de dolor en mi rostro me hizo sentir que era la hora, así que caminé hacia el tocador y me senté en frente del espejo, mirando cómo los vendajes todavía cubrían diagonalmente mi cara. Poco a poco empecé a retirarlos con mucho cuidado. A pesar de estar curado, el haber sentido un dolor tan intenso durante días, hacía que sintiese extraño tocar esa zona por lo que quedaban trazos de paranoia dentro de mi cabeza. Dejé caer la tela de los vendajes sobre el tocador y permanecí inmóvil y sereno mirando mi nuevo rostro. Mi firmeza e impasibilidad daba la sensación de que me habían extraído el propio alma. No oía nada. Y de repente, ruido. Tamborileé los dedos de forma repetida y constante, cada vez más rápido y fuerte. Mi cabeza se estaba llenando de ruido viendo como mi bello rostro se había destrozado de esa forma, de cómo me costaba poder ver, oír, reaccionar a lo que ocurría a mi alrededor. De cómo me limitaría todo, de las miradas de los desconocidos que atraería todo esto, puesto que ver a alguien mutilado de esta forma impacta y no es común. El ruido me estaba sobrepasando y estaba alterando a mi cánido interior. Inconscientemente rompí el espejo con una volea con mi puño diestro y, con mi zurda, generé una corriente de arena que levantó al tocador por los aires, haciendo que volase y atravesase la puerta de mi habitación, rompiéndose ambos en trozos de madera y provocando un escándalo en medio de la noche. Otra vez estaba actuando por puro instinto, como el día en el que en Sabaody me descontrolé al ver al Patriota aniquilar a aquella niña delante de mis narices. Volví a la ventana, apoyé mis manos en ambos lados de los marcos y empecé a respirar la brisa marina invernal. Tras respirar profundamente un par de veces, sin darme cuenta estaba empezando a cantar. Como si de una maniobra de rescate por parte de mi propio cerebro fuese, cantaba las canciones populares que solía oír en mi isla natal, en Samba. A mi cabeza empezaron a venir las imágenes de la Selva Anozama, de los campos de cañas de azúcar que recorrían la isla. Venían imágenes de los festivales de verano, de las playas, de mi gente... pero sobre todo recordé a mi madre. Recordé las enseñanzas que ella me transmitió, sus entrenamientos, el cómo patinábamos y surfeábamos juntos y cómo heredé sus valores. Recordé cómo me decía que tenía que mantener firme mi alma y mi camino cuando las cosas saliesen mal. Cómo eso me ayudó a no perder el rumbo cuando hui en exilio a Ballywood y poco a poco, empecé a relajarme y a recomponer mi compostura. A pesar de ser muy sereno y pasota, siempre me decían que a veces tenía un instinto salvaje dentro, como un perro de caza. Por eso mi espalda estaba recubierta de tinta en forma de un zorro. Los zorros siempre han sido más astutos e inteligentes, más adaptables. No podía olvidar eso ni dejarme llevar cuando la situación me sobrepasaba, aunque me costaba. Me eché el pelo hacia atrás y me tumbé en la cama. Todo ésto me tenía que servir de toque de atención, de que quizás el mundo era demasiado hostil y tenía que estar preparado para ello. Un punto de inflexión para reconstruirme, volver a sacar en claro cuál tendría que ser mi camino y de entrenar para que nadie pudiese volver a hacerme pasar por lo que había pasado hasta ahora. Poco a poco, envuelto en mis pensamientos y en las canciones de mi lugar de origen, mi alma se fue estabilizando hasta que caí dormido.

Una nueva mañana llegó y, a consecuencia, la luz del sol que golpeaba mi cara a través de la ventana de mi habitación me despertó. Un nuevo día, una nueva oportunidad y con ello el pensamiento de querer buscar redención. Quizás todas estas piedras en el camino eran llamadas del propio mundo a nuestro grupo. Quizás el destino nos estaba queriendo decir que tan sólo éramos unos pequeños peces payaso metidos en una pecera con tiburones y orcas. Estábamos parados en Marineford, sin una misión, ni rumbo, ni dirección asignadas y había que aprovechar el momento. Me vestí con el pantalón de mi uniforme, con el que acompañé mis botas negras y mi nueva capa de comodoro, esta vez sin la camisa del uniforme que acostumbraba a llevar hasta ese momento. Agarré la gorra de Marine en la mesilla de al lado de mi cama y me la coloqué como debe llevarse, sólo que inclinada hacia abajo y ladeada hacia el lado derecho de mi cara, queriendo ocultar con la visera la herida que el yonko me había hecho en el ojo. Con paso firme salí a través de la puerta, caminando por encima de las tablas partidas de la puerta y lo que quedaba del tocador. Mis pisadas eran firmes y mi paso decidido, ignoraba a todos los marines que había por el cuartel a mi alrededor, así como los saludos de los rangos más inferiores que se mantenían firmes y estáticos con la mano en la frente cuando caminaba cerca de ellos. Una parafernalia que no acostumbraba a seguir y que tampoco le daba mucha importancia.

Tras salir del cuartel me dirigí hacia el campo de entrenamiento. Mientras lo atravesaba podía oír cómo los reclutas llevaban a cabo sus entrenamientos matutinos: carreras por el perímetro de la zona, ejercicios de fuerza, algunos probaban sus habilidades de tiro y otros combatían. Quizás con el tiempo algunos de ellos podrían comprender el noble arte espiritual del Waki, otros incluso aprenderían el rokushiki, arte del cual yo conocía un par de técnicas pero me quedaban por aprender otras tantas. Entré en un vestuario y allí me quité la gorra y las botas. De los botiquines saqué metros de vendajes y me vendé tanto las manos como los pies, como acostumbraba a hacer de pequeño en Samba cuando mi madre me enseñaba diferentes artes marciales. De mi arenoso torso saqué mi mochila con mis bártulos, de ella cogí mis tone dial y me los acoplé en la cabeza. A medida que avanzaba el tiempo, la música era lo único que me ayudaba a calmarme, a motivarme y a sentirme mejor. Era lo que necesitaba ya que tan sólo podía darle vueltas al asunto de que en mi nuevo estado, incapaz casi de ver, oír y oler nada, tendría que llevar mis capacidades tanto físicas como mentales por otro lado. Atravesé los pasillos de aquel vestuario que conocía perfectamente y pronto salí al recinto en el que la batalla (si es que puedo llamarla como tal) contra aquel mercenario se había dado. Era el mejor recinto de Marineford en el que podía ponerme a prueba y entrenar, las impenetrables paredes de bokumetal y kairoseki me daban la libertad plena a poder emitir mi logia sin miedo a destruir el recinto. Estar completamente solo, inmerso en mi música, me daba más libertad todavía.

Comencé calentando con carreras de un lado a otro a puro sprint, necesitaba ser más rápido, necesitaba que mi energía fuese mayor. Tras ello recordé el entrenamiento con Karl en el que me enseñó a manejar el Waki. En el centro del pabellón levanté un muro de arena de cinco metros de altura y tres de ancho, como la vicealmirante me pidió en su día. Golpearlo era como pelear contra mí mismo, por un lado tenía que tener un control sobre la arena de forma casi plena e inconsciente para que el muro no se derrumbase, por el otro lado golpeaba con todas mis fuerzas usando toda la espiritualidad de mi Waki. Recuerdo como en aquel entrenamiento me había costado tanto mantener la firmeza de mi elemento y poder golpearlo sin hundirme en él, ahora lo hacía de forma automática y natural. — Vem Magalenha rojão, traz a lenha pro fogão vem fazer armação. — intercambiaba mis puñetazos con mi diestra y mi zurda, cada vez impactando con más fuerza a medida que iba cantando a pleno pulmón — Hoje é um día de sol, alegría de coió é curtir o verão — Rápidamente me puse en posición de ginga, balanceándome rítmicamente de izquierda a derecha semiagachado — TÊÊÊ TÊ TÊ TÊÊ EE TÊ! — los tambores que sonaban de forma tribal en la canción me estaban hechizando, me notaba más fuerte que de costumbre y tras las ginga comencé a encadenar patadas con mi diestra, una tras otra girando como si fuese un molino sin parar. El Sandy Snap era la patada estrella de mi arsenal, la inercia del giro que el baile de ginga me proporcionaba me servía para golpear con más fuerza. Y así seguía, golpeando el muro de arena con energía, cantando sin parar sin pensar en nada más. Tenía que ser más fuerte.

Los minutos y las horas pasaron y con ello cambié de ejercicio. Comencé a volar usando la arena en mi tren inferior, intentando ser cada vez más rápido, más instantáneo a la hora de cambiar entre la arena y mis piernas. Una vez sostenido en el aire, empecé a concentrar mi elemento sobre la palma de mi mano derecha. Recordaba como en aquel combate contra el emperador no conseguí mantener la consistencia de la roca y el almirante pudo romper mi técnica sin esfuerzo. Sereno y siguiendo inmerso en mi música, tras concentrar la arena la arrojé con fuerza hacia el fondo del pabellón, impactando contra la pared del bokumetal. Sin pararme a respirar, volví a concentrar otra esfera arenosa y de nuevo la arrojé. Una y otra vez, tenía que perfeccionar mi habilidad sobre mi logia, ser más destructivo pero más preciso, lo que hacía que cada vez estuviese más cansado. El control sobre el viento que tenía Gukuro me servía como inspiración, era la única persona que me había encontrado con un poder similar al mío. Aterricé sobre el suelo y recordé la técnica que el joven almirante había hecho delante de nosotros, aquella corriente de viento tan poderosa que pudo desplazar todo lo que pillase a tantísima distancia. Con mi zurda apunté como más o menos pude hacia el fondo del pabellón, al lugar en el que se había formado una duna de arena tras usar tantas veces mi fruta contra aquella pared. Intenté enviar un chorro arenoso con la mayor fuerza posible pero estaba agotado, el primer día de entrenamiento intenso me había dejado seco.

Volví al vestuario, me quité los vendajes de mis puños y pies, me calcé con las botas y volví a colocarme la gorra y la capa de comodoro. Al salir del recinto podía ver la anaranjada luz del sol en el horizonte anunciando el atardecer, se me había ido el día entero sin haberme dado cuenta. Llevé mis manos a los bolsillos y caminé pensativo. Volverme más rápido, más fuerte y más hábil estaba bien para poder ayudar a la división... pero había más cosas para aportar. Cuando intentamos detener a aquella bestia en Sabaody, Fuguwu fue clave con sus conocimientos médicos sobre nuestros aliados. Karl es muy hábil con el material bélico y Joe es el que nos da de comer. En mi caso tenía que estar a la altura, tenía que conocer mejor los mares y prepararme para el día en el que tuviésemos que cruzar el Red Line.

Tras volver al cuartel me dirigí a la enorme biblioteca que poseíamos. Había oído el que Nuevo Mundo era un mar demasiado caótico. De la nada las corrientes y el clima podrían cambiar radicalmente y, si no estabas preparado para conocerlo todo y preverlo, tu navío podía hundirse en cuestión de segundos. Comencé a reunir libros sobre navegación, sobre barcos y sobre el mundo en el que vivíamos y los apilé en una mesa. En mi caso iba a ser complicado leer con un solo ojo bajo la luz de una vela, pues ya era de noche, pero empecé el largo camino que iba a mejorar mis dotes como navegante.

A partir de aquel momento mis días estarían plenamente ocupados y los días pasarían uno tras otro repitiendo los mismos procesos. Por el día me dedicaría a entrenar mis capacidades físicas, mi habilidad sobre mi propio elemento y mi combate, todo bajo mi propio canto y melodías que me inspiraban a rendir mejor; por las noches estudiaría acerca de las corrientes marinas, las islas, los climas y prometería que pudiese llevar a la División a cualquier lugar que se nos plantease ir.



Joe dice que quiere que la División 17 tenga su propio barco. Me parece la mejor idea que ha tenido. Hasta ahora siempre nos hemos tenido que desplazar en barcos oficiales de la Marina o de otros miembros, lo que nos hacía funcionar como fichas de ajedrez que se movían de un cuadrante a otro. Con nuestro propio barco quizás podamos estar más cerca de conseguir la libertad absoluta, de poder movernos allá por dónde queramos.

Me ha puesto al cargo de conseguir un buen navío. No me esperaba que me pusiese a la cabeza de una tarea tan importante ni que tuviesen tanta confianza en mí. Por suerte estos meses leyendo en la biblioteca del cuartel general me han dotado de grandes conocimientos y creo que tengo el lugar perfecto para que podamos tener el mejor barco de la institución: Water 7. He podido leer que allí se encuentran los mejores astilleros del mundo y, gracias a que no podemos quejarnos del buen sueldo que tenemos como marines, entre los cuatro podríamos ahorrar bastante dinero para poder tener un buen barco. Además me muero de ganas de poder viajar a otra isla y tener un cambio de aires, hemos pasado demasiado tiempo en Marineford.

Durante estos meses he estado recibiendo pagos de mis tres compañeros, parece que todos estamos emocionados de poder tener nuestro navío. No puedo aguantar más y, como creo que ya tenemos dinero suficiente, he podido conseguir que los altos cargos me presten un barco de la Marina para poder desplazarme a Water 7 gracias a un eternal pose, acompañado por varios marines de menor rango para que me ayuden con el navío. La cantidad de recursos que tiene esta organización es enorme y viajar de esta forma es mucho más sencillo que tener que esperar en cada isla a que el log pose me marque la siguiente. Lo mejor de todo es que desde Marineford podemos atravesar las Puertas de la Justicia y llegar a Enies Lobby para ya navega a Water 7 de forma directa, me muero de ganas de partir.

El viaje ha sido bastante cómodo y rápido. A lo lejos empiezo a ver nuestro destino y estoy anonadado, jamás había podido ver una isla tan majestuosa como la que empezaba a divisarse en el horizonte. Esa una isla muy vertical y una inmensa fuente de agua se yergue sobre el centro, creando canales de agua que acaban desembocando en el mar por unas enormes puertas. Las descripciones que pude leer en los libros auguraban un lugar muy bello pero en persona es incluso mejor, no sé cómo han podido construir algo tan colosal. Empiezo a ver cómo números gigantes se dibujan en los muros exteriores y, por detrás, veo las partes más altas de las grúas. Tiene pinta de que esos son sus famosos astilleros. — Muchachos, atracad el barco en la costa, nos vemos en el astillero principal ¿me seguís? Tengo... cosas que hacer ¡kakahaha! — Convertí mi tren inferior en arena y salí propulsado por el aire para llegar cuanto antes a la isla. Sé de sobra que teníamos que ir todos en grupo estableciendo un protocolo más seguro pero... no creo que pase nada ni que nadie nos esté mirando, ¿no?. Me apetece ver la isla por mi cuenta y el barco puede esperar un rato, si total no van a poder construirlo en un día.

Tras sobrevolar el muro principal y mirar hacia abajo, pude ver el suelo firme de las calles de la ciudad. Hundí la mano en mi pecho arenoso y de él saqué mi viejo skate, empecé a volar en picado hacia los adoquines de la calle y, antes de tocar el suelo, convertí la arena en mis piernas y caí sobre mi tabla, comenzando a impulsarme con mi pie izquierdo. Mientras admiraba el lugar y patinaba de una forma tranquila, no podía evitar cantar en alto, ondeando mi capa de comodoro y notando cómo los habitantes me miraban de una forma extraña y curiosa. No sé si es que están poco acostumbrados a ver Marines importantes (soy muy importante) o si les parecía extraño ver a un Marine montado en un skate. Sea como fuere, el poder salir de Marineford, navegar durante días y poder cambiar de aires me estaba dando una alegría que en el fondo echaba de menos.

La arquitectura del lugar era fascinante, al igual que los canales amplios que servían como caminos entre las calles pero lo que más me llamó la atención, fue ver que había personas que llevaban una máscara en la cara. Eran máscaras con un tono carnavalesco, que me recordaban mucho a los festivales de mi tierra natal. Patinando me dirigí hacia el borde de la calle y salté, cogiendo mi tabla con la mano y cayendo encima de uno de los yagara bull que nadaban llevando a un hombre por el canal, haciendo que éste se sobresaltase. En los libros mencionaban cómo en esta isla se desplazaban gracias a estos animales que servían de pequeño barco y la verdad era que me resultaba bastante curioso — ¡Eh! — hablé a ese hombre — ¿podrías acercarme a una tienda en la que vendan esas máscaras? — señalé a un transeúnte — es una misión oficial importante, ¡todo sea por la justicia! ¡kakahaha! — el hombre me miraba extrañado pero accedió a ello, hay que ver la de privilegios que una persona puede llevar sólo por tener una enorme capa blanca.

El viaje encima de ese bicho fue divertidísimo, ojalá todas las islas tuviesen canales de agua para poder llevarme uno. La ciudad entera parecía un parque de atracciones acuático, con ascensores, subidas y bajadas. Ojalá hubiese vivido aquí durante años y no en la basura de Ballywood, me lo habría pasado mucho mejor.

Minutos después llegamos por fin a una tienda de máscaras y allí compré una. La máscara era completamente dorada y me recordaba al color de mi arena. De ella salía un plumaje de color azul verdoso, desde la frente, el cual me recordaba a los carnavales de Samba. Con cuidado la partí a la mitad y me la coloqué en el lado derecho de mi cara, ocultando la herida que aquel emperador me hizo hace muchos meses. Miré satisfecho mi reflejo en una de las ventanas de los locales de la isla y, tras quitarme la gorra, la desintegré completamente en mis manos. Ya no hacía falta que ocultase mi rostro bajo la visera y era mejor que no dejase algo de mi uniforme oficial por ahí tirado.

Las horas pasaron volando en medio de mi excursión hasta que recordé el motivo por el que estábamos allí. Volví a salir volando con mi transformación y llegué al astillero principal en el que me esperaban el resto de marines, a los cuales saludé con la mano quitándole hierro al asunto de mi escapada — ¡Os dije que era un asunto importante! ¡kakahaha! — Allí pude tener una reunión con uno de los carpinteros principales, uno muy muy muy muy activo, el cual me ofreció un catálogo para que pudiese elegir uno de los barcos. Ninguno me convencía, los barcos de la Marina son demasiado sosos y aburridos y nosotros teníamos que llegar con estilo a los lugares. Volví a hundir mi mano en mi pecho arenoso y de mi mochila saqué un pequeño boceto que había hecho en medio del viaje. Tengo que admitir que no tenía ni idea de dibujar pero confiaba en que los mejores astilleros del mundo supiesen captar la esencia del barco que iban a construir — Quiero algo con alma, divertido... algo que emocione a la gente y que inspire a las almas de la gente a bailar y disfrutar, ¿me sigues? — le cedí el boceto al carpintero — Nos gustaría que estuviese lo antes posible... ya sabes, una misión oficial super importante para destruir el mal y esas cosas. — Acto seguido, me fui.

Unas semanas después me tocó volver a Water 7, ya tenían el barco construido y estaba preparado para que me lo llevase. Las ganas de poder ver el resultado eran como un cosquilleo muy incómodo que sentía dentro de mi pecho, como un niño esperando al día de Navidad. Necesitaba ver el barco cuanto antes así que, antes de poder desembarcar, volví a salir volando dirección al astillero. Volví a reunirme con el carpintero y éste me llevó a ver el navío — ¡KAAAAAAAAAKAHAHAAAAAAAAA! — Empecé a reirme sin control al ver el resultado, era mejor incluso de lo esperado. El dinero sólo nos había llegado para un galeón básico pero éste era el barco más divertido que había visto. Tenía la forma de un galeón de la Marina pero el casco era colorido, la parte baja era azul marino y sobre él lo decoraban franjas amarillas y verdes, con dibujos estrellados. La parte exterior de la borda estaba decorada con guirnaldas de colores y, los cañones esféricos de la cubierta en vez de ser del aburrido gris metálico, eran de color azul marino. Las velas y la madera del interior eran del mismo color pero tenían detalles blancos simulando las estrellas de un cielo nocturno y en lo alto de las cofas, le acompañaban enormes plumajes de colores como si el barco fuese un pavo real. Era como convertir una fiesta del Reino de Samba en un galeón. La División 17 tenía ya por fin su propio método de transporte, aunque aún era un proyecto a futuro ya que me habría gustado haberlo equipado mejor, pensando en todos los tripulantes. La mayor inversión se la llevó la cocina, ya que consideré que era mejor comer, que tener una enfermería. Contento con el resultado, hice el pago y empecé el camino de vuelta a Marineford — ¡Kakahaha! — reí alegre, entre dientes — qué ganas tengo de que todos vean el pedazo barco que he conseguido, se van a quedar sin palabras. Ahora bien... ¿cómo debería llamarte? — empecé a pensar mientras abandonaba Water 7. A mi cabeza venía información que había oído sobre nuestro grupo a través del tiempo. Se decía que parecía que estábamos malditos, muchos Marines en este grupo acababan muertos, otros acabamos tullidos, parecíamos unos bichos raros y excéntricos. Caíamos en muchas batallas y siempre noté poco respeto a nuestra figura. Ahora podríamos buscar redención — Creo que te llamaré... O Redentor



El tiempo pasó y finalmente nos enviaron al Nuevo Mundo. Mi gozo en un pozo había sido que no atravesaríamos la Red Line a través de la Isla Gyojin, sino que lo haríamos por un camino especial que disponía el Gobierno y la Marina. Tenía ganas de poder llevar de vuelta a Fuguwu a su hogar y ver si éramos capaces de sacar información sobre el paradero de su hermano, pero parece que eso tenía que esperar.

Cuando nuestro nuevo amigo por fin atravesó la Red Line y su casco tocó las aguas del Nuevo Mundo, pude notar la violencia de las erráticas corrientes y el intenso viento propulsó las velas. No me costó controlar el navío, parecía que sobrevolaba la superficie del mar. Realmente nuestro galeón es fantástico.

El viaje duró días, navegar era más complicado que en el Paraíso pero el reto suponía una actividad demasiado divertida. No tardó en empezar a divisarse en el horizonte una rocosa cabeza de elefante, Mystoria, nuestro primer destino. Antes de embarcar pude leer los informes que hablaban de esas isla, informes que repasé a medida que nos íbamos acercando. Mystoria es una isla bastante hostil y deshabitada por los humanos en la que un gran volcán hacía que las temperaturas fuesen demasiado altas. Por otro lado tendríamos que tener cuidado con las bestias que plagaban el lugar. No sé qué tipo de monstruos nos encontraríamos, pero si la vida ha sido capaz de adaptarse a un terreno tan hostil, sin vegetación y con esas condiciones climáticas, no nos podía esperar nada amigable. En cuanto a la temperatura, yo estaba acostumbrado al calor, venía de una isla tropical; Karl es un pájaro de fuego; Joe no sé cómo le afectará todo ésto, pero me preocupa que mi amigo pez acabe cocinado. Seguro que la Isla Gyojin era totalmente diferente a la isla volcánica que mi ojo empezaba a contemplar.

La isla al ser salvaje y deshabitada hacía que no tuviese puerto por lo que tuve que empezar las maniobras de desembarco lejos de la costa para evitar encallar el galeón. Una vez asegurado el barco, desembarqué buscando a mis compañeros, teníamos que juntarnos y trazar el plan para poder avanzar seguros por estos páramos ígneos. Teníamos por delante una nueva aventura, una etapa peligrosa en la que tendríamos que dar mucho más de nosotros mismos.



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Akuma no Mi
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