[Aventura Autonarrada T1] En busca de la cena
#1
En Busca de la Cena
Año 16 - Dia 82

El sol pegaba fuerte en la Isla Karate. Tanto, que hasta yo, que normalmente no me fijo en esas cosas, empecé a sentir cómo se me tostaba el cuero cabelludo. Lo malo de ser gigante es que no había sombrillas de mi tamaño y mi cabeza era tan grande que  se calentaba como una sartén puesta al fuego. Si me dejaba mucho rato al sol seguro podían freír un huevo sobre mi frente, aunque, pensándolo bien, eso no sonaba nada mal. Un huevo frito con arroz…….. Mmmmmmmm. 

El estómago me rugió otra vez. ¡Gruuooom! Parecía el rugido de un dragón encadenado. Yo miré a Uker, que justo estaba terminando de limpiar algunos cuchillos de cocina en la playa. —Thrym— Me dijo con esa calma que tienen los cocineros que ya están resignados a tratar con hambreados como yo. —Necesito que consigas algo de carne fresca. La fruta nos dura, pero si seguimos a este ritmo me vas a empezar a mirar con cara de chuletón, y prefiero no terminar en tu plato.—

—¡No te preocupes, cocinero! Si lo que hace falta es comida, pues me encargo yo.—

Y así fue como me metí en el lío de ir a cazar reyes marinos pequeños. Bueno, de “pequeños” no tenían nada, seguían siendo unos bichos enormes, pero nada que no pudiera manejar con estos brazotes.

***

Al principio intenté hacerlo elegante, te lo juro. Me metí bastante profundo, hasta la cadera y empecé a chapotear en el agua para llamar la atención de esas bestias hambrientas. Pero pasaron veinte minutos y nada. Solo conseguí que una gaviota me cagara en el hombro. —Ya empezamos mal… — Bufé, limpiándome como pude.

Cansado de esperar, decidí tomar las cosas de la mejor forma posible: Mucho ruido. Me metí aun mas hondo, levanté los brazos y empecé a cantar cualquier cosa que se me ocurriera.

—♪ Vengan bichos gordos, que tengo hambre, que tengo hambre… ♫—

Algunos karatekas de la playa me miraban como si hubiera perdido la cabeza. Bueno, ya estoy acostumbrado.

Lo bueno es que funcionó.

El agua primero se agitó suave, como cuando tiras una piedra. Pero de pronto el oleaje se levantó de golpe y una sombra gigantesca apareció debajo de mí. Sentí cómo el suelo bajo mis pies se hundía, como si el mar respirara.

—Ohhh, esto sí que huele a filete— Mascullé, ladeando la sonrisa.

Entonces salió. Un bicho enorme, con una cabeza tan grande que fácilmente podría usarla de mesa. Sus ojos saltones me miraban fijo, como diciendo: “te voy a comer, pelirrojo”. Y yo… pues lo miré igual, con cara de “Tengo aun mas hambre que tu, pescadito”.

El rey marino rugió y se lanzó hacia mí con la boca abierta. Sentí el aire caliente de su respiración, que olía a pescado podrido y algas muertas. Instintivamente apreté la nariz. —¡Cepíllate los dientes, monstruo!— Grité, y en cuanto tuve su hocico cerca le metí un derechazo directo.

El impacto fue brutal. Sonó como cuando revientas un barril a mazazos, solo que multiplicado por cien. El agua explotó alrededor y levantó una ola que me empapó de pies a cabeza. El bicho chilló, sacudiendo la cabeza, con espuma saliéndole de la boca. Se movía desesperado, golpeando con la cola y creando olas que dificultaban mi equilibrio.

Yo, mientras tanto, no lo solté de vista. El instinto me dijo: “si lo dejas escapar, vuelve con sus amigos y te meten en una parrillada submarina”. Así que me lancé sobre él.

Clavé los pies en la arena bajo el agua, lo agarré de las aletas como si fueran orejas y tiré con toda la fuerza que tenía. Noté cómo los músculos de mis brazos se tensaban, la piel me ardía de lo fuerte que apretaba, y el agua salía disparada a los lados como si estuviera partiendo el mar. Con un rugido propio lo saqué del agua de un tirón.

—¡ARRIBA, CENA!—

El rey marino pataleaba, chillaba, me golpeaba el torso con coletazos que podrían haber destrozado una roca, pero yo solo retrocedía un paso y lo arrastraba hacia la playa. El suelo temblaba con cada zancada mía, y los lugareños corrían a quitarse del camino mientras yo cargaba al monstruo como si fuera un saco de papas.

Finalmente, lo levanté por encima de mi cabeza y lo lancé contra la arena. El impacto fue tan fuerte que la playa entera retumbó. Arena voló por los aires, palmeras se doblaron, y hasta escuché un “¡mis cocos!” de algún vendedor desesperado.
El bicho quedó ahí, boqueando, con los ojos dando vueltas como platos.

Yo levanté un dedo, jadeando, y grité con una sonrisa enorme: —¡UNO!—

La multitud en la playa me miraba como si acabara de sacar un dragón del mar. Yo, en cambio, ya estaba pensando: “Mmm, con esto tenemos para los demás… pero ¿y para mi?”. 

Así que volví al agua.

No había dado ni tres pasos cuando sentí un mordisco en el tobillo. —¡AY, LA PUTA!— Grité levantando la pierna. Otro rey marino, este con dientes afilados, se me había colgado como garrapata. Le metí una patada que lo mandó volando varios metros. El cabrón cayó, chapoteó y se volvió a meter al agua.

Pues nada, lo perseguí.

Correr en el agua no es lo mío, suena más épico de lo que es. Básicamente iba tropezando como idiota mientras levantaba olas que llegaban hasta el pueblo. Escuché a Uker gritar que se le estaba mojando la capa, pero bueno, prioridades.

Después de un buen rato, conseguí alcanzarlo. Me tiré de panza, lo abracé y lo levanté como si fuera un juguete. El chapuzón fue tan grande que el agua salpico varios metros sobre la playa, empapando a los curiosos.

Lo arrastré de vuelta a la playa y lo dejé junto al primero. —¡DOS!— Jadeé. —¡Este es para mi!—

Ya tenía dos bichos enormes en la arena. Podría haber parado ahí… pero claro, yo no sé parar. Y además, mi estómago volvió a rugir. Así que regresé otra vez al agua.

Y como si el mar escuchara mis pensamientos, el agua volvió a agitarse. Esta vez eran cuatro.

Me quedé mirando las sombras acercarse, y lo primero que pensé fue: Esto ya se está volviendo personal.

Los cuatro reyes marinos emergieron al mismo tiempo. Eran distintos entre sí: uno con un cuerno como el de un rinoceronte, otro con tentáculos como un pulpo, otro con escamas brillantes como metal, y el último… el último parecía un tiburón con alas chiquititas.

Tragué saliva. —Uker… de verdad me debes una cena de por vida.—

El primero en atacar fue el del cuerno. Embistió como un toro, y tuve que saltar hacia un lado para no acabar atravesado. Aterrizé sobre el del pulpo, que me envolvió con los tentáculos como si fuera un juguete. Me apretó tanto que sentí cómo la sangre quería escaparse de mi cabeza. Pero en un arrebato de fuerza, tiré de uno de los tentáculos hasta arrancarlo de cuajo, y con él empecé a azotarlo en la cara como si le estuviera dando de latigazos.

El tiburón alado aprovechó para lanzarse desde el aire y clavarme los dientes en el hombro, pero yo lo agarré de la mandíbula y le di un cabezazo que lo dejó atontado. Y el de escamas metálicas… ese fue el peor. Se lanzó contra mí y me mordió la pierna, y cuando intenté golpearlo me di cuenta de que mis puños apenas le hacían cosquillas. Así que improvisé: lo agarré de la cola, lo levanté en el aire, y empecé a usarlo como una maza para golpear a los otros tres.

Fue un espectáculo ridículo, lo admito. Yo allí, en el agua hasta la cintura, girando a un rey marino como si fuera un martillo gigante y golpeando a sus amigos con él. El ruido era espantoso: golpes, gruñidos, salpicaduras y, por supuesto, mi estómago rugiendo cada tanto como si fuera parte de la orquesta.

Al final, después de una buena media hora de pelea, todos quedaron tirados sobre la arena, respirando apenas. Yo me desplomé junto a ellos, jadeando, con las manos ensangrentadas y el cuerpo lleno de moretones.

Miré la escena: seis reyes marinos pequeños, todos alineados en la costa, como si hubiera montado un mercado de pescado gigante.

Me recosté sobre la arena, usando a uno de los reyes marinos como almohada. El sol estaba bajando, tiñendo todo de rojo. Cerré los ojos un momento y dejé que la brisa marina me acariciara el rostro.

Fue entonces que escuché pasos en la arena. Abrí un ojo y vi a Uker, con una expresión a medio camino entre la sorpresa y el horror.
—Thrym… ¿qué diablos hiciste?—

Yo levanté un pulgar, sonriendo.
—Cazar, como pediste.—

Él se quedó mirando los siete cuerpos gigantescos que ocupaban media playa.
—Pero… ¡esto es demasiado! ¿Cómo se supone que vamos a cocinar todo esto?—

Encogí los hombros. —Ese es tu problema, no el mío. Yo ya cumplí mi parte.— Mi estómago rugió otra vez, más fuerte que nunca, y me llevé la mano a la panza, haciendo un puchero como un niño al que le niegan un dulce. —Aunque… si ya tienes algo listo, no me quejo.—

Uker se llevó las manos a la cara, desesperado. Yo solté una carcajada que retumbó en toda la playa. 

—¡GUH-HUH-HUH-HUH-HUUUHH!—
#2
Aventura Tier 1 Autonarrada Completada
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