[Pasado] El chico pez
#1
Día 33 de Invierno // Año 14
Reino de Samba, Campos de cañas de azúcar

El aire frío hace que enrosque mis brazos alrededor de mis costillas, por dentro de mi chaqueta, buscando el calor. Todos mis compañeros llevan guantes, pero el poco dinero que gano con mis encargos lo tengo que dedicar a comprar repuestos para la tienda de antigüedades. Si se quiere hacer una buena restauración, no queda más remedio que utilizar materiales de calidad, y estos cuestan un buen puñado de berries. Aunque pensándolo bien, también es necesario unas buenas manos, con dedos y todo. Noto como se me entumecen las yemas y agradezco tener todo el cuerpo cubierto por mi pelaje. La chaqueta de piel, de imitación, por supuesto, también ayuda, ya que al menos evita que el viento llegue hasta mi cuerpo, trayendo consigo la sensación de cuchillas heladas. Levanto las solapas de la chaqueta para que el forro de borrego (ese sí es de verdad, pero de animales criados en libertad) calienten mis mejillas y retengan algo del calor de mis exhalaciones. Samba es una isla tropical, pero aún así, el frío del invierno puede hacer mella en cualquiera. O será que ya mi cuerpo se ha acostumbrado al calor húmedo que suelo disfrutar en la ciudad. Como sea, resguardo mi cabeza del viento y continúo mi paso tras de Brakko y sus matones.

—¡Vamos, rata! Te estás quedando atrás —dice el hombre fornido como si estuviera escupiendo las palabras y de repente, la ira hace que el frío quede a un lado.


—No entiendo qué hacemos aquí.

—
El jefe nos envía a cobrar unas deudas.

—
Entonces no entiendo qué hago yo aquí.


—Varios de mis hombres resultaron heridos y no podían acompañarme, así que le pedí refuerzos al jefe. No pensaba que me pondría a pasear a su mascota —espeta entre risas hirientes.


Mis puños se aprietan una vez más, pero libero la tensión a la vez que suelto el aire despacio. Es grande, mucho más grande que yo. Además, no está solo, otros tres hombres de igual tamaño lo acompañan. No podría hacerles frente ni aunque quisiera. Tal vez si pudiese asaltarles de noche, uno a uno y sin que me viesen... Pero no es momento de soñar. Tan solo pensar que uno de ellos pudiese escuchar lo que pasa por mi mente hace que un escalofrío recorra mi espalda, erizando todo mi pelaje. Continúo andando, detrás, en silencio, a la suficiente distancia como para que sientan que los acompaño, pero no tanta como para que llegue hasta mi el olor acre de su sudor rancio. A saber cuantas bacterias correrán por la piel de estos matones, que aparentan haber pasado días desde la última vez que se asearon. A mi tampoco me gusta el agua, pues siento que mi olor empeora cuando me he tenido que bañar a menudo, pero siempre puedes frotar tu cuerpo con algunas plantas medicinales y aromáticas que eliminen bacterias y olores. Vamos, una higiene normal, digo yo. Los he perdido de vista un instante mientras seguía en mis pensamientos, pero su rastro me lleva hasta dos casas adelante. Casas, por llamarlas de alguna manera, pues más bien son unas estructuras de barro y paja en las que los agricultores de la zona se resguardan de los animales salvajes durante la noche, sin saber que los peores animales salen a cualquier hora y saben abrir puertas. O tirarlas abajo.

—¡Me cago en tus muertos! No me hagas decirlo más veces. ¡Abre la puta puerta!


Brakko grita a la vez que aporrea la puerta con ambas manos. La imagen es más propia de algún gorila que de una persona y viéndole se borra cualquier duda de que humanos, minks y animales venimos del mismo sitio. Al otro lado de la puerta se oye una voz, débil y aguda, como la de un niño.


—Por favor, señor. Aquí solo estoy yo. No tengo nada para ti.


Es difícil entender bien lo que dice el niño entre los sollozos y el temblor de su voz, refrenada por el miedo. No ayuda que el matón no pare de dar golpes con ambas manos, pues no solo no se detiene al oír la voz, sino que parece que lo que dice no le sienta del todo bien, ya que coge algo de impulso y da una patada que tira abajo la madera, arranca de cuajo el marco de la pobre estructura y veo como la puerta cae al suelo con un golpe seco que parece cortar el tiempo, pues tras él, se crea el silencio.

Brakko entra en la chabola a toda prisa y yo corro tras él por miedo a lo que pueda hacerle a aquel niño. Y tengo razón, pues cuando entro, puedo ver como sujeta al chico por la parte de atrás del cuello de su camiseta. Lo zarandea y le grita una y otra vez, pero el chico parece congelado por el miedo, sus manos apretando ambos lados de su cara, los ojos, cerrados con la fuerza del puño de un gigante. El matón se harta de agitar al chico y lo lanza con fuerza contra una pared. El joven chico parece caer inconsciente, pues resbala hasta el suelo sin frenar la caída con las manos. Los hombres de Reena comienzan a destrozar todo; tiran una triste estantería al suelo, provocando que sus piezas se esparzan por todos lados, abren cajones y vacían su contenido sobre el piso, incluso llegan a rajar una especie de colchón del que solo sale paja y una pequeña bolsa de algodón. Brakko se guarda la bolsa y los cuatro se marchan satisfechos, con el gesto de haber hecho un buen trabajo en la cara. No entiendo que clase de ser despreciable siente placer en hacer este tipo de cosas, pero desde luego yo solo pienso que están enfermos.

Corro hacia el chico, para descubrir que se trata de un gyojin, pues sus manos, que ya han perdido la tensión, al fin dejan ver las dos aletas y agallas que tiene a los costados de la cabeza. Mi mano se dirige a su cuello para ver si tiene pulso, pero no son pocos los vaivenes que me crean las dudas al ver la suciedad que lo impregna todo en aquella casa, y también sobre el chico. Aparto mis miedos a posibles consecuencias y compruebo que por suerte el chico sigue con vida. Lo cargo hasta la cama y dejo que repose mientras voy a buscar algo de comida y un poco de agua.

Cuando vuelvo, el chico está despierto. O al menos, tiene los ojos abiertos, pues solo está mirando al techo sin hacer ningún gesto. Es cierto que soy bastante sigiloso y puede que no me oyese al principio, pero tampoco emite ninguna reacción cuando lo saludo. Le acerco el poco de agua limpia que ha podido conseguir para que beba y aparta la boca, como si no confiase en que lo que le estoy dando no sea alguna clase de veneno. Insisto y al fin muestra una reacción. No la deseada, no. Con el revés de su mano golpea el cuenco de agua y lo hace volar por la habitación.

—
No quiero nada de vosotros, malditos —dice con una voz llena de odio

Al verle ahí comprendo su situación, sus sentimientos, pues no hace tantos años yo estaba en su mismo lado; golpeado y humillado por esos mismos hombres. Decidí en ese momento que cuidaría de aquel chico, que conseguiría que dejasen de golpearlo, o incluso que pudiese conseguir una vida mejor, algo con lo que siempre haya soñado. Permanecí con él varios días hasta que pude ganarme su confianza. Luego lo visité durante semanas para llevar comida y otras cosas que necesitaran, y de pronto, y sin saber muy bien cómo, convencí a Aosaba para que se fuera a vivir a la ciudad y trabajase para Reena. Aún a día de hoy me arrepiento de haberlo hecho.
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