11-09-2025, 12:36 PM
Día 54, Verano
10:00
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El mar pronto se tragó la silueta de Fyodor. Al principio, su bote aún era visible, avanzando con ese movimiento inestable propio de las pequeñas embarcaciones. A cada minuto, la distancia entre ambos se hacía mayor. Krysser, sentado en la popa, giraba la cabeza de vez en cuando, viendo cómo las alas negras del lunarian aún resaltaban contra el horizonte.
Le dedicó un último gesto, un leve levantamiento de la garra, sabiendo que quizás ya no alcanzaba a verlo, y luego dejó que el vaivén del océano hiciera el resto. Finalmente, la figura de Fyodor se fundió con el resplandor del sol poniente hasta desaparecer.
El silencio que siguió era casi sobrecogedor. Se había vuelto a quedar solo. El parloteo de su compañero a veces era agotador para el tranquilo felino, pero se había convertido poco a poco en una dinámica tan habitual y cotidiana que, por un momento, casi lo echaba de menos.
Aquello, junto al vaivén inquieto de las olas, comenzó a evocar recuerdos reprimidos en la psique del tigre. Sin embargo, pronto recobró el sentido, pues sabía que necesitaba toda su atención si quería salir con vida en aquella travesía.
Con los fantasmas del pasado despedidos, solo el chapoteo constante de los remos y el crujido del bote acompañaban al mink. El mar, aunque tranquilo, nunca dejaba de recordarle su fuerza. Una corriente inesperada lo desvió varios metros hacia el este, obligándole a corregir el rumbo con un gruñido impaciente tras comprobar su brújula. Más adelante, un banco de peces saltó cerca de la embarcación, golpeando el agua en su frenesí; uno incluso rozó el casco, provocando que Krysser se tensara, instintivamente preparado para una emboscada.
-Nunca juegas limpio. -Gruñó, con una sonrisa torcida, en referencia al peligroso océano que se extendía casi infinito ante sus ojos. Desde hacía un tiempo, Krysser había sido consciente de un hecho problemático: Era incapaz de nadar. No recordaba la razón exacta, a pesar de tener algunas conjeturas sobre una fruta en mal estado, pero era un hecho irrefutable. El mar lo odiaba al menos tanto como él respetaba al propio mar.
Durante el largo recorrido, en sus pensamientos, aún repasaba lo sucedido en la isla marcial, las victorias, el encuentro con Cao, las palabras de Fyodor. Había algo que se clavaba en su interior, esa sensación de que, aunque caminaban por senderos distintos, todos compartían la misma carga. La promesa de volver a encontrarse se sentía inevitable, como si la marea misma lo hubiera dictado, y la promesa aún mayor de corregir las incoherencias de aquel mundo cruel empujaba su determinación más vehementemente que las propias olas.
El viaje se alargó con el caer de la tarde. El cielo, teñido de un anaranjado profundo, terminó por oscurecerse, y Krysser encendió una pequeña lámpara de aceite que balanceaba en la proa. Durante la noche, tuvo que resistir el frío del viento salino y el cansancio de los brazos, tensos tras remar durante horas. El rugido distante de alguna criatura marina se coló entre las olas, pero la superficie nunca llegó a romperse. Solo fue un aviso, un recordatorio de que bajo esa oscuridad se escondían monstruos que aguardaban.
Cuando al fin despuntó el alba, el mink pudo ver la silueta de tierra firme recortándose contra el horizonte. Su brújula señalaba la dirección correcta: había llegado.
A medida que se acercaba, la isla de Briss se revelaba en toda su peculiaridad. Al norte, una llanura agreste cubierta de hierbas altas se mecía con el viento, salpicada aquí y allá por rocas graníticas que parecían dientes emergiendo de la tierra. Al sur, más lejano, un foso inmenso parecía tragar la luz misma del sol, y aunque Krysser no estaba aún lo bastante cerca para olerlo, algo en aquel abismo oscuro transmitía la promesa de alquitrán y fuego.
Pero lo que más llamaba la atención era la ciudad en el centro. Desde el bote, aún a cierta distancia de la costa, el tigre distinguía las formas geométricas de las construcciones, sólidas, erigidas con granito y cubiertas por ese revestimiento ennegrecido que hacía que toda la urbe pareciera arder bajo un halo sombrío y elegante. Una visión distinta a cualquier otra isla que había pisado, algo radicalmente opuesto a la exuberante vegetación plagada de vida que siempre había conocido Krysser.
El bote encalló suavemente en la arena húmeda de la costa. Krysser plantó sus patas en tierra firme, incorporándose hasta alzarse en toda su altura. Inspiró hondo, dejando que el olor mezclado de mar, roca y aquel lejano rastro de alquitrán llenara sus pulmones.
El viaje había terminado, otra etapa comenzaba. Pero ahora había un último escollo.
-¿Dónde demonios estás, Fyodor? -Se habían separado durante el viaje, y debían reunirse antes de continuar su aventura.
Off
