12-09-2025, 02:42 PM
Día 76 de Primavera // Año 16
Selva Anozama
Selva Anozama
La humedad del ambiente me hace sentir como si mi pelaje pesase un par de kilos más. No se si es por el sudor que se acumula en él, o por la sensación de estar pegajoso, que crea la sensación de que mis brazos se quedan adheridos a mi cada vez que me rozan. Incluso es más difícil respirar desde hace algunos minutos, como si el mismo aire no estuviera acostumbrado a entrar en el cuerpo de ninguna persona, como si yo fuese la primera perturbación que se crea en esta lugar tan apacible. Y eso es lo peor de todo. No me resulta incómodo el calor ni la humedad, tampoco el hecho de avanzar por terreno desconocido, posiblemente inexplorado. No, todo eso es algo a lo que puedo acostumbrarme. Lo que tensa mis músculos a cada paso es el tremendo silencio que reina en esta selva. Pareciese que ni los insectos se atrevieran a zumbar, por miedo a desertar a algo terrible. Es una sensación extraña que me tiene alerta en todo momento, como si mis piernas estuvieran pendientes del pistoletazo de salida de una carrera, tensas y expectantes. Piso una rama y a punto estoy de salir corriendo con el chasquido. Puedo oír mis latidos debido a su intensidad y noto que estoy cayendo presa de este extraño embrujo.
Paro un segundo para disfrutar el entorno en el que estoy. Es inquietante, sin duda, pero yo estoy acostumbrado a las sombras, yo suelo ser el cazador que acecha para saltar sobre su botín. Decido que esta calma es mi amiga y que tan solo es mi sugestión la que me está llevando a este estado. Cierro los ojos y inhalo profundo. Dejo salir el aire de mis pulmones lento pero continuo, como si el gesto se fuese a llevar consigo la tensión. Y hasta parece que así sea. Abro los ojos de nuevo y ahora veo todo con otros ojos. Ante mi, una enorme extensión de árboles y plantas de todo tipo cubren casi la totalidad de la escena, salvo un pequeño camino de tierra, hojas y ramas por el que voy andando. Las copas de los árboles forman una cúpula sobre mi, tupida y casi perfecta. Parecería que estoy bajo el techo de un templo se ni fuese por los rayos de luz que se adentran como si fuesen los dedos de alguna deidad en busca de los tesoros que esconde esta selva. Y recuerdo para qué estoy aquí; vine siguiendo las escrituras de un antiguo libro que me llegó a la tienda. Lo busco en mi morral y saco aquella pieza valiosa, de cubierta envejecida por el paso de los años y de las manos sobre él. Se que me va a suponer unas cuantas tardes de trabajo restaurar su estado original, si es que es posible, o al menos recuperar una apariencia que no grite que está a punto de caerse a pedazos. Paso las hojas con cuidado, pues parece que fuesen tierra acumulada dispuesta a desmoronarse al más mínimo movimiento, y consigo llegar a la parte en la que habla sobre la antigua civilización que vivía en esta espesura. Muchas de las cosas no parecen más que leyendas; seguro que mis padres debatirán durante horas cuando les lleve esta información. Estoy ansioso de ver la emoción de mi padre cuando lea acerca de las maldiciones y dioses en las que creía este pueblo.
Avanzo dejando atrás ramas y apartando helechos, hasta que, al apartar la vegetación con ambas manos, como si fuesen el telón de un gran espectáculo, se muestra ante mi lo que bien podría ser los restos de una antigua edificación. No es grande, ni imponente, ni siquiera esta conservada en un estado que permita discernir si se trata de una vivienda, un templo o un mercado. Solo son unas cuantas piedras amontonadas, pero el material que se halla entre ellas y la hilera perfectamente recta que forman no me dejan ninguna duda: el origen de esta formación no puede ser natural.
Levanto la mirada y veo más y más restos a la vez que puedo ver cómo la vegetación parece irse apartando, como si tratase de abrirle hueco a algo más importante. Las piedras amontonadas dan paso a lo que parecen muros. Los muros, a casas. Y estas últimas acaban formando calles. Corro a toda prisa por una de ellas hasta llegar a lo que bien podría ser una plaza del mercado. Las edificaciones forman un semi círculo que rinde respeto al edificio que se levanta grandioso ante ellas. Una escalinata asciende desde el centro de la plaza. La vegetación parece sentir lo sagrado del sitio, pues a pesar de haberse atrevido a crecer aquí y allá, en cada rincón donde una semilla o espora se haya podido posar, a lo largo de toda la ciudad, las escaleras que llevan hasta el templo permanecen intactas. Ni hierbas ni ramas, tan solo alguna hoja despistada que ha volado hasta ellas en un último gesto de osadía en su vida. Pongo un pie en el primer escalón, no sin antes notar el sentimiento, mitad amargo, mitad de euforia, que me trae el hecho de ser el primero que pisa estas piedras durante mucho tiempo, posiblemente, siglos. Mi corazón se acelera a cada nivel que alcanzo y casi puedo sentir como si mi ascenso se produjera hacia el mismo cielo, si es que algo así es posible. ¿Te imaginas un reino en las nubes? Menuda locura.
Llego hasta la parte superior de la escalera y encuentro una mesa de piedra rodeada por lo que en su día seguro que fueron unos buenos pebeteros de bronce. Tras ellos una enorme puerta da paso al interior del templo. Me vuelvo para disfrutar de la vista de la ciudad desde esta altura y entiendo cómo nadie ha sido capaz de llegar hasta aquí, pues las casas parecen estar abrigadas por una manta hecha de hojas y ramas. Me giro y me adentro en el templo. Mis ojos tardan en acostumbrarse a la ausencia de luz y cuando recupero algo de visión solo puedo ver un haz de luz que desciende desde el techo como si quisiera señalarme algo. La columna divina termina sobre una mesa ritual sobre la que hay algunos objetos. Corro hacia ella para revisarlos y encuentro algo que me hace sentir un gran temblor en las manos: una máscara ritual. Un objeto con un valor incalculable, tanto por los metales preciosos que aún chapan alguna de las zonas de la madera, como por las piedras preciosas engarzadas en ella. Pero sin duda, su enorme valor reside en la importancia de este objeto, algo que demuestra la existencia de esta civilización. Algo que sin duda, traería fama y riqueza a quien lo hallase, si tuviera los contactos adecuados...
Paro un segundo para disfrutar el entorno en el que estoy. Es inquietante, sin duda, pero yo estoy acostumbrado a las sombras, yo suelo ser el cazador que acecha para saltar sobre su botín. Decido que esta calma es mi amiga y que tan solo es mi sugestión la que me está llevando a este estado. Cierro los ojos y inhalo profundo. Dejo salir el aire de mis pulmones lento pero continuo, como si el gesto se fuese a llevar consigo la tensión. Y hasta parece que así sea. Abro los ojos de nuevo y ahora veo todo con otros ojos. Ante mi, una enorme extensión de árboles y plantas de todo tipo cubren casi la totalidad de la escena, salvo un pequeño camino de tierra, hojas y ramas por el que voy andando. Las copas de los árboles forman una cúpula sobre mi, tupida y casi perfecta. Parecería que estoy bajo el techo de un templo se ni fuese por los rayos de luz que se adentran como si fuesen los dedos de alguna deidad en busca de los tesoros que esconde esta selva. Y recuerdo para qué estoy aquí; vine siguiendo las escrituras de un antiguo libro que me llegó a la tienda. Lo busco en mi morral y saco aquella pieza valiosa, de cubierta envejecida por el paso de los años y de las manos sobre él. Se que me va a suponer unas cuantas tardes de trabajo restaurar su estado original, si es que es posible, o al menos recuperar una apariencia que no grite que está a punto de caerse a pedazos. Paso las hojas con cuidado, pues parece que fuesen tierra acumulada dispuesta a desmoronarse al más mínimo movimiento, y consigo llegar a la parte en la que habla sobre la antigua civilización que vivía en esta espesura. Muchas de las cosas no parecen más que leyendas; seguro que mis padres debatirán durante horas cuando les lleve esta información. Estoy ansioso de ver la emoción de mi padre cuando lea acerca de las maldiciones y dioses en las que creía este pueblo.
Avanzo dejando atrás ramas y apartando helechos, hasta que, al apartar la vegetación con ambas manos, como si fuesen el telón de un gran espectáculo, se muestra ante mi lo que bien podría ser los restos de una antigua edificación. No es grande, ni imponente, ni siquiera esta conservada en un estado que permita discernir si se trata de una vivienda, un templo o un mercado. Solo son unas cuantas piedras amontonadas, pero el material que se halla entre ellas y la hilera perfectamente recta que forman no me dejan ninguna duda: el origen de esta formación no puede ser natural.
Levanto la mirada y veo más y más restos a la vez que puedo ver cómo la vegetación parece irse apartando, como si tratase de abrirle hueco a algo más importante. Las piedras amontonadas dan paso a lo que parecen muros. Los muros, a casas. Y estas últimas acaban formando calles. Corro a toda prisa por una de ellas hasta llegar a lo que bien podría ser una plaza del mercado. Las edificaciones forman un semi círculo que rinde respeto al edificio que se levanta grandioso ante ellas. Una escalinata asciende desde el centro de la plaza. La vegetación parece sentir lo sagrado del sitio, pues a pesar de haberse atrevido a crecer aquí y allá, en cada rincón donde una semilla o espora se haya podido posar, a lo largo de toda la ciudad, las escaleras que llevan hasta el templo permanecen intactas. Ni hierbas ni ramas, tan solo alguna hoja despistada que ha volado hasta ellas en un último gesto de osadía en su vida. Pongo un pie en el primer escalón, no sin antes notar el sentimiento, mitad amargo, mitad de euforia, que me trae el hecho de ser el primero que pisa estas piedras durante mucho tiempo, posiblemente, siglos. Mi corazón se acelera a cada nivel que alcanzo y casi puedo sentir como si mi ascenso se produjera hacia el mismo cielo, si es que algo así es posible. ¿Te imaginas un reino en las nubes? Menuda locura.
Llego hasta la parte superior de la escalera y encuentro una mesa de piedra rodeada por lo que en su día seguro que fueron unos buenos pebeteros de bronce. Tras ellos una enorme puerta da paso al interior del templo. Me vuelvo para disfrutar de la vista de la ciudad desde esta altura y entiendo cómo nadie ha sido capaz de llegar hasta aquí, pues las casas parecen estar abrigadas por una manta hecha de hojas y ramas. Me giro y me adentro en el templo. Mis ojos tardan en acostumbrarse a la ausencia de luz y cuando recupero algo de visión solo puedo ver un haz de luz que desciende desde el techo como si quisiera señalarme algo. La columna divina termina sobre una mesa ritual sobre la que hay algunos objetos. Corro hacia ella para revisarlos y encuentro algo que me hace sentir un gran temblor en las manos: una máscara ritual. Un objeto con un valor incalculable, tanto por los metales preciosos que aún chapan alguna de las zonas de la madera, como por las piedras preciosas engarzadas en ella. Pero sin duda, su enorme valor reside en la importancia de este objeto, algo que demuestra la existencia de esta civilización. Algo que sin duda, traería fama y riqueza a quien lo hallase, si tuviera los contactos adecuados...
