El Eco de la caña rota - Presente/Autonarrada T1
#1
Reino de Samba
Dia 10 de otoño, Atardecer.
South Blue. 

El sol de Samba tiene un modo particular de abrazar la piel, no quema, sino que acaricia. Es un calor húmedo que se pega al alma, que invita al descanso pero también al movimiento, quizá por eso es que dicen que aquí todo se baila, la tristeza, la pobreza, incluso la injusticia. Aquel día, las orillas del río parecían espejos rotos bajo el mediodía, caminaba sin rumbo entre los puestos de madera que crujían con el peso de los toldos, de las frutas dulces y del cansancio de sus dueños, el aire olía a caña recién cortada y a sudor antiguo, una clase de olor bastante extraño e inusual para mi.

—¡Pasa, forastera! — me gritó un hombre con la piel curtida —¡Mira la miel de Samba, pura como el alma de esta tierra!—

Le sonreí, inclinando ligeramente la cabeza, no llevaba hambre, pero sí curiosidad, siempre la llevo conmigo, es a la vez mi condena y mi don, asi mientras avanzaba, el murmullo de la gente se mezclaba con tambores lejanos, ritmos que parecían salir de la propia selva, los niños corrían descalzos entre las tablas del muelle, y las mujeres los reprendían sin convicción, dentro de todo eso hbía algo en Samba que parecía resistirse a la tristeza, incluso cuando la miseria se veía a simple vista, fue entonces cuando la vi, era una anciana, menuda como una hoja seca, atendía un pequeño puesto hecho de cañas viejas y tela desteñida, sobre la mesa, unas pocas empanadas humeantes desprendían un aroma a especias y cariño, su rostro, surcado por arrugas que parecían mapas, tenía una expresión tranquila, resignada y frente a ella, dos miembros de la marina, reclutas intuyo o soldados rasos como mucho. El uniforme les colgaba del cuerpo como si no les perteneciera, su postura, sin embargo, era la de quien se siente dueño de todo, uno de ellos, el más joven, sostenía una empanada y la mordía con desdén.

—No está tan buena como dicen —refunfuñó, con la boca llena —Pero bueno, gratis sabe mejor, ¿no?—

—Por favor, señor —dijo la anciana con voz temblorosa —Ya les di una la semana pasada, no puedo seguir regalando. Es todo lo que tengo.— El otro marine, de mandíbula cuadrada y cicatriz en la mejilla, rió con estrépito.  —¿Y quién te crees tú para decirle que no a la Marina, vieja? ¿No sabes quién te protege de los piratas? — Las palabras me hicieron detener el paso, no por la crueldad, sino por la ironía. “Proteger”, pensé, esa palabra se ha vuelto tan ligera que el viento la lleva donde quiere, entonces me acerqué despacio, con las manos juntas frente a mí, y una sonrisa tranquila.

—Disculpen —dije suavemente —Quizá escuché mal, pero ¿de verdad están pidiendo comida gratis a una mujer que apenas sobrevive? — El joven giró hacia mí, con una carcajada nerviosa.

—¿Y tú quién eres, eh? ¿Otra mendiga con alas de papel? — No respondí, pero sentí el murmullo de mis alas plegadas contra mi espalda, queriendo abrirse, pero las contuve, yo no soy asi, no tiendo a enojarme por comentarios tan simples, entonces mi voz salió más baja, casi un susurro.

—En el monasterio donde crecí, los monjes decían que pedir sin necesidad es robar con las palabras. — El silencio se hizo espeso por un segundo, la anciana bajó la mirada, los transeúntes fingieron no mirar, mientras que el marine de la cicatriz se giró hacia mí con un gesto que mezclaba burla y desprecio. —Ah, claro, una filósofa alada. —Escupió al suelo —Pues mira, “monjita del cielo”, aquí las cosas no funcionan con rezos. — Y antes de que pudiera preverlo, su mano me golpeó en el rostro, no con rabia, sino con costumbre, el sonido seco me devolvió a otro tiempo, a los entrenamientos donde los golpes eran lecciones, la madera del muelle pareció vibrar bajo mis pies, no sentí dolor, solo el eco de algo antiguo dentro de mí, una voz que me decia constantemente que mantuviera la calma y no hice mas que respirar progundo. 

—Si ese es su modo de demostrar autoridad —murmuré — entonces temo que confunden fuerza con miseria — El joven avanzó, con una sonrisa torcida, intentando sujetarme del brazo, mientras sus dedos rozaron la tela de mi manga blanca yo sentia que todo se saldria de su enfoque y para mi fue suficiente, giré la muñeca y, con un movimiento fluido, liberé mi bastón que llevaba atado a la espalda, la madera oscura brilló al contacto con la luz del sol, extendiéndose como una línea entre nosotros.

El primer golpe fue suave, casi una caricia en la pierna del joven, pero lo hizo doblarse al instante, el segundo, un giro completo que impactó en su muñeca, soltando su arma al aire, no había rabia en mis movimientos, solo precisión, el otro marine reaccionó, sacando su sable y gritandome como si por simplemente faltarles el respeto yo ya tendria que ser denominada pirata.  —¡Maldita pirata! — Sus palabras resonaron más fuerte que su ataque, pero bloqueé el golpe con el bastón, desviando la hoja hacia el suelo, la vibración recorrió mis brazos, pero mis pasos se mantuvieron firmes, pero el aire se llenó de polvo y del murmullo del río.

—No quiero pelear —le dije mientras esquivaba otro tajo — Pero tampoco permitiré que lastimen a nadie más. — Él embistió de nuevo. Giré el cuerpo, dejé que su fuerza se perdiera en el vacío y golpeé su abdomen con el extremo del bastón, el aire le escapó del cuerpo en un gruñido y el joven, recuperándose, intentó abalanzarse sobre mí desde atrás y lo sentí antes de escucharlo, su respiración apresurada, el roce de su bota sobre la madera entonces justo en ese momento salté hacia adelante, impulsándome apenas con mis alas, y giré en el aire.

Mi bastón describió un arco perfecto, deteniéndose justo frente a su garganta, el silencio volvió, solo interrumpido por el zumbido de los insectos y el jadeo de los derrotados. —¿Van a seguir pidiendo comida ahora? —pregunté con voz baja, sin alzar el tono. El de la cicatriz me miró con furia contenida y por supuesto que no seria inteligente y dejaria su boca cerrada, tenia que hacer su dichosa amenaza. —Esto no va a quedar así. ¡Eres una criminal! ¡Te buscaremos, maldita!—

—Entonces háganlo —respondí—Pero cuando lo hagan, recuerden lo que los trajo aquí, el hambre de poder, no el hambre de justicia. — Guardé el bastón a mi espalda y la anciana me miraba con los ojos húmedos, incapaz de articular palabra, entonces me acerqué y dejé unas monedas sobre su mesa. —Por las empanadas —le dije —Y por su dignidad.— Ella tembló un poco, tomó mis manos y las apretó. 

—Gracias, hija. No todos los ángeles vienen del cielo. —Sonreí, aunque una parte de mí dolió al escuchar esa palabra, ¨Ángel¨ No lo soy. Solo una mujer con alas, y un tiempo breve para usarlas. Mientras los marines se alejaban tambaleando, arrastrando su orgullo herido, la multitud comenzó a moverse otra vez, el murmullo volvió, tímido, como si el miedo se disolviera lentamente en el aire, caminé hacia el río, donde las aguas reflejaban el verde de la selva, el viento me trajo el eco distante de tambores y no pude evitar sentarme sobre una roca y cerrar los ojos, tenia que meditar y justo en ese momento recorde las palabras del abad cuando partí del monasterio. 

Cita:“Allá afuera, el mundo no distingue entre paz y debilidad. Aprende a mantener tu calma sin permitir que te rompan.”

Hoy entendí de nuevo su significado, no se trata de resistir los golpes, sino de no permitir que se queden dentro, respiré profundo, el aire cálido olía a caña y a polvo, pero también a libertad, esa mezcla extraña que solo el mar y la selva pueden ofrecerte, detrás de mí, escuché pasos, solo podia ser una persona, si, era la anciana. —Toma, niña —dijo, ofreciéndome una empanada envuelta en hojas de palma —Es lo único que puedo darte.— La recibí con ambas manos, inclinando la cabeza.

—Compartir es más valioso que regalar — le respondí —Gracias.— Comí despacio, saboreando la mezcla de especias y bondad, mientras tanto el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de un naranja espeso, desde el otro lado del río, se oían risas y música, el Centro de Danza de Samba despertaba. Podía distinguir figuras moviéndose entre luces, cuerpos que narraban con el ritmo lo que las palabras callaban, pensé en los marines, en sus ojos llenos de miedo disfrazado de autoridad, y no pude evitar pensar en mi tambien, en cómo incluso después de pelear sigo sintiendo culpa, no por herirlos, sino por entenderlos, porque en el fondo, todos tenemos hambre de algo, poder, respeto, libertad y yo solo tengo hambre de significado.

La anciana volvió a su puesto, y el bullicio regresó a su normalidad mientras tanto yo permanecí allí un rato más, observando cómo el río se tragaba los reflejos del atardecer, al final sabía que ellos volverían, los marines no olvidan la humillación tan fácilmente, y menos cuando viene de alguien que no levantó la voz, pero no sentí miedo, solo una ligera tristeza quizá porque, cada vez que defiendo a alguien, siento que quemo un poco más de mi propio tiempo, mi cuerpo envejece el doble de rápido, y cada día pesa dos veces más en mi reloj interno.

Aun así, mientras tenga fuerzas, seguiré haciéndolo, porque, como me enseñaron los monjes, proteger también es rezar, me puse de pie y extendí las alas, el viento del río se coló entre las plumas, levantando pequeños remolinos de polvo y por tan solo un instante, solo un instante, creí escuchar el sonido de los tambores sincronizarse con el latido de mi corazón, di un salto corto, y el aire me sostuvo. No volé alto no era necesario, solo lo suficiente para mirar desde arriba el pequeño mercado, la anciana atendiendo, los niños riendo, el sol escondiéndose.

Así es Samba, un lugar donde la pobreza y la música comparten mesa, donde incluso el dolor se baila y yo, una forastera con alas, solo puedo prometerme seguir caminando, seguir escuchando, seguir defendiendo, mientras el tiempo me lo permita, porque cada día que pasa, siento que mis plumas pesan un poco más, y mi cuerpo un poco menos.
#2
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Aventura Autonarrada: Completada
RECOMPENSAS:

— Puntos Mugiwara: 5

— Reputación: 15

— Berries: 10K

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