[Pasado] Problem with you | Jin - Social
#1

¿La grandeza del norte de Sorbet se medía en geometría, escalinatas, caminos y necedad? ¿En las coloridas viviendas, exuberantes mercados y algunos pocos edificios altos? La mirada chocolate examinaba cada casa, esquina y caminar de los habitantes quienes sonreían ante el agradable clima veraniego que acontecía. Los niños corrían emocionados en trajes de baño esperando que sus madres se apresuraran para llevarlos a la única alberca de la isla. El viento corría estampándose contra los edificios mientras las plataformas doradas de la fémina resonaban contra el pavimento.

El largo cabello se movía ligeramente ante cada paso y movimiento de hombros, de cadera, de cabeza, de todo. Llevaba ya un par de días en la isla y, aún así, nada conseguía terminar de impresionarla debido a la cantidad de propaganda regionalista que los habitantes pregonaban con exagerada soberbia. ¿El lugar era bonito? Ciertamente. ¿Tenía su encanto? Imposible ponerlo en duda. ¿Le parecía una de las maravillas del mundo? En lo más mínimo. Ni siquiera el vino le parecía tan impresionante aunque ya hubiera tomado una copa por la mañana.

¿Algo que realmente llamase su atención? La cantidad absurda de fruta que podía comer, la misma que llevaba en una bolsa de papel entre sus brazos. Había encontrado algo que últimamente le fascinaba aunque no terminaba de agradarle el hecho de terminar sucia: El mango. Una fruta que escondía en un costado para cuando tuviera la oportunidad de comerla sin estar a la vista de todos. ¿Qué tal si algo se le quedaba entre los dientes? Repugnante. Lo que sí hizo fue tomar asiento en una banca solitaria y sacar de la funda un achotillo que sacó de la cáscara para empezar a chupar. No era refrescante en un clima tibio pero si mantenía su mente y boca ocupada.

Cierto movimiento provocó que la atención dispersa de la fémina volviera a centrarse. ¿Aquello era una entrada hacia algún local? Se encontraba demasiado escondido para notarlo pero no lo suficiente como para que las personas más observadoras notaran los pliegues desiguales en medio de la oscuridad. Un hombre salió seguido de otro, el primero sonreía con autosuficiencia, el segundo caminaba atrás de él, como si de un guardaespaldas se tratase.

Mientras más pasaban los minutos más cosas notaba. Algunos entraban nerviosos pero no volvían a salir, otros salían desalineados y uno que otro parecía no saber bien ni cómo poner un pie sobre otro. ¿Cuánto tiempo había pasado? Runin no podía estar completamente segura pero los achotillos se habían terminado y los mangos y guineos reposaban en el interior de la bolsa de papel, a la espera de ser tomados.

Dicen que la curiosidad mató al gato pero no es más que una metáfora estúpida. No solo los gatos mueren al dejarse llevar por la curiosidad. Tantos animales, tantos seres, tantas personas. Los gráciles pasos volvieron a hacer mella contra el pavimento, con el pasar del tiempo el sol dejó de ser incandescente para disminuir sus estragos, el viento al fin corría entre algunos edificios y la oscuridad la consumió cuando al fin entró al callejón.

“Siete Velas”

Decía el letrero en un sublimado que fuera de mostrarse corriente, daba un aire elegante. Un hombre apareció tras una puerta que parecía más bien un pasadizo, considerando que no se notaba ninguna división con el exterior. —¿Estás dispuesta a entrar? —Preguntó el hombre con una profunda voz. La fémina sonrió de medio lado, inclinando el rostro con ligereza. Inconscientemente relamió sus labios.

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—Siempre estoy lista y dispuesta si de aventuras se trata, cariño. ¿Alguna advertencia que deba conocer? —Cuestionó. ¿Qué secretos guarda Sorbet? El desconocido hombre le devolvió la sonrisa. —¿Algo que deba pagar? —Susurró, íntimo, a secretos.

—El precio para entrar es tu cordura, los servicios en el interior depende de quién los ofrezca. —Respondió el ajeno, moviéndose hacia un costado. —Y si de advertencia hablamos… Cuidado caes embelesada en los encantos de la siete velas. —Tomó la bolsa de papel con las frutas de las manos de la fémina. —Permite que las guarde para ti.

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El interior se expandió ante la mirada oscura de la fémina. El ambiente pintaba colores negros, rojizos y, en ciertos lugares, dorados. Muebles rojos acolchados, candelabros, velas, humo que no pertenecía a ellas, habitaciones cubiertas por largas cortinas rojizas y cuerpos de hombres y mujeres deambulando, sirviendo botellas de ron, bebiendo de boca en boca y riendo entre dientes. Un escenario principal y dos entradas oscuras hacia plantas inferiores.

—¿Un burdel?  —Se preguntó a sí misma. Suspirando con fastidio, claro, nada en aquella isla podía ser más llamativo que la fruta, a esas alturas estaba más que segura. Tentativamente caminó por los alrededores, ignorando miradas y palabras, su aroma a perfume era demasiado fuerte, los pasos martillaban haciendo notoria su llegada, su incapacidad de esconderse o de actuar son reversa siempre explotaban, especialmente en lugares tan íntimos. —Decepcionante.  —Masculló. En un lugar donde la diversión se sirve en bandeja de plata, alguien como ella que vivía para ganársela, no podía encontrar aparente diversión.

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#2
Una noche más, en la que había recibido algunos nuevos "productos" que estaban por llegar, un trámite más, un movimiento más entre el negocio como yakuza. Esta vez iban a ser algunos que iban a trabajar en uno de los burdeles. Había sido contratado para "comprobar la mercancía", porque no eran ni personas, no para él. Llegó antes de lo que los empleados esperaban, siempre siendo eficaz por si había preparativos que acelerar, o cualquier traidor que tratara de desbaratar los planes. Sus pasos eran calmados, el traje elegante, el cabello bien peinado y, por supuesto, no podía faltar el hilo que lo acompañaba en sus pasos del cigarrillo que reposaba entre sus labios.

Entró calmadamente, apreciando el cambio de iluminación desde el exterior hasta el interior. Una tenue, iluminación baja, suficientemente íntima para que se captara a la perfección el ambiente del burdel. Algunos de los que se encontraban en el interior se inclinaron con respeto, otros con temor.

—Bienvenido, jefe. No le esperábamos tan pronto. — sus pasos prosiguieron, elevando su mano derecha a modo de respuesta. Dos de ellos comenzaron a guiarlo escaleras arriba, donde había una zona privada cargada de lujos y elegancia en los mismos tonos negros y rojos que en la planta baja, solo que con algunos detalles dorados, jarrones caros, decorados dorados...

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—¿Todavía no han llegado?

Los hombres se miraron entre sí, ahora con el sudor frío recorriendo sus frentes, inclinando educadamente su cabeza. —N-no señor. Como mencionamos, llegó usted muy pronto. — Acomodó su espalda en el asiento, cruzándose de piernas. Ya se lo había advertido su jefe al darle aquel trabajo y, aún así, siempre terminaba cayendo en lo mismo. Quería la perfección, incluso si aquello significaba amenazar o matar a alguien más…

—Esperaré un par de horas más. — su voz, calmada, pausada y profunda, logró estremecer a los hombres, quienes se inclinaron educadamente. —Si hay alguien interesante, háganmelo saber. Por ahora déjenme solo.

—Sí señor. — la estancia se vació al momento que Jin daba la última calada de su cigarrillo, con la mirada perdida en el techo, organizando mentalmente qué asuntos atender, cómo proseguir y qué tanto tiempo era buena idea esperar sin que su jefe se volviera a alterar por “quitar demasiado pronto a un hombre de en medio”.

[***]

Llamaron a la puerta, una atención que por un lado deseaba, porque podía significar tres cosas; o bien la “mercancía” ya había llegado, o podría haber algo de interés o, en el peor de los casos, un problema. Lo dejó pasar, uno de los guardias que custodiaba el lugar.

—Señor, ha llegado alguien que… podría resultarle interesante. — carraspeó nerviosamente, claramente el sonrojo se dibujaba con una calidad abrumadora en el hombre. Jin, en un arqueo de ceja y viendo su reacción, podía sospechar a qué se refería. —E-está en el vestíbulo, en la entrada, jefe. — no contestó, solo se puso en pie, ahora apagando el que ya estaba siendo su segundo cigarrillo en un cenicero.

Los pasos lo guiaron, en la escalera descendiente, hasta la zona pronunciada. No tenía realmente demasiadas expectativas, no esperaba gran cosa, quizás una mujer elegante, o muy sensual. ¿Podría quizás desquitarse con ella y pasar el rato? A saber si siquiera merecería la pena. Lo que estaba claro era que, como no mereciera la pena, sería algo que el hombre que interrumpió su meditación lo pagaría caro.

Alcanzó la zona, donde vio a la mujer de pie, contemplando el lugar. Desde la distancia, en un inicio, vio una vestimenta, cuanto menos, de lo más llamativa. Si pensara en usarla como mercancía y la convencía, desde luego, iba a merecer un buen dinero, podría incluso disparar el número de clientes en apenas pocas semanas. Las piernas al descubierto, unos senos que desde esa distancia solo le hicieron relamerse mentalmente. Y, su compostura, se mantenía total y completamente intacta a medida que la lluvia de pensamientos lo azotaban.

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—Bienvenida a las Siete Velas.

Su voz sonó lenta, calculadora y calmada, a la espera de lo más común; poder apreciar su rostro directamente. 

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—Dígame, ¿buscaba algo que pudiera ser de su interés? 

Su voz fue descendiendo en volumen, pero no en tono, algo entrenado incluso en los momentos de mayor tensión. Sus ojos ahora se enfocaron en el rostro de la mujer, fijos en ella. Sabía… que ahora tenía que hacer otra cosa, y no iba a usarla como mercancía. No. A ella no. Carraspeó, dando unos pasos seguros hasta colocarse a corta distancia de la mujer. Podía apreciar su perfume, intenso, fuerte, en su sistema olfativo. Se parecía mucho a su madre…

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—Onizuka Jin. Puede llamarme Jin si le resulta más cómodo, señorita.

Fingir que no la conocía era la mejor opción. No se había involucrado de forma directa en ningún momento, ni quería que supiera los secretos que guardaba en aquel ataúd… entre otra lluvia más. —¿Qué la trae por aquí? — Innegable era que, sus ojos, la exploraron ahora de cerca, de pies a cabeza. Una belleza despampanante, más de lo que muchos habían visto. Por una vez, uno de sus hombres se había salvado. —Podemos hablar en un lugar más privado, sin miradas indeseadas. — sus ojos se guiaron hacia los guardaespaldas que salvaguardaban el vestíbulo, algunos de ellos sin haber sido capaces de apartar la mirada de la mujer.

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—No se preocupe, no muerdo.

Y quién sabe, ¿pasarlo bien? ¿Disfrutar de una conversación? Incluso conocerla directamente a ella, no de forma indirecta. Sabía más de lo que iba a decirle nunca, y no iba negarse.

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#3


Afable
Nítida
Varonil

Tres palabras que definen al desconocido murmullo que se transforma en bienvenida y consulta. Al alzar el mentón, los orbes caoba se entrelazan con el gélido cielo que atraviesa la estancia. El sonido mullido de los pasos acariciando la alfombra corrobora lo inevitable: El encuentro. Ligera es la sonrisa que la morena dedica, carente de vergüenza la mirada que examina el porte, la elegancia y la altura del interlocutor. Onizuka Jin. El nombre suena influyente, la expresión emite confianza y el entorno una indudable sensación cuestionable.

La diestra se alza hasta acariciar sus propios labios. ¿Tomar las palabras del hombre como una invitación o como un acto temerario de aquellos que aparecen en periódicos locales al siguiente día? ¿Debería mantener el arco y las flechas junto a su cuerpo más a menudo? ¿O al menos pedirle a Cardan que le acompañe en sus días en vez de permitirle explorar a sus anchas? Interrogantes a cavilar en la solitud de la noche, no en la sobriedad del día.

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—Jin. Me gusta la simpleza y delicadeza de tu nombre, cariño.

Los labios se mantienen húmedos ante la peculiaridad adquirida. Un par de pasos terminan por acortar la distancia, el tenue aroma a perfume se diluye ante el matiz a tabaco que roza la vestimenta. La nariz se reduce en una arruga que termina por dilatarse hasta volver a su estado habitual.

—La curiosidad es el único motivo que mueve a las personas. —Los hombros se levantan y bajan denotando parsimonia, rozando el quemeimportismo, tal como la tela de su vestido roza el brazalete en su bicep. —Aunque rogaría que no me hables sobre gatos y muertes. —El tono empleado infiere burla, el trasfondo es una realidad. Las frases típicas le parecen de anciano. Una mano, al fin, se estira en dirección al hombre; no busca estrecharla, la tendencia afirma la necesidad de ser tratada con valía. Un beso en el dorso, es lo que busca.

—Runin Kitay. —Se presenta, acentuando una media sonrisa que esconde palabras. —Runin está bien. —No desea apellidos, no le interesan los diminutivos. —Dirígeme, Jin. Demuéstrame que no muerdes. —O todo lo contrario.

Analizar el establecimiento se vuelve tan monótono como repetitivo. Bellezas serpentean desde habitaciones escondidas hasta los aterciopelados asientos ocupados por hombres y mujeres que buscan esconderse de conocidas miradas. ¿Un secreto a voces? ¿Los nombres se borran al entrar y salir? ¿Las calles ignoran el aroma a deseo y seducción? ¿A sexo? ¿A dinero ofrecido y aceptado? La ropa le estorba a algunos, las charlas a otros, el ambiente parece incandescente cuando los inciensos se mezclan entre sí, relajando a los que buscan escapar de la realidad.

Los tacos se estampan contra el tapiz, ni siquiera la delicadeza del material es capaz de evitar su siempre ruidosa presencia. ¿Hacia dónde le llevará su nuevo conocido? ¿Será alguien influyente en la parte norte de Sorbet? Desea indagar, requiere preguntar, necesita información pero no con la garganta seca y el ruido a tope. La fruta podrá esperar, un poco, un momento, unos minutos ¿Una hora? Pasa a su lado, acariciando en atrevidos movimientos la solapa de su acompañante.

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—Vino.

Emite. —¿Podrías ofrecerme algo de vino, cariño? Charlar solo funciona cuando ambas partes están cómodas, ¿No? —¿Interesada? ¿Osada? ¿Carente de sentido? Todas las respuestas en la casilla tachada. La cintura se contornea a la espera de aquel que no aleja la mirada de su cuerpo. Predecible, monótono. ¿Qué puede ofrecerle Jin que otros no han intentado ofrecerle antes? Al menos espera lo que siempre busca: Diversión y captar el constante interés sobre su persona, sobre su cuerpo, sobre mi mente.
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#4
Él mismo iba a acercar su propia mano y, sin embargo, aquella mujer parecía haberle leído la mente. ¿Costumbres que poseía, quizás? No dudó ni por un segundo en tomar la mano de la mujer con el fuerte olor a perfume, contemplándola directamente a los ojos en una mirada pícara, atrevida, sin temor. La alzó ligeramente, agachando su cuello y parte de su torso para que sus labios se rozaran con el dorso de la mano en un beso suave, corto, pero perfectamente cargado de intensidad, al igual que su propia mirada.

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—Quizás la curiosidad la haya llevado a la persona indicada, querida.

Descendió la mano lentamente, con suavidad hasta liberarla, tenía que descender su mirada para contemplarla debido a la altura de la muchacha. Podría haber dicho lo típico para poder expulsarla del lugar, misma que ella parecía querer evitar, pero no quería que fuera así. Conociendo su trasfondo y ahora viendo la semejanza con aquella que fue su madre en su momento, ahora no podía evitar contemplarla. Antes de que se presentara ya conocía su nombre, comprensivo ante la belleza que poseía, y la mujer que la miraba con aquella seguridad. Sorprendente, debía admitir. Su frase solo le divirtió, como si hubiera anticipado aquella frase predilecta. —Un nombre digno de una belleza como la suya, señorita Runin.

No esperó demasiado para guiar a la mujer en su lugar. No eran necesarias más palabras cuando la aceptación salía en esa forma de esos labios de la morena. Sus ojos fueron a sus propios hombres, los mismos que hasta entonces habían custodiado el lugar, quienes todavía parecían devorar a la mujer con la mirada. Su semblante ahora era el habitual; firme, seguro y serio.

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—Que nadie nos interrumpa hasta nuevo aviso.

La inclinación seguido del “sí jefe” fue la afirmación que necesitó antes de proseguir su camino. La elegancia gritaba por todo el entorno. No tardaron demasiado en alcanzar el lugar al que la iba a llevar; la misma oficina en la que él mismo había estado esperando apenas minutos atrás antes de encontrarse con ella. La simpleza era tan llamativa como la clara elegancia. Escritorio al final de la puerta principal de la estancia, los laterales con estanterías, unos con libros, otros con cristaleras y alcohol que claramente no muchos podrían permitirse y, por último, una pequeña mesa, junto a tres sofás, dos de gran tamaño y uno que era individual. El cuero se respiraba y percibía en caso de tocarlo.

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—Planeaba, de todas formas, invitarle a beber algo. Me alegra ver que sabe qué elegir.

Se acercó a uno de los estantes, tomando dos copas de cristal y un vino que ni siquiera se había abierto. La fecha del mismo gritaba la exclusividad. Él mismo lo destapó, abriéndolo con el porte elegante que lo caracterizaba, llenando ambas copas en el orden correspondiente. Primero el de la muchacha, estirándoselo para que lo tomara con la mano, luego el suyo propio, elevando la copa para mayor satisfacción de ambos. —Señorita Runin, parece usted ser de lo más interesante. Estoy seguro que tendremos una conversación de lo más interesante. Siéntese donde usted se sienta más cómoda. — Acomodó una mano en el bolsillo derecho de su traje, retirando una pequeña cajetilla de metal, elevándola a la altura de su hombro, contemplando a la mujer. —Espero que no le importe que fume un poco... O puedo ofrecerle un cigarrillo si también fuma. 
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