03-11-2025, 06:14 PM
Día 68 de Otoño, Año 16
Isla de Mystoria - 08:00 AM
Isla de Mystoria - 08:00 AM
La brisa matutina era diferente ahora. Desde que activamos el faro hace semanas, Mystoria – nombre oficial de la isla – había cambiado. El calor opresivo que antes dominaba la isla se había moderado a una temperatura soportable, casi agradable incluso, aunque capaz la realidad era que comenzaba a aclimatarme poco a poco a las condiciones meteorológicas de la isla. Caminaba solo por la costa oeste, a 3 kilómetros del cuartel improvisado que habíamos establecido cerca del faro. Mis branquias se abrían ligeramente con cada respiración, disfrutando de la humedad marina que el viento traía desde el mar. Había salido temprano con un propósito simple, buscar hierbas medicinales. Después de los combates contra el Obsidrake, nuestras reservas médicas estaban peligrosamente bajas. Pero Mystoria tenía otros planes para mí esa mañana. El sendero que seguía bordeaba el antiguo lago occidental, ese que apenas tenía medio metro de profundidad cuando llegamos. Ahora, tras las lluvias post-conquista, había crecido hasta alcanzar 2 metros en su centro. Los animales que habíamos visto antes ahora proliferaban, algunos con sus panzas doradas brillando bajo el agua clara cada vez que saltaban. Me detuve a 10 metros de la orilla para observarlos. Sus secreciones podrían ser útiles para ungüentos cicatrizantes. Fue entonces cuando lo vi. No era natural, eso era obvio. A 15 metros dentro del lago, parcialmente enterrado en el lodo del fondo, algo metálico reflejaba la luz del sol. No era grande, tal vez del tamaño de dos puños cerrados, pero su brillo era diferente a cualquier roca o mineral que hubiera visto en la isla.
Me quité la capa y la camisa del uniforme y las dejé dobladas sobre una roca. El agua estaba a una temperatura perfecta, si te apetecía una sopa tibia. Nadé los 15 metros en segundos, mi cuerpo de pez moviéndose con gracia natural bajo la superficie. Al acercarme, activé mi haki de observación por instinto. No había peligro inmediato, pero sí... algo. Una sensación extraña, como un eco de violencia antigua impregnado en el metal. Lo desenterré con cuidado. Era más pesado de lo esperado. Al sacarlo del lodo, las partículas se desprendieron revelando su verdadera forma: unos puños americanos. Tenía cinco anillos para los dedos, cada uno octogonal, y cinco púas de 8 centímetros sobresaliendo hacia adelante. El metal era oscuro, casi negro, pero con vetas rojizas que parecían sangre seca. No había óxido. Ni una marca de corrosión a pesar de quién sabe cuánto tiempo bajo el agua. Salí del lago sosteniendo el arma. Al examinarla bajo la luz directa del sol, noté grabados en el interior de los anillos. Caracteres antiguos que no podía leer, pero que formaban patrones intrincados. El balance era perfecto. Cuando deslicé mis dedos por los anillos (más por curiosidad que intención) el ajuste fue exacto. Como si hubiera sido forjado para una mano de mi tamaño exacto. El metal era extraño al tacto, ni frío ni caliente, sino con una temperatura que parecía adaptarse a mi piel. Lo giré en mis manos, estudiando cada detalle. Las púas del arma eran lisas, sin marcas, como esperando escribir su propia historia. Decidí hacer una prueba preliminar allí mismo. Activé mi haki de observación, expandiéndolo en un radio de 50 metros. No había nadie cerca, solo los animales que habían huido al verme emerger del agua. Me coloqué uno de los puños en la mano derecha. El peso se distribuía perfectamente, como si mi centro de gravedad se hubiera ajustado automáticamente para compensar. Realicé un kata básico del Gyojin Karate, movimientos que había practicado miles de veces. Con el arma puesta, cada movimiento fluía con la misma precisión que había experimentado antes. No era que el arma me hiciera menos hábil ni me desbalanceaba de ninguna forma. Cuando ejecuté un “Karakusagawara seiken” al aire, la onda de impacto fue visible, distorsionando el aire en un cono de 5 metros frente a mí.
Decidí explorar más. Si había un arma así en el lago, tal vez había más cosas. O al menos alguna pista de cómo llegó aquí. Caminé por la orilla oeste, alejándome otros 500 metros del punto inicial. El terreno aquí era más rocoso, con formaciones de piedra caliza que se elevaban 4 metros sobre el nivel del agua. Entre dos de estas formaciones, a 30 metros del lago, encontré… una pista. Un esqueleto. Humano, sin duda. Su vestimenta parecía ser algún tipo de uniforme, aunque tan deteriorado que era imposible determinar la facción o el rango. Estaba sentado contra la roca, como si se hubiera recostado a descansar y hubiera muerto en el acto. Me acerqué con cautela. El esqueleto tenía el brazo derecho extendido, los huesos de los dedos cerrados como si hubiera estado sosteniendo algo. Algo del tamaño del puño americano que ahora yo llevaba. Pero lo más perturbador era el brazo izquierdo. Los huesos mostraban marcas profundas, cortes limpios en el húmero y radio. Marcas de púas. Del mismo espaciado que las púas del arma. Junto al esqueleto había una bolsa de cuero, milagrosamente preservada. Dentro, un diario. Las páginas estaban amarillentas y frágiles, pero aún legibles. Me senté a 2 metros del esqueleto y comencé a leer:
“Día 15 desde el naufragio. Encontré el arma en las ruinas submarinas al norte. Es magnífica. Los locales huyeron cuando la vieron. La llaman 'Hanoken' - Ira Negra. Dicen que perteneció a un gladiador que enloqueció y mató a 200 personas en una noche antes de lanzarse al volcán.”
“Día 23. He estado practicando con Hanoken. Es... intoxicante. Cada golpe se siente perfecto. Pero hay algo más. A veces siento como si el arma quisiera más. Más sangre. Más violencia. Tonterías de marino supersticioso, seguro.”
“Día 31. Maté a Tanaka. No quería hacerlo. Discutimos sobre las raciones y antes de darme cuenta, las púas estaban en su cuello. El arma pareció vibrar de satisfacción. Los otros huyeron. Estoy solo ahora.”
“Día 45. No puedo soltarla. Lo he intentado. La lancé al lago ayer. Esta mañana estaba junto a mí cuando desperté. Los susurros son más fuertes ahora. Me dice que hay enemigos cerca. Siempre hay enemigos cerca.”
“Día 52. Me corté el brazo para liberarme de la furia del arma, pero es muy tarde. Si alguien encuentra esto... si encuentra a Hanoken... que los mares tengan piedad."
El diario tenía más páginas que había pasado por alto inicialmente. Páginas pegadas por la humedad que se separaron con cuidado. Había dibujos, esquemas del arma desde diferentes ángulos, notas sobre su peso, y lo más interesante: un mapa. El mapa mostraba la isla antes de los cambios volcánicos recientes. Marcaba varios puntos como ‘Primer hallazgo’, ‘Batalla del acantilado’, ‘La masacre", ‘Duelo final’, ninguno me hizo sentido alguno. Cada punto carecía de fecha por lo que abarcaba un período de tiempo desconocido ¿Podría ser que Hanoken haya estado en Mystoria desde hace siglos? pasando de mano en mano, dejando un rastro de sangre… jamás lo sabría a ciencia cierta. Pero había un patrón. Los portadores que sobrevivían más tiempo eran aquellos descritos como personas de voluntad férrea. Los que sucumbían rápidamente eran los iracundos, ambiciosos sin medida, o sedientos de poder. La persona que escribió aquella entrada en su diario había durado 52 días, ¿era esto más o menos de lo que los demás habían durado con el arma? Otra cosa que desconocía. Demasiadas preguntas y muy pocas respuestas. Seguí el mapa hacia el punto marcado como ‘La masacre’. Estaba a 1.5 kilómetros al noroeste de mi posición. El terreno se volvía más agreste, con barrancos de 15 metros de profundidad cortando el paisaje. Al llegar, encontré lo que el mapa prometía. Los restos de un campamento, o lo que quedaba de él después de décadas. Miré el puño americano en mi mano. No sentía nada extraño. Ningún susurro. Ninguna compulsión. Solo metal frío y bien forjado. Tal vez aquella persona había enloquecido o tenía alguna enfermedad a la que sucumbió.
Me levanté y caminé hacia el norte, donde el diario mencionaba ruinas submarinas. El terreno se volvía más escarpado, con acantilados de 20 metros que caían directo al mar. Después de caminar 2 kilómetros, llegué a una bahía natural, protegida del oleaje por formaciones rocosas que sobresalían 10 metros del agua. Con mi haki de observación activo, escaneé el fondo marino para confirmar que no había gran peligro. Me sumergí. Ahí estaban, a 25 metros de profundidad, estructuras que definitivamente no eran naturales. Columnas rotas, lo que parecían ser muros derrumbados. Ruinas antiguas, anteriores incluso al faro, posiblemente. La presión a 25 metros era cómoda para un gyojin como yo. Las ruinas eran más extensas de lo que parecían desde arriba. Un complejo de al menos 200 metros cuadrados. En el centro, un pedestal de piedra negra, diferente a todo lo demás. Tenía una hendidura con la forma exacta del puño americano. Cuando me acerqué, mi haki detectó algo. No peligro exactamente, pero sí presencia. Había inscripciones en el pedestal, en un idioma que no lograba comprender. Pero había también algo más reciente, tallado toscamente en el costado:
“Aquí yace el último trabajo del forjador Tetsu Kokoro. Hanoken, forjada con hierro de meteorito y templada en sangre de reyes del mar. Que solo aquel con voluntad inquebrantable la empuñe, pues se alimenta de la duda y la ira del débil.”
Nadé alrededor del pedestal. Había más. Esqueletos, docenas de ellos, dispuestos en círculo a 5 metros del centro. Todos con las manos extendidas hacia el pedestal, como si hubieran muerto tratando de alcanzarlo. O huyendo de él. Emergí a la superficie para pensar. El sol estaba alto ahora, marcando el mediodía. El arma en mi mano seguía sintiéndose normal. No había voces, no había compulsiones. Tal vez la leyenda era solo eso, una leyenda. Decidí hacer una prueba. Regresé nadando a la orilla y encontré un árbol muerto, pequeño, de unos 30 centímetros de diámetro. Me puse el puño americano correctamente, sintiendo cómo los anillos se ajustaban perfectamente a mis dedos. Activé mi Haki de armadura, mi brazo derecho volviéndose negro metálico. El golpe fue sublime. Las púas atravesaron la madera como si fuera papel. El árbol no se partió, se desintegró en el punto de impacto. Astillas volaron en un radio de 10 metros. Mi brazo no sintió ni el más mínimo impacto. Era como si el arma hubiera absorbido y redirigido toda la fuerza. Pero algo más sucedió. Por una fracción de segundo, sentí algo. No una voz, sino una sensación. Satisfacción. No mía, sino del arma misma. Como si hubiera estado dormida y acabara de despertar un poco.
La destrucción del árbol me había dejado pensativo. Caminé hacia una zona rocosa cercana, a 200 metros del lago. Aquí, formaciones de granito de 5 metros de altura creaban un anfiteatro natural. Era el lugar perfecto para probar los límites del arma de forma segura. Primero, practiqué sin haki. Golpeé una roca de 1 metro de diámetro. Las púas penetraron 5 centímetros en el granito sólido, dejando cinco agujeros perfectos. El impacto no reverberó por mi brazo como debería, era como si el arma hubiera absorbido la energía del contragolpe. Luego, con haki de armadura. Esta vez, la roca se fracturó en líneas radiales desde el punto de impacto, como una telaraña de 2 metros de diámetro. Fragmentos de granito salieron disparados a 15 metros de distancia. La potencia era exponencialmente mayor. Pero fue cuando combiné el Gyojin Karate con el arma cuando sucedió algo extraordinario. Ejecuté un "Karakusagawara Seiken", un puñetazo directo potenciado por la manipulación del agua en el aire. Normalmente, esta técnica crea una onda de choque de agua. Con el arma, la onda tampoco se volvió visible, por lo que no había cambio alguno. El arma no había amplificado mi técnica de ninguna forma, solo que el potencial del impacto era mucho mayor. Me quité el arma inmediatamente. La observé bajo el sol. Se veía igual, pero ahora podía sentir con mi haki que no era un objeto inerte. Había algo en ella, no una consciencia exactamente, pero sí una, naturaleza. No al grado de aquellas espadas legendarias de las que había oído hablar, armas que más que armas eran obras de arte creadas por los mejores y más virtuosos forjadores, pero bastante cerca, al menos esa sensación me daba.
Las ruinas submarinas merecían una exploración más detallada. Hice varias inmersiones, cada una revelando nuevos secretos. En la tercera inmersión, a 30 metros de profundidad, encontré lo que parecía ser una forja antigua. Yunques de piedra volcánica, moldes rotos, y herramientas que el tiempo había vuelto irreconocibles. Pero lo más fascinante estaba en una cámara sellada que tuve que forzar para abrir. Dentro, preservados por algún método que no comprendía, había pergaminos. No podía leerlos bajo el agua, así que los envolví cuidadosamente en algas resistentes y los llevé a la superficie. En la orilla, con el sol secando los antiguos documentos, pude descifrar parte del texto. Estaba en un dialecto antiguo, pero algunos caracteres eran similares al idioma común que pude interpretar de la siguiente forma: “Tetsu Kokoro, último de los forjadores celestes, creó siete armas supremas antes de su muerte. Hanoken fue la quinta, forjada durante un eclipse lunar con metal caído del cielo. La leyenda dice que cada arma contiene un fragmento del espíritu de su creador, esperando al portador digno.” Había ilustraciones de las otras seis armas. Una katana que parecía cortar a su enemigo sin tocar, un arco que daba la impresión de nunca fallar, una lanza que parecía podía atravesar cualquier defensa, un escudo que reflejaba todo daño según las ilustraciones, una daga que volvía un asesino silencioso a su portador, y un martillo que podía forjar o destruir por igual. Leyendas que nunca sabría si fueron reales o no, pero que igualmente daban sentido al arma que había encontrado.
Caminé de vuelta hacia el lago occidental, necesitaba pensar. En el camino, a unos 800 metros del esqueleto del último portador del arma, encontré más evidencia del pasado de la isla. Marcas de batalla en las rocas. Cráteres de 2 metros de diámetro que solo podrían haber sido causados por impactos tremendos. Y más huesos, algunos humanos, otros de especies que no reconocía. Llegué a una conclusión mientras observaba el sol comenzar su descenso hacia el oeste. Hanoken era peligrosa, sí, pero no maldita. Era simplemente una herramienta extremadamente poderosa que amplificaba el poder destructivo de quien la portaba. En manos de alguien con ira y dudas, se convertía en un catalizador de violencia, que era la historia que parecía con contar el arma, pero eran sus portadores quienes en realidad así lo habían dispuesto. Me senté en una roca plana a orillas del lago, el arma descansando en mi regazo. Pensé en mi hermano, secuestrado hace tantos años. En mis padres mutilados. En mi división, mi verdadera familia ahora. Pensé en la justicia que servía, no como venganza sino como protección para los inocentes. El arma no reaccionó a estos pensamientos. Permanecía inerte, fría. Bien.
El sol tocaba el horizonte cuando tomé mi decisión. Hanoken era demasiado peligrosa para dejarla aquí donde cualquiera podría encontrarla. Pero destruirla sería un desperdicio de una herramienta que podría usar para proteger a los inocentes. La llevaría conmigo, la estudiaría, aprendería sus secretos. Y si algún día sentía que comenzaba a influenciarme, la sellaría donde nadie pudiera encontrarla jamás. Me levanté y comencé el camino de regreso al cuartel. Llevaba los puños americanos envueltos en mi camisa. Había salido buscando hierbas medicinales y regresaba con algo mucho más peligroso y valioso. Un arma de calidad envidiable, aunque yo no conociera su verdadera clasificación, quizás Karl sabría apreciar mejor esta obra de arte. Un arma con historia sangrienta pero potencial para redención. Mientras caminaba, el viento del atardecer agitó las páginas del diario que aún llevaba conmigo, una ráfaga me lo arrebato de las manos y salió volando para perderse en el olvido. Bueno, tampoco es que estuviera obsesionado con el pasado de las cosas o su historia. Yo construiría mi propia historia, y una nueva para Hanoken. Tal vez no era coincidencia que yo la hubiera encontrado. O tal vez Mystoria, la isla de los misterios al parecer, tenía un último secreto que revelar.
En el camino de regreso, me detuve en el punto más alto del sendero, una elevación de 50 metros que ofrecía una vista panorámica de Mystoria. Desde aquí podía ver toda la transformación de la isla. Donde antes había desolación, ahora crecía vegetación. Los lagos se habían llenado, los animales habían regresado. Habíamos devuelto la vida a este lugar. Pensé en mis compañeros de división. Karl probablemente querría estudiar el arma, catalogarla, entender su historia. Joe se preocuparía por los riesgos, insistiría en pruebas de seguridad. Apolo... Apolo probablemente querría verla en acción, testear sus límites en un combate real, o seguramente intentaría usarla de instrumento musical. Ese último pensamiento me arranco una sonrisa. Pero esta decisión era mía. Había encontrado Hanoken solo, y solo debía decidir qué hacer con ella. La responsabilidad pesaba más que el arma misma. En mis manos estaba un poder que había corrompido a muchos antes que yo. ¿Qué me hacía diferente? ¿Qué me hacía digno? La respuesta no llegó, pues carecía de la sabiduría de mis maestros, pero llegue a una conclusión que me pareció aceptable. No era sobre ser digno. Era sobre ser consciente. Consciente del peligro, consciente de la tentación, consciente de que el poder sin control es el camino a la destrucción. Mi entrenamiento médico me había enseñado que un bisturí puede salvar o matar, la diferencia está en la mano que lo sostiene y la intención detrás de ella.
El faro brillaba en la distancia, su luz blanca girando lentamente, guiándome a casa. En mi mano, envuelta pero presente, Hanoken descansaba. Ya no era un arma perdida en el fondo de un lago. Era mi responsabilidad ahora. Y con el tiempo, tal vez, podría convertirla de un símbolo de locura en una herramienta de justicia. La primera estrella apareció en el cielo cuando llegué a las primeras estructuras del cuartel. Mystoria había sido domada, pero aún guardaba secretos. Y yo ahora portaba uno de los más peligrosos.
Resumen

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