Committal Service (Pasado — Alana)
#11
— _No somos tan distintos._

Susurró suavemente cómo si esas palabras hubiesen sido una caricia al alma que, sin darse cuenta, necesitaba oír. Con cuanta facilidad un dialogo casi trivial podía volverse un recuerdo hermoso.

La bondad era para Eros un concepto conocido en parte, la teoría definía la bondad como una sumatoria de factores individuales que instaban al poseedor de tales virtudes a hacer el bien ¿Era él un hombre bondadoso? Generoso sin duda alguna, vivía haciendo regalos aunque él fuese tan pobre que ni volteando sus bolsillos y poniéndolo de cabeza caería una moneda ¿Pero hacía el bien? Casi toda su vida se dedicó a la contemplación y al pragmatismo, quizás por imposición. Por unos segundos se mantuvo en silencio, más para él no era incomodo, hallarse reflexivo indicaba que la castaña no lo ponía nervioso en lo más mínimo.

Ella era bondadosa, sin duda. Bastaba con observarla mantener a raya la salud de todos para entender que en ella nacía algo intrínseco a su persona más él no sentía esa entrega inmediata más allá de lo que él consideraba justo.

— ¿Mareado? —Dudó, aunque finalmente negó con la cabeza suavemente para no hacer ningún movimiento brusco mientras mantenía la zurda a la altura de su cabeza como si estuviese congelado en un saludo distante. — Pensativo, sí. Es una persona muy interesante, sabe poner en palabras bonitas y simples temas muy complejos sobre las personas, la vida, la muerte —No era un elogio en vano, era honesto. Suspiró con profundidad cuando ella lo eximió de culpas, porque hasta entonces nadie lo había hecho.

Podía parecer algo menor o tonto, pero para él se sentía como si un peso enorme se liberase de su pecho. — No es mi... culpa —Repitió casi como si él mismo estuviese buscando creer en esas palabras. — Pero sí mi responsabilidad —Convicción, algo casi inusitado en el tímido sepulturero. Cada vez que el muchacho hablaba de su labor lo hacía como quien hablaba con naturalidad de caminar, amarrar sus zapatos o respirar pues era algo básico y fundamental para su existencia, llegados a ese punto y habiendo vivido toda su vida en el claustro de su hogar, pero era cuestión de tocar una pequeña fibra en él para que esa fría faceta mecánica mostrase determinación en su mirada: Su orgullo.

— Quiero enmendar las cosas, castigar a quien deba castigar pero... No se si quiero volver a mi hogar —Aclaró confesando en voz alta por primera vez lo que había pensado desde que se hizo a la mar. — Tengo casi treinta años y aún no conozco el mundo, hay tanto que ignoro... Debo hacerme cargo de las sepulturas de mi pueblo, pero desde que comencé a navegar que siento un nuevo tipo de culpa —Remordimiento, uno de sus mejores amigos.

Inspiró profundamente, llamándose a silencio nuevamente pues había dicho algo que escapaba de su propio entendimiento ¿Había sido su subconsciente rebelándose contras las opresivas cadenas del deber?

Observó su mano herida. — Toda mi vida siempre fue meticulosa y repetitiva, siguiendo pasos, procesos, indicaciones. Repitiendo la misma labor una, y otra vez pero desde que salí de las cuatro paredes... Metafóricas cuatro paredes, es que estoy sintiendo cosas —Finalmente pudo comprender el rompecabezas de su psique. Arqueando su ceja derecha con propia sorpresa.

— Hay gente muy interesante, muchas cosas llaman mi atención, estoy aprendiendo a "divertirme" y todo eso... Se siente como si estuviese desatendiendo mi propósito, pero al mismo tiempo se siente como un propósito en si mismo ¿Alguna vez le ha pasado? Debo estar delirando por la hemorragia, no me está llegando sangre al cerebro seguramente.
  Responder
#12
Me quedé mirándole mientras hablaba, y cada palabra suya fue directa a mi pecho, a mi corazón. Su voz tenía esa mezcla rara de timidez y franqueza que siempre me descoloca: parece frágil hasta que te das cuenta de que lo que tiene dentro está hecho de una costumbre tan antigua que ni él mismo sabe cuándo empezó a existir. Respiré hondo y noté el barco bajo nuestros pies mecerse con las olas del mar, entonces me acerqué a él de un salto, quedándome en su hombro y apoyé la mano—. Con permiso —irrumpí, aunque ya era muy tarde para negarme el acceso—. No es tu culpa —repetí, porque había que decirlo en voz alta para que la frase no se quedara solo en su cabeza—. Pero entiendo que lo sientas como tu responsabilidad. La responsabilidad pesa, Eros. No por lo que hiciste o dejaste de hacer, sino por lo que elegiste cuidar. Y eso te convierte en alguien peligroso para ti mismo, a veces, porque te pones, según veo, el mundo en los hombros como si fuera un ataúd que no puedes dejar caer.

Mientras hablaba, utilizando metáforas que él mismo pudiera entender, jugueteé con mi cabello, dándole vueltas entre los dedos. Di un pequeño golpe con el pulgar en su mejilla para comprobar que efectivamente no estaba mareado y que reaccionaba bien al resto de estímulos, aunque la sola conversación fluida ya era una prueba de ello—. Es normal que sientas que debes reparar el daño. Pero arreglar no siempre significa cargar con todo el resto del mundo. A veces es proteger lo que puedes proteger y dejar que el resto siga su curso. No eres un salvador universal, Eros. Eres un hombre que hace bien su trabajo. Y eso ya es mucho —hice una pausa y rascándome un poco la cabeza con una mueca, añadí—; además, la culpa y la responsabilidad no son la misma venda; la culpa aprieta y te asfixia, la responsabilidad te llama a actuar. Aprende a distinguirlas. Una te anula como persona, la otra te anima a seguir. ¿Qué es la sepultura para ti?

Me quedé callada unos segundos, digiriendo sus palabras a la par que recordando las veces que mi madre me impuso ser curandera y no médica, y cómo todo aquello me salvó de romperme, todas las discusiones y guerras con ella. "Lo dije una vez, quizá lo conté ya: curar fue mi tabla en medio de la tormenta. No siempre lo elegí con los ojos abiertos; a veces escoges para no hundirte", pensé. Le miré con un destello de ironía leve. Cuando él habló de no querer volver a casa entendí la otra verdad: volver a casa asusta. Y a la vez llama. Había algo de alivio en esa confesión suya al verme reflejada en él—. Mira, no tienes que elegir de golpe. No tienes que decidir ahora si te quedas o te vas, si eres carpintero de muertos o marinero de vivos, médico o sepulturero. Puedes aprender a «divertirte» sin traicionar lo que haces. Puedes proteger las tumbas y también aprender las rutas del viento. Hay muertos en todos lados —le ofrecí la sutil caricia sobre la mejilla con una sonrisa pequeña.

— Si te sirve, cuando yo me siento aplastada, me recuerdo que curar es mi forma de sobrevivir. No lo hago por los demás solamente; lo hago para que yo no me rompa. Puede que sea egoísta, pero funciona —solté una risita, un sonido suave que quita tensión—. Y si tu motivo para sobrevivir es estar en la mar, bienvenido sea. La vida es larga, si te esmeras por ello, ¿quién sabe si mañana encontrarás de nuevo la diversión en los ataúdes y sellar muertos? —me subí a la camilla con cuidado, de un brinco, seria por un momento, preocupada a la vez por su última declaración—. ¡Túmbate antes de que te desvanezcas, Eros! —alcé ambos brazos, preparada para recibirle por una supuesta y peligrosa caída.
  Responder
#13
Teniendo a la doctora en su hombro el funebrero pudo comprender cuan ligera era, Alana era la primera tontatta con la que interactuaba en su vida y no podía dejar de maravillarse con los rasgos que los diferenciaban, aunque él mismo era tan pequeño para estándares humanos que tampoco es que se sintiese con el derecho de comentar nada al respecto, habiendo gente de cuatro y seis metros él medía tan solo metro setenta y sabía mejor que nadie que la altura no era un parámetro que determinase para nada la valía de las personas.

— Supongo que tiene razón, si soy alguien que tiende a cargar con muchas responsabilidad autoimpuestas y flagelos... ¿Soy tan transparente? —Inquirió cerrando uno de sus ojos cuando la muchacha tanteó sus reflejos con el golpecito a su mejilla. La idea de que alguien lo pudiese leer tan facil como a un libro de pe a pa era inquietante, más aun alguien que conocía hace tan poco, la doctora verdaderamente le parecía alguien admirable. — Para mi... Es una de las formas que más me gustan de cuidar a los demás, porque cuando somos pequeños nos deben cuidar nuestras familias, cuando somos adultos nos debemos cuidar nosotros mismos y cuando somos ancianos a veces nos tienen que cuidar nuestras familias y comunidades pero ¿Cuándo morimos quien nos cuida? Siempre me desveló ese pensamiento, por eso me gusta mi trabajo, de esa manera puedo cuidar a alguien —O podía mejor dicho, suspiró.

El cuerpo de Eros se tensó notoriamente cuando la mano de la joven se posó sobre su mejilla, pues estaba más acostumbrado a los golpes que a las caricias. No obstante, temeroso y tenso, le permitió ese gesto de cuidado, pues él mismo sentía que quizás también lo merecía.

Entonces procedió con cuidadito, a hacerle caso tumbándose nuevamente en la camilla. Un día perdido de trabajo quizás, pero debía estar en plenas condiciones para llegar a la Grand Line. El descanso podía ser una inversión a futuro que el Cabaret agradecería, se dijo. — Tiene razón ¿No? Además somos piratas, tengo que empezar a acostumbrarme a que la regla es que no hay reglas... Todos tenemos la libertad de hacer lo que nos venga en gana, todas las personas la tenemos sólo que no todas la ejercen —Explicó casi tratando de convencerse a si mismo de ello. Quizás debía empezar a escucharse más, a replantearse con las formas correctas qué deseaba, por qué y qué estaba dispuesto a hacer para conseguirlo.

Le gustaba cuidar, proteger y también le gustaba herir. Era consciente de su tendencia a la destrucción, y era por ese mismo miedo que con tanto ahínco trataba de reprimirse constantemente: Temía dejar salir sus demonios, y de lo que éstos eran capaces. Pero quizás había una forma de buscar un equilibrio, un balance, una razón de ser fiel a su propia naturaleza.

— Que cosa interesante, el instinto de cada uno, su origen intrínseco... ¿Serán nuestras almas información que ya viene moldeada? Me gusta pensar que si, pero que la vamos descifrando a medida que estamos en contacto con otras almas —Delirante para variar mientras observaba el techo, suspiró con tranquilidad cerrando los ojos. Estar recostado en una cama, para quien tendía a dormir en un ataúd por motivos de practicidad, era extraño. Los colchones eran demasiado blandos para él, sintiendo que podía hundirse en cualquier momento pero cómodos, debía reconocerlo. — Me gustaria conocer más almas interesantes, como la suya
  Responder
#14
Me quedé un instante en silencio sobre su hombro cuando lo escuché hablar, porque a veces Eros dice cosas que te atraviesan de una forma tan inesperada que necesitas respirar dos veces para no quedarte colgando de ellas, de esas que necesitas sobrepensar para dar una respuesta para nada absurda y que él comprenda. Era extraño… él siempre parece tan pesado por dentro, tan lleno de sombras, y aun así tenía esa forma de mirar a los muertos que era más dulce que la que muchos vivos reciben en vida. Supuse que vivir incluso más cerca de la muerte que yo misma tenía su propia penitencia. Y que lo dijera así, tan tranquilo, tan sin darse importancia, me aflojó un poco el pecho.

— ¿Transparente? —murmuré con una sonrisa que se me escapó sola, ladeando la cabeza mientras mis dedos seguían apoyados en su mejilla. Tuve que reflexionar un poco la respuesta a aquella cuestión, pues era cierto que apenas le conocía y que la interacción más larga que habíamos tenido era justamente aquella—. No exactamente. Es más que hablas como alguien que lleva demasiados inviernos dentro. Y los inviernos siempre dejan marcas, ya sabes, como cuando nieva.

No podía dejar de observarle de cerca, lo admito. La gente grande nunca me había parecido intimidante, pero él… él tenía otra cosa. No era por su tamaño. Tampoco era intimidación lo que sentía. Era por cómo sostenía su mundo interior y cómo lo habitaba desde fuera, como si nadie más pudiera hacerlo y a la vez le diera vergüenza admitirlo. Y cuando se tensó por mi caricia, lo noté hasta en mi propio brazo. Fue un gesto tan pequeño, tan sincero, que casi sentí que debía disculparme por tocarle así, pero no lo hice; solo aflojé un poco mis dedos, separándolos de allí. Me cuestioné a qué se debía tal reacción, si tal vez a que uno no espera ser acariciado por un Tontatta, tal vez a algún síntoma de su herida o porqué. Me acomodé mejor, apoyando mis rodillas en la camilla para mantener el equilibrio mientras él hablaba de cuidar muertos con esa tranquilidad suya que demostraba haber perdido hacía años el tabú sobre ese tema. “Quién te cuidó a ti entonces”, pensé, pero no lo pregunté, porque a veces lo que se calla pesa más que lo que se dice.

Cuando por fin se tumbó, me escabullí hacia el cabecero de la camilla y me quedé allí sentada, con las piernas recogidas y los pies debajo de mi regazo, mirándole mientras se acomodaba con la torpeza de alguien que no está acostumbrado a permitir que nadie lo cuide, según había podido comprobar en esos escasos minutos hablando—. Claro que tienes razón —asentí despacio, inclinándome hacia él—. La libertad está ahí, aunque la ignores, sobre todo en alta mar. Y créeme, sé lo que es olvidarse de que puedes elegir. ¡A mí me eligieron tantas veces que se me olvidó que tenía manos propias, yo, médica! —solté una risita leve, sin humor, pero suave—. Por eso estás aquí, ¿no? Para aprender dónde termina la tumba y empieza el mar.

Cuando habló de su instinto, de las almas, de esa especie de filosofía suya tan rara y tan triste a la vez, me quedé mirándole un ratito más, casi enternecida. Tenía la facilidad de convertir una camilla vieja en un confesionario. La filosofía no era lo mío, aunque como médico podía decirse que tenía mi propia ética y, en base a eso, sabía algo de filosofía, un campo extraño de abordar—. Yo creo que sí —respondí al fin, en voz más baja—, yo creo que nacemos con una semilla ahí dentro, con la semilla del alma. No sabemos cuál es hasta que alguien nos roza lo suficiente para mover la tierra y cuidarla hasta que florezca. Quiero pensar que cuando la gente muere, no muere del todo. No sé qué será el alma, puede que tan solo el recuerdo que habita en nuestra memoria cuando esa persona nos abandona en este plano terrenal. Sea como fuere… —me incliné hacia él y apoyé la palma sobre su frente, justo un toque breve—... tienes una buena alma, Eros. Está rara, sí… torcida por los golpes, como un árbol que creció con demasiado viento o con luz escasa. Pero es buena. Y yo quiero conocerla más —sonreí, esta vez sin esconderlo—. Y no porque seas interesante… que lo eres. Sino porque hay algo en ti que parece estar buscando sitio. Y a veces yo sé encontrar sitios: ventajas de mi escaso tamaño.

Me quedé allí sentada, vigilándole por si se mareaba, perdía la conciencia y tocaba asistirle, pero también disfrutando del silencio.
  Responder
#15
Tenía sentido, todo lo que ella decía hacía sentido aunque tuviese una perspectiva que no conocía o no comprendía. Los inviernos siempre dejan marca ¿Verdad? El invierno era frío, y de hecho él odiaba el frío. Una de las cosas que menos le gustaba de las criptas era precisamente la penetrante humedad en el invierno. Inspiró con profundidad para lentamente dejar salir el aire al expirar, como si tuviese que acompasar el movimiento de su diafragma para mantener la compostura cuando las palabras resonaron quizás más profundo de lo que le gustaría admitir. — Supongo que tengo muchas marcas entonces... Cicatrices, también —Levantó la mano izquierda lentamente, definitivamente iba a quedar una cicatriz pero las heridas del cuerpo definitivamente no estorbaban tanto como las del corazón, pues para ellas no bastaban dos vendas y reposo.

Sus ojos ambarinos se posaron sobre la muchacha cuando apoyó la cabeza contra la almohada de la camilla, y solo cuando la tuvo sentadita frente a su rostro es que pudo dimensionar cuan grande se debía ver desde la perspectiva de la doctora. La observó en silencio por unos momentos, parpadeando mientras analizaba detenidamente sus facciones y entonces le dedicó una sonrisa serena. — Creo que tengo que acostumbrarme a ser libre... Parece algo tonto, obvio si se lo quiere y yo la verdad es que soy bastante tonto para muchas cosas... Pero me entusiasma esto de ser libre, aunque me de un poco de miedo y culpa es... agridulce —Encontró en los sabores la mejor forma de describirlo, dejando escapar un tímido "Teeheee" entre dientes, una risita casi juguetona que pronto se desvanecería de su tez porcelana para volver a portar su apariencia estoica y su mirada cansada.

Le gustaba pensarse como una planta, si su alma era una semilla le gustaría volverse un gran árbol. Así hubiese crecido torcido, o en sombra, quizás en un terreno empantanado le gustaría que sus ramas alcancen el firmamento, y florezcan con bellos colores. — Sí... Creo... Que... —Su mirada se meció de lado a lado, mordió sus labios con cierto nerviosismo antes de exhalar nuevamente por sus fosas nasales. Había un ligero temblor en su semblante, pues ante todo era una persona tímida. — Creo que estaría bien si... Podemos tomar el té y charlar sin heridas de por medio, o algo así yo... No se que hace la gente para dar a conocer sus almas más que existir en simultaneo —Se quería golpear más se detuvo antes de que su mano sana llegase, pues en su torpeza era factible que también lastimase a la doctora y ella, ante todo, no se lo merecía.

—Me cuesta un poco sociabilizar pero usted... tú... me pareces una persona agradable si me tienes paciencia disfrutaría de compartir tiempo juntos —Quizás la sangre se le había ido a su cabeza pero podría jurar que estaba rojo, completamente rojo ¿Sería por algo de salud? Se preguntó inocentemente para sus adentros sin saber que era simplemente su ansiedad jugándole malas pasadas, contrastando su tono pálido de siempre. — Usted... tú, ¿Que haces en su tiempo libre?
  Responder
#16
Permanecía sentada en la camilla, frente a él, con las piernas cruzadas como si fuese mi propio trono, un gran trono en proporción a mí misma, pero es que al fin y al cabo no estaba preparado para que yo pudiese tumbarme. Mientras hablaba, creí intuir algo en su voz… algo… no sé, como si cada palabra viniera de algo mucho más profundo, algo indescriptible, algo que me tiraba un poquito hacia dentro de él. Cuando levantó la mano herida y habló de cicatrices, bajé la mirada a su palma vendada y luego subí de nuevo hasta los ojos, y juro que por un momento fui capaz de ver toda su vida pasar, toda su vida a través de la mirada, congelado en algún rincón que nadie había tenido la delicadeza de tocar. No tuve claro que yo debiera ser esa persona.

— Todos tenemos marcas —contesté en voz baja, sin perderle el rostro—. Pero según veo, tú eres de los que siguen adelante igual. Eso lo intuyo porque si no, no estarías aquí tumbado, respirando delante de mí.

Aunque era algo bastante más complejo. Pero incluso tras la anécdota contada acerca de su pasado, de la intrusión al cementerio, había seguido con su vida hasta llegar al Cabaret. Aún así lo dije casi sin pensarlo mucho, como quien comenta el clima, sabiendo bien que por dentro la conversación me estaba dejando sin aire por el temor a cometer algún error con aquel hombre. Él tenía esa forma rara de abrirse, torpe y pura, que daba ganas de acercarse más, de abrigarlo aunque no te lo pidiera. Pero su sonrisa me golpeó más fuerte de lo que pensé que lo haría. Desde yo estaba, él se veía enorme, sí, pero no en modo imponente, sino como un árbol que te pide sombra y sol a la vez sin darse cuenta. Me acerqué un poco más, apoyando mis manos sobre su frente, escuchándolo con una paciencia que a veces ni yo tengo conmigo misma.

— Ser libre da miedo, claro que sí —resoplé con una sonrisa ladeada, esa que me sale cuando quiero ser fuerte pero me tiembla un poco la voz—. A mí también me dio miedo, ¿sabes? Y aún me da. A veces siento que si me quedo quita por un segundo, viene alguien y decide por mí pero… —me encogí de hombros— la libertad es eso, dulce y amarga. Te raspa, pero también te enchufa la vida en vena. Mejor que la morfina para algunos.

Su risa me arrancó una sonrisita cómplice. No supe si fue el sonido o lo ridículamente adorable que le quedó pero tuve que morderme el labio para no reírme más de la cuenta. No quería que pensara que me burlaba, tan solo era eso: ternura absurda—. A veces romper con los patrones inculcados da miedo. Estás acostumbrado a no tomar decisiones. A que tu vida venga dada por tus padres. Tomar decisiones cuando no estás acostumbrado a tomarlas… da pánico.

Cuando empezó a tartamudear lo del té noté cómo la sangre me subía a las orejas. ¿Un té? ¿Con él? ¿Sin heridas? A ver, era lógico, casi obvio, después de todo tan solo estábamos conversando, pero que lo dijera así, con esa inseguridad de quien teme haber dicho algo incorrecto, me sacudió completamente. No compartía con alguien un momento así desde… Ashwin. Lo único que obtuve a cambio fue un robo.

— Yo… —se me escapó primero ese murmullo que siempre digo antes de sincerarme— claro que sí. Me gustaría. Mucho, de hecho —apoyé ambas manos sobre la camilla para equilibrarme—. Aunque no necesitas esforzarte tanto —añadí, alzando un dedo para señalarlo con un gesto diminuto—. No necesito que seas un conversador experto ni nada así.

— ¿Qué hago en mi tiempo libre? —repetí, sobrepensando la pregunta y aún más la respuesta—. Pues… —solté una risita suave—, depende. A veces bailo. Mucho. A veces leo sobre medicina y otras veces ficción. Pero la mayor parte del tiempo curo, aunque no debería contarlo como tiempo de ocio, pero me calma. Me recuerda que sigo siendo útil.

Le di un golpecito suave en la frente con un dedo, nada que hiciera daño—. Ahora tú —ordené con una pequeña chulería que me sale cuando cojo confianza—. Si quieres que comparta té contigo, me toca saber qué demonios haces cuando no estás enterrando gente o sintiendo culpa por existir o flagelándote.
  Responder
#17
Cuando ella dijo que le gustaría pasar tiempo con él, Eros suspiró aliviado, como si se hubiese sacado un peso enorme de encima. A decir verdad, su mano derecha temblequeaba un poco y podía sentir el cabalgante ritmo de su corazón contra su pecho ahora relajándose ¿Quizás tendría una nueva amiga? Esperaba que si. Nunca estaría lo suficientemente agradecido con Rosse por haberle dado un espacio donde conocer a tanta gente preciosa, y cierto era que por sus propios medios no lo habría podido hacer. — La verdad es que lo que me cuesta es callarme... Cuando entro en confianza. Contigo me ha salido más natural esto de hablar mucho, quizás es porque ya has visto mi sangre, hay confianza —Bromeó ¿Pues que había más íntimo que el interior del propio cuerpo? Quizás el interior del alma, pues ni él la conocía.

— En mi tiempo libre... —La verdad es que no había mucho, no era alguien muy adepto al ocio y cuando estaba tranquilo siempre se buscaba algo productivo que hacer ¿Tenía siquiera pasatiempos? Diría que le gustaba estudiar, pero cierto era que no entendía más de la mitad de los libros que leía ¿Hablar con sus amigos imaginarios? ¡Pero si se había peleado con ellos cuando llegó a la tripulación! Tampoco es algo que el funebrero quisiese contarle a la gente, que casi con treinta pirulos hablaba con sus amigos imaginarios para no sentirse solo. — ¿Arreglo el Crimson Stage? O voy a comprar madera... No, pero si eso también es trabajo... —Frunció el ceño, no por estar enojado sino porque su cabecita estaba carburando a toda potencia para poder sacar una respuesta como la gente.

Finalmente lo encontró. — Ah, me gusta pelear, siempre me sentí muy cómodo golpeándome con otros —Solo tras decirlo en voz alta se dio cuenta que sonaba, cuanto menos, cuestionable. — Es decir, no es que sea violento... Bueno, quizás si lo soy pero no golpeo a nadie que no me lo pida de antemano o se lo merezca como los que se robaban tumbas. Desde pequeño me enseñaron a defenderme, y era una de las actividades que hacíamos en familia —Era raro, pero si vamos al caso casi todo respecto a Eros era cuanto menos peculiar. Ser un guardián representaba no solo cuidar desde la protección de la fragilidad en la cotidianeidad, sino también el poder tomar cartas en el asunto para enfrentarse a las armas que intentaban saquear.

— También me gusta estar despierto de noche y salir a dar paseos, no me cuesta dormir pero ver el mar de noche, el cielo... No se, me da tranquilidad. Por un ratito el mundo me pertenece, no tengo que dar explicaciones, no viene nadie que yo no quiera a hablarme y se que todos están descansando entonces monto guardia —Le gustaría también poder cuidar animales, pero lo cierto era que los animales lo odiaban por algún motivo que él no entendía. — La verdad es que nunca me plantee tener pasatiempos... Intenté beber cómo muchos otros piratas, pero se me ha dado fatal, no paso la bebida —Su mueca demostró cierto desagrado, cómo si acabase de probar algo agrio. La cerveza le gustaba, pero se embriagaba demasiado fácil.

Ahora que lo pensaba, nunca había hecho planes ¿Verdad? Nada más que cosas muy puntuales como encontrarse en puntos específicos por trabajo. Gwendolyn lo trajo al bar, siempre que salió desde su llegada fue para comprar materiales, si se ponía a pensar desde su llegada a la tripulación nunca había tenido un día libre. — Buah, que vida aburrida la mía... Ahora que lo pienso, no tengo pasatiempos ni se que me gusta o que no —Cayó en cuenta mirando a la muchacha elevando casi penitente las cejas hacia el centro, como si fuese un cachorro que sabía que acababa de hacer estragos. — Estás a tiempo de retractarte y librarte del fardo de pasar tiempo conmigo, que lo sepas —Si bien lo decía con un dejo de sarcasmo por lo aburrido que se consideraba, era verdad.
  Responder
#18
Ay, Eros… si supiera la ternura que me producía verle de esa forma, tan grandote y tan lleno de dudas al mismo tiempo. Me dieron hasta ganas de cogerle la mano a ese funebrero suyo, acompañarle y decirle “tranquilo, cariño, que no hace falta que te justifiques por existir”. Y aunque él admitiese sentirse en confianza conmigo, no sentía que esas palabras fuesen dignas de pronunciarse tan pronto; aunque hubiese confianza para compartir pensamientos, tal vez no opiniones acerca de la vida del ajeno.

Respiré un poquito más suave al verlo relajarse, como si de verdad hubiera estado conteniendo el aire. Y cuando me soltó esa broma suya de la “confianza” porque ya había visto su sangre, casi me da la risa—. Pues mira que eres tonto —le dije, sonriendo de lado—. Si por ver sangre se generara la confianza, yo sería la mejor amiga de medio mundo y otro tanto del submundo.

Tal vez no me dejaba en buen lugar como médico hablar del submundo. Pero escucharle hablar así… tan perdido con sus propios gustos, con qué hace, con qué no hace… me tocó una fibra. Yo también he pasado años sin saber quién era, viviendo al día, trabajando demasiado, cuidando de otros teniendo claro qué quería yo pero dudando de que fuese elección plena y totalmente libre, aunque siempre mirando al frente y siguiendo con esas decisiones. Y verle a él revolver su cabecita buscando algo que le definiera… uf, me vi reflejada. Todos tenemos claro que soy pequeña, que soy malhumorada, pero ¿qué más soy?

— Oye… —me incliné un poco hacia él, bajando la voz como si le fuera a revelar un secreto importante, aunque era más el miedo lo que hablaba— que hagas cosas “porque toca” no te hace aburrido. Te hace alguien que sobrevivió como pudo. Y eso ya es bastante admirable, no todos pueden hacerlo —y cuando dijo lo de pelear, casi le suelto una carcajada—. ¿Qué tienes, complejo de gallito de pelea? —pero había cariño en mi tono, un “no te rías de él, risa” pegado por dentro. Los hombres y su necesidad por demostrar su valía a través de los golpes. Quizás una pequeña parte de mí amaba la medicina por eso.

Aunque la verdad es que era bonito escucharle hablar de su familia, aunque fuera de algo tan raro como pelearse en grupo como pasatiempo. Al menos era un trocito suyo. Cuando mencionó las noches en vela, el mar, la tranquilidad… ahí ya sí que conecté del todo, si bien en mi caso era más por la curiosidad, por el estudio, la investigación.

— Eso sí lo entiendo —confesé, apoyando la barbilla en mi mano mientras lo escuchaba—. A mí también me gustan esos ratitos donde nadie tira de ti y puedes simplemente… existir. Aunque en mi caso suele ser bailando, o pensando, o mirando las estrellas como si fueran a responderme algo.

Y cuando soltó lo del alcohol… —. Pues mira, mejor —le dije con un tono medio regañón—. Así no me tengo que preocupar de encontrarte borracho tirado por ahí. Uno menos que rescatar. Yo, de hecho, tengo poca tolerancia al alcohol —admití con cierta vergüenza. Era una costumbre nociva bastante extendida. A veces me tomaba mi copa para socializar en momentos que parecía requerirse. Pero cuando se miró a sí mismo con esa pena, con ese “soy un fardo”, ahí sí que no me contuve. Me acerqué más, directa, sin rodeos, como soy yo cuando alguien toca una herida sin darse cuenta, malhumorada tal y como ya había dicho.

— No digas eso, Eros —le dije bajito, pero firme—. No eres un fardo. Eres alguien al que me apetece conocer. Y si no sabes qué te gusta… pues lo descubrimos, aunque no has dicho pocas cosas precisamente. Pero lo descubriremos, si quieres. Tú me enseñas a pegarle a cosas sin romperme la muñeca o tal vez cosas del mundo de la funeraria, y yo te enseño a hacer algo que no sea trabajar o pensar que estorbas.

Le toqué el brazo, un toquecito suave, apenas un roce—. No voy a retractarme. Ya te lo digo desde ya. Así que te aguantas —y con una sonrisa un poquito más descarada:—. Además… me caes bien. Aunque seas raro, a tu modo; como yo, a mi modo. Quizás por eso me caes bien.
  Responder
#19
El silencio que coronó finalmente las palabras de la pequeña médica no le resultó incómodo sino más bien cálido, como si estuviese siendo arropado por los cuidados y la serena comprensión que ella le ofrecía. Eros sostuvo su mirada sobre la misma con calma, siguiendo la cadencia de su parpadeo lento, para finalmente volverse en ese vaivén entre el pudor y la sorpresa. Era raro para él ser visto sin sentirse juzgado, desde que se había embarcado que esto se estaba volviendo una realidad más latente, y eso removía cosas en su interior que él mismo desconocía.

— Podrías ser amiga de todos los que te propusieses —murmuró risueño. — Eres alguien que se preocupa por los demás, genuinamente... Y por lo visto no solo sabes tratar dolores físicos, también los dolores de adentro del alma y la mente —finalmente el funebrero respiró hondo exhalando el aire que retumbaba en su pecho, dejando salir quizás sus preocupaciones ahora que se hallaba sorprendentemente sereno y en sosiego. — Aunque sea un gallito de pelea y esté un poquito roto, todavía sirvo.

A medida que la escuchaba hablar más entendía que pese a la diferencia de tamaño que tenían, el porte y el carácter de la médica es lo que habían hecho que él nunca dimensione ese detalle hasta ahora. Nunca la había comprendido cómo alguien de talla pequeña por el respeto que imponía, era una persona con carácter que sabía hacerse notar, no se callaba lo que tenía decir y siempre hacía sentir su peso en las deberes que realizaba. Verdaderamente no era alguien que uno pudiese ignorar, y ni olvidar. El sepulturero definitivamente la respetaba.

— ¿Y te han respondido alguna vez? Las estrellas —Inquirió juguetón. — A mi si... Pero no te voy a decir lo que me dijeron, es un secreto entre ellas y yo —Cerró sus parpados con serenidad, permitiéndose bajar la guardia. — Va a ser divertido, aprender otras cosas que no sean trabajar... —A medida que hablaban su respiración se iba acompasando con el sereno vaivén del barco, su pecho subía y bajaba en una cadencia cada vez más profunda. El sueño estaba llegando a él, y si bien luchaba por quedarse despierto cada vez costaba más.

Quizás la camilla era demasiado blanda para su gusto, pero también cálida. Escucharla decir que no iba a retractarse de ser su amiga le trajo serenidad, quizás era la paz que sentían los difuntos que se iban en paz. — Me caes bien, Alana —Musitó su nombre quizás por primera vez sin tartamudear, sin pedir permiso, y sin cortesía impuesta por la formalidad. Finalmente sus manos reposaron sobre su pecho, y su mente cabalgó hacia lo onírico sumiendo al oriundo de Baterilla en los brazos de Morfeo.
  Responder


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)