[Autonarrada T1] Doctor de los pobres
#1
Fecha: Día 87 de Otoño, Año 16. Fin de la mañana 11:11 am.
Ubicación: Enfermería de la Base de la Marina, Baterilla.

El olor. El aroma persistente de los desinfectantes, la nota agria del dolor apenas disimulado y el aroma terroso del tabaco de mango, eran los únicos habitantes fijos de la enfermería. Horas después del breve e intenso procedimiento contra los alborotadores del puerto, el caos contenido se había transformado en la rutina monótona del semigigante. Develio Torum, el semigigante cuya fuerza podía destacar entre los reclutas corrientes, ahora era simplemente el médico de turno, una torre de paciencia arrodillada junto a la camilla de un marine con el tobillo torcido, la pipa apagada y colgando de su mandíbula.

El resto del equipo de combate se había dedicado a sus quehaceres, una sonrisa ladeada asomó en Develio al recordar a sus amigos, había hecho la solicitud de crear la división, no sabía si sería aprobado.

En las camillas a su alrededor, los síntomas variaban: un recluta roncaba tras una dosis de analgésicos, el producto de un mal aterrizaje en el campo de entrenamiento; otro gemía por un dolor de muelas atroz que esperaba una extracción rápida. Develio los trataba con su eficiencia metódica, sus enormes manos realizando la delicada tarea de realinear huesos diminutos o extirpar quistes con una precisión inhumana. Era un trabajo que consumía, no la adrenalina de la batalla, sino la energía lenta y constante de la concentración. Su propia rodilla, donde Juan Sebastián había dejado su recordatorio en un entrenamiento, le dolía sordamente, negó para sí mismo con una risilla-Tortortor-Recordando aquel día. Era una molestia constante, pero un médico se cura después de sus pacientes.

La enfermería, aunque pequeña, cumplía su función. Su mirada analítica ya había registrado la distribución de los instrumentos, la ubicación del maletín de emergencia en caso de tener que salir, las rutas de acceso a las zona de cuarentena improvisada, si se presentase una situación más delicada o grave. Un ambiente conocido y predecible. Pero incluso la rutina de un hospital de Marine tiene sus disrupciones.

La puerta de madera se abrió de golpe, revelando no a un nuevo paciente traído en camilla, sino a una familia del Distrito Ribereño. Su desesperación no necesitaba un diagnóstico para ser evidente. El padre, un pescador demacrado, sostenía a una niña pequeña, Maya, no más de siete años, envuelta en una manta. Su madre, con los ojos hinchados por la falta de sueño y la angustia, los seguía. Eran figuras comunes en Baquella, gente trabajadora a la que la Marina rara vez veía hasta que la desgracia los golpeaba tan fuerte que ninguna red podía detenerla.

Maya estaba en los brazos de su padre, su rostro pálido y brillante de fiebre. Una tos seca y gutural sacudía su pequeño cuerpo en espasmos, su respiración era rápida y superficial. Era una imagen que no necesitaba un médico, gritaba por uno.

—¡Por favor, señor! —suplicó el padre, sus ojos llenos de un pánico mudo al ver la imponente figura de Develio— Mi niña lleva días así. No duerme, no come o vomita lo poco que le damos. Los curanderos del pueblo dicen que no pueden hacer nada. ¡Que se muere!

Antes de que Develio pudiera responder, una voz irritada y pomposa retumbó desde una camilla cercana. Era el Marine Gruber, un sargento de logística corpulento que acababa de sufrir un esguince grave en el hombro durante el entrenamiento de esa mañana. Llevaba el brazo en un cabestrillo inmaculado con un paño con el símbolo de la Marina y tenía una expresión de dolor autocomplaciente.

— ¡Eh, tú! ¡Matasanos! — gruñó Gruber, su voz irritada por la morfina y la arrogancia. — ¡Ya sabes la jerarquía! ¡Los de la Marina vamos antes! ¿Qué demonios hacen estos civiles aquí? ¿No ves mi cabestrillo? Mi hombro va antes que cualquier mocoso que traigan del pueblo de mala muerte. Tienen un centro médico en su basura de barrio, ¿no? ¡Que vayan allí! —La petición era la ley no escrita de la Marina: la vida de un soldado vale más que la de un civil. Un soldado significa más logística, más preparación, más recursos, el bienestar del ejército era el que primaba. Un axioma militar brutal que Develio había visto aplicado una y otra vez en sus años de servicio. Y para Gruber, no había discusión. Era una herida "real" contra los "problemas" de un niño pobre.

Pero Develio no dudó. Ni siquiera miró a Gruber. Se había entrenado para ver el campo de batalla en blanco y negro, a reconocer al verdadero enemigo, la amenaza inminente, con una fría y desapasionada precisión. Gruber era una dolencia menor, crónica. La niña, Maya, era una crisis.

Con una lentitud que absorbía la urgencia del momento, Develio Torum dio un paso, acercándose a la familia. Sus ojos, protegidos por sus gafas, ignoraron el brillo febril del sudor de la niña, el polvo del uniforme del padre, las lágrimas en el rostro de la madre. Su mente de médico iba directamente al objetivo. Registraba: Respiración: superficial, sibilante. Color: cianótico, con un matiz azulado en los labios. Patrón de tos: recurrente, profunda. Un escalofrío de familiaridad le recorrió la espina dorsal. No era una enfermedad común. Era algo mucho más siniestro.

-Bájenla con cuidado,- su voz era un murmullo profundo, calmado, la misma voz que usaría para ordenar a un equipo quirúrgico durante una emergencia. Se dirigió al padre, sus enormes manos tendidas, más grandes que cualquiera de las camillas.

El padre la depositó suavemente en sus palmas abiertas, donde la niña Maya, en su insignificante tamaño, no pesaba más que una pluma. Con una suavidad tan abrumadora como su tamaño, Develio la llevó hacia la camilla más cercana, ignorando el flujo constante de palabras cargadas de ira y furia proveniente del sargento Gruber. El hombro era secundario. La vida era la prioridad.

Mientras colocaba a Maya con extrema delicadeza, sacó un pequeño estetoscopio del bolsillo de su cartuchera de médico y, con una precisión metódica, se lo colocó en los oídos, acercando la fría pieza a los pequeños pulmones de la niña. Escuchó. Un estertor líquido y sibilante, el sonido inconfundible de fluidos en los alvéolos. La respiración era cada vez más dificultosa.

-Esto no es una dolencia menor. La capacidad pulmonar está severamente comprometida. Es grave. Muy grave.- dijo Develio, su voz se tornaba un poco más urgente. La miró a la niña a la boca para verificar la respiración mientras continuaba auscultándole los pulmones. -Posible edema pulmonar, quizás neumonía atípica o un efecto secundario de alguna toxina, ¿Tenéis manchas de moho oscuras en la casa?, puede tratarse de stachybotrys chartarum, también comúnmente conocido como moho negro.

No había un equipo sofisticado aquí. No había un laboratorio completo para analizar cada componente de su sangre en cuestión de segundos. Había experiencia. Había intuición. Había el conocimiento de un semigigante que había visto morir a muchos. Era un momento de verdad para él. En Kutsukku, habría sido demasiado tarde.

Pero esta era Baquella. Y ahora, tenía los pocos recursos que este pueblo ofrecía.

Con una mano del tamaño de un carro, levantó suavemente la cabeza de Maya usando un dedo, colocándole un par de mantas bajo la nuca para elevarla ligeramente, facilitándole la respiración. Sus ojos buscaron la estantería de los medicamentos, un barrido rápido y decidido.

-Necesito oxígeno. De inmediato. Y una vía intravenosa con dextrosa al cinco por ciento para contrarrestar la deshidratación y la acidosis metabólica. — Hablaba en alto para enumerar los pasos a seguir, normalmente se trabajaba con gente, ahora estaba solo o era él quién auxiliaba en esas tareas. — Hay antibióticos de amplio espectro disponibles. Tenemos poco tiempo.-Miró al padre de la niña, iba a necesitar su ayuda.

-Su nombre. La de ella, y cualquier síntoma inusual que haya observado en los últimos días. Lo más mínimo. Cuéntemelo todo.


El padre respondió nervioso, la madre seguía sollozando. La furia de Gruber se quedó ahogada en el silencio sepulcral que siguió al pequeño resumen del padre sobre que la niña hacía unos días estaba bien, sobre que los médicos del pueblo no tenían muchos medicamentos disponibles y tampoco eran muy experimentados aquellos que podían permitirse pagar. La pequeña enfermería, una sala humilde y destartalada, se había transformado, bajo la presencia del semigigante, en una sala de emergencias. El destino de Maya se jugaba en ese instante, en las enormes manos del cirujano que había decidido luchar por una vida más allá del campo de batalla.

En el mundo de Develio Torum, en este preciso instante, solo existían los estertores líquidos en los pulmones de la niña y el implacable tictac del reloj biológico que marcaba su declive. El juramento que había hecho en la noche helada de Elbaf no hacía distinciones de uniforme ni de clase. Reconocía una sola jerarquía: la de la vida sobre la muerte. Y la muerte, ahora, estaba ganando.

Neumonía bacteriana fulminante, el diagnóstico se formó en su mente con la fría certeza del acero. El edema, el fallo respiratorio... todos eran síntomas de una infección que se propagaba con una velocidad aterradora.

La enfermería, de repente, pareció encogerse, transformándose en su quirófano personal, una sala de operaciones donde cada segundo contaba. Dejó de ser un gigante torpe y se convirtió en una vorágine de movimientos precisos y económicos, cada acción un paso deliberado en un protocolo de emergencia que solo él conocía.

-¡Oxígeno!- La orden retumbó en la pequeña sala, no dirigida a nadie en particular, sino a sí mismo.

Con dos zancadas que hicieron temblar el suelo, cruzó la enfermería hasta una esquina donde reposaba un viejo pero funcional tanque de oxígeno con una mascarilla pediátrica. Con una mano, abrió la válvula con un brusco giro que hizo sisear el gas vivificante, con la otra, ya estaba de vuelta junto a la camilla. Ajustó la mascarilla sobre el pequeño rostro de Maya con una delicadeza que desmentía la urgencia, sus enormes pulgares asegurándola en su lugar. La niebla se formó en el plástico. Bien. Estaba respirando. Un paso ganado.

-¡Vía intravenosa!-Mientras el oxígeno fluía, su otra mano ya estaba trabajando. De un cajón, sacó un catéter, un torniquete y una bolsa de suero con dextrosa. Acercó el pequeño y frágil brazo de Maya, un miembro no más grueso que una ramita, con la pericia de un relojero lo colocó con maestría en la posición adecuada.

-Sosténgala con firmeza,- le indicó a la madre, su voz tranquila y autoritaria, un ancla en medio de la tormenta. -No la mire. Hable con ella.


Sus dedos, gigantescos pero sorprendentemente ágiles, palparon la delicada piel del antebrazo de la niña, buscando la vena casi invisible. Era como intentar encontrar un hilo de seda en la oscuridad. Sus ojos, detrás de sus gafas, se entrecerraron en una concentración absoluta. Un pinchazo limpio y preciso. Un pequeño destello de sangre roja llenó el catéter. Estaba dentro. Con una rapidez entrenada, aseguró la vía y abrió el flujo del suero. El goteo constante del líquido era ahora el sonido de un nuevo reloj, uno que contaba a favor de la vida. Segundo paso, completado.
-¡Antibióticos!


Pivotó sobre sí mismo, abriendo el refrigerador de medicamentos. Su mente repasó el inventario que él mismo había organizado. Penicilina, Amoxicilina... buscaba algo más fuerte, un martillo para una infección tan agresiva. Allí estaba. Vancomicina. Un antibiótico de último recurso, reservado para las peores infecciones bacterianas. Cargó una dosis pediátrica en una jeringuilla con una precisión milimétrica y la inyectó directamente en el puerto de la vía intravenosa. El golpe de gracia contra la infección.


Se irguió, su inmensa figura casi tocando la cercana lámpara del techo, el pecho subiendo y bajando con la respiración controlada del doctor que ha estabilizado al paciente. La tos de Maya comenzó a espaciarse. La horrible tonalidad azulada de sus labios retrocedía, lentamente, reemplazada por un rosa pálido, casi saludable. Su respiración, aunque aún dificultada por el oxígeno de la mascarilla, era más profunda, menos desesperada. Había ganado la batalla. La guerra aún no había terminado, pero la marea había cambiado.

Pasó casi una hora. Una hora en la que Develio permaneció junto a la cama, monitorizando cada respiración, cada latido. Gruber, en su rincón, había enmudecido, su arrogancia reemplazada por una silenciosa mezcla de asombro y vergüenza. Finalmente, Maya se removió y abrió los ojos. No estaban vidriosos. Estaban claros. Miró al semigigante que se cernía sobre ella, no con miedo, sino con una curiosidad infantil.

La madre estalló en un sollozo de puro y abrumador alivio, cayendo de rodillas. El padre, con lágrimas silenciosas surcando su rostro curtido, se acercó a Develio, sacando del bolsillo un pequeño y sucio saquito de cuero.

-Señor... doctor... no es mucho...- dijo, ofreciéndole el saquito que tintineaba con unas pocas y miserables monedas. -Es todo lo que tenemos. Tome, por favor... ha salvado a nuestra hija.

Develio miró las monedas. El pago. El final del procedimiento. Pero no. Su juramento era sobre la sanación total, no solo sobre la intervención de emergencia. Y la pobreza era la peor de las enfermedades crónicas.

Lentamente, con un simple dedo, apartó la mano del pescador. Luego, de un bolsillo de su uniforme, sacó una pequeña bolsa propia. Era pesada. La desató y vació su contenido en la mano del padre. No eran unas pocas monedas. Eran varios billetes de Berries, una cantidad que probablemente representaba el pago del pescador de un par de meses. El pescador lo miró, estupefacto.

-Esto... no es un pago,- dijo Develio, su voz de nuevo un murmullo tranquilo. -Es una prescripción médica.

Tomó una libreta y, con un trozo de carbón, comenzó a escribir con una caligrafía sorprendentemente pulcra y legible, raro en un médico. Arrancó la hoja y se la dio al padre.

-Prescripción número uno,- dijo, señalando el dinero. -Con esto, comprará tres cosas: carne, verduras y fruta fresca. Y el antibiótico oral que he anotado aquí. Nada más. La recuperación de su hija ahora depende de una nutrición adecuada. Sus defensas deben reconstruirse. Comer bien no es un lujo; es parte del tratamiento.

-Prescripción número dos,- continuó, su mirada fija y seria. -Reposo absoluto para la paciente durante una semana. Calor. Y mucho líquido. Si la fiebre vuelve, aunque sea un poco, la traerá aquí de inmediato, sin importar la hora.-Se inclinó, su rostro ahora a la altura del del padre, su mirada ineludible.

-Y la tercera y más importante prescripción... usted- dijo, su voz bajando a un tono casi confidencial. -...no me debe nada. La vida de un niño no tiene precio, es el mayor de los tesoros. Su única "deuda" es asegurarse de que ella crezca fuerte y sana. Cúmplala. Es una orden médica, se quedará aquí 24 horas en observación, pueden dejarla en mis manos.


Se irguió, volviendo a ser la imponente y distante figura del marine. Con un gesto, indicó que la consulta había terminado. Mientras la familia, aturdida y abrumada por la gratitud, se preparaba para marcharse dejando a su hija en las manos del semigigante, Develio se dio la vuelta, se acercó a la camilla de Gruber y, sin decir una palabra, comenzó a examinar el hombro hinchado del sargento. Su rostro era una máscara impasible, la de un médico que simplemente pasaba al siguiente paciente en la lista. Pero en la profundidad de sus ojos, un fuego antiguo ardía con la satisfacción de una batalla ganada, una batalla que, para él, significaba más que cualquier victoria en un campo de guerra.
#2
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Aventura Autonarrada: Completada
RECOMPENSAS:

— Berries:10k

— Puntos Mugiwara: 5

— Reputación: 15

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