Adivina quien [Pasado] [Sadako]
#1
Como la palma de mi mano.

Así de bien conocía Baterilla… o al menos eso creía. Después de todo, llevaba bastante tiempo viviendo por aquí; algo tuve que aprender, ¿no? Calles, atajos, esos pequeños rincones donde el viento siempre parecía soplar distinto. Podía jurar que me sabía cada curva y cada sombra de memoria.
 
Aunque, siendo honesto, cada vez que regreso me encuentro con que han cambiado una o dos calles, movido algún local o levantado un edificio nuevo como si hubiera brotado de la noche a la mañana. Y claro, ahí es cuando mi confianza se va al piso, porque simplemente no logro entender por qué ni cómo pasa. Con esta ya van dos veces que me pierdo, y eso que juraba que hoy sí lograría llegar sin dar vueltas como tonto.
 
Pero bueno… Baterilla siempre ha tenido esa costumbre de moverse cuando nadie mira. Y yo, ya le había aprendido el ritmo por supuesto, solo estaba siendo un poco flojo.
 
Así que aquí estábamos una vez más: De por si las casas se parecían demasiado, era injusto y creo que había dado una vuelta mal. Bueno, de regreso. Mientras caminaba observé con cuidado, después todo solo sabía la descripción de su persona, ni siquiera la había visto fuera de alguna especial ocasión tomando el té en la casa.
 
Había optado por tomar uno de los antiguos clientes del señor Okiomi; La mujer parecía necesitar que alguien se encargara y a mí me gustaba el dinero, además que parecía reconocerme de muchos años atrás.  El trabajo era muy sencillo, incluso legal lo que era raro: Vender un par de cosas a un precio mucho mayor del que valían y me quedaría con un 10% claramente pan comido, bueno, algo así.
 
Fue más tardado de lo que esperaba: La gente se ha vuelto lista, desconfiada pero un par de intentos de encuentros fortuitos, algunos halagos, dos sonrisas y había logrado venderlos al triple del precio. Cool.
 
Ahora solo faltaba encontrar a la mujer, ese era mi principal problema, me había dado dos ubicaciones y en ninguna estaba incluso comenzaba a pensar que se trataba de una broma, pero no podía ser. Esa mujer era muy formal.
Entonces noté a una mujer de cabello negro y largo, pálida, larguirucha y delgada… Supondré que era ella, además se encontraba cerca de donde una de sus hombres me había contactado. Me acerqué a esta soltando un suspiro, extendiendo la bolsa con monedas. —Aquí tienes, a la próxima dame algo con más calidad o aunque sea más información de esas piedras: Tuve que inventarme muchas cosas sobre la marcha, no lo olvides 10% y de inmediato, ya no vivo ahí así que mejor págame de una vez ¿Me entiendes? — Comenté sin mirarla mucho, apoyándome contra la pared.
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#2
Baterilla de alguna forma u otra se volvió la isla más frecuentada.

Quizás era por su gente o por el factor nostalgia. Hacía poco más de un año que se convirtió en un hogar cálido y predilecto para ella y desde entonces, era habitual verla merodear por los alrededores, siendo reconocida en su mayoría por los niños que ni bien la veían salir de la pequeña choza que sirvió como su morada improvisada, era atacada por esas manitos pegajosas, besos sonoroso y risas contagiosas.

Hoy no era la excepción.  

Contó con la compañía de cuatro infantes que no paraban de mostrarle cosas que para otros sería insignificantes mientras que para la inocencia de un niño, era su tesoro más preciado. Sadako correspondía a las emociones de los pequeños de la misma forma y era esa autenticidad lo que desencadenaba un profundo sentimiento de confianza que depositaban los padres de esas criaturas en ella, por lo que no temían en que estos se acercaran a la mujer. Por supuesto que existía algún que otro adulto que tuviera prejuicios y es que ¡mira nada más como esa mujer se colocaba el delineado! La primera impresión que daba de cara al público no siempre era positiva, sí, podría ser "bonita" pero no siempre era una rasgo acompañado de adjetivos favorables del todo.

Durante varias horas, esos pequeños engendros del mismísimo averno del infierno le hicieron correr más millas que fanático del atletismo. Sadako estaba exhausta y su aspecto demacrado lo evidenciaba. Agradecía que estos ejercicios involuntarios fortalecían sus caminatas luego de haber vivido durante dos décadas de encierro, pero vaya que su espalda la castigaba a medida que el tiempo iba en curso. Ya la mujer de cabellos oscuros hizo su pausa necesaria, con una mano sostenía el bastón de madera auspiciado por el mismo pueblo que le permitió un espacio allí, mientras que la otra extremidad acariciaba su espina dorsal, precisamente en la parte más baja. 

— Me siento como una abuelita... — Musitó para sí misma, después de todo fue un pensamiento en voz alta. 

A la distancia veía como los pequeños jugueteaban entre ellos y en un parpadeo estos se escabulleron lo suficiente como para salir del panorama visual de la mujer. Antes de que llamara a cada uno para asegurarse de devolverlos a sus hogares, una nueva voz interrumpió su accionar.

Ni bien se giró sobre sus getas, identificó una figura desconocida. Se trataba de un hombre de hebras similares a unas cortinas de oro, largas y con aparente cuidado. Fue lo segundo que notó, lo demás como su altura o porte ganó el tercer puesto y por si se preguntaban qué captó su interés llevándose el primer lugar por encima del resto; sin duda fue el dinero. 

Se acostumbró tanto a ser confundida con una dama de la buena vida que no le sorprendía. Arqueó ambas cejas sin quitar el carmín de sus ojos sobre el saco en donde claramente la silueta de las monedas se acentuaba con exquisitez. Comprendió pronto con la explicación del sujeto que en efecto hubo un malentendido, tanto de parte de él como la suya, pues con su verborrea conectó los hilos y al final no la estaba tratando de prostituta, lo más probable es que el sujeto crea que se trata de Melina, una comerciante bastante particular. 

— ¿Por qué tanta prisa? ¿Estás siendo perseguido o algo? — Abandonó la postura anterior al momento que su mano dejó su espalda para tomar la bolsa, examinando con cuidado al dejar el objeto sobre su palma y rebotarlo sobre la misma con toda la intención de pesarlo. — ¿Por qué no tomamos algo para celebrar tu gran hazaña? Lo hiciste muy bien — Le dio la espalda y empezó una caminata por el sendero contrario al que estaba el sujeto a la espera de que éste le siguiera, mientras lanzaba al aire y a una distancia corta el bolso de forma repetida como una clase de juego que buscaba captar el enfoque del susodicho.
[Imagen: 5LbGmtb.png]
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