[FIC|Presente Absoluto] Entre minerales y Forja. [Recolección y Forja]
#1
Dia 34 de Invierno, año 16
South Blue| Isla Samba

El viejo MacLarey me había mostrado el lugar exacto donde podía encontrar buen mineral para trabajar. No lo dijo con grandes palabras ni con aire de maestro; sólo señaló el camino y siguió con lo suyo. Aun así, le debía más de lo que él imaginaba. Gracias a ese gesto, esta mañana pude levantarme con un propósito claro, tomar la pala y el pico, y venir hasta aquí sin que mi mente se hundiera en recuerdos que no sirven de nada. Necesitaba ese mineral para la última petición que me hicieron en la forja, pero la verdad es que buscaba algo más que cumplir un encargo. Extraer la piedra, separar el metal, sentir el peso del trabajo, todo eso me mantenía lejos del ruido en mi cabeza. El esfuerzo, el calor, el sonido del metal cediendo, era mejor que cualquier pensamiento. Era lo único que podía darme una forma de paz, aunque fuera prestada.

Mientras hundía el pico en la roca, respiré hondo, trabajar con las manos siempre había sido mi refugio, un lugar donde la mente deja de pelear consigo misma y aunque nada de lo que haga podrá borrar lo que llevo marcado en la espalda y en el alma, aquí, entre tierra, sudor y el ritmo paciente del metal cediendo, al menos puedo avanzar un día más sin quebrarme. Por eso, apenas llegué, me quité la camiseta y dejé que el viento tocara mis cicatrices como si fueran parte natural del paisaje. Me dediqué a buscar la mejor veta de hierro, esa que no sólo sirve, sino que responde cuando la miras. Y ahí estaba, una línea oscura y brillante atravesando la roca, resplandeciendo incluso desde la distancia. Era como si me llamara, como si me dijera que ella era la indicada para convertirse en acero, el acero que daría forma a la última arma que me habían pedido.

Me acerqué despacio, apoyé la mano sobre la piedra y asentí. No sé si fue instinto, costumbre o resignación, pero sentí que esa veta y yo compartíamos algo, ambos hemos soportado demasiada presión y aun así seguimos aquí, listos para ser forjados una vez más, golpe tras golpe fui abriendo la roca, dejando que el sonido metálico del pico llenara el silencio del lugar. Cada impacto retumbaba en mis brazos, pero también me ordenaba por dentro. Había pasado demasiado tiempo dejando que la memoria me arrastre, y necesitaba esto, necesitaba recordar que mis manos aún podían crear algo útil, algo que no fuera solo destrucción. El hierro comenzó a aflorar en fragmentos irregulares, pesados, fríos, los levanté uno a uno con cuidado, como si estuviera recogiendo piezas de un pasado que todavía duele pero que ya no me define por completo.

Cuando reuní suficiente mineral, me senté sobre una roca grande, respirando profundo. Observé el horizonte un momento, dejando que la calma del lugar me alcanzara, pensé en MacLarey, en la gente del pueblo que, por primera vez en semanas, no me miraba como un monstruo y pensé en Krakatua, que seguramente estaría esperándome sin comprender del todo mis silencios. ¨Un día más¨, murmuré para mí mismo mientras me ponía de pie cargando el hierro. Un día más donde la vida no logra aplastarme del todo. Un día más donde puedo seguir forjando algo que, quizás, me mantenga en pie.

Seguí avanzando por el borde de la colina, ahora con el hierro asegurado en un saco improvisado, hasta llegar a una zona donde la tierra tenía un olor distinto, más denso, más amargo. Recordé las indicaciones del viejo MacLarey  —Si quieres buen acero, muchacho, necesitas carbón mineral, no esas ramitas que te encuentras tiradas.— Tenía razón, así que me arrodillé y comencé a remover la tierra con la pala, buscando ese tono oscuro y opaco característico, después de unos minutos, mis dedos rozaron algo duro, una veta de carbón mineral se dejaba ver como una sombra clavada en la roca. —Aquí estás— murmuré mientras comenzaba a extraerla con paciencia.

El carbón salió en trozos irregulares, algunos del tamaño de un puño, otros más pequeños. Lo recogí con cuidado, sintiendo cómo las manos se me teñían de negro en cuestión de segundos. Curiosamente, esa suciedad me tranquilizaba. En el mar, la sangre se disolvía, mientras que aquí, el carbón se aferraba a la piel, como recordándome que todavía estaba vivo, todavía podía trabajar, construir, crear. Cuando reuní suficiente, me levanté con un gruñido bajo, tenía lo que necesitaba, ahora solo faltaba lo más importante, darle un propósito a todo el trabajo que habia hecho hoy. El camino de regreso a la forja del viejo fue silencioso, pesado. El humo de las chimeneas se alzaba como una señal cálida, casi familiar y al llegar, acomodé el carbón en uno de los hornos secundarios y lo prendí con calma, dejando que las brasas lo devoraran lentamente. El proceso de convertir carbón mineral en coque no era rápido, pero sí necesario, ese material, duro y puro, sería el corazón del fuego que luego daría forma al acero. Me quedé de pie, observando cómo el negro brillante se transformaba, chisporroteando, perdiendo impurezas, una pequeña transformación como la que buscaba para mí mismo.

Cuando el coque estuvo listo, lo trasladé al gran horno de la forja. Coloqué los trozos de mineral de hierro sobre una de las mesas y respiré profundo antes de comenzar a calentar el metal. El fuego rugió con fuerza cuando añadí el coque, elevando la temperatura a un punto que podía moldear incluso las cosas más toscas. Ese calor y ese brillo siempre me habían hablado más claro que cualquier voz humana. —Vamos— murmuré para mí mismo mientras preparaba las herramientas, —convirtámonos en algo mejor.— Como si el metal en la forja pudiera escucharme hablar y así, con el fuego iluminando mis cicatrices y la memoria apretándose contra mi pecho, di inicio al proceso que transformaría hierro y carbón en acero, y a mí, en alguien capaz de seguir adelante un día más, alguien que ahora podia comenzar a forjar cosas para los humanos, herramientas, armas, utensilios de uso cotidiano, cualquier cosa que me ayudara a sentirme en movimiento y olvidarlo todo. 

Con las cien unidades de acero al fin refinadas, comencé el proceso con la calma ritual que exige la forja. Primero calenté el metal hasta que adquirió ese rojo intenso que casi parece respirar, y lo llevé al yunque. Cada golpe de martillo moldeaba la base de lo que serían los puños, placas gruesas, resistentes, hechas para soportar tanto peso como intención. El sonido metálico llenaba la forja como un latido constante, uno que me mantenía centrado. Luego trabajé los aros donde encajarían los dedos, curvándolos con paciencia y soldándolos a la base. Cada unión la reforcé dos veces, no permitiría que algo nacido de mis manos fallara cuando más se necesitara, tras eso, di forma a los primeros eslabones de las cadenas y templé todas las piezas en agua helada para endurecerlas. Al final, monté el par completo y los dejé reposar sobre la mesa, aún humeantes. Eran sólidos, gemelos, pesados y al verlos, supe exactamente cómo debía llamarlos. —Peacemakers.—


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