[FIC-Entrenamiento Sulong] [Pasado] Convertirse en un monstruo
#1
Día 90 de Otoño, Año 16
Isla de Whisky Peak
Afueras del Cementerio Sapoten


Cerré las solapas de mi chaqueta un poco más. El aire era frío, tanto que pareciese arrastrar pequeños cristales de hielo con su avance. Agradecí lo tupido de mi pelaje, que ya había recuperado su densidad después de haber ardido en la batalla en aquel pozo al que caímos en nuestra entrada al Grand Line. Los recuerdos eran vagos a partir de la explosión. Unas llamas que abrasaron mi cuerpo y chamuscaron mis prendas. Por suerte, la explosión me liberó del yugo de mi enemigo. ¿O debería decir nuestro enemigo? Creo que eso sería lo más correcto, pues yo había llegado de alguna manera hasta los barcos, lo cual significa que alguien me debió llevar hasta allí, pues caí inconsciente poco después de aquello. Si pongo todo mi esfuerzo en recordar qué pasó más allá no obtengo muchos resultados: el olor del mar, variedad de dulces, un destello azul... Posiblemente no se trate más que de alucinaciones que traen consigo un fuerte dolor de cabeza.

Y es que a mi mente no solo le atormentan esas visiones, tampoco el hecho de no ser capaz de recordar algo, no. Desde que recobré la consciencia a bordo del Crimson Stage, cuando ya tenía las fuerzas suficientes para mantenerme despierto, fue cuando más carente de poder me sentí. Aquel evento nos había cambiado a todos. Alana nos había dejado para navegar sobre otro barco. Mercedes, Giyuu y sobre todo Rosse no parecían los mismos. Desde aquella noche, no habían vuelto a comportarse igual. Era evidente su falta de energía, de alma, como si algo en su interior se hubiese perdido y ya no fuesen más que unos entes que deambulan más por inercia que por ambición. Buena muestra de ello era nuestra llegada a esta nueva isla; apenas habían abandonado el barco para buscar nuevas aventuras, escudándose en alguna excusa vaga que les obligase a permanecer a bordo. 

Esos no eran los únicos cambios, pues ahora navegaban con nosotros dos nuevos integrantes: Owen, el futuro marido de la señorita Gwendolyn; y Kiyoshi. El pistolero me agradaba, en especial su pulcritud y y respeto por el espacio corporal. Yo también había tenido siempre esas costumbres, ya que al vivir en las calles adquirí un fuerte rechazo a contraer enfermedades. A veces me sorprende la ironía de este mundo.

También sentí una brizna de cambio en Eros, aunque si yo podía notarla tal vez es que el pequeño brote que yo había visto ya tenía unas raíces bastante fuertes en el interior, pues el carpintero solía ser bastante reservado con sus emociones, algo con lo que yo también me sentía identificado. Sin embargo, el mayor cambio lo noté en mi mismo. Me atormentaba la idea de haber caído en batalla, de no haber sido consciente sobre lo que sucedía a mi alrededor durante vete tú a saber cuánto tiempo. La idea de haber podido ser algo así como un muñeco de trapo, a disposición de mis enemigos, me aterraba. Ahora estaba a salvo, estaba bien, sin duda había tenido suerte con alguno de mis compañeros en aquel pozo, pero nadie me aseguraba que de haber una próxima vez fuese a ser igual. No. Eso no podía volver a repetirse. No podía volver a caer inconsciente, a cualquier costo.

El frío de una nueva ráfaga de viento me hizo abandonar mis pensamientos. Debía llevar horas andando, pues el sol ya había comenzado a ocultarse y la noche extendía su abrazo por todas partes. Había caminado sin rumbo, tanto es así que me encontraba rodeando un cercado, un muro bajo de piedra coronado con un enrejado oscuro y repujado. Llevé mi vista a lo largo de la verja y encontré unas puertas abiertas más adelante. Decidí entrar, a la espera de ver qué me deparaba al otro lado. El camino principal se extendía hasta una enorme extensión de lápidas. Pensé en Eros y en cómo él podría disfrutar este paseo de un modo totalmente distinto al que lo hacía yo. 

Continué mi paso, absorto en mis pensamientos. De haberme encontrado con alguien, tal vez le hubiese parecido un alma en pena que vagaba por el cementerio en busca de redención, o de cerrar algo que no le dejaba avanzar a la otra vida. Así es como me sentía; como un fantasma que arrastra sus cadenas allá por donde va. Unas cadenas firmes y pesadas, que arrastran la carga de saberse débil, de no ser lo suficientemente fuerte como para luchar por sus objetivos, por su libertad. Sabía que hasta ahora no había podido enfrentarme a mis enemigos; siempre huyendo, herido o arrastrado por los suelos. Pero eso se acabó. Estaba convencido que gracias a las habilidades que había adquirido al consumir aquella fruta repugnante y con las capacidades de los mink yo podría...

Liberé mi energía permitiendo que llenase cada poro de mi cuerpo, cada fibra en mis músculos. Mi pelaje comenzó a erizarse y algunos hilos de electricidad saltaban de un lado a otro, como peces que brincan al remontar un río. Pues así lo sentía, el electro fluía por mi cuerpo con total naturalidad, mi cuerpo estaba diseñado para eso; para ser un parpadeo, para irrumpir como un trueno, para ser rápido como un rayo. Me concentré para sentir esa energía en mis piernas. Y corrí. Tanto como pude. Salté de un lugar a otro, como si mi cuerpo rebotase entre las lápidas, en un zigzag propio de aquello que recorría mi cuerpo. Sabía que sería difícil seguirme con la mirada para alguno de los cuervos que graznaron tras mi arrancada. Mi hocico se sentía helado al ser la punta de flecha en la que me había convertido. Surcaba el aire veloz, pero sentía que no era suficiente. Me detuve en uno de los caminos que formaban un grupo de lápidas y el aire que generé al frenar en seco lanzó al aire un puñado de hojas secas. La lápida frente a mi había sido puesta en honor a un tal Moris. Pensé en qué tipo de persona sería. ¿Habría acabado allí por ser alguien débil? Si no cambiaba, sería eso mismo lo que me esperaba a mi. Unos cuervos alzaron el vuelo emitiendo sus quejas al mundo. Para ellos, debía de ser algo así como una aparición, algo así como una figura surgida de la nada entre rayos. Debieron tener la misma sensación que tuve yo al ver desaparecer a Uoyon ante nuestros ojos, justo antes de que me agarrase por el cuello. Deben sentirse débiles, indefensos ante un ser mucho más poderoso. Al menos, ellos pueden huir volando...

Seguí con la mirada uno de los cuervos que volaba. Libre, alto. Lejos de la tierra y los peligros que traía. Sus plumas, negras, lo hacían parecer una sombra que danzaba en el aire y sus ojos reflejaban la luz de la luna asemejándose a dos estrellas que surcaban la noche. Entonces, lo recordé. Aquellas historias sobre nuestra tribu. Todas esas que yo pensaba que no eran más que cuentos para asustar a los niños, para evitar que saliesen solos de noche. Recordé las noches que el jefe Reena me mandaba para encontrarme con gente que había tenido problemas y cómo esas noches nunca recordaba mucho más allá de haber visto la luna.

Luna llena, como esa misma noche.

Miré hacia la luna y pronto comencé a notar una extraña conexión. Algo que se apoderaba de mi, un tirón en mis entrañas y luego un latido intenso, como si algo algo dentro de mi golpeara para abrirse paso. Traté de apartar la vista, pero aquella luz plateada me mantenía anclado a ella, reclamándome como si le perteneciese. El vello en mi cuerpo comenzó a erizarse, no por el frío, sino como si fuesen los tentáculos de aquello que se escondía dentro de mi alargándose para atrapar el mundo. Mis garras se curvaron y adoptaron un aspecto aún más afilado. Alcé una de mis manos para observarla. Mi pelaje se había vuelto blanco y los rayos de electricidad volvían a saltar libres alrededor de mi cuerpo. Un ardor me devoraba por dentro a la vez que mis huesos se estiraban, haciendo que me alzase hasta sobrepasar los dos metros de altura.

Sin embargo, fue mi mente lo que más dolió.

Mi vista tembló con una sacudida. Un murmullo surgió en los límites de mi conciencia, caótico, animal, algo que reclamaba el control. Un instinto insaciable arañaba mis pensamientos, arrastrándome a la locura. Caí de rodillas mientras sentía que mi cuerpo aún seguía creciendo. Mis manos, o más bien mis zarpas, se clavaron en la tierra húmeda. Me sentía al borde de un abismo, a punto de perderme. 

—No —dije, o tal vez lo gruñí—. No vas a ganarme. Esta vez no.


Cerré los ojos y respiré hondo. Inhalé el olor húmero de la tierra, admiré el brillo de la luna sobre el mármol, hice mío el silencio del camposanto. Me aferré a todas esas sensaciones como a un ancla, para mantenerme cuerdo. Mi cuerpo seguía cambiando, sí, pero esta vez no iba a dejarme arrastrar. Mi pecho se alzó una y otra ve en una respiración entrecortada. Levanté la mirada hacia la luna, desafiante, y mi boca se torció en una media sonrisa. Había conservado mi cordura.


Mi respiración era áspera, casi un jadeo animal, pero ya comenzaba a volver a su estado normal. Puse un pie en el suelo, la mano en la rodilla y salté. Salté tan alto como pude, mucho más alto de lo que había llegado nunca. Sentía una nueva fuerza correr por mi cuerpo. Aterrice a plomo, con un golpe seco en el suelo frente a la lápida de antes. El golpe podría haberme causado daños de no ser por mi resistencia recién adquirida.

 

—Moris —dije mirando a la lápida—. Prometo que no acabaré aquí contigo. Ahora veo que puedo llegar a ser inalcanzable.

Apreté mi puño en un signo de fuerza. Ya había visto que era más fuerte y resistente, pero yo buscaba algo más. Necesitaba ser más rápido. Cuadré mi postura, llevé mi peso a las puntas de mis pies y me lancé a correr. Mi nueva velocidad me sorprendió a mi mismo. Normalmente era rápido, pero esto me llevaba a una nueva dimensión, era del todo inalcanzable. Reboté contra un árbol y salté en dirección opuesta a una velocidad que pude sentir que me desplazaba más rápido que el aire que agitaba con mi cuerpo. Sentía ser más rápido que el viento, incluso que el rayo mismo. Tal vez, fuese hasta más rápido que Rosse. Debía ir a enseñarle este nuevo poder que había adquirido y pedirle que echásemos una carrera. Seguro que...


Entonces, lo recordé. Ya no había fiestas en el Cabaret. No quedaba lugar para carreras ni ese tipo de distracciones. Mi deber era ser más fuerte, ser temible. Si no podía encontrar a mis padres, debía labrarme un nombre para que ellos pudieran encontrarme a mi. Mi camino era distinto. Ya no había tiempo de sobra para perderlo. Debía volverme más fuerte. Controlar mi fruta, esparcir mi poder a cuantos más enemigos mejor. Y aquel era un gran momento para probar a combinar mi fruta y este nuevo poder. Me concentré. Sentí como se acumulaba algo dentro de mi. Vi como las flores de las ofrendas más cercanas comenzaron a marchitarse, sus pétalos perdían el color, como si la vida se estuviese escapando de ellas. Flexioné mis piernas y tensé mis muslos, dispuestos a lanzarme como de un balazo se tratara. Clavé mi talón en la tierra, listo para recibir el impacto.


—Maldición...


Me detuve. ¿A quién pretendía atacar? Allí no había nadie con quien probar si mi nueva técnica era tan letal como creía. Tal vez, no hubiese podido mantener toda mi cordura. Tal vez, algo oscuro crecía dentro de mi. Algo que podría convertirme en una bestia, pero no solo las noches de luna llena. Pero, ¿no es acaso así como nacen las mejores leyendas? Todas ellas tratan sobre criaturas invencibles. Ya tenía un nuevo objetivo. A partir de ese día, me convertiría en un monstruo.



Off
Emme's Codes

#2
✓
Técnica Sulong: Aprendida
RECOMPENSAS:

— Sulong añadido a la ficha.

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